América, Europa, y la tarea de la educación, por Mariano Picón Salas

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 El escritor venezolano Mariano Picón Salas (1901-1965) se destacó en el ensayo, la novela, la historia y la biografía. Fue también profesor y diplomático. Escribió De la conquista a la Independencia: tres siglos de historia cultural (1944), donde brillan sus condiciones de literato e historiador. Una de sus máximas obras, perteneciente al género ensayo, es Regreso de tres mundos: un hombre en su generación (de donde procede el texto que aquí presentamos). También le dedicó una serie de conferencias al gran educador Andrés Bello, Interpretación de Andrés Bello. Problema y método de la Historia del Arte (1933). Intentó auscultar en el alma de su país en Comprensión de Venezuela (1934). Es autor de las novelas Registro de huéspedes (1934) y Los tratos de la noche (1955), y de biografías sobre Miranda y Pedro Claver, y de numerosos libros de ensayos y crítica (entre sus obras de ensayos, además de la ya mencionada Regresos..., Los malos salvajes (1962) ).

  En este nuevo momento de Textos olvidados rescatamos la meditación del escritor venezolano en torno a varias temáticas entrelazadas: la enseñanza como añoranza de las experiencias ya vividas; la cultura europea como fuente de ideales de belleza y de valores artísticos profundos; los lazos indisociables, a pesar de la Independencia, entre América y la cultura hispánica. Y el descubrimiento de "nuevos horizontes mentales" como "la tarea superior de toda educación". Entre la lírica y el humanismo de este escrito de Picón Salas emerge la difícil temática de precisar la naturaleza y el alcance de las raíces europeas de lo americano. Quizá el escritor de Mérida cultiva una excesiva valoración de la riqueza cultural europea (aunque esta ponderación es compensada por la denuncia de los totalitarismos demenciales generados por la Europa del pasado siglo). De todos modos, Pincón Salas busca una comprensión realista de la compleja configuración cultural de lo americano donde lo indígena y lo europeo tuvieron un parejo protagonismo fundamental. Esto explica su afirmación de que "Dante, Montaigne y Fray Luis de León están, por lo menos, tan cerca de nosotros como Quetzacóatl y Manco Capac". Pero tal vez es su defensa humanista de la fuerza elevadora de la educación la cúspide de su escrito; allí, donde se asegura que "el hombre sería una criatura fea y desvalida, casi inferior en marca de naturaleza por donde vuelan tan bellas y ligeras aves y rugen tan espléndidos leones, si no fuéramos también habitantes y exploradores de un mundo espiritual  que no perece con la destrucción física, y con cuyas cenizas se fecunda la historia".

E.I

 

Página de homenaje a Mariano Picón Salas con bibliografía, textos y fotografías:   http://www.marianopiconsalas.org.ve/bio.htm
 

 

 AMÉRICA, EUROPA, Y LA TAREA DE LA EDUCACIÓN 

(En Regreso de tres mundos, México, Fondo de Cultura Económica, 1959)

Por Mariano Picón Salas

 

  ¿Qué enseñará después de surcar las sirtes de la vida y bajando a las aguas heladas, al fiordo de desengañados líquenes donde ancla la vejez y nos cubre la muerte, un hombre que recorrió tantas moradas y probó experiencias y oficios? Aviones y barcos rápidos nos llevan hoy a todas partes, y sin ser rico conocí ríos y ciudades, monumentos y países que nunca estuvieron en la lenta geografía de mis antepasados. Ignoro si junto a los templos mayas, sobre la tierra desolladamente blanca del mundo, entre serpientes de piedra, gradas milenarias y arbustos espinosos castigados por el sol, o en ese continente donde la tierra se vuelve agua y todo flota y emerge como en el primer día de la creación que es el mundo amazónico, o en la Selva Negra, Francia, Austria, parientes -con frecuencia vestidos de negro- que visitaban mi casa en los Andes venezolanos. Y para la sabiduría secular era más sensato quedarse con la porción de suelo, el manso caballo de paso y el oficio que heredamos, que salir por el mundo en desordenado y absurdo afán. "¿Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, son de alguna utilidad?", se preguntaba una de las fábulas escolares que leía en mi infancia. Pero acaso, diabólicamente, desde jóvenes estábamos tentados de romper esos límites de conformidad o seguridad que nos daban la familia, o las cosas conocidas. Con frecuencia trocamos lo firme y permanente por lo incierto y azaroso.

