"El sendero", y "Poemas místicos", por Ricardo Güiraldes

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En la literatura americana, el escritor Ricardo Güiraldes (1886-1927) sobresale por su clásica obra del género gauchesco Don segundo sombra. Pero la estela de resonancia de este libro oculta otras piedras preciosas de su escritura. Este es el caso de El cencerro de cristal, un libro de poesía, y las novelas Raucho, Rosaura y Xamaica; ésta última inspirada en las impresiones de un viaje a las Antillas. Acaso la obra más singular de Güiraldes es la más desconocida: El sendero. Notas sobre mi evolución espiritual en vista de un futuro.

  Luego de concluida la primera guerra mundial, llega a sus manos un libro de divulgación yóguica: El Raja Yoga del Yogi Ramacharaka. Esta lectura introduce a Güiraldes en el universo espiritual de la India mística. Se abre así a experiencias como el samadhi, la iluminación, el desapego, o la renuncia al ego. Este cielo hindú proyecta sus nubes inspiradoras sobre el tejido de sensaciones profundas y la escritura meditativa, aforística y epifánica de El sendero. 

  La renuncia al ego no supone negación de la voluntad creadora. "Sólo nuestra voluntad puede encauzarnos hacia nuestra propia creación". Autocreación significa aquí renacimiento, un nuevo nacer. Y "para ser dos veces nacido es necesario que seamos nuestra propia madre". El sujeto no es ya un territorio definido, pulido en toda su extensión. El individuo pleno se labra a sí mismo. Pero esta creación de sí no transcurre sin la percepción de una realidad trascendente. De ahí que Güiraldes pondere los méritos de la quietud que se genera mediante el olvido del cuerpo y de los pensamientos ya experimentados. Sólo de esta forma se percibe lo que es. Y en algún recodo de este sendero perceptivo el espíritu comienza a frecuentar estados de libertad y espontaneidad. La realidad aflora cuando se la deja mostrarse. La escritura, la escalera del escritor hacia el ojo de lo eterno, puede embeberse también de un movimiento o devenir espontáneos. "Crearme un hábito capaz de intensificar mis ideas y acostumbrarlas a salir con la fluidez de todo lo que surge por natural función; ojo de agua, lluvia, crecimiento. La costumbre de pensar así pronto me habituaría a la creación constante". El acto de escribir así pierde su condición de dolor de parto y se cristaliza con la naturalidad equivalente a la de aquel que percibe la realidad fuera de las ideas ya cerradas respecto al ser.

 La creación constante, a través de la escritura, se une así, en Güiraldes, con el anhelo de quieta escucha o percepción de lo que es, de una realidad sagrada, exaltada, que da un sentido sin la rémora de ninguna duda.

  En este nuevo momento de Textos olvidados de Temakel, presentamos una edición parcial de El sendero. Notas sobre mi evolución espiritual en vista de un futuro. Hemos intentado rescatar las hebras más sustantivas de este olvidado camino meditativo de Güiraldes. El lector podrá adentrarse aquí en un devenir pensante y poético de aproximación o acecho a la realidad como elevación o exaltación. Algo de esta índole surge también de los versos de los Poemas místicos que incluimos al final, poemas recopilados por la viuda del escritor luego de su muerte.

   Güiraldes fue escritor de su local y definido hogar pampeano. Pero también buscó un extraño calor sagrado que regala quizá sentido a toda la amplitud de la materia.

Esteban Ierardo

 

EL SENDERO (*)

 

 Había llegado, no sé hace cuanto años, pero seguramente arriba de diez, al sentimiento de la incapacidad humana para realizarse en el campo emocional.

  La guerra fue una tortura moral grande y el derrumbe de muchas ilusiones.

  Resumen: el hombre ante sí y ante los demás es impotente.

  Concluida la paz, que nada aportaba como resultado benéfico, miré hacia el Oriente.

  Un pequeño manual de vulgarización de las teorías Yogis cayó en mis manos: el Raja Yoga de Yogi Ramacharaka.

  Siguieron otras lecturas.

  Descubrí cosas en mí.

  Resolví ensartar en un hilo que intitularía El Sendero las cuentas desparramadas de un rosario que había rezado en mis poemas.

  Anteriores teorías que había tratado de construirme por necesidad de armonía interior, encontraban satisfacción. Mi soledad se llenaba de una gran presencia.

 

*

Me pregunto cuál es mi camino para la espiritualización. Los tratados sobre Yoga aconsejan dos procedimientos: Meditación mística fija en el yo; análisis del NO YO para ir por eliminación desnudando el yo.

  El primer método, según la Introducción al Yoga de Annie Besan, es el que conviene a los de espíritu contemplativo, el segundo a los de espíritu científico.

  Si me pusiera a analizar los diferentes métodos aconsejados por quienes saben, o inspirados por ellos, me enredaría en un dédalo de discusiones interiores.

