Occidente y Oriente, por Daisetz Suzuki

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El poeta disfruta del aire, y de los caminos verdes. Como una brisa suave e inesperada, lo sorprende una flor, humilde, recatada, aparentemente insignificante. Es una nazuna, cerca de un seto. El poeta, hijo de la tierra japonesa, Basho, se inclina respetuoso ante la flor. La contempla, la percibe. En su pequeñez hierve una realidad infinita, que destila una gracia cercana, pero también algo inasible. Y ante otra flor, llega el poeta de otro país, de otro tiempo, de otra cultura. Es Tennyson, quien también en un camino verde descubre una bella flor. Se inclina ante ella. La contempla, pero sólo por un instante. Porque rápido la aferra, y siente el cuerpo frágil de las hojas abatido sobre la piel de su palma abierta y sus dedos alargados. Basho, el poeta japonés, el sujeto oriental, contempla. Percibe. Respeta. Se funde, sin posesión física, con el calor que exhala la humilde nazuna. Se funde con la naturaleza. Por contrapartida, Tennyson, el poeta inglés, el sujeto occidental, posee. Domina. Investiga. Analiza lo que observa para llegar al secreto de la raíz, el secreto de la naturaleza.

  Mediante esta situación inicial, Daisetz T. Suzuki comienza su recreación de los principios esenciales del budismo zen y de una comparación entre las características arquetípicas de la mente oriental y occidental.

  Con rigor y profundidad, Suzuki difundió en Occidente la sabiduría del zen, una experiencia que trasciende las palabras; por lo que siempre se limitó a sugerir o insinuar una vivencia espiritual que nunca puede ser plenamente expresada por el lenguaje. Suzuki fue Doctor en Literatura y profesor de Filosofía budista en la Universidad Otani, Kyoto. Obras cruciales en su empeño de difusión son, p.ej., Introducción al budismo zen, Ensayos sobre budismo zen, y su texto menos conocido: Budismo zen y psicoanálisis. En esta última obra se incluyen dos conferencias; la primera es de Suzuki y, la otra, desde una mirada psicoanalítica, pertenece a Erich Fromm. El texto que presentamos aquí es la primera parte de la conferencia recién mencionada del profesor japonés. El recuerdo del deambular perceptivo de un poeta oriental dentro de la naturaleza, y la comparación entre Occidente y Oriente, pueden impulsar una comprensión más detenida sobre cómo las culturas observan, de un modo radicalmente distinto, el espectáculo de lo real. 

Esteban Ierardo

OCCIDENTE Y ORIENTE (*)
 

 Por Daisetz T. Suzuki

 

   Muchos grandes pensadores de Occidente, cada uno desde su propio punto de vista, han tratado este tema tan gastado por el tiempo, "Oriente y Occidente"; pero, por lo que yo sé, ha habido un número comparativamente escaso de autores del Extremo Oriente que hayan expresado sus opiniones como orientales. Este hecho me ha llevado a escoger este como una especie a lo que seguirá inmediatamente.

  Basho (1644-94), un gran poeta japonés del siglo XVII, compuso un poema de diecisiete sílabas conocido como haiku o Hokku.

  Cuando miro con cuidado

¡Veo florecer la nazuna

Junto al seto!

  Es probable que Basho fuera caminando por el campo cuando observo algo junto al seto. Se acercó entonces, lo miró detenidamente, y descubrió que era nada menos que una planta silvestre, insignificante y generalmente inadvertida por los caminantes. Este es el hecho simple que el poema describe, sin que se exprese en ningún momento un sentimiento específicamente poético, a no ser quizá en las dos últimas silabas, en japonés kana. Esta partícula, ligada con frecuencia a un nombre, un adjetivo o un adverbio, significa cierto sentimiento de admiración, elogio, tristeza o alegría, y puede vertirse en ocasiones justamente a otras lenguas mediante un signo de admiración. En este haiku todo el verso termina con este signo.

