Mis montañas, por Joaquín V. González

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Una geografía puede ser sólo un silencioso decorado. Eso es el cielo en la vida de las ciudades modernas. Eso pueden ser montañas y bosques en la existencia de un pueblo o aldea en un ámbito rural. Pero, para la sensibilidad del poeta, los dibujos de la propia tierra siempre son antorchas que encienden el fuego. El fuego de la contemplación emocionada, de la plena atención al aura bella y singular del paisaje nativo. En Temakel, ya hemos recordado la emoción del escritor ante el Cerro Famatina, y su imaginativa prosa de La selva de los reptiles. Ahora, en este momento de Textos Olvidados, recordaremos la exaltación del poeta ante las montañas de su hogar en la provincia de La Rioja, en la Argentina. En esta nostálgica descripción de la tierra de su infancia, el camino entre las montañas se une al asombro ante la pucarás, viejas construcciones defensivas de los indios, y las fértiles labores de las cosechas.

   A pesar de nuestra pálida vida en las ciudades, las montañas del poeta también son nuestras.

  Esteban Ierardo

 

Mis montañas, por Joaquín V. González

 I. Cuadros de la montaña

     Buscando reposo, después de rudas fatigas, de esas que rinden el cuerpo y envenenan el alma, quise visitar las montañas de mi tierra natal, ya renovar impresiones apenas esbozadas en un libro, ya para refrescar mi espíritu en presencia de los parajes donde transcurrió mi primera edad.

     Los recuerdos de infancia, y la poesía de las regiones de portentosa belleza donde un tiempo se alzó el hogar de mis mayores, eran la fuente de los consuelos que yo anhelaba, en medio de esas luchas que sólo la historia describe y analiza, y en las cuales cada uno derrama, cuando no la sangre de sus venas, esa otra sangre invisible que filtra en el corazón de heridas más hondas y dolorosas, abiertas por las injusticias de los hombres, los desencantos del patriotismo inexperto y las infidencias de las amistades prematuras.

     Para eso, y para rendir este nuevo tributo al pueblo en que he nacido, pidiendo a la literatura patria un rincón humilde para estas páginas en que quiero reflejar su naturaleza y sus sencillas costumbres, emprendí con algunos amigos, en Marzo de 1890, un viaje al interior de la Sierra de Velazco.

     Ésta anuncia ya con sus picos atrevidos, donde las nubes bajan a formar diademas, la gran cordillera de los Andes. Son esas montañas, inagotables a la observación. Cuando se ha creído conocerlas, nos sorprende el morador de sus valles con la relación de un monumento histórico o de la naturaleza, del hombre culto o del indígena extinguido. Sus huellas están frescas todavía en el suelo y en las costumbres, en la habitación y en la fortaleza, en los usos y en los festivales de sus descendientes.

     Rastros de los ejércitos de la conquista: restos de la tosca vivienda del misionero, a quien no arredraron las flechas ni los desiertos; muestras indestructibles del esfuerzo civilizador en la construcción de granito: todo esto se ve diariamente con la indiferencia estoica de otra raza que no la nuestra, en el camino tortuoso que abre paso hacia las comarcas donde se pone el sol. Enormes masas de piedra cuya altura aumenta a medida que se avanza, lo flanquean por ambos lados; y así, por largo espacio, parece aquella hendedura la selva que poblada de tan raras bestias, extravió al poeta del «Infierno».

     Allí la noche tiene lenguaje y tinieblas extraordinarios. El viajero marcha inconsciente sobre la mula, por entre bosques de árboles gigantescos y casi desnudos, que al aproximarse en la obscuridad, se asemejan a espectros alineados que esperasen al caminante para detenerlo con sus manos espinosas. Se siente a su aproximación ese frío que inmoviliza y espeluzna, cuando con la imaginación excitada por el terror de lo desconocido, nos figuramos vagar entre los muertos.

     ¡Y qué soledad tan llena de ruidos extraños! ¡Qué armonía tan grandiosa la de aquel conjunto de sonidos aunados en la altura en la profunda noche! El torrente que salta entre las piedras, los gajos que se chocan entre sí, las hojas que silban, los millares de insectos que en el aire y en las grietas las hablan su lenguaje peculiar, el viento que cruza estrechándose entre las gargantas y las peñas, las pisadas que resuenan a lo lejos, el estrépito de los derrumbaderos, los relinchos que el eco repite de cumbre en cumbre, los gritos del arriero que guía la piara entre las sombras densas, como protegido por genios invisibles, cantando una vidalita lastimera que interrumpe a cada instante el seco golpe de su guardamonte de cuero, y ese indescriptible, indescifrable, solemne gemido del viento en las regiones superiores, semejante a la nota de un órgano que hubiera quedado resonando bajo la bóveda de un templo abandonado: todo eso se escucha en medio de esas montañas, es su lenguaje, es la manifestación de su alma henchida de poesía y de grandeza.