  (...) Uno de los más bellos y viejos libros del mundo, Los proverbios, quiere que el hombre que vivió bastante entienda "parábola y declaración" y sepa transmitirla a los demás. "Dará sagacidad a los simples", "inteligencia y cordura a los jóvenes", traducirá "las palabras de los sabios y sus dichos oscuros", aconseja el sagrado libro. Pero, a pesar de Salomón, hijo de David, ¿no es intransferible toda experiencia humana, y el dolor y la prueba que sufrimos sólo nos sirve a nosotros mismos? Cada uno siente su propia cicatriz, y aún en el amor más ardiente, en la cópula más dichosa de los cuerpos y las almas, todavía subsiste en la piel y en el aliento un poco de rebelde soledad. "Hay un sitio, amada, de mi memoria y mi conciencia, donde no llega tu compañía", acaso decimos en la hora de amor más perfecto. Como Eva y Adán, después del pecado, cada uno se aleja del otro y marcha con su sombra y cavilación al salir del paraíso. Al final estamos desamparados con nuestro destino, trazamos la parábola de nuestros aciertos o equivocaciones como si la existencia personal fuera apenas la maduración de una semilla que trajera al nacer su inconfundible sustancia de destino. Las cosas fueron así porque no podían ser de otro modo: Napoleón no se parece a Carlomagno ni Víctor Hugo a Baudalaire. Si lo puramente animal puede ser la experiencia gregaria: las hormigas, las golondrinas, los monos araguatos, lo humano es lo desgarradamente individual. Nos asimos, contra la indiferencia de la naturaleza al hilo frágil o sangriento de nuestra suerte. Cada hombre -ya lo decía Montaigne- no da sino el reflejo de lo humano en sí mismo; apenas puede contar qué paso por sus vísceras, su memoria, su corazón.

  Toda enseñanza que pretendemos ofrecer se trueca así en añoranza. Como el marino viejo, retirado de su nave, detenido en el muelle donde ya no zarpará, evocamos los colores, dichas y trances de la expedición. Oímos u olemos con la memoria -lo más persistente del hombre- la tempestad y la bonanza; el monzón que deshacía las velas, las calmas del mar ecuatorial, el negro verdor de los sargazos y la llaga roja del promotorio estéril. Revivimos el tatuaje y la borrachera; el deleitoso cansancio que nos daba aquella mujer, y nuestro dormir jadeante, confundido en su cuerpo, como en otro alzado mar bravío. Tantas noches y días de asombro y zozobra medidos por nuestras esperanza, cólera o deseo. Cita de amante, desafío de enemigo o simple abandono a lo que trae la calle rumorosa, el cuento de la prostituta y el conspirador. Vivir es como ver pasar caras en una metrópoli pululante, junto a las luces de la calle 42 en Nueva York, entre bandas luminosas de noticias y asuntos comerciales. Las caras pasan como los nombres de los primeros ministros y los lugares lejanos. Después de tanto escuchar y ver, ómnibus y hentes, iremos con el cuerpo más cansado a buscar un sitio donde dormir. Somos el hombre solo que extiende su camisa, tira sus zapatos manchados de polvo y cierra el conmutador de la luz. Mañana -si no hay catástrofe, cae una bomba atómica o invaden los marcianos- las gentes harán las mismas cosas; pasarán los mismos barcos por el río Hudson, vendrán los mismos trenes atestados de trigo y acero, morirá un millonario o un presidente de la Corte Suprema, y caerá más niebla y espuma, un poco más oxidada vejez, en la estatua de la Libertad. Y el estupor tremendo, la prisa sin pausa de los hombres, la altura de los edificios, el acoso de los avisos, la quiebra del mercader y el suicidio de la muchacha engañada habrán de seguir hasta que no quede memoria de nosotros.

  (...) La historia, la más bella y trágica obra de Dios, es una incansable devoradora de tiempos. Los hombres -aun los más famosos- pasan por ella como transitorios y siempre renovados bailarines de un club nocturno. ¿Este club cierra, después que pasa la grande y tumultuosa noche de Dios, que se llama la eternidad? Ved los nombres, los disfraces patronímicos con que acudieron a la fiesta. Romanos; germanos del tiempo de Tácito; galos del tiempo de Clodoveo; sajones del tiempo de Otón; señores feudales, príncipes, obispos; doctores de la escolástica y humanistas del renacimiento. Tomas de Aquino, Dante, Erasmo, son ya para nosotros extraordinario espectáculo, casi plácidos y encantados fantasmas de la imaginación culta. Sobrevive sólo el grande y desinteresado quehacer del hombre cuando se borraron sus cenizas. La Virgen de las rocas es ya más importante que el hombre llamado Leonardo; los Pensamientos, que el frágil y enlutado gentilhombre que firmaba Blas Pascal. Polvo de inmortalidad es lo más viviente de Europa aunque el Sena siga corriendo por la misma "cité" donde enseñaban Siger y Abelardo o maldecía Villon, y el Modalva arrastre la corona sagrada de San Wenceslao.

