Nietzsche y la lucha contra el demonio, por Stefan Zweig

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Algunas plumas pueden reanimar el calor de lo pasado. Algunos escritores ofician de hechiceros que rescatan siluetas opacas del ayer para transformarlas en figuras rebosantes de actualidad y vivacidad. Stefan Zweig es uno de ellos. Sus célebres biografías recuperan el aura creadora, el halo fulgente de grandes artistas, descubridores, o personajes esenciales de la historia. Zweig escribió sendas biografías sobre Americo Vespucio, Erasmo de Rotterdan, María Estuardo, María Antonieta, Magallanes, Fouché, Dostoievsky. Y en su obra La lucha contra el demonio recorrió los abismos creativos de Holderlin, Kleist, Nietzsche. El texto olvidado que aquí presentamos es uno de los momentos del iluminado ensayo, de ritmo narrativo, hondura analítica y gracia literaria, que Zweig consagró al hacedor de Así hablaba Zaratustra.

La obra de Zweig fue traducida a más de cincuenta idiomas. Nació en la culta Viena, en el seno de una acomodada familia judía, oriunda de Moravia. En la capital austríaca se comenzaron a tallar las armas expresivas del escritor más popular en el periodo de entreguerras.
Tras conseguir el título de doctor en Filosofía, Zweig permanecío un año en París. En un viaje a Londres lo deslumbró la poética prerromántica de William Blake. Recorrió España, Italia y Holanda. Su primera novela corta, escrita en los años 1910 y 1911, es Ardiente secreto. Conoció la India, Norteamérica y Panamá.
Entre los cañones y la fétida sangría de las trincheras de la primera guerra mundial debió exiliarse en Zurich por sus ideas pacifistas. En 1935 se afincó como exiliado en Inglaterra. Tras la detonación de la segunda guerra mundial, se refugió en el otro lado del Atlántico, en Brasil. Era su íntimo convencimiento que la bestialidad nazi implicaba la aniquilación de la milenaria constelación de las riquezas culturales europeas. Esto quizá lo condujo al suicidio, que consumó, junto con su esposa, en 1942, en Río de Janeiro. Su entierro, en esta ciudad brasilera, destiló los honores propios de un jefe de estado, y fue acompañado por una multitud.

Zweig buceó en la médula más conflictiva de sus personajes biografiados. Lo fascinaba la personalidad humana que representa lo genial o singular. Fue hábil explorador y recreador de las tempestades de las almas peculiares. Respecto a la llamativa aceptación de su obra, el propio Zweig manifestaba en su Autobiografía: " ... el inesperado éxito de mis libros proviene, según creo, en última instancia de un vicio personal, a saber: que soy un lector impaciente y de mucho temperamento. Me irrita toda facundia, todo lo difuso y vagamente exaltado, lo ambiguo, lo innecesariamente morboso de una novela, de una biografía, de una exposición intelectual. Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última linea sin dejarle tomar aliento, me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos, los encuentro sobrecargados de descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias inútiles, que les quitan tensión y les restan dinamismo".

Zweig nos conduce aquí, en este nuevo momento de Textos olvidados de Temakel, hacia la raíz de la creatividad nietzscheana. El gran invocador de lo dionisíaco, el gestador de la llamada inversión del platonismo, creyó ser especial beneficiario de los dones de la inspiración. Se pensó el sujeto elegido que escuchaba y reproducía el dictado de una obra que trasciende su propia individualidad. Zweig hurga la veta inspirada de Nieztsche; descubre allí la lucha del artista pensador con las turbulencias poderosas del demonio, del dueño de las llaves de los ríos más hondos del ser.

Esteban Ierardo

 

NIETZSCHE Y LA LUCHA CONTRA EL DEMONIO (*)

Por Stefan Zweig

   Los meses del otoño de 1888, los postreros en la vida creadora de Nietzsche, quedan como algo único en la historia de la literatura.

Es casi cierto que en período de tiempo tan breve no haya nunca pensado tanto una mente genial, ni lo haya hecho de manera tan intensa, continua, superlativa y radical; nunca seguramente un cerebro humano fue tan colmado de ideas, imágenes y música, como el de Nietzsche, preparado en ello por el destino. No existe otro ejemplo en la historia de la producción literaria, que pueda ostentar esta abundancia, esta exaltación, este fanático furor de crear; únicamnente muy cerca de el en el mismo año, bajo las mismas estrellas, un pintor produce así, con una actividad que linda con la locura. En su jardin de Arles y en el asilo de alienados, Van Gogh trabaja pintando con su rapidez, con esa pasion de luz y esa superabundancia creadora. No bien termina uno de sus cuadros incandescentes, su mágico pincel corre ya sobre otra tela, sin dudas, sin planes, sin reflexión tampoco. Crea como al dictado, con la lucidez y la clarividencia demoníaca, en una sucesión continua de visiones que no se agotan. Los amigos que le han dejado ante el caballete una hora antes, se sorprenden al hallar terminada una segunda tela, mientras el artista con la mirasda de fuego comienza la tercera. El demonio le tiene asido por la garganta y no le consiente ni el tiempo de respirar, indiferente si como jinete vertiginoso destroza el cuerpo afiebrado y jadeante que tiene debajo de sí.

