Sobre la creación del hombre, por Anna Casas Aguilar y Marta Vila Rigat

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Portada de una edición en inglés del Popol Vuh, fundamental obra de la literatura indígena prehispánica que contiene uno de los más célebres mitos de la creación del hombre.  Todas las culturas  antiguas entendieron la realidad a partir de un saber primario: los mitos de la creación, los mitos cosmogónicos, donde se narra el origen de todo a través de una acción creadora divina que produce el pasaje del caos hacia la creación de nuestro mundo material organizado bajo la relación cielo-tierra. En el artículo que sigue a continuación, Anna Casas Aguilar Marta Vila Rigat realizan un interesante y bien fundamentado enfoque entre tres tradiciones cosmogónicas, entre tres profundas mitologías: la griega, vinculada con el mito de la creación narrado en la Teogonía de Hesíodo; la tradición mesoamericana maya del Popol Vuh; y el  Panchatranta hindú y su relación con la creación y las edades del mundo.

E.I

 

SOBRE LA CREACIÓN DEL HOMBRE
Por Anna Casas Aguilar y Marta Vila Rigat

 

   No ha sido tarea fácil la creación del hombre. Somos el resultado de una serie de intentos fallidos que se describen recurrentemente a lo largo de la historia. Hesíodo estableció en Trabajos y días una cronología mítica que se proponía explicar la evolución de la sociedad humana a través de cuatro generaciones, una cronología que encontraremos siglos más tarde en Babrio y, en la cultura latina, en Ovidio. Las culturas precolombinas
concibieron, a su vez, historias similares para entender la presencia del hombre en la tierra. Viejo y Nuevo Mundo quizá no estaban tan alejados antes de 1492. El cristianismo se unió a la tradición clásica y San Agustín reelaboró y recondujo las ideas del mito de las generaciones para adaptarlo a la fe cristiana. Más tarde, podemos percibir la herencia de esta manera de asir la realidad del hombre en los textos de los humanistas, entre
ellos, el Inca Garcilaso de la Vega.
   Procedente posiblemente del la cultura hindú, múltiples han sido las maneras de transmitir una misma idea. Ha ocurrido lo mismo que ocurre con el agua del río, que, aunque cambie de apariencia a lo largo de su recorrido, nunca deja de ser agua.

