La utilidad de los genios, por Ralph Waldo Emerson

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Emerson nació en Boston, en 1803. En su obra descuella el ensayo y la poesía. Emerson procedía de una familia de pastores. Su padre, William Emerson, fue pastor de la Iglesia unitaria de Boston. Completó sus estudios en la Universidad de Harvard, a los 18 años. Estudió teología en la Harvard Divinity School y siguiendo las huellas familiares, fue ordenado pastor en 1829. En 1832, renunció a su cargo pastoral tras manifestar que ya no estimaba a la comunión como sacramento, por lo que no podía impartirla. En Europa, conoció a grandes creadores como Samuel Taylor Coleridge, Thomas Carlyle y William Wordsworth. Con Carlyle sostuvo una entrañable amistad. De regreso a su país, en 1833, se radicó en Concord (Massachusetts). Se convirtió en profesor de la Universidad de Boston. En Concord, vivía otro personaje muy afín a Emerson: Henry David Thoreau, del que varios textos hemos editado en Temakel. Emerson y Thoreau cultivaron una sólida amistad nutrida por su compartido fervor, rayano en lo místico, por las potencias de la naturaleza.
Emerson se declaraba creyente en una inteligencia superior, divina. Así lo manifestó en su primera gran obra editada, Naturaleza (1836) que, inicialmente, no tuvo mayor repercusión, pero hoy es estimada como la esencial expresión poética del transcendentalismo, movimiento filosófico-poético que funde la religiosidad puritana con el idealismo romántico. En su 'Discurso al College de Divinity', de 1838, en el Divinity College de la Universidad de Cambridge, Emerson provocó una resonante controversia al defender una experiencia religiosa libre, independiente, frente a las coerciones de la religión oficial. En su obra Ensayos (1841) agrupó sus conferencias más destacadas. Allí, sobresale Autoconfianza que devendría el sustento teórico del individualismo democrático. En 1847, en Inglaterra, invitado por Carlyle, dictó una serie de conferencias sobre grandes personajes como Platón, Goethe, Napoleón, que responden al modelo de Héroes (1840), de Carlyle, y que fueron editadas bajo el título de Hombres representativos. Parte de la introducción de esta obra es la que ahora presentamos en este nuevo momento de Textos olvidados de Temakel. Aquí, Emerson medita en los atributos esenciales de las llamadas personalidades geniales. Así, el pensador trascendentalista norteamericano piensa que hombre o mujer genial es quien "vive en una esfera más alta del pensamiento, a la cual los otros hombres se elevan con trabajo y dificultad; no tiene más que abrir sus ojos para ver las cosas a la luz verdadera y en amplias relaciones, mientras que los demás hombres deben hacer penosas correcciones y mantener un ojo vigilante sobre las numerosas fuentes de error".

Las olvidadas meditaciones de Emerson sobre la singularidad del carácter genial quizás nutra el impulso que rompe lo pequeño y descubre nuevas y más amplias dimensiones para la creación y la existencia.

Esteban Ierardo

 

 

LA UTILIDAD DE LOS GENIOS (*)

Por Ralph Waldo Emerson

 

Es natural creer en los grandes hombres. No nos sorprendería que los compañeros de nuestra infancia se convirtiesen en héroes o fueses como reyes. Toda mitología se inicia con semidioses, y el ambiente es sublime y poético; es decir, que su genio es lo principal. En las leyendas de Gautama los hombres primitivos comen tierra y la encuentran deliciosamente sabrosa.

   La naturaleza parece existir para los excelentes. El mundo se sostiene por la veracidad de los hombres buenos: ellos hacen saludable la tierra. Quienes viven con ellos encuentran la vida alegre y sustanciosa. La vida resulta grata y tolerable únicamente si creemos en esa sociedad y en realidad o idealmente procuramos vivir con los superiores. Damos sus nombres a nuestros hijos y nuestras tierras. Esos nombres están grabados en las palabras del idioma; sus obras y efigies se hallan en nuestras casas y cada acontecimiento del día nos recuerda una de sus anécdotas.

  La investigación de todo lo que se refiere al gran hombre constituyen el sueño de la juventud y la ocupación más sería del adulto. Viajamos por países extraños para encontrar sus obras y, si es posible, para echar una mirada a sus personas, pero a veces desaprovechamos esa suerte. Se dice que los ingleses son prácticos, que los alemanes son hospitalarios, que el clima de Valencia es delicioso y que en las colinas del Sacramento se puede recoger oro. Sí, pero yo no viajo para encontrar gente cómoda, rica y  hospitalaria, o un cielo claro, o lingotes que cuestan demasiado. Mas si existiese alguna aguja magnética que señalase los países y las viviendas en que residen las personas que son intrínsecamente ricas y poderosas, lo vendería todo y compraría esa aguja magnética y hoy mismo me pondría en camino.

