El agua y el sonido, el salto y el delfin, por Esteban Ierardo

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El salto del delfín ha cautivado al hombre desde alboradas inmemoriales. En este momento de Simbolismo animal de Temakel, les ofrezco un adelanto de un libro de ensayos que actualmente estoy elaborando sobre el simbolismo del cuerpo y de los elementos y la naturaleza: el viento, la tormenta, el bosque y el agua. Aquí nos acercaremos al ser que danza en los mares desde dos perspectivas: primero mediante un retorno a los aspectos principales del simbolismo tradicional del alegre cetáceo y, luego, un acercamiento personal a esta cuestión; en segundo término, la aproximación al delfín será poética mediante El altar sumergido.
 

 

EL AGUA Y EL SONIDO, EL AGUA Y EL DELFIN

Por Esteban Ierardo

    Las manos  del artista dibujaron las líneas sobre la lisa pared. Luego, eligió la combinación de colores adecuados. Entonces, lentamente,  en el fondo del fresco temblaron  las aguas. Y entre el espacio líquido  se desplazaron libres, gráciles, los peces. Peces del baile.  Delfines.  Delfines con sus emblemáticos rostros risueños, que disfrutaban de su nuevo hogar. Morada especial ya no sólo de mar, de océano; ahora también nadaban y ocultaban sus enigmas en una pintura mural de aproximadamente el 1600 a.c. perteneciente al palacio de Cnossos, capital del reino cretence-minoico, residencia del rey Minos.

   El ágil acróbata de los saltos emergió con frecuencia en el oleaje mítico. Los hombres observaron, o creyeron observar, delfines conduciendo a los pescadores hacia bancos de peces, o guiando a puerto seguro a barcos perdidos en aguas turbulentas, o arrastrando a tierras firme a desafortunados náufragos. Algunos comportamientos visibles devendrían, con posteridad, en filones de narración mitológica. Pero, como luego intentaremos destacar, quizá también existan otras propiedades simbólicas del animal acuático vinculadas a sus formas más que a sus conductas auténticas o presuntas. En este sendero de la reflexión que recorreremos  el delfín y sus saltos  se asociarán con el agua, la luna, el sonido y el cielo.

   Uno de los mitos griegos esenciales en relación al amigable cetáceo es el mito del poeta Arión. Arión, el poeta, triunfó en un concurso de poesía en Sicilia. Al regresar por mar a su tierra natal, Corinto, los marinos le anunciaron su decisión: lo arrojarían por la borda para quedarse con sus riquezas. Antes de aceptar su destino, el poeta solicitó una última concesión: cantar. El poeta cantó. Y la hermosa melodía que nació del valle lírico de su inspiración se expandió en las aguas. Llegó hasta los oídos de unos particulares moradores del reino submarino. Arión se arrojó finalmente al mar y, poco después, los cetáceos de curvados picos lo acomodaron en sus lomos y lo transportaron hasta tierra firme.

  El delfín que protege, que salva, aflora también en la leyenda de Melicestes quien, perseguido por un padre despótico y encolerizado, se arrojó al mar. Pero un delfín lo salvó y, luego, lo convirtió en dios marino.

    El delfín como amable montura del humano aparece también en las monedas de la ciudad de Tarento, en las que se observa la estampa de Taras, hijo de Posidón. Taras monta sobre un delfín. En el monumento de Lisícrates en Atenas, nadan delfines con rasgos antropomórficos (izquierda), u hombres que se mutan en la fisonomía del delfín.

   Delphis, la palabra griega para delfín, le dio su nombre al santuario helénico de Delfos, principal lugar de adoración del dios Apolo. Y, en el siglo ll o lll, en Roma, el delfín es asimilado por la iconografía cristiana. Como pez crístico, sucede al primer pez que  simbolizó al Cristo Jesús. En las reuniones secretas de las catacumbas, los primeros  cristianos encontraron en la imagen del pez vulgar, del pez anónimo, un símbolo del Hijo del Salvador. El delfín como representación simbólica de Cristo que protege, auxilia, motivó la inscripción de la catacumba de San Cornelio de Roma : "El pez es el salvador de los náufragos". El delfín helénico anterior, que auxilió a Arión y Melicestes, se metamorfoseaba ahora en el áureo corazón de un Cristo salvífico.

