El sentido de los héroes, por Germán Arciniegas

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Héroes reales o imaginarios habitan la historia de los pueblos. Los héroes, míticos o históricos, siempre unen la vida humana con alguna grandeza divina. Gracias al héroe la existencia se ennoblece con el brillo de un designio superior. ¿Pero de dónde procede el poder y el destino de los héroes? ¿Son proyecciones divinas sobre la tierra o su aura excepcional es emanación de un profundo sentido popular y terrestre? En un olvidado ensayo perteneciente a su libro Este pueblo de América, el escritor colombiano Germán Arciniegas desarrolla la tesis de que los héroes, como Simón Bolívar u otros, no son seres divinos sino geniales interpretes y conductores del fervor heroico de los pueblos. Arciniegas fue autor de libros como "La conquista del Dorado" (1942); "Biografía del Caribe" (1945); o "América mágica: los hombres y los meses (1959); y Las mujeres y las horas" (1961). Y como destaca Arciniegas en su ensayo, que ahora recordamos en Textos olvidados de Temakel, subrayar la raigambre humana de los héroes no es menoscabo de su grandeza sino exaltación de su "compromiso sagrado" con un ideal de vida superior para los hombres.

E.I

 

  EL SENTIDO DE LOS HÉROES

( En Este pueblo de América, México, 1945)

Por Germán Arciniegas

 

     Si fuera posible trasladar a un gobelino la pintura que suele hacerse del siglo XIX en América, el asunto no sólo no ofrecería dificultades, sino que no resultaría sobremanera hermoso. Adelante, rompiendo la centuria, descollarían los héroes Bolívar, San Martín, Sucre, Artigas, O'Higgins, caballeros en corceles nerviosos, rutilantes de gloria bajo frondas de laurel. Luego, como siguiéndoles los pasos, avanzarían los caudillos. Los caudillos fueron esas breves figuras locales, arbitrarias y rudas que llenaron los escenarios de la vida americana hasta el borde mismo del siglo XX, reventando coraje y haciendo patria a su manera. Ahí veríamos a Rosas y Porfirio Díaz, al Dr. Francia y a Guzmán Blanco. Héroes y caudillos: he aquí la síntesis. Fuera de esto, nada. Detrás de los capitanes de la Independencia, una polvareda dorada que cubría la marcha de las caballerías. Detrás de los caudillos el rumor de la barbarie que levantaban a su paso las montoneras.

   Ahora ocurre formular una duda. El siglo XIX ¿fue todo eso y nada más que eso? ¿Fueron los héroes estos personajes sobrenaturales de los que habla la historia? ¿Los caudillos representaban con fidelidad a nuestro mundo como los griegos, cada vez se alejan más del hombre y se acercan más a Dios?

  De paso quiero advertir -en favor de la bien llamada cultura occidental- que si el origen de esta fábula pudiéramos situarlo provisionalmente en Grecia, no hay que suponer que sólo Grecia y España hayan acudido a ello. El hecho es universal. Y en el caso concreto de Grecia y España hubo un puente, o "una puente", para el el estilo fabuloso llegase de la península helénica a la ibérica. "La puente" fue romana, como es de rigor.

  Los romanos, como los griegos, mezclaban a sus dioses en todas las cosas feas, y aun en las hermosas de su vida doméstica o política. Llegaban hasta prestarse los dioses de unas ciudades a otras, y así su trato resultaba tan agradable y frecuente que bien podían los romanos decir: "Anoche estuvo cenando en casa tal dios", con la misma naturalidad que si se tratase de un viejo amigo. Fustel de Coulanges trae muchos datos de esta naturaleza en su precioso libro sobre la ciudad antigua. He aquí un ejemplo:

    "Así como durante la guerra los dioses se mezclaban con los combatientes, también había que contar con ellos en los tratados. Se estipulaba, pues, que hubiese alianza entre los dioses como entre los hombres de las dos ciudades. Para determinar esta alianza de los dioses ocurría a veces que ambos pueblos se autorizaban mutuamente para asistir a sus fiestas sagradas. En ocasiones se abrían recíprocamente sus templos y hacían un cambio de ritos religiosos. Roma estipuló un día que la divinidad de la ciudad de Lanuvio protegería en adelante a los romanos, que tendría el derecho de invocarla y de entrar en sus templos. Frecuentemente cada una de las partes contratantes se comprometía a ofrecer un culto a las divinidades de la otra. Así, habiendo los oleatas concluido un tratado con los etolios, ofrecieron un sacrificio anual a los héroes de sus aliados. En fin, había ocasiones en que ambas ciudades convenían en que cada una de ellas intercálese el nombre de la otra en sus oraciones".