     Esos músicos de la montaña, como artistas novicios, se ocultan para entonar sus cantos. La luz los oprime, los coarta; como si vieran un auditorio severo en los demás objetos que pueblan la selva; porque en las noches de luna, cuya claridad ilumina los huecos más recónditos, la escena cambia como movida por un maestro maravilloso.

     Los acordes estruendosos, los crescendos colosales, los rugidos aterradores que surgen del fondo de las tinieblas, se convierten en la melodía dulcísima y suave, casi soñolienta, como si todos los seres que allí viven tuvieran miedo de turbar la serena marcha de esa sonámbula del espacio, que desplegando blancos tules cruza sobre las montañas, las llanuras y los mares. Alzando los ojos a las cimas, pueden distinguirse, sobre el fondo límpido del cielo, los contornos caprichosos de las rocas, que ya figuran torreones o cúpulas ciclópeas, ya grupos de estatuas levantadas sobre tamaños pedestales.

     La imaginación se puebla de idealizaciones sonrientes, suaviza las curvas del dorso granítico, da  formas humanas a los rudos contornos de la piedra, ve deslizarse por las laderas, iluminadas como la tela de un cuadro, fantasmas de mujeres luminosas, que pasan, como la novia de Hamlet, deshojando coronas de flores silvestres; y aplícase el oído para percibir el canto melancólico perdido en las alturas. El torrente resplandece al quebrarse entre los peñascos, y los juegos de luz dejan ver las blandas ondulaciones de formas femeninas, como de mármoles diáfanos y animados, y aparecen y se desvanecen como visiones entre las grietas y los arbustos. Risas cadenciosas surgen de aquellos baños fantásticos, gritos infantiles, arrancados por el contacto de una hoja con la carne tersa y transparente de las vírgenes que juegan entre las espumas.

     Hemos gozado los dos de la sombra y de la luz, y la transición vale por sí misma la más sublime de las sensaciones. La caravana que al caer la tarde se internó bulliciosa en la garganta del monte, quedó sumida en silencio cuando la noche veló los accidentes del camino: y entonces, alineados de uno en uno, caminábamos por entre la selva que desde entonces llamó la Selva Obscura. Luego, a medida que la luna va asomando sobre el horizonte, se ilumina de pronto la más alta de las sierras, y forma con las inferiores, sumergidas aún en la obscuridad, el más notable de los contrastes que ningún pincel podría trasladar al lienzo. Los abismos que costean la calzada dejan ver poco a poco sus senos profundos, hasta que la luz plena del cenit muestra muy abajo de nuestros pies, deslizándose en curvas indefinibles, el torrente que socava sin reposo la base del granito.

     Marchamos largas horas por aquella quebrada estrecha, de vueltas interminables, en medio de las emociones más variadas, desde el temor supersticioso hasta la suave sensación de un suelto paradisíaco; y de súbito vimos abrirse, ante nuestros ojos un ancho valle casi circular, a donde tienen acceso todas las vertientes de las serranías que lo circundan. El cielo se muestra en toda su plenitud y esplendidez, y como salidos de una galería subterránea, aspiramos con avidez el aire pleno, paseamos con loca libertad la mirada y nos lanzamos al galope, como escapados de una cárcel. Es el valle donde los calchaquíes tuvieron su fuerte avanzado sobre la llanura, el Pucará, que corona un pico casi aislado en medio de la planicie, y situado de manera tan estratégica como pudiera imaginarla el más experto de los guerreros. Sobre aquella atalaya que domina los cuatro vientos, divisando a distancias inmensurables, he meditado tristemente sobre los destinos de las razas, sobre la evolución del espíritu humano tras de su porvenir desconocido, y he visto desplegarse, a través de sombras dolorosas, la bandera de mi patria en muy lejanas regiones...

 

 II. El Pucará

 

 

     Garcilaso Inca, Montesinos, Herrera y Cieza de León, nos cuentan que los quichuas llevaron muy adelante el arte de las fortificaciones y calzadas, y el sabio Wiener ha hecho la luz plena sobre sus construcciones. Gloria es del gran Tupac Yupanqui, el unificador del imperio Tahuantinsuyo, el haber extendido sus armas y su cultura hasta estas remotas regiones, trayendo la conquista metódica y dejando en cada pueblo las señales imborrables de su dominio. Los Huacos eran sus centros estratégicos: los Pucaráes sus fortalezas inexpugnables. Ignoran los más ancianos de la comarca qué nombre tuvo éste, tan admirablemente elegido y fortificado;  pero los restos existentes atestiguan que fue de los más perfectos.