  Este cuaderno me servirá para desbrozar mi verdad. Las citas que pienso hacer de cuanto he escrito en poemas o pensamientos cuya inspiración se insinúa como espiritual, serán una base para mi busca, porque siendo anteriores a todo lectura espiritualista, no pueden achacarse a lecciones del hombre. Por otra parte, la identidad de estos poemas o pensamientos con las más viejas y más modernas predicas espiritualistas me señalan una ruta. Si he alcanzando antes ciertas intuiciones, puedo ahora afirmarla cotejándolas con lo aprendido y hacerlas más mías por la comprensión.

  Escribir es mi manera concreta de meditar  y por ella debo seguir como por un camino señalado.

*

La diferencia entre la meditación como se entiende en Oriente y el pensamiento como se concibe en Europa: Buda por un lado, el Pensador de Rodín, y el Pensieroso de Miguel Angel, por otro, establecen este distingo. Hay que pensar como Buda, es decir, dejarse pensar por Dios. Es el único modo de pensar que puede hacerle a uno vencer límites. Lo otro es dar vuelta as la misma noria; matraquita de la razón que nada resuelve.

*

  Hay dos posiciones casi siempre definidas por la edad ante la vida. Aquella en que se vive sin haber resuelto su problema pasional o afectivo y aquella en que se ha resuelto ya. En el primer caso se toma y se gusta pasajeramente, esperando la gran solución. La vista está fija entonces en la realización por vía humana de las más grandes aspiraciones. En el segundo caso, habiéndose cumplido la vida pasional o afectiva por la felicidad o la desgracia, poco tiene que esperarse y sólo del pasado puede vivirse, a no ser que se dirija la aspiración más allá de lo que puede resolverse en el campo humano. Hay un tercer caso en el que siempre se vive, se ha vivido y se vivirá de migajas de aspiración. Esto no interesa.

  Yo he cumplido mi etapa afectiva de aspiración humana.

   No puedo y no quiero renovar ni cambiar mi posición en este sentido. Queda la enorme aspiración de vencer todo límite.

 

*

La evolución por miedo al infierno es un modo de hacer camino disparando. Y, además, mirar siempre una cosa ¿no peligra identificarnos con ella? He notado que el dolor físico, mientras lo vencemos con nuestra capacidad de resistencia, nos causa el placer de una victoria. El dolor que nos doblega, que retira de nosotros el poder de resistirlo, es el que nos vuelve cobardes. Si en lugar de buscar siempre la disminución del dolor, consiguiéramos el modo de aumentar nuestra resistencia, hasta hacerla espectadora dominante del dolor, habríamos colocado a este último en la situación de instrumentos de nuestro poder personal. El dolor nos haría crecer en lugar de disminuirnos.

  Moralmente, la falta de peligro nos acostumbra a una molicie que luego no sabe reaccionar antes los hechos desfavorables. Esto tal vez sea lo que nos lleva, en nuestra carrera hacia el bien, a no perder de vista el mal. Ignorarlo sería desarmarnos ante él. ¿Será este un bueno motivo para tener presente un Infierno mientras marchamos hacia Dios?

 Pero si no debemos olvidar la contraparte del bien, menos debemos tenerla en cuenta como asunto principal. No debe servirnos sino para acrecentar nuestra capacidad de resistirla y aumentar nuestra fe en el bien final y en nuestra victoria.

  Los vicios y pasiones egoístas son estupendos elementos de ejercicio si nos entrenamos en vencerlos. Cada vez que los dominemos hacemos algo en favor del desarrollo de nuestra voluntad. El dolor físico puede llevarnos por el poder de resistencia al dominio de nuestro cuerpo. El paulatino desarrollo de nuestra voluntad, apartando del pensamiento las sugestiones de vicios y pasiones, puede conducirnos al perfecto control de nuestros actos y pensamientos.

   La indolencia es uno de los principales estorbos. Con un optimismo estúpido relego a mi fe en un esfuerzo futuro, lo que debo encomendar a mi esfuerzo del momento. Vale más decir: "No voy a fumar hoy" o "No voy a asistir a tal o cual punto", que confiar en una total encomienda en vago provenir.

  Excelente ejercicio sería ponerme delante un objeto o una idea codiciada, para rechazarla a antojo hasta llegar a la indiferencia.

 

*

  Sólo nuestra voluntad puede encauzarnos hacia nuestra propia creación. Debemos crearnos a nosotros mismos. Para ser dos veces nacido, es necesario que seamos nuestra propia madre. Hasta ahora somos hechos y nada más que nosotros puede lograr que nos hagamos. El segundo nacimiento es el único conciente, el único que obedece a nuestra propia voluntad. El día que nos hayamos creado, según nuestro concepto de perfección - que es intuición del arquetipo hacia el cual nos encaminamos-, seremos verdaderamente lo que queremos y debemos ser.

