Benvenuto Cellini, el cuerpo y el Renacimiento, por Hipólito Taine

strict warning: Only variables should be assigned by reference in /home/temakel/public_html/modules/links/links.inc on line 1121.

El Renacimiento fue una colorida tormenta de pasiones. Sus vientos vehementes atravesaron el siglo XVI y recorrieron Europa. En la Italia renacentista las guerras civiles desgarraron las repúblicas libres y los reinos. Los condotieros se imponían unos sobre otros en el campo de combate. El arte regresaba al canon de la belleza natural de raíz grecorromana. El universo geográfico se ampliaba mediante los descubrimientos. Se expandía el humanismo, la reforma protestante y la libre interpretación de la Biblia. Y en este valle de fineza y violencia nació el genial artista florentino Benvenuto Cellini (1500-1571). Una polifacética personalidad que expresa acabadamente la médula del Renacimiento, de ese periodo donde convivieron la conmoción y la belleza. Cellini era una fogata de pasiones incontrolables. En una época que practicaba el asesinato como algo cotidiano, sin ningún temor o vacilación Cellini apeló al filo de una espada o un puñal para vengar afrentas. Mató a muchos; algunas de sus víctimas fueron hombres desconocidos, y otros personajes encumbrados. Uno de sus asesinatos lo llevó a ser juzgado por el propio Papa. El obsequio al Sumo Pontífice de unas finas piezas de orfebrería realizadas especialmente por Cellini le fue de especial valor para salvarlo de un castigo mortal. Con destreza y valor escapó del castillo Sant' Angelo. Numerosos actos de audacia y valor pueblan sus Memorias, un valioso fresco del universo renacentista. Pero es esencialmente su obra artística la que le aseguró su celebridad. Su estatua de Perseo alzando la desmembrada cabeza de la Medusa; su Narciso; su Ganímides y el águila, y sus exquisitas piezas de orfebrería.

  Hipólito Taine (1828-1893) es uno de los máximos historiadores del arte en la Francia del siglo XIX. Contemporáneo de Renan, le atrajo poderosamente la reflexión sobre el sentido del arte. Producto de esta actitud es su monumental Filosofía del arte. Allí analiza el arte bajo las continuas y determinantes variables del medio social y la geografía. Cuando Taine exploró el arte y la cultura del Renacimiento encontró dos caminos. El Renacimiento puede ser expresado a través de doctrinas y procesos generales; o puede ser entendida mediante la vida Benvenuto Cellini. Para el esteta francés, la robustez y habilidad física de Cellini explican la gravitación y la trascendencia del cuerpo como motivo pictórico en el arte renacentista. En este nuevo momento de Textos olvidados de Temakel, rescatamos ahora la olvidada recreación de Taine de la intensa existencia de una individualidad feroz y refinada, destructiva y creadora. Cellini, el artista y el hombre de pasiones violentas, emblemático exponente de una época donde la armoniosa belleza artística coexiste con la furia.

E.I

 

BENVENUTO CELLINI, EL CUERPO Y EL RENACIMIENTO (*)

Por Hipólito Taine

 

   Hay un personaje cuyas Memorias escritas de su mano con un estilo muy sencillo, sumamente instructivo, harán desfilar ante vuestra imaginación con mayor realidad que un tratado, la manera de sentir, de pensar y de vivir de sus contemporáneos. Benvenuto Cellini puede ser considerado como un compendio en alto relieve de las pasiones violentas, de la vida aventura, del genio espontáneo y poderoso, de las facultades ricas y potentes que hicieron surgir el Renacimiento en Italia y que, devastada la sociedad, crearon las bellas artes.

  Lo que primera llama la atención en este hombre es la gran fuerza de su resorte interior, su carácter enérgico y valeroso, su iniciativa vigorosa, la costumbre de las decisiones súbitas y las resoluciones extremas, su gran capacidad de acción y resistencia; en resumen la fuerza indomable de un temperamento íntegro. Tal era el soberbio animal, valeroso, luchador y extraordinariamente fuerte, que las rudas costumbres de la Edad Media habían plasmado, y que una larga paz y un orden estable han ablandado entre nosotros.

