En la llama del jaguar, por Esteban Ierardo

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El pensar se nutre del concepto y la sed de certeza. Pero también puede latir un pensamiento que navegue en los océanos del simbolismo animal, en los mares radiantes de la piel felina. Aquí los invito a participar de un extenso acecho al posible corazón de sentidos que palpita en la presencia del jaguar, y acaso de todo felino. Este ensayo traza un sendero heterodoxo: es un pensar no desde la respuesta a alguna insigne tradición filosófica (generalmente europea). Este pensar piensa desde un ser capaz de atraer las fuerza vivientes. La primera parte de la presente pieza ensayística es un recorrido por los mitos y símbolos que el jaguar espoleó en la cultura mesoamericana y en el antiguo Perú. Su segundo momento ya es decididamente filosófico y especulativo.

E.I

   

 

EN LA LLAMA DEL JAGUAR I 

Por Esteban Ierardo

 

Lo que nos tranquiliza es el sentimiento casi indecible de que en cierto sentido todo es jaguar, que la cama misma es jaguar...y también la casa, oh sí, la casa misma podría ser jaguar aunque la inteligencia mas sutil vacile en aceptar semejante hipótesis"

Julio Cortázar

 
 

     La hojarasca y el suelo, aun en invierno, absorben un calor raro, movedizo. La madera del árbol, sus ramas enzarzadas en espesuras frondosas, saben que es momento de callar. De acompañar un acto de disimulo.

    Y las hojas sudan.  Y los insectos tuercen su rumbo cuando, con su diminuta visión, entreven la proximidad de una llama escondida. Agazapada. Llama de felino al acecho, de  animal moteado por hervideros de manchas de color café en su piel caliente. Jaguar que piensa con sus ojos y sus zarpas. Respiración felina que fragua su agresión desde la espera serena. Y mientras aguarda el jaguar que un ser deseado llegue, camina sobre las mejillas de la tierra, roza el aire, despierta saludos respetuosos de los árboles, y celebra en secreto el sol que colorea la selva.

    Y entonces el ser deseado, invocado, esperado, llega. Y el animal que esperaba en la selva  inicia la poesía de su salto,  la música de sus rugidos. Y sus garras se empapan con los torrentes rojos de su víctima. El ser deseado, amado,  venerado, la presa, ya es absorbida en el altar del cazador guerrero, de armadura moteada.

  El cazador: el jaguar. Felino divinizado en la América precolombina. Junto con la serpiente, el águila y el cóndor, es el animal que mayor fascinación suscitó en los habitantes del continente que era del indio antes del arribo de las naves españolas.

   El jaguar (felis onca) también es conocido como tigre real. Es el felino de mayores proporciones de América. Los mayas lo llamaron balam, y los aztecas y mixtecas oceolotl. Su bella fisonomía esmalta multitud de estelas, dinteles, monumentos, códices y manuscritos de la civilización mesoamericana.

   El jaguar habita desde los bosques tropicales del sur de México hasta la desembocadura del Río Bravo en el Golfo de México. Puebla también las serranías de Sonora en la Sierra Madre Occidental de la costa del Pacífico. Dentro de las sombreadas selvas de los trópicos, suele preferir las proximidades de las corrientes de agua que empapan las franjas bajas de la costa y los maglares pantanosos. A veces, se desplaza hasta las laderas de los cerros y se adentra en los bosques, más altos, de coníferas.

   El atributo que diferencia al jaguar de los otros felinos es su piel moteada, efervescente de rosetas de color café oscuro con pequeñas pigmentaciones en el centro.

   El jaguar es animal solitario. Sólo se reúne con la hembra para el apareamiento. Es capaz de dominar un territorio que oscila entre los 5 a los 500 kms. En ocasiones recorre hasta 800 kms sin que se conozca el motivo. La hembra alumbra de 2 a 4 cachorros que nacen ciegos y recién ven la luz a los 13 días. El jaguar es también excelente nadador y trepador, aunque sus actos de cacería suelen materializarse en el suelo. Es depredador de 85 especies. Sucumben a sus violentas dentelladas mamíferos, reptiles, aves, peces, y también engulle carroña, incluso plantas. Su rol dentro de la cadena alimentaria de su hábitat o ecosistema es controlar las poblaciones de animales silvestres de pezuñas (como el venado, el jabalí, y el tapir). En su propio medio cumple la labor de lobos y coyotes en otras regiones.

   Cuando se presenta la oportunidad, ataca ganado doméstico. En ocasiones, oculta su presa inhumándola. Los indios amazónicos aseguran que es capaz de cazar peces atrayéndolos a la superficie a través de la agitación de su cola en el agua y empujándolos hacia la orilla mediante sus garras.

    El hombre caza al jaguar por dos razones: por sus ataques al ganado y por lo bello y cotizado de su piel. Este hecho, junto a la reducción de la selva, son las principales causales del peligro de extinción que acosa al gran acosador. Los tiempos modernos son lodazales de amenaza para el cazador nocturno de la selva tropical. Su estrella se opaca. Su esplendor se desvanece por el taladro de las balas asesinas y por la indiferencia contemporánea ante los cascabeles de símbolos que resuenan junto a sus sigilosos pasos. Dentro de la exaltación del mundo racional, técnico y funcional de la modernidad, el jaguar y la vasta diversidad animal es sentenciada a una doble extinción: amenaza y muerte física y aniquilación del aura simbólica por la cual el animal, en tiempos antiguos, era encarnación de fuegos divinos. 

   Y a pesar de la distancia histórica, el jaguar, hoy diezmado y extirpado de su aureola mítica, es el mismo que el otro ser, que la fiera de brillo magnético y pletórico de manchas que vivió en el mito.

   ll. La veneración mítica del jaguar.  Muchas creencias míticas emergen como trasposiciones simbólicas de la forma fundamental de subsistencia de un pueblo. Los mitos de dioses que resucitan imperan en las geografías ecuatoriales o aledañas, donde la agricultura es vía privilegiada de subsistencia. La veneración al oso como principal animal auxiliar de los chamanes esquimales, brota de la admiración por la astucia y el vigor del cazador, atributos indispensables para la sobrevivencia en las soledades árticas. El culto a las diosas del mar asegura la protección de los pescadores y la prodigalidad de la pesca que alimenta a los marinos y sus familias.