   El delfín cristiano, como pez guía de las almas, también es propagación de una creencia pagana previa. Griegos y romanos percibieron en el nado del delfín una señal simbólica de la trasmigración de las almas hacia las Islas Afortunadas, lugar mítico de la vida siempre dichosa. La imagen del cetáceo danzarín fue así estampada en numerosas tumbas. En la iconografía cristiana, a veces el delfín se presenta enrollado a un ancla de forma  cruciforme. Ancla mística fundida con el pez. Ancla como emblema del alma que es guiada por el sabio pez hacia el lecho, la morada de la profunda y velada verdad donde se debe habitar.

   Y el pez de los saltos, en la imaginación cristiana, también palpitó como fuerza combatiente, guerrera.  La función del delfín, como criatura del Cristo combatiente, tal como lo destaca Louis Charbonneau-Lassy en su clásico El bestiario de Cristo, se manifiesta en el anillo pastoral del Obispo Ademaro de Angulema, pontífice cuyo episcopado se extendió entre el 1070 y el 1101. El prelado exhibía en uno de sus dedos un ágata en la que un lapidario grabó la gracia de un delfín enroscándose en un tridente, expresión del Cristo atravesando su martirio en la cruz.  Con sus dientes firmes, el pez rompe la cabeza de un pulpo cuyos tentáculos agitan enfurecidos las aguas. Es el Cristo triunfante que embiste y despedaza a Satán. El amable cetáceo deviene así espíritu animal próximo al águila, el ibis, el ciervo, el león, animales que derrotan a la serpiente bíblica.

    El pez que salta elegante en las aguas alberga en sí el poder del auxilio al desventurado, la guía de las almas, la embestida contra el mal amenazante. Pero el pez que baila, como todo animal, como toda emanación de vida, no cede fácilmente  sus secretos...

   ll.  Y el agua brilla. Es mediodía, quizá. El sol riega el mar y las olas. Con gemas de luz. El viento, frota con dedos amables, ahora, el océano convertido en una inmensa planicie líquida. Y, entonces, el pez esculpe, rápido, una abertura, e irrumpe por la hendidura. Y salta. Con gracia. Sus saltos son óleos con los que pinta figuras intangibles, formas de un sentido que asciende, se eleva y luego regresa a su morada entre pliegues flexibles de agua. Y al descender  a las profundidades, los delfines se agrupan. La luz solar que se infiltra en el mar, vierte sobre su piel rayas que disimulan su presencia. Cada ser bañado por los quebrados brazos de luz se distinguen por un pico bien desarrollado, una aleta central en forma de hoz que se curva hacia atrás. Y  en la cima de sus cabezas se sitúa un respiradero, una figura semejante a una media luna.

  Los delfines son animales gregarios. Se esparcen en 32 especies, y se desplazan en manadas de por lo menos un millar de individuos; aunque esta integración acontece principalmente en el momento de recorrer grandes distancias o al agruparse en las zonas alimentarias. En ocasiones, muchos de sus miembros pueden separarse y luego reintegrarse. No habría así ninguna señal contundente sobre una organización social estable a la manera de los primates. Sobre la supuesta inteligencia del delfín tampoco hay certezas o pruebas contundentes.

    Los delfines pueden ejecutar tareas complejas y memorizar extensas rutinas. Evidencia también cierta capacidad de innovación. Y poseen un cerebro de notable tamaño en relación a su cuerpo. Cerebro surcado, a nivel de la corteza, por numerosas circunvoluciones. Algunos suponen que esto es indicio de una alta inteligencia aunque, para otros, la profusión de circunvoluciones se relaciona con la primacía en el delfín de lo sonoro, lo acústico. Los delfines se comunican esencialmente a través de sonidos. Las vibraciones que emiten se prolongan desde los 0,25 khz hasta los ultrasonidos que oscilan de 80 a 220 Khz. Esta baja frecuencia parecería que es empleada por los delfines para la ecolocalización de su alimento. La sonoridad emitida impacta en la posible presa y, luego, regresa con la información sobre su ubicación y  características. Se especula también que el sonido irradiado por el cetáceo aturde a la presa antes de engullirla.  Esta función es especialmente significativa en los delfines fluviales (con sus cinco especies: ganges, indo, lacustre chino, amazónico y del Plata), poseedores de una visión defectuosa a causa de su hábitat en los estuarios cenagosos donde la visibilidad no supera unos escasos centímetros.