     Convergen a aquel valle, encerrado por un círculo de altísimas cumbres, cinco diferentes caminos por donde tenían acceso los pueblos del Occidente, del Norte, del Sud, del Este y del Sudeste. El cerro se levanta casi aislado y en forma cónica, perfecta a distancia; y desde la cima divisan horizontes tan apartados, que puede verse con claridad todo indicio de aproximación de viajeros. Era imposible una sorpresa en tan magnífica atalaya. La nube de polvo, la repercusión del eco, el vuelo de las grandes aves y la rectitud de las quebradas, advierten a la guardia la proximidad del peligro: y ya se encuentra parapetada y lista para la defensa.

     El camino hacia la cumbre está señalado por grupos de cinco piedras, colocadas a largos intervalos, y siempre en la misma disposición. A los dos tercios de la altura, una gruesa pirca, muralla de piedras superpuestas, pero levantada a plomo, rodea como un cinturón toda la extensión del macizo. Una caladura cuadrada facilita el paso, y otras más vastas, pero ocultas, dan salida a las crecientes de la altura. Siguiendo la difícil ascensión, aquella punta aguda, vista desde el llano, es ya una gran planicie en la cumbre, donde pueden permanecer cómodamente y combatir mil soldados, incluyendo los locales suficientes para las tiendas de los jefes, marcadas todavía por cimientos circulares, separadas, unas de otras por cortos espacios y alineadas en el dorso del cerro.

     Una muralla más alta y más gruesa que la inferior, tras la cual puede ocultarse hasta el cuello un hombre de pie, corona la cima en toda su longitud, como la huincha que sujetaba los cabellos de las mujeres indígenas y fue también el distintivo de los caciques. Tras de aquellas murallas se acumulaban montones de piedra para derrumbarlas sobre los invasores mientras llevaban el asalto, y ocultos casi por entero, lanzaban impunemente la lluvia de flechas y piedras, con la honda legendaria que arroja sus proyectiles con la fuerza de un arma de fuego.

     Pero nada hay tan aterrador y atractivo a la vez como aquellas enormes rocas, lanzadas desde la cumbre por la ladera. Al desprenderse del quicio secular, se siente un raro estremecimiento de la base, como si se le arrancara un pedazo de entraña; y empujadas al abismo, dan las primeras vueltas con lentitud; pero apenas han encontrado el vacío y han chocado con otras enclavadas a mayor hondura, rebotan con fuerza extraordinaria, como expulsadas del fondo de un cráter, y van a caer más abajo, llevando pedazos de la montaña que derrumban a su vez, para rebotar de nuevo arrastrando a su paso los más robustos árboles y los cardones centenarios, hasta convertirse en un ventisquero de piedra que hace estremecer la comarca. Una densa polvareda cubre los senos del precipicio por largos instantes, y cuando el polvo se ha desvanecido y puede distinguirse los objetos, no se encuentra sino una mezcla informe de árboles y fragmentos de rocas, sepultados en el fondo del abismo. Y si se tiene en cuenta que está operación era simultáneamente ejecutada por una centena de esos artilleros primitivos, sobre la atrevida legión que se dirige al asalto, ya se imaginará cuán terribles estragos sembraban en sus filas.

     Este admirable Pucará, que hoy los naturales llaman «el corral de los incas», sin darse cuenta de su verdadero objeto, es tal vez el modelo más perfecto que llegó a idear la estrategia de aquellos batalladores que disputaron su dominio hasta caer exterminados.

     Su situación que lo oculta y lo defiende a la vez; sus escondidos senderos, la aspereza de las rocas y los árboles del camino que le da acceso; su posición en el centro de una serie de avenidas que buscan su única salida por ese valle, y la proximidad al Huaco y a la población indígena de Sanagasta -verdaderas, avanzadas de la conquista incásica- le dan a los ojos del observador la más alta importancia como elemento de criterio histórico, y para conocer por análisis todo el sistema militar de aquellos emperadores que supieron imponer su ley a los cuatro vientos.

     No podía el invasor castellano poner en juego sus artes, en medio de aquella naturaleza erizada de peligros y generadora de fenómenos tan imponentes.

     Cada curva del camino presenta una sorpresa, y su paso sigiloso es delatado por el huanaco que duerme rodeado de la tropilla tras de una roca; él da la señal de alarma, estentórea, estridente, aguda como un clarín guerrero; y su relincho es repetido a muy remotos valles, por el eco delator y sensible, aumentado y afinado a medida que la onda se aleja.

     Es imposible el silencio; el eco de las montañas es la nota, la armonía que vive latente en su seno como en un arpa gigantesca; el aire que frota a la peña enhiesta, arranca el sonido musical; la falda vecina lo recoge con caricia, y robustecido lo despide a su vez; diríase que aquellas moles de ruda, apariencia, a lo lejos semejantes a tormentas que se levantasen amenazadoras, negras, silenciosas, para estallar sobre nuestras cabezas, tuvieran un alma difundida por las grutas, los intersticios, las cuevas, los nidos y los árboles. El eco es su voz. Él modula y expresa todos los tonos: el canto triste del pastor que habla a solas con la inmensidad, el ruido terrorífico de la mole desprendida de su quicio, los gritos destemplados del combate y los alardes estruendosos de la victoria.

