El aire, la burla y el trono. Dos míticas formas de resistencia, por Esteban Ierardo

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En junio del 2002, en la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, en la Ciudad de Buenos Aires, se realizaron unas jornadas sobre las formas de resistencia al poder. Este evento fue organizado por la prestigiosa Revista de Letras El perseguidor, dirigida por Diego Viñiarsky. Fui invitado entonces para dictar una conferencia junto al amigo e importante crítico teatral Jorge Dubatti. El texto que les presentó a continuación es la transcripción corregida de "El aire, la burla y el trono", la ponencia que dicté entonces. Intenté aportar una meditación sobre formas no habituales para entender la resistencia al poder que domina y sofoca. Mi fuente de inspiración es la poética fascinante del singular rey poeta mexicano del siglo XIV Nezahualcoyotl ("Coyote hambriento"), y la forma de devenir inmortal entre los onas, los antiguos habitantes de la Isla grande de Tierra del Fuego, en el sur de la Patagonia. Una de mis intenciones fue demostrar que las culturas míticas y arcaicas pueden también inspirar una forma de pensamiento crítico respecto a los excesos e ilusiones del poder en el mundo moderno.

EI

 

EL AIRE,  LA BURLA Y EL TRONO

Dos míticas formas de resistencia

Por Esteban Ierardo

 

 

  El poder es selva de múltiples follajes. Sus flores suelen ser oscuras y sofocantes. Aquí no les propondré una travesía entre las diversas vegetaciones que pueden brotar de la compleja noción del poder. Sólo quisiera hurgar en un rincón del universo selvático del poder donde quizás resplandece una ruptura, una resistencia. Resistencia ante el impulso dominador que siempre amenaza y acecha nuestra  libertad.

  Me gustaría hacer rodar esta proposición: algunas de las posibles resistencias al poder se relacionan con la respiración que se derrama y la burla o salida de las formas que sofocan.  Para desplegar y explicar esta afirmación apelaré, de manera muy puntual, al mundo del mito y la poesía indígena americana. Muchas otras fuentes de ejemplos serían posibles. Pero, por razones de brevedad, en esta noche elegiré sólo dos reverberaciones: la poética de Nezahualcoyotl y la creencia ona en la inmortalidad.

  A través de estos dos instantes nos abriremos entonces a un contra-poder que libera y se resiste al poder que sofoca y domina.

  El poder suele multiplicar las formas. Crea todas las leyes, armas y estrategias de control necesarias para su labor. El hombre político busca emplear y consolidarse en esas formas para profundizar su capacidad de sujetar y dominar.

  Pero hay una realidad que escapa a ese dominio...  

  En el antiguo México, reinó Nezahualcoyotl (1). Gobernó la ciudad de Tezcoco. Fue el sujeto detentador de la máxima autoridad. Y fue también poeta. Como hombre político, su misión debió haber consistido en aumentar y consolidar las formas de dominación. Pero, por el contrario,  fue artífice de una política de rupturas y resistencias. No creyó en la arraigada institución del sacrificio azteca. Nezahualcoyotl no hallaba en el sacrificio una energía mística contenida en el corazón humano que luego pudiera alimentar al sol. El sol: la divinidad radiante y visible. Un poder tangible como la realeza del trono que los súbditos debían respetar. Nezahualcoyotl comprendió que su propósito esencial no era exigir veneración a un autocrático poder humano. Lo verdadero no era tallar un trono resplandeciente sino venerar a una fuerza lejana. Una fuerza divina que vive por encima del hombre del poder político. Nezahualcoyotl se convirtió en voz poética que le cantó a esa fuerza que es el supremo Dador de Vida, un dios único, sin cuerpo humano ni ninguna figura que lo limite. Este dios es intloque in nahuaque, "el señor del cielo y la tierra". Este Dador de la Vida de Nezahualcoyotl es continuidad de la divinidad tolteca Ometéotl que, en antiguo nahuatl, es yohualli-ehecatl, "indivisible e impalpable"; es ipalnemuhuani, "aquel por quien se vive", y Mogocuyan, "el que a sí mismo se inventa".