  El sentimiento que prevalece en las diecisiete, o más bien quince sílabas y el signo de admiración al final quizá no sea comunicable para quienes conocen el idioma japonés. Trataré de explicarlo lo mejor posible. El poeta mismo podría no estar de acuerdo con mi intepretación, pero esto no importa mucho si sabemos que cuando menos hay alguien que lo entiende lo mismo que yo.

  En primer lugar, Basho era un poeta de la naturaleza, como lo son la mayoría del los poetas orientales. Aman tanto la naturaleza que se sienten uno con ella, sienten todos los latidos de las venas de la naturaleza. La mayoría de los occidentales tienden a separarse de la naturaleza. Piensan que este y el hombre nada tienen en común a no ser algunos aspectos deseables y que la naturaleza sólo existe para ser utilizada por el hombre. Pero para los orientales, la naturaleza está muy cercana. Este sentimiento por la naturaleza surge al descubrir Basho una planta nada llamativa, casi despreciable, que florecía junto al viejo seto descuidado, al lado del remoto camino campestre, tan inocentemente, tan sin pretensiones, sin desear ser advertida, por nadie. Y sin embargo, cuando se la mira, ¡qué tierna, qué llena de gloria y de esplendor divinos aparece, más gloriosa que Salomón! Su humildad misma, su belleza sin ostentación, provoca la admiración sincera. El poeta puede leer en cada pétalo el más profundo misterio de la vida o del ser. Basho pudo no tener conciencia de ello, pero estoy seguro que en su corazón, en ese momento, vibraba un sentimiento parecido a lo que los cristianos llaman amor divino, que alcanza las mayores profundidades de la vida cósmica.

 Las alturas del Himalaya pueden provocar en nosotros un sentimiento de temor sublime; las olas del pacífico pueden sugerirnos algo de infinitud. Pero cuando la propia mente se abre poética, mística o religiosamente, se siente, como Basho, que en cualquier tallo de hierba silvestre hay algo que trasciende de hecho todos los sentimientos humanos venales y bajos, que nos eleva a un nivel semejante en esplendor al de la Tierra Pura. La magnitud no tiene nada que ver en estos casos. A este respecto, el poeta japonés tienen un don específico que le permite descubrir algo grande en las pequeñas cosas, algo que trasciende todas las medidas cuantitativas.

 Tal es el Oriente. Veamos ahora qué puede ofrecer Occidente en una situación semejante. Escojo a Tennyson. Puede que no sea un típico poeta occidental, que debe ser seleccionado para compararlo con el poeta del Lejano Oriente. Pero el corto poema que citamos tiene algo muy cercano al de Basho. El poeta dice así:

Flower in the crannied wall,

I pluck you out of thre crannies;-

Hold you here, root and all, in my hand.

Little flower -but in I could understand

What you are, root and all, and all in all,

I should known what God and man is.

Flor en el muro agrietado,

Te arranco de las grietas; -

Te tomo, con todo y raíces, en mis manos,

Florecilla -pero si pudiera entender

Lo que eres, con todo y tus raíces, y, todo en todo,

Sabría qué es Dios y qué es el hombre.

 

Hay dos puntos que quiero subrayar en estas líneas:

1. El hecho de que Tennyson arranca la flor y la sostiene en sus manos, "con todo y raíces" y la mira, quizá intensamente. Es muy probable que experimentara un sentimiento parecido al de Basho, quien descubrió una flor de nazuna en el seto, al borde del camino. Pero la diferencia entre los dos poetas es que Basho no arranca la flor. La mira simplemente. Está absorto en sus pensamientos. Siente algo en su espíritu, pero no lo expresa. Deja que un signo de admiración diga todo lo que quiere decir. Porque no tiene palabras para expresarlo; su sentimiento es demasiado pleno, demasiado profundo y no quiere conceptualizarlo.

 Tennyson, en cambio, es activo y analítico. Primero arranca la flor de lugar donde crece. La separa de la tierra a la que pertenece. A diferencia del poeta oriental, no deja quieta a la flor. Tiene que arrancarla de la pared agrietada, "con todo y raíces", lo que significa que la planta debe morir. No le importa, al parecer, su destino; su propia curiosidad debe quedar satisfecha. Como algunos científicos, quiere hacer la disección de la planta. Basho ni siquiera toca la nazuna, simplemente la mira, la mira con "cuidado". Eso es todo. Se mantiene inactivo, en contraste con el dinamismo de Tennyson.