  La raza se beneficia con su fama. El conocimiento de que en la ciudad vive un hombre que inventó el ferrocarril eleva la reputación de todos los ciudadanos. Pero las poblaciones enormes, si están compuestas de mendigos, son repugnantes, como el queso lleno de gusanos, como un hormiguero, como un montón de pulgas.

  Nuestra religión consiste en amar y apreciar a esos patronos. Los dioses de la fábula son los momentos brillantes de los grandes hombres. Fundimos todos nuestros vasos en un solo molde. Nuestras teologías colosales del Judaísmo, el Cristianismo, el Budismo, el Mahometanismo son la acción necesaria y estructural de la mente humana. El estudiante de historia es como un hombre que entra en un almacén para comprar paños o tapices. Se imagina que ha conseguido un nuevo artículo. Si va a la factoría descubrirá que su nueva mercadería reproduce las cintas y las rosetas que se han encontrado dentro de los muros de las pirámides de Tebas. Nuestro teísmo es la purificación de la meta humana. El hombre no puede pintar, no hacer, ni pensar más que al hombre. Cree que los grandes elementos materiales se originan en su pensamiento. 

  Si ahora procedemos a investigar los servicios de las diversas clases que debemos a otros, tengamos en cuenta el peligro de los estudios modernos y comencemos con la debida humildad. No debemos contender contra el amor ni negar la existencia sustancial de otras personas. No sabemos lo que nos podría suceder. Tenemos fuerzas sociales. Nuestro afecto a los demás crea una especie de ventaja o de adquisición que nada puede suplir. Puedo hacer por medio de otro lo que no puedo hacer solo. Puede deciros lo que no puedo decirme primero a mí mismo. Lo demás hombres son lentes a través de las cuales leemos en nuestra propia mente. Todo hombre busca aquellos que poseen cualidades distintas de las suyas y nuevas en su clase: es decir, que busca a otros hombres y lo más diferentes que sea posible.

  ...El hombre es esa noble planta endógena que crece, como la palmera, de dentro afuera. Puede desarrollar con celeridad y sin esfuerzo su propio espíritu, aunque sea imposible para otros. Le es fácil al azúcar ser dulce y al salitre ser salado. Nos tomamos un gran trabajo en acechar y atrapar aquello que debe caer por sí mismo en nuestra manos. Considero como un gran hombre al que vive en una esfera más alta del pensamiento, a la cual los otros hombres se elevan con trabajo y dificultad; no tiene más que abrir sus ojos para ver las cosas a la luz verdadera y en amplias relaciones, mientras que los demás hombres deben hacer penosas correcciones y mantener un ojo vigilante sobre las numerosas fuentes de error. El servicio que nos presta es de esa clase. A una persona hermosa no le cuesta esfuerzo alguno grabar su imagen en nuestros ojos, y, no obstante, ¡cuan espléndido es el beneficio que nos produce! A un espíritu prudente no le cuesta más transmitir esa cualidad a los demás hombres. Y todos pueden hacer con más facilidad aquello para lo que están mejor dotados.  Peu de moyens, beaucouo d'effet. Es grande aquel que es lo que es por naturaleza y que nunca nos recuerda a otros.

  Pero debe estar relacionado con nosotros y nuestra vida debe recibir de él cierta promesa de explicación. No puedo decir lo que quisiera saber, pero he observado que existen personas que con su carácter y sus acciones resuelven problemas que yo no he tenido habilitad para platear.

Un hombre responde a alguna pregunta que no ha hecho ninguno de sus contemporáneos, y queda aislado. Las religiones y filosofía presentes y pasadas responden a preguntas muy distintas. Ciertos hombres nos impresionan como ricas posibilidades, pero son inútiles para sí mismas y para su época, fruto quizá de algún instinto que prevalece en el ambiente; no responden a nuestra necesidad. Pero los grandes están más cerca de nosotros; los conocemos a simple vista. Satisfacen la expectación y aparecen a su debido tiempo. Lo bueno es eficaz, fecundo: se abre por sí mismo su lugar y encuentra alimento y aliados. Una manzana sana produce semilla, pero una híbrida no la produce. Cuando un hombre ocupa su lugar es constructivo, fértil, magnético, inunda a las muchedumbres con su voluntad, que de este modo se cumple. Así como el río forma sus propias orillas, así también cada idea legítima forma sus propias canales y encuentra cosechas para alimentarse, instituciones para expresarse, armas para luchar con ellas y discípulos que la siguen. El artista verdadero tiene como pedestal al planeta; el aventurero, tras años de lucha, no tiene más que la tierra que pisa con sus zapatos.

