El cuaderno de las tapas azules, por Leopoldo Marechal

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Leopoldo Marechal es un fundamental escritor, no siempre suficientemente estimado. Nació en la ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Almagro, el 11 de junio de 1900. Su padre era mecánico; su universo eran las destrezas manuales y no las sutilezas literarias. En Maipú, al sur de la provincia de Buenos Aires, se encontraba parte de su familia. Marechal frecuentó aquellos parajes campestres por diez años. Los recuerdos de aquella vida infantil se confundirían con la honda percepción de Buenos Aires.

En 1918 murió su padre. Debió asumir entonces la responsabilidad de la familia, en razón de su condición de primogénito. Luego, murió su tío Francisco Mujica, con el que visitaba los campos de Maipú. Ejerció desde entonces diversos oficios. Primero fue maestro en una academia particular; luego, empleado en la Biblioteca Popular Alberdi, en Villa Crespo, lugar de Buenos Aires destinado a proyectar una fuerte resonancia en la obra magna marechaliana, Adán Buenosayres. Cumplió con tareas docentes por veinte años en la escuela Juan B. Peña (escuela también presente en la obra antes mencionada). Se jubiló en 1955. Fue también profesor de enseñanza media, graduándose como profesor normal en Letras en la Escuela Mariano Acosta.

En sus inicios literarios, se vinculó primero con el ultraísmo y el grupo "Proa" y con el movimiento "Martín Fierro". En 1922 publicó Los aguiluchos -libro que solía excluir de su bibliografía-; relacionado a Proa desde 1923, en su seno publicó Ditirambo a la noche y en el diario La Nación, El canto del miedo. Marechal participó de apasionadas tertulias literarias en el Richmond Florida y en los cafés de la Avenida de Mayo.

Luego de un viaje a Europa, ingresó como redactor fundador en el diario El Mundo. Allí trabajó hasta 1929. Publicó por aquella época las Odas para el hombre y la mujer, versos de tinte clásico.
Viviendo en París pergenió su novela Adán Buenosayres. La obra fue terminada y editada en 1948.
Regresó a la Argentina en 1931. Se entregó a la docencia. Una abismal turbulencia interior lo consagró a la fe católica. Continuó su obra poética y se sucedieron Laberinto de amor (1936), Cinco poemas australes (1938), y el importante ensayo Descenso y ascenso del alma por la belleza (1939). Por El centauro y Sonetos a Sophia de 1940, accedió a un premio nacional. Adquirió también la condición de Director General de Cultura de la Nación y Director de Enseñanza Superior y Artística.
En 1955, tras la caída de Perón, Marechal se adentró en un periodo de soledad y aislamiento. Prosiguió su obra poética con El heptamerón y editó en 1965, su segunda novela, El banquete de Severo Arcángelo, que trasmitía vívidamente las preocupaciones religiosas, y la apertura a lo metafísico por parte del autor.
En 1967 Leopoldo Marechal viajó a Cuba. Allí, fue jurado en un concurso literario de la Casa de las Américas. Su experiencia cubana generaría importantes repercusiones en su pensamiento político.

Aquí, en este momento de Textos Olvidados, deseamos contribuir a la lectura y valorización de Adán Buenosayres. Un poderoso esfuerzo creador donde se funden poética y narratividad, y donde la inspiración mítica es medular. Marechal se inspira en la figura mítico-religiosa de Adán, en la huella de personajes míticos clásicos y en la visión platónica-dantesca de la belleza y el amor. Fuente indispensable para el esclarecimiento de los significados de Adán Buenosayres es el texto del propio Marechal, Cuaderno de navegación, editorial Emecé, su capítulo "Claves de Adan Buenosyres", pp. 168-196. Como así también el ensayo antes consignado Descenso y ascenso del alma por la belleza, que posee fuertes coincidencias con las líneas aquí seleccionadas.

