Las cartas del Mal: la correspondencia Spinoza-Blijenbergh

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Portada de la edición Las cartas del Mal. Correspondencia Spinoza-Blijenbergh, realizada por la Caja Negra Editora, en Buenos Aires, año, 2006.Baruch de Spinoza (1632-1677), a través de su Ethica y de su Tractatus-teologico-politicus, es sin duda unos de los pensadores esenciales de la modernidad. Pulidor de cristales, pensador panteísta, su doctrina de la sustancia infinita ejerció posteriores influencias que, pasando por Hegel, llegan hasta Deleuze o Borges por ejemplo. Un aspecto menos difundido de su obra son sus cartas. La Caja Negra Editora, caracterizada por la incesante búsqueda de pliegues poco habituales o frecuentados de la riqueza cultural, rescata, con la traducción de Natascha Dolkens y prólogo de Florencio Noceti, ocho fundamentales cartas que Spinoza, a partir de 1664, dirigió al teólogo calvinista Willem Van Blijenbergh. El centro de este intercambio epistolar es la reflexión sobre el siempre esquivo tema del mal. 

Aquí presentamos el decreto de excomunión contra Spinoza, estigmatizado en su tiempo como pensador herético, y dos de las cartas editadas en la mencionada edición de la Caja Negra. La traducción de las cartas fue realizada directamente del holandés, no desde otras versiones en latín. Además se incluye un texto de Gilles Delleze, "Las cartas del mal", publicada originalmente en Spinoza: Philosophie practique, Les Éditions de Minuit, en 1981. La traducción de este texto del autor de La lógica del sentido fue realizada por Antonio Escohotado.

En el universo del barroco, en el siglo XVII, el pensamiento de Spinoza fue ejemplo de seducción por lo infinito, y del valor para pensar aquello que, como el mal, quizá siempre se sustrae al pensar.

Esteban Ierardo

Presentación
Decreto de excomunión de Baruch de Spinoza, 1656.
Carta I
Carta II


LAS CARTAS DEL MAL
 La correspondencia Spinoza-Blijenbergh

Decreto de excomunión de Baruch de Spinoza - 1656 - Las cartas del mal

"Los dirigentes de la comunidad ponen en su conocimiento que desde hace mucho tenían noticia de las equivocadas opiniones y errónea conducta de Baruch de Spinoza y por diversos medios y advertencias han tratado de apartarlo del mal camino. Como no obtuvieran ningún resultado y como, por el contrario, las horribles herejías que practicaba y enseñaba, lo mismo que su inaudita conducta fueran en aumento, resolvieron de acuerdo con el rabino, en presencia de testigos fehacientes y del nombrado Spinoza, que éste fuera excomulgado y expulsado del pueblo de Israel, según el siguiente decreto de excomunión: Por la decisión de los ángeles, y el juicio de los santos, excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de Spinoza, con la aprobación del Santo Dios y de toda esta Santa comunidad, ante los Santos Libros de la Ley con sus 613 prescripciones, con la excomunión con que Josué excomulgó a Jericó, con la maldición con que Eliseo maldijo a sus hijos y con todas las execraciones escritas en la Ley. Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley. Pero vosotros, que sois fieles al Señor vuestro Dios, vivid en paz. Ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral o escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o trascripto por él."

 

 

Carta I
Al nobilísimo señor B. de S. de Willem van Blijenbergh

 

Mi señor y amigo desconocido:

He tenido el honor de hojear ya muchas veces y con atención su Tratado y el Apéndice que recientemente fueran dados a conocer por la imprenta. De la gran solidez y el placer que hallé al hacerlo sería mejor hablarle a otro y no a Vuestra Señoría. Sin embargo no puedo callar que cuanto más atentamente lo repaso más me agrada, y más cosas observo que antes no había notado. No quiero empero -para no parecer un adulador- maravillarme demasiado del Autor: Sé que los Dioses todo lo venden al precio del esfuerzo. Ahora, para no mantenerlo demasiado en la ignorancia acerca de quién es el desconocido que tiene el atrevimiento de escribirle a V.S. digo ya que es alguien que inspirado por el anhelo de verdad pura en esta vida corta y pasajera quiere hacer pie en el conocimiento hasta donde la razón humana lo permite, y alguien que para investigar la verdad no tiene otro fin que la verdad y no navega en busca de erudición, ni posición, ni otros provechos sino sólo de la verdad y de la tranquilidad que de la verdad resulta, alguien que de entre todas las verdades y las ciencias no se entretiene con ningunas tanto como con la Metaphysica, y si no con toda ella, por lo menos con algunas de sus partes, y alguien para quien todo el entretenimiento de la vida está puesto en dedicar a eso las horas vacías que le quedan. (Pero imagino que a nadie hace ella tan feliz, ni nadie pone en ella tanto esfuerzo como V.S., y por eso nadie alcanza el grado de perfección que yo noté en su trabajo). En una palabra, quien le escribe es alguien que V.S. va a poder conocer más de cerca si acaso le place establecer un vínculo para abrir y penetrar sus indigestos pensamientos.

