Resplandores de la narrativa de Mujica Lainez

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Manuel Mujica LainezCuando los ríos se secan, qué mejor que, otra vez, desplegar el mapa del recuerdo. Allí podremos encontrar nuevamente manantiales efervescentes, sonoros arroyos de imaginación. Y ventiscas que recorren la tierra difundiendo el anhelo de expresión que rebulle en el alma artística. Dentro del bosque de la literatura argentina es nuestra intención recuperar el rico follaje de la obra de Manuel Mujica Lainez (1910-84). Uno de nuestros grandes escritores. Ya poco visitado por los lectores. En el castillo de su creación podremos hallar desde el espíritu del medioevo y el Renacimiento hasta los diversos aromas de la historia de la ciudad de Buenos Aires. Como así también el deseo de darle vida propia a supuestos objetos inanimados como una casa, un libro o una alhaja. Aquí les propongo recorrer tres palpitaciones de la obra de Mujica Lainez. Tres estímulos para una posible lectura futura más vasta. Un primer bello jaspe de la literatura de Mujica Lainez lo encontraremos en el relato “El hambre”, perteneciente a Misteriosa Buenos Aires, obra concluida en 1950. Allí, mediante numerosos cuentos, Mujica respira desde la Buenos Aires de la primera fundación hasta la del año 1904. En "El hambre" nuestro autor revive los fatídicos hechos que ensombrecieron los días de la primera ciudad del buen aire. En la narración, Baitos es un ballestero llegado a las riberas del Río de la Plata en la imponente flota del Adelantado Don Pedro de Mendoza. Baitos es el centro dramático de una desesperada puja contra la inanición y un torbellino de odios desatados entre los conquistadores españoles. En 1958, en el norte de Italia, Mujica visita los restos del Bosque de los Monstruos de Bomarzo. En ese entonces, a diferencia de lo que ocurre hoy día, aquel sitio se hallaba cubierto por la maleza y fuera de los itinerarios turísticos. El Bosque de los Monstruos fue construido en el siglo XVl, en pleno renacimiento italiano, por Pier Franceso Orsini, Duque de Bomarzo. El “bosque” es en realidad un parque poblado por las estatuas de diversas entidades monstruosas. De manera semejante a lo que le ocurrió al general Patton entre las ruinas de Cartago, Mujica Lainez, el escritor argentino, entre los restos de los monstruos de piedra, se percibe como un alma inmortal, pródiga de existencias pasadas. En este siglo Mujica es un hombre de letras, pero en el siglo XVl, en los primeros albores de la modernidad, él fue el Duque de Bomarzo. Dominado por esa certeza, procede a la redacción de la biografía de Pier Franceso Orsini, aquel olvidado personaje del Renacimiento. Que acaso fue él. Así nace Bomarzo, una de las mejores novelas históricas ( ¿o acaso la mejor?) de la literatura nacional. Aquí transcribiremos el momento en que el duque experimenta la revelación de su destino: la convicción de que debía esculpir su propia historia en el perenne torso de las piedras. Nuestro último encuentro con la imaginación novelística de Mujica Lainez será un momento de su obra dedicado a las memorias de un hada. Sí, el escritor se transmuta en una mágica, feérica, mujercita que sobrevive en el campanario de una iglesia en el mundo contemporáneo. Desde allí, mediante la vivacidad de la primera persona, el hada-escritor recuerda las radiantes jornadas del medioevo en las que hadas, ángeles y demonios eran tan corpóreos y cercanos como el viento que puede danzar en tu rostro.

PD: Además de las obras ya mencionadas, algunos de los títulos más recomendables de Mujica Lainez podrían ser:

  1. Aquí vivieron, ed. Sudamericana, 1949.
  2. La historia de una quinta de San Isidro entre 1583 y 1924.
  3. La casa, ed. Sudamericana, 1954. Aquí, en primera persona, una casa narra su decadencia y la de sus habitantes.
  4. Cecil, ed. Sudamérica, 1972. Autobiografía literaria de Mujica plasmada desde la visión de su propio perro.
  5. El escarabajo. Plaza Janés, 1982. Su última y magnífica obra. Es la historia de un ser inanimado, de un escarabajo de lapislázuli, un talismán egipcio, creado por la Reina Nefertari. El escarabajo de piedra narra su fantástica existencia a través de tres mil años de historia y el rumor de numerosas civilizaciones.


En el volumen ya mencionado de Misteriosa Buenos Aires, existe un magnífico cuento, llamado “El hombrecito del azulejo”, que merece ser especialmente recomendado a los lectores que se deleiten con lo fantástico. Puede ser consultado en esta página, en la sección de Literatura fantástica.