Aquí recuperamos parte del Libro VI de Adán Buenosayres llamado "El cuaderno de tapas azules". Un Adán que regresa al torrente de la historia irrumpe en la vida cotidiana de Buenos Aires, en el barrio de Saavedra, o en los campos de Maipú. Adán recuerda. Y su recordar no es sólo encadenamiento de imágenes pretéritas. La evocación de Adán es recreación de una forma determinada de percepción del espacio, y las corrientes devastadoras del tiempo. La sensibilidad ante el ritmo profundo de la existencia, la intuición de urdimbres metafísicas, el esplendor visible y llameante de la belleza y su poder de revelar la acción de un Creador, definen la singularidad de este momento de la literatura de Marechal. Una prosa que exuda poesía, y los poderes de la sensibilidad en su primera apertura hacia los colores que esmaltan el mundo.

E.I

 

EL CUADERNO DE LAS TAPAS AZULES (*)

Por Leopoldo Marechal

 

 

   I. Mi vida, en sus diez primeros años, nada ofrece que merezca el honor de la pluma o el ejercicio de la memoria. Es aquella una edad en que el alma, semejante a una copa vacía, se hunde hasta el fondo en el río cambiante de la realidad (que tal nombre damos en principio al color mentiroso de la tierra), y espiga, recoge y devora la creación visible, como si solo para esa cosecha barbara del mundo hubiese nacido. Entonces el niño, la piedra, el arbol y el buey giran enlazados en el baile primero, sin distinciones de color ni choques de fronteras. Pero más tarde, y en virtud de su peso natural, el alma se coloca en el centro de la rueda; y desde allí, inmóvil y como en suspenso, ve que a su alrededor siguen girando las demás criaturas: el árbol en el círculo del árbol; la piedra en el círculo de la piebra y el buey en el círculo del buey. Y en ese punto el alma se pregunta cuál será su círculo entre círculos y su danza entre danzas; y como no se da respuesta ni la recibe de los otros, inicia su jornada de tribulación; porque su duda es grande y creciente su soledad. En ese conflicto se halla la mía, y en él permaneció hasta que le fue revelado su norte verdadero en la figura de Aquella por quien escribó estas páginas. Y quiero declararme con exactitud mayor en lo que a dicho estado del alma se refiere, en la esperanza de mi relato, si algún duda se publica, sea consuelo y sostén de los que siguen las veredas de Amor. Porque de amor es la carne de mi prosa, y del color de amor se tiñe su vestido.

II. Con mas dulzura que tristeza evoco la imagen de aquella criatura que, con un pie todavía en la infancia y puesto ya su cuidado en los telares de la meditación, se preguntaba cuál sería su círculo y sus danzas entre danzas. Mi universo infantil era la llanura de Maipú, abierta de horizonte a horizonte, y la casa erigida en terrenos bajos que favorecían la presencia del agua y el afincamiento de un mundo volatil cuyo millon de alas negras, blancas y rosas herian el aire y escandalizaban la luz por culaquier motivo, ya fuera la irrupción de un jinete que se abría paso en los juncales, ya las evoluciones de algún nutriero que armaba sus trampas en el cañadón. Frescos están en mi memoria los días de Maipú, y aquella triste hora del anochecer, cuando nuestra casa parecía grande como el universo; ámbitos conocidos, rostros y voces, objetos familiares, todo era devorado por la sombra naciente, antes de que se encendieran las dulces lámparas amarillas; y si la infinitud del campo se nos metía por las ventanas abiertas, un cielo cruel en su inmensidad pesaba demasiado sobre la casa y hacia crujir los techos, a la hora en que nace un largo y sabroso pavor. Entonces era grato llorar en los rincones, pero a escondidas y en silencio, a fin de nadie lo advirtiera; porque más de una vez, sorprendido e interrogado acerca de mis lágrimas, no supe yo que responder a los hombres altos y a las mujeres fructuosas que sólo reían o lloraban por motivos concretos y no entenderían jamás como puede lograrse gratuitamente, al anochecer, cuando la vocación del llanto anticipa en el hombre a la causa del llanto. Varones y hembras de mi estirpe lloraban o reían sin pudor, y con toda la cara, en la estación precisa de sus lloros o en la estación exacta de sus júbilos; bien arraigados en esta realidad, ejercían sobre animales y cosas no sé yo que alegre violencia; estaban seguros en su círculo de furiosos caballos, de manadas calientes, de sementeras y flores que también respondían a una estación exacta, ¡y qué bueno era refugiarse a veces en la seguridad de aquellos brazos aguerridos que tendían los varones, o en el calor de los pechos frutales que mullían las hembras para la cabecita del niño, aunque llorara el niño sin razón, al anochecer, y aunque mujeres y hombres no entendiesen, allá en Maipú, que se pudiera llorar sion motivo alguno cuando la vocación del llanto es anterior a la cuasa del llanto!

