William Blake, por Vicente Fatone (presentación por Ezequiel Ludueña)

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Vicente Fatone (1903-1962) es tal vez el pensador más auténtico que haya dado la Argentina. Su trayectoria –como la de Cansinos Assens- fue la de un "divino fracaso". (Tal vez a propósito, en El hombre y Dios, se permitió recordar –casi a propósito- esta frase del deán Inge: "Nada fracasa tanto como el éxito").

Orientalista ejemplar, versado en el existencialismo y en todas las expresiones místicas en general (en el Tao, en Eckhart, en Nagarjuna, en Manacorda en particular), dedicó su inteligencia al estudio del hecho místico. No del misticismo, que hace doctrina sobre el hecho, sino de aquello que en griego puede transmitirse de la más simple manera: tà mystiká –lo místico. Y entendió que la mística no era una deformación ni de la filosofía ni de la religión sino una formación autónoma que puede cifrarse como una búsqueda de independencia absoluta.

Al margen de sus libros publicados, Fatone escribió una inmensa cantidad de artículos –la mayoría bajo seudónimos. A esa parte de su producción pertenece el siguiente texto publicado en La Nación con el seudónimo de Luis Vivot. Característica de Fatone es cierta capacidad que Borges creía reconocer en Dante y en Stevenson: la de pintar a un personaje en unas pocas páginas.

Hasta donde sabemos, Fatone no nombra nunca a Blake salvo en estas páginas. Este parece haber sido también otro de sus rasgos propios: nunca hablar de más. Al parecer Blake ocupó un lugar en su vida. Pero eso no se traduce más que en este único ensayo. Tenía esa capacidad de expresar su sentir y su pensar de una sola vez. No necesitaba abordar los temas y los autores desde diferentes puntos de visto para ir aclarando su comprensión e interpretación en sucesivas aproximaciones. Podía concentrar todo lo que se puede decir sobre algo en un único punto. El siguiente es el punto en el que está su Blake. Pero no su Blake estudiado: su Blake vivido. Una anécdota habla de esto. Cuentan que cuando Perón lo dejó en la calle, sus amigos más íntimos le pidieron que les diera lecciones de filosofía. Pensaban que así podrían ayudarlo económicamente. Fatone les dio las clases. Los atendía en su casa prolijamente vestido de traje los domingos por la mañana. Pero nunca aceptó dinero. Ese dinero podría comprar el pan de la casa, pero quitaba a un tiempo el pan espiritual del alma.

Ezequiel Ludueña

 

 

WILLIAM BLAKE (*)

Por Vicente Fatone

 

    El niño William Blake escandalizaba a sus padres con los relatos que del jardín o de la calle traía: acababa de ver un coro de ángeles, una procesión de hadas. Con los años fue poniendo más énfasis en la afirmación de sus aventuras: no veía ángeles sino demonios y hasta había entablado relaciones personales con algunos de ellos. Ya anciano, reincidió diariamente; y en sus últimos momentos, después de entonar cantos de dicha y de alabanza, llamó a su esposa para advertirle: estos cantos no son míos, no son míos.

Los aficionados a la psicología han resuelto muy fácilmente este problema de William Blake: el poeta y grabador inglés era un alucinado, pues la alucinación consiste en una percepción sin objeto que la determine. Pero William Blake era un artista, y sus alucinaciones no consistieron en meras "percepciones sin objetos": tenían un sentido. Y eso fue lo que William Blake se empeñó en mostrar y demostrar. "No miro con los ojos; miro a través de ellos",- decía- escandalizando ahora a los académicos que rechazaban sus versos y sus grabados. Era lógico, pues, que William Blake prefiriese invocar el testimonio de los niños quienes ven a las hadas y a los ángeles.

Una mañana, el Niño sentado en una nube le dijo: "Canta tus cantos de perfecta dicha... El canto del Cordero." Y Blake escribió sus "Cantos de inocencia" para que todos los niños, al oírlos, se alegrasen. En esos cantos la inocencia está representada por la perfecta dicha que aún no ha envejecido lo suficiente para tener nombre: la del recién nacido. Pero esa dicha formula de pronto preguntas y reclama respuestas. Nace la experiencia, y con ella los nuevos cantos del poeta: "Tigre, ¿qué mano, qué ojo inmortal formó tu tremenda simetría?" El tigre, el insecto, la oruga; siempre motivos próximos a la dicha perfecta del niño sin nombre; los pájaros del cielo y los lirios del valle. Siempre la pequeña criatura que se presentará más tarde en las formas del gusano, provocando el asombro de Thel:

Art thou a Worm? Image of weakness, art thou but a Worm?

I see thee like an infant wrapped in the Lilly´s leaf.

Is this a Worm? I see thee lay helpless and naked, weeping,

And none to answer, none to cherish thee with mother´s smiles.

 

* * *

William Blake hizo algo más que proyectar imágenes: se proyectó él mismo, y fue a colocarse en los planos irreales que eran los de sus imágenes. Se trasladó más allá de las cosas, volviéndose súbitamente para sorprenderlas como podían sorprenderlas los académicos de fines del siglo XVIII. Pudo, así, ofrecer lo que para todos era invisible. Su "Crucifixión" es el mejor ejemplo de ello. Nadie había ido, hasta entonces, a colocarse detrás de la Cruz. Desde allí no se ve a Cristo: apenas si son visibles los brazos, pero se descubre en cambio, en su mayor intensidad, el símbolo: el dolor de María es más grande, y el tribunal del mundo, mostrado en la contemplación de su propio crimen, es más repulsivo. De la misma manera sorprendió Blake al Ángel que removía la piedra del Sepulcro, y a Jesús en la Ascensión, y a Thel que interrogaba al gusano envuelto en hojas de lirios. Ni el Ángel, ni Thel están "posando" para el artista: ni Jesús ni María son figuras. Blake ha buscado en ellos la "forma", esa forma que los viejos filósofos no reconocían sino en la vida misma y nunca en el simulacro. (La mano de la estatua - decía Aristóteles - tiene la figura pero no la forma de nuestra mano.)