Mujica Lainez poseía una famosa casa, llamada “El paraíso” en la provincia argentina de Córdoba, cerca de la localidad serrana de La Cumbre. Actualmente, es un museo que puede ser visitado por el público. Para datos sobre el acceso al Museo Mujica Lainez se puede consultar al buscador de museos argentinos: www.museosargentinos.org.ar  

El teléfono de la casa-museo es (03548) 451-160.

 

 Ahora mejor ya naveguemos hacia la escritura de uno de los mejores escritores argentinos...

 Esteban Ierardo

 

  EL HAMBRE
    Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apos­tados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los ge­midos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran que­rido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y esca­par de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el ham­bre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes. Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desespera­damente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos. Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de San­tiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfu­recido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiéra llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y par­tirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.  Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio con­tra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo vio­lento. En Morón de la frontera detestaba al seño­río. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cá­maras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndu­los grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más... Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos Quinto; Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria. Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita lo observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos, han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el ca­ballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutría que le envanece tanto. A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engrei­miento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doña! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester...Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar más no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.   Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Habla callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajus­ticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones. Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación... Si el genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas ..... ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad... No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorra­lado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae en­cima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto el cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su her­mano le fuera apretando la garganta más y más. (*)

 

(*) Fuente:  Misteriosa Buenos Aires, de Manuel Mujica Lainez, ed. Sudamericana. La fotografía muestra a “Manucho”, como muchos le llamaban, frente a su cuaderno de escritura.

 

2. BOMARZO

     En el fragmento que a continuación transcribimos, el Duque de Bomarzo supervisa las obras de un grupo de pintores que buscan ilustrar la vida de sus antepasados. Pero entonces, uno de los pintores, el joven Zanobbi le sugiere al duque:

   “-La vida de Su Excelencia es tan hermosa... tan rica.., que pienso que en lugar de mandar que pintemos la historia de sus antepasados, debería ordenarnos que pintásemos su propia historia, en el castillo.Permanecía en suspenso, como quien acaba de ser testigo de una revelación. Al muchacho se le había ocurrido lo obvio. Quizás porque era demasiado obvio, porque lo tenía excesivamente cerca y me faltaba la perspectiva para apreciarlo, necesité que otro me lo dijera. Eso, que me había rondado en vano, esforzándose para que lo comprendiera, salía de pronto a la trans­parencia de la tarde. Me puse de pie, como si me cegara la brusca claridad, y me apoyé en un tronco. Veía por fin lo que debía hacer. Mi tema y yo nos habíamos encontrado y formábamos desde ese segundo una indestructible unidad. Mi vida... mi vida transfigurada en símbolos.., salvada para las centurias.., eterna... imperecedera... He ahí lo que debía relatar en Bomarzo, pero, no a través de los frescos efímeros de Jacopo del Luca, cuya posibilidad quedaría abandonada para siempre en el entrecruza­miento de los andamios, en una desierta galería del castillo, sino utilizando las rocas perennes del bosque. El bosque sería el Sacro Bosque de Bomarzo, el bosque de las alegorías, de los monstruos. Cada piedra encerraría un símbolo y, juntas, escalonadas en las elevaciones donde las habían arrojado y afirmado milenarios cataclismos, formarían el inmenso monumento arcano de Pier Francesco Orsini. Nadie, ningún pontífice, ningún emperador, tendría un monumento semejante. Mi pobre existencia se redimiría así, y yo la redimiría a ella, mudado en un ejemplo de gloria. Hasta los acontecimientos más pequeños cobrarían la trascendencia de testimonios inmortales, cuando los descifrasen las generaciones por venir. El amor, el arte, la guerra, la amistad, las esperanzas y desesperanzas... todo brotaría de esas rocas en las que mis antecesores, por siglos y siglos, no habían visto más que desórdenes de la naturaleza. Rodeado por ellas, no podría morir, no moriría. Habría escrito un libro de piedra y yo sería la materia de ese libro impar.Fue tan intensa, tan deslumbrante la impresión, que me olvidé de Zanobbi. Me encaminé hacia la fortaleza, dejándolos a Andrea y a él a la vera del arroyo. ¡Qué estupenda sensación me embargaba y qué lejos quedaban de su euforia las tentativas estéticas que hasta entonces había ensayado, el retórico poema vacío, las pinturas destinadas a repetir la gesta redundante de los Orsini! Esto sería mío, sólo mío, único. Sería mi justificación, mi explicación, la proeza excepcional, el rasgo de inspira­do genio que ubicaría perpetuamente a Vicino Orsini en ese largo cortejo de los suyos que tanto le costaba seguir, arrastrando su pierna y su joroba, y que lo humillaba con su fastuosa violencia. Un libro de rocas. El bien y el mal en un libro de rocas. Lo mísero y lo opulento, en un libro de rocas. Lo que me había estremecido de dolor, de ansiedad, la poesía y la aberración, el amor y el crimen, lo grotesco y lo exquisito. Yo. En un libro de rocas. Para siempre. Y en Bomarzo, en mi Bomarzo. Las lágrimas me mojaban las mejillas. Sentí en los labios su salado sabor. Anchas nubes pasaban, desflecándose, esculpiéndose, sobra la masa ocre del castillo”. (*)

