El estar en la tierra

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     La mujer  y el hombre desnudos ruedan sobre una llanura de hierbas y destellos amarillos. Caminan con un sol y una luna en los tobillos. Desde un cerro cercano, un topo golpea un tambor. Y la tierra responde al tambor con una voz que resuena dentro de las rocas, la corteza de los árboles, o los cuerpos de los seres sensibles. Resuena la voz de la Diosa Tierra dentro del hombre y la mujer. Y aquellas resonancias hacen que la pareja humana escuche dentro de sí las sinfonías de las aguas, el gorjear de las aves, el trepidar del fuego, y la leve oscilación de las flores acicaladas por el viento. Las voces de la tierra están dentro del macho y la hembra. El cuerpo ardiente de la pareja humana es tierra. Tierra que canta, que vive. Pronto se festejará un nacimiento divino. Para la religión cristina, es el nacimiento del hijo de Dios desde el regazo del cielo. ¿Pero no es también divino el nacer y el ser en las manos de la tierra y sus voces? Tal vez...Por eso, en esta entrega de Recuerdo de lo sagrado, quisiera compartir con ustedes cuatro fulguraciones de un Estar en la tierra. Primero dos diamantes de Atahualpa Yupanqui. Atahualpa: no sólo cantor, también poeta. Poeta elegido por la tierra. En lo personal, creo que El Destino del Canto de don Atahualpa (el primer diamante) es una de las manifestaciones más maravillosas sobre el artista, su responsabilidad creadora, y su relación con el suelo. Luego aparecerá el poema de Yupanqui Tiempo del hombre. Hermoso canto poético, de tintes panteístas, místicos, donde el hombre es la llanura y la madera. En tercer lugar, el decir de un indígena de América del Norte respeto al cuerpo donde resuenan la multitud de voces del cielo y la tierra. Y, por último, les propongo la lectura de una versión abreviada de Ser polvo, un notable cuento de un escritor argentino ya desaparecido, Santiago Dabove(1889-1951), donde el hombre deja de ser conciencia racional para devenir fruto vegetal, cuerpo sembrado con las flores de la Madre Tierra.

      Esteban Ierardo

 

ESTAR EN LA TIERRA
 1a. EL DESTINO DEL CANTO

Nada resulta superior al destino del canto.
Ninguna fuerza abatirá tus sueños,porque ellos se nutren con su propia luz.
Se alimentan de su propia pasión.Renacen cada día, para ser.Sí, la tierra señala a sus elegidos.El alma, de la tierra, como una sombra, sigue a los seres
indicados para traducirla en la esperanza, en la pena,
en la soledad.
Si tú eres el elegido, si has sentido el reclamo de la tierra, si comprendes su sombra, te espera
una tremenda responsabilidad.
Puede perseguirte la adversidad,
aquejarte el mal físico,empobrecerte el medio, desconocerte el mundo,
pueden burlarse y negarte los otros,
pero es inútil, nada apagará la lumbre de tu antorcha,porque no es sólo tuya.Es de la tierra que te ha señalado.Y te ha señalado, para tu sacrificio, no para tu vanidad.La luz que alumbra el corazón del artista es una lámpara milagrosa que el pueblo usapara encontrar la belleza en el camino,
la soledad, el miedo, el amor y la muerte.
Si tú no crees en tu pueblo, si no amas, ni esperas, ni sufres, ni gozas con tu pueblo,
no alcanzarás a traducirlo nunca.Escribirás, acaso, tu drama de hombre huraño,solo sin soledad...
Cantarás tu extravío lejos de la grey, pero tu gritoserá un grito solamente tuyo, que nadie podrá ya entender.Sí; la tierra señala a sus elegidos.Y al llegar el final, tendrán su premio, nadie los nombrará,serán lo “anónimo”, pero ninguna tumba guardará su canto... (*)

(*) Extraído de El canto del viento, Ediciones Siglo XX, Bs.As. Este maravilloso poema también puede ser escuchado en la voz del propio Atahualpa en su obra musical: "Pasaban los cantores". Quien desee que se lo grabe en Cd, con todo gusto. 