 

*

   Se por experiencia propia que es escribiendo como entro en la sensación de mi propio poder....El trabajo literario es para mí como un amplificador vital. Es algo que compararía con los paraísos artificiales, salvo en una diferencia en cuanto a la ubicación de la fuerza: En el primer caso es interior y querida, en el segundo exterior e impuesta. Cuando trabajo, cuando entro poco a poco en mí mismo y me acostumbro al ejercicio mental, palpo en ello uno de mis mejores placeres. Recuerdo tal viaje en tren, tal tarde o tal noche de pensamiento, como podría recordar tal amorío o tal episodio intenso de mi vida material. Esos momentos son para mí, en calidad, lo mejor de mi pasado o mi presente, según que hayan existido o existan.

  "Lo que de mi trabajo queda en el papel, es lo de menos; ahí estarán los defectos y el cansancio de las cosas inmodificables; lo imponderable y excelente es el surtir fluido de mi pensar. Pero esa fuerza es, para mí mismo -por llevar en sí la condición de una libertad completa-, tan inasible como el discurso de la corriente en un ojo de agua.

  Diría parafraseando una pretensión de Wilde: "No he puesto más que mi talento en mis obras; mi genio estuvo en mi pensamiento sin trabas". Pero he dicho que este estado se parece al buscado en los paraísos artificiales, salvo una diferencia en la ubicación de la fuerza. En efecto: el parecido está en que son, ambos, placeres solitarios de autocontemplación y en que su goce mayor consiste en la persecución de imágenes internas, con un consiguiente desprecio de lo exterior.

  (...) En el caso de los viciosos, la gente se encoge de hombros llamándolos degenerados, viciosos inmundos, anormales estúpidos. En el caso de los sacan de sí su superioridad, la gente suele palidecer de odio, porque no cuadran los epítetos despectivos y cada insulto puede trocarse en elogio.

  El desequilibrio de un cerebro que piensa más claro que los demás puede ser contestable, y la anormalidad del genio, según quieren los asertos científicos, puede resultar la deificación de un hombre entre los hombres".

  Yo no quiero juzgar a los viciosos con acritud ni puedo anatematizar contra sus deseos de "s'évader de la vie", como dice Mallarmé hablando de Rimbaud. El tal deseo lo he experimentado, pues estaba en mi la frase clamorosa y monótona de Laforgue: "Oh, comme la vie est cotidienne". Pero puedo decir que no me cuadra ninguna droga.

 Conozco los paraísos artificiales, desde el alcohol hasta el opio. Y bien, ningún vicio de estos me ha captado y menos aún el jeringazo de Pravaz que, en una mínima dosis química nos da el principio activo de todos los somníferos orientales. Esas pruebas han dejado en mí, después de un momento de mezquino desvarío, una repugnancia de sobremesa ordinario, porque el escapar de las miserias estúpidas por un medio extraño a mí mismo,  no cuadra a mi deseo de absoluta libertad interior. Soñar de prestado, sabiendo que mis sueños me vienen de la botica, hace reír mi orgullo ante tanto recurso de capón. Por eso no he podido pertenecer a ninguno de esos infiernos, que, al decir de los adeptos, contienen virtualmente el letrero del Infierno de Dante. Tal vez sea un privilegio mío, como del autor de  la Divina comedia, el haber podido entrar y salir sin dejar ninguna esperanza y sin arrastrar máculas.

  Esa imposibilidad de pertenecer a una fuerza extraña reside en el ejercicio de una fuerza propia. En lugar del cinematógrafo incoloro de una película artificial, conocía la variación infinita y coloreada de la imaginación, trabajando por impulso propio.

  En la tarde que tan bien piensa, al pausado tranco de mi caballo, conocía ya ese deambular al través de mi mismo en una forma pura en su fuente y más que ninguna ampliar, fuerte y aguda en capacidad de percibir y comprender conjuntamente.

  De ahí ha nacido mi trabajo - si puedo así llamarlo.

  El hombre que ejercita su brazo tiene el orgullo de su fuerza y una gran confianza plácida al sentir que lleva en sí cuando anda como todos, ese poder latente y para él solo perceptible en la inacción.

  Yo escribo mis libros. Mis libros son como una pipas: todos ven su forma, algunos su humo, muy pocos huelen su aroma: yo sólo les tomo el gusto.

*

Mi potencia volatoria.

Mi comprensión de las cosas terrestres, íntimas, humanas.

Lo que tengo de astro.

Mi aspiración hacia la trayectoria planetaria.

El llamado de los soles multicolores.

Ser Dios-Amar.

*

Así como una mujer bonita es más verdadera que una fea, un sentimiento noble es más veraz que uno vil.

 

*

   Lo que es enajenador de la enfermedad y el dolor físico -lo mismo podría decirse del placer, es pertenecer completamente no solo al cuerpo, sino a una parte del cuerpo.