(*) Fuente: Manuel Mujica Lainez, Bomarzo, Ed. Sudamericana.

 

3. EL UNICORNIO. LAS MEMORIAS DE UN HADA

Esta es la historia de un hada, la vida de un hada; que quien no crea en las hadas, cierre este libro y lo arroje a un canasto o lo reduzca al papel suntuario de relleno de su biblioteca, lamentando el precio seguramente substancioso que habrá pagado por su gruesa estructura. Al proceder así y al no tener en cuenta que todo, absolutamente todo, en este mundo inexplicable, funciona por razones que se nos escapan, su escepticismo anticuado, que tacharía de victoriano, de no mediar mi respeto por esa gran reina, lo privará de enterarse de asuntos de interés trascendente. Lo siento de antemano por él: hay dos modos de ser un pobre de espíritu; hay distintos modos de andar por la Tierra tildándola de insípida, aburriéndose, dejándose morir de monotonía y de tedio; y uno de ellos -tal vez el más tonto- consiste en negarse a probar la sal y la pimienta ocultas que la sazonan la magia. En cuanto a la idea de rechazar la existencia de las hadas, hadas malas y hadas buenas.., es menester ser ciego para no verlas, para no reconocerlas, pues su enjambre pulula doquier. Por obvias razones, me unen a cada una de ellas lazos de afecto o de aversión. Las hay ricas, extravagantes, que derrochan en Venecia, en Montecarlo. Son esas fabulosas, inmemoriales mujeres, cuyas edades, rentas y procedencias se ignoran, que les imponen a las ruletas malabarismos estupendos, como la sospechosa complacencia de reincidir en el mismo número más vueltas de lo previsible, mientras lo siguen cargando de fichas con ademanes indolentes y expelen el humo de sus largas boquillas. O esas otras que, de la noche a la mañana, decoran sus departamentos de París y de Nueva York con tapices góticos desconocidos, soberbios, asombro y desesperación de los marchands, que ellas conservan de su propia belle epoque medioeval, en subterráneos arcones de abandonados castillos y abadías. O las que, fieles a su vocación primordial, se dedican a sacudir las mesas del espiritismo y a organizar el trajín de las casas embrujadas. O aquellas, caritativas, que ayudan a la gente, pero de una manera fantástica, a menudo arbitraria o errónea. Y las zalameras que no renuncian a sus características de sempiternas enamoradas sensuales y, como cuando revolotean sobre el Valle Sin Regreso de la floresta de Brocelandia, don­de Morgana enclaustró al bello caballero Guyomar y a muchos aman­tes perjuros, o sobre la isla de Avalon, a donde un hada se llevó secuestrado al doncel Lanval (y fueron felices), siguen dándose maña, a pesar de su ancianidad evidente, para raptar jovencitos que ansían progresar económicamente, quienes luego desfilan de su brazo, bien vestidos y enjoyados, por los halls de los hoteles internacionales. O aquellas, más aplicadas, más respetables, densas de generosa voluntad científica, que zumban y soplan sobre las cabezas fatigadas de los inventores y les sugieren ideas pasmosas, pero que ahora se van quedando atrás, sumergidas por el alud de las cifras, de las fór­mulas y de las máquinas electrónicas, y miran multiplicarse en torno las expresiones que no entienden y que convulsionan a un mundo que se les desliza entre las manos aéreas y que no les pertenece ya. Y así sucesivamente. Hay hadas y hadas y hadas. Cuchichean, ron­ronean, como insectos impalpables, por los caminos de la Tierra estúpida. Yo soy una de ellas. Hay ángeles también. Que el sensible lector se convenza: hay, como en la Edad Media, hadas y ángeles, que eso fue la Edad Media: el Hada y el Angel y el Demonio. (*)

 

(*) Fuente:  Manuel Mujica Lainez, El unicornio, Editorial Planeta.