  Convenios de esta naturaleza no ocurren únicamente entre pueblos de poco experiencia científica, como era el caso de los antiguos. Cuando quiera que prende en el espíritu de una nación la llama mística, así esté simbolizada ella en el color de una camisa, se pueden confabular estas fuerzas sobrenaturales de la vida internacional para alentar a los pueblos. Tal ha sido el caso reciente de dos grandes naciones europeas: España y Alemania. Esto entra dentro del campo de la historia natural de lo divino en la tierra. Pero no nos perdamos en disgresiones y volvamos a nuestra América.

  Puede decirse que nuestra tradición historiográfica ha sido constante en el propósito de deshumanizar a los héroes. En mi patria esto se evidencia respecto de Bolívar, no obstante la avasalladora humanidad que hace tan hombre al Libertador. Pero el ejemplo de Bolívar no es el único, sino típico. Lo que ha sido de Bolívar en el norte, en el sur lo ha sido de San Martín. Bastaría para sustentarlo ese libro admirable, fervoroso y apasionado que ha escrito  uno de los exponentes más alto de las letras argentinas: El santo de la espada, de don Ricardo Rojas. En ese libro la mística sanmartiniana es un tejido de emoción sobre el cual dibuja el artista y el historiador precisamente la figura del "santo". De tal suerte que cuando llega el momento final del relato, puede decir Rojas: "Más hermosa que su hazaña es su conciencia; su espada de santo refleja, al desnudarse, la luz de la Justicia".

  San Martín mismo, como todos los hombres colocados en trance de heroicidad, se tuvo por predestinado. "Debo seguir-dijo al Destino que me llama". La transmutación de los hombres en sustancia divina no es sólo un fenómeno literario. Empieza en la vida misma de los héroes. El pueblo ayuda a formar un ambiente que acaba por convencer a los propios conductores, así carezcan ellos de toda vanidad. El caso de Colón es perfecto en este sentido. Este hombre, que entró en Salamanca lleno de entusiasmo científico, pensando en que racionalmente convencería a los sabios para que lo auxiliasen en su proyecto, sufre, a todo lo largo de su accidentada empresa, choques que lo trasforman, y después de haber vivido los años necesarios para cruzar el Atlántico y satisfacer su curiosidad, se toca las carnes y ya le parece que sus manos quedan envueltas en un resplandor. Es entonces cuando dice, quizá no sólo por hacer comedia, sino también un tanto convencido: "Ya dije que para la ejecución de la empresa de las Indias no me aprovechó razón ni matemática; llanamente se cumplió lo que dijo Isaías".

 Doy estos antecedentes para explicar mejor el caso de Bolívar, héroe que, por ser de mi propia patria, puedo tratar con mayor desenfado y familiaridad. Bolívar, no obstante sus veleidades absolutistas de los últimos años, fue un demócrata. Afirmó su convicción de tal con palabras de una verdadera vehemencia, en los momentos mismos en que su espada tenía más vivo el carmín de la victoria. Y por eso sorprende que tratara de divinizar su persona cuando francamente se abría como ancha puerta para que el pueblo tomara posesión de la república en medio de un derrumbamiento de mitos y fábulas. Y, sin embargo, hay que leer el delirio del Chimborazo. Hay que ver cómo a medida que la planta peregrina de Bolívar avanza hacia la cúspide del cerro, la sobreestimación de sus cualidades le va acercando a la tertulia de los dioses.

  En el delirio sobre el Chimborazo empieza Bolívar a narrar su ascensión así: "Llego, como impulsado por el genio me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento; tenía a mis pies los umbrales del abismo...Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el dios de Colombia que me poseía..."

  Luego Bolívar se encuentra con el Tiempo. Los dos entablan un diálogo. He aquí una respuesta de Bolívar:

  "Sobrecogido de un terror sagrado, ¿cómo, ¡oh, Tiempo!-respondí-, no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? Ha pasado a todos los hombres en fortuna, porque, me he elevado sobre la cabeza de todos.