  El oro y las armas de los príncipes poco o nada son, en realidad, ante la fuerza sin figura que crea todas las formas. Así, el rey poeta cantó a otros que, como él, respiraban desde un trono: "Tenedlo entendido: /tendré que dejaros, oh amigos, oh príncipes/ nadie vale nada ante el Dador de la Vida, él nos va quitando todo, él nos va arrebatando/ su fama y su gloria en la tierra" (2).

  El poder autoritario se autoencierra en la fantasía de un universo seguro y controlado. Pero este mundo bajo el ojo escrutador del poderoso es atravesado por una fuerza sin forma. Que crea las formas. Por un dios desconocido. "El supremo Dador de vida" lo llamaba el rey de Tezcoco. Dios que no puede ser conocido por alguna señal visible del mundo natural. Sólo se manifiesta en lo audible mediante la palabra. Una palabra invocadora de poeta. Es un dios que únicamente acepta mostrarse en el altar del oído poético, no ante la mirada que busca el control de los hombres o de la naturaleza. El político poeta Nezahualcoyotl sabía que hay una fuerza, el dios oculto, que no puede ser controlado por el aguijón humano del poder, y que se burla de los poderosos que exigen ser reconocidos como artífices y jueces supremos.

  Detrás de las formas inmediatas y visibles, vive así una fuerza que es la inicial y auténtica generadora de vida y potencia. En Nezahualcoyotl el propio hombre político se entrega a esa fuerza. A ese poder por encima de su poder. Se resiste a reproducir la ilusión del poder humano como palacio sólido y eterno. Así, "Coyote hambriento" le asegura a todo rey: "Caído el cetro de tu helada mano/ la vida entregarás con el imperio/ al dios omnipotente y soberano" (3). 

   En Nezahualcoyotl late un ejemplo de burla del poder humano y sus redes de formas para controlar, sujetar y dominar. El antiguo rey poeta mexicano dibuja una burla, artística y religiosa a la vez, de las formas de la dominación humana.

  El dios desconocido entonces siempre danza, crea y canta, a través de las grietas de los tronos y de las apetencias de control global de la Casa Blanca.

  La segunda forma de poder que resiste la encontraremos en lo que llamaremos la respiración derramada o difundida. De nuevo, son vastos los ejemplos que podríamos convocar para esta manera de la resistencia. Sólo acudiré aquí a una ilustración procedente de un digno pueblo patagónico ya extinto.

   El poder autoritario domina no sólo mediante el control físico de las formas sino también mediante la imposición al hombre de una determinada imagen de sí. El capitalismo y el racionalismo modernos han marcado en nosotros el ideal del sujeto de la planificación lógica de la existencia, el sujeto que se realiza como individualidad resonante, como un nombre propio que obtiene éxito y reconocimiento de la sociedad. El hombre se plasma en tanto brilla como un sol individual. Particular. Este ideal de yo particular y resplandeciente sólo necesita de los otros en tantos instrumentos para sus propios fines. Y no necesita ya, ni siquiera desde una manipulación instrumental, de la naturaleza. Su hogar y su destino no está en florecer a través de la contemplación de la amplitud de la tierra y el cielo.

 El individuo moderno es tanto más floreciente cuanto más reluce su nombre individual, su marca personal. Esta idea moderna del sujeto realizado es un respirar para acumular aire propio. Importancia personal. No para derramarse y unirse con las formas llameantes de la montaña, el lago o la estrella.

   El poder que disciplina en la modernidad del triunfalismo individualista y los massmedia, convence al individuo de que sólo es si su nombre irradia una música más resonante que la de los otros. Cultivar el propio nombre es obtener aire para retenerlo. Para acumularlo en los pulmones del propio ego.