  En nuestra conversación común nos referimos a dos clases de utilidad o de servicio que nos prestan los hombres superiores. La donación directa está de acuerdo con la creencia primitiva de los hombres; nos referimos a la donación directa de ayuda material o metafísica, como de salud, de juventud eterna, de sentidos refinados, de artes medicinales, de poder mágico y de profecía. El niño cree que el maestro le puede vender sabiduría. Las iglesias creen en ese poder supuesto. Pero, hablando estrictamente, no encontramos ese servicio directo. El hombre es endógeno y se desarrolla por medio de la educación. La ayuda que obtenemos de los demás es mecánica si se compara con lo que la naturaleza descubre en nosotros mismos. Lo que aprendemos de este modo es estimular al placer de la acción y su efecto es permanente. La verdadera ética es central y va del alma al exterior. La dádiva es contraria a la ley del universo. Servir a los demás es servirnos a nosotros mismos. Debo justificarme a mí mismo. "Acuérdate de ti mismo -dice el espíritu-. Fatuo: ¿por qué te preocupas de los cielos o de los demás hombres?" Queda por explicar la audaz indirecta. Los hombres poseen una cualidad pictórica y representativa y nos ayudan con el intelecto. Behmen y Swendeborg observaron que las cosas son representativas. También los hombres son representativos: primero de cosas y después de ideas.

  Así como las plantas convierten a los minerales en alimento de los animales, así también los hombres convierten alguna materia prima en naturaleza útil para la humanidad. Los descubridores del fuego, de la electricidad, del magnetismo, del hierro, del plomo, del vidrio, del lienzo, de la seda, del algodón; los fabricantes de herramientas, el inventor del sistema decimal, el geómetra, el ingeniero, el músico, no han hecho más que hallar un camino fácil para todos donde no había más que una confusión inextricable e imposible. Todo hombre está secretamente relacionado con algún sector de la naturaleza, del que es el agente intérprete, como Linneo de las plantas, Huber de las abejas, Fries de los líquenes, van Mons de las peras, Dalton de las formas atómicas, Euclídes de las líneas y Newton de las derivadas y diferenciales.

  Un hombre es un centro para la naturaleza, que sirve para relacionar todo lo existente, fluido y sólido, material y elemental. La Tierra gira y llega un momento en que todas las nubes y todas las piedras coinciden con el meridiano; del mismo modo, todo órgano, toda función, todo ácido, todo cristal, todo grano de polvo se relaciona con el cerebro. Tiene que esperar mucho tiempo, pero le llega su turno. Cada planta tiene su parásito y cada criatura su amante y su poeta. Ya se ha hecho justicia al vapor, al hierro y a la madera, al carbón, a la piedra imantada, al yodo, al trigo y al algodón; ¡ pero cuán pocos materiales utilizan todavía nuestras artes! La inmensa mayoría de las criaturas y sus cualidades están aún ocultas y expectantes. Se diría que como las princesas encantadas de los cuentos hadas esperan al hombre predestinado para liberarlas. Todas ellas deben ser desencantadas y aparecer a la luz del día en forma humana. En la historia de los descubrimientos, la verdad madura y latente parece haber ideado un cerebro para sí misma. El imán tuvo que hacerse hombre en un Gilert, un Swedenborg o un Oersted antes de que las inteligencias comunes tomasen en consideración sus virtudes.

  Si nos limitamos a las primeras ventajas hallaremos que en los reinos mineral y botánico existe la misma gracia serena que en manifestaciones más altas constituyen el encanto de la naturaleza, como el brillo del espanto, la certeza de la afinidad, la realidad de los ángulos. La luz y las tinieblas, el calor y el frío, el hambre y el alimento, lo dulce y lo agrio, lo sólido, lo líquido y lo gaseoso nos cercan con una guirnalda de placeres y con su agradable discordia alegran nuestras vida. Los ojos se repiten cada día lo primitivo panegírico de las cosas: "Vio que eran buenas". Sabemos dónde encontrarlas y podrán ser saboreadas tanto mejor después de una pequeña experiencia de sus supuestas cualidades. Tenemos también derecho a mayores ventajas. A la ciencia le falta algo hasta que se humaniza. Una cosa es la tabla de logaritmo y otra su importancia vital en la botánica, en la música y en la óptica y en la arquitectura. Hay progresos relativos a los números, la anatomía, la arquitectura, la astronomía, apenas sospechados en un principio, pero que luego, mediante su unión con el intelecto y la voluntad, aparecen en la vida y reaparecen en la conversación, en el carácter y en la política.