     Todo eso y cuanto en la creación tiene un sonido, se escucha y se sabe más allá, y más allá, de manera que no hay silencio tan inquieto como aquel solemne silencio de las montañas, donde el vuelo de un ave alarma todos los nidos, las guaridas y las viviendas.

     Encima de una cumbre solitaria, sin indicio de morada humana, y como nacido de la piedra, se ve un indio sentado, con la vista fija en el sol poniente, o por la noche en esas vagas claridades, que son como fosforescencias de la noche misma. De pronto se yergue para mirar con ojos de águila el fondo del abismo, o ya aplica el oído a las rocas; como para escuchar un ruido subterráneo. Allí está, inmóvil, quemándose con el sol, azotándose con el viento, sobresaltado, nervioso, inquieto; la noche ha llegado, las estrellas comienzan a aparecer en el fondo obscuro como las hogueras en un campamento lejano, y el aire a traer consigo todos los rumores de la llanura y de la montaña. El indio se levanta de súbito, da un salto, inverosímil hacia abajo, y otro salto y otro más, y haciendo rodar las piedras bajo las pisadas de la usuta invulnerable, se aleja por sendas desconocidas, en carrera fantástica como de espíritu siniestro.

     Es el centinela avanzado a enormes distancias del campamento; tiene los secretos de la montaña, conoce la voz y el significado de los ruidos que vagan de día y de noche, como extraviados entre las quebradas, y sabe correr por las laderas y los precipicios aun en medio de las tinieblas. ¡Ha escuchado el rumor que anuncia la aproximación del enemigo, y rápido como una flecha, por sendas sólo de él conocidas, corre al Pucará a dar la señal de alarma, la terrible señal, la de la esclavitud y la muerte de su raza!

     Ya le esperaban ansiosos los caciques, apiñados en un balcón de granito que la naturaleza formó; ya le esperaban; sus pechos de piedra y sus músculos de fierro se agitan y se estremecen a la vez, con coraje y terror nunca sentidos; sus ojos brillan sobre el abismo lóbrego como si fueran de fieras, con destellos rojizos; sondean las quebradas, las laderas y las cumbres, hasta que un silbido lejano y agudo hiela sus carnes y arranca un rugido: -«¡Él es! ¡es la señal!»- se dicen todos. El centinela ya vuelve; pero antes de llegar ha dado el terrible anuncio.

     ¡A las armas! ¡Es el último combate, es lo desconocido, es lo pavoroso! Pero ya están las trincheras repletas de soldados; montañas de proyectiles de granito, como las balas apiñadas al lado de un cañón, están dispuestas para rodar al fondo y detener el paso de los extraños enemigos, quienesquiera que sean. ¡Estos nuevos titanes no escalarán la cumbre; allí está hirviendo el rayo fulminador de una raza heroica que defiende el hogar primitivo, las tumbas, los huesos venerados; antes la mole de piedra que les sustenta ha de convertirse en menudo polvo, sepultando sus cuerpos de heridas!

     Ya no es el combate de pueblos de una misma raza y nivel intelectual: Ya no son las armas imperiales del Cuzco, ni es Ollantay, viniendo en son de guerra a sujetar en un cinto de blando acero todas las tierras del Sol; no, porque los pájaros agoreros han huido exhalando gritos siniestros, y el eco ha traído del Occidente el estrépito de armas y voces desconocidas.

     Cumpliéronse las antiguas profecías; aquel ídolo que miraba al Océano y con el brazo derecho armado señalaba el Continente, era la expresión escultural de ese temor secreto que preocupaba a la nación quichua. De allá, de esa inmensidad de agua cuyos límites nadie conocía, debían venir grandes catástrofes para la patria; los sordos o interminables rugidos de las olas, que sin reposo venían a romperse en la costa, parecían anunciarles en todos los momentos que traerían algún día la nave conquistadora. Demasiado pronto se cumplieron tan terribles pronósticos. La unidad del Imperio no había concluido de cimentarse en los hábitos de los pueblos que formaban su masa; el sentimiento nacional recién nacido, fue ahogado cuando empezaba a ser una fuerza colectiva. Aquella raza, en tal momento histórico, sometida al yugo de la conquista, me recuerda una bella esclava comprada cuando se abre su alma a las seducciones de la vida, y su cuerpo virginal a las influencias físicas que lo dotaban de gracia y de fuerza.