  Benvenuto tenía dieciséis años, y su hermano Juan catorce. Un día, como Juan recibiera un insulto de otro joven, lo desafío. Fueron a la puerta de la ciudad y se batieron a espalda. Juan desarmó a su enemigo; lo hirió y la lucha continuaba cuando llegaron los parientes del herido que acometieron a Juan a estocadas y a pedradas con tal energía, que el pobre niño cayó herido. Llegó en ese momento Benvenuto, cogió la espada y se arrojó sobre los agresores, evitando las piedras como podía y sin apartarse un ápice de su hermano. Estaba a punto de perder la vida cuando algunos soldados que pasaban, admirados de su valor, tomaron parte en la reyerta y lo ayudaron a salir del trance. Entonces colocó a su hermano sobre sus hombros y lo transportó a la casa paterna.

  Encontrareis en su vida cien rasgos de energía semejante. Por milagro no ha matado o ha sido muerto veinte veces. Siempre tiene la espada, el arcabuz, o el puñal en la mano, en las calles, en los caminos, contra enemigos personales, soldados desbandados, bandoleros, rivales de todas clases; se defiende con vigor, pero prefiere atacar. El más extraordinario de todos estos hechos es su evasión del castillo de Sant' Angelo, done estaba encerrado a raíz de un homicidio que cometiera. Logro descender desde esa altura enorme por medio de cuerdas que había tejido con las sábanas de su cama; encontró un centinela, pero éste se atemorizó ante sus aspecto de feroz resolución y fingió no haberlo visto; franqueó por medio de una viga el segundo foso, ató su última cuerda a la muralla y se deslizó. Pero como esa cuerda era demasiado corta, cayó y se rompió unas pierna por debajo de la rodilla; se vendó entonces la pierna y se arrastró perdiendo sangre hasta la puerta de la ciudad; estaba cerrada; se escurrió por debajo, para lo cual debió cavar la tierra con un puñal. Fue atacado por varios perros y destripó a uno. Por fin encontró a un mozo de carga y se hizo conducir por él a la casa de un embajador amigo suyo. Se creía a salvo, pues tenía la palabra del Papa; pero de pronto lo volvieron a prender y lo encerraron en un calabozo infecto que sólo recibía la luz del sol dos horas por día. Cuando llegó el verdugo se sintió movido a compasión y le perdonó la vida. Desde entonces se contentaron con retenerle cautivo; el agua filtraba por las paredes, la paja del lecho se podría, sus heridas no cerraban. Así paso varios meses; la robustez de su físico resistió hasta el fin. Un cuerpo y un alma tan duramente templados parecen de pórfido y de granito, y los nuestros, por comparación, de yeso y arcilla.

  Pero, tanto como era fuerte su constitución, era rica de dolores naturales su alma, comparable en flexibilidad y abundancia a esos espíritus intactos. En su familia había grandes ejemplares. Su padre era arquitecto, un buen dibujante, músico apasionado, tocaba la viola y cantaba sólo por afición; fabricaba excelentes órganos de madera, clavicordios, violas, laúdes, arpas; trabajaba bien en marfil, era muy hábil en la construcción de maquinas, tocaba la flauta entre los pífanos de la señoría, sabía un poco de latín y componía versos.