Con el andar del tiempo, aquella desazón que aún ignoraba su nombre fue concretándose y esclareciéndose hasta lograr en mí una lucidez no menos dolorosa; empecé a sentir que la tierra no era ni durable ni firme bajo mis talones. Y la realidad movediza como las arenas, cuya incesante mutación veía yo en los hombres, animales y cosas de la llanura, no tardó en ocupar mis desvelos hasta un punto difícilmente creíble si ha de juzgarse por el verdor de mi edad. Aquel devenir extraño, aquellla degeneración inquietante que se manifestaba en los días y las noches, las primaveras y los otoños, los nacimientos y las muertes, los júbilos y las desgracias, cuyos vaivenes misteriosos compartía yo con mi tribu de la llanura, fueron inclinándome a dos mociones del alma cuyo ejercicio no he abandonado aún; cierta inclinación a la duda, que me hacía recelar de todo aquello que trajese demasiado visible la señal del tránsito y el color de la finitud; y un ansía entrañable de lo permanente, un deseo acariciado hasta las lágrimas de algún mundo en cuya estabilidad se durmiera el Tiempo y se que quebrara el Espacio.

La devastación del Tiempo fue lo que saltó primero a mis ojos infantiles: llegué a sentir con tal hondura el paso corrosivo de las horas, que acabé por imaginar al Tiempo como un río invisible, cuyas mordientes aguas, al rodar sobre las cosas, lo iban royendo todo, la vivienda y sus hombres, la llanura y sus brutos. Aquella materialización del tiempo llegó en mí a un grado tal, que durante mis desvelos nocturnos lo sentía mover las ruedecillas de los relojes, o abrir los techos en filtrantes goteras, o morder las paredes como un sigiliso animal roedor. ¡Ah , recuerdo una fiesta de bodas, en la gran casa de Maipú! Aquella noche la alegría tuvo el cuerpo de un dios que bailaba entre cien espejos vivos y cien lámparas iridiscentes, al son de cuerdas locas y exaltados metales. La maravilla de los niños, el viento fogoso que levantaban las mujeres, el arrebato de los hombres, ¡ah, todo ello me había sumergido en la embriaguez de la hora! Y en el instante justo en que abuelo Sebastián, con la copa en la mano y tambaleándose como Sileno, aventuraba un paso de mazurca entre risas y bravos; en el instante rarísimo en que las tías luctuosas desarrugaban sus frentes bajo los negros chalones; en aquel instante mismo sintió que una voz admonitoria resonaba en mi ser, y que un viento glacial me sustraía de pronto al ritmo de la fiesta, devoraba luces y barría sonidos. Y ante mis ojos operóse una transmutación increíble: me pareció ver la obra del tiempo adelantándose ya en aquellas mujeres y aquellos hombres que bailaban enlazados; vi arrugarse las caras, hundirse los ojos y devastarse las encías; los vi a todos, retorciéndose y quemándose como las hojas de un árbol de un incendio; y vi, además, cómo se agitaban las paredes, cómo ennegrecían los techos, cómo se derrumbaba hecha polvo la casa de Maipú. Entonces quise gritar, pero aquel grito de alarma se quebró en mis labios. Y huí vertiginosamente, rumbo a la noche, lejos de la mansión que se abatía sobre tantas cabezas. Y no se borrará de mi memoria la imagen de aquel niño que, abrazado a su caballo atento, sollozaba en una medianoche de bodas, frente a la cada llena de música.