  "Yo domino la tierra con mis plantas; llego al Eterno con mis manos, siento las pasiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando, junto a mí, rutilantes astros, los soles infinitos; miro sin asombro el espacio que encierra la materia, y en tu rostro leo la historia de lo pasado y los pensamientos del Destino.

  "Observa, me dijo el Tiempo, aprende, conserva en tu mente lo que has visto; dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del universo físico, del universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado; di la verdad a los hombres.

 "El fantasma desapareció.

 "Absorto, yerto, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. Al fin, la tremenda voz de Colombia me llama. ¡Resucito! Me incorporo, abro con mis manos los pesados párpados, vuelvo a ser hombre y escribo mi delirio".

  El delirio sobre el Chimborazo podría aparecer como un deshago lírico del hombre que en realidad se había hecho conductor de la más numerosa muchedumbre americana; pero es preciso, para darse cuenta exacta del relieve que adquieren los héroes, ver cómo el proceso del mito heroico va penetrando en la vida de las naciones. Lo recogen primero las gentes sencillas, los hombres agradecidos de sus buenos capitanes; lo exaltan luego los historiadores, y por último, hay quienes le dan remate poético a esta cadena de conjugados sentimientos. Ha pasado más de un centuria del día en que Bolívar sintió y escribió su delirio. La perspectiva se ha perfeccionado con la ayuda de la crítica y el análisis sereno. Y hace muy poco, en estos últimos años, monseñor Castro Silva, quizás el más eminente orador sagrado de Colombia, no sólo por su elocuencia, sino por su formación humanística, hace su célebre oración: "Lo que hay de Dios en la vida del Libertador".

 He aquí un aparte, tomado al azar, del discurso del monseñor Castro Silva, que ilustra, a mi modo de ver, la interpretación griega de los héroes hecha dentro de nuestro tiempo:

 "Diríase que el Omnipotente prefiere a su propia intervención abrumadora, la intervención de una criatura suya que lo reemplace; cuando la ha menester, la predestina y quizá a través de muchas generaciones la prepara, ordena en torno suyo acontecimientos y circunstancias de todo linaje; como el sol a la tierra con sus rayos, así la enviste. El con sus dones espléndidos, esfuerza luego y aquilata todas las preeminencias racionales que hacen del hombre una imagen de la deidad, ordena en fin que aparezca en el mundo y, como para menoscabar la excelsitud a que la destina, la obliga a ser descubridora de sí misma. Una providencia particular se encarna en tal criatura, y es todo su ser un teatro donde la acción divina ya desarrollándose tan imperioso e incontrastable que, sin advertirlo muchas veces, los contemporáneos se doblegan ante ese poderío que no comprenden y en cuyo celestial origen ni reparan".

  El conductor de un pueblo, que en esta forma se siente un ser providencial, que se considera un instrumento de la Divinidad en la misma forma en que lo eran los héroes de la Ilíada, presenta a menudo esta circunstancia ante sus súbditos para movilizarlos hacia donde intenta llevar sus banderas. Y como en estos casos el contagio suele ir más allá de lo razonable, elegidos se consideran mucho a quienes sólo el azaroso entronque de las genealogías coloca en la copa de los árboles. Cualquier rey ha hablado muchas veces en lenguaje bíblico. Así lo hicieron en 1915 el zar Nicolás y el Kaiser Guillermo. Y las guerras, en esta forma, han revestido un aspecto semejante al de las Cruzadas, cuando el Dios los quiere, coronaba como un grito amenazante la ola de apasionados que se dirigía a la conquista de Jerusalén.

  Todo esto, que parece no tener otro consecuencia distinta de la de arrancar a la historia de su modesta verosimilitud para encaminarla a términos de engreída sublimidad, tiene una coronación lógica. Y es la de considerar a los héroes como padres de la patria. Yo suelo preguntarme muchas veces, asaltado por una duda que podría considerarse como falta de gratitud o afecto, si la patria, acaso, no existía antes llegar los héroes. Si antes de nacer Bolívar no existía todo ese conjunto de verdades y de ilusiones que en último termino constituyen la noción de patria. Si los campesinos que en un gesto oscuro y desbordante de fe lucharon desde el siglo XVIII por conquistar su libertad, no eran patriotas. Si la tierra no les había dicho nada en voz baja a quienes se doblaban sobre ella para buscar sus secretos. Si las ideas que animaron a los ejércitos emancipadores no estaban ya preocupando -ocupando previamente- la imaginación del pueblo.