Así también crea Nietzsche, sin resuello, sin reposo, con una velocidad sin precedentes. Sus últimas obras están terminadas en diez, quince días, en tres semanas a lo sumo. Gestación, creación y elaboración se funden en un solo período breve y brillante como un relámpago. No queda tiempo para incubar, para descansar, para investigar: nada de tanteos, de correciones o rectificaciones: todo es perfecto y defnitivo, ardiente y enfriado aun tiempo. Nunca un cerebro ha tenido tensión tan pareja, hasta en las últimas vibraciones verbales: fantástica; la visión es contemporáneamente palabra, la claridad es idea perfecta. Y no queda un solo rastro de la violencia del esfuerzo. La creación ya no es acción o trabajo; es solamente abandono a las potencias superiores. El alma vibrante no necesita más que alzar la vista, que mira tanb lejos, que "piensa tan lejos", y -como Holderlin en su ímpetu postrero de misticismo contemplativo- ve ya enormes trechos y del pasado futuro, al alcance de su mano, en su calidad demoníaca.

No tiene más que extender la mano ardiente y veloz palparlos y, al tocarlos, se llenan de imagen, de armonías, de vitalidad. Y el torrente de imágenes e ideas no se corta un solo instante en esas jornadas que realmente podríamos decir napoleónicas. El alma de "Zarathustra me ha asaltado". Con violenta sorpresa, se ve siempre sin armas frente a lo superior, como si en su espíritu hubiese sido destruido algún dique de razón o defensa, por la corrientre torrentosa que se abalanza sobre el impotente, sin voluntad ya. "Puede ser -dice Nietzsche extasiado al hablar de sus últimos libros- que nunca se haya producido nada mediante un desborde tal de energías". Pero nunca se atreve a afirmar que esas energías que bullen en su interior y le destrozan, son energías propias. Humildemente, percibe que es solo "un portavoz de imperativos del más allá" y que se halla en poder de una fuerza superior y demoníaca.

¿Quién podría explicar o describir el milagro de inspiración, los terrores, los estremecimientos del torbellino creador que sopla cinco meses sin cesar, cuando él mismo lo ha ilustrado ya con profunda gratitud, con la luminosa energía de lo que él viviera por sí mismo? Para ello basta copiar solamente esta página, como él mismo la escribiera entre el centellear de los relámpagos:

"A fines del siglo XIX, ¿hay alguien que tenga una clara idea de que los poetas de las grandes edades llamaron inspiración? Si no lo hubieram os lo diré yo: aun con el mínimo resto de superstición, no sería posible, realmente, negar la creencia de ser únicamente una encarnación, un portavoz, un médium de fuerzas superiores: el concepto de revelación, en el sentido de que imprevistamente, con finura y seguridad inefables, algo claramente audible y visible, algo que estremece y trastorna toda fibra del ser, describe simplemente el hecho. Se oye sin esfuerzo para oír; se toma sin tenerlo que pedir; un pensamiento surge como el rayo necesario; no hay la menor duda de darle estilo, y forma. Nunca me tocó elegir. Un encantamiento, cuya tensión formidable se resuelve a menudo en torrente de lágrimas y donde el ritmo ya se acelera, ya se retrasa; un estado enteramente fuera de sí mismo, con la sensación evidente de experiementar escalofríos hasta la punta de los pies; una dicha profunda en la que lo más doloroso y sombrío no causa efectos de contraste, sino que parece indispensable, como color complementario de esa exuberancia de luz; un instinto de relaciones armónicas que abarcan vastos espacios en que las formas se desenvuelven. La necesidad de un ritmo vasto es como la medida de la fuerza de la inspiración, contrapeso de la tensión, de la presión interiores...Todo ocurre más allá del dominio de la voluntad, en un desborde sentimental de liberación, de absoluto, de energía, de divinidad. Lo más típico es la necesidad de la metáfora, de la imangen; no se percibe lo que es imagen o metáfora: ellas se prresentan como la forma de expresión más apropiada, justa y simple. Recordando una frase de Zarathustra, se podría decir realmente que objetos y cosas vienen solos a ofrecerse como metáforas. ("Todas las cosas se ofrecen dóciles en tu discurso, te acarician, te lisonjean; es que quieren mostrarse sobre tus hombros. Aquí cabalgas tu mismo sobre cada parábola, marchando hacia la verdad. Aquí te surgen todas las palabras del ser y todos los misterios de esas palabras; el alma, todo tu ser, quieren convertirse en verbo, todo el porvenir quiere manifestarse por ti"). Esto es lo que yo sé de la inspiracion. Habría que volver atrás miles de años, para hallar a alguien que me pudiera decir: "Eso creo yo también".