Quiero subrayar este punto aquí, y puede que tenga ocasión de volver a referirme a ello. Oriente es silencioso, mientras que Occidente es elocuente. Pero el silencio oriental no significa sencillamente ser mundo, y quedarse sin palabras o sin habla. El silencio es, muchos casos, tan elocuente como las palabras. Occidente gusta del verbalismo. No sólo eso. Occidente transforma la palabra en carne y hace que está encarnación burda y voluptuosamente, en sus arte y religión.

2. ¿Qué hace después Tennyson? Mirando la flor arrancada que probablemente empieza a marchitarse, se formula interiormente la pregunta: "¿Te entiendo?" Basho no se muestra inquisitivo en absoluto. Siente que todo el misterio se revela en su humilde nazuna, el misterio que ahonda en la fuente de toda existencia. Se siente embriagado por este sentimiento y lo expresa en un grito inefable, inaudible.

A diferencia de esto, Tennyson sigue con su reflexión: "Si pudiera entender lo que eres, sabría qué es Dios y qué es el hombre". Su llamado al entendimiento es característicamente occidental. Basho acepta, Tennyson resiste. La individualidad de Tennyson permanece aparte de la flor, "Dios y el hombre". No se identifica ni con Dios ni con la naturaleza. Permanece siempre aparte de ellos. Su conocimiento es lo que ahora llama "científicamente objetivo". Basho es completamente "subjetivo". (Esta no es la palabra adecuada, porque siempre se opone al objeto. Mi "sujeto es lo que me gusta llamar "subjetividad absoluta".) Basho permanece en esta "subjetividad absoluta" en la cual Basho contempla la nazuna y la nazuna contempla a Basho. No hay empatía, no simpatía ni identificación.

  Basho dice: "miro con cuidado" (en japonés "yoku mireba"). Las palabras "con cuidado" implican que Basho no es ya un observador, sino que la flor ha cobrado conciencia de sí misma y se expresa silenciosamente y elocuentemente. Y esta elocuencia silenciosa o silencio elocuente por parte de la flor encuentra un eco humano en las diecisietes sílabas de Basho. Sean cuáles fueren la profundidad del sentimiento, el misterio de la expresión y aun la filosofía de "subjetividad absoluta" que ellas haya, son inteligibles para los que han experimentado realmente todo esto.

  En Tennyson, hasta donde yo puedo juzgarlo, no hay en primer lugar una profundidad de sentimiento; es todo intelecto, lo que resulta típico de la mentalidad occidental. Es un partidario de la doctrina del logos. Tiene que decir algo, tiene que abstraer o intelectualizar su experiencia concreta. Tiene que salir del campo de los sentimientos al campo del entendimiento y debe sujetar la vida y sentimiento a una serie de análisis para satisfacer el espíritu occidental de investigación.

  He seleccionado a estos dos poetas, Basho y Tennyson, como ejemplos de dos puntos de vista básicos y característicos sobre la realidad. Basho pertenece a Oriente y Tennyson a Occidente. Al compararlos descubrimos que cada uno expresa su trasfondo tradicional. Al compararlo descubrimos que cada uno expresa su trasfondo tradicional. Según esto, la mentalidad occidental es: analítica, selectivas, diferencial, inductiva, individualista, intelectual, objetiva, científica, generalizadora, conceptual, esquemática, impersonal, legalista, organizadora, impositiva, auto-afirmativa, dispuesta a imponer su voluntad sobre los demás, etc. Frente a estos rasgos occidentales los de Oriente pueden caracterizarse así: sintética, totalizadora, integradora, no selectiva, deductiva, no sistemática, dogmática, intuitiva (más bien, afectiva), no discursiva, subjetiva, espiritualmente individualista y socialmente dirigida al grupo, etc.