   Hesíodo (VII-VI a.C.), en Trabajos y días, escribe que “en un primer momento los inmortales que habitaban las moradas olímpicas crearon una raza áurea de hombres mortales” (1) . Estos hombres no envejecían y vivían como sus creadores, los dioses, sin preocupaciones y sin trabajo ni miseria. La tierra les daba frutos espontáneamente. Esta primera generación parece responder al ideal de vida de todo hombre; no obstante, es demasiado perfecta para pervivir: el hombre ha sido creado para adorar a Dios y, con
este fin no puede, por tanto, igualarse a él.
  La primera generación en el Popol Vuh (XVI ) (2), en cambio, nace del lodo. La constituyen unos hombres que se deshacen y que no tienen movimiento ni fuerza. Tienen velada la vista y no pueden ver hacia atrás. Hablan, pero no tienen entendimiento. El Creador y el Formador dicen de ellos: “bien se ve que no pueden andar ni multiplicarse” (3). El que no puedan mirar hacia atrás parece indicar que carecen de memoria y, por tanto, no pueden acordarse de su creador (4).
  En estos dos textos, pues, se da una misma respuesta al porqué de la presencia del hombre en la tierra: ha sido creado para rendir culto a los dioses. Esta es la razón por la cual desaparecieron las dos primeras generaciones. Una era demasiado perfecta y la otra demasiado imperfecta para adorar a sus creadores.
  La última generación en Trabajos y días es la raza de hierro. Viven oprimidos por la fatiga, la miseria y las preocupaciones. Al contrario de lo que pasaba con los hombres de la raza áurea, que nunca envejecían, llegará un momento en que los hombres de la raza de hierro nacerán ya encanecidos, entonces serán eliminados por Zeus. “El padre no será
semejante a los hijos, ni los hijos al padre; el huésped no será grato al que da hospitalidad, ni el compañero al compañero, ni el hermano al hermano, como antes. Despreciarán a los padres tan pronto como lleguen a la vejez; los censurarán hablándoles con duras palabras, faltos de entrañas, desconocedores del temor de los dioses […]” (5) . No habrá remedio para el mal; según la profecía, no habrá salida posible para el hombre.
  En Trabajos y días, cada generación es peor a la anterior. En el Popol Vuh, en cambio, la progresión del hombre en cada uno de los intentos de creación es evidente. Aun así, si bien cabría esperar una última generación de hombres perfecta en el Popol Vuh, los dioses les empañan los ojos para que solo puedan ver lo que está cerca y los hombres pierdan, por tanto, la enorme sabiduría que poseían (6). Así lo expone Giuseppe Bellini en Nueva
historia de la literatura hispanoamericana: “[…] el hombre está dotado de inteligencia, ve lo que está próximo y lo alejado, el presente, pero también el pasado y el futuro, y cuando los creadores se dan cuenta de ello, se preguntan angustiados si no llegará un día en que tales seres se quieran igualar a ellos. Eso los lleva a tomar la decisión de limitarles la
inteligencia.” (7). Como hemos visto, por tanto, en ambas culturas, los hombres son conscientes de la imperfección del ser creado, esto es, del hombre del momento.
Por otro lado, tanto en Trabajos y días como en el Popol Vuh, cada intento de creación está estrechamente relacionado con un elemento procedente de la naturaleza. La elección de estos elementos no es gratuita, sino que está motivada por el hecho de formar parte de la vida cotidiana de la comunidad.
  En Hesíodo, estos materiales se presentan, en cada una de las edades, como símbolo de los hombres que viven en ellas. Los materiales y las razas de hombres avanzan en un mismo sentido: la degeneración.
  El oro, mineral que define la primera raza, es el material más noble. No obstante, aunque denota riqueza material, no podemos hacer de él un medio de supervivencia. Es ostentoso, pero inútil para el trabajo diario. Así es el hombre de la raza áurea: lo tiene todo y todo lo consigue sin esfuerzo.
  Al no tener necesidad de trabajar, no está preparado para ello. Además, al
no dar valor a las cosas, no se siente agradecido a sus creadores. Así nos habla Hesíodo del siguiente intento: “A continuación, una segunda raza mucho peor, de plata, crearon los que habitan las moradas olímpicas, en nada semejante a la de oro en cuanto a naturaleza e inteligencia” (8). Estos hombres son niños toda la vida, ya que cuando alcanzan la juventud
viven durante muy poco tiempo sufriendo por la falta de experiencia. Tampoco rinden culto a los dioses ni les hacen sacrificios. La misma pérdida de cualidades que se produce en la transición del oro a la plata, se produce en el paso de la primera a la segunda raza de hombres.  La tercera raza que creó Zeus fue la de bronce. Nacida de los fresnos, era