  Me parece que el proceso ocurre en una forma exactamente inversa a la que presupone el considerar a los héroes padres de la patria. No es exacto pensar que la aparición providencial de un hombre elegido por los dioses haga brotar ideas no soñadas de la mente del pueblo. El héroe, en realidad, llega al final de un largo proceso de elaboración popular: es el hombre en quien culmina un esfuerzo, el brazo que resume una vieja ambición, el punto en donde revienta una corriente soterrada. El héroe, entonces, no es hijo de los dioses: es hijo de su pueblo. Lo que le da una ancha base para que afirme su voluntad es la circunstancia misma de su estirpe humana.

  Lo que el libertador, en América por ejemplo, tiene de admirable, es su capacidad de descubrir los sentimientos ocultos del pueblo. Debajo de lo que en el virreinato era pura representación, estaba el sentimiento de los blancos, los cobrizos y los negros que soñaban en la libertad, e iban sacando esta aspiración lejana como un relieve sumergido que cada vez se hacía más nítido. El libertador llega a ver ese relieve como si el sol golpeara en sus perfiles. Su oído se enamora de las palabras que el pueblo no pronuncia, porque el pueblo suele hablar por la voz del silencio. Pero nadie podría negar que en el fondo de aquella muchedumbre oscura y callada estaban latentes todas las posibilidades. Un libertador no hace sino descubrir, sacar a la luz todo aquello y señalar una hora para entrar en la lucha.

  Es así como a la historia griega de los héroes providenciales pudo oponerse la historia natural de los libertadores. El libertador no crea un mundo sacándolo de la nada. Es el quien debe tomarse por una creación. El pueblo modela de su propio barro y con sus propias manos, en generaciones de deseo y expectativa, al hombre que haya de conducirlo. Cuando el libertador brota es la flor del árbol de la vida.

  Es claro que el pueblo, entonces, expresa su entusiasmo, su reconocimiento, su emocionante gratitud hacia el hombre que ha sabido conducirlo, en palabras de una desbordante hipérbole. Aun en la vida cotidiana, la gente que es grata encuentra insuficiente el lenguaje para que logre traducir lo quiera expresar. La expresión  de todos los días- "no tengo palabras para agradecerte"- se emplea con el acento más sincero, porque así es, y una mujer no vacila en decir a otra: "Está divino el regalo que me has hecho". ¡Qué no puede esperarse de la lengua clamorosa de una nación en la vehemencia de sus grandes alegrías!

Para el pueblo, el héroe, el libertador, el capitán, el rey, quien quiera que logre coronar su ambición más recóndita, evidentemente realiza, es decir: convierte en realidad una antigua esperanza; pero es la fuerza misma de los hechos la que determina la aparición del personaje. En el momento oportuno tiene que aparecer el Bolívar que se haga cargo de llevar al pueblo a la victoria. No es un hecho incomprensible y casual el que justamente dentro de unos mismos años aparezcan en América, como un prodigio simultáneo, Bolívar, Artigas, San Martín, Sucre y O'Higgins. Si Bolívar llega al mundo en 1700, hubiera sido uno de tantos criollos que consumían su vida en las labores del campo o detrás del mostrador de una tienda, rumiando apenas ideales muy vagos que tardarían cien años en cristalizar.

  El proceso es universal y evidente. Nosotros no podemos suponer a una inteligencia como la de Santo Tomás, dentro del siglo XX, empeñándose en escribir una suma de los conocimientos teológicos y colocándose fuera de la vida de su tiempo. Las transformaciones de la política italiana van preparando el terreno hasta que un día justo la llegada de Maquiavelo es algo ineludible. Y lo mismo ocurrió para nosotros en América. Hubo un momento en que lo que estaba en la mente de todos cuajó en un conductor. Y por eso el libertador no es el padre de la patria.