1b. TIEMPO DEL HOMBRE

La partícula cósmica que navega en mi sangrees un mundo infinito de fuerzas siderales.
Vino a mí tras un largo camino de milenioscuando, tal vez, fui arena para los pies del aire.
 Luego fui la madera. Raíz desesperada.Hundida en el silencio de un desierto sin agua.
Después fui caracol quién sabe dónde.Y los mares me dieron su primera palabra.
 Después la forma humana desplegó sobre el mundola universal bandera del músculo y la lágrima.Y creció la blasfemia sobre la vieja tierra.Y el azafrán, y el tilo, la copla y la plegaria. Entonces vine a América para nacer en Hombre.Y en mí junté la pampa, la selva y la montaña.Si un abuelo llanero galopó hasta mi cuna,otro me dijo historias en su flauta de caña. Yo no estudio las cosas ni pretendo entenderlas.Las reconozco, es cierto, pues antes viví en ellas.Converso con las hojas en medio de los montes
y me dan sus mensajes las raíces secretas. Y así voy por el mundo, sin edad ni destino.Al amparo de un Cosmos que camina conmigo.
Amo la luz, y el río, y el silencio, y la estrella.Y florezco en guitarras porque fui la madera (*)
 (*) Extraído de El canto del viento, Ediciones Siglo XX, Bs.As.

2. Declaración del héroe de la tribu apache de los Jicarilla de Nuevo México: La tierra es mi cuerpo. El cielo es mi cuerpo. Las estaciones son mi cuerpo. El agua también es mi cuerpo... Mi cuerpo es tan grande como el mundo. El mundo es tan grande como mi cuer­po. El mundo es tan grande como mis plegarias. Las estaciones son tan largas como mi cuerpo, mis palabras y mis oraciones. Y lo mismo ocurre con las aguas; mi cuerpo, mi palabra y mis plegarias son tan grandes como todas las aguas. ... No pienses que sólo soy el este, el oeste, el norte y el sur. La Tierra es mi cuerpo. Yo estoy aquí y en todos los sitios. No pienses que sólo estoy bajo la tierra o en el cielo, ni en las estaciones, ni en el otro lado de las aguas. Todos ellos son mi cuerpo. El mundo subterráneo, el cielo y las aguas son mi cuerpo. Pero yo estoy en todas partes.(*)

(*) Extraído de El vuelo del ganso salvaje, de Joseph Campbell, editorial Kairós.