Paralelamente, la noción de Espacio también se me aclaraba como una pena, favorecida por la llanura cuya extensión se mide con sudores de caballo, y en la cual naciente o poniente, norte o sur, eran fáciles caminos de ausencia y puntos a que volaban los ojos en atención de acariciados regresos. Mas aquella sensación del Espacio adquiría en mí los volúmenes del terror cuando, en las noches de luna nueva, tendido yo en la gramilla, levantaba mis ojos al cielo, donde las constelaciones australes parecían colgar sobre mí como los apiñados racimos de una parra celeste. Y me digo ahora que tal vez don Bruno, el maestro rural, no debió sugerir en las clase la noción de las distancias pavorosas que mediaba entre aquellos mundos y nosotros, no calcular los miles de años que tardaría un tren de ferrocarril en llegar a la estrella Betelguese. Porque recuerdo que, al mirar aquellas polvaredas estelares, mi alma caía en el vértigo del abismo, anonadada todo ella por la brutalidad que gravitaba desde lo alto y que la reducía brutalmente a polvo, como en un mortero. Y lagrimeaba yo, tal un niño extraviado en un bosque, sin saber aún que todo aquel enjambre de mundos cabía en la pequeñez de un entendimiento humano, por ser el intelecto una esencia no espacial y hallarse libre de las tres dimensiones del Espacio. Al recordar aquellas lágrimas infantiles, pienso ahora que muchos niños deberán llorar aún en la llanura, bajo el agobio de las noches australes, para que se inauguren dichosas vías de ascensión en el cielo desnudo de la patria.

Poco a poco el viento de angustia que señoreaba en mi ánimo fue concediéndome vastas horas detregua. Y, poco a poco, triunfando sobre su devastación continua, el mundo de las formas y los colores empezó a revelarme su secreto en la felicidad de una contemplación cuya virtud yo no entendía entonces, pero que me libraba de mí mismo y de mis terrores, levantándome a la dulzura de ciertos climas espirituales no gozados aún. El esplendor de aquellas formas (espigas, caballos, flores) que no sabían morir en la llanura, y que si bien desertaban en cada poniente de la materia volvían a encarnarse con igual hermosura según el ritmo de estaciones exactas, no sólo me ofrecía un simulacro de la estabilidad que yo soñaba, sino que iba despertando en mi ser no sabía yo qué graves resonancias, como si mi entendimiento y las cosas iniciasen ya un diálogo íntimo en el cual hablaban las cosas y mi entendimiento les respondía vagamente. Sólo más tarde comprendí aquel arrebato idioma de la belleza; y supe que mi destino era el de perseguir la hermosura según el movimiento del amor. Entretanto, me aferraba yo a la seguridad y a la delicia en que las formas de las criaturas me conformaban graciosamente; las veía nacer, y mi corazón gozaba en su primavera; la veía morir, y mi corazón entraba en su invierno. Fue así como, durante algunos años, mi infantil pareció girar sobre los mismos polos de la tierra. Gracias a una tía floral (si no fue un ángel hortelano quien plantó el jardín y la huerta de Maipú) tenía yo detrás de la casa un paraíso en miniatura donde árboles bien cuidados redondeaban ese prodigio de los frutos y rendían una sombra bajo la cual prosperaban ejércitos de flores no habituales en la llanura quemada de sol y barrida de vientos. Adán en mi jardín o Robinson en mi isla, deambulaba yo a toda hora en aquel recinto; mi entendimiento discurría y zumbaba en torno de aquella hermosura, queriendo penetrar hasta el nectario inteligible de las cosas, a la manera de un abejorro que persiguiese alguna miel adivinada. Presidía yo el nacimiento de las formas: las miraba crecer hasta lograr un esplendor que salía de madre, que rebalsaba los límites de la materia, que se hacía doloroso en razón de su misma intensidad al fin, como en la nostalgia de no sabía yo qué gusto edénico perdido alguna vez y rescatado quizás en el sabor de aquellas formas que se rompían a fuerza de querer decirme algo. Después llegaba el otoño, y con él un crepúsculo de las mismas formas adorables que yo había visto crecer en el huerto y que el declinar ahora proyectaban sobre mi ánimo la grave dulzura de sus muertes. Y así como la tierra se desvestía, guardaba sus tesoros y parecía reconcentrarse toda ella en el umbral del sueño, así mi corazón iba replegándose también sobre sí mismo, entraba en su invierno, se adormecía para lo exterior y se desvelaba otra vez en el proceso íntimo de sus cavilaciones. Desfilaban los días y las noches invernales; la tormenta gruñía como un perro en el horizonte, se acercaban, retrocedía y cargaba de pronto sobre la llanura, con su escuadrón de nubes y su látigo de viento; caía la lluvia, repicaba en los techos y los vidrios, ponía un cerco de aguas crecientes a la residencia de Maipú, enceguecía las ventanas; y era grato recorrer las alcobas en penumbra, o buscar olores entrañables en las ropas, o leer viejos papeles olvidados, o rememorar gracias antiguas en la flor seca o en la mariposa difunta que yo había guardado entre las páginas de mis libros. Y más tarde llegaba para mi cierta desazón que me conducía prematuramente a un sabroso espionaje de la primavera futura; vigilaba yo los árboles del jardín, medía la profundidad de su sueño, estudiaba su ramaje desnudo en busca de algún brote que despuntase, o de alguna yema que reventara; defraudado en mi anhelo, removía la tierra y exhumaba bulbos de jacinto, para ver si dormían aún o insinuaban ya sus tiernos espolones.¡Inútil! La gran revelación venía de pornto, alguna mañana, tras una noche de calor y aguacero. Y era de salir a la huerta y quedarse allí como deslumbrado ante una locura de glicinas que resucitaban.