    Pero, en el universo mítico, el jaguar no es venerado como propiciador de alimento. Su destino no es nutrir, sino inducir el resplandor del espíritu mediante las artes de la cacería.

    Los pueblos de la América Antigua dependen de la agricultura. El proceso de la tierra arada, sembrada, que entrega frutos, es de índole femenina. El suelo generoso es metáfora de la vida donada por la Diosa Madre, la Terra Mater. De ahí el continuum mujer-tierra-agricultura. Por contrapartida, lo masculino se inspira en la caza.  En la historia de América Central y del sur, la caza es un modelo de autorrealización ética, libre de la necesidad económica y utilitaria. Bennett reelabora este proceso mediante el estudio de una tribu jívara. Tras una jornada de labor en la selva, la tribu regresa a sus tiendas. Los hombres encabezan la procesión que retorna. En sus cabezas,  resplandecen coronas emplumadas. En una varilla, llevan los cuerpos perforados de aves cazadas. Detrás, caminan las mujeres que sujetan cestas atiborradas con la mandioca que les obsequió la tierra cultivada. Las mujeres ingresan al recinto trasero de la choza. Los hombres entran por delante, ocupan el espacio más amplio y se acomodan en esteras de madera. La caza es fundamento de la prerrogativa masculina, de sus privilegios de mando. 

  La caza también es afín a la guerra. Hacer la guerra posee a veces una significación geopolítica de preservación o expansión del propio territorio. Pero también alberga un valor ritual: ejemplo paradigmático en la América Mesoamericana es la guerra florida azteca. Contienda sagrada que se enciende durante un tiempo ritual cuyo propósito es la captura de prisioneros destinados luego al cuchillo sacrificial. 

   Soportar las experiencias del combate depara la iniciación en la Orden de los Caballeros del Águila o el Jaguar. Para pertenecer a estas órdenes se debe antes florecer. A fin de abrir jubiloso sus pétalos, el guerrero se sitúa en el centro de un campo de batalla ritual. Cuatro guerreros disfrazados de jaguar tallan el desafío para su brazo combativo. Los contendientes simbolizan los cuatro elementos. De ahí su emplazamiento en las cuatro direcciones del espacio. Si el guerrero que late en el centro triunfa, florece, deviene flor, que exhuma plenitud. Es ya guerrero florido. El valor del nuevo guerrero místico es prolongación espiritual de la fiereza del felino, del jaguar, del animal cazador.

   El lazo afectivo del hombre mesoamericano y andino respecto a la caza funda la centralidad del jaguar como modelo viviente de una realización humana superior. A su vez, este modelo ejemplar depende de la creencia en una real identificación y eventual fusión del humano respecto al animal. Levy Bruhl explora con amplitud y precisión las experiencias de la participación mística propias de la humanidad mítica. El humano arcaico se identifica con las formas y seres de su entorno. Su propia existencia es un continuo participar de las fuerzas vivientes asociadas a la tierra, el árbol, las aguas y el suelo. Y los animales. Mediante una dinámica de identificación psicológica, el humano puede ser como el animal venerado, cazado, devorado. Desde el esquema de participación mística, el antiguo morador de las selvas tropicales de América podía ser como el jaguar. Y asimilar así su destreza, astucia, serenidad y determinación, su precisión guerrera, cazadora.

   Al participar de la vitalidad del mundo animal, el ser que vive lo mítico intuye su propio centro radiante. Plasmación del ser a través de la animalidad. Exacto contrario de la modernidad. Para lo moderno ilustrado, lo animal  es tormenta instintiva que inhibe  y perturba al ego civilizado. Nunca es peldaño hacia la realización de sí.

   La identificación humano-animal emerge en las febriles jornadas de la cacería del paleolítico. Entonces, el humano tribal caza en un principio para proveerse el alimento esencial. Pero ya entonces asoma la percepción mística de la dignidad del animal. El cazador sabe que su presa no sucumbe bajo el poder de sus lanzas. La víctima se entrega por su propia voluntad. Para que este donarse no se interrumpa, el cazador agradece al animal por habérsele entregado.

   En todos los casos, el alma del animal muerto debe ser venerada y pacificada. De no ser así, el animal benefactor puede convertirse en un peligro demoníaco. En el Amazonas, el jaguar está rodeado por una aureola demoníaca. Si la fiera cae en una trampa, los cazadores la llevan hasta la aldea. Allí, las mujeres espolvorean de plumas la piel, le adosan anillos en las patas y luego prorrumpen en lágrimas ante el animal muerto. Se suplica así al jaguar que abandone todo deseo de venganza contra los hombres que involuntariamente le han atrapado. Los boros del Oeste danzan alrededor del jaguar abatido por el cazador. Lloran para suplicar la clemencia al poderoso ser que finge inmovilidad y muerte. Si la fiera manchada no complace los ruegos, el cazador perecerá. En otras formas de la danza del jaguar, el cazador se arrebuja en su piel e imita sus movimientos para manifestar su posesión por el felino.

   Matar a un jaguar durante la caza puede también nimbar con un aura de prestigio a su cazador. Así, en un culto al jaguar en Bolivia Oriental, se danza alrededor al animal muerto, y los que consumaron su muerte poseen el derecho de descuartizarlo y comer su carne. Luego del banquete ritual, el cráneo es alojado en un templo; allí, los cazadores se remiten a un chamán-jaguar. Y, desde entonces, los que tuvieron la temeridad de cazar al gran felino llevarán su nombre secreto, que le es revelado por el chamán durante la ceremonia secreta.

     En muchas tribus, quienes sobreviven a los feroces zarpazos del jaguar ingresan a la cofradía de los chamanes-jaguares. Su misión será entonces oficiar los ritos vinculados a los espíritus-jaguares. Deberán invocarlos y apaciguarlos. Para multitud de pueblos de América de Sur, les es dado al chamán el poder de metamorfosearse en el animal cazador. 

   La continuidad de la identificación prehistórica hombre-animal en la América precolombina acontece con especial nitidez en la cultura olmeca y la de Chavín de Huantar.

   lll. Los olmecas constituyen la cultura madre de la cosmovisión maya. Como muchas culturas antiguas, para los olmecas el centro es lugar privilegiado del espacio, es el sitio genésico, creador, la fuente de la emanación primordial de la vida. Los olmecas identificaron esta centralidad creadora con un enorme volcán llamado hoy San Martín Pajapán, ubicado en la cordillera de los Tuxtlas, desde donde domina la laguna sagrada de Catemaco. Para la experiencia olmeca, el volcán es centro generador fundamental. Emanación de vida desde un mundo subterráneo. El volcán olmeca se asocia con la Primera Montaña Hendida de los mayas, el mítico lugar donde fue creada la humanidad mediante el maíz.