  Se llega a esta conclusión lo mismo partiendo de un punto de vista material, haciendo la interpretación económica o marxista de la historia, que acercándose a una posición espiritual.  Desde el punto de vista material, el hecho es claro. La guerra de Independencia, como contradicción del régimen colonial, es el resultado de una serie de hechos económicos anteriores en muchos años al movimiento, que fueron formando una conciencia popular enderezada a la rebeldía: de esto tenemos un testimonio concluyente en las revueltas de los campesinos del siglo XVIII. Desde el punto de vista espiritual, y para referirme a la tesis de Jung, tan cuidadosamente expuesta en su hermoso libro Realidad del alma, detrás de la conciencia del momento existe la formación de los ideales en el inconciente. Y el inconciente es un sueño en donde van sumándose las experiencias de las generaciones, como si aquello no fuera sino un río o un mar de imágenes, según su propia expresión. Es así como la historia se encadena hasta en el mundo mismo de los sueños.

  No he de referirme al caso de otros héroes americanos con quienes tengo menos vinculaciones de paisanaje, sino sencillamente a la de mi libertador, don Simón Bolívar. Todos sabemos que él llega a Cartagena en 1812, y lo primero que hace es lanzar su célebre proclama que empieza: "Yo soy, granadinos, un hijo de la infeliz Caracas, escapado prodigiosamente de en medio de sus ruinas físicas y políticas, que siempre fiel al sistema liberal y justo que proclamó mi patria, he venido aquí a seguir los estandartes de la independencia". Pronto, detrás de sus banderas, los blancos y los negros del litoral, los bocas del Magdalena, los plebeyos de las minúsculas ciudades, los políticos que escriben desde la capital, parecen arrastrados por él. ¿Era el milagro de sus ojos electrizantes? ¿De su voz bien timbrada? ¿De su aire marcial? Seguramente no: era la fe que él ponía en el alma misma del pueblo, en la causa que ese pueblo defendía. Allí en Cartagena ya antes había hablado el pueblo. "La plebe -dicen los historiadores Henao y Arrubia- había tomado parte desde 1810 en los movimientos, llamada y exaltada por los patriotas principales, y adquirió preponderancia la gente de color". Pero mucho antes también, a la sombra de las murallas que iban levantando los soldados sustraídos a sus hogares por la presión del gobierno virreinal y negros arrancados a su África para hacerlos esclavos, habían murmurado muchas veces. La palabra de Bolívar casi puede traducirse en un "Yo estoy con vosotros", y éste es el secreto de su triunfo.

    Sube el guerrero a la cordillera, llega a las provincias en donde cuarenta años antes se levantaron los comuneros, y allí se vigoriza su ejército. ¿Milagro? No: sencillamente renacimiento. Con cuanto gusto y coraje no irían los hijos a vengar la memoria de sus padres cuyas cabezas fueron puestas en escarnio por haber pretendido hablar como gentes libres. Y así en todas partes. Cuando muchos años después se iba a dar la batalla decisiva, un ejército de llaneros se formó en las sabanas orientales donde la soledad parecía ser el único manto que arropara a los hombres. Pues bien: también cuarenta años antes esos llaneros habían jurado lealtad a un remoto rey de los incas, Tupac Amaru, porque se había levantado contra España.

  Lo mas curioso es la actitud que adoptan los indios del altiplano, los más silenciosos, los que más escondida llevan el alma y más plegados por el silencio los labios, cuando el ejército que llega de los llanos trasmonta el páramo y se dirige contra la capital del virreinato. Sobre un alfombra de homenaje corrieron los caballos de esa tropa. Los indios, si no entraban a la tropa, eran mensajeros que favorecían sus andanzas. La muchedumbre indiferente se tornaba activa, vivaz y favorable. Pero era la misma muchedumbre que durante tres siglos venía acariciando aquella empresa, y aun se había aventura a realizarla.

  Y esto lo mismo en el norte que en el sur, lo mismo en Venezuela que en el Ecuador o en Perú o en Bolivia. ¿Dónde esta el genio de Bolívar? En saber conducir. Las circunstancias que no sólo hacen posible el nacimiento del héroe, sino que lo determinan, no piden del conductor sino una cosa: que sepa ver el fondo de las corrientes que han de empujar su barca. Parece una falta de respeto, pero es la verdad: lo que tiene de grandioso el conductor es su sentido común, el reflejar y exaltar el sentido común, el tomar esa turbia idea de la plebe y mostrarla como algo irradiante y límpido.

  Sería equivocado suponer que el Libertador creara el alma de la república. Esa alma existía desde antes; esa alma fue la que él invocó al llamar los pueblos a las armas y la que a él mismo le animó. Lo que el Libertador hizo fue la parte formal: la república. El estado de ánimo del pueblo lo proyectó sobre la ley que dio fisonomía al estado político.