Para simbolizar personalmente estas características de Oriente y Occidente, debo a ir Lao-tseé (siglo IV a.c), un gran pensador de la antigua China. Lo tomo como representante de Oriente y lo que él llama las multitudes pueden representar a Occidente. Cuando digo "las multitudes" no tengo la intención de atribuir a Occidente, con un sentido peyorativo, el papel de las multitudes de Lao-tsé, tal como las describía el viejo filósofo.

  Lao-tsé se retrata a sí mismo como si fuera un idiota. Parece que no supiera nada, que no le afectara nada. No sirve prácticamente para nada en este mundo utilitario. Casi es incapaz de expresión. No obstante, hay algo en él que lo convierte en algo distinto de un espécimen de simplón ignorante. Sólo exteriormente lo parece.

 Occidente, en contraste con esto, tiene un par de ojos agudos, penetrantes, hundidos en las órbitas, que examinan el mundo exterior como los de un águila que se remonta a los más alto del cielo. (De hecho, el águila es el símbolo nacional de cierta potencia occidental). Y en su nariz prominente, sus labios delgados, el conjunto de su contorno facial, todo sugiere una intelectualidad altamente desarrollada y una disposición a actuar. Esta disposición es comparable con la del de león. En verdad, el león y el águila son los símbolos de Occidente.

  Chuang-tzé, del siglo III a.c., relata la historia de konton (hun-tun), Caos. Sus amigos debían muchos de sus logros a Caos y querían agradecérselo. Discutieron entre sí y llegaron a una conclusión. Observaron que Caos no tenía órganos sensoriales para distinguir el mundo exterior. Un día le dieron los ojos, otro día las nariz, en una semana, lograron transformarlo en una persona sensible como ellos. Mientras se felicitaban por su buen éxito, Caos murió.

 Oriente es caos y Occidente es el grupo de amigos agradecidos, bien intencionados, pero incapaces de distinguir claramente las cosas.

 En muchos sentidos, Oriente parece ser indudablemente como tonto y estúpido, porque los orientales no son tan analíticos ni tan demostrativos y no tantas señales tangibles, visibles, de inteligencia. Son caóticos y aparentemente indiferentes. Pero saben que sin este carácter caótico de la inteligencia, su propia inteligencia natural no tendrá mucha utilidad para vivir junto al modo humano. Los miembros individuales fragmentarios no pueden laborar armónica y pacíficamente junto a no ser que estén en relación con el infinito mismo que, en realidad, subyace a cada uno de los miembros finitos. La inteligencia pertenece a la cabeza y su labor es más notable y quisiera lograr mucho, mientras que Caos permanece silencioso y tranquilo tras toda la turbulencia superficial. Su verdadera significación llega a ser reconocible para los participantes.

 El Occidente, de mentalidad científica, aplica su inteligencia a inventar todo tipo de artefactos para elevar el nivel de vida y ahorrarse lo que considera esfuerzo o trabajo desagradable o innecesario. Trata, pues, de "desarrollar" los recursos naturales a los que tiene acceso. A Oriente, por otra parte, no le importa dedicarse a un trabajo doméstico o manual de cualquier tipo; aparentemente se siente satisfecho con el estado "subdesarrollado" de la civilización. No le gusta pensar únicamente en máquinas, convertirse en esclavo de la máquina. Este amor al trabajo es quizá característico de Oriente. La historia de un agricultor, tal como la cuenta Chuang-tze, es muy significativa y sugestiva en muchos sentidos, aunque supone que el incidente debió tener lugar hace más de dos mil años en China.

  Chuang-tzé fue uno de los grandes filósofos en la antigua China. Debería ser estudiado más de lo que es en la actualidad. Los chinos no son tan especulativos como los hindúes y tienden a olvidar a sus propios pensadores. Mientras que Chuag-tzé es muy conocido como el más grande estilista entre los literatos chinos, sus pensamientos no son apreciados como merecen. Fue un gran recolector o compilador de relatos que quizá se han generalizado en su época. Es probable, sin embargo, que también inventará muchos cuentos para ilustrar sus ideas sobre la vida. He aquí un relato, que ilustra espléndidamente la filosofía del trabajo del Chuang-tsé, sobre un campesino que se negaba a usar la palanca para sacar agua del pozo.