  Los hombres de ese tiempo son universales. Sin contar a Leonardo de Vinci, Pico de la Mirandola, Lorenzo de Medicis, León Bautista Alberti y los genios superiores, es frecuente encontrar gentes de negocios, monjes, artesanos que por sus gustos y sus costumbres se elevaban al nivel de los ocupaciones y de los placeres que hoy parecen patrimonio exclusivo de los hombres más cultos y de la naturaleza más delicadas. Cellini pertenecía a ese número. Había llegado a ser excelente tocador de flauta y de cornetín a pesar suyo, pues tenía horror a esos instrumentos y sólo se ejercitan en ellos por complacer a su padre. Además de esto, desde muy joven fue excelente dibujante, orfebre, niquelador, esmaltador, estatuario y fundidor. Al mismo tiempo resultó ser ingeniero, armero, constructor de máquinas y fortificaciones; sabía cargar, manejar y apuntar las piezas, mejor que los profesionales. En el asedio de Roma por el condestable de Borbón con sus bombardeos causó grandes destrozos en el ejercito sitiador; excelente tirador de arcabuz, con su propia mano mató al condestable. Fabricaba él mismo sus armas y su pólvora, y derribaba de un disparo un pájaro a doscientos pasos de distancia. Su genio de inventiva era tan fecundo, que en todo arte y en toda industria descubría procedimientos nuevos, de los cuales guardaba el secreto, y que excitaban "la admiración de todo el mundo". Es la era de los grandes inventos; todo en ella es espontáneo, se huye de la rutina y los espíritus son tan fecundos que no se aproximan a cosa alguna sin dejar su huella.

 Cuando la naturaleza es tan vigorosa, posee tan ricas dotes y es tan productiva; cuando las facultades actúan con tal fuerza y precisión; cuando la actividad es tan continua e intensa, el tono ordinario del alma es un desborde de alegría, una verbosidad y un júbilo extraordinario. Por ejemplo, se ve a Cellini, después de aventuras trágicas y terribles, emprender un viaje; "durante todo el camino-decía él- no hice más que cantar y reír". Esta rápida reacción del ánimo es frecuente en Italia, sobre todo en esta edad en que las almas son aún sencillas. "Mi hermana Liberata -dice-, después de haber llorado un poco conmigo a su padre, a su hermana, a su marido y a un niño pequeño que había perdido, pensó en preparar la cena. Durante toda la velada no se habló más de muerte, sino de mil cosas alegres y locas; así que nuestra comida fue de las más agradables".

   Las agresiones, los asaltos de las tiendas, los peligros de asesinato y de envenenamiento que rodean la vida en Roma, están entremezclados con frecuentes banquetes, mascaradas, invenciones cómicas y amores de tal crudeza y desenfado, desprovistos de toda dulzura y de todo secreto, que recuerda la soberbia desnudez de los cuadros venecianos y florentinos de la época. Podéis leerlos en el texto; son cosas demasiado crudas para ser mostradas en público. Sin embargo, no son más que desnudeces, pues no están empañadas por la baja pornografía o la obscenidad. El hombre ríe francamente y busca el placer libre, como el agua corre por su pendiente; la salud del alma y de los sentimientos intactos y jóvenes, la fogosidad animal exuberante, vibran con la voluptuosidad como vibran en las obras o en la acción.

 Una estructura moral y física semejante conduce naturalmente a la brillante imaginación que os describiría hace poco. El hombre así hecho no percibe los objetos fragmentariamente y por medio de las palabras como nosotros lo hacemos, sino en su conjunto y medio de imágenes. Sus ideas no están desarticuladas, clasificadas, fijadas en formulas abstractas como las nuestras; surgen enteras, coloreadas y vivientes. Nosotros razonamos y él "ve". Por esta causa es frecuentemente un visionario. Estas cabezas tan henchidas y pobladas de imágenes pintorescas están siempre en ebullición o agitadas por la tempestad. Benvenuto tiene creencias de niño; es supersticioso como un hombre del pueblo. Un tal Pierino, que vilipendiaba a él y a su familia, gritó en un momento de cólera: "Si lo que digo aquí no es verdad, que me se me caiga la casa encima". Efectivamente, algún tiempo después se hundió su casa y le rompió una pierna. Benvenuto no deja de considerar este acontecimiento como obra de la Providencia, que ha querido así castigar la impostura de Pierino. Cuenta muy seriamente que durante su estada en Roma conoció a un mago; éste lo llevo una noche al Coliseo, echo ciertos polvos sobre unos carbones y dijo unas palabras mágicas; al instante todo el recinto pareció poblado de diablos. Es evidente que ese día sufrió una alucinación. En la cárcel su cabeza fermenta; si no sucumbe a consecuencia de sus heridas y del aire infecto, ello se debe a que ha vuelto su espíritu hacia Dios. Tiene largas conversaciones con su ángel de la guarda: desea volver a ver el sol, ya sea en sueños o en realidad y se encuentra un día transportado frente a un sol magnífico, del que surgen Cristo y después la Virgen, que le hacen signos de misericordia, y contempla el cielo con toda la divina corte. Estas alucinaciones son frecuentes en Italia. Después de una vida licenciosa y violenta, cuanto más sumido está en el fango de sus vicios, repentinamente el hombre reacciona y se convierte. "Habiendo el duque de Ferrara caído enfermo gravemente, atacado por una enfermedad que le impidió orinar durante cuarenta y ocho horas, se volvió a Dios y quiso que se pagasen sus deudas pendientes". Hércules de Este, al salir de una orgía, iba saltar un ojo o cortar la mano a doscientos ochenta prisioneros ante de venderlos, y el Jueves Santo iba a lavar los pobres. En forma análoga, el Papa Alejandro, al saber el asesinato de su hijo, se golpea el pecho y se confiesa sus crímenes delante de los cardenales reunidos. La imaginación, en vez de desarrollar su actividad hacia el placer, trabaja bajo el impulso del temor, y por idéntico mecanismo, sus espíritus se impresionan con imágenes religiosas tan vivas como lo eran las imágenes sensuales que antes lo asaltaban.