   Debido a su propio método de investigación, la ciencia no puede trascender las constelaciones de datos observables. El corredor indispensable de su conocimiento es el de la hipótesis que reclama verificación. Al biólogo marino, especializado en el estudio del comportamiento del delfín, no le es posible asegurar atributos secretos del cetáceo no estrictamente comprobados. No le es dado suscribir la tan mentada inteligencia especial de los delfines o su presunto lenguaje de emisiones sonoras.

   La episteme rigurosa no salta desde lo observado hacia lagos de especulación. El secreto  sigue así empotrado en el corazón del animal, del pez del gracioso salto. El secreto del animal acaso, pueda ser acechado por el aliento de un imaginar simbólico. Especie de imaginación que sí puede saltar junto al ser que danza sobre la hierba espumosa de las aguas...

  lll.   El agua teje un plácido y plano tapiz. El viento silba, ahora, en otras llanuras del espacio. En el mar ni siquiera se crispan los albos dedos de las olas. Y entonces serpentea un repentino sonido. El delfín inicia su salto. Su pico se estira hacia la dirección del cenit. Su cuerpo estilizado flota, por un segundo, sobre la salobre fluidez marina. Se suspende entre sedas del éter. Aún no se desplaza hacia a un lado.

   En este comienzo del salto ya hormiguea un primer sentido velado: el salto del cetáceo mana una semejanza con el salto que existe en toda experiencia simbólica. La imaginación nutrida por los símbolos trasciende lo meramente observable. El símbolo no sólo ve lo que se muestra; entreve también el lógos, espíritu, pneuma, el sentido, alojado en la médula intangible de las cosas.  El símbolo convierte algo pesado (la roca) en sentido leve, en significación simbólica( la piedra ahora como receptáculo de lo que dura, permanece, ajeno a la erosión del tiempo).  La intuición simbólica auspicia así el salto desde un primer paraje de existencia (la presencia empírica de las cosas) hacia otro nivel de realidad, otro peldaño que deviene cima o altura (la significación  no manifiesta que yace en el mundo). 

     Muchos animales terrestres ejecutan poderosos saltos: el canguro, el oso o las variedades de los felinos en su arremetida  contra sus presas. Pero estos saltos acontecen en su medio terrestre. Son bruscos desplazamientos entre dos puntos de la tierra.

   Por el contrario, al saltar, el delfín se desliza entre dos medios fuertemente diferenciados, dos niveles claramente contrastados de existencia: el agua y el aire. El salto del delfín es salida de un medio, el agua, e ingreso, acceso, a otro estadio: lo aéreo. El agua, en una de sus funciones míticas, se asemeja al hábitat terráqueo: retiene, succiona hacia abajo, impide la elevación. Es lugar, planicie de existencia, donde, en general, impera la gravedad y la pesadez. Lo pesado remite, a su vez, al existir en una realidad física, densa, sólida. El delfín habita primero entre la pesada liquidez. Pero lo pesado hospeda dentro de sí procesos sutiles que trascienden o rompen la pura densidad física. Procesos sutiles: la información genética que repite las características de la especie; la información biológica, también sutil, impalpable, que circula por todo el cuerpo y le enseña las formas de interacción con el entorno. Proceso sutil: en cada ser o cosa pesada anida una significación que confiere sentido a esa existencia.

   Y todo lo sutil se hermana con el aire. El delfín salta desde el regazo de la pesadez acuática hacia la levedad aérea. Salto que, simbólicamente, une, reconcilia, el existir de lo denso (el agua) con la existencia de la sutileza etérica (el aire). El delfín y su salto, lo mismo que el salto del símbolo, trasciende el orden de lo que pesa y se muestra hacia una levedad aérea, afín a lo intangible del sentido.