  Un campesino cavó un pozo y utilizaba el agua para irrigar su finca. Empleaba una cubeta ordinaria para sacar agua del pozo, como lo hace casi toda la gente primitiva. Un paseante, al verlo, le preguntó al campesino por qué no utilizaba una palanca para ese fin; es un instrumento que ahorra esfuerzo y puede realizar mayor trabajo que el método primitivo. El agricultor dijo: "Sé que ahorra trabajo y es precisamente por esta razón por la que no utilizo ese instrumento. Lo que temo es que el uso de ese instrumento me haga pensar sólo en la máquina. La preocupación por las máquinas crea en uno el hábito de la indolencia y la pereza."

  Los occidentales se preguntan a veces por que los chinos han desarrollado muchas ciencias y útiles mecánicos. Esto resulta extraño, afirman, ya que los chinos son conocidos por sus descubrimientos e invenciones como el magneto, la pólvora, la rueda, el papel y otras cosas. La principal razón es que los chinos, y otros pueblos asiáticos, aman la vida, tal como se vive y no quieren convertirlas en un medio de lograr alguna otra cosa, lo que desviaría el curso de la vida por un canal muy diferente. Les gusta el trabajo por el trabajo mismo aunque, objetivamente hablando, el trabajo significa realizar algo. Pero al trabajar gozan su trabajo y no tienen prisa por terminarlo. Los instrumentos mecánicos son mucho más eficientes y realizan más. Pero la máquina es impersonal y no creadora, y no tiene significado.

  Mecanización significa intelección y, como el intelecto es principalmente utilitario, no hay esteticismo espiritual ni espiritualidad ética en la máquina. La razón que inducía al campesino de Chuang-tzé a no preocuparse por las máquinas está aquí. La máquina lo apura a uno a terminar el trabajo y a alcanzar el objetivo para el que está hecha. El trabajo o labor no tiene valor por sí mismo salvo como medio. Es decir, la vida pierde aquí su carácter creador y se convierte en un instrumento, el hombre es ahora un mecanismo productor de bienes. Los filósofos hablan de la importancia de la persona; como lo vemos ahora, en nuestra edad tan industrializada y mecanizada, la máquina no lo es todo y el hombre queda casi completamente reducida a la servidumbre. Esto es, me parece, lo que temía Chuang-tsé. Por supuesto, no podemos hacer girar la rueda del industrialismo hacia atrás, hacia la era de la artesanía primitiva. Por es bueno que tengamos en cuenta la importancia de las manos y también los males que surgen de la mecanización de la vida moderna, que acentúa demasiado al intelecto, a expensas de la vida como un todo.

  Esto en cuanto a Oriente. Unas cuantas palabras ahora sobre Occidente. Denis de Rougemont, en su Man's Western Quest menciona a "la persona y la máquina" como característica de los dos rasgos prominentes de la cultura occidental. Esto es significativo, porque la persona y la máquina son conceptos contradictorios y Occidente se esfuerza por lograr su reconciliación. No sé si los occidentales lo hacen consciente o inconscientemente. Sólo me referiré al modo en estas dos ideas heterogéneas funcionan actualmente en la mentalidad occidental. Hay que observar que la máquina contrasta con la filosofía del trabajo de Chuang-tzé, y las ideas occidentales de libertad individual y responsabilidad personal son contrarias a las ideas orientales de libertad absoluta. No voy a entrar en detalles. Sólo trataré de resumir las contradicciones a las que Occidente se enfrenta y padece:

1) La persona y la máquina suponen una contradicción y por esta contradicción Occidente atraviesa por una gran tensión psicológica, que se manifiesta en diversas direcciones en su vida moderna.

2) La persona implica individualidad, responsabilidad personal, mientras que la máquina es el producto de la intelección, la abstracción, la generalización, la totalización, la vida en grupo. 