  Lo que es admirable en la salud perfecta, es la libertad espiritual y mental que da el completo olvido del cuerpo.

  Lo perfecto en el estado de salud corporal así como lo perfecto en lo que llamamos buen tiempo- salud del día- dan sensación de no existencia.

  Son las desarmonías que uno tiene tendencia a combatir, las que pasan por su presencia dan sensación de existencia.

  Esto constituye una pequeña argumentación a favor del Nirvana.

  La nada vista así equivaldría a Suma Existencia.

 

*

(Estos apuntes datan de 1917; fueron escritos en mi viaje de vuelta de Jamaica. Suenan como una despedida al vivir terrenal).

  A mí me da en el mundo por meterme donde no me llaman.

 Como no me llaman de ninguna parte tengo muchas donde ir. Lo que a veces me falta es plata. Plata muy redonda que me ayude a rodar por nuestra tierra madre y sepulturera.

  Largarse, a revolcón limpio por los continentes, es como hacerse mano que acaricia un cuerpo y volverse deleite en variados encantos. ¡Oh, calores y fríos, selvas, desiertos, montañas, océanos y hielos polares!

  Yo sé que pronto me iré del mundo para ascender.

  En el planeta futuro seré lo mismo por atavismo planetario...et sic, para arriba, en metempsicosis siderales, hasta soles multicolores y más allá!

 Pero, ¡oh mi carcasa, hija de mi madre!, te quiero con todos los afectos apegados en tu epidermis, durante el tránsito de muerte a muerte que fue tu vida; pobre receptáculo de dolor, tan amplio y hospitalario, pobre carne de mi carne, en ti estuvieron mis dolores sacros.

  En el momento actual- no sé si no me hubiera sucedido en cualquier otro- todo hombre sano vive como repugnado del ambiente. El odio está a la orden del día y es bandera hasta de los movimientos sociales nuevos. La política se revuelca en la mentira como los perros en las osamentas. Las ciudades son prostíbulos más o menos disimulados, con olor a estupro y a riña de borracho -no de otro modo se ve la lucha de las ambiciones-, su palabra es placer y su placer no dista mucho de lo que el cerdo pudiera entender  por tal. El esfuerzo de las individualidades que pugnan por levantar el nivel es entorpecido por la indiferencia y la inercia. Cristo sigue siendo lapidado cotidianamente. Los diarios, poder temible, tratan de satisfacer al público en beneficio de un mayor tiraje. El peligro de una idea lanzada en el mundo, o no lo conocen o no les importa. "El que venga atrás, me arree".

   Entre medio de todo esto y de muchas porquerías más, que es mejor rechazar que enumerar, existen pequeños grupos de hombres que tratan de ser buenos. ¿Otra locura? Tal vez. Pero cuanto se ha bajado a la Morgue del materialismo, y de ella se sale perseguido por un hedor adherente y dulzón, los brazos tienden hacia cualquier estrella aunque sea inalcanzable. Y he aquí una de las más feroces estupideces queriéndonos retener aquel gesto: La estrella es inalcanzable, mas que usted está lonjita de carne en podridura sacada de un cajón basurero que es tan, tan real.

  ¿Real? Las cosas no son reales más que en nosotros y una impresión mejoradora es más verdad que una repugnante, venga ésta de donde venga.

  Bondad. Cualquiera sabe que es practicable, aunque le digan que solo la fuerza brutal llega a un fin práctico. ¿Que es práctico? ¿Romperse el alma per secula seculorum...o por poder sentarse un momento en el torno del dominio para muy luego ser destronado con vergonzosos puntapiés en el trasero? Yo no me río de ese criterio práctico en nombre de mi lirismo y me río de los que se ríen de verme capaz de transmutar realidades en bellezas. Yo sé que el lirismo es un poder. Poder en manos del que goza sus beneficios y en la marcha hacia un fin mejor. Nada más poderoso que un lirismo. Pero pocos saben que usan tales galeritas o zapatos o viven bajo tan moral o tal leyes sociales, porque ha habido líricos que forzaron la mano a lo que se llamaba real, en beneficio de lo que los chatos llamaron sus sueños y que no era más que un sentido más cierto de la realidad del porvenir. Las cosas se hacen hoy, se hacen porque ayer se hizo tal esfuerzo en dicho sentido. El esfuerzo que unos pocos hacen hoy, será la ley de mañana, et sic de caeteris.