      Pero, al continuar su salto, el pez se esparce, por un instante, en una línea horizontal y, luego, su flexible cuerpo se arquea, adquiere una figura próxima a un semicírculo, a una bóveda, cúpula, cielo. Como destacamos con anterioridad, para la mitología griega, el delfín, delphis, concedió su nombre a Delfos, máximo santuario del dios Apolo, y uno de los fundamentales oráculos del Mediterráneo antiguo. Muchos objetos artísticos grecorromanos exhiben al delfín como atributo de Apolo. Y Apolo es irradiación luminosa, bella efervescencia solar. El delfín y la luz se manifiestan en muchas lámparas del periodo pagano y luego en luminares, con delfines irradiantes, que ofician de ornamento en las primeras basílicas cristianas. La luminosidad apolínea, fuente del fulgor del delfín, es expansión celeste, amplitud de la bóveda, firmamento altivo, semicircular. Morada vasta del ojo solar.

   En el delfín, delphis, reverbera  la délfica divinidad del cielo. La anatomía curvada del pez en el lapso horizontal de su salto, recrea, con fugacidad y disimulo, la abovedada geometría celeste.

   Pequeño cielo, micro-cielo, suspendido bajo el lomo versátil y arqueado del pez durante su salto. Cielo, simbólicamente enzarzado con el gran cielo, morada de la luz de Apolo. Pero,  en su raíz griega, delphis  también se asocia con delphys, voz griega para útero, matriz. Desde las vetas de la imaginación mitológica ( lo mismo que en el pensar presocrático de Tales de Mileto), todo emerge desde el agua, lo líquido y húmedo. La sustancia inicial en el vientre de una gran Diosa que, en el comienzo, gesta y pare el mundo, el espacio, el cielo. La alusión al útero en su etimología, enlaza al simpático cetáceo con el agua de la matriz desde la que emanan las cuatro direcciones del espacio de la tierra y el cielo donde hierve la fogata del sol.

   Pero en lo alto también refulge la luna.

   El astro opalino rige los ritmos acuáticos de los mares, la lluvia y la menstruación femenina. La luna es patrona del tiempo que fluye y del agua que fertiliza.  Y la esfera selenita es reina de la noche; mensajera en la bóveda nocturna del agua original, de lo uterino que emanó la vida inicial. Y en el delfín lo lunar se manifiesta por la semejanza con algunas partes vitales de su anatomía. Las aletas del pez son su medio esencial de locomoción. Y las aletas, con su figura de hoz, semejan una media luna. El respiradero, el orificio de la respiración, la abertura inhaladora del aire indispensable, ostenta la forma de una media luna. La media luna de la aleta y el respiradero de delfín se une, por la semejanza de las formas, con la gran Luna y sus fases que rigen el movimiento del tiempo y el ritmo: el ir y venir del ascenso y descenso de la marea, el ir y venir de la lluvia, equivalente a la pendular dinámica, de entrada y salida, del aire vital.

   En cada salto de delfín entonces, acontecen silenciosas repeticiones. Antes de hundir su hocico en las aguas, el instante del cuerpo suspendido y arqueado repite un cielo que asciende, bóveda amplia que brota de la líquida matriz del comienzo. Y el delfín que eleva aquel pequeño cielo, por escasos segundos, repite el resplandor de Apolo, regente de la luz solar.

    Y, al hundirse otra vez en las aguas, el delfín urde rosarios de sonidos. Sonidos que, como los de la ballena, rey de los mares, se expande a la distancia. Ningún animal terrestre proyecta sus sonidos a tan vastas longitudes como el mamífero ballena o la familia de los cetáceos delfines. Las desconocidas y secretas sinfonías del delfín musicalizan el medio acuático. Adentran la libre musicalidad del viento dentro de las venas submarinas. Sólo el viento, en la atmósfera exterior, terrestre, es capaz de expandir sonidos, silbidos, ululaciones y murmullos, las formas de su propia musicalidad, hacia los más apartados poros de la tierra.

   El delfín, y aún más la ballena, exhala expansivos sonidos. A través de estos especiales habitantes del mar y los ríos, el mundo acuático no es trono del silencio en dos de sus posibles figuras. Primera figura: silencio opresivo, mudez sepulcral. O, segunda variante: silencio sin palabra ni sonidos; andadura extraña de lo silente como estado afín o como preámbulo a una realidad inefable.

   Ni el silencio de la muerte ni el silencio místico reinan en el universo submarino porque allí resuenan las secretas polifonías de ballenas y delfines.