ruda y violenta y tenía el corazón de acero. Todo lo que la rodeaba era de bronce: “Broncíneas eran sus armas, broncíneas sus casas y con bronce trabajaban, pues no existía el negro hierro”(9). Se presenta el bronce como material de trabajo. El bronce y el hombre de esta edad tienen unas mismas cualidades: la dureza y la fuerza.
   La última es la generación de hierro (10). Si el hierro, de toda la sucesión, es el material más humilde, acompaña también al hombre más imperfecto. Los hombres de esta raza serán eliminados cuando nazcan ya encanecidos y viejos (11).
  Muy distintos son los materiales asociados a las razas de hombres en el Popol Vuh. Lodo, madera y mazorcas amarillas y blancas son elementos que constituían el sustento, directa o indirectamente, de los pueblos precolombinos.
  Si en Hesíodo la devaluación de los materiales va de la mano de la degeneración de las especies humanas, en el Popol Vuh simbolizan la progresión hacia una raza de hombre mejor. Nada puede ser más humilde que la tierra, ni nada más imprescindible para la supervivencia del pueblo quiché que las mazorcas de maíz.
  Del lodo nacerá el primer hombre, inmóvil, con la vista velada y sin entendimiento. La segunda raza nace de la madera, son los “muñecos de palo”. La madera permite crear un hombre más sólido físicamente, pero aún sin alma ni entendimiento. A diferencia de los hombres de lodo, estos se multiplican sobre la faz de la tierra, pero ni el uno ni el otro se
acuerdan de su creador. Fueron eliminados.
  Los hombres de la tercera raza “hablaron, conversaron, vieron y oyeron, anduvieron, agarraban las cosas; eran hombres buenos y hermosos […]”. Además, “fueron dotados de inteligencia; […] alcanzaron a ver, alcanzaron a conocer todo lo que hay en el mundo”(12). Estos hombres dan gracias al creador y formador por haberlos creado.
  En resumen, oro-plata-bronce-hierro acompañan al hombre en su continua degeneración. Lodo-madera-maíz simbolizan el progreso en las cualidades de los seres creados. La sociedad en la que nacen las historias del Popol Vuh ve posible el progreso. Por el contrario, Hesíodo y sus contemporáneos empiezan a dudar y a replantearse si la evolución conlleva la mejora de la especie o, por el contrario, su corrupción.
   Entre los clásicos grecolatinos, no solo Hesíodo hace referencia al mito de las edades. Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) escribe en Metamorfosis que “existió en un principio una edad de oro, que sin coacciones y por propia iniciativa cultivaba la bondad y la justicia sin que hubiesen leyes. Se ignoraba el sentido de castigo y miedo y no se pronunciaban palabras conminatorias […], vivía [el pueblo] tranquilo sin fiscales”(13). Si comparamos este pasaje de
Ovidio con lo citado anteriormente de la obra de Hesíodo, vemos que la descripción de la edad de oro es paralela en estos dos autores. También en Ovidio, como en Hesíodo, “la tierra indemne sin las heridas de rastrillos y arados producía de todo. Y contentos los hombres con los alimentos de la creación, sin coacciones, recogían los frutos de los árboles […]”(14) . No obstante, a diferencia de Hesíodo, Ovidio no explicita los motivos por los cuales esta primera raza no pervivió. Solo dice que la Edad de Plata llegó cuando Saturno fue enviado a las tinieblas del tártaro y empezó a reinar Júpiter.
  Siguiendo con Ovidio, en la Edad de Bronce, el hombre se vuelve más violento: “Llegó después de ésta la tercera edad, de Bronce, de más crueles ardides y más pronta a las temibles armas, aunque no de instintos criminales” (15).
  La cercanía de ambos textos se muestra también en el siguiente paralelismo. Hesíodo, haciendo referencia a la última edad, la Edad de Hierro, decía: “el huésped no será grato al que da hospitalidad, ni el compañero al compañero, ni el hermano al hermano, como antes. Despreciarán a los padres tan pronto como lleguen a la vejez”. Encontramos en Ovidio palabras similares: “Se vivió el robo; no hubo seguridad entre huéspedes, ni entre
suegro y yerno, e incluso entre hermanos ha sido rara la bienquerencia.
  Pese a la amenaza del hombre contra su mujer y la de ella contra el marido; las madrastras temibles preparan venenos; el hijo pregunta pronto los años que restan al padre” (16).
  También Babrio (I-II a.C.) dice en el prólogo de sus Fábulas: “Al principio había una raza de hombres justos […] a la que llamaban edad de oro; después de esta dicen que vino otra de plata y ahora estamos en la tercera, la edad de hierro. […] [En la edad de oro] la tierra producía de todo sin pedir nada a cambio y entre mortales y dioses reinaba la camaradería”(17). Aunque Babrio omita la edad de bronce las coincidencias entre los clásicos grecolatinos son evidentes.