     La lucha fue sangrienta, general y parcial: los ejércitos peleaban por el imperio, los pueblos y las tribus por el pedazo de tierra donde nacieron y donde cavaron sus sagradas huacas, verdaderos templos subterráneos donde se encierran las cenizas paternas, la tradición de familia, la religión nacional, la idea aún informe del hogar que ha cimentado las sociedades modernas. Aquellas que poblaban las montañas de la Rioja, ramas de la gran familia Calchaquí, la indomable, la última que rindió sus armas concurrían a la defensa común parapetadas en el suelo nativo; pero no las rindió a la fuerza, sino al Evangelio. Dejó su patria terrena por la celeste, prometida por Solano y San Nicolás, su patrono desde entonces, el que salvó la ciudad de Todos los Santos, el que realizó la fusión del indígena y el europeo, padre de la raza criolla que fundó con sangre la nación del presente.

     Aquella noche funesta presenció en las cumbres del Pucará, o fuerte Calchaquí, la más trágica de las escenas. La muerte corría del llano a la cumbre y de la cumbre al llano. Los fieros defensores lanzaron al encuentro de los invasores todas sus flechas; las grandes rocas rodaban con estrépito, estremeciendo los cerros vecinos, sembrando su paso de cadáveres; pero también rodaban al fondo de las quebradas los cuerpos exánimes de los héroes nativos. El Huaco estaba distante: volaron mensajeros por medio de las selvas, pero los enemigos eran muchos y usaban armas que herían de muy lejos. El alba apareció lentamente, pero sólo iluminó despojos de una y otra parte. Nadie ha vencido, pero no hay combatientes; sólo algunos sostienen todavía las armas en el llano. Los del fuerte de piedra corrieron sin ser vistos a su gran campamento del Huaco. La guerra quedó empeñada a muerte; cada día un combate, una inmolación, un sacrificio en honor de los dioses indígenas. Sólo la palabra de un hombre inspirado, y el ejemplo de muchos mártires, pudieron desarmar aquel brazo nunca rendido a la fuerza. Los misioneros plantaron la cruz en lo más alto de esas cumbres donde habita el cóndor. Reinó la paz, y hoy las comarcas andinas presentan el más seductor aspecto, con sus templos sencillos, sus costumbres religiosas, donde en consorcio curioso se mezcla la fe católica con los ritos nativos, pero flotando siempre encima de todo la idea que llevó al Calvario al Hijo del Hombre.

 

 III. Las cosechas

 

     Era la época de la vendimia y de la cosecha de todos los cultivos, cuando el pueblecito se pone alegre y bullicioso, porque vuelven muchos ausentes, y porque los labradores festejan alborozados los dones opimos que premian sus fatigas. ¡Cuánta algazara al despertar el día, de mozos que enganchan los carros, o uncen los bueyes a la carreta tradicional, o ensillan las mulas, o cargan los cestos al hombro para marchar a las viñas a recoger la uva, que se cae de puro sazonada, y traerla a los lagares! Las mujeres y los niños siguen la caravana de los trabajadores llevando los avíos, porque volverán a la noche y la finca está distante; van también escondidas algunas guitarras, para armar el baile durante el descanso de la siesta, bajo los árboles coposos que rodean la viña; y los muchachos tienen preparadas flautas de caña con las cuales tan bien se toca el triste y la vidalita, como se florea un gato, un escondido, una mariquita o un vals de esos que oyó una vez «tocar por papel» al clarinete del pueblo.

     Cuando el sol ha asomado, ya han ido y vuelto dos veces los carros llenos hasta el tope de racimos negros y dorados; por toda la viña no se oye sino cantos; silbidos musicales, gritos que se llaman, risas que se desbordan, exclamaciones que se fugan, y de vez en cuando palabrotas que se escapan, cuando el cosechero ha caído preso en un bosque de cadillos que se pegan como agujas en el cuerpo; aquello parece una colmena en la cual todos tienen su tarea que ejecutan con gozo y que mil incidentes cómicos amenizan, arrancando risotadas a todo pulmón.

     Allá, en medio de mi tupido grupo de árboles, una muchacha monta sobre la cepa para cortar el racimo más alto, y al bajarse enrédase el vestido en presencia del festejante, que la busca, agazapándose bajo las parras, por si logra un momento de hablarla a solas, o por lo menos, con su poquillo de picardía, por si sorprende algo de eso que enciende más la pasión naciente. «¡Qué pierna... para una cueca!» grita el maligno perseguidor, y la niña, toda encendida, baja los ojos sin decir nada.

     Las mujeres, que esta vez no fueron por curiosas, andan también por ahí, perdidas entre los yuyos y las malezas, charlando como catas en el nido y cuidando sus niñas de las imprevisiones, entre tanto mocetón como se ve ocupado en la misma obra; los chiquillos, que han ido a estorbar a los grandes, no hacen más que comer y cosechar pichones o huevos de tórtolas en los nidos descubiertos en medio de las parras hojosas; y aquí ríe uno de una caída, allá llora otro picado por una avispa o claveteado por las rosetas y los amorsecos que crecen ocultos entre los matorrales.