Al mismo tiempo aquellas emociones iban despertando en mi ser un ansia viva de expresión, un deseo incontenible de hablar el mismo lenguaje un ansia viva de expresión, un deseo incontenible de hablar el mismo lenguaje con que me enamoraban las criaturas. Ya en el jardín y huerta de Maipú había comenzado a observar los dos tiempos de la inspiración que se daban en mí ante la hermosura de las cosas; una embriaguez fundida en lágrimas, y el nacimiento de una idea musical que se debatía en mi ser y buscaba su manifestación. Como no dispusiera yo, en mis comienzos, de arte ninguno, me valía de palabras incoherentes o voces en libertad, no por lo que significaban ellas mismas, naturalmente sino por el valor intencional que yo les asignaba según el caso. Así una misma frase, con el solo prestigio de su música y el de mi exaltación, era capaz de traducir las más encontradas emociones de mi espíritu; como aquella de la "la rosa, la pura rosa, la descarnada rosa ", que yo sabía pronunciar en todos los matices de la desolación o el júbilo. Después el arte sucedió al caos, y el orden musical a la incoherencia. Y no voy a numerar ahora las fatigas y desvelos en que me puso el ejercicio del canto. Sólo recordaré que una mañana, leyendo mi composición en clase, don Bruno exclamó, dirigiéndose a los chicuelos: "Adan Buenoayres es un poeta". Y los alumnos me miraron sin entender, y enrojecí de verguenza, como si me hubiesen desnudado en público. Tenía catorce años.