  En el Antiguo Testamento, de nuevo se hace referencia al mito de las edades. Daniel lo presenta de un modo indirecto, esto es, a través de la interpretación de un sueño del rey Nabucodonosor. Este rey tiene la visión de una estatua grande y extraordinaria, con la cabeza de oro puro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y las nalgas de bronce, las piernas de hierro y los pies en parte de hierro y en parte de lodo. Una piedra se desprende de una montaña y golpea los pies de la estatua haciéndolos añicos. Todo quedará destruido: oro, plata, bronce, hierro y lodo; y todo se lo llevará el viento. Los distintos materiales representan a cuatro grandes imperios sucesivos: neobabilónico (oro), medo (plata), persa (bronce) y el imperio macedónico de Alejandro (hierro), prolongado en los
reinos helenistas seléucida y lágida (hierro y barro).
  “Este fue el sueño; ahora se lo interpretaremos al rey. Tú, majestad, rey de reyes, a quien el dios del cielo ha dado imperio, poder, fuerza y gloria, en cuyas manos ha dejado a todos los hombres, las bestias del campo y los pájaros del cielo, y a quien ha dado dominio sobre todo ello, tú eres la cabeza de oro. Después de ti surgirá otro reino, inferior al tuyo, y luego un tercer reino de bronce, que dominará sobre toda la tierra. Y por fin un cuarto reino, fuerte como el hierro; lo mismo que el hierro destroza y pulveriza todo, así ese reino destrozará y pulverizará a todos los demás. […] En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido y cuya soberanía no pasará a otro pueblo. Pulverizará y aniquilará a todos los otros y él mismo subsistirá por siempre; eso significa la piedra que viste desprenderse del monte, sin intervención de mano alguna, y que pulverizó hierro, bronce, arcilla, plata y oro. El gran Dios ha revelado al rey los acontecimientos del futuro. El sueño es verdadero, y su interpretación es fidedigna”(18).
  Si en los clásicos hablábamos de generaciones, aquí la devaluación progresiva de los sucesivos metales hace referencia a una concepción pesimista de la historia de estos grandes imperios. Si bien es cierto que también se trata de una degeneración, no cuenta hechos del pasado como en los clásicos sino que, con tono profético, mira hacia el futuro de aquel entonces.
  San Agustín (354-430) cambiará la orientación de las ideas de la versión del mito que ha heredado a través de su cultura, esto es, el que presenta al hombre en continua degeneración. El cristianismo no tiene sentido si se piensa en una continua degradación de la especie humana. En la fe cristiana, el hombre tiene que mejorar para ganar el cielo. Es necesaria, por tanto, la idea de progreso. San Agustín afirma que se va hacia un progreso edificante, hacia la construcción gradual de la ciudad de Dios (19).
  Siglos más tarde, dos serán las tendencias seguidas por los humanistas.
  Unos, como el Inca Garcilaso de la Vega, nacido en el Cuzco, siguen alimentando la idea de progreso de San Agustín. Otros afirman que no existe progreso posible ya que ven al hombre occidental como un ente corrompido por la sociedad. Esto nos lleva al mito del buen salvaje: la sociedad moderna ha corrompido al hombre; el indio, en cambio, vive una etapa anterior no corrompida. No obstante, si relacionamos esto con la idea humanista de que con la palabra se es hombre, aparece una insalvable contradicción en el seno del grupo que rechaza la idea de progreso: se forma un hiato entre la imposibilidad de mejorar y el progreso a través de la palabra.
  La concepción de las tres edades (preincaica, incaica y cristiana) en Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega evoca, como ya hemos dicho, la idea agustiniana del progreso. La primera edad, anterior a la conquista incaica, es la de la barbarie. La segunda empieza con la conquista de los incas y, según el Inca Garcilaso, facilitará la posterior
cristianización. Manco Cápac, el primero de los reyes incas, y su hermana y mujer Mama Ocllo Huaco “les enseñaron la ley natural y les dieron leyes y preceptos para la vida moral en provecho común de todos ellos” (20). Además, según el Inca Garcilaso, los convirtieron al monoteísmo: “los desengañaba [Manco Cápac] de la bajeza y vileza de sus muchos dioses, diciéndoles qué esperanza podían tener de cosas tan viles para ser socorridos en sus necesidades o qué mercedes habían recibido de sus animales como los recibían cada día de su padre el Sol. […] Con estas razones y otras tan rústicas persuadió el Inca Manco Cápac a sus vasallos a que adorasen al Sol y los tuviesen por su Dios”(21). Es la idea de que, sin los incas, que sirven de puente entre los pueblos precolombinos anteriores y los españoles, la historia de la conquista hubiera sido distinta. La tercera edad es la del cristianismo, posterior, por tanto, a la conquista. Este proceso es un claro ejemplo de la construcción progresiva de la ciudad de Dios (22).