Esta preocupación de Blake se advierte, definitivamente, en su visión del Nacimiento, donde sentía la necesaria presencia del Espíritu Santo por cuya obra y gracia había sido posible el misterio. El Niño está suspendido en el aire junto al regazo de la Virgen transida y envuelto en una luz que es la misma del cielo.

El arte era, para Blake, un medio que permitía la comunicación de los hombres con el paraíso, es decir una plegaria. Sus "formas" se mueven en los dos elementos más familiarizados con la altura: el viento y el fuego. Del fuego se ha dicho que nadie, en Europa, nunca ha conseguido pintarlo tan "espléndidamente". El viento que invade las formas de los hombres, que las curva, las concentra, las humilla, tiene en sus dibujos el valor de un símbolo: despoja a los hombres de toda soberbia; y la actitud de quienes rezan es en los dibujos de Blake, la que la plegaria cristiana exige: "Hágase tu voluntad."

William Blake afirmó que no se podía ser artista sin ser cristiano. Y dio a entender que el mundo es indigno de los artistas porque no sabe merecer a los cristianos. En su inocencia no sospechó que es difícil ser artista permanentemente; y se creyó permanentemente cristiano. Lo fue por momentos; cuando exigía "un Rey, un Dios, una Ley"; cuando vistió al hombre desnudo y le dio de comer al hambriento, y aún más cuando renunció a todo lo que manos generosas le ofrecían, porque esas manos le obligaban a renunciar al pan espiritual. Fue cristiano cuando se alejó del mecenas Hayley, que le ahorraba todas las privaciones imponiéndole la privación de su arte; cuando comprendió que sólo una cosa era necesaria y que el sacrificio de lo perecedero era la conquista de lo imperecedero. En uno de esos momentos pudo decir:

- No necesito nada. "I am quite happy." ¡Completamente feliz!

 

* * *

Se ha querido ver en su pensamiento y en su obra la influencia de Swedenborg, el sabio que sin ser artista ni santo se abandona súbitamente a la contemplación alucinada. Pero Blake estuvo lejos de Swedenborg. A pesar de sus alusiones a lo diabólico era un niño, y la inocencia lo salvó como artista y como hombre. Se dijo amigo del demonio, pero tuvo un solo amigo: su esposa; y no pensaba en los espíritus infernales cuando en sus últimos momentos, llamó a su Catherine y le murmuró al oído: "Eres un ángel." Contra las turbias concepciones de Swedenborg Blake fue claro y preciso. Swedenborg tenía la soberbia de los fundadores de sectas, de los ángeles caídos, porque "creía que todos eran unos hipócritas y sólo él un hombre religioso." La obra de Swedenborg nada valía, porque "cualquier hombre con habilidad meramente mecánica hubiera podido extraer de los libros de Paracelso y de Böhme diez mil volúmenes iguales a los suyos"; y de las obras de los grandes poetas- Dante, Shakespeare- se podría extraer un número infinito. Aunque hablase de los demonios, aunque se declarase amigo de ellos, se sabía cerca de los ángeles y de los artistas (de los cristianos, ya que artista y cristiano eran, para él, sinónimos.)

William Blake no creyó tampoco en la realidad de sus imágenes. Mejor: no las creyó suyas, y por eso las creyó reales. Esas imágenes tenían realidad exterior, concreta, independiente. Sostuvo, sí, que lo físico no era la última realidad: que detrás de ella había otra, preferible. Por eso no quería ver la luz, en la luz: veía ángeles; y alguna vez, para mostrar esta realidad a los incrédulos, pintó un arco iris que era una teoría de querubines. Siempre inocente, fue Jacobino, porque también en lo político miraba a través de sus ojos: supuso que con la caída de los Luises terminarían, para siempre, los leones y los lobos. Su visión del mundo es la del Cordero: la del Niño que le ordenó cantar sus "Songs of Innocence".

 

* * *

Se inició dibujando las tumbas de la abadía de Westminster, y descubrió entonces dos realidades: la Edad Media y Albión; pero esas dos realidades eran vislumbres de otras más amplias: la Biblia y Jerusalén. Alucinado pero artista, quiso construir un nuevo pasado, recurriendo al mito, y así escribió sus libros más "obscuros" y pintó sus cuadros más "extraños". Para un artista, la construcción no puede ser una actividad mecánica: construir es siempre crear; lo contrario de la creación es precisamente el procedimiento de quienes extraen el futuro partiendo del presente: ése es el procedimiento de los sabios, cuyos problemas parten de datos que implican o condicionan ya la solución. La verdadera creación tiene ya un modelo: Dios, que creó de la nada. Y Blake quiso imitar a Dios, recrear el mundo. Para ello - pues era partir de la nada - recurrió al mito y revivió los días primeros en que el surgimiento de la sombra humana hizo que la eternidad "fuese recorrida por un alarido y suspendida por un ataque de parálisis". Toda su obra se resolvió, al fin, en mitos y en símbolos equívocos. Lo obscuro, lo extraño de esos mitos y símbolos es en Blake también una forma de humildad: la humildad ante el misterio. (*)

  

(*) Fuente: Vicente Fatone, "William Blake", publicado en La Nación del 1 / 01 / 1939 con el seudónimo de Luis Vivot.