    Los olmecas fueron eximios constructores. En el célebre complejo de La Venta reprodujeron el Volcán primordial. Su cinceles también parieron las singulares y gigantescas cabezas de piedra. Y también animaron la creencia del hombre-jaguar.

  En las grutas olmecas de Oxtotitlán, el culto del hombre-jaguar refulge con su misterio. Las grutas albergan numerosas galerías con cámaras pintadas que se sitúan entre el 700 al 600 a de C. En el arte rupestre de Oxtotitlán, sobresale el mural del sacerdote olmeca cuyo rostro se muestra cubierto por una máscara de un búho. Este hombre sagrado yace sentado sobre una cabeza estilizada de jaguar. Uno de sus brazos se alza hacia el cielo, y, el otro, se extiende hacia la tierra. Doble dirección, ascendente y descendente de los brazos sacerdotales que quizá simbolice la anhelada unión cielo-tierra. La posición del jaguar debajo del sacerdote se refiere, como luego observaremos, a la condición del jaguar como portal, como apertura hacia el mundo subterráneo.

    Otra célebre escena rupestre de Oxtotitlán representa la unión sexual con el jaguar, signo diáfano de la fusión humano-animal y su efecto: el hombre-jaguar.

  El animal jaspeado de manchas permanece acechante, agazapado, durante el fervor del día. Y, en la noche, despliega su esencia íntima de depredador, de cazador mortífero. Su acción nocturna lo convierte en habitante natural de la oscuridad. Y lo oscuro es, en la mentalidad simbólica arcaica, irreversible remisión a lo cavernario, a la umbría hondura de la tierra; regresión al mundo subterráneo como vientre creador o como asiento de potencias infernales y de la muerte.

   En la región olmeca de La Venta, en Tres Zapotes, existe una estela que exhibe una escena ritual que se consuma en las fauces abiertas de un jaguar. El acto sagrado que se cristaliza dentro de la boca del felino manifiesta su rol simbólico como portal o abertura hacia el inframundo o la soledad subterránea de las cavernas; es el corazón de la oscuridad del dios zapoteca de la Tierra.

    El simbolismo ctónico del jaguar en Mesoamérica alterna así dos ritmos de la oscuridad. Lo oscuro como matriz o vientre de la tierra maternal (que genera nuevos frutos y vida) y la no luz como inmersión en una peligrosa región demoníaca. En la primera función, el jaguar es guardián de las oscuridades terrestres, telúricas, desde donde brota la verde riqueza del suelo y la selva. En la segunda faceta, el jaguar mexicano se troca en sol de tierra, sol nocturno. En numerosas mitologías, durante el crepúsculo, la exultante esfera solar se sumerge en el mundo subterráneo. En la noche, el sol-jaguar atraviesa el frío y peligroso reino de pululantes fuerzas demoníacas. El felino solar que viaja dentro de la tierra debe batallar contra potencias infernales. Luego, si vence estos obstáculos, la apabullante corona del sol emerge como luz victoriosa, triunfante. Brilla entonces la llama de la nueva mañana, que es también el resplandor del lucero del alba, la refulgente radiación matinal de Venus.

     Los mayas identifican al jaguar con el número nueve, simbólico número de los países del inframundo. El dios felino es así "Señor de lo de abajo". Es también la tierra que, con sus fauces abiertas, devora al sol entre las extenuadas luces del crepúsculo. Y luego, el animal moteado se muta en sol negro, viajero de la tierra subterránea que lleva sobre si una concha marina, representación de la luna y, de manera paralela, del renacimiento (por ser la Luna, la Mujer de Plata, la que renace en el cielo nocturno luego de tres noches de muerte o ausencia).

    Su repetida victoria en el mundo infernal, le otorga al jaguar poderes como psicopompo, guía del alma de los muertos. En esta arista de su existencia, el felino se confunde con el perro Xolotl, dios canino que acompaña al sol-jaguar, al sol de tierra, en sus nocturnas incursiones por las honduras terrestres. Es la habilidad del jaguar como guía lo que permite franquear los nueve ríos que impiden el libre acceso al Chocome Mictlan, el noveno cielo, inmortal residencia de los muertos.

  En su dimensión ctónica, el jaguar se hermana también con el cocodrilo. Mixtecas y aztecas creían que la tierra surge de un cocodrilo que nada en un mar primigenio. Para los mayas, el cocodrilo de los comienzos transporta todas las geografías sobre su lomo. En su significación telúrica, el cocodrilo puede sustituir al gran jaguar como "Señor de los Mundos infernales". El terrible habitante de las aguas también puede ser custodio de los cuatro extremos del mundo, tal como acontece con el jaguar en la cosmovisión azteca. El cocodrilo de las fauces abiertas, a su vez, tal como aparece en las imágenes mayas, se identifica con el jaguar cuya fauces expandidas representan a la tierra engulléndose al sol en el ocaso. 

  Además de Señor del Mundo Subterráneo, el jaguar es también el Señor de los Animales Salvajes. Es fuerza rectora de la jungla y de las montañas. En los ecos y los tambores de llamada puede presentirse su respiración acezante.

   Y el jaguar es Jaguar Celeste. Animal grávido de sacralidad urania. Como ser celestial, el jaguar liga su destino mítico con la luna, el agua y el sol.

   Para el Popol Vuh, el jaguar es la diosa Luna-Tierra. Los mayas imaginan a las hechiceras bajo la figura del felino cazador e invocan así los poderes de la Señora Lunar.

   En las geografías opalinas de la noche, la luna se desplaza con gracia y luz. Luna que siempre experimenta el acecho de un ser caliente y astuto que, en algunos casos, salta sobre la refulgente esfera para nutrirse con su carne plateada. El gran jaguar celeste comienza a devorar a la Señora de la Noche. Pero entonces los hombres saben dispensar un auxilio. Y urden estridentes torbellinos sonoros forjados con golpes de madera, morteros, y lastimeros quejidos de perros castigados para forzarlos a tal expresividad sonora. Y el animal cazador, aturdido, confundido, suelta su presa. Y se aleja. Y la Luna recobra luego su integra anatomía.