   Francisco Rico, en Laudes litterarum: Humanismo y dignidad del hombre en la España del Renacimiento, haciendo referencia a la Oratiuncula de Maldonado (1545), habla de la ceguera de la humanidad antes de la invención de las letras y las artes liberales y, en cambio, la luz que después brilló en el mundo después del conocimiento de las artes y las letras. Maldonado dice que en la primera edad los hombres vivían como fieras, sin “religionis ratio”, sin derecho, sin saber siquiera quién era hijo de quién. Sin embargo, y estaríamos ante los humanistas que rechazan la idea de progreso, algunos mitifican aquellos tiempos bestiales y afirman que “los mortales nunca han errado menos que antes de la proclamación de las leyes y el hallazgo de las disciplinas” (23). Contra esos ilusos, Maldonado alega una prueba tomada de la historia contemporánea: al llegar al continente
americano, los españoles encontraron pueblos bárbaros, caníbales que sacrificaban a los demonios. A estos la naturaleza les había privado de animales de carga y de labranza y estaban expuestos a los dientes de terribles alimañas que allí habitaban, cosa que Maldonado interpreta como castigo. Al carecer de leyes y letras, eran salvajes y totalmente
desprovistos de la verdadera condición humana. Aun así, Maldonado opina que los aborígenes “no carecían de ingenio, sino de cultura, no de voluntad de aprender y ánimo pronto, sino de preceptores y maestros”. Según Maldonado, las letras les darán dignitas hominis. Con estas palabras se acerca al Inca Garcilaso.
   Avanzando en la misma dirección, hay que destacar que si en Hesíodo y en el Popol Vuh los dioses no permitían que los hombres se igualasen a ellos, los humanistas afirmaban que, si cultivamos el ánimo con las disciplinas, no solo el mundo será nuestro, sino que incluso no convertiremos en una especie de dioses.
  Casi con toda seguridad, se ha afirmado que el origen del mito de las edades debemos buscarlo en la cultura hindú. Muestra de ello la tenemos en el Panchatranta, la colección más antigua de fábulas de la literatura sánscrita. Data probablemente del siglo IV d.C. (24) y está basada en colecciones anteriores de cuentos populares.
  “[Al oír esto el monje dijo riéndose: —¡Ay, estúpido pájaro!;]esa fue la ley en la primera edad del mundo, en la cual sólo se producía el mal por la palabra de los malos […]. Ahora estamos en la cuarta edad, en la que toda alma es mala. Por eso, no verificando acto ninguno, no se mancha uno de mal. Y se ha dicho:
  "En las otras edades del mundo los males corrompían a los vivientes; pero en la edad en que estamos, infectada por el mal, quien obra, ése se corrompe” (25).
  La cita anterior hace referencia a Kritayuga, la primera y mejor edad del mundo y a Caliyuga, la cuarta edad o edad del mundo en que vivimos, la edad de la discordia y del mal. En la cultura hindú, como en los clásicos grecolatinos, el hombre de cada edad es peor que el anterior. De nuevo el sentido de la evolución del hombre es descendente. Lo realmente relevante es encontrar tanto en la cultura hindú, como en la grecolatina y la
maya-quiché un mito común tan sólido referido a la evolución de la especie humana.
Aunque múltiples sean sus manifestaciones, la idea que albergan las distintas versiones del mito de las edades siempre es la misma. De hecho, responde a una necesidad propia del hombre como especie. Necesitamos obtener una perspectiva que permita crear un marco de referencia, o dicho de otro modo, dominar el tiempo. Es por esto por lo que recorremos a la periodización de la historia y, si nos centramos en lo que aquí nos ocupa,
a la periodización de la historia del hombre como especie. Pero la lectura de estos mitos llega más lejos. Los hombres aparecen sobre la faz de la tierra, viven y desaparecen, dando lugar a una nueva generación. Cada generación creada es una nueva afirmación de la voluntad del hombre de pervivir. Es cierto que los mitos hablan del pasado, pero no son más que un grito hacia el futuro: el hombre quiere seguir viviendo. ¿Acaso a nosotros
no nos abruma la idea del fin? Quizá la respuesta debemos buscarla de nuevo en la literatura. Pensemos, por ejemplo, en el Mecanoscrito del segundo origen (1974) de Manuel de Pedrolo. (*)

