Alocución sobre la mitología, por Federico Schlegel

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En el siglo XIX la razón era la fuerza dominante de la cultura. Segura de sí misma, la razón trepaba hacia la cumbre de una verdad universal. Pero, en su ascenso, recibía los dardos de la crítica romántica. Como estética y cosmovisión, el romanticismo nació en Inglaterra con las Baladas líricas de Wordsworth y Coleridge, en el año 1800, y con el movimiento del Sturm und drang (tormenta e impulso) en la Alemania de la segunda mitad del siglo XVIII. En el mismo año de las Baladas, Friedrich Schelegel, pensador romántico, publicó su texto Alocución sobre la mitología. Su meta esencial era la creación de una nueva mitología que detuviera la arrogancia de una razón carente de autocrítica. El racionalismo se nutre del espíritu de sistema. Spinoza, en la meditación de Schlegel, posee una significación doble, ambivalente: por un lado la sistemática explicación del ser del autor de La ética explicada según el modo geométrico, es la manifestación exacerbada del logos donde la humanidad pierde su centro; pero, por otra parte, en Spinoza bulle también el espíritu que abraza lo infinito, que encuentra en la naturaleza acaso la expresión de un sentido superior, de un panteísmo cercano a una percepción del espacio teñida por tintes fantásticos o místicos.

Frente a la expansión avasalladora de la razón y la ciencia hermanadas, el romanticismo debe oponer sus propias fuerzas. Sus poderes, que proceden de manantiales ancestrales. La poesía y mito unidos, tal como acontecía en las culturas antiguas. El mithos y lo poético frotan lo real para contemplar los reflejos de misterio y fantasía que sudan las cosas.

  El ideal de transparencia y comprensibilidad de la naturaleza del racionalismo moderno entroniza la noción de orden. Silencia el caos. Y lo caótico no es sólo confusión. Es también fuente creadora, foco irradiador de nuevas formas, centro del que dimana la realidad como movimiento vital. Toda mitología es poética. Lo mitopoético es lo que perfora el orden quieto y repetido para entrar en comunicación con la fuente de las fuerzas vitales. Schlegel manifiesta así que la acción mitopoética es un: "abolir el funcionamiento y las leyes de la razón que piensa razonablemente, y trasladarnos de nuevo a la bella confusión de la fantasía, al caos original de la naturaleza humana, para el que hasta ahora no he conocido símbolo más hermoso que el abigarrado hervidero de los dioses antiguos".

  La búsqueda de una nueva mitología en la modernidad no sólo es guiada por la antigüedad mítica; un faro iluminador es también la tradición oriental porque "en Oriente debemos buscar lo romántico más elevado".

  En la mitología se forma lo más alto mediante un impulso artístico de creación. Una nueva mitología sería un volver a formar la realidad desde las imágenes y las incitaciones simbólicas más elevadas. Así lo mítico romántico podría crear un realismo nuevo, ilimitado, donde lo real no es sólo representación racional sino también la percepción de la naturaleza como fuerza de las constantes transformaciones.

Esteban Ierardo

  

 

ALOCUCIÓN SOBRE LA MITOLOGÍA (*) 

El proyecto romántico de una nueva mitología en el siglo XIX 

Por Federico Schlegel 

Considerando la gravedad con la que estimáis el arte, amigos mios, quisiera invitaros a que os preguntárais lo siguiente: ¿también en la poesia tiene que saltar en sucesivos pedazos, sin interrupción, la fuerza del entusiasmo y enmudecer al final solitaria, exhausta tras la lucha con el elemento adverso? ¿Siempre ha de quedarse sin nombre y sin forma lo más sagrado, abandonarse al azar en las tinieblas? ¿Es en verdad, inexpugnable el amor y no hay un arte que, mereciendo este nomnbre, tenga el poder de reducir al espíritu del amor con el conjuro que lo haga seguirlo e inspirar bajo su mandato y según su necesario arbitriro las creaciones bellas?

  Mejor que nadie comprenderéis vosotros lo que pienso. Vosotros que habéis compuesto versos, debéis haber sentido que el poetizar os condujo a un país consistente para vuestro obrar, a un un suelo materno, a un cielo, a un aire vivo.

 Elaborar desde el interior, esto debe hacer el escritor moderno, y esto han hecho muchos maravillosamente, pero hasta ahora cada uno por su lado, cada obra desde el inicio como una creación nueva a partir de nada.