  Continente creador de formas, desde la que dibujaron los griegos en el ritmo de sus ánforas hace dos mil quinientos años, hasta la composición de los grandes cuadros renacentistas, la maravillosa fantasía, risueña y domada de Miguel de Cervantes, los conciertos de Bach, la prosa de los franceses, los imponderables ensayistas ingleses, sería absurdo no pedirle a la cultura europea -en nombre de nuestros excluyentes númenes americanos- ese aprendizaje que ella puede comunicarnos. Y los mejores hombre de América, de las dos o tres Américas, ya se llamen variadamente Bolívar, Jefferson, Miranda, Andrés Bello, José Martí o Rubén Darío, descubren a través del universalismo europeo su propio destino nacional o continental. ¿Hubiera sido tan claro y elocuente, tan fogosamente preciso Simón Bolívar si no aprende su misión de libertador en las grandes utopías y sistemas, en el ardiente filantropismo de los pensadores del siglo XVIII y en aquel recorrido romántico, en busca de su gran vocación, que hace por Europa en compañía de su maestro Simón Rodríguez? ¡Cuánto de Grecia y de Roma, de agudeza volteriana y enciclopedismo francés - criollizados por su tremendo temperamento -nos devuelve toda su gran obra de conductor político! Él nos había libertado para que los venezolanos saltásemos desnudos a una mata de coco o regresáramos a la selva orinoquense con una cerbatana y un poco de curare, sino para que disfrutásemos, sin pedir permiso a inquisidores y alguaciles, de todos los recursos de la civilización. ¿No sueña este hombre visionario, mientras remonta el Orinoco y a veces tiene que dormir en un cuero seco o en un rústico chinchorro indígena y pedir al sirviente negro que le espante la demasiada plaga, en crear areópagos morales que recuerden los de los hombres más justos de Grecia, y en traer a América sabios y filósofos que domesticaran la rudeza de las costumbres y gentes? La discordia de América en el tiempo de Bolívar- y ha seguido siendo a través de nuestra historia- no era contra la Europa de Voltaire y de Locke, de Mozart y de Goya, sino contra las de los Borbones y la Santa Alianza. Hombres como Jefferson y Bolívar más bien aspiraban que América realizara, antes que las propias naciones de Europa, aquella esperanza de plena libertad humana tan viva en el pensamiento europeo. Por eso, nunca rigió para mí esa antítesis que pretende oponer una inspiración americana que ha de soplarnos en horas de trance o de sueño, a la tradición cultural que nos viene de Europa. Quizá el secreto -como ya lo entrevió un educador de la grandeza de Andrés Bello- sea utilizar esos métodos, formas y experiencias que recibimos de las culturas más viejas para definir lo intrínseco de nosotros. Esto no lo lograríamos con métodos guajiros y otomanos que desgraciadamente no existen.

  Como soy escritor y no hombre práctico, Europa depuraba mi conciencia estética. Me hacía, acaso, peligrosamente vigilante contra la fealdad y el desorden desmalazado. Una casa fea, unos colores mal combinados, me sublevan como el peor acto moral. Hay un crimen contra las cosas; asesinatos microscópicos contra los buenos dones que Dios nos dio: luz, colores, plantas, cal, greda, tierra, que realizan cada minuto las gentes insensibles o ignaras. Gritan sin necesidad; maltratan los animales, adulteran la función natural de los objetos. Su vacía ansia de pompa rompe todo ritmo, claridad y sencillez. Compadezco a aquellos seres que pasan por la vida, a veces ahítos de prosperidad y riqueza, pero sin afinar sus sentidos, sin aprender a ver, a oír, a palpar. Si toda ascesis -como la del yoga o la del santo- es dificultosa para el hombre, quizás a través de los sentimientos estéticos podemos obtener no sólo el disfrute de la belleza, sino también contención y elegancia moral que haga más grata y soportable la sociedad de los hombres.