     Nosotros también -los niños, como nos decían las gentes de faena- ávidos de aquellas emociones, nos mezclábamos en ellas, echándolas de guapos, cuando apenas duraba nuestro brío el tiempo necesario para empalagarnos con el jugo azucarado de la uva. ¡Fuera botines, saco y sombrero! Todos somos lo mismo a esa edad en que se hace daño en las plantas y se estorba a los demás con el pretexto de trabajar; sí, fuera todo ese ropaje de amos que incomoda, y venga el bochinche, y luego las insolaciones, y los rasguños, y las roturas, para dar que hacer a las tías que se encargaban de nosotros en vacaciones.

     A las once, todos se han reunido a la sombra del tala gigantesco a tomar descanso y almuerzo. El costillar chirría en la parrilla de fierro, y despide ese humo perfumado que se aspira con deleite, producido por las gotas del jugo caído sobre la brasa; las teteras están despidiendo como locomotoras bocanadas de vapor, haciendo dar saltitos a la tapa, por debajo de la cual se escurren las burbujas de la ebullición, porque ya va a comenzar a dar vueltas el mate, que se acomoda lo mismo antes que después de la comida; las guitarras se hacen las que duermen suspendidas de un gajo del árbol, y las mozas de la vendimia las miran de reojo, mientras sirven a sus hermanos y amigos el asado suculento; el locro hierve a borbotones dentro de la olla tapada con una piedra chata, dejando salir la espuma blanca por debajo hasta que vaciado en la gran fuente de madera, los campesinos forman círculo y la dejan limpia. Un racimo de postre, un vaso de vino del año pasado, y comida hecha. Ahora se extienden los ponchos sobre la hierba y se pestañea un poco para decir que se ha dormido, hasta que la orquesta de guitarra y flauta comienza a preludiar esos aires que ponen los huesos de punta y hacen tararear, sin quererlo, una letrilla picante.

     Las caras de los concurrentes se animan con luz repentina, los ojos chispean y los labios sonríen, y todos sentados en rueda sobre el suelo, cruzando las piernas, se tiran y se retrucan los dichos que se entreveran como fuego graneado. La pareja más joven sale al medio; la niña de larga trenza y de moño encarnado sobre la cabeza, con un ramito de albahacas sobre el pecho, y el mocetón de barba nueva y renegrida y de ojos obscuros, están frente a frente comiéndose a miradas y diciéndose galanterías, hasta que los músicos rompen en alegres rasgueos, entre los bravos de los asistentes que los acompañan con palmoteos acompasados y castañuelas imitadas con los dedos. Les sirve de alfombra la gramilla verde y de cortinado y techo el ramaje del árbol de sombra espaciosa. Las vueltas ágiles, los movimientos graciosos del cuerpo, la expresión de los rostros, la novedad de los zapateados y la precisión en el compás, arrancan exclamaciones entusiastas de los espectadores.

     -«¡Una sin otra no vale! ¡Un trago para el cantor!» Una salva de aplausos resuena al final del baile, y antes que se siente la heroína, otro mozo, que ha estado brincando por echar su escobillada, la invita diciendo:

     - «¡Barato, la niña!»

     Cada uno muestra así su sistema en ese baile curiosísimo, que tanta gracia presta a las jóvenes desenvueltas y bonitas, y el cual consiste en dar vueltas como siguiendo el mozo a la niña, ya intentando pasar sin que ella se lo permita, formándole un atajo con el vestido y corriendo siempre en frente para estorbarle el paso, hasta que el joven se pone a zapatear como para conquistar a su enemiga, quien concluye por dejarle libre el sitio yendo a ocupar el de su compañero; y así se repite dos veces hasta que se termina con alguna figura de reverencia o adoración de parte del rendido galán, entre los vivas y dicharachos dirigidos a la brava pareja. El guitarrero le endereza una copla sentida, una declaración de amor a la cual ella contesta con una sonrisa, pero sin hacerle más caso, son licencias de que goza el cantor, sin comprometer nada seriamente.

     Ahí está el tío Jonás, gran bailarín en sus mocedades, y que se alborota todavía viendo la danza. Una chinita despejada sale a darle la mano para obligarlo a bailar una zamacueca chilena, porque aún el viejo sabe quebrarse graciosamente y mover las piernas con agilidad. Todos le hacen círculo, metiéndole una bulla infernal, y el anciano reverdecido, hasta se toma la libertad de dar un abrazo a la compañera, al terminar la tanda, cuya repetición obligada se le dispensa en razón de sus achaques.