(...) Me hallaba en un lugar extraño, diferente de todos los que había visto yo en la tierra: cierto paisaje yermo, tenebroso y helado como una región astral. Y en sueños me parecía sufrir el mismo agobio nocturno que me atormentaba durante la vigilia, pero tan infinitamente sutil, que todo mi ser no era sino una mirada estudiosa que se paseaba sobre su misma desolación. De pronto, sin entenderlo claramente, me pareció que dos ojos atentos estaban mirándome detrás de mí. Y vuelto el rostro hacia ese lugar, vi al Hombre que se me había mostrado tantas veces en sueños, el cual me contemplaba largamente, vestido de su propia juventud y hermosura más que de su nobilísimo ropaje. Y tanta piedad leía yo en aquellos ojos, que los míos empezaron a llenarse de lágrimas. Visto lo cual el Hombre despegó sus labios y me dijo: "¿Por qué lloras?". Nada le respondía yo, sino que mi llanto arreciaba por la doble caridad de aquella voz y aquellos ojos. Y entonces vi que tendía él su brazo a las alturas y que oí que me ordenaba: "¡Mira!". Levanté la frente, siguiendo el rumbo de su brazo, y me pareció ver, como clavada en la negrura de arriba, una graa esfera de vidrio semejante a un animal del cielo en la forma y en el color, pero de tan viva trasparencia, que ningún punto de su masa quedaba invisible. Y lo asombroso era que aquel astro tenía como eje un cuerpo desnudo de mujer, el cual dominaba las cuatro direcciones de la esfera: al norte la cabeza, los pies al sur, el brazo derecho al este y el izquierdo al oeste. Sin embarego, yo entendía en sueños que mis ojos, apenas levantadas hasta el prodigio de aquella visión, querían abatirse otra vez, tal como si se negase a contemplarla. Notado lo cual, el Señor de la noche volvió a ordenarme: "¡Mira!". Rendido a su voz, puse otra vez mis ojos en la esfera. Y algo nuevo sucedía entonces: me pareció que al estudiar aquella enigmática figura de mujer una inquietud antigua despertaba otra vez en mi ánimo; era un flujo de voces que yo creía muertas para siempre, o la resurección de aquella imagen de la felicidad que recién había sepultado yo en el primer otoño de mi alma. Entusiasmos de ayer, gustos perdidos, fervores de guerra y frescuras de canto volvieron a señorearme a la sola contemplación de la mujer crucificada en la esfera; de modo tal que volví, en sueños, a reconstruirme y a ser lo que antes había sido, hasta olvidarme de la noche y del Señor que a tantas maravillas me convidaba. Después una gran zozobra me sobrecogía: observé de pronto que la esfera no estaba inmóvil, sino que se movía en torno de la mujer como un planeta sobre su eje; y vi que, a semejanza de la luna cuando entra en su menguante, la esfera iba decreciendo poco a poco y arrebatándome la delicia de aquella visión, hasta esconderse toda en la oscuridad primera. Lo que sentí luego no es facil de comunicar por el idioma: era un acabarme y un perderme no sabía yo en qué abismo de aniquilamiento; y si algunas aproximaciones de la muerte había conocido yo en el transcurso de la vida, la que ahora se me presentaba en sueños era la más cabal y terrible. De pronto, y en la mitad de mi naufragio, me pareció que, asiéndome y levantándome sobre aquel abismo, la voz del Hombre me ordenaba por tercera vez: "¡Mira!". Y alzando los ojos vi un medio anillo de plata, semejante al de la luna cuando inicia su creciente, el cual iba engrosando poco a poco hasta reconstruir la esfera primitiva, como si aquel rastro que yo había visto desaparecer avanzase de nuevo hacia otro plenilunio. Y me pareció que la esfera no giraba esta vez en silencio, sino que producía un sonido grave como de arco al rozar una cuerda; y oí que desde la inmensidad de la noche cien músicas bajaban o subían, respondiendo al sonido de la esfera, como si al él se ordenasen todas en la gracia unitiva del acorde. Pero cuando mis ojos alcanzaron la imagen de la mujer crucificada en el eje y el ecuador de la esfera, ya no quedó en mi ser ni volutnad ni entendimiento ni sentido alguno que no se le rindiese: no era, en verdad, la misma señora que yo había visto antes; ni tampoco era diferente, sino algo así como una sublimación de la otra. Pero si la mujer no era distinta en sí, lo era en los efectos que ya obraba en mi ánimo; pues al ver fui entendiendo que yo no sabría mirar otra cosa en adelante, porque mi contemplación nacía en ella y en ella se quedaba, sin retorno. Y sentí que mi corazón ardía en su fuego, como una madera olorosa, y que al morir yo en mí resucitaba en aquella mujer admirable con una vida cuyo sabor, aunque gustado en sueños, no ha de borrarse nunca de la lengua de mi alna. Después me parecía que se quebraba el encanto, al sospechar yo que la mujer de la esferfa no brillaba con luz propia, sino con la de algún sol invisible para mi todavía, y del cual ella fuese luna o espejo. Y cuando apartaba mi vista de la mujer, para buscar en las tinieblas el sol incógnito que sin duda la iluminaba, desperté bruscamente y me hallé a oscuras en la soledad de mi retiro, bajo el viento que había soplado mi lámpara y revolvía los papeles de mi mesa. Recuerdo que un gallo cantaba en las brumosas lejanías, y que a través de mis cristales vi la estrella de la mañana luciendo a unos treinta grados sobre el horizonte.