  Pero de eso hablaremos más tarde. Ahora hablamos únicamente de nuestra relación con ellos en su propia esfera y de la manera como parecen fascinar y arrastrar consigo al genio que ocupa su vida en alguna de esas cosas. La posibilidad de interpretación reside en la identidad del observador con lo observado. Cada cosa material tiene su lado celestial: se traslada, a través de la humanidad, a la esfera espiritual y necesaria donde desempeña un papel tan indestructible como cualquier otro. Y todas las cosas ascienden continuamente a esos sus fines propios. Los gases se concentran en el firmamento sólido; las reacciones químicas hacen crecer a la planta, hacen caminar al cuadrúpedo, hacen pensar al hombre. Pero también el distrito electoral determina el voto de su representante, sino que participa del mismo distrito. Sólo el semejante conoce al semejante. El hombre conoce las cosas porque forma parte de ellas; acaba de salir de la naturaleza o de ser una parte de esta o aquella cosa. El cloro animado conocer al cloro y el cinc encarnado conoce al cinc. Las cualidades del hombre determinan el curso de su vida y él puede hacer públicas de diversos modos sus virtudes, porque está distinguido por ellas. El hombre, hecho de polvo del mundo, no olvida su origen, y todo lo que es todavía inanimado hablará y razonará algún día. La naturaleza inédita publicará todo su secreto.

 ...Así que nos sentamos junto al fuego y nos apoderamos de los polos de la Tierra. Esta cuasi omnipresencia suple lo miserable de nuestra condición. En uno de esos días celestiales en que el cielo se encuentran y se hermosean mutuamente, parece una gran pobreza que no podemos disfrutar más que una vez de ese espectáculo; quisiéramos tener mil cabezas, un millar de cuerpos para poder celebrar su inmensa belleza de muchas maneras y en muchos lugares. ¿Es esto una fantasía? Pues bien, si hablamos de buena fe diremos que en realidad nos hallamos multiplicados por nuestros semejantes. ¡Con qué facilidad adoptamos sus actividades! Todo navío que llega a América sigue la ruta abierta por Colón. Toda novela es deudora de Homero. Todo carpintero que cepilla con su garlopa lo debe al genio de su inventor olvidado. La vida está coronada por un zodiaco de ciencias, tributos  de los hombres que se sacrificaron por añadir sus rayos de luz a nuestro cielo. El ingeniero, el comerciante, el jurista, el médico, el moralista, el teólogo, todo hombre de ciencia es un defensor y un cartógrafo de las latitudes y longitudes de nuestro mundo. Esos constructores de comunicaciones nos enriquecen. Gracias a ellos podemos extender el aérea de nuestra vida y multiplicar nuestra relaciones. Ganamos tanto al adquirir una nueva propiedad en la tierra vieja como al adquirir un nuevo planeta.

  Somos demasiado pasivos en la recepción de esas ayudas materiales o semimateriales. No debemos ser sacos y estómagos. Para ascender un peldaño nos será más útil servirnos de quienes simpatizan con nosotros. La actividad es contagiosa. Mirando a lo que otros miran y conversando con ellos de las mismas cosas sentimos el mismo encanto que a ellos les atraía. Napoleón dijo: "No debéis pelear con demasiada frecuencia con el mismo enemigo porque le enseñarías nuestro arte de la guerra". Si hablamos con frecuencia un hombre de inteligencia vigorosa adquirimos muy pronto el hábito de mirar las cosas a la misma luz que él y en todas las ocasiones adivinamos su pensamiento.