En este acento de vértigo que resuena en esta suerte de himno glorificador de sí mismo, los médicos-yo lo sé- ven un caso de euforia, el último sentimiento de voluptuosidad del moribundo, como el estigma de la melagomanía, esa exaltación del yo tan característica de las almas enfermizas. Sin embargo pregunto: ¿Cuándo se ha esculpido de esta manera, para la eternidad, con claridad tan cristalina, la ebriedad de crear? Porque ese es el milagro especial e imcomparable de las últimas producciones de Nietzsche: un grado máximo de claridad que acompaña como en los casos de sonambulismo el grado sumo de la embriaguez y ambas son sutiles como serpientes, en la fuerza sin freno de la orgía casi bestial. Generalmente, los demoníacos, aquellos que Dionisos embriaga el alma, tienen labios pesados y palabra tenebrosa. Como en sueño, sus expresiones son confusas, adquieren el verbo o el acento órfico, pítico, misterioso de un lenguaje ultraterrenal, para el cual nuestros sentidos tiene apenas un presentir asustado, en tanfo que el espíritu no alcanza a comprender.

Nietzsche, sin embargo, es claro como un billante, aun en la exaltación, y su palabra sigue incisiva, dura y cortante hasta la ebriedad. No ha habido por cierto otro que se asomara con tanta osadía y calma al abismo de la locura, como lo hizo Nietzsche. Su estilo no es sombrío y oscuro a fuerza de misterio, como el de Holderlin ycomo el de todos los píticos y místicos: a la inversa, nunca fue más clara y verdadero como en estos últimos momentos, iluminado, puede decirse, por el misterio. Cierto es también que esa luz es muy peligrosa; posee el brillo enfermizo de un sol de medianoche, que se eleva teñido de rojo sobre los campos de hielo; es una luz septentrional del alma, que en su magnificencia única, hace temblar. No calienta: asusta; no deslumbra: mata. No arrastra a Nietzsche al abismo el ritmo oscuro del sentimiento como a Holderlin; no lo arrastra un torrente de tristeza; por el astro demasiado brillante yluminoso, por una alegría incandescente e insoportable. La caída de Nieztsche es una muerte de luz, la quemazón del alma en su propio fuego.

Hace mucho que arde su alma y brilla con su exceso de luz; a veces él mismo se asuta, clarividente, por ese exceso que viene de arriba, y un poco de la salvaje alegría que hay en él: "La intensidad de mis sentimientos me hace estremecer y reír". Más ya nada puede contener esa corriente de exaltación, ese reflujo de ideas venidas del cielo como halcones y que aletean entre chillidos en su torno día y noche, constantamente, hasta que siente estallar las sienes. Por la noche halla alivio en el cloral, que le brinda un pasajero refugio en el sueño, contra el asalto tumultuoso de las visiones, pero sus nervios están candentes, como hilos de metal, todo él se trueca en electricidad y luminosidad, en luz deslumbrante, llena de fulguraciones y llamaradas.

¿Cabe llamar milagro el hecho de que en este remolino de inspiración tan veloz, en ese torrente de pensamientos vertiginosos, pierda contacto con la tierra firme y, en pos de todos los demonios del alma que le arrastran, olvide quién es y no reconozca ya ni sus propios límites? Hace mucho ya- desde el instante en que percibió que obedecía a algo superior y no a sí mismo- que su mano vacila en escribir su nombre al pie de sus escritos: Federico Nietzsche. Es que el nieto del pastor protestante de Naumbaurg comprende sordamente, que al cabo de tanto tiempo, ya no es él quien vive esa vida asombrosa, sino otro ser sin nombre aún, una fuerza superior, un nuevo mártir de la humanidad. Y así firma sus últimos mensajes con nombres simbólicos: El monstruoso, El crucificado, El Anticristo, Dionisos. No firma con su nomnbre, porque comprende que en él obra fuerzas ultramundanas y en su concepto él mismo no es ya un homnbre sino una potencia, una misión. "Ya no soy un hombre, soy dinamita", dice. "Soy un pasaje de la historia del mundo que divide en dos toda la historia de la humanidad", grita en el acceso de enajenación, en pleno silencio atroz.

Como Napoleón, que frente a Moscú en llamas, frente al invierno infinito de Rusia, circundado por los restos miserables de su gran ejército, lanza todavía las proclamas amezadoras y grandiosas- grandiosas hasta el extremo del rídiculo-, Nietzsche frente a ese Kremlin en lllamas que es su cerebro, con los restos de sus pensamientos compone terribles libelos.

