William Golding y una visión dentro del templo medieval

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En todos las culturas, el templo es lugar sagrado. Sitio mágico que obsequia al hombre alas de fuego para deslizarse en lo divino. Estar dentro del templo puede ser latir en los nervios más vitales de lo real. Esto es lo que le ocurre a un religioso medieval, Jocelin, en una obra de William Golding, el autor del Señor de las moscas. A continuación, el relato de una visión, de un renacimiento con ojos de lince o águila. Ojos de felino, de ser alado, capaces de entrever, dentro del templo, el color enigmático del mundo...  
 
    ...Me esforcé, entonces, por ver el templo como una cosa u objeto que se erguía ante mis ojos...No me costó mucho, ya que podía verlo a través de mi ventana.  Observé el perfil del tejado, las paredes, los salien­tes cruceros, los pináculos irguiéndose a intervalos a lo largo de los parapetos... miré hasta que ya no sentí interés alguno por lo que veía. De pronto, mi corazón se estremeció... Digamos que un sentimiento nuevo surgió en él y fue creciendo hasta culminar en un fuego viviente que me transfiguró. De pronto, muy próximo, vi un pináculo que se recortaba en el cielo como la exac­ta reproducción de mi ruego en la piedra: un impulso hacia lo alto ornamentado de pensamientos, el impetuoso corazón ascendiendo y estrechándose cada vez más, hora­dando el firmamento..., y, en la cima, también en pie­dra, aquello que sintiera en mí como una llama.
Cuanto más miraba, más comprendía. El pináculo me pareció la cla­ve de un vasto libro y me sentí dotado de dos nuevos ojos y dos nuevos oídos. Entonces, el edificio se reveló... Y habló: “Somos el trabajo”, dijeron los muros. Y las ventanas ojivales, uniendo sus manos, cantaron: “Somos la oración”. De  improviso me lancé en dirección de la puerta oeste y de un brinco pasé al interior. Precisando: afuera, el edificio se me había revelado como la imagen de un orante; dentro, se mostró ante mí como un bello libro destinado a instruir a ese que oraba. Fue en el invierno, al caer la tarde. La nave central estaba en la penum­bra. Arriba, en las vidrieras, brillaban los patriarcas y, más abajo, los santos. En los altares laterales ardían mis cirios. (...)Y me inicié en su secreto lenguaje, tan sencillo y evidente para quienes son capaces de comprender. En­tonces vi su manual del cielo y la tierra abierto ante mis insignificantes ojos. Y mi corazón se dio a construir en mí la iglesia. Levantó sus muros y pináculos, su tejado en declive. (...)Y mi cuerpo, tendido sobre las suaves losas, se transformó en un abrir y cerrar de ojos, resucitó de entre las cosas cotidianas. Por último, la visión se esfumó. Pero su recuerdo, que paladeé como el maná, cobró forma de torre y se trocó en...una suprema y definitiva plegaria. (*)

(*) Fuente: William Golding, La construcción de la torre, Buenos Aires, Ed.Sudamericana.