Misión y destino de la poesía, por Humberto Mariotti

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Los caminos del azar o el destino siempre son extraños. Diego Ramos, nuevo y entusiasta colaborador de Temakel, me acercó este texto olvidado que aquí presentamos. El texto se hallaba impreso en una hoja con formato de afiche que permanecía oculta entre las páginas de un viejo libro que perteneció a la abuela de Ramos. En el texto se menciona su autor, pero no su fuente, la editorial y el año de publicación. Respecto al autor, sabemos que escribió un libro sobre Pancho Sierra, un personaje venerado en el mundo rural argentino como una suerte de santo. La rica y honda defensa de la poesía como culto a la trascendencia y el misterio que ensaya Mariotti me decidió a acercarles este escrito en esta sección de Textos Olvidados de Temakel. En tiempos donde lo poético tiende reducirse a un mero ejercicio de expresión personal, es oportuno recordar otras tradiciones según las cuales la poesía permite la expansión de la sensibilidad humana hacia las puertas de una verdad profunda que siempre huye, pero que siempre permanece cerca, ocultándose detrás de nuestros ojos.

  E.I

 

 Misión y destino de la poesía, por Humberto Mariotti

   Nosotros creemos que la poesía contemporánea ha de ser revolucionaria: creemos algo más todavía, creemos que la poesía contemporánea es la revolución. Pero esta naturaleza que le asignamos no le quita e1 derecho a que ella sea hermana del misterio. Sabemos que al decir esto nos exponemos a la crítica y burla de quienes sólo ven en la poesía una manifestación del estado natural del hombre. Porque desde hace un tiempo a esta parte los escritores de avanzada, que son los que más importan para el problema que planteamos, consideran todas las manifestaciones artísticas y literarias como simples expresiones de lo que es el hombre humanizado y natural. Pues para ellos no existe la posibilidad de un supermundo espiritual en la constitución anímica de la persona humana. Todo lo rige, para tales escritores, lo natural o las leyes físicas de la existencia.

   Este concepto les coloca en la necesidad de negar todo misterio en la vida del hombre: la poesía deviene para ellos un simple producto material del saber y no otra cosa. La poesía, así, es un ejercicio del intelecto que se puede adquirir insistiendo en ella. Sin embargo, este criterio no podrá perdurar pese a lo avanzado y revolucionario que pretenda ser. El. Espíritu, rechazado o no, estará siempre presente en las grandes creaciones poéticas y literarias. Su presencia, a pesar de todo lo que puedan decir poetas y filósofos que estén en contra de nuestro parecer, regirá la vida íntima de la poesía, pues ella no podrá subsistir sin ese elemento substancial que proviene del Espíritu y del Misterio.
    La poesía contemporánea está despoetizada, es decir, carece de esa atmósfera supranormal que nos permite mantenernos en el mundo de la fábula y del ensueño. Su finalidad artística está subordinada a funciones puramente materiales, a servir cuestiones de partidos interesados únicamente en las cosas visibles y objetivas. Pero ¿no se dan cuenta los que así piensan sobre arte que la poesía vuela por encima de lo real como un pájaro azul con el sólo objeto de transfigurarlo todo ante los ojos del hombre común?
   Para nosotros y para todo aquel que se afana en el mundo por otras realidades que no sean las vulgares, la poesía es un acto misterioso producido por esa naturaleza secreta que hay en el hombre cuando éste abre las puertas de su mundo al conjuro de su propio ser metafísico. Entonces la poesía fluye como ciencia de la verdad y como religión de la existencia haciéndose doctrina espiritual para la vida interna y externa del hombre y de los pueblos. En esto debiera reparar la poesía contemporánea, pero ella sólo se atiene a las expresiones formales y
al estilo; y, cuando de contenido se trata, tampoco va a los problemas eternos tales como el nacer, el morir y el más allá. Si siente todavía alguna inquietud es por las desigualdades e injusticias que provoca el actual régimen capitalista que aún se estila en el mundo. Nosotros creemos muy sinceramente que tales problemas deben ocupar a la poesía de nuestro tiempo, pero de eso a quedarse en tales zonas, sin salir jamás de las mismas, dista mucha diferencia.

 (...) La poesía deberá desarraigar al hombre de lo natural, que es un artificio burgués, e instalarlo en el mundo de lo sobrenatural, esto es, en las zonas del Espíritu donde la fábula y el ensueño enseñan al ser humano, el camino de otro inundo y otra vida.

  Si la poesía se detiene sobre la corteza de lo visible, tendrá siempre un destino que se enlaza con la fealdad: alcanzará la suerte de tener que morir como muerte todo que es humano y perecedero. Pero la poesía para sobrevivir tendrá que enlazarse con la eternidad de la belleza, esa belleza que derrota a la muerte y la fealdad y con ellas a todas las mezquindades del mundo. Se nos podrá decir que este concepto deshumaniza la poesía, como Ortega y Gasset quería al pretender una deshumanización del arte. Nuestro criterio no es ese. Nosotros queremos una religión de la poesía como la que propiciaba Novalis. Una poesía que haga del poeta el militante de un vivir poético en dos los órdenes de la vida. Porque la Poesía, así con mayúscula, ha de ser como el Logos que nos presenta el cuarto Evangelio cuya encarnación en el alma del poeta resulte una Encarnación divina destinada a redimir al género humano de la fealdad, lo bajo y lo rutinario.

  Naturalmente que nuestro concepto sobre la poesía chocara con el concepto socialista que a grandes voces está proclamando un hacer poético netamente materialista y social. Sin embargo,
no estamos tan lejos de las aspiraciones humanistas que en ese credo se proclaman. Lo que ocurre es que ellos lo ven todo desde un sólo punto de vista: el político y económico. Empero nuestra visión poética puede también conformar espiritualmente un poeta apto para las realidades concretas de la sociedad. Shelley fue el que afirmó que "los poetas son los verdaderos aunque no reconocidos legisladores de la humanidad". Este criterio del célebre escritor inglés nos demuestra que en el hacer poético también cabe un hacer político-económico. Pero la poesía que dará margen a ello no será la que se apoye sobre bases puramente materiales y que hace de la función poética una función material. Para triunfar sobre los fenómenos políticos, económicos y sociales será menester antes una iluminación interior del hombre, ya que éste al no estarlo correrá el riesgo de quedar aprisionado entre las redes de lo mundano. Esa poesía nueva que nosotros dejamos señalada, espiritualizará tanto al hombre y al medio que todo que se haga tendrá resplandores de sol, pero esa moral poética para producir tales resultados deberá coordinarse con un plan religioso del hombre y del universo. Porque una poesía que no contemple el aspecto metafísico y divino del hombre no se elevará a las sublimes alturas donde quería verla colocada un Novalis por ejemplo. Por eso nos permitimos presentar este concepto: la poesía será religión o no será. No se extrañen aquellos que todo lo ven color materialista o clerical ante tal aserto. Pero sólo la religiosidad podrá salvar la poesía de ese criterio que la reduce una expresión de lo material. La religiosidad la revelará definitivamente en su verdadera naturaleza a los ojos cansados del espectador materialista y ateo.
   Olvidar, por ejemplo, que la poesía jamás prosperará donde impere la incredulidad y el ateísmo, es desconocer en absoluto lo fundamental del hacer poético: el Espíritu. Ser poeta o sentir en algún modo la poesía, es una de las formas de creer en Dios. La poesía, por más positiva que quiera ser, jamás podrá negar en forma terminante la existencia de Dios.

  (...) La sociedad perfecta del futuro lo será en gran parte debido la ello; a la enorme poetización que habrá en todo.

   El advenimiento de una poesía misteriosa, es decir, proveniente del misterio original que hay en el hombre y en las cosas, no neutralizará la acción de los intelectuales revolucionarios. Quizá nunca será más revolucionaria la poesía que cuando sepa de dónde viene, qué hace y hacia dónde se dirige. Tanto una poesía como un arte iluminados por esa ciencia de las resoluciones finales, sabrán combatir contra el mundo materialista y burgués con una decisión nunca sospechada. Mas esta decisión de lucha se originará siempre que la poesía se conozca a sí misma, esto es, cuando el poeta descubra en su naturaleza el factor sobrenatural incapaz de ser absorbido por su vida natural. Escribía Rimbaud: "El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, íntegro. Busca su alma, la inspecciona, la tantea, la aprehendc." Esto es lo que nos lleva a sostener que la poesía es religión y de las más profundas. Juan Royére, al sustentar lo mismo, se expresaba así: "La poesía . . .es religiosa. La esencial oscuridad se debea  que ella es la historia de un alma cuyo misterio quiere observar; oscuridad ésta luminosa . . ." Sin embargo, cl arte actual se conforma con una poesía relacionada sólo con lo visible importándole muy poco de lo invisible. Pero un auténtico saber y hacer poéticos antes que nada deberá relacionarse con lo invisible, porque es en lo invisible donde se encuentran las verdaderas esencias de la sabiduría. A esa zona hay que elevar el alma cuando se quiere alcanzar la poeticidad divina que sirva al corazín y a la inteligencia para aprender una ontología exacta de la existencia.

  (...)  Nosotros creemos en la revolución socialista y en el arte socialista, pero creemos con lo sobrenatural en los labios y lo invisible en el corazín. Tememos ser demasiados ortodoxos en lo que respecta a ciencia positiva del mundo. Sabemos que dialecticamente todo cambia  y camina y que el Espíritu, por eso mismo, se salva de la fatal descomposición del hombre visible. Creemos que subsiste el hombre invisible después del desastre y de las sombras, y recordamos siempre a Novalis cuando cuenta cómo su difunta prometida, Sofía, se le apareció  ‘‘sentada a mi lado, dice, en el sofá, con un écharpe verde, visible para mí en perfil". Estos poetas que pueden ver y sentir a los muertos son los que nos llevan a reflexionar  sobre una poesía como religíon para el género humano y en lo invisible como raíz última de toda verdad y sabiduría.
Una poesía sin lo invisible o, mejor dicho, una poesía que no relacione lo visible con lo invisible no puede realizar una verdadera revolución espiritual y socialista. Todo lo que muere a falta de eternidad muerte también apenas haya realizado su más caro propósito. Sólo es eterno aquello que lleva consigo la sabiduría del existir infinito; eso no muere porque se hace vida en la acción y en el combate que despliega. En cambio, en la otra forma irá muriendo a medida que desenvuelva sus aspiraciones; por eso la poesía deberá ser eterna y perdurable al enterrar sus raíces en lo invisible y al transfundirse en las almas por medio del amor y de la vida.

   La poesía contemporánea deberá ser espiritual y social y religar al hombre a un sentido divino de la  Historia. Su función revolucionaria ha de ser salvadora en todo sentido; y como hoy existe un necesidad de volver a los problemas metafísicos y religiosos nada mejor para ello que un conocimiento poético o una poesía que dé forma a una moral poética capaz de convertir la  vida del hombre vulgar en una vida de arte y admiración. Ortega y Gasset habló de una deshumanzación del arte sin darse cuenta quizá que empequeñecía la vida espiritual del artista y de la humanidad. Lo que debió hacerse desde aquellos tiempos en que publicó su famosa teoría era hablar de una divinización del arte. Probablemente a esta fecha escritores, poetas y artistas se hubieran acostumbrado ya a esa necesidad espiritual de divinizar el arte, la poesía y la literatura. Por eso, lo que hace falta ahora es una cruzada que nos acostumbre a una poesía nueva que podríamos llamar palingenésica (2), esto es que está dispuesta a renacer siempre tanto en lo visible como en lo invisible. De este modo se le podría hablar poéticamente al hombre y al pueblo desde un nuevo punto de vista en lo que respecta a la justicia como acto de belleza.

   (...) Y los que tengan conciencia de lo que significa el problema del hombre -porque el hombre es todavía un problema-, se afanarán por instaurar en el mundo del Espíritu y de la Sociedad una poesía total y revolucionaria que nos hable simultáneamente del cielo y de la tierra, una poesía nueva sin sombras de muerte ni desmayos ante los obstáculos del mundo. (*)

 (*) Fuente: Ver aclaración arriba sobre procedencia del texto en copete.