   Dentro de las arterias del mar, galopa así un viento, no el modulado, claro está, por las gargantas del aire. Sino un viento líquido. Ráfagas acuáticas de vibraciones.

  Para el marino, la superficie con su horizonte ancho y los racimos de olas, es donde el mar se dice; para el historiador de naufragios, generalmente buscador de tesoros, el mar se dice en el lecho que hospeda a los barcos muertos; para el biólogo marino, el mar se dice en las diversas especies que viven en los suelos o en la extensión marina. Pero para quien, mediante el oído, imagina las corrientes sonoras que propaga el pez de los bellos saltos, y el gran consumidor de placton, el mar no se dice en el lecho, la superficie o la dispersión. El océano se dice en su espesura donde el agua protege la vida que habla y se oculta, en el sonido y la vibración.

 

EN EL ALTAR SUMERGIDO

Por Esteban Ierardo
 

  

    Y el tapiz azul tiembla sobre tus ojos. Vibra, se ondula, entre corriente de luz que ofrenda el sol. El aire ya se desvanece en tu sangre. Nuevo oxígeno debe nutrir tu movimiento, mientras recuerdas. Recuerdas el peso del mar y el arco abierto del cielo.

   Y deseas emerger. De tus ojos dimanan dos líneas rectas que suben y atraviesan aire. Viento. Nubes. Estrellas. Y, entre las dos líneas que ya exploran una lejanía celeste, asciendes como el magma, ávido de superar el cono caliente del volcán y arder fuera. Mientras más veloz subes, las líneas de tus ojos, antes verticales, separadas, se inclinan una sobre la otra y, donde se cruzan, trazan una angosta boca, un retazo de tenue saliva de mar. Boca del túnel volcánico. Túnel por el que trepas mediante la temperatura de los movimientos de tu cola.

    Y entonces, atraviesas la boca de espuma, la cima de un volcán de agua. Y ya... saltas...  Saltas! Saltas y ríes! Y, luego, un breve regreso al hogar líquido,  y, después, de nuevo, ...ahí...ahí va, sí, sí...

   Salto...salto nuevo. Nuevo salto...

   Quisiera saltar contigo y llevar en aletas vidas secretas del océano, evocaciones del cielo ligero, sonidos de un jubilo que asciende como vapor desde el fuego.

   Y en este nuevo salto, antes de inclinarte y tallar tu gracia en un semicírculo, te estiras en una línea recta, semejante a una columna firme de templo; y percibo que demoras el giro que lleva a la cima de tu salto. Y lo entreveo, lo presumo, quieres prolongar un instante la suspensión, anhelas extender el segundo de tu pose erecta porque ahora es cuando percibes todo el mar. Todo el mar que asciende y flota contigo.

   Lo sé...lo sé... en tu breve latido aéreo, en tu fugaz tiempo de pájaro, en tu hacer que suba el mar y salte en el aire, en tu rostro se enreda cada habitante del agua. Cada pez nada en ti; cada medusa y coral, cangrejo y flora de mar, serpentean en torbellinos dentro de ti; cada roca y volcán, cada montaña y fosa, golpean platillos vivaces en ti; cada ancla y madera de barco muerto, cada marino dormido en los lechos, soplan. Soplan flautas angustiadas en ti.

  Y, entonces, cerca de tus ojos suspendidos, todos los seres de la mar contemplan contigo, contemplamos juntos, la bóveda acribillada de luz y anchura, las nubes que beben altura, las olas que golpean el torso del océano para acompañar los murmullos del viento.

   Y contemplamos el anillo del horizonte, donde la lejanía oculta su origen. Y, gracias a tus saltos, toda pesadez oceánica ahora es aire, flotación, percepción hirviente del mundo sin agua.  Y gracias a tus saltos:  la pesadez es ligero asombro que flota.

  Y ya empiezas a inclinarte. El giro comienza. La cima de tu salto espera. Y, ya sí, sí, derramemos aletas y elasticidad de esponja en un medio círculo, en una figura arqueada, próxima al arco de la bóveda. Y el gran cielo descubre el pequeño cielo que aferras entre tus aletas y el lomo arqueado. Y el mar que te observa, recuerda un cielo que en una noche oscura parieron las aguas.