  Esta explicación que mira de modo tan reposado al fondo de la heroicidad americana, y despoja de su aureola divina a los libertadores, no querría yo que se tomase en ningún caso como una repudiación desconsiderada de las grandes obras en donde se trata a los libertadores como el brazo armado de la divinidad, es decir, donde se les muestra al modo griego. La consagración que en esta clase de obra literaria se hace de los grandes conductores no tiene el cándido valor de una superstición vulgar, sino que tiende a consagrar con apasionado arte literario algo que ha conmovido a la nación. Es así como aún hoy el mito es bien recibido por las gentes cultas. Los escritores modernos que tratan a los héroes, no desde el punto de vista de su aparición lógica, sino de su irrupción milagrosa, lo que hacen, en el fondo, es inclinarse con ternura ante la fuente de los ideales populares, que en realidad es sagrada. Y desde este punto de vista me parece que la glorificación mítica de los héroes es sana en cuanto es una especie de acatamiento democrático, una zona en donde lo popular y lo culto se hermanan y caminan confundidos en una misma canción.

  Pero si la historia se mantuviera en ese terreno mítico, perdería su sentido causal; no nos serviría para explicar los grandes progreso de la humanidad, sería una enemiga inexplicable de la sociología. A la historia literaria y griega hay que contraponer ciencias positivas, como una rama de la disciplina moderna está sujeta al análisis y a la investigación rigurosa, los relatos de esta historia natural vendrán a ser documentos para el estudio de la sociedad.

  No es tan sencillo empeño éste de reducir el pasado de nuestros pueblos de una leyenda poética a la que fue, es decir: un progreso humano. Pero esto no obsta para que el pequeño se haga aún en campos que parecían cerrados a todo propósito de humanización. Tal es el caso, por ejemplo, de la historia del Cid. Y, sin embargo, un hombre como Menéndez y Pidal lo ha intentado en cierto libro ejemplar, anticipándose a declarar su propósito con estas palabras: "Al interrogar de nuevo las fuentes históricas evitaremos por igual el deformar peyorativamente los testimonios musulmanes, según el gusto truculento de Dozy, y el dar valor absoluto a los elogios latinos, como hicieron los que bajo Felipe II incoaron en Roma el proceso de canonización del Cid: pensaremos únicamente en que no debió ser un santo quien ejercitó la guerra toda su vida y que no pudo ser un hombre sin fe ni ley el que Ben Bessam mismo exalta como uno de los grandes milagros de Dios y el que historiadores y poetas coetáneos miran como un héroe cuya muerte, al decir de una crónica francesa, sumió en gran duelo a la cristiandad".

  Lo que ocurre en los héroes, les ocurrió a nuestros héroes, fue que en los momentos culminantes de su lucha se transformaban por ese fenómeno natural de sublimación que exalta las potencias del hombre cuando llega a momentos decisivos de su vida. Es curioso ver cómo jamás al hombre que  va a posesionarse de la presidencia de la república, ni al que se prepara para dar la última batalla, le sobreviene ninguna de esas pequeñas enfermedades imprevistas que a nosotros suelen detenernos en los momentos siempre vulgares de nuestra vida sin sorpresas. Las circunstancias de la lucha cambian la calidad de las cosas, así como el aguar el hervir se transforma en la fuerza nueva del vapor. Esto es lo que los marxistas señalan con notorio acierto al hablar de los cambios que se producen cada vez que en el proceso sin término de las contradicciones humanas se abren camino las nuevas ideas.

  El hombre que está colocado al frente de un pueblo en trance de emanciparse, por ejemplo, y que va a la guerra, sufre el tránsito de la razón tranquila, que le muestra lo deplorable de los regímenes tradicionales, a la pasión heroica, que le arma de coraje. Entonces el sacrificio entra naturalmente al plano de su vida cotidiana. Ocurre lo que se ha llamado con justa razón el "compromiso sagrado" con el pueblo. Y ahí termina, a mi modo ver, lo que en realidad hay de extraordinario en la humanidad de los héroes. (*)

(*) Fuente: Germán Arciniegas, en Este pueblo de América, México, 1945. También editado en Gabriel Cristian Taboada, Antología del ensayo latinoamericano, Sánchez Terruelo editor, 1994, pp.164-171.