   En las construcciones de la edad clásica de las culturas mesoamericanas, la boca estilizada del jaguar es manifestación simbólica del cielo. Y en el cielo planea esplendente el águila. Para los aztecas, el altivo pájaro es mensajero de la voluntad divina. Su mito narra que allí donde un águila se pose sobre un nogal, se deberá eregir una gran ciudad. Y el ave de la ceñuda mirada se posó sobre la planta aludida. Entonces, los aztecas erigieron allí Tenochtitlán, la capital del imperio de los adoradores de la serpiente emplumada Quetzalcóatl. Y el majestuoso pájaro en especial era, como águila solar, quien recibía el corazón de los sacrificados.

    En la mentalidad azteca, el águila es asimismo espíritu afín al jaguar. Ambos son protectores de las potencias guerreras terrestres. El animal esmaltado de manchas preside una de las cofradías secretas de caballería azteca, mientras que la otra es regenteada por la presencia señorial del ave de pico ganchudo. Al mismo tiempo, en el trono ceremonial del monarca azteca, éste se sentaba sobre plumas de águila y disponía sobre su espalda de un retazo moteado de piel de jaguar.

       El jaguar puede emparentarse también con la serpiente. Con su cuerpo versátil, hipnótico, el reptil de los movimientos ondulantes emerge de las grietas y cuevas. Entonces, como el jaguar, es guardián del mundo subterráneo, de la oscura densidad invisible de la materia. Pero el reptil, a su vez, por su alargada y ondulante figura, se asemeja al agua de lluvia. La serpiente es así agua que fecunda, es receptáculo de las gotas bienhechoras. Es serpiente emplumada, Quetzacoátl, la nube saturada de lluvia. Es el dios capaz de fertilizar el suelo y de apadrinar el crecimiento del maíz, el sagrado vegetal que obsequia vigor y salud.

     El dios de la lluvia azteca, Tlaloc, exhibe un rostro donde se enzarzan dos serpientes. Y la lluvia contribuye al caudal y volumen de las aguas de los ríos y arroyos que serpentean por la selva y donde el jaguar se zambulle. Se revela allí como eximio nadador. El felino es capaz de avanzar en el agua terrestre con la misma agilidad con que se mueve el reptil emplumado entre las nubes de la acuosidad celeste. En lo acuático, afín a la lluvia, el jaguar no es cuerpo extraño sino huésped gozoso.

   La serpiente es la difusora de la fecundación celestial. El jaguar protege la oscuridad terrenal desde la que surgen los frutos, las exuberancias vegetales del follaje, que patentizan la fertilidad de la tierra. En la serpiente y en el jaguar se funden entonces dos niveles de lo fértil: lo fértil de arriba y abajo.

     IV. En Chavín de Huantar, en el tercer milenio antes de cristo, nace el culto al jaguar. Chavín es la matriz del desarrollo cultural del antiguo Perú. Centro ceremonial, espacio sagrado, estuvo habitado sin interrupción desde el 1800 hasta el s. XIV ajc. La divinidad de Chavín es el jaguar en sus diversas manifestaciones: como jaguar celeste (asociado a la constelación de Orión), como sol diurno o sol negro, nocturno. En esta última faceta, aparece como cuchillo clavado en el suelo de la galería subterránea del Templo de Lazón.

   En el altar de piedra de la plaza principal de Chavín, se muestra el Jaguar Celeste. La piedra sagrada posee siete orificios. El 26 de diciembre, día del solsticio, la luz de las siete estrellas de la constelación de Orión se derrama en cada una de las aberturas. Luego, al amanecer, la primera llama de luz del sol se descuelga del techo subterráneo del Templo de Lazón. El Lanzón es una piedra enhiesta, donde se tallan personajes antropomorfos y jaguares. Allí, la luz solar baña el rostro de un jaguar. Se renuevan así  las fuerzas estelares y solares. Regeneración celeste que requiere un proceso semejante en cuanto a las fuerzas telúricas. La renovación terrestre quizá se cristalizaba cuando iniciaba su labor un sofisticado y fascinante sistema hidráulico, un dispositivo acústico que aprovecha la convergencia de los ríos Mosna y Wascheksa. El agua circulaba por un canal artificial de unos cien metros, con un desnivel de veinte metros. El sendero canalizado era acompañado con cavidades pétreas que oficiaban de agujeros amplificadores. Así se imitaba el rugido del jaguar. La voz del felino se proyectaba hacia lo alto. Signo de la restauración, en el solsticio, de la potencia terrestre.

   Y el rugido del jaguar telúrico, subterráneo, sea quizá emanación vital y sonora del jaguar antropomorfo representado en la lanza de granito, el Lanzón. Para Tello, el descubridor de Chavín, el jaguar antropomorfo es el principal dios venerado en el antiguo templo peruano. La divinidad aparece de pie. Su mano izquierda se extiende hacia abajo, y la mano derecha se propaga hacia lo alto, con sus dedos extendidos. La cabeza del ser divino es de grandes proporciones. Y es felina, con rasgos de jaguar; y de sus costados brota una cabellera en la que se engarzan ondulantes serpientes.

     Quizá, en la cercanía de la divinidad que unía la anatomía del felino y el hombre, antiguos candidatos a la sabiduría sorteaban exigentes pruebas para abandonar exitosos las galerías subterráneas convertidas en un laberinto sofocante. Quizá debían arrastrarse cual ágiles serpientes para evitar cuchillos que nacían de las ríspidas paredes; y tal vez debían perseguir las señales de halcones que latían desde sus figuras esculpidas en los techos de los senderos oscuros para así volver a luz y devenir seres de conocimiento y poder. Seres que, como su dios, ahora eran un hombre-jaguar.

 

EN LA LLAMA DEL JAGUAR  II

 

 

 

   V. El animal, el jaguar, suda en su piel manchada. Un solo pelaje contiene multitud de manchas café oscuro. La explicación más inmediata es empírica, funcional, despojada de agudeza intuitiva. La multiplicidad de manchas cumple la consabida función de mimesis con el entorno selvático, el camuflaje que disimula la presencia amenazante del animal cazador.  Pero en el felino magnético pulsa una tierra heterodoxa para el pensar. Por eso, este es el verdadero inicio de nuestro ensayo.