3) Objetiva e intelectualmente o hablando en el sentido de una mentalidad preocupada por la máquina, la responsabilidad personal no tiene sentido. La responsabilidad se relaciona lógicamente con la libertad y en la lógica no hay libertad, porque todo está controlado por las reglas rígidas del silogismo.

4) Además, el hombre como producto biológico está regido por leyes biológicas. La herencia es un hecho y ninguna persona puede cambiarla. No nazco por mi propia y libre voluntad. Los padres me hacen nacer por su libre voluntad. El nacimiento planeado no tiene sentido en realidad.

5) La libertad es otro absurdo. Vivo socialmente, en un grupo, lo que limita todos mis movimientos, mentales y físicos. Aun al estar solo no soy libre en absoluto. Tengo toda clase de impulsos, que no siempre están bajo mi control. Algunos impulsos me arrastran, a pesar de mí mismo. Mientras vivamos en este mundo limitado, no podemos hablar de ser libre ni de hacer lo que queramos. Aun este deseo es algo que no es nuestro.

6) La persona pueda hablar de libertad, pero la máquina lo limita en todos sentidos, porque ese hablar no va más allá de sí mismo. El hombre occidental está desde un principio constreñido, restringido, inhibido. Su espontaneidad no es en absoluto suya, sino de la máquina. La máquina no tiene un carácter creador; opera sólo en la medida o en tanto que algo que se le introduce lo hace posible. Nunca actúa como "la persona".

7) La persona es libre sólo cuando no es persona. Es libre cuando se niega y es absorbida en el todo. Para ser más exactos, es libre cuando es ella misma y, sin embargo, no es ella misma. Si no se entiende plenamente esta contradicción aparente, no se está calificado para hablar de libertad ni de responsabilidad ni de espontaneidad. Por ejemplo, la espontaneidad de que hablan los occidentales, especialmente algunos analistas, no es ni más ni menos que la espontaneidad infantil o animal y no la espontaneidad de la persona plenamente madura.

8) La máquina, el behaviorismo, el reflejo condicionado, la inseminación artificial, la automación en general, la vivisección, la bomba H están -todas y cada una- íntimamente relacionadas y forman los eslabones sólidos y bien ligados de una cadena lógica.

9) Occidente trata de lograr la cuadratura del círculo. Oriente trata de hacer que un círculo equivalía a un cuadro. Para el zen el círculo es un círculo y el círculo es un cuadrado.

10) La libertad es un término subjetivo y no puede interpretarse objetivamente. Cuando tratamos de hacerlo, nos enredamos en contradicciones inextricables. Por tanto, afirmo que hablar de libertad en este mundo objetivo de limitaciones omnipresentes es una tontería.

11) En Occidente , "sí" es "sí" y "no" es "no",; "sí" nunca puede ser "no" o viceversa. Oriente hace que el "sí" se deslice hacia el "no" y el "no" hacia el "sí"; no hay una división precisa entre "sí" y "no". Es la naturaleza de la vida que es así. Sólo en lógica es inerradicable la división. La lógica fue creada por los hombres para contribuir a las actividades utilitarias.

12) Cuando Occidente capta este hecho, inventa conceptos tales como los conocidos en física como complementariedad o principio de la incertidumbre, cuando no puede explicar ciertos fenómenos físicos. Por muy bien que logre crear concepto tras concepto, no puede atrapar los hechos de la existencia.

13) La religión no nos interesa aquí, pero puede ser de interés afirmar lo siguiente: el cristianismo, que es la religión de Occidente, habla del Logos, la Palabra, la carne y la encarnación y la temporalidad tempestuosa. Las religiones de Oriente buscan la excarnación, el silencio, la absorción, la paz eterna. Para el zen, la encarnación es excarnación; el silencio ruge como el trueno; la Palabra es no-Palabra, la carne es no-carne; aquí-ahora equivale al vacío (sunyata) y la infinitud. (*)

 

(*) Fuente: Daisetz T. Suzuki, "Oriente y Occidente", Conferencia sobre budismo Zen, en Budismo zen y psicoanálisis, México, Fondo de Cultura Económica, 1982, pp. 9-19.