  Sacrificio. Todo el mundo, o casi, dirá hoy que el sacrificio es una tontería digna de piedad. Lo mismo ponderarán a un Fulano diciendo "¡Qué bueno es!" ¿Por qué les parece bueno? Porque cede en beneficio de una segunda persona un bien particular. Un hombre es bueno cuando teniendo en su cigarrera un solo cigarrillo se la da al amigo. Ese amigo es uno de los que después lo pondera. Un hombre es bueno cuando sacrifica cualquiera cosa: dinero, comodidad, situación ventajosa, etc., en beneficio de cualquiera que sea. La bondad es medida por el valor del sacrificio. ¿Por qué, entonces, se pondera lo bueno y se dice del que sacrifica algo que es "otario" o "un benemérito" y hasta- Dios me perdone- "un Cristo"?

  Porque "bueno" es el tipo familiar que a nosotros nos ha hecho un bien directamente o que nos ha visto actuar en ambientes de nuestro trato, mientras el otro es una especie de "loco"-¡siempre lo mismo!-, dispuesto a sacrificarse sin que veamos el objeto material de su sacrificio.

     Los hombres que ejercen las cualidades superiores de la bondad, salen del campo visual de los miopes, y éstos, no viéndolos, nos niegan. No tienen la culpa porque dice su verdad.

  A mí es esa bondad la que sobre todas me interesa aunque la otra me conmueve. La bondad del Cristo es la bondad de la cual las otras son pedacitos. Hacia esa bondad se encamina algunos y son esos algunos los que me interesan, sobre todo en el actual momento de predica egoísta: ya para el individuo, ya para una agrupación política, ya para un país, ya para una raza, un color o un creo religioso, filosófico o social.

  Ser bueno porque sí, como un manantial es de agua.

 

*

  Según infiero de mis lecturas, el grado de evolución espiritual no mejora- por lo menos rápidamente- la capacidad intelectual o literaria. Si la influencia fuera casi instantánea, como la revelación, las personas iniciadas en cualquier grado comenzarían de hecho a demostrar una mayor sabiduría y una mayor capacidad de expresión. Los que escriben libros espiritualistas y sobre todo los teósofos suelen demostrar que tal cosa no sucede. ¿Por qué los que han alcanzado el conocimiento de las leyes del ritmo- por ejemplo- no son sino mediocres poetas? ¿Por que los que están fuera del camino espiritualista y fuera de toda agrupación religiosa u ocultista o esotérica sobrepasan en maestría de ritmo o en grandeza de conceptos a los están muy por encima de ellos en grado de espiritualización? Unos parecen tener mayor privilegio en su conocimiento y otros en intuición. Pero el hecho es que los evolucionados espiritualmente han hecho justamente por la intuición su desarrollo. El problema no me presenta soluciones fáciles.

  Los espiritualmente desarrollados suelen decir que de tal o cual cosa el profano no entiende, siendo un ciego ante las verdades luminosas que no puede siquiera percibir. De acuerdo, pero lo malo está en que, en el terreno de la palabra escrita, que muchos teósofos han elegido como su medio de trabajo y de propaganda, los iniciados parecen ser los profanos. No creo que, como  demostración de capacidad poética y literaria, sea cuestión de partir de un principio arbitrario como por ejemplo: este escrito es espiritualista, luego es mejor; aquel es profano, luego es peor-, sino de demostrar por la obra la superioridad de las facultades intuitivas. Tal no sucede, y podría hacerse a los teósofos el argumento que ellos hacen en cuanto a la ceguera de los no iniciados en sus misterios: son ciegos que no perciben ciertas cualidades de la palabra. De la palabra, por la cual se crea.
  Pero esta polémica de nada sirve. Para mi fuero interno y en vista de un provechoso desbrozamiento de mi huella, tengo por cierto, hoy por hoy, que los poetas, si bien no iniciados en los principios básicos y generales recibidos a raíz de una entrada en los campos superiores del conocimiento, tienen en su propio campo más afinada la intuición que los videntes de planos muy superiores al de ellos.

   Esto me persigue desde que - y hace ya un tiempo que leí la primera- han caído entre mis manos varias descripciones del estado extático. Las descripciones o son exteriores -y entonces se limitan a exponer la imposibilidad de verter en palabras lo sentido o visto y se mantienen en una prudente o modesta reserva-, o, disculpándose de una casi inútil intentona, entran francamente en materia tratando de sugerir. Y he aquí la falla. Cuando podría esperarse no la descripción exacta, que es imposible en toda exaltación, sino la exaltación misma -eje de toda poesía y siempre inexpresable- eligen la descripción de la cosa y nos dan una mediocre sensación de su estado. Estado también es el de amor humano y aunque también indescriptible, nos ha dado páginas de verso y prosa no precisas, pero diría contagiosas. No es el rostro de la persona a quien elevan al rango de ídolo lo que nos quieren presentar, no es una descripción cabal y total la que intentan, sino la transmisión de lo que ellos sintieron en tal estado. Salvo en los grandes textos, Biblia, Gita, etc., no sentimos esto y no creo que sea culpa del sujeto. ¡Cómo podría ser, siendo este el mejor y más intenso!