   Lo anterior fue un respetuoso preámbulo a la tradición simbólica que el jaguar ya ha plasmado en la historia. Nuestro intento no es ampliar o innovar los estudios mitológicos y arqueológicos ya consumados en torno al radiante felino americano. Nuestro anhelo es componer la música de un pensar especulativo donde el animal sea irradiación de simbólicos filones no percibidos.

   El pensar regresa a su nervio animal cuando ambiciona la existencia del cazador. Pero no para la caza de la sosegada verdad conceptual, de una ratio o idea sustentadora de la mayúscula arquitectura de lo real. La caza de un pensar animal es caza de fuerzas, de manantiales efusivos donde el espacio es, con rigor inevitable, constante radiación energética. El pensar como fuerza cazadora de fuerzas, fogonea la metamorfosis del sujeto que así piensa. El pensador del pensar animalizado ya no es ojo sereno, logos pausado que enhebra sistemáticas reflexiones; ahora es la idea que exuda conmoción y fascinación ante la diversidad de lo que es; es ansiedad por acechar y desvanecerse en un corazón sin forma. Corazón sin figura que palpita en cada figura. Pensar animalizado como continuo salto sobre la materia y sus collares de formas y colores; pensamiento del pensador que es en una noche de misterio y alerta, donde respira en las cercanías del centro esquivo del ser que acaso pare y alumbra todo ser.

    Y para este pensar el animal no es latido. Es lo que late.

     Jaguar que late. Garra y colmillos son sus armas visibles. La garra que hiere y trocea, el colmillo que taladra y despedaza, son vehículos de la muerte. Pero también es la sal de una metamorfosis esencial. Garra y colmillo liberan órganos, tendones y músculos, la sangre y los tejidos de la víctima. Liberan a la presa del confinamiento a una forma, de esa forma que separa el animal cazado del suelo y las hojas, de los otros seres y el viento.

    Comienza luego un segundo ritmo de la acción del jaguar cazador: el pasaje de la forma disgregada a la carne absorbida. Garras y colmillos ceden el protagonismo a las fauces abiertas, a la garganta honda y versátil, a la absorción, digestión y asimilación de la vida fagocitada por la potencia cazadora. El animal que caza y absorbe, el jaguar cazador, es magnetismo, flujo gravitatorio que atrae hacia sí los cuerpos antes separados de las presas. Las víctimas, el pécari, el ciervo, los monos, el tapir, el perezoso, el agutí, el capibara, aves, caimanes, tortugas, huevos de tortuga, ranas, peces y pequeños roedores, ahora regresan al seno de la fuerza cazadora, succionadora. A un centro caliente, movedizo, que engulle y concentra la vida de las presas antes atrapadas, encerradas, en la soledad de sus cuerpos finitos.

   El jaguar como lugar de concentración vital es equivalente a la plenitud del absoluto reconcentrado en una sola palabra divina. Así lo imagina el escritor argentino Jorge Luis Borges en La escritura del dios. Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, padece cautiverio luego de la caída de Tenochtitlán y del triunfo del español conquistador. En el encierro, el mago recuerda la sentencia mágica del dios escrita el primer día de la creación para conjurar el horror final del tiempo. La victoria del hispano debe de ser signo de la disolución del mundo. ¿Pero dónde podría haberse estampado el arcano divino? El mago examina realidades efímeras, incapaces de ser el receptáculo permanente de una sentencia sagrada. Y en "ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios", y así Tzinacán imaginó a su dios "confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran". La piel del felino es memoria del pensamiento mágico del dios. Es conservación inalterable de una potencia absoluta. Es pelaje erizado donde se oculta un poder remoto, amenazado constantemente de olvido. Esa fuerza divina primordial palpita en una gran, breve y concentrada palabra, pues "un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud". Así como la única palabra concentra todas las palabras, el jaguar es centro de absorción, porque "decir el tigre (leáse jaguar) es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra".

   Al  jaguar siempre regresan los ciervos y tortugas, las víctimas de su paladar. Y el cielo que fecunda la tierra, que produjo el alimento. Decir jaguar, tigre real, felino americano espolvoreado de manchas, es decir cadenas de hechos y seres que confluyen en su presencia. En el jaguar,  en inmediato acto, se condensa la amplitud espacial  donde se rozan y palpitan en común animales, vegetales, las extensiones terrestres y celestes.

     Entre los animales que viven a la sombra del felino, algunos devoran a los otros; pero el jaguar no es devorado por ninguno. Así ocurre también en el ecosistema de las palabras. Entre los días y las noches humanos, las palabras alumbran y difunden sentido sólo dentro de secuencias encadenadas y progresivas de voces, de expresiones. El sujeto que habla se halla siempre dentro de una red desplegada de signos. Redes donde cada nueva palabra devora, engulle a la anterior. Pero el decir del dios abre y entrega las redes. Y no es devorado por ninguna palabra previa.

   La fuerza divina es la que devora y contiene en un solo verbo, en un solo instante, el jaspe de cada expresión; es la devoradora que todo lo devora y nunca es devorada. Como el jaguar. Extremo de la cadena alimentaria. Palabra posterior, final, que caza todo lo anterior y lo devora, pero sin ser él fagocitado.  

   VI. En el cazador solitario perduran las voces y energías de los seres engullidos. La selva devorada siempre es en, con, el felino depredador. ¿Pero cuál es entonces la naturaleza de la soledad del solitario cazador?

   La descripción del jaguar como ser solitario delata la superficial comprensión de su existencia de animal cazador. La soledad es la nada de lo otro. Es mar del yo condenado a desplomar sus olas dentro de los propios huesos, no en las playas de la otredad. Lo solitario como angustia es presencia que nunca es encontrada por otra conciencia del afuera. En la soledad que lacera, el alma es texto sin lectores procedentes de otros textos.

   Pero el jaguar no participa de esa soledad que no recibe respuesta al propio eco o reflejo. El felino siempre respira dentro de la llamada de su especie. Cada jaguar repite la filosofía del acecho de sus ancestros. Ellos aún exhalan calor en el nuevo y último movimiento de las garras felinas. La multitud de los individuos de la especie jaguar gruñe en cada uno de sus ejemplares.  Y el cazador americano es de continuo encontrado, acompañado, por la selva. Lo selvático expande sus raíces y el rumor de sus seres en su atención vigilante. La selva acepta, necesita, responde y encuentra, al único ser, el felino, donde todo puede ser re-unido, concentrado, engullido. La naturaleza tropical es fiel y acompaña al aliento que une todas las exhalaciones. El jaguar es encontrado, acompañado, envuelto, por la selva, aunque su cuerpo, en apariencia, avance solo. 