 Desde la cortesía para tratar a las personas hasta el arreglo de las cosas y la claridad de nuestra sintaxis, parecen el necesario combate contra el furor de la vida; la "paideia" que el hombre opone al instinto primigenio. Salvarme de la improvisación y de la violencia suramericana era mi primer reclamo a las musas de Europa. Si Renan oraba ante el Acrópolis su inferioridad de "cimeriano" que había llegado tarde al mundo de la cultura, ¡con cuánta mayor validez se imponía nuestra peregrinación de neófitos ante los monumentos, los cuadros y los libros de la civilización europea! O tocar las informaciones un poco muertas y enumerativas que nos dieran los programas escolares, en apasionadas vivencias. Ningún texto texto de historia del arte puede transmitirnos los colores cabales de Vermeer o de Goya, la composición de los florentinos, el mito de Icaro y la sensación del vuelo partiendo de la más sustanciosa materialidad de la tierra, como nos las ofrecen las figuras de Rubens. Y pese a los rabiosos autoctonistas, nuestros códigos de conducta, nuestras tabla de valores morales y estéticos no se fundaron en las selvas de América sino entre los letrados, los filósofos, los humanistas europeos. Quizás por escribir en idiomas latinos, Dante, Montaigne y Fray Luis de León están, por lo menos, tan cerca de nosotros como Quetzalcóalt y Manco Capac. Y muchos voluntariosos fundadores de pueblos americanos, un poco tatarabuelos nuestros, habían pasado por las aulas de Salamanca y soñaban revivir en su aventura indiana las novelas de caballería y las hazañas del Romancero. La situación cultural de América no es la misma de aquellos viejos, casi incambiables y milenarios imperios asiáticos donde los europeos llegaron tardíamente y se aislaron en las factorías o en la concesión "blanca", mientras los nativos seguían orando a la trinidad hindú y a los inmensos Budhas de Birmania. El español de América dormía con la india, frecuentemente se la llevó a la casa para reemplazarla a la esposa europea, y le enseñaba versos de Garcilaso. Pocas veces me sentí más hispanoamericano y recordé con más añoranza la huerta familiar, la casa de mis abuelos, la arcaica cortesía de las gentes- como en la Mérida venezolana de mi infancia- que en algunas pequeñas ciudades extremeñas y andaluzas: en Carmona o Ecija, en Ronda y Antequera.

  (...) Al compararla con la América de nuestro afán, Europa suministraba otros elementos de juicio y comprensión histórica. El viejo continente había vivido todas las fiebres de crecimiento y ajuste humano que padecemos en el Nuevo Mundo; asimiló y refinó bárbaros; rompió torreones y barbacanas feudales, tusó las largas pelucas de los reyes absolutistas hasta convertirlos en monarcas constitucionales o presidentes de República; hasta sustituir las cortes y cámaras secretas en parlamentos modernos. Ofendió con la codicia y el furor colonialista a pueblos lejanos e inocentes que debían aprender francés e inglés a cañonazos, pero creó también las ideologías para que los pueblos coloniales se sublevasen. A veces, también -como en las horribles dictaduras totalitarias-, olvidó mucho de lo que había aprendido en su sabia y tolerante madurez y se lanzó en expediciones peligrosas al irracionalismo primitivo. De tanto poseerla, se fatigó a ratos de la cultura y aun empezó a destruirla como el anciano - mucho tiempo prudente- que una noche llegaba borracho a su casa. Pero era la templanza y no el furor europeo, los versos de Goethe y de Schiller  y no la abominable literatura de Mein Kampf, lo que parecía necesario aprender. Los totalitarismos en la forma eruptiva y elemental como se desarrollaron en Europa después de la primera gran guerra, acaso nos enseñaban que en el civilizadísimo Viejo Mundo todavía hay multitudes miserables y frustradas, gente resentidas que ni siquiera pudieron llegar al muy europeo ideal de una cultura mediana. ¿Y si la lucha por una civilización realmente humanizada puede sufrir aun en Europa tan trágicos colapsos como el que ejemplarizan los totalitarismos, cuánto aún debemos aprender los hispanoamericanos en el difícil camino de la concordia del hombre! ¡Qué abismo de siglos, de novelas espirituales separaban a los hombres excelsos que a veces hablaron por la estirpe entera- un Bolívar, un Martí, un Rubén Darío- de las multitudes humilladas, vejadas y sumisas que constituían sus pueblos!

  Los caudillos y dictadores, fatídicamente frecuentes en nuestro proceso político, eran comparables a aquellos "condotieros" de comienzos de la Edad Moderna que tuvieron que aprender de los humanistas y del estilo ceremonial de las cortes, para convertirse en soberanos o grandes duques. Maquiavelo quería trocarse, así, en pedagogo de los bandoleros que asolaban Italia a fines del siglo XV, y aceptando todavía sus excesos, pretendía orientarlos hacia un ideal político superior. Baltasar de Castiglione deseaba enseñarles a comportarse, a conversar, a apreciar las obras de arte. Se había roto con el naciente individualismo moderno el orden ético y religioso de la Edad Media o el santo temor a Dios se reemplazó por la violenta autonomía de la aventura, y era preciso crear un nuevo orden civil y terrenal. Ya no se trataba sólo de ganar el cielo sino de que hubiera más seguridad y belleza en la tierra. Ha sido -a pesar de las guerras y las revoluciones- la obra más valedera de Europa en los últimos cinco siglo.