 

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 La idea de lo que es bondad, me parece, en el gaucho, muy justa; a lo menos para lo que yo entiendo por bondad.

  El gaucho dice muy rara vez bueno en el sentido más usual. Bueno para el gaucho es casi sinónimo de útil. Un guen caballo, un hombre bueno pa'l trabajo, un guen lazo o una guena mujer son cosas excelentes en sus desempeños. En cambio el paisano usa la palabra servicial, entendiendo por ello cuando la aplica al hombre la virtud de hacer algo en favor de los otros, sin o con desmedro de su propia conveniencia.

 

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 Querer llegar es ansiar la iluminación, el Nirvana, como quiera llamársele. No quiero llegar.

  Quisiera en el mundo la cesación de un estado de cosas que me repugna. Para mí la idea de aniquilación post-mortem de los materialistas, no es una tortura. A veces tengo ganas de dormir, dormir, dormir largamente. La idea en cambio de infligir pesadumbre por mi muerte a los que quiero, me es insoportable. Por ellos quisiera vivir y ser fuerte y poder prestar mi fuerza.

  Decirse -según la teorías espiritualistas- que no va a prolongar la vida de los sentimientos y las congojas más allá de la muerte, es torpe. Por evitar esto tendería uno con toda su aspiración a la liberación como la entienden los orientales. Sin embargo, no hay que ser apóstata de la vida. De su noble parte nadie se cansa. On se lasse de tout excepté de connaitre. ¿Hay mengua de vida en la iluminación o el Nirvana? Al contrario. Suma existencia, sumo conocimiento. ¡Oh, cómo se tienden los brazos hacia ese fin!

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  Los hombres de ciencia deberían preguntarse si existe una materia imponderable- o, más bien, un estado primero en sutileza de la materia -sobre la cual nuestros pensamientos tuvieran acción-. Si es que sí, quedaría de hecho como veraz la existencia material del pensamiento, o por lo menos de sus cuños. Y aquellos de los "anales akásicos"- un poco infantiles en su denominación; más me gustaría memoria universal materializada- sería una extraordinaria verdad.

 

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¿Existe en nosotros una fuerza magnética de índole idéntica a la fuerza latente y activa de nuestro mundo? Si es que sí, la iluminación o Nirvana son naturaleza como más no pueden serlo. Todo está en saberse poner en estado receptor.

 

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Escuchar es una gran palabra y casi sinónima de tender. Escuchar es prepararse a la recepción -la verdadera comunicación- de lo ignoto y esencial. Rezar es en cierta forma, un poco burda, escuchar y tender. Del gesto en tensión del rezo puede llegar la capacidad de establecer el contacto que produce la iluminación.

 

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La quietud perfecta en todo lo circundante y la propia quietud, crea el estado de gran percepción. Un día quieto en temperatura -la media parece inexistencia de temperatura-, quieto de viento- cesa la sensación de contacto del cuerpo con algo-, la quietud de los sentidos -salud perfecta es olvido del cuerpo-, producen la inexistencia exterior. La ausencia de pensamientos a raíz del olvido corporal, crea la inexistencia interior.

  Entonces se percibe.

 

*

Por una exaltación puede encontrarse el estado, aun en medio impropicio. La exaltación, cima de nuestro sentir, trae por saturación la serenidad. El límite alto de nuestra exaltación es el límite bajo del paisaje de otro mundo más sutil.

 Sobre la cima del monte es cuando se cree vivir en el cielo.

 

*

Tenía los brazos abiertos y en tu pecho cabía el mundo. Las estrellas andaban siempre, a pesar de tu dolor reducido a la estatura del hombre.

 Y había una palabra en todas partes. Y los que en torno suyo no comprendían eran un cuadro pequeño de carne ignorante y egoísta.

 Al fin abrirse los brazos definitivamente para sobrevolar tu imagen humanan.

 Y hubo un pensamiento oscuro, oscuro en las cosas, y los hombres tuvieron miedo.

 Tres días esperaste para surgir.

 

*

 Algunos habían seguido tu martirio.

La pequeña Jerusalén, inquieta de harapos y discusiones, seguía picoteando sus migajas de ideas y nada supo de los siglos por venir y de tu advenimiento en el hombre.

  La pequeña Jerusalén inquieta como un sarpullido y piojosa y mugrienta, seguía tirada en sus calles: gusanera en la herida.

  -Te doy tres por veinte.

 -No, te doy veinte por cuatro.

  -¡Me arruinas!

   -¡Me robas!

   Tu serenidad no tocaba siquiera las cúpulas de sus templos.

   Así pasaste y viniste hacia nosotros.

 

*

  Escribir, escribir, un poco al tuntún, dejando al pensamiento guiar la pluma y también la pluma al pensamiento. Irse barranca abajo del declive por lo subconciente y dejar las imágenes substituirse en una fértil fuga de calidoscopio. Un día la inquietud se agotará como la de una mariposa, para inmovilizarse sobre la flor de la serenidad. Entonces la savia de vida ascenderá en nosotros por la atracción de nuestra sed.