Ordena al emperador alemán que venga a Roma, para ser ejecutado, invita a las potencias europeas a una campaña militar contra Alemania, que quisiera encerrar en una camisa de acero. Nunca furor demoníaco tal se ha explayado tanto en el vacío; nunca una hybris más espléndida ha llevado a un alma tan lejos de la tierra: sus palabras son golpes de martillo contra la construcción del mundo; quiere que se modifique el calendario, para que cuente no ya desde el nacimiento de Cristo, sino desde la aparición del Anticristo; pone su figura por sobre las más altas de todos los tiempos. El delirio mental de Nietzsche supera al de todos los enfermos espirituales: reina en ello, como en todo, la exageración, el exceso.

No hubo en la tierra ser humano que haya sido inundado por tan vasta inspiración creativa, como Nieztsche en ese otoño: "Nunca se escribió de tal modo, nunca se ha sentido así: nadie ha sufrido de esta manera, porque así sufre solamente un dios; un Dionisos"; estas palabras que dice al comienzo de su locura son terriblemente verdaderas. Esa pequeña habitación del cuarto piso y la gruta de Sils Maria cobijan a un tiempo a un enfermo de nervios y las ideas y las palabras más grandes del siglo; el alma creadora se ha refugiado bajo ese techo ardiente de sol y desarrolla toda su plenitud en un pobre solitario, sin nombre, temeroso y perdido, mucho más de lo que un hombre sabe soportar.

En ese estrecho lugar, ahogado de inmensidad, el pobre espíritu terreno, lleno de zozobra, vacila, duda y se tambalea, entre relámpagos e iluminaciones que le golpean. Como Holderlin, espiritualmente ciego, siente que a su lado hay un dios de fuego, cuya mirada no puede sostener y cuyo aliento le abrasa. El poder ser estremecido se levanta para mirarle a la cara y los pensamientos huyen en rápida incoherencia, porque el que siente, crea y sufre lo inefable.

¿No es él mismo un Dios? ¿No es él un nuevo dios del universo, si otro ha muerto? ¿Quién es él? ¿El crucificado? ¿Un dios muerto o un dios vivo, el dios de su juventud, Dionisos o las dos cosas a un tiempo?...Sus pensamientos corren como un río, la corriente hierve a fuerza de luz. Pero ¿eso es luz? ¿No es más bien música?...El pequeño cuarto de Vía Alberto comienza a sonar, las esferas vibran, los cielos se transfiguran. ¡Oh, qué música! Las lágrimas le resbalan por el mentón, ardiendo. ¡Oh, que ternura, qué dicha! ¡Qué inmensa claridad! En la calle allá abajo todos le sonríen, sí, le sonríen. Se levanta respetuosamente para saludar y la vendedora elige en su canasta las manzanas más hermosas. Todos cortejan y reverencian al asesino de Dios, todo es alegría ¿Por qué? Él lo sabe: porque ha llegado el Anticristo y todos aúllan: "Hosanna, hosanna!.

Todo canta, el mundo es música y júbilo. Después, todo enmudece. Algo ha caído. Sí, es él mismo que ha caído frente a su casa.

Alguien le levanta. Está de nuevo en su cuarto. ¿Ha dormido mucho? Todo es oscuridad...Allí está el piano. ¡Música, música!...De repente hay muchos hombres en el cuarto. ¿No está Overbeck?... Sin embargo, está en Basilea...Pero, él mismo, ¿dónde está? ¿Dónde?...No lo sabe, ya no lo sabe. ¿Por qué miran todas tan inquietos, tan extraños?...Un vagón, un coche...Los rieles rechinan, como si quisieran cantar...Sí, están cantando La canción del gondolero...

Y él comienza a cantar con los rieles, en medio de la oscuridad sin fin...

Después, ¡cuánto tiempo en un cuarto oscuro, lejos, en un cuarto siempre oscuro, siempre oscuro! No hay sol ya, no hay luz, ni adentro ni afuera. En algún lado, unos hombres hablan. Hay una mujer...¿Su hermana? ...¡Ah! su hermana está lejos, muy lejos. Una mujer le lee en voz alta un libro...¿Un libro? ...El también ha escrito libros..Alguien le habla con suavidad, con dulzura, pero él no entiende lo que le dicen. El que ha sentido pasar por el alma semejante huracán, queda sordo para jamás a las palabras del hombre...El que el demonio ha mirado tan hondamente en los ojos, queda siempre ciego, para siempre ciego... (*)

(*) Fuente: Stefan Zweig, La lucha contra el demonio. Holderlin, Kleist, Nietzsche, Buenos Aires, ed. Leviatan, pp.248-254.