  Formar ese orden civil donde florezca la cultura y se respeten las más hermosas obras del hombre, no es solamente tarea de políticos sino de educadores y humanistas. ¡Cuántos modernos Baltasar de Castiglione nos hubiera hecho falta para enseñar siquiera ademanes, sosiego, buena conversación o mejor meditación a tantas gentes que pretendían ser dominadores de la sociedad en nuestro confuso mundo suramericano! Sólo la educación, una inmensa, repartida, inagotable educación, podría vencer los horribles desniveles de pensamiento y conducta que agrietan nuestra existencia colectiva.

  Pulir y afinar la conciencia del hombre para que sea cada día más humana, es decir, más perfectible; para que no se petrifique en la rutina y salga a conquistar nuevos horizontes mentales, es la tarea superior de toda educación. Educación que no acaba de dar la escuela porque tenemos que revisarla y cuidarla cotidianamente. Ante la historia todos somos un poco Robinsones que necesitamos experimentar lo que paso al lado nuestro, o crearnos alas en la imaginación para ser un poco contemporáneos de los grandes hombres; para entender la cólera de Dante o la sonrisa de Cervantes. Para que más allá de la servidumbre de nuestros sentidos que reclaman sexo y comida a tiempo, nos remontemos del mundo biológico de la necesidad, al mundo de los valores. Y éstos, desde un tiempo tan viejo como el de Platón, se llaman Amor, Bien, Justicia, y Belleza. El hombre sería una criatura fea y desvalida, casi inferior en marca de naturaleza por donde vuelan tan bellas y ligeras aves y rugen tan espléndidos leones, si no fuéramos también habitantes y exploradores de un mundo espiritual  que no perece con la destrucción física, y con cuyas cenizas se fecunda la historia. Que todas las gentes tengan acceso a esa "Eclessia" universal del espíritu en que aún hablan para la humanidad los poetas y los profetas; en que se conservan los cantos de Homero y el Sermón de la Montaña, me parece tan necesario para el bienestar del hombre como el sueño y la nutrición. Y en toda hora de soledad humana, cuando ya no somos solamente los brazos que levantan la polea, el estomago con apetito y el pulmón que respira, surge en nosotros ese ímpetu de trascendencia que conduce al arte, la filosofía, la religión. No sólo es la explicación del mundo físico - como querría todo materialismo- sino el ingreso en otra comarca fantástica, caviladora, pero también liberadora, que llamaríamos poesía y metafísica.

  Ya contra la barbarie y la servicia, los desniveles de la cultura y del resentimiento de muchas gentes y pueblos oprimidos que aun no alcanzan a sublimarlo (tragedias frecuentes de la vida hispanoamericana), me servían el estudio y la meditación como lámpara de minero que transita en la oscuridad. Quise evitar los odios que salían al camino para enredar y vencer a los Absalones caminadores, y seguí la ruta como si más allá de todas las distancias encontrásemos un reparo de serenidad y belleza. Pretendí pedir a mi trabajo intelectual mucho más que un artificio: una norma para ser más avisado, más tolerante y más libre. ¡Conciencia, no me abandones! es el grito del hombre que quiso pensar y deliberar con justicia en la angustiosa lucha existencial. Y si dedujera, de todo este polvo y ceniza de la vida que se enreda en nuestras botas caminantes, alguna "parábola y declaración" como quería el milenario autor de Los proverbios, ése sería mi humilde experiencia. Por el ejercicio espiritual, la vida se hace más atareada y más corta, y la muerte ha de entrar en la casa encontrando todavía un libro abierto, una lámpara encendida hasta que cantaron los gallos en el alto frío de la noche, y una página comenzada para decir nuestro asombro ante el mundo. Con tantas luchas y andanzas, elaboramos -y ya nos sentíamos satisfechos - un poco de comprensión y acaso de felicidad. Pasaron por nuestro ojos y nuestra mente algunos tesoros de los que no sospechaban tantos prósperos y enviados millonarios. El estudio y la reflexión también servían para dominar malos impulsos y desvanecer peores sueños. (*)

(*) Fuente: en Mariano Picón Salas, Regreso de tres mundos, México, Fondo de Cultura Económica, 1959. Editado también en Gabriel Cristian Taboada, Antología del ensayo latinoamericano, Sánchez Terruelo editor, 1994, con el nombre de "Añorantes moradas", pp.185-192.