*

Debería llegar a encontrarme, dentro de mi trabajo, en el estado más cómodo. Sentarme a escribir con placer. Ir a la deriva de mis pensamientos con soltura y sin contrariedades. Crearme un hábito capaz de intensificar mis ideas y acostumbrarlas a salir de mí con la fluidez de todo lo que surge por natural función: ojo de agua, lluvia, crecimiento. La costumbre de pensar así pronto me habituaría a la creación constante. No habría tropiezos, ni trabajo, ni dolor de producción: habría simplemente un camino abierto por el cual andaría con la naturalidad de un andante sin apuros ni fatiga.

 

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Tan  buena es esta última proposición que sólo poniéndola en camino me acomodo y complazco. ¿No era así como lo hacía antes? Y que buena actividad mental la mía entonces y qué a mano de ella estaban mis intuiciones. Tal vez estuviera una ventaja sobre ahora, la de la ingenuidad. No me fijaba en las ideas encontradas porque no las observaban mientras hoy mi intelecto espía el significado de cada una con relación a lo que he leído. Pero puedo volver a esta ingenuidad. Toda esté en pertenecer a mis intuiciones y dejándolas crecer darles salida, o si no, mejor, dándoles salida dejarlas crecer.

  Una ventaja llevo. Si en mi ingenuidad no reconocía la excelencia del sistema y sus virtudes espirituales, hoy mi experiencia sabe que es en el movimiento fluvial de mi pensar donde encuentro lo mejor mío y mi exaltación.

 

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¿Qué importa que me repita? Hay ideas madres que justamente deben volver a una continua revisión. De las repeticiones saldrá la posibilidad de un conocimiento.

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El tema de mi meditación escrita, es lo de menos. Lo importante es llevarla a una cúspide.

 

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Las ventajas están abiertas al verano; un pobre verano llorón que se llueve a sí mismo con una monotonía paciente, constante. Afuera es el verano y el mundo. El mundo en el cual entraré para sufrir su influencia e imponerle mi pequeña parte de creación. Siempre el mundo sigue, como el verano, monótono y llorón, lagrimeando sus dolores en razón directa de sus exigencias. Las pasiones agarran al hombre por la nuca y exprimen su energía y le dan empleo y papel que desempeñar. Sin pasiones el hombre se acabaría en el renunciamiento, dejaría de existir por falta de razón para ello. Yo no quiero el torbellino pasional, ni espero en vagas recompensas de mi sufrir una limosna del hombre. Sin embargo no caigo en aniquilamiento. No quiero pasiones porque no quiero para mí un premio insuficiente. La fama no me turba, el orgullo me parece tonto, la inquietud descentra mi espíritu y estorba mi potencia de trabajo. Quiero trabajar y sé encontrar en ello el mejor de los premios. En el ejercicio de mi fuerza pulso mi vida, una vida aumentada. La satisfacción está en mi propia sensación de poder creador y creo para los otros. Para que los otros quieran lo que quiero. Así establezco a veces un guión de armonía entre gentes que se ignoraban. Además un valor nuevo -pequeño o grande igual da si es expresión de un temperamento que como todos nunca se repite- valor nuevo cae en el mundo y corre su suerte entrando en ellos, deformándose según el poder creador de cada individuo que en sí le da existencia. De la idea o el sentir de un hombre nacen miles de ideas y sentimientos en otros hombres.

  Y eso es gravitar sobre el mundo. Todos, más o menos, gravitan sobre el mundo. Menos, el que solo aceptas; más, el que incorpora y devuelve.

 

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   La palabra profundo, de uso tan germano y europeo en filosofía, me es insoportable. Profundo es un pozo, la noche, el precipicio, el infierno, la ignorancia. Y vaya si en las páginas de los sistemas filosóficos he tenido la sensación de una pesadilla profundamente torturante por su girar inútil en una oscuridad baja, baja y trabajosa como un delirio de fiebre o de jaqueca. La palabra ha sido un daño y si la reemplazáramos por el claro o alto o noble, tendríamos en seguida además del bienestar reconquistado, una posibilidad de explaye intelectual que se había hecho imposible en la mazmorra de lo profundo.

 (...) La evolución hacia sí mismo es para mí ascensión y nada tiene que ver con profundo.

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 Nunca he podido entrar en un sistema. He seguido algunos pensamientos concordantes en un filósofo, pero ni he visto ni he querido ver el lugar al que quería llevarme. De la portada de un libro sabía que se me iba a querer convencer por vías de la razón y me oponía a ser convencido.