    ¿Pero por qué la fuerza depredadora que, mediante la triangularidad garra-colmillo-fauces, concentra en sí la vida antes multiforme y separada, no succiona y absorbe en su corazón invisible las manchas múltiples que jaspean su piel? ¿Por qué subsiste la dispersión de manchas en su pelaje? ¿Qué dice la piel del felino?

   Al arribar a América, los españoles creyeron que los jaguares eran leopardos. Lo mismo que su hermano americano, el leopardo exhibe una piel veteada de manchas. Ante ésta, se decía que era "un manto de ojos". Ojos del dios que contempla el tiempo de los seres desde la altura, desde su sitial privilegiado en la cúpula. Los ojos divinos se asimilan a la mirada estelar, a los astros que escrutan, contemplan y vigilan la vida humana. La piel de felino que subyace a sus manchas-ojos se asimila así al cielo, expresión tradicional de la sacralidad máxima, de lo absoluto e infinito. De la totalidad que todo lo contiene. De manera explícita, para los mayas, el moteado pelaje amarillo del jaguar es el cielo estrellado.

   Pero las figuras manchadas del jaguar pueden asumir otro valor. Las manchas, las rosetas café oscuro en su pelaje, también pueden ser signos de la diversidad de formas de la naturaleza.

  La piel moteada es manifestación jeroglífica de la biodiversidad. El jaguar deviene así cielo que se mueve y tierra que se desplaza señorial con la multiplicidad de su creación. En el felino se concentra no sólo la vitalidad de las antiguas presas. La sinfonía multiforme de la naturaleza, con la diversidad de figuras y colores de la tierra, simbólicamente converge en su condición de centro que, agrupa, concentra.

   Pero la centralidad del jaguar es diferente a los centros estáticos de la tradición sagrada. En las culturas arcaicas el centro es sitio de concentración de las fuerzas divinas y zona de comunicación entre lo celeste y lo terrestre. Este rol arquetípico se corporiza en templos y ciudades, montañas y cuevas, árboles y rocas. Un cúmulo de centros inmóviles en su enraizamiento en la tierra.

     Y el centro es también el animal. Primero bajo la figura del tótem entre los clanes prehistóricos. Luego, en la estatuaria y los murales egipcios, persas, cretenses, mesoamericanos. Pero la imagen artística, estática, de la estatua y el mural es siempre remisión al dinámico y viviente poder del animal. Por lo que el animal como centro, el jaguar como concentración de la fuerza sagrada, es centralidad en movimiento, en acecho.

   Aun la inmovilidad como atributo ontológico de lo animal es chisporroteo de un aura divina. Así fue en el Antiguo Egipto. Los egipcios asumían que la vida humana es cambio, desgaste que debilita, tiempo que opaca la lozanía de los rostros y los frutos. El animal, en cambio, es inmóvil, posee hábitos heredados, inmutables. Cada individuo es repetición de un arquetipo fijo de conductas propias de su especie. Este permanecer de los animales es epifanía de eternidad. Lo eterno es propiedad distintiva de los dioses. El animal así es afín, en su naturaleza, a lo divino. Pero la divinidad eterna es aptitud para la creación continua. La sacra inmovilidad animal es entonces participación del movimiento divino entendido como inacabable sucesión de nuevos actos creadores.

     El animal del hábito inmóvil y el animal cazador del salto veloz, preciso, avivan un mismo efecto: la intuición de que en el animal de conducta estable o en el depredador felino de vitalidad exultante, restalla un centro que reúne y afirma las energías divinas.

   Pero meditemos ahora en la condición del cuerpo finito que es receptáculo de la vida amplia, universal. En la anatomía pequeña, finita, del felino, se concentra todo efluvio de lo vivo disperso y esparcido en el espacio. En el universo astronómico, en el vacío cósmico, lo disperso es pululación de ingentes partículas de polvo y gases que flotan libremente. Hasta que la gravedad los atrae, los concentra. El centro de la agrupación de la vida antes dispersa, adquiere densidad. La densidad es aumento exasperado de temperatura, es orgía del calor del que nacen los fuegos estelares, las hogueras relumbrantes en la noche. Como los ojos del jaguar que arden entre las vestiduras negruzcas de lo nocturno.

   La concentración de las fuerzas en el felino lo convierten en organismo de alta densidad vital. Y el exceso de densidad  incendia. En el cuerpo del felino vive el incendio constante de lo infinito que regresa a lo finito. La anatomía manchada del jaguar es así incandescencia, radiación. Fascinación de la vida encendida.

   Fuego de lo infinito que refulge en los ojos de jaguar aun en la atmósfera negra sin sol.

   El fuego como fulgor de la vida expandida e infinita en una figura pequeña, es metáfora de lo real saturado de fuerza. Heráclito intuye esta envergadura simbólica. Para él, el fuego es medida de todas las cosas. Todo es, a un mismo tiempo, permanencia y transformación como acontece en el baile constante de la llama. El fuego como símbolo del ritmo del universo. Pero, a pesar de todo, el fuego heracliteo es idea, concepto universal, inasible. La fogosidad del felino, en cambio, es irradiación visible, próxima. La llamarada en él no es serena idealidad que no acecha, merodea ni amenaza. El felino es fuego como proximidad, como potencia que alumbra y fascina. Destruye y engulle. El resplandor de la energía concentrada en el jaguar es potencia que alumbra y desintegra; es repetido acto de trituración, calor que crece entre las dentelladas de sus eficaces colmillos. Fuego que tritura, despedaza la forma que es lo que encierra, lo que enclaustra; y  libera así los licores vitales que regresan a lo vasto.

      Pero, en el felino, la vida amplia no sólo se concentra como fuego, irradiación. En el jaguar, y en otros de sus hermanos animales, lo infinito se redime de su amplitud difusa, y existe como cercana eclosión de lo sublime.