(*) Fuente: Anna Casas Aguilar y Marta Vila Rigat, "Sobre la creación del hombre, enviado por sus autoras para su edición aquí. 

 

NOTAS
1 Hesíodo, Teogonía. Trabajos y días. Escudo. Certamen, Madrid, Alianza
Editorial, 2001, p. 81.

2 Aunque fue redactado en el siglo XVI, su contenido ya formaba parte de la tradición oral del pueblo quiché. La génesis debemos buscarla en paralelo a la construcción de este pueblo. No obstante, al estar redactado después de la conquista, debemos tener en consideración la fuerte influencia del cristianismo.

3 Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché, Madrid, Fondo de Cultura Económica de España, 2003, p. 28.

4 El que no puedan mirar hacia atrás parece indicar que tampoco pueden valorar el pasado ni corregir sus errores, puesto que carecen de recuerdos.

5 Hesíodo, Op. Cit., p. 84. El tono profético de estas palabras no pasa desapercibido. Las profecías son abundantes en los textos que analizamos. En los códices aztecas, por ejemplo, durante la quinta y última edad o sol de movimiento se profetizan también malos augurios para el hombre: “habrá movimientos de tierra, habrá hambre y así pereceremos” (Villanes, Carlos e Isabel Córdoba, Literaturas de la América Precolombina, Madrid, Istmo, 1990, p.59).

6 Como ya hemos apuntado, la vista es, en realidad, el conocimiento.

7 Bellini, Giuseppe, Nueva historia de la literatura Hispanoamérica, Madrid, Castalia, 1997, p. 44-45.

8 Hesíodo, Op. Cit., p. 82.

9 Hesíodo, Op. Cit., p. 83.

10 Antes de esta raza de hierro, se crea una raza divina de héroes, los semidioses. Unos serán aniquilados en distintas guerras, en Tebas o Troya. A otros, el padre Zeus, les proporcionará vida y costumbres lejos de los hombres; son héroes felices y para ellos la tierra rica en sus entrañas produce dulce fruto.

11 Son múltiples las referencias al envejecimiento o perpetua juventud a la hora de caracterizar las distintas razas de hombres.

12 Popol Vuh, Op. Cit, p.105.

13 Ovidio, Metamorfosis, Barcelona, 1986, I (90-93).

14 Ovidio, Op. Cit., I (101-104).

15 Ovidio, Op. Cit., I (125-127).

16 Ovidio, Op. Cit., I (144-148).

17 Babrio, Fábulas, Madrid, Gredos, 1978, p. 303.

18 Daniel (2, 23).

19 No podemos olvidar las raíces platónicas de la idea de progreso.

20 Garcilaso de la Vega, Inca, Comentarios Reales, Madrid, Castalia, 2000,
p. 172.

21 Garcilaso de la Vega, Inca, Op. Cit., pp. 172-173. También dice el Inca Garcilaso: “y aunque tuvieron muchos sacrificios, como adelante diremos, y muchas supersticiones […], en fin, no tuvieron más dioses que al Sol” (p.174).

22 Los humanistas creen que el hombre es hombre gracias a la educación. Esto es precisamente lo que el rey inca Manco Cápac da aquellas gentes que vivían en la barbarie. Progresan gracias al aprendizaje. Por otra parte, si las letras dan la posibilidad al hombre de adquirir la dignidad, el Inca Garcilaso brinda la posibilidad a los Incas de que su cultura sea tan digna como la occidental, poniendo su historia por escrito.

23 Rico, Francisco, “Laudes litterorum: humanismo y dignidad del hombre en la España del Renacimiento”, en Homenaje a Julio Caro Baroja, Madrid, C.I.S., 1978, p. 906.

24 Recoge, como en el Popol Vuh, historias de tradición oral.

25 Panchatantra ó Cinco series de cuentos, Madrid, Biblioteca Clásica, 1908, pp. 313. 314. Hemos manejado la traducción que José Alemany Bolufer hizo del sánscrito, porque es una de las más completas.

 

BIBLIOGRAFÍA
o Babrio, Fábulas, Madrid, Gredos, 1978.
o Bellini, Giuseppe, Nueva historia de la literatura Hispanoamérica,
Madrid, Castalia, 1997.
o La Biblia, Daniel (2, 23).
o Garcilaso de la Vega, Inca, Comentarios Reales, Madrid, Castalia, 2000.
o Hesíodo, Teogonía. Trabajos y días. Escudo. Certamen, Madrid, Alianza
Editorial, 2001.
o Ovidio, Metamorfosis, Barcelona, Bosch, 1986.
o Panchatantra ó Cinco series de cuentos, Madrid, Biblioteca Clásica, 1908.
o Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché, Fondo de Cultura Económica
de España, Madrid, 2003.
o Rico, Francisco, “Laudes litterorum: humanismo y dignidad del hombre en
la España del Renacimiento”, en Homenaje a Julio Caro Baroja, Madrid,
C.I.S., 1978.
o Villanes, Carlos y Isabel Córdoba, Literaturas de la América
Precolombina, Madrid, Istmo, 1990.