  Como un hombre de campo que sabe lo que el campo es, me sentía tomado de la mano -como que se me iba a querer forzar- para ser llevado al límite de una casita construida aparte del campo entre paredes hostiles al afuera. Allí se me querría convencer de que un voluntario orden de varios árboles y los parterres de un jardín y una bomba oscura para tirar agua, eran la verdad de la naturaleza. Yo me aburría, no escuchaba y rompía cualquier ventana para salir, dejando el discurso a medio chorrear, en boca de mi organizador de profundidades.

  El símbolo oriental de la perfección es el loto: las raíces en el barro, el tallo-esfuerzo hacia la flor -en el agua y la flor en la claridad.

  Eso es lo contrario de lo profundo y es lo deseable.

 

*

Lo importante es encontrarse en la cima de uno mismo. En la cima de sí mismo se está como en el vichadero de un rancho, en contacto con más mundo. Y cuanto más mundo se ve, más mundo se adivina en lo visible. Curioso: aprender, en el terreno material, es apoderarse de una cosa; aprender, en el terreno de las capacidades superiores, es abrir ventanas para recibir un beneficio y al mismo tiempo entrever mil ventanas más, susceptibles de presentarnos cada vez mayores perspectivas. El deber material mata lo que conoce. El saber verdadero da vida sin perderla y multiplica sus promesas. Si en el primero hay un punto final, en el segundo hay millares de mayúsculas para comenzar nuevos párrafos.

 

*

Podría decirme que en mi nueva busca no camino solo ni trato de aislar mis ideas como únicas posesiones personales. Eso, hoy, no me importa, En la situación de antena o de árbol en el viento que deseo para mí, hasta nueva orden, todo prurito de posesión está ausente. Sé la fuerza del mar y del temporal y no me niego a la gravitación de los miles de esfuerzos de otros sobre mis esfuerzos. En mi pequeña barca voy junto a la barra que no largo, pero lo inmenso en derredor no me halla con los sentidos lacrados.

 

*

Octubre 6 de 1927. Paris.

¿He tenido el más débil vislumbre de lo que se llamaría éxtasis?

Sí.  (*)

(*) Fuente: Ricardo Güiraldes, El sendero. Notas sobre mi evolución espiritual en vista de un futuro, en Obras completas, Buenos Aires, Emecé, 1985.

 

POEMAS MÍSTICOS

1.

Mi cuerpo sabe el dolor de la herida y el dolor del placer.

Mi corazón conoce sus propios engaños y la impotencia de los otros.

Mi inteligencia ha caído tantas veces que prefiere quedar de rodillas.

Estoy desnudo como una médula dolorida de encontrarse en contacto descubierto con la vida.

¡Que mis brazos levantados sean la plegaria fuerte que eleva al que pide!

¡Que sobre mi soledad caiga una astilla de iluminación como sobre el campo un rayo de aurora noble!

"La porteña", agosto 22 de 1923.

 

2.

FE

Me he perdido a mí mismo.

A veces tomo entre mis manos, los recuerdos con cariño y busco largamente mi infancia, mi fe y mi fuerza. Las veo allá detrás de una infranqueable transparencia de años, señalando con desprecio mi actual desvío y admiro su firmeza de brújula.

Me he perdido a mí mismo cuando más hondo me buscaba, como si a fuerza de vivir hubiese muerto.

Tiendo adelante mis brazos y todo es adelante. ¿Cómo saber?

Espero.

Una voz más grande me dirá: !Ven!

Y desde entonces caminaré con la vista de mi frente, de rodillas, en un campo de heridas, llevando en la garganta el trago de la victoria.

Y una cesación de dolores precederá la hoz de mi paso con salutación de trigo unísono ante la segadora.

Me he perdido a mí mismo y espero.

 

3.

Señor, yo tiendo arriba los brazos.

El hombre sufre su vergüenza en mi carne.

Las palabras de hostilidad y de daño me parecen dichas en complicidad conmigo.

La culpa de cada uno es de nosotros todos. ¿Por qué no sufrirla?

Tengo que aprender:

Resistencia a los dolores que tu mano me impone.

Serenidad invencible ante lo que me ultraja.

Y, más bien que juzgar a los otros, limpiarme de mis propias inmundicias.

Si tiendo arriba las manos, cuanto bajo mi gesto suceda, debe ser olvidado.

 

4.

INFINITO

Mi Dios.

Bajo tu amparo escribo.

Por mi boca tan chica se empequeñece tu amor por las cosas que están en Ti sin disminuirte.

Tu palabra en mí se reduce, y yo de Ti me agrando.

Pobre cosa tuya sufro de sobrarme a mí mismo y mi alma camina en la frase como un ciego lleno de luz.

Dame tu ley para que así crezca hasta merecer nombrarte. (*)

 

(*) Fuente: Ricardo Güiraldes, Poemas místicos, en Obras completas, Buenos Aires, Emecé, 1985, pp. 511-513.