Pero para volver al Tratado de V.S., así como encontré en él cosas deliciosas, encontré también algunas que mi estómago no pudo digerir muy bien. No conociéndolo a usted no quedaría bien que las planteara, ya que ignoro si eso le resultaría agradable o desagradable, y es por ello que le adelanto esto con el pedido de que V.S. lo conteste si es que en esas noches de invierno tiene tiempo y ganas de ayudarme con las dificultades que me restan de su Libro. Se lo encargo con la condición de que no le impida hacer cosas más necesarias o más agradables. No deseo nada más que el cumplimiento de la promesa que V.S. hizo en su Libro de ampliar su opinión. Esto que al fin confío a mi pluma, lo hubiera dicho verbalmente a V.S. al ir a saludarlo, pero como en principio su domicilio, luego una enfermedad contagiosa, y en fin mi profesión me lo impidieron, eso ha quedado postergado por el momento.

Pero para no dejar esta carta sin contenido y con la esperanza de que a V.S. le agrade, le presentaré sólo esto: Tanto en los Principia, como para explicar los Cogit. Metaph. (sea como su propia opinión, sea para presentar a Monsieur Descartes cuya filosofía ha estudiado) V.S. generalmente [sostiene] que crear y mantener son una y la misma cosa (lo que es tan claro para quienes envían sus pensamientos en esa dirección, que constituye un conocimiento fundamental), y que Dios no sólo creó las sustancias sino también los movimientos en las sustancias. Esto es, que Dios no sólo mantiene a las sustancias en sus estados mediante una creación continua, sino también a sus movimientos e impulsos. Por ejemplo: Dios no sólo hace durar y perseverar en su estado al Alma por su expresa voluntad o acción (como se guste llamarlo), sino que también dirige de esa manera los movimientos del Alma. Lo que es lo mismo [que decir] que así como el continuo crear de Dios hace durar las cosas, también por esa misma causa ocurren en las cosas sus movimientos o impulsos, puesto que fuera de Dios no hay causa de movimientos. Y así se sigue que Dios no es sólo la causa de la subsistencia del Alma, sino también de cada uno de los movimientos o impulsos del Alma que nosotros llamamos voluntad, tal y como V.S. generalmente plantea. De esta afirmación parece seguirse necesariamente que, o bien no hay mal en el movimiento o en la voluntad del Alma, o bien Dios mismo hace expresamente ese mal. Porque también las cosas que nosotros llamamos malas ocurren por el Alma, y por consiguiente con una expresa influencia y concurso de Dios. Por ejemplo: el Alma de Adán quiere comer el fruto prohibido. Según lo arriba mencionado esa voluntad de Adán se da por la influencia de Dios (no sólo el que quiera comer, sino también, como se mostrará enseguida, el que lo quiera de la manera en que lo quiere). Así, ese acto prohibido de Adán, hacia el que Dios no sólo movió su voluntad, sino que también la movió de tal manera, o bien no es malo en sí mismo, o bien Dios mismo parece hacer eso que nosotros llamamos malo. Y no me parece que ni V.S. ni Monsieur Descartes tengan la intención de salvar esta cuestión diciendo que el mal es un non ens, al que Dios no acompaña: ¿De dónde entonces salió la voluntad de comer o la voluntad del Diablo de Tentar? Pues mientras la voluntad (según V.S. nota con razón) no es otra cosa que el Alma misma, en uno de sus movimientos o impulsos, necesita para cada uno el concurso de Dios que, según entiendo del escrito de V.S., no es otra cosa que la determinación de un asunto por su voluntad . Y así se sigue que Dios concursa con, esto es determina, la voluntad mala en tanto es mala, tanto como con la voluntad buena. Porque su voluntad, que es la causa absoluta de todo lo que es tanto como en la sustancia como en los impulsos, parece ser causa primera de la voluntad mala, en tanto que es mala. En otros términos: o no se da en nosotros determinación de la voluntad alguna de la que Dios no sepa eternamente, o estamos poniendo en Dios una imperfección. ¿Pero cómo sabe Dios sino por sus decisiones? Ergo sus decisiones son causas de nuestras determinaciones, y así parece seguirse otra vez que la voluntad mala o no es un mal o que Dios causa [un mal] expresamente. Y acá no vale la distinción de los Teólogos sobre la diferencia entre el acto y el mal que se añade. Eso es, que Dios no sólo decidió que Adan comiera sino necesariamente también que lo hiciera contra su orden. Así nuevamente parece seguirse que o bien el comer de Adán en contra de lo [que le fuera] ordenado no es un mal o bien que es Dios mismo el que causa [un mal].