 3. SER POLVO

...Monté a caballo, como solía hacerlo, para atravesar esos cuarenta kilómetros que separaban los pueblos que con frecuencia recorría.Frente mismo a un cementerio abandonado y polvoriento ... me ocurrió la desgracia. Frente mismo a esa ruina me tocó la fatalidad lo mismo que a Jacob el ángel que en las tinieblas le tocó el muslo y lo derrengó, no pudiendo vencerlo. La hemiplejía, la parálisis que hacía tiempo me amenazaba, me derribó del caballo. Luego que caí, éste se puso a pastar un tiempo, y al poco rato se alejó. Quedaba yo abandonado en esa ruta donde no pasaba un ser humano en muchos días, a veces.     ... Como el suelo en que caí a un lado del camino, era duro, y podía permanecer mucho tiempo allí, y poco me podía mover, me dediqué a cavar paciente con mi cortaplumas la tierra alrededor de mi cuerpo. La tarea resultó más bien fácil porque, bajo la superficie dura, la tierra era esponjosa. Poco a poco me fui enterrando en una especie de fosa que resultó un lecho tolerable y casi abrigado por la caliente humedad. La tarde huía. Mi esperanza y mi caballo desaparecieron en el horizonte. Vinó la noche, oscura y cerrada. Yo la esperaba así, horrorosa y pegajosa de negrura, con desesperanza de mundos, de lunas y estrellas. En esas primeras noches negras pudo el espanto contra mí. Leguas de espanto, desesperación, recuerdos! No he de llorar por mí, ni por.. Una fina y persistente llovizna lloró por mí. Al amanecer del otro día, tenía bien pegado mi cuerpo a la tierra. Me dediqué a tragar, con entusiasmo y regularidad “ejemplares”, píldora tras píldora de opio y eso debe de haber determinado el “sueño” que precedió a “mi muerte”....Mi cuerpo tenía una pesadez mayor que la del plomo, a ratos, porque en otros no lo sentía en absoluto, exceptuando la cabeza que conservaba su sensibilidad. Muchos días, me parece, pasé en esa situación y las píldoras negras seguían entrando por mi boca y sin ser tragadas descendían por declive, asentándose abajo para transformar todo en negrura y en tierra.La cabeza sentía y sabía que pertenecía a un cuerpo terroso, habitado por lombrices y escarabajos y traspasado de galerías frecuentadas por hormigas. El cuerpo experimentaba cierto calor y cierto gusto en ser de barro y de ahuecarse cada vez más. Así era, y, cosa extraordinaria, los mismos brazos que al principio conservaban cierta autonomía de movimiento, cayeron también a la horizontal. Tan sólo parecía quedar la cabeza indemne y nutrida por el barro como una planta. Pero como ninguna condición tiene reposo, debió defenderse a dentelladas de los pájaros de presa que querían comerle los ojos y la carne de la cara. Por el hormigueo que siento adentro, creo que debo de tener un nido de hormigas cerca del corazón. ­Me alegra, pero me impele a andar y no se puede ser barro y andar. Todo tiene que venir a mí; no saldré al encuentro de ningún amanecer, de ninguna sensación.Cosa curiosa: el cuerpo está atascado por las fuerzas roedoras de la vida y es un amasijo donde ningún anatomista distinguiría más que barro, galerías y trabajos prolijos de insectos que instalan su casa y, sin embargo, el cerebro conserva su inteligencia. Me daba cuenta de que mi cabeza recibía el alimento poderoso de la tierra, pero en una forma directa, idéntica a los de los vegetales. La savia subía y bajaba lenta, en vez de la sangre que maneja nerviosamente el corazón. Pero ahora ¿qué pasa? Las cosas cambian. Mi cabeza estaba casi contenta con llegar a ser como un bulbo, una papa, un tubérculo y, ahora está llena de temor. Teme que alguno de esos paleontólogos que se pasan la vida husmeando la muerte, la descubra. O que esos historiadores políticos que son los otros empresarios de pompas fúnebres que acuden después de la inhumación, echen de ver la vegetalización de mi cabeza. Pero, por suerte, no me vieron....¡Qué tristeza! Ser casi como la tierra y  tener todavía esperanzas de andar, de amar. Si me quiero mover me encuentro como pegado, como solidarizado con la tierra. Me estoy difundiendo, voy a ser pronto un difunto. ¡Qué extraña planta es mi cabeza! ... Maquinalmente se inclinaba mi cabeza hacia el reloj de bolsillo que había puesto a mi lado cuando caí. La tapa que cerraba la máquina estaba abierta y una hilera de hormigas pequeñas entraba y salía. Hubiera querido limpiarlo y guardarlo, pero ¿en qué harapo de mi traje, si todo lo mío era casi tierra?Sentía que mi transición a vegetal no progresa mucho porque un gran deseo de fumar me torturaba. Ideas absurdas me cruzaban la mente. Deseaba ser planta para no tener la necesidad de fumar!...El Imperioso deseo de moverme