  De esta fogosidad y de esta fiebre de la inteligencia, de este estremecimiento interior con que las imágenes absorbentes y deslumbrantes conmueven el alma y el cuerpo, nace un genero de acción característico de los hombres de ese tiempo. Es la acción impetuosa, irresistible, que va recta y súbitamente a las soluciones extremas, es decir, al combate, al asesinato, a la sangre. Hay cien ejemplo de estas tormentas y de estos rayos en la vida de Benvenuto. Había tenido una disputa con dos orfebres rivales, que comenzaron a amenazarlo.

  "Pero como yo no sé de qué color es el miedo, me inquietaba poco por sus amenazas... -dice de vuelta en sus Memorias-. Mientras yo hablaba, uno de sus primos, llamado Gerardo Guasconti, y puede que a instigación de ellos, aprovechó el momento en que pasaba cerca de nosotros un asno cargado de ladrillos y lo empujó encima de mí con tanta fuerza, que me hizo mucho daño. Me volví al instante y viendo que se reía, le di un tan grande puñetazo en la sien, que perdió el conocimiento y cayó muerto. Así -grité a sus primos- es como se trata a los bribones cobardes de vuestra especie. Después, como hacían ademán de querer arrojarse sobre mí, pues eran bastantes, la cólera me dominó, saqué un cuquillo pequeño y les dije: Si uno de vosotros sale de la tienda, que otro salga corriendo a buscar un confesor, porque el medico nada tendrá que hacer aquí. Estas palabras les causaron tal espanto, que nadie se atrevió a moverse para socorrer a su primo.

 "Indignado, estremeciéndose de rabia, me convertí en un áspid y adopté un partido desesperado; aguardé a que los Ocho se fuesen a comer; entonces, habiéndome quedado solo y viendo que ningún esbirro me observaba, salí del palacio y corrí a mi tienda, en donde me armé de un puñal. Después volé hasta la casa de mis adversarios. Los encontré comiendo. El joven Gerardo, causa primera de la refriega, se arrojó sobre mí. Le di en el pecho una puñalada, que atravesó de parte a parte su jubón, su cuello y su camisa, pero sin arañarle la piel y sin hacerle el menor daño. Por la facilidad con que mi arma penetró y por el ruido de la ropa desgarrada por el hierro, pensé que había herido gravemente a mi enemigo, el cual aterrorizado, cayó al suelo. "Traidores -grité-, este el día en que os voy a matar a todos." El padre, la madre, y las hermanas, creyendo que había sonado la hora del juicio final, se pusieron de rodillas implorando misericordia. Viendo que no se atrevían a defenderse y que Gerardo yacía en el suelo como un cadáver, juzgué vergonzoso tocarles, pero siempre furioso, salté escalera abajo. En la calle encontré al resto de la familia, que se componía de una docena de individuos por lo menos. Uno tenía una azada de hierro, otro un tubo del mismo metal, estos martillos y bigornias, aquellos esgrimían palos. Me lancé en medio de ellos como un toro, y del choque tiré a cuatro o cinco; los seguí en su caída sin dejar de puñaladas a derecha e izquierda".