(...) Recuerdo que yo estaba en el jardín de Saavedra, con el amigo que me había presentado y las mujeres de las casa, jóvenes todas y de gracioso talante. Mi amigo sostenía con las mujeres uno de aquellos diálogos porteños en que la palabra ingeniosa quiere a la vez ocultarlo y revelarlo todo. Y yo callaba, sonriendo a los interlocutores, pero entregado en realidad a la magia del jardín en cuyos ámbitos la tarde y el silencio eran un sola persona. Y estaba yo así , lejos y cerca de las voces amigas, cuando por el sendero de los aromas apareció la extraordinaria criatura de mi relato; venía ella como quedándose, tan lento fue su andar en aquel instante precioso a la memoria; pero su sonrisa se le sdelantaba, como si fuese un emisario suyo; y como su vestido tenía el color del aire y el aire sutil se disipaba, no es asombroso que yo la tuviera por una visión y me preguntara si la tarde no se habría personificada en aquella suavísima figura de mujer. Tan absorto estaba yo en la tarea de admirarla y tan inusitado era el revuelo que su presencia levantaba en mi ánimo, que no supe contestar a su saludo cuando, tras oír mi nonbre de boca de sus hermanas, ella inclinó la frente y abatió los ojos. Pero, si mi lengua enmudecía, una voz no extranjera para mí se levantaba ya sobre aquel nuevo tumulto de mi corazón y parecía exclamar, como respondiendo finalmente a la pregunta viva en torno de la cual giraba mi ser desde hacia tiempo:"¡Ahí está el rumbo del ala y el norte de la paloma!".

Temeroso de que mi turbación se hiciera notable a las personas que me rodeaban, traté de seguir entonces la conversación del amigo y las mujeres. Pero mis ojos no sabían irse de Aquella (que con tal nombre será llamada en adelante), la cual, como si no se atreviese aún a levatar su voz entre las ya maduras de sus hermanas, sonreía, callando, rendido a tierra, su mirar, circunstancia feliz que me permitía entregrarme discretamente a su contemplación, en la cual mis ojos parecían descubrir ahora su oficio verdadero: No se hallaba todavía en la flor de sus años, pero ella, según vi, no era sino un gesto de amanecer comparable al del alba cuando quiere y no quiere ser día.

Las tres dimensiones de su cuerpo eran un éxtasis del espacio, cada latido suyo una delicia dell tiempo y toda ella un lugar de sublimación para la luz. Al verla, no atinaba yo a discernir qué forma sustancial o qué adorable número creador se había encarnado en su frágil arcilla, forma que trascendía o rebalsaba en cierta hermosura cuyo esplendor ya no estaba en ella, sino delante de ella, como su mensajero, y a sus espaldas, como su sombra, y a su derecha, como su lanza, y a su izquierda, como su escudo. Alta y recta bajo el vestido aéreo que la recataba, su forma parecía iniciar su doloroso despunte, como el de la yema qure se hincha y rompe y aventura un gajo. Y al observar aquella tensión de su ser hacia la vida y la estatura de su gracia junto a la de las otras mujeres, recordé un poema del amigo cuyos dos renglones iniciales dicen así:

Entre mujeres alta ya, la niña

quiere llamarse Viento...

Y tanto le cuadraba esa imagen del amigo, que sin dejar de mirarla repetía yo in mente los dos versos, maravillado de que solo en que aquel instante se me revelara su sentido. Porque, si Viento era el nombre que le convenía, de viento sería su pie y de viento su mano cuando se levantase y cayera sobre la flor del alma. Con lo cual temblaba la mía, como si ante aquella mujer adivinase ya el comienzo de otro dolor y el preludio de otra guerra.