 Me adelanto sin más demora al objetivo. Le falta a nuestra poesía, a la que me parece, un punto medio, como lo fue la mitología para los antiguos, y todo lo esencial en lo que el arte poético moderno es inferior al antiguo se deja resumir en las palabras: no tenemos mitología. Pero añado que estamos a punto de obtenerla o, mejor, que es el momento de que contribuyamos a articular una.

  Se nos dará, pues, el camino opuesto al de la antigua, donde por todas partes se ofreció el primer florecimiento de la fantasía juvenil inmediatamente ligado a lo más próximo, afianzando en lo más vivo del mundo sensible. La nueva mitología, por el contrario, ha de surgir de las profundiades más hondas del espíritu; debe ser la más artificiosa de las obras de arte, pues debe contenerlas todas, ser un lecho nuevo y un recipiente para el manantial antiguo y eterno de la poesía, ser incluso el poema infinito que guarda las semillas de todos los poemas.

Quizá gustéis en reír sobre ese poema místico o sobre el desorden que puede advenir con la aglomeración y el derroche de poemas. Pero, la belleza más elevada, el orden más alto, sólo puede ser el del caos, es decir, el de aquel que sólo espera el contacto del amor para desenvolverse en un mundo armónico, el de aquel, tal como lo fue el de la mitología y la poesía antiguas. Pues la mitología y la poesía son inseparables y ambas una cosa. Todos los poemas de la Antiguedad se enlazan unos con otros, con volúmenes y miembros cada vez mayores, hasta que se forma el conjunto; todo se corresponde entre sí y en todas partes está presente uno y el mismo espíritu, aunque expresado de distinto modo. En ningún caso, pues, daríamos con una imagen indivisible, acabado. ¿Por qué no podría ser de nuevo lo que fue? De otro modo, se entiende. ¿Y por qué no aún mayor, más hermoso?

 Sólo os pido que no deis cabida a la falta de fe en una nueva mitología. Las dudas de todos lados y en todas direcciones han de serme bienvenidas, pues así tanto más libre y más rico será el examen. ¡Pero prestad a mis supuestos un oído atento!, en este estado de cosas, no podría querer daros otra cosa que supuestos. Pero espero que estos supuestos lleguen a ser verdades para vosotros mismos. Ya que, en cierto modo, son, si así los queréis tomar, propuestas para un intento.

  Si una nueva mitología sólo puede elaborarse como por sí misma a partir de las profundidades más inmersas del espíritu, encotraremos una señal muy significativa y una singular aprobación de lo que buscamos en el gran fenómeno de la época, ¡en el Idealismo! De igual modo surgió éste a partir de nada, y hoy se ha constituido, también el mundo de los espíritus, un punto fijo desde el que puede extenderse en todos los sentidos y en desarrollo creciente la fuerza del ser humano, con seguridad, sin perderse a sí misma ni el camino de regreso. Todas las ciencias y todas las artes absorberá esta gran revolución. Ya veis que surten sus efectos en la física, en la que ya tempranamente se abrió el paso el Idealismo, antes de verse encantado por la varita mágica de la filosofía. Y este acontecimiento puede ser también para vosotros un indicio de la secreta coherencia y la unidad íntima de la época.

  El Idealismo, en sentido práctico nada sino el espíritu de esa revolución, las grandes máximas de la misma que debemos practicar y desarrollar por nuestra propia fuerza, es, en sentido teórico, tan grande como aquí parezca, sólo una parte, un gajo, un modo de expresión del fenómeno de todos los fenómenos, que la humanidad luche con todas sus fuerzas por encontrar su centro. En este estado de cosas, la humanidad tiene que parecer o rejuvenecerse. ¿Hay algo menos probable o que no pueda esperarse de una época del rejuvenecimiento? La entrecana Antiguedad volverá a esta viva y el futuro más lejano de la cultura va a anunciarse ya en presagios. Pero no es esto lo que aquí me incumbe en primer lugar, pues quisiera no saltarme nada y conduciros paso a paso hasta la evidencia de los misterios más sagrados. Tal como la esencia del espíritu es el autodeterminarse, y el salir de sí y regresar a sí mismo en una eterna transformación, tal como todo pensamiento no es otra cosa sino el resultado de dicha actividad, es visible también en toda su amplitud el proceso mismo de cualquier forma del Idealismo, que no es sino el reconocimiento de aquella ley autónoma y la vida nueva, por el reconocimiento duplicada, que revela prodigiosamente la fuerza secreta de aquella por la abundancia ilimitada de la nueva invención, por la comunicabilidad universal y por la efectividad patente. Por supuesto que este fenómeno escoge para cada individuo una complexión distinta, en la que con frecuencia tiene que quedar el éxito por debajo de las expectativas que teníamos. En lo que leyes necesarias dejan esperar para el funcionamiento del conjunto no se verán embaucadas, sin embargo, nuestras expectativas. De uno y otro modo, debe salir de sí el Idealismo en todas sus formas para poder regresar a sí mismo y permanecer tal cual es. Por eso tiene que alzarse y se alzará en su seno un Realismo nuevo e igualmente ilimitado, y el Idealismo se convertirá entonces no sólo meramente en su modo de derivación en un ejemplo para la nueva mitología, sino también, incluso, de manera indirecta, en fuente de ésta. Ya podéis observar las huellas de una tendencia similar en casi todas partes, especialmente en la física, a la que nada parece faltar sino una visión mitológica de la naturaleza.