  En este hombre, el resto y el golpe siempre siguen inmediatamente al pensamiento, como la explosión sigue a la chispa. El tumulto interior, demasiado fuerte, impide la reflexión, el temor, el sentimiento de lo justo, todo ese cúmulo de cálculos y de razonamientos que en una cabeza civilizada o en un temperamento flemático ponen un intervalo y como un blanco relleno entre la primera cólera y la resolución final. En una posada, el posadero, desconfiado sin duda con motivos, quiso que le pagase antes su pedido.

  (Luego del asesinato de su hermano por un arcabucero, Cellini se concentrará en la venganza):

(...)  Mi única distracción era la de mirar con unos gemelos, como se mira a la mujer amada, al arcabucero que había dado muerte a mi hermano. Como comprendí que el afán de verlo tan de continuo me quitaba el sueño y el apetito y me lleva por mal camino, me dispuse a librarme de este tormento sin tener en cuenta lo censurable de semejante empresa.

 "Me acerqué hábilmente llevando un puñal grande que parecía una cuchilla de caza. Esperaba cortarle la cabeza de un revés, pero se volvió tan precipitadamente, que mi arma sólo le alcanzó en el hombro izquierdo y le fracturó el hueso. Se levantó, dejó caer su espada y aturdido por el dolor echó a correr. Lo perseguí, lo alcance a los cuatro pasos y levanté mi puñal por sobre su cabeza, que inclinaba mucho, de suerte que mi arma se incrustó entre los huesos de su cuello y la nuca, tan profundamente, que a pesar de todos mis esfuerzos no pude extraerla".

  Llevan la queja de esta agresión al Papa, pero él tiene la precaución de hacer algunas hermosas piezas de orfebrería antes de ir al palacio. "Cuando me presente al Papa me lanzó una mirada amenazadora, que me hizo templar; pero así que hubo visto mi trabajo, su rostro comenzó a serenarse".

  Llevan la queja de esta agresión al Papa, pero él tiene la precaución de hacer algunas hermosas piezas de orfebrería antes de ir al palacio. "Cuando me presenté al Papa me lanzó una mirada amenazadora, que me hizo temblar; pero así que hubo visto mi trabajo, su rostro comenzó a serenarse".

  Otra vez, después de otro asesinato, muchos menos disculpable, el Papa contesta a los amigos del hombre muerto por Cellini: "Sabed que los hombres únicos en su arte, como Cellini, no deben estar sometidos a las leyes, y el menos que ninguno, pues sé que le asisten razones". Eso os demuestra hasta qué punto estaba arraigada en Italia la costumbre del asesinato. El soberano del Estado, el vicario de Cristo, encuentra natural que se practique la justicia por propia mano, y cubre al homicida con su indiferencia o con indulgencia, con su parcialidad o con su perdón.

    Ese estado de las costumbres y de los espíritus tiene varias consecuencias para la pintura. Primero, los hombres de ese tiempo se ven obligados a interesarse en una cosa que ahora no conocemos, porque no la vemos o no le presentamos atención, a saber: el cuerpo, los músculos y los diferentes actitudes que adopta el ser humano en movimiento. Porque entonces un hombre, por elevado que fuese su rango, tenía necesidad de ser un hombre de armas, de saber manejar la espada y el puñal para defenderse; por lo tanto, sin preocuparse por ello, imprime en su memoria todas las formas y todas las actitudes del cuerpo en acción o en combate. (*)

 

  
 

(*) Fuente: Hipólito Taine, Filosofía del arte, ed. "El Ateneo", Buenos Aires, pp.125-136.