   Lo sublime lejano o romántico y lo sublime próximo del jaguar. En la estética romántica del siglo XVIII, se cultivó la experiencia de lo sublime. Según Kant, frente a la noche estrellada, frente a la negrura cósmica ilimitada, nace un sentimiento de lo inconmensurable. Burbujea así en el pecho humano un exaltado asombro ante la infinitud del espacio. Este encuentro con lo vasto eleva el espíritu hacia serenas alturas. Es elevación placentera. En lo sublime puede sentirse también el horror ante lo vacío y sin fin. Pero lo sublime como horror o elevación gozosa es motivada por la infinitud siempre replegada en los confines  de la mirada. Infinito en la lejanía.

  En el jaguar, lo infinito ya no es lo amplio y difuso en los lindes del ver. Ya es siempre vastedad temporariamente replegada en la anatomía radiante del animal que nos merodea, amenaza e induce la aceleración de la música cardiaca. El felino transforma la infinitud, antes distante, inofensiva, sin peso, en cercanía que sofoca, enloquece el corazón; vomita inquietud y zozobra. Fascina. Fascinación ante el infinito sublime que camina, el cielo y tierra que se desplazan  y ocultan en la selva y la cueva.

   VII. Y bajo la mirada temerosa de la luna, caza el gran felino de América. Es el cazador.

   El jaguar, soberano animal cazador, nos provoca una necesaria meditación sobre la significación de la caza. El cazar es acto de regreso. Como ya destacamos, el animal que caza reconcentra en sí, lo antes disperso. El supremo cazador oficia también como divinidad que absorbe y atrae a sí, a su vientre lo que antes era amplitud difusa.

    Y animal caza, pero el hombre nunca es cazador.

   Sólo un cuerpo captura, despedaza, absorbe y libera la fuerza de otro ser. El animal cazador es cuerpo que caza. El humano únicamente apresa mediante sus armas, formas de negación y olvido de su anatomía débil. El arma es chispeo de ingenio. Figura primero mental y conceptual y sólo luego un poder físico de ataque. El arma es fuerza de destrucción que manifiesta un calculo de la inteligencia, no una potencia propia del organismo, de una biología fuerte y feroz.  El animal depredador es cuerpo viviente que caza. El humano es el calculador que caza o avasalla mediante los medios exteriores a su propia anatomía, lo cual denota la incapacidad del hombre para un acto real de cacería.

  Mediante las armas de su invención, el humano puede matar al jaguar, y  arroparse en su piel  para adquirir mágicos poderes u obtener dinero. Pero la pervertida caza humana, no puede disolver la superioridad cazadora del felino, su potencia de vida concentrada, su destino de infinito próximo que acecha y fascina.

   VIII. Y el felino no sólo respira y acecha para humillación de lo humano. El jaguar actúa en la conciencia de los hombres como hierofante involuntario de la fascinación poética. El tigre, por ejemplo, el otro gran animal de la pelambre surcada por rayas, provocó en el prerromántico inglés William Blake una respuesta sensible esencial del humano ante el espacio: la fascinación poética.

      La fascinación como restitución del estado de hechizo o embrujo ante las cosas. El hechizado encuentra en el afuera ebullición, lo real incendiándose. El hechizo nace del encuentro de la realidad ya no como superficie opaca o indiferente sino como apertura a la aparición magmática del color y la figura bella.

    Solemos vivir en la conspiración contra el vulcanismo solar. El sol dona a las cosas el don de ofrendar al espacio, y  a los ojos en ese espacio, las sinfonías de colores. El resplandor colectivo de la tierra. En nuestro mundo prevalece la ilusión del vulcanismo restringido a ciertas regiones y ciertos momentos eruptivos. El tiempo presente nos obliga a no advertir que las cosas sólo se donan, entregan, como belleza colorida a los ojos y al espacio gracias al vulcanismo solar, diario, repetido. La fascinación descubre la cosa nimbada por el vigor del color. El color tal como es revelado, alumbrado, por el volcán solar.

     La no percepción de la repetida erupción del fuego celeste nos priva del fascinado hechizo ante la potestad del color y de las figuras que él delinea, esculpe. Por eso, para nosotros, en nuestro existir cotidiano, el color vive en una tibia diseminación, incapaz de incitar o fascinar. Es simplemente accidente, ornamento y barniz, no potencia creadora de superficies, figuras, de los tejidos de cosas y seres.

   La mirada epocal se apropia de las formas sin experimentar con fruición el brillo de los colores creadores; sin experimentar la pujanza más exaltada del color emanado de la cosa en el instante que ésta celebra la llegada de la luz matinal que le dona la oportunidad de expandirse y relumbrar en el espacio. Pero la expansión es un alejarse de sí, un perderse del colorido de un árbol en los otros árboles que lo rodean; el perderse del color de una roca entre otras piedras; el extraviarse de la coloración de un edificio entre otras torres de cemento en una ciudad moderna. Los colores que se alejan de sí al expandirse, se esquilman en la coexistencia o confusión con otros coloridos.

     El color preserva su vigor singular cuando renueva su comunión con la luz inicial matinal. El color es su plenitud cuando renace tras su desvanecimiento en el océano penumbroso de la noche. Cuando la luz que mana el cráter solar toca una nueva vez la cosa ésta se reinstaura como radiación auroral, como relumbrar matinal. El color es recreación de la cosa, de su figura y superficie cuando la alumbra la luminosidad del volcán celeste solar entre los últimos estertores del lienzo desfalleciente de la noche.

  Y el intenso colorido del felino es lo que hace patente un color que no se distancia, que no se disipa en roce, confusión o yuxtaposición con otras emanaciones coloridas de las formas. Por eso, en la piel felina bulle con frescor continuo el relumbrar matinal del color tal como es alumbrado por el sol volcánico.

   Y el encuentro de la luz, lava descendente del volcán celeste, solar, y las cosas, es acontecimiento de placer cosmológico, ambiental. Lo celeste goza al encender el color de la cosa, al provocar el instante en que el color de nuevo relumbra.  Y el color alumbrado, a su vez, disfruta con todos sus pigmentos y figuras del roce y abrazo del toque celestial. Acontece así un erótico estremecimiento, un orgiástico hervor sensual. Sensualidad cuya cumbre es el encenderse de la mañana en el encuentro de la luz solar y el color; sensualidad que prolonga su instante de goce en el felino para evitar su disipación, para prolongar el relumbrar matinal a través de la totalidad del día y la noche.