   Y tu salto enciende y extingue selvas de antorchas, y da más bríos a ríos salvajes y molinos incansables; y, desde nuestro efímero cielo, regresamos, contigo regreso....regresamos...a lo hondo...

   Un diapasón secreto brota lento entre tus vértebras.  Relámpagos de sonido emanan de tu piel. Serpientes  de vibración nacen de tu verbo. A veces, tu sonido es látigo sutil que encuentra y luego engulle a la presa. Pero, otras...¿ pero otras...? ¿Qué música es la que urden las campanas de sonido que emanas? ¿Son tus sonidos, tus palabras, flechas que viajan lejos, ancla que se hunde, nube que trepa la cúpula? ¿Hasta dónde quieres que descienda contigo?  ¿Es distinto el mar a lo que los sabios de mi especie aseguran? ¿Por qué me dices, con fastidio en ocasiones, que regrese a la superficie de mi urbe seca, refugio de borrascas de sequedad? ¿Qué me hace creer que me asiste el don de acompañarte y de acompañar tus sonidos, tus palabras, hacia la noche escondida del océano?

  ¿ Acaso crees que yo podría renacer en tu gramática extraña de cetáceo?

  ¿ Acaso imaginas que el humano pueda arraigar donde lo sonoro es revelación y no información?

   Al menos, imagina por mí, hermano del salto y el océano, que la diosa, la Diosa que  te ha dado el agua, te impone una pesadilla donde no podrás conseguir que me aparte de ti; no podrás evitar que te siga al descender a la entraña de la tierra submarina. Y la Diosa te obliga a que pienses en mí: la verdad no aletea en el concepto. Seco. El ser esquivo se disfraza con armaduras de agua.  Agua desde la que Algo pare seres y mundos...

    Pero, ahora, debemos subir...¨¡Sube! ¡Sube!¨, me dices. ¿Es que ya me ha sido concedido el pensar dentro de ti, el descifrar tus señales? ¿Acaso será por eso que no te sorprendes cuando cerca de ti, emerjo en aguas frías y nocturnas?

   La esfera de plata mece su cabellera sobre el mar; entre débiles olas, centellean y se ondulan sus rizos plateados; y advierto que, junto a ti, vienen otros cientos de tu especie. Y nadamos hacia una noche que no espera el alba...

  Todos en silencio, nos deslizamos hacia un faro ajeno a la mirada de los marinos. Y me detengo porque tú y los tuyos, se han detenido; y porque estoy cerca de ti, no dudo que la Reina de la Noche se hunde en la copa de sal y agua del océano. Y nada debajo de nosotros. Y, lo presiento, lo imagino, ya muchos de los tuyos acuden a un altar inundado.

   Y en el alfabeto viejo del mar descendemos. Desciendo próximo a cientos de tus hermanos. En cada segundo de caída, se desvanecen las torres altas de mis recuerdos humanos. ¿Qué otro, con las formas de mis piernas y mis ojos, ha descendido en este valle de vegetación que se hunde?  

    Y llegamos hasta piedras aplastadas de agua. Nadamos alrededor del altar inundado. Sí, ahora, olvídate amigo cetáceo que fui alguna vez, aunque acaso siga siéndolo, prisionero de la urbe moderna. Seca. Pulpo ahogado por sus propios tentáculos. Olvídate para que yo también pueda girar alrededor de la esfera que irradia tempestades de luz empapada. Pero, rápido, advierto que la luminosidad se distancia, se repliega en el centro de anillos de oscuridad. Oscuros círculos. Círculos entre la escama de la noche de mar. Círculo y negrura. Círculo donde sé que late el verbo anterior a toda claridad de palabra. A todo farol de pensamiento.

   Y, en la noche sumergida, abajo, columbramos remotos cabellos de plata. Los cabellos de la que antes ardía en el altar.

   Y todos los de tu especie, inician himnos. Vientos de sonido. Campanadas de líquida vibración. Y tú y los tuyos, nadan hacia abajo. No sé, amigo mío, si pueda seguirte ya. No sé si aún tenga la gracia para que me guíes, mediante candelabros y antorchas de sonido, hacia el centro del anillo oscuro. Hacia el nuevo altar en la noche del agua. Donde sé que tu Diosa te pedirá que saltes.