  Los hombres son útiles gracias a su inteligencia y a sus afectos. Considero que toda otra ayuda dan es más que una falsa apariencia. Si aparentáis darme pan y fuego me doy cuenta de que pago por ello el precio justo y al final de cuentas ello me deja como antes, ni mejor ni pero; pero toda fuerza mental y moral es un bien positivo. Esa fuerza brota de vosotros, lo que queráis o no, y me aprovecha sin que siquiera los sospechéis. No puedo ni siquiera oír hablar de ninguna clase de vigor personal, de ningún gran poder de acción sin tomar una decisión. Emulamos todo lo que puede hacer el hombre. La frase de Cecil acerca de Sir Walter Raleigh: "Sé que puede trabajar terriblemente", es como una descarga eléctrica. Así sucede con los retratos de Clarendon, como por ejemplo el de Hampden: "que era tan trabajador y vigilante que no le podía cansar ni fatigar el más laborioso, y de tal ingenio que no le podía engañar el más sutil y astuto, y de un valor personal equivalente a sus mejores cualidades"; y el de Falkland: "que eras un adorador de la verdad tan severo que antes se dejaría poner en un potro que disminuirla". No podemos leer a Plutarco sin que nos hormiguee la sangre, y hago mía la máxima del chino Mencio: "Un sabio es el maestro de cien edades. Cuando se llega a conocer las costumbres de Loo, el estúpido se hace inteligente, y el indeciso, decidido".

  Esta es la moral de la biografía; sin embargo, es difícil que los hombres ya desaparecidos nos toquen tan en lo vivo como nuestros contemporáneos, cuyos nombres quizá no duren tanto en el recuerdo. Porque ¿qué significa para mí aquel en quien nunca pienso? ¿qué significa para mí aquel en que quien nunca pienso? En cambio, en toda soledad hay quienes ayudan a nuestro genio y nos estimulan de mil maneras maravillosas. El amante tiene el poder de adivinar mejor que nadie el destino del amado y de alentarle en su tarea con heroicos incentivos. ¿Qué tiene la amistad de más notable que la sublime atracción que ejerce sobre todas nuestras virtudes? Gracias a ella ya no nos menospreciamos a nosotros mismos ni a la vida. Nos sentimos impulsados a algún fin y ya no nos volverá a avergonzar el trabajo de los cavadores.

  ...Senados y soberanos, a pesar de todas sus medallas, espadas y uniformes, no otorgan más honor que quien comunica a un ser humano un pensamiento de cierta altura que revela su inteligencia. Este honor, que es posible en el intercambio personal apenas dos veces durante  toda una vida, es el tributo perpetuo del genio, pero podemos darnos por satisfechos si la oferta es aceptada de cuando en cuando a lo largo de un siglo. Los índices de los valores de la materia se degradan hasta convertirse en una especie de catálogo con la apariencia de índices de ideas. El genio es el naturalista o geógrafo de las regiones suprasensibles, cuyo mapa dibuja, y al familiarizarnos con nuevos campos de actividad enfría nuestro entusiasmo por los viejos. Aquellos quedan aceptados inmediatamente como la realidad de la cual el mundo que hemos conocido no es más que la apariencia.

  Vamos al gimnasio y a la escuela de natación para contemplar la fuerza y la belleza del cuerpo; no es menor el placer, pero si mato el beneficio, cuando contemplamos las hazañas intelectuales de todas clases, como las de la memoria, de las combinaciones matemáticas, del gran poder de abstracción, las transmutaciones de la imaginación, aun la variedad de aptitudes y la concentración, en cuanto esos actos revelan los órganos y miembros invisibles de la mente, que responden miembro por miembro a las diversas partes del cuerpo. De este modo entramos en un nuevo gimnasio y aprendemos a elegir a los hombres por sus características más verdaderas; aprendemos, como decía Platón, "a escoger a aquellos que pueden, sin ayuda de los ojos ni de ningún otro sentido, avanzar hacia la verdad y el ser". En primera línea entre esas actividades se hallan los asaltos mortales, los hechizos y las resurrecciones forjados por la imaginación. Cuando ésta se despierta se diría que el hombre multiplica su fuerza. Nos ofrece la sensación deliciosa de las magnitudes indeterminadas y nos inspira el hábito de pensar con audacia. Somos tan elásticos como el gas de la pólvora, y una frase de un libro o una palabra deslizada en la conversación dejan en libertad a nuestra fantasía y al instante nuestras cabezas se bañan en vías lácteas y nuestros pies se hunden en el abismo. Y este beneficio es real, porque tenemos derecho a esas liberaciones y una vez que hayamos cruzado los límites nunca volveremos a ser los miserables pedantes que éramos.