También yo llevo conmigo desde hace tiempo el ideal de ese Realismo, y, si no lo he concretado en palabras hasta ahora, la razón está en que aún busco el órgano necesario para ello. Aunque sé que es en la poesía en donde puedo encontrarlo, pues el Realismo nunca podrá presentarse en la complexión de la filosofía o de cualquier sistema. E incluso, según una tradición universal, es de esperar que, dado que tiene que ser origen ideal y flotar al tiempo en base y suelo ideal, aparezca como poesía, que, en efecto, ha de descansar en la armonía de lo ideal y lo real.

Spinoza, a lo que me parece, tiene un destino idéntico al del viejo Saturno de la fábula. Los nuevos dioses han arrojado al magnífico del trono de la ciencia. Él se ha retirado a la oscuridad sagrada de la fantasía, allí vive y mora ahora con los otros titanes en un venerable destierro. ¡Dejadlo ahí! Su recuerdo del viejo dominio se funde con el canto de las musas en un silencioso anhelo. Que se despoje del atuendo guerrero del sistema y pase a compartir la cámara con Dante y Homero en el templo de la poesía nueva, y se reúna con los lares y los íntimos de todo poeta divinamente inspirado.

De hecho, apenas concibo cómo se puede ser poeta sin venerar a Spinoza, sin amarlo y devenir completamente suyo. Para la inventiva de lo particular es suficientemente rica vuestra fantasía. Nada más apropiado para animarla, estimular su actividad y darle alimento que las composiciones de otros artistas. En Spinoza encontráis, empero, el principio y el fin de toda fantasía, la base y el mundo universal en que descansa vuestra particularidad, y esa separación de lo original, de lo eterno de la fantasía de todo lo particular y concreto ha de seros bienvenida. ¡Aprovechad la ocasión y mirad adelante! Se os está permitiendo una mirada profunda en los talleres más recónditos de la poesía. De la misma clase que la fantasía de Spinoza es su sentimiento. No excitabilidad por esto o aquello, no pasión, que crece y pronto vuelve a declinar, sino una fragancia precisa, imperceptiblemente visible, flota sobre el conjunto; en todas partes halla el anhelo eterno una acogida favorable desde las profundidades de la obra sencilla, que respira el espíritu del amor original en serena grandeza.

¿Y no es ese benevolente reflejo de la divinidad en el ser humano el alma auténtica, la chispa ardiente de toda poesía? - Con seguridad que la mera relación de personas, de pasiones y argumentos no lo constituye, como tampoco conduce a las formas artísticas, aunque tiréis miles de veces los viejos cachivaches en desorden y una y otra vez los descarguéis unos sobre otros. Ese es el mero cuerpo visible, exterior, y tan sólo el cadaver difunto de la poesía si el alma está extinguida. En cambio, si prende aquella chispa del entusiasmo, una nueva aparición se encontrará ante nosotros, viva y hermosa gloria de amor y de luz.

¿Y qué es una mitología bella sino la expresión jeroglífica de la naturaleza circundante en esa florificación de fantasía y amor?

Es grandiosa la excelencia de la mitología. Lo que de otro modo se escapa sin cesar a la conciencia, aunque sensible, pasa aquí a contemplarse espiritualmente y se mantiene, como el alma en el cuerpo circundante, por el que ella resplandece en nuestros ojos, habla a nuestro oído.

Este es el punto clave: que finalmente no nos abandonemos por completo a nuestro ánimo por amor a lo más alto. Por supuesto que a quien se encuentre allí en terreno seco no le manará la fuente en otro. Es esta una verdad consabida, y yo el menos dispuesto a sublevarse contra ella. Ante todo, sin embargo, debemos unirnos a lo formado y mediante el contacto con lo similiar, semejante o, con igual dignidad, enemigo, desarