"El día de las Américas" y "Vivir en Maimara". Otros dos textos olvidados de Rodolfo Kusch

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 En Temakel ya en varias ocasiones hemos difundido y valorizado los méritos del gran pensador de lo americano Rodolfo Kusch (abajo cuadro con links). Una amiga, Marily Saguir, en un viaje al norte argentino, tuvo ocasión de conversar con la viuda de Kusch, Elizabeth Kusch. Ella le proporcionó dos textos de Kusch con el fin de difundirlos mediante este espacio. En el primero de los artículos, "El día de las Américas", Kusch pregona la necesidad de trascender la reflexión sobre la unidad americana anclada sólo en una base geográfica, relacionada con lo continental americano o "tarima", como lo llama Kusch en su texto. En el otro texto olvidado, " Vivir en Maimara", el autor de la América profunda destaca la singularidad simbólica y espiritual de vivir en un lugar de frontera o marginal respecto a la cultura oficial como es Maimara, su último hogar en el norte de Argentina y cercano a una vida "que aún no se ha desprendido de los dedos divinos".

   E.I

 

 

El día de las Américas

   Por Rodolfo Kusch

   En el día de las Américas se festeja la creación de la Organización de los Estados Americanos. Y esta institución tiene un propósito muy plausible: desea lograr la unidad de todos los esfuerzos emprendidos por nuestras naciones americanas. Indudablemente América necesita de la unidad para seguir adelante, pero el problema está en la clase de unidad que se quiera lograr. Existen muchas formas de unidad. Una consiste simplemente en la unidad de intereses, otra de orden espiritual y así se dan muchas más. Pero en general se da la primera, la que logra unir todos los intereses de orden material. Veamos las consecuencias.

Si concebimos una América en la cual la unidad esté dada únicamente por la de sus intereses materiales a los efectos de llevarla adelante, y nada más, es como si viéramos a nuestro continente como un simple fenómeno geográfico. En este caso no es otra cosa que un simple suelo sobre el cual estamos parados y que nos sirve sólo para no caernos en un pozo. América no pasa de ser entonces (siempre dentro de la representación que nos hacemos de ella) una simple tarima sobre la cual llevamos a cabo la experiencia de nuestras vidas.

En realidad en nuestro siglo XX, un país es una tarima en la cual sus habitantes ensayan la experiencia de una nacionalidad, concebida como una pura institución que puede colocarse sobre cualquier plataforma. Nuestro ideal consiste hoy en día, en crear culturas y civilizaciones que sean trasladables a otras partes, ya sea a Asia, África o Australia. Fuimos educados para pintar un cuadro, para construir un puente o para levantar una empresa que sirve aquí, en América o también en Asia. Da lo mismo.

Pero en realidad se plantea un problema. Ese concepto del suelo geográfico como mera tarima (sobre la cual construimos nuestra casa o nuestro negocio, donde hacemos nuestros estudios o nuestro comercio) nos lleva a tener miedo.

¿ Miedo a qué? Pues a que nos saquen la tarima y nos caigamos en el pozo. ¿Y qué hay dentro del pozo? Pues nada menos que cien millones de indios, negros y mestizos a quienes no les importa tanto el arte, ni la ingeniería, ni las teorías económicas, como la solución inmediata de sus vidas.

Es que esa tarima o suelo de América, del cual Sarmiento dijera que era un puro desierto, tiene un equivalente psicológico en la muralla china. Precisamente ésta se había construido para que de este lado los hombres pudieran continuar con su empresa y del otro quedaran los salvajes que intentaban invadir el imperio. Pero la muralla de nada sirvió. Fue apenas un recurso para que los chinos ganaran alguna seguridad interna porque no dejaban de pensar que ella al menos no dejaba ver las salvajes estepas que se extendían del otro lado. Se trataba entonces, antes que de una construcción arquitectónica, más bien de un evidente exorcismo.

Y nosotros andamos en lo mismo. Si no construimos murallas al menos exorcisamos la realidad. La detenemos con la novedosa teoría matemática o estética, con los últimos adelantos técnicos o con la última teoría económica. Estas son construcciones que nos permiten conseguir la seguridad a fin de que nos cure ese miedo de descender al pozo, de toparnos con su realidad.

¿Alguna vez conseguiremos una unidad sobre otra base que nos permita cruzar la muralla y andar entre los salvajes sin recurrir al exorcismo fácil que brindan las actitudes intelectuales?

 

Vivir en Maimara

Por Rodolfo Kusch

   Cuando le cuento a alguien que me radiqué definitivamente en Maimara, siempre me responde con un gesto de asombro. ¿Por qué?

En realidad Maimara no queda tan lejos. Apenas dista unos 80 kilómetros de San Salvador deJujuy y el camino no es tan malo. Se lo cubre tranquilamente en una hora y media a través de un paisaje admirable. Pero entonces, si la distancia no es tanta y hay medios para cubrirla, ¿por qué el gesto?

El asombro alguna razón tiene que tener, y se diría que hace referencia a que Maimara está ubicada en una zona en la cual no se viviría así no más. Es como si estuviera del otro lado, como salvando una frontera. Y he aquí el problema, ¿existe esa frontera? Y más aún, esa frontera ¿está afuera o adentro de uno?

Los chinos de la época de los Han enviaban a sus ministros, cuando éstos no cumplían debidamente con sus funciones o no respondían a lo designios del Emperador, al borde del imperio para qué recobraran sus fuerzas.

Seguramente lo mismo hacían los incas. Tenían un imperio de cuatro zonas y al borde se ubicaba la barbarie. Los incas vivían en el centro del imperio, el Cuzco. Y ese centro, no era sólo el centro geométrico, sino el ombligo del mundo, donde descendían los dioses y desde donde se administraba el imperio. El mundo era concebido como una isla de lucidez donde el emperador era asistido por los dioses, pero cuyo mandato llegaba sólo hasta el borde, ya que un poco más allá no cabía ninguna lucidez porque estaba el caos. Hasta aquí no llegaba el orden puesto por los dedos divinos. Sin embargo, allí empezaba un caos que era necesario ya que al fin de cuentas ahí el ministro debía a realimentarse con nuevas energías.

Símbolos así parecieran responder a un plan divino. Por eso el sentido de por qué se enviaba al ministro al borde del imperio: debe ser el mismo que alienta el clima mítico de los héroes gemelos que descienden al infierno. En un manuscrito maya-quiché denominado el Popol-Vuh se relata el descenso de los héroes gemelos al infierno. Este estaba representado por una ciudad denominada Xibalbá habitada por doce señores. Los héroes vencen a los doce personajes y si bien aquellos son sacrificados, de su muerte surge una nueva era, la de los hombres de maíz Es el tema de la muerte y transfiguración desarrollado frecuentemente por las cosmogonías.

De estas dos leyendas saquemos sólo un dato: se cruza la frontera de la lucidez, ya sea para recobrar energías como en el caso del ministro, o para recuperar toda la conciencia o sea una lucidez mucho mayor en el caso de los héroes, la conciencia mágica de ser totalmente uno mismo.

Y vivir en Maimara ¿significa descender al infierno? Nos cuesta creer eso. Todos nosotros somos inteligentes y no vamos a aceptar que el infierno se da ahí nomás. Yo soy dueño de mis actos y considero que el espacio está vacío y puedo disponer de mis actos libremente con sólo estudiar bien las circunstancias del caso. Sin embargo, siempre aparece el vecino que me resulta antipático, que la medianera se desvía unos centímetros. Que la casa en que vivo o la cuadra es sagrada respecto a las esquinas. Que mi barrio es sagrado respecto a los otros barrios. Que mi ciudad es más linda que las otras. Que la nación en que vivo es mucho mejor que las naciones que me rodean o que la tierra está habitada por hombres mucho más lindos que los marcianos. Qué rara necesidad nos lleva a constituir un infierno al cabo de una frontera móvil, ya sea después de la medianera, ya sea a una cuadra de mi casa, o a 80 kilómetros, hasta abarcar las galaxias. Realmente no distamos mucho de los incas y de los chinos. Nuestro mundo moderno vive enredado en las telarañas de viejos arquetipos.

¿Es que de nada valieron milenios de lucha para lograr lo que llamamos conciencia y civilización? ¿Siempre nos seguimos creando un pequeño imperio chino para ver a las fuerzas nefastas pintadas enfrente? Puede ser.

Quizá hemos cerrado el camino. Creemos con ingenua convicción que todo eso se supera con sólo decir que somos objetivos, que el espacio está vacío, que no hay fantasmas y que somos profundamente civilizados. Pero ¿por qué digo que hemos errado el camino?

Pues porque si en algo nos aventajan los viejos sabios, como en el caso de la leyenda de los héroes gemelos, se debe a que aquéllos insisten en que las fronteras existen, que el infierno realmente se da del otro lado, pero que, y de aquí la profundidad de su enseñanza, que siempre es necesario descender al infierno, morir y transfigurarse para recobrar a través de las tinieblas la verdadera y auténtica lucidez, la conciencia mágica de ser totalmente uno mismo. ¿Y esto por qué? Pues porque sí. Será porque entra en el misterio del hecho de vivir. Será también porque en lo tenebroso y en lo infernal también andan los dedos de Dios.

Si así fuera vivimos como si estuviéramos en el ombligo del mundo, que, desde mi casa se va diluyendo la ciudad en que vivo y se pierde a 80 kilómetros en un lugar como Maimara, que constituye los confines del imperio mental que hemos levantado para vivir. Siempre en un ombligo, donde vivimos amparados por los dioses, más allá se da el caos, y entre el ombligo y el caos está la frontera que tenemos tanto miedo de cruzar.

Pero lo curioso es que realmente se vive en Maimara. Para dar este paso hubo que pasar de lo habitual donde uno se siente cómodo a lo inhabitual donde se vislumbra la incomodidad y la penuria.¿La penuria de qué? Pues la verdadera penuria, la de sentirse pleno pese al cambio, la de seguir siendo fuerte, ser realmente uno mismo, pero después de haber saltado la frontera, ésa que uno se había creado. Al otro lado de la frontera está uno mismo otra vez pero ahora frente a la montaña, en medio de la gente de Maimara, la que igual que uno crea su pequeño imperio para vivir, pero para hacer esto con una mayor autenticidad, ya que no alcanzan más las fronteras.

Y entonces ocurre el milagro. Se da realmente mi cuarto donde escribo; afuera, en el patio, está un molde grande; enfrente vive el carpintero Choque, y más allá, del otro lado del río se levanta la montaña.

También ella es una frontera. Y yo sé que si logro cruzarla alguna vez de ir del otro lado, encontraré, como los héroes gemelos, del otro lado, toda la vida, ésa que aún no se ha desprendido de los dedos divinos. (*)

(*) Fuente: Ambos textos nos fueron acercados, a través de la gentil intermediación de Marily Saguier (a la que le agradecemos) por la viuda de R. Kusch, Elizabeth Kusch.