   Las altas funciones de la inteligencia están tan ligadas entre sí que suele aparecer cierto poder imaginativo en todas las inteligencias eminentes, aun en los aritméticos de primera clase, pero especialmente en los hombres meditativos que poseen un hábito de pensamiento intuitivo. Esta clase de hombre no es útil, puesto que poseen la percepción de la identidad y la percepción de la reacción. Los ojos de Platón, de Shakespeare, de Goethe, nunca se cerraron a esas leyes, la percepción de ellas es una especie de medida de la mente. Las mentes pequeñas son pequeñas porque no pueden verlas.

  Aun estos festines tienen sus empachos. Nuestra complacencia en la razón degenera en idolatría de su heraldo. Especialmente cuando una inteligencia de método poderoso instruye a los hombres encontramos ejemplo de tiranía. Tales son las influencias de Aristóteles, la astronomía de Ptolomeo, el crédito de Lutero, de Bacon y de Locke; y en la religión la historia de la jerarquías, de los santos y de las sectas que han tomado el nombre de sus fundadores. ¡Oh dolor, todo hombre es  víctima de esos genios! La imbecilidad de los hombres invita constantemente a los abusos del poder. El talento vulgar se complace en deslumbrar y cegar al espectador. Pero el verdadero genio trata de defendernos de sí mismo. El verdadero genio no nos empobrece, sino que nos libera y nos proporciona nuevos sentidos. Si nuestra ciudad apareciera un hombre sabio crearía en aquellos que conversan con él una nueva conciencia de la riqueza, abriendo sus ojos a ventajas no percibidas; establecería un sentido de igualdad inmutable, tranquilizándonos con la seguridad de que no podemos ser engañados, y cada uno podría discernir los límites y las garantías de su condición. El rico se daría cuenta de sus errores y de su pobreza y el pobre de sus remedios y de sus recursos.

  Pero la naturaleza produce todo eso a su debido tiempo. Su remedio es la rotación. El alma humana no sufre con paciencia a los amos y está ansiosa de cambios. Las dueñas de casa dicen de un sirviente que les ha sido útil: "Ha vivido conmigo mucho tiempo". Somos tendencias o más bien síntomas y ninguno de nosotros es completo. Tocamos la superficie y pasamos de largo y sorbemos la espuma de muchas vidas. La rotación es la ley de la naturaleza. Cuando la naturaleza suprime a un gran hombre, la gente explora el horizonte en busca de un sucesor. Pero este no viene ni vendrá. Su clase se ha extinguido con él. El hombre esperado aparecerá en algún otro campo completamente distinto. Ya no será un Jefferson o un Franklin, sino un gran comerciante; luego un gran constructor de carreteras; después un especialista en peces; más tarde un explorador y cazador de búfalos o un general semisalvaje del Oeste. Casi nos defendemos contra los amos más duros; pero contra los mejores hay un remedio más excelente. El poder que comunica no les pertenece. Cuando nos sentimos exaltados por las ideas no se lo debemos a Platón, sino a las misma ideas, de las cuales también Platón era deudor.

  No debo olvidar que tenemos una deuda especial con una clase única. La vida es una escala de grados. Entre fila y fila de nuestros grandes hombres hay amplios intervalos. En todas las épocas los hombres se han sometido a unas pocas personas que, ya sea por la calidad de la idea que encarnaban, ya por la amplitud de su receptividad, tenían un derecho a su puesto de guías y de legisladores. Ellos nos enseña las cualidades de la naturaleza primaria, nos dan a conocer la constitución de las cosas. Nadamos diariamente en un río de ilusiones y nos divierten realmente los castillos en el aire que embaucan a los hombres que nos rodean, pero la vida es sinceridad. En los intervalos lúcidos decimos: "Déjame entrar en el mundo de las realidades; ya he hecho el tonto durante demasiado tiempo". Queremos conocer el significado de nuestra economía y de nuestra política. Désenos la clave, y si las personas y las cosas son las partituras de una música celestial, déjesenos leer la melodía. Hemos sido engañados por nuestra razón; no obstante, ha habido hombres sanos que han gozado de una existencia rica y bien coordinada. Lo que saben, lo saben para nosotros. Cada nueva inteligencia recela un nuevo secreto de la naturaleza; esta Biblia no puede cerrarse hasta que nazca el último gran hombre. Estos hombres corrigen el delirio de los espíritus violentos, nos hacen considerados y nos inducen a nuevos ideales y a la conquista de nuevos poderes. (*)

 


(*) Fuente: Versión parcial de Ralph Waldo Emerson, "Utilidad de los grandes hombres", en Hombres representativos, Buenos Aires, Losada, 1991, pp.11-31.