iba cediendo al de estar firme y nutrido por una tierra rica y protectora....Por momentos me entretengo y miro con interés pasar las nubes. ¿Cuántas formas piensan adoptar antes de no ser ya más, máscaras de vapor de agua? ¿Las agotarán todas? Las nubes divierten al que no puede hacer otra cosa que mirar el cielo, pero, cuando repiten hasta el cansancio su intento de semejar formas animales, sin mayor éxito, me siento tan decepcionado que podría mirar impávido una reja de arado venir en derechura a mi cabeza. ...Voy a ser vegetal y no lo siento, porque los vegetales han descubierto eso de su vida estática y egoísta. Su modo de cumplimiento y realización amorosos, por medio de telegramas de polen, no puede satisfacernos como nuestro amo carnal y apretado. Pero es cuestión de probar y veremos cómo son sus voluptuosidades....De qué manera odio ahora éso del “árbol genealógico de las familias”: me recuerda demasiado mi trágica condición de regresión a un vegetal. No hago cuestión de digni­dad ni de prerrogativas; la condición de vegetal es tan honrosa ­como la de animal, pero, para ser lógicos, ¿por qué no representaban las ascendencias humanas con la cornamenta de un ciervo? Estaría más de acuerdo con la realidad y la animalidad de la cuestión....Solo en aquel desierto, pasaban los días lentamente sobre mi pena y aburrimiento. Calculaba el tiempo que llevaba de entierro por el largo de mi barba. La notaba algo hinchada y ... se esponjaba como en algunas fibras vegetales. Me consolaba pensando­ que hay árboles expresivos tanto como un animal ­o un ser humano. Yo recuerdo haber visto un álamo, cuerda tendida del cielo a la tierra. Era un árbol con hojas abundantes y ramas cortas, muy alto, más lindo que un palo de navío adornado. El viento, según su intensidad, sacaba del follaje una expresión cambiante, un murmullo, un rumor, casi un sonido, como un arco de violín que hace vibrar las cuerdas con velocidad e intensidad graduadas....Oí los pasos de un hombre, planta de caminador quizá, o que por no tener con qué pagar el pasaje en distancias largas, se ha puesto algo así como un émbolo en las piernas y una presión de vapor de agua en el pecho. Se detuvo como si hubiera frenado de golpe frente a mi cara barbuda. Se asustó al pronto y empezó a huir; luego, venciéndole la curiosidad, ­volvió y, pensando quizá en un crimen, intentó desenterrarme escarbando ­con una navaja. Yo no sabia cómo hacer para hablarle, porque mi voz ya era un semisilencio por la casi carencia de pulmones. Como en secreto, le decía: Déjame, déjame! Si me saca de la tierra, como hombre ya no tengo nada de efectivo, y me mata como vegetal. Si quiere cuidar la vida y no ser meramente policía, no mate este modo de existir que también tiene algo de grato, inocente y deseable. No oía el hombre, sin duda acostumbrado a las grandes voces del campo, y prentendió seguir escarbando. Entonces le escupí en la cara. Se ofendió y me golpeó con el revés de la mano. Su simplicidad de campesino, de rápidas reacciones, se imponía sin duda a toda inclinación de investigación o pesquisa....La expresión de buena persona desolada y servicial puso el hombre, me advirtió que no era de esa raza caballeresca y duelista. Pareció que quería retirarse sin ahondar más en el misterio... y se fue en efecto, torciendo el pescuezo largo rato para seguir mirando... Pero en todo esto había algo que llegó a estremecerme, algo referente a mí mismo. Como es común a muchos cuando se encolerizan, me subió el rubor a la cara. Habréis observado que sin espejo no podemos ver de esta última más que un costado de la nariz y una muy pequeña parte de la mejilla y labio correspondiente, todo esto muy borroso y cerrando un ojo. Yo, que había cerrado el izquierdo como para un duelo a pistola, puede entrever en una mejilla...pude entrever, ¡ah!... la ascensión de un “rumor verde”. ¿Sería la savia o la sangre? ... No sé, pero me parece que cada día soy menos hombre...Cada vez muero más como hombre y esa muerte me cubre de espinas y capas clorofiladas....Y ahora, frente al cementerio polvoriento, frente a la ruina anónima, la tuna “a que pertenezco” se disgrega cortado su tronco por un hachazo. Venga el polvo igualitario!
 ¿Neutro? No sé, pero, tendría que tener ganas el fermento que se ponga de nuevo a laborar con materia o cosa como “la mía”, tan trabajada de decepciones y derrumbamientos. (*)

(*) Fuente: Antología de la literatura fantástica, J.L.Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, Buenos Aires, Editorial Sudamericana. Este cuento de Santiago Dabove pertenece al volumen de relatos La muerte y su traje (1961).