Estimado Señor, por ahora sólo allí es donde no alcanzo a ver el juego del Tratado de V.S. Me cuesta aceptar cualquiera de los dos extremos, pero quiero esperar un veredicto entendible de V.S. que me satisfaga, y la alegría que eso me deparará espero demostrársela a V.S. en lo futuro. Estimado Señor, esté seguro de que no le pido esto por nada que no sea el deseo de la verdad y también de que mis intereses no están en ningún otro lado. Soy una persona libre, que no depende de ninguna profesión pero que se sostiene con negocios honestos y que dedica el resto de su tiempo a estos asuntos. Ruego obsequiosamente que mis pesadeses o densidades !!! sean agradables a V.S. y que cuando desee escribir, cosa que espero con el corazón ansioso, escriba a W. v. B. etc.

Mientras tanto seré y quedaré,

Mi Señor,

el servicial servidor de V.S.

W. v. B.

Dordrecht, día 12. Diciembre. 1664.

 

Carta II
B. d. S. al muy erudito y sabio señor Willem van Blijenbergh.

Mi Señor, y amigo muy agradable:

Por la carta de V.S. del 12, adjunta a una del 21 de diciembre, que recibí el 26, estando en Schiedam, entendí su gran amor por la verdad, y entendí que ella sola es el fin de todos sus afanes. Y eso a mí, que también soy alguien que no se propone otra cosa, me decidió no sólo a aceptar su solicitud, a saber, responder a conciencia todas las preguntas que envía ahora y [todas las que envíe] de acá en adelante, sino también a hacer todo lo que de mi parte pueda llevarnos a conocernos más de cerca y a una amistad sincera. Porque para mí, de todas las cosas que están fuera de mi poder, no hay ninguna que merezca mayor consideración que el tener el honor de entablar amistad con gente que ama la verdad sinceramente. Porque yo creo que, de lo que en el mundo está fuera de nuestro poder, a nada podemos tranquilamente amar más que a tales hombres, ya que ese amor recíproco está basado en el amor que cada uno tiene por el conocimiento de la verdad y es así imposible de romper, al igual que nunca se deja de abrazar la verdad una vez que se la capta. Nada excepto la verdad puede unir temperamentos y ánimos diferentes, por eso es ella la más grande y la más agradable que pueda dársenos de entre las cosas que están fuera de nuestro poder. Yo no hablo de las enormes utilidades que se siguen de esto para no retrasar a V.S. con cosas que, sin duda, sabe. Si así lo he hecho, lo hice sólo para mostrar mejor aún cuan agradable me es y me será en el futuro poder tener la oportunidad de prestar el servicio prometido. Y para cumplirlo, procederé a responder la pregunta de V.S. que gira en torno a que parece seguirse claramente tanto de la providencia de dios -que no difiere en nada de su voluntad- como también del concurso de dios en la continua creación, o bien que no hay ni pecados ni mal o bien que es dios el que hace esos pecados y ese mal. Empero V.S. no aclara qué quiere decir con mal, y por lo que puedo ver del ejemplo de la determinada voluntad de Adan parece que V.S. entiende por mal la voluntad misma, en tanto se la entiende como determinada de esa manera, o en tanto contraría la prohibición de dios. Y es por eso que le parece incongruente (como me parecería a mí, si así fuera) sostener cualquiera de las dos: o que dios causa él mismo las cosas que van en contra de su voluntad, o que son buenas a pesar de ir contra la voluntad de dios. Pero yo no podría conceder que los pecados y el mal sean algo efectivo, y mucho menos que algo fuera o ocurriera contra la voluntad de dios. Al contrario, digo no sólo que el pecado no es algo efectivo, sino también que no se puede [decir] que se peca en contra de la voluntad de dios o, como se dice, que la gente provoca la ira de dios, sino hablando muy humanamente.