   En el jaguar, y en sus hermanos felinos, persiste el erótico goce ambiental que brota del fundirse, encontrarse, de la luz del volcán celeste y las alumbradas cosas terrestres. En la coloración intensa, en la belleza sensual, felina, perdura el aura vivaz del color que resurge en la matinal celebración de la luz.

  XI. Y todo podría ser jaguar, o de hecho lo es... Nuestra conciencia civilizada despliega sus mejores armas para circunscribir el feudo animal a lejanas tierras salvajes, o al zoológico como una de las apoteosis del espacio finito controlado. Lo animal confinado a lo distante, ausente, es la estrategia desesperada para ocultar nuestra pertenencia al mundo animal.

    En su narración Con la cual estamos muy menoscabados por los jaguares, Julio Cortázar imagina la invasión del estrecho y seguro ámbito de la casa por la enigmática omnipresencia del jaguar. En la cama, en el velador, en el reloj, en la aspiradora eléctrica, pululan jaguares. La cercanía amenazante de lo animal sólo se amengua y asimila si aceptamos que estamos "como imbricados en un engranaje de jaguares que van del más pequeño de la lata de té a los más enormes, a aquellos cuyo tamaño sobrepasa nuestro pobre entendimiento". La cadena de los jaguares que nos acosan remiten al último que los incluye a todos, a aquel que también comprende los espacios que rodean la casa; y es así que "no solamente la casa sería jaguar sino la ciudad, la ciudad y en torno de ella el país". Los jaguares palpitan y rugen en la intimidad de la casa, de sus seres y objetos, y en las geografías más vastas y envolventes de la tierra. Reverberaciones de la omnipresencia sin escapatoria de los jaguares, de una presencia repetida, larga, sin retazos de endeble ausencia.

    En el decir de la narración cortazariana  el verterse del calor felino en el espacio social y geográfico nos menoscaba. Menoscabo es disminución desde varios senderos: menoscabar puede ser atenuar una potencia hace un instante poseída, o mostrar una vitalidad extinguida o que nunca existió. El menoscabar del felino libre dentro de la casa urbana delata la imposibilidad del ser urbano de experimentar el realismo biológico y cosmológico.

    Atendamos a la primera pérdida de lo real biológico. La piel del humano urbano es superficie cutánea a encubrir, vestir; o es envoltura carnal, o lugar de un decorativo bronceado solar. Lo necesario es decorar y exhibir mi propio cuerpo, ya no experimentar las fuerzas más amplias de la que procede lo corporal. Por lo que no hay sitio para la practica del realismo biológico, que es aquello que sabe que lo corpóreo  pertenece a los procesos vitales de la naturaleza. El cuerpo es presencia particular que simboliza la acción de un orden natural más amplio: el del planeta y su red de ecosistemas. El arcaico simbolismo corporal cultiva el realismo biológico. Por eso, el hombre de las culturas antiguas descubre paralelismos entre las diversas regiones corporales y el mundo vegetal, animal, astronómico. Las fuerzas de las rocas, animales y árboles pueden galopar dentro de las selvas de músculos y huesos. Así, en la Antigüedad y el Renacimiento, el cuerpo es experimentado como continuidad de los procesos vitales de la naturaleza. La corporalidad humana es, de esta manera, símbolo de lo particular que sólo existe dentro de la red de ecosistemas del mundo natural.

   Y a través de la completa constelación del ecosistema planetario, se expanden los jaguares imbricados, enzarzados, tejedores de un sola piel que todo lo incluye y acalora. Pero nuestro reino epocal ya no experimenta lo que el realismo biológico sabe. Nuestro cuerpo ya no se percibe como sitio de resonancia de todos los ecosistemas; nuestra anatomía no es así cauce donde galopan las libres aguas de las fuerzas del crecimiento. El cuerpo, nuestra constitución biológica, ya no es símbolo de algo más vasto. La corporalidad es despojada de su dimensión simbólica trascendente. Sólo en la sensualidad del bello cuerpo femenino desnudo subsiste un tibio eco de la resonancia simbólica y la temperatura vital del felino y su piel, del cuerpo y su biología como posible cáliz donde hierven universales fuerzas.

    Y el jaguar próximo que nos menoscaba, aun en nuestro imperio de la urbe, ruge con insolencia uno de nuestros secretos: la incapacidad para experimentar nuestra biología como llama que danza dentro de la red de los ecosistemas, dentro del espacio saturado de explosiones de color.

   La ausencia de realismo biológico se complementa con la carencia de realismo cosmológico. Somos por el color y la figura de nuestros cuerpos y nuestros colores y formas encendidos y anunciados por la luz de la erupción solar. Todos los géneros de la iluminación artificial sólo recrean el originario mar de luz diurno. En el color que dibuja nuestras proporciones y rasgos, la luz celeste goza y celebra la presencia el agua y la carne de nuestros cuerpos. Esa es la realidad cotidiana de la naturaleza y el cosmos que, a través de la cúpula y el suelo, nos alcanza y afirma. En nuestra piel alumbrada por el rayo de sol o luna, existimos en la misma realidad donde los cuerpos celestes son radiación luminosa.

   Pero el tambor de la representación burguesa del mundo nos aturde lo suficiente como para negar el cuerpo como símbolo y altar de celebración. Y también nos conmociona con la necesaria brusquedad disonante como para forzar el no pensamiento sobre el origen más elemental de la civilización. Nada crea la técnica y los calderos de la industria que no sea recreación de la naturaleza preexistente. Ningún componente de un objeto técnico, artificial, no fue antes algún elemento natural. En un sentido estricto, el hombre sólo es transformador, no creador. Pero siembra en la temporalidad moderna la ilusión de lo autofundado: del sujeto que sólo por sí mismo se crea; del objeto que a sí mismo se fabrica pues, tal como el marxismo lo ha revelado con suficiente precisión, tiende a olvidarse el trabajo humano que es su verdadera causa.

   El humano vive dentro de la casa donde no sospecha orgías de fuerzas que estallan arriba y en la vena íntima de la materia. Y golpea más fuerte el tambor del aturdimiento y se grita a sí mismo para no atender a los jaguares que invaden el espacio y nos menoscaban. Los jaguares que nos ofrecen su piel para religarnos con la naturaleza viva de los ecosistemas y la luz del sol y la estrella que enciende los colores que anuncian las formas. Demasiada confusión y golpes disonantes necesita el imperio del capital para alejarnos de los imbricados jaguares. Que nunca dejan de arder.