  Entonces, derramar el propio aire, propagarlo, sería un itinerario posible de resistencia al poder que ordena la exacerbación de los egos. Y meditar en la forma de realización individual en una cultura arcaica puede ser un estímulo para superar el aire retenido en el propio ego y recuperar una respiración donde existe el goce y la posibilidad de derramarse más allá del propio nombre.

  Entre los onas encontramos una muestra de respiración que se derrama. Distinto entonces al aire retenido del individualismo moderno.

  Los onas veneraban a sus antepasados. A los seres míticos llamados howin. Ellos vivieron en el comienzo. En la época donde todo era más pleno, llameante y bello (4). El dios de los onas, lejano y misterioso, era Temaukel. Él, lo mismo que el Dador de Vida de Nezahualcoyotl, carece de forma, pero creó nuestro mundo de líneas y figuras. Y Temaukel envió al héroe Kenos, quien bajó a la tierra a través de una cuerda que se descolgaba del centro de la cúpula celeste. Kenos inventó el Sol y La luna. Y, con barro, creó a los hombres, los onas que, desde entonces, habitaron la Isla Grande de Tierra del Fuego en el sur de la Patagonia. Y les dio el fuego y la civilización. Les enseñó a reproducirse y a venerar a los ancianos. Y cuando su misión se cumplió, Kenos se marchó.

  Tres ancianos lo acompañaron.

  Y los seguidores del héroe divino durmieron una vez. Y ya no despertaron. Sus corazones se detuvieron. Pero su último hálito vital se derramó y se transformó en las estrellas y los planetas que resplandecen en el cielo del profundo azul que palpita sobre la Tierra del Fuego.

  Y los otros ancianos que se durmieron en el tiempo mítico del comienzo ya no despertaron. Y entonces su aire se derramó para convertirse en un cerro, un pájaro o una cascada.  

  Al morir, el aire de los antiguos onas del comienzo se expandía, se derramaba para ya no ser limitada forma humana. Para ya no ser un cuerpo sin inmensidad ni alas. Al final, el aire del hombre se expandía y se convertía en una montaña, un río, o una estrella.

   Sólo así el ona devenía inmortal. Y se realizaba, brillaba plenamente como un aire que se ha derramado para ya no respirar el oxígeno enrarecido que se retiene en la pequeñez del propio ego. Ahora, lo humano respira desde la inmensidad del agua, la tierra o la cúpula tachonada por los astros titilantes.

  Este aire humano que se expande y se incendia de plenitud al derramarse en la naturaleza es, aún hoy, otra silenciosa resistencia al poder que domina. Ese denso y selvático poder que se complace en crear bosque de formas. Que sofocan y matan.

  Y al que seguiremos resistiendo.

  Muchas gracias!

 

CITAS:

(1) Nezahualcoyotl fue el rey de Tezcoco. Vivió entre 1402 y 1472. Sus cantos y el pensamiento que vive en ellos lo convierten en uno de los personajes más extraordinarios del México Prehispánico. Para adentrarse en su honda huella filosófica y poética recomendamos el clásico estudio de José Luis Martínez:  J. L. Martínez, Nezahualcoyotl. Vida y obra, México, Biblioteca América, Fondo de Cultura Económica. Este estudio incluye buena parte de los cantos del rey poeta. Entre ellos sobresale su poema arquetípico: "Nos enloquece el Dador de la Vida", donde se le canta al dios único y oculto que se inventa a sí mismo.

(2) J.L. Martínez, op. cit., ver el poema "Dolor y amistad", en p.206.

(3) Ibid, en apéndice, ver poema "Vicisitudes humanas", p. 267.

(4) Para adentrarse en el estudio de la cultura ona es una recomendación indispensable: Anne Chapman, Los selk'nam. La vida de los onas. Buenos Aires, Emecé. Respecto a este pueblo, también son fundamentales las obras de Martín Gusinde (Los indios de Tierra del Fuego) y Carlos Gallardo (Los onas). Asimismo, puede consultarse: Arnoldo Canclini, Leyendas de Tierra del fuego, Buenos Aires, Planeta.