Porque, si tenemos en cuenta lo primero, se sabe que todo lo que es considerado en sí, sin referencia a ninguna otra cosa, contiene cierta perfección que se extiende siempre en cada cosa tanto como su esencia misma; porque no son sino una y la misma cosa. Tomo como ejemplo la decisión, o la determinada voluntad de Adán de comer el fruto prohibido. Esa decisión o determinada voluntad considerada en sí contiene tanta perfección como expresa su esencia. Y eso se puede entender, a saber: no se puede concebir imperfección en las cosas, a no ser que se consideren otras cuyas esencias contengan más perfección, y por eso en la decisión de Adán considerada en sí misma, sin compararla con otras que son más perfectas o que muestran un estado más perfecto, no se encuentra imperfección. Puede incluso comparársela con infinitas otras cosas, que con respecto a ella son mucho más imperfectas, tal como piedras, bloques, etc. Y de hecho cualquiera admitiría esto, ya que las mismas cosas que se desprecian y son miradas con indignación en la gente, en los animales son vistas con sorpresa y con gusto. Tal como por ejemplo la guerra de las abejas, los celos de las palomas, etc. Y por esas cosas por las que despreciamos a la gente, juzgamos, sin embargo, más perfectos a los animales. Siendo esto así, se sigue claramente que los pecados, puesto que no significan más que imperfección, no pueden existir en algo que exprese esencia tal como la decisión de Adán o su propia ejecución.

Además no se puede decir que la voluntad de Adán fuera contraria a la voluntad de dios, ni que al contrariarla fuera mala por serle desagradable a dios. Porque no sólo implicaría una gran imperfección en dios que algo ocurriera en contra de su voluntad, y que él deseara algo y no lo obtuviera y que su naturaleza fuera determinada de tal manera que él igual que las criaturas tuviera a unas cosas simpatía y a otras antipatía, sino que también sería contrario a la naturaleza de la voluntad de dios. Pues dado que ésta no difiere en nada de su entendimiento, sería imposible que algo ocurriera [tanto] contra su voluntad como contra su entendimiento. Esto es: lo que ocurriera contra su voluntad debería ser de una naturaleza tal que fuera contraria al entendimiento, tal como un cuadrado circular. Como la voluntad o la decisión de Adán considerada en si no fue mala, ni fue, hablando propiamente, contraria a la voluntad de dios, se sigue que dios pudo [y] debió ser causa de ella por el motivo que V.S. considera, pero no en tanto que fue mala porque el mal que hubo no fue más que la privación de un estado más perfecto que Adán tuvo que perder por esa acción. Y es seguro que la privación no es algo efectivo y que se llama así con respecto a nuestro entendimiento y no con respecto al entendimiento de dios. Eso proviene de que nosotros a todos los casos de una especie, tal como por ejemplo a todos aquellos que en apariencia tienen la forma de seres humanos, los expresamos con una misma definición, y por eso los juzgamos a todos igualmente capaces de la mayor perfección que se puede deducir de tal definición; y cuando encontramos uno cuyo obrar se aleja de esa perfección, lo juzgamos entonces privado de ella y desviado de su naturaleza, cosa que no haríamos si no lo hubiésemos puesto bajo tal definición y no le hubiésemos atribuido tal naturaleza. Pero como dios no conoce las cosas abstractamente ni hace semejante definiciones, ni a las cosas les pertenece otra esencia más que la que el entendimiento y el poder divinos les asignan, y de hecho [les] dan, se sigue claramente que esa privación sólo puede ser predicada en relación a nuestro entendimiento pero no en relación al de dios. Y con esto a mi parecer la cuestión está resuelta.