     -«Eh, diablos, que bailen mis nietos; yo ya no estoy para dar brincos»- dice secándose el sudor de la frente con un gran pañuelo de algodón; porque el calor del sol produce bajo la sombra esa irradiación que los paisanos llaman resolana, cargada de los perfumes calientes de los pastos y del hinojo abundante.

     La animación decrece al influjo adormecedor de la alta temperatura, y poco a poco van cayendo estirados sobre sus mantas los bailarines y los espectadores, hasta que el silencio más profundo reina en la asamblea. Y aquí de las chicharras, que durante el alboroto han estado calladitas sobre el gajo de tala, y ahora rascan todas a un tiempo sus guitarritas en el mismo tono, produciendo una somnolencia irresistible. Diríase que en las siestas ardientes, cuando todo se adormece en la creación, ellas son la música del silencio, porque no se cansan de imponerlo con su chirrrrrrrr prolongado y narcótico.

     Cuando el sol ha caído y dejan de ser temidos sus flechazos, la gente vuelve al oficio, hasta que el astro se oculta tras de la sierra; la bullaranga se desvanece como por encantamiento y comienzan a volver todos a los ranchos; la noche se va acercando y empiezan a encenderse los fogones, en la planicie, al mismo tiempo que las estrellas en el cielo. Mirado desde la altura, donde está la casa de mis abuelos, aquel conjunto de luces dispersas sin orden en el arenal de enfrente, hace el efecto de una bahía silenciosa y en calma, donde arden los farolillos de las embarcaciones.

     Pero allá, en el seno de las familias propietarias, la escena es diferente; la alegría repercute en el vasto corredor, donde se ha armado la charla con todos los que han venido de visita trayendo criaturas y sirvientes. Ninguno se sentía desgraciado, porque un vínculo amoroso los reunía en una sola ambición noble y pura. Los ancianos estaban allí para reflejar su severa virtud sobre los hijos y los nietos, congregados cotidianamente, y para mantener la atmósfera serena de aquel hogar que ya no existe. Nosotros hacíamos reunión aparte; mejor dicho, nos mandaban a jugar, y a pelear también, sin peligro de lastimarnos sobre la arena espesa de la gran playa que se junta con el campo. Formábamos numerosas comitivas, y prendidos todos de las manos, íbamos en corporación a hacer visitas a las viejas mamás que teníamos en los ranchos, porque, cual más, cual menos, todas habían sido nodrizas de nuestros padres.

     Allí, lo recuerdo bien, vivía «mamá Ubalda», o Walda, que murió cuando iba a cumplir un siglo, ya perdidos la razón, la vista y el gusto, y a quien inconsideradamente le hacíamos las travesuras de Lazarillo de Tormes, dándole a beber menjurjes inofensivos, pero no usados, que a ella se le antojaban sabrosas bebidas y refrescos deliciosos.

     En seguida la pandilla marchaba a dar un malón a los ranchos, donde tenían aloja fresca en los grandes naques de cuero que le sirven de vasija, o en tinajas de barro cocido tapadas con ramas de sauce llorón; o bien, cuando oíamos sonar el tambor chayero, en anuncio de diversión criolla, éramos seguros a formar la mosquetería, a gritar, a reír y a ensayar también los bailes nacionales. Todo esto mientras los viejos de casa, con la gran rueda de visitas de la misma familia, pero que vivían en sus fincas, departían sobre todos los temas serios de la política, traídos por los diarios de Buenos Aires y de Chile, sobre los intereses comunes de la localidad, y por fin de todo cuanto nosotros no entendíamos y menos nos importaba.

     En aquellas reuniones se proyectaba los paseos a los sembrados y a las huertas distantes. Al día siguiente, todo mi ejército marchaba a caballo: las señoras con sus sombreros, y vestidos de campo, y los caballeros acompañándolas devotos y enamorados. A las abuelitas las llevaban en carruaje, y a nosotros nos metían en un carro de la cosecha, y nos dábamos por muy bien servidos con tal de no perder el banquete preparado bajo un inmenso algarrobo, y en el cual se hacía un gran derroche de frutas, con el pretexto de probar la producción del año y comparar la de una finca con otra.

     No me olvido nunca de aquellas montañas de sandías y melones olorosos de extraordinario volumen; de aquellas tipadas de higos de toda especie, desde el uñigal de color violeta, hasta el cuello-de-dama de piel blanca y de corazón encarnado como sangre joven; de aquellas canastas de uvas finas elegidas de los parrones reservados, contrastando en colores y rivalizando en lo exuberantes y en lo transparentes. Se daba un paseo a pie para hacer apetito, y luego se dividían señoras y caballeros para ir a los baños de las grandes acequias, cubiertas por impenetrables bóvedas de sarmientos entretejidos y arqueados por el peso de los racimos. Nosotros, los niños, quedábamos dueños del arsenal, y cuando volvían todos al almuerzo campestre, ya habían disminuido notablemente las provisiones. No podíamos resistir a la tentación, cuando estábamos libres del deber moral de la continencia; partir una sandía era descubrir un tesoro de emociones, porque su corazón del color del fuego, despertaba ansias de devorarlo de un sorbo, y así lo practicábamos sin tener en cuenta la ciencia intuitiva del ahorro.