Con el ritmo alegre de la tertulia crecía el tumulto de mi ser. Y sintiéndome como dividido en la atención de las voces que me llegaban de afuera y las que no podían sosegarse dentro de mí, resolvía alejarme y lo hice, deseoso de medir en la soledad el tamaño de aquel nuevo conflicto. Así abandoné la casa de Saavedra, y así, como en sueños, recorrí el espacio que la distanciaba de mis cuatro paredes habituales. Y no bien hube llegado a ese retiro, mi alma, recogida en su intimidad, empezó a reconstruir la imagen de Aquella con todas sus líneas, pesos y colores, de modo tan perfecto que ante la sola imagen, volvió a temblar y a maravillarse, no porque desconociera la índole de su turbación, sino porque, habiéndola conocido hasta el desengaño, se venía creyendo libre de toda nueva inquietud y como abroquelada en su inmovilidad. Por eso fue que, sustrayéndose un instante a la dulzura de aquel nuevo llamado, mi alma comenzó a reprocharse su fragilidad y a decirse: "¿Cómo? Después de tan largo viaje, ¿te lanzarás otra vez al río engañoso de las criaturas? ¿Descenderás nuevamente a la finitud y peligro de los amores terrenos, después de haber alcanzado la noción de un amor infinito?". Pero las voces de su alarma no conseguían derrotar el encanto de la visión que llevaba consigo. Antes bien, girando en torno de aquella imagen, entendía que, cuanto más la contemplaba, más iba rindiéndose a ella su voluntad. Entretanto la noche había caído sobre la tierra y poblaba de sombras mi habitación. Recuerdo que abrí entonces las dos hojas de mi ventana, y que, dejándome caer en un sillón, me puse a contemplar el cielo estrellado en cuya bóveda un creciente de luna fingía navegar sobre nubecitas de plata. El aire de la noche primaveral, húmedo y fragante como el aliento de una niña, suscitaba en mi ser un escalofrío largamente olvidado y traía no sé yo qué indecibles frescuras a la sequedad de mi alma, como si de pronto la invitase a retoñar otra vez. Desde la calle arrabalera subía un coro de voces infantiles:

Entre San Pedro y San Juan

hicieron un barco nuevo:

las velas eran de plata,

los remos eran de acero...

Dejando vagar mis ojos en el campo de las estrellas, observaba yo que una ternura de otros días reconquistaba mi corazón y lo inducía en amplios caminos de benignidad. Y era tanta la misericordia que parecía llover de lo alto en aquella noche memorable, que de pronto mis ojos empezaron a lagrimear, y no ahora de angustia, según acostumbraban sino del alivio y la paz que me traía el cielo nocturno. Sucedió entonces que, atribuyendo a la revelación de aquella tan bondadosos efectos, volvía a contemplar en imaginación y a retormar el hilo de mi soliloquio, preguntándome cuál sería el bien que se me anunciaba en aquella misteriosa figura de niña:

En primer lugar adverti (recordando el episodio de la tarde) que la visión de aquella mujer de Saavedra me había causado un súbito deslumbramiento, como el que produce la hermosura. Y al contemplar ahora su imagen no dudada que sólo a su belleza debía anotarse aquel efecto de luz. Además me decía yo que no hay deslumbramiento sin algún "esplendor" que lo cause; y recordaba que toda hermosura se definía como cierto "esplendor". En seguida hice dos observaciones paralelas; me dije, por una parte, que todo esplendor supone un "esplendente", por lo cual era dado preguntarse "qué cosa resplandecía en Aquella", o "esplendor de qué cosa era su hermosura"; observaba, por la otra, que su belleza no producía en mí un deslumbramiento del alma, como la luz inteligible. Ahora bien, siendo su hermosura una luz que yo alcanzaba por vía de mi entendimiento, y siendo el entendimiento una potencia que tiende a la verdad, me dije que su belleza no podía ser otra cosa que el esplendor de algo verdadero. (*)

 

(*) Fuente: Leopoldo Marechal, "El cuaderno de las tapas azules", en Adán Buenosayres, Buenos Aires, ed. Planeta.