Empero, para despejar el camino y eliminar todo escollo, debo todavía responder a las dos cuestiones siguientes, a saber:

I. Por qué la escritura dice que dios desea que los ateos se conviertan, y también por qué le prohibió a Adán comer del árbol, cuando había decidido [que ocurriera] lo contrario.

II. Que de mis dichos parece seguirse que los ateos con su soberbia, gula, desesperación, etc. sirven a dios tanto como los píos con su generosidad, paciencia, amor, etc. porque también ejecutan la voluntad de dios.

Para responder a lo primero digo que la escritura, porque sirve para el común del pueblo, habla de manera humana porque el pueblo no es capaz de comprender cosas elevadas. Y por eso yo creo que todas las cosas que dios reveló a los profetas como necesarias para la salvación fueron escritas como leyes, y así los profetas versaron toda una parábola, a saber: Primero representaron a dios como un rey y un legislador, porque él había revelado los medios para la salvación y la perdición de aquellos de los que era causa. A los medios, que no son más que causas, los llamaron leyes, y los escribieron como si fueran leyes; a la salvación y a la perdición, que no son nada más que efectos que se siguen de esas causas, las representaron como recompensa y castigo. Y ordenaron sus palabras más según esa parábola que según la verdad, y generalmente representaron a dios como un ser humano, a veces iracundo, a veces compasivo, a veces deseando lo futuro, a veces invadido por los celos y la suspicacia, y hasta [a veces] engañado por el diablo. De modo que los filósofos y todos aquellos que, con ellos, están encima de la ley, esto es, que siguen la virtud no como una ley sino por amor, porque eso es lo mejor, no tienen que inclinarse ante tales palabras. La prohibición a Adán consistió sólo en eso, a saber: en que dios le reveló a Adán que comer de ese árbol causaba la muerte, tal como nos revela por el entendimiento natural que el veneno es mortal. Y si V.S. pregunta ¿con qué fin se lo reveló? Yo contesto que para hacerlo más perfecto en cuanto a conocimiento. Preguntarle a dios por qué no le dio también una voluntad más perfecta es absurdo, tal como es absurdo preguntarle por qué no le dio a los círculos las características de las pelotas !!!. Todo lo cuál se sigue claramente de lo arriba dicho, y de lo que también he mostrado en el escolio a la prop. 15 de la primera parte.

Por lo que hace a la segunda dificultad, es verdad que los ateos expresan la voluntad de dios en su medida, pero no por eso son comparables a los píos. Porque cuanto más perfección tiene una cosa, tanto más tiene también de divinidad y tanto más expresa la perfección de dios. Teniendo los píos más perfección que los ateos, su virtud no es comparable con la de los ateos que carecen del amor a dios que surge de conocerlo y por el que sólo nosotros, según nuestro entendimiento humano, nos llamamos los sirvientes de dios. Si, puesto que no conocen a dios, no son otra cosa que una herramienta en la mano del artífice que sirve ignorante y sirviendo se desgasta, en cambio los píos sirven sabiendo y sirviendo se perfeccionan.

Eso mi Señor es todo lo que sé aportar por el momento para responder la pregunta de V.S. Nada hay ahora que desee más que que le satisfaga, pero si V.S. todavía encuentra alguna dificultad le pido que me lo haga saber, para ver si puedo removerla. V.S. por su parte no sea recatado [acerca de todo] en cuanto le parezca no estar satisfecho, nada quiero más que saber el motivo [de su insatisfacción] para que finalmente resulte la verdad. Desearía poder escribirle en la lengua con la que me criaron, acaso así podría expresar mis pensamientos. Tómeselo empero V.S. a bien y corrija los errores y téngame por

El benévolo amigo de V.S.

Me quedaré aquí en Schiedam todavía unas tres o cuatro semanas y entonces pienso volver a Voorburgh. Creo que recibiré una respuesta de V.S. antes de eso. Si los asuntos no lo permiten se le ruega escribir a Voorburgh con este epígrafe, a entregar en la calle de la Iglesia, en la casa de Daniel Tydeman el pintor. (*)

 

 

(*) Fuente:  Las cartas del Mal. Correspondencia Spinoza-Blijenbergh, Buenos Aires, la Caja Negra Editora, en Buenos Aires,  2006.