     A esa edad no se piensa sino en que las plantas dan el fruto y en que éste es hecho para gustarlo; la idea del trabajo y del sudor de la frente, todo eso nos sabía a sermón y a cosa incomprensible. Nuestra ilustración no pasaba todavía de unas cuantas letras del abecedario y de una marcada aversión por la escuela. Esto no impedía que para reírse de nosotros, nos creyeran los viejos capaces de pronunciar discursos en el banquete. Mi primer ensayo oratorio tuyo aquel escenario, y por señalar el corazón para expresar que lo tenía henchido de no sé qué, -el discurso era soplado- tuve vergüenza, y mi mano se quedó a la altura del estómago: la acción oratoria resultó trunca, pero el efecto que el auditorio se prometía, nada dejó por desear.

     ¡Qué quintas aquellas, y cómo el trabajo unido de toda una generación era coronado por la tierra fecunda! ¡Cómo reinaban el bullicio y la vida en aquella aldea habitada por una aristocracia de limpio pergamino, por familias que habían ilustrado su nombre en la historia local, y habían fundado su hogar común con la noble y asidua labor agrícola! Todos los años rebosaban los graneros, extendíanse los cultivos, las bodegas multiplicaban sus vasijas, aumentábanse en la casa los depósitos, ensanchábanse los cercos para la hacienda, y en la época de las cosechas resonaba sin interrupción el rumor del trabajo, como un himno de la tierra agradecida al cuidado del hombre. ¡Con cuánta animación la gente labradora asistía a sus tareas diarias, al son de músicas y de cantos de alegría! Allí el tronco venerable de todas las familias propietarias, el anciano coronel D. Nicolás Dávila, veía crecer su prole numerosa, como el olivo secular, alimentando con su presencia el amor y la ayuda recíprocos, que aplicados al cultivo de la tierra, hacíanla rebosar en frutos.

     La tierra tiene un alma sensible, y es dócil a las caricias de sus hijos y al riego regenerador de sus torrentes; ella se viste de gala y despide perfumes cuando los hombres se aman y santifican con su amor el hogar; ella se rejuvenece cuando siente el calor de las dulces afecciones domésticas, y el de ese otro grande y sublime sentimiento que nace de sus entrañas para encender el fuego creador de las naciones; ella guarda en sus recónditos abismos la patria del hombre, que comienza en el árbol solitario, sigue en la cabaña rústica donde arde ya la llama simbólica del hogar, y se difunde en las agrupaciones. Entonces los valles se alfombran de verdura, los llanos crían las selvas gigantes, las montañas albergan el metal precioso y útil, y por encima de toda ella discurren una armonía, una frescura, un aroma, que van derramando en los corazones anhelos de grandezas desconocidas, fervores purísimos de las virtudes fundamentales, ansias irresistibles de un puro ideal, erigiendo templos que no pudiendo llegar hasta Dios, lo hacen bajar hasta ellos en la forma plástica, rodeado de todos los esplendores con que lo forjan los sueños y las fantasías.

     Pero ¡cómo palidece y se descolora la tierra cuando sus habitantes, olvidando las leyes comunes del origen, dejan penetrar en el santuario de las familias las pasiones egoístas, las ambiciones sórdidas, la llama rojiza de las rivalidades y de los odios! Un soplo caliente del desierto cruza por los bosques, cubriendo de amarillo ropaje los árboles; las hojas que formaron dosel al arroyo, despréndense una a una sobre la corriente tardía, porque van agotándose los manantiales que le dieron su caudal; los frutos jugosos de otro tiempo nacen y mueren en el tallo, porque les faltan el riego y la sombra; las aves que fueron música de los huertos y sembradíos, emigran de la comarca inhospitalaria, porque no tienen ramas para sus nidos ni brotes para su alimento; en los ranchos del labrador no se encienden los fuegos, ni crecen en los techos pajizos la verdolaga y las margaritas silvestres del color del oro, ni resuenan los tambores ni las guitarras en las horas del descanso: una ráfaga de hielo parece deslizarse por todo lo creado, y ha enmudecido y muerto.

     Es la discordia que ha invadido con sus alas espinosas los hogares, y nublando los ojos, enfriando las almas, desgarrando los corazones, ha sembrado al pasar la desolación y la miseria... (*)

(*) Fuente:  Joaquín V. González, Mis montañas, en Obras completas, V. XVII, Universidad de la Plata, 1936.