Historia y cosmos, por Karl Jaspers

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Karl Jaspers  (1883-1969) fue un filósofo de la corriente existencialista que destacó  las "situaciones límites" y el existir auténtico que sólo dimana de un salto hacia la trascendencia. Fue también médico psiquiatra. Y sintió la fascinación de la historia. No lo sedujo la historicidad de los hechos ordenados y catalogados en pulcras cronologías de épocas o edades, pobladas por reinos, imperios o batallas. Su interés fue pensar la historia como antes ya lo hicieran San Agustín, Kant, Condorcet, Hegel, Comte, Spengler o Lowith. Jaspers piensa la historia en su obra Origen y meta de la historia. Allí define los límites irrebasables del conocimiento histórico. Desconocemos el origen y la meta de la historia. En el inicio y el final chisporrotea el enigma. Acaso para compensar lo desconocido, Jaspers afirmó un conocimiento certero, apodíctico: la historia concebida cono unicidad, universalidad. Como historia única y continua. Idea de la temporalidad histórica que sería severamente rechazada por Foucault en su Arqueología del Saber, en 1969.

    Pero la noción de historia única y continua no es el nervio que rescatamos de las reflexiones  de Jaspers. Lo que recuperamos como texto olvidado en este momento de Temakel es un encuentro entre dos categorías que parecen habitualmente ajenas, opuestas:  historia y cosmos. Cuando la humanidad inicia su apertura a lo cósmico descubre que su vastedad inabarcable es un límite, una frontera para la propia expansión de la historia. La historia se detiene ante la muralla que supone el enigma del espacio infinito, la posibilidad racional de una paralela existencia de otras inteligencias esparcidas entre las estrellas, y la evidencia de una realidad que preexistía a los primeros latidos de los corazones humanos.

     El cosmos y su desmesura recuerda que nuestra historia es una hebra y no el tejido íntegro de esa otra realidad. La otra, la, a pesar de todo, más vasta y primaria realidad: la hecha de planetas y radiantes cabelleras de galaxias.

E.I

 
HISTORIA Y COSMOS

  Por Karl Jaspers

  ¿Por qué vivimos y realizamos nuestra historia en el espacio infinito, precisamente en un ínfimo grano de polvo del cosmos, en un remoto rincón, y porque en el tiempo infinito precisamente ahora? ¿Qué ha ocurrido para que comenzase la historia? Son preguntas que, por incontestables, nos hacen conscientes de un enigma.  El hecho fundamental de nuestra existencia es que parecemos aislados en el cosmos. Sólo nosotros somos seres racionales que hablan en el silencio del cosmos. En la historia del sistema solar se produce la pausa, hasta ahora brevísima, de un estado en que, sobre la Tierra, hay hombres que desarrollan y realizan el saber sobre sí mismo y sobre el Ser. Sólo aquí existe esta intimidad del comprenderse. Por lo menos, no conocemos otra realidad de una intimidad. Dentro del cosmos ilimitado, sobre un insignificante planeta, en un tiempo insignificante de un par de milenios, ha ocurrido algo como si esto fuera lo total, lo auténtico. Este es el lugar -que en el cosmos no significa nada- en el cual con el hombre despierta el Ser.

   Pero este cosmos es la oscuridad de lo que existe envolviéndonos, en lo cual, desde lo  cual y por lo cual acontece lo que somos y lo que, a su vez, no puede concebirse en su origen. Esta oscuridad nos presenta como conjunto tan sólo el  aspecto primero de un acontecer sin vida que investigan la astronomía y la astrofísica, el cual en su fantástica magnitud no es, sin embargo, para nosotros primeramente apenas más que una nubecilla de polvo en la habitación, iluminada por un rayo de sol. El cosmos tiene que ser infinitamente más que este aspecto primerizo capaz de ser investigado, algo más profundo que aquello que se ha comenzado a descubrir; a saber: aquello que la progresiva revelación del hombre en la historia va produciendo.

    Para nuestra existencia terrenal se ha llegado a otro precipicio. Con la accesibilidad del planeta, como un todo, se ha cerrado el camino del espacio. Hasta entonces podía el hombre viajar, penetrar en las desconocidas lejanías y vivir sobre el fondo de esta lejanía, la cual quedaba ilimitadamente accesible a sus pies cuando le impelía a ello. Ahora la morada de nuestra existencia está cerrada, exactamente conocida en sus dimensiones; se puede abarcar con la vista como un todo para planear y actuar. Pero este todo está radicalmente aislado en el universo. Por la actualidad de esta situación se condensa y concreta, por así decir, lo humano a la tierra. Hacia fuera está lo humano en un espacio cósmico aparentemente  vacío de espíritu, que le parece intransitable para siempre por virtud del aislamiento de esa realidad del comprenderse sólo referida a sí mismo.

   Este aislamiento en el cosmos es un límite real de la historia. Hasta ahora sólo lo rebasan varias representaciones y posibilidades inverificables como respuestas a la pregunta: ¿ Hay vida y espíritu, hay seres racionales también en otra parte del mundo?

   A esta pregunta se contesta con respuestas negativas:

 a) Las condiciones imprescindibles de la vida son una casualidad en el espacio cósmico, casi vacío, helado, surcado por masas incandescentes a distancias gigantescas. En los demás planetas de nuestro sistema solar la vida no es posible o sólo existe una vida vegetal inferior. No está excluido que en otros sistemas solares existan planetas semejantes a la Tierra, pero es improbable a causa de las incontables casualidades que tienen que coincidir para tal resultado (Eddington).

 b) Los caracteres específicos del hombre en la profunda concepción de la religión revelada judeo-cristiana son únicos; la creación de Dios es única y el hombre es la imagen de Dios; no puede haber muchos "mundos" (así dice el cristianismo y también Hegel). Tanto la revelación, por la cual el hombre se concibe en su nulidad y grandeza como la tendencia natural por la cual el hombre se siente como único y como centro conduce a este resultado.

 Pero también hay respuestas positivas:
a) Aunque sea una causalidad, sin embargo, para que se dé más de una vez esta casualidad existe en el infinito mundo tanto simultáneamente como en el transcurso del tiempo margen suficiente. En las miríadas de soles de nuestra galaxia y en los incontables  sistemas galácticos que existen además del nuestro, es muy probable que la  causalidad en sus combinaciones pueda darse varias veces.

b) El hombre ha admitido siempre la existencia de otros seres racionales en el mundo: ángeles, demonios, dioses estelares. De esta manera se ha rodeado de míticos parientes. El mundo no estaba vacío. Ha sido al transformarse el mundo en un mecanismo de masas inanimadas cuando se ha producido este vacío. Que sea sólo el hombre quien tiene conciencia y piensa en el mundo es cosa que no puede representarse plenamente. ¿Es que este mundo sólo existe para el hombre?  Ni siquiera se puede concebir que toda la vida existente en este planeta esté referida sólo al hombre. Todo existe para sí,  y la larga historia de la Tierra era vida cuando todavía no existían los hombres.

c) Si no existiera solamente el hombre, acaso pudiera decirse que en el tiempo infinito habría habido para los seres espirituales ocasión de hacerse perceptibles en el mundo:  el mundo hubiera sido "descubierto" desde algún lado o hubiera comenzado a desarrollarse enseguida una nueva vida racional  en una unidad de comunicación cósmica, que, por otra parte, existe permanentemente. Pero del cosmos sólo nos llega lo inanimado.

  Sin embargo, se puede responder: estamos constantemente envueltos por las ondas de esta comunicación como por las ondas de la radio, que tampoco percibimos  cuando no tenemos receptor. No estamos tan lejos de percibir las radiaciones que de continuo se propagan por el cosmos, las cuales pertenecen a una comunidad cósmica real. En la Tierra no hemos hecho más que empezar. El instante del despertar ha comenzado. ¿ Por qué no descubriríamos un día que en el mundo hay de hecho una lengua, que primero capturaríamos sin comprenderla y después descifraríamos, por así decir, como los jeroglíficos egipcios, hasta que escuchemos constantemente lo que acaso nos comunican seres racionales en el mundo y seamos capaces de responder?

   Una descripción más detallada de esta fantasía no tiene, como la figuración misma, objeto; por ejemplo, hablar de los efectos que la distancia de los años-luz tendría para un posible intercambio.

  Todas las especulaciones de esta clase no tiene por ahora otro sentido que el de dejar abierta la posibilidad y hacer sentir la situación del hombre en su aislamiento sobre la Tierra. Para nosotros no existe ninguna consecuencia en tanto que nos falte el menor indicio de la existencia de seres racionales en el cosmos. No podemos negar la posibilidad ni tampoco contar con la realidad. Pero podemos darnos cuenta del hecho asombroso, siempre inquietante, de que el hombre, en el espacio y tiempo infinito, sobre este pequeño planeta sólo desde hace seis mil años, o en tradición ininterrumpida sólo desde hace tres mil, ha llegado a preguntarse y saber de sí mismo, lo cual es lo que llamamos filosofar. (*)

 

(*) Fuente: Karl Jaspers, "Historia y cosmos", en Sobre el origen y meta de la historia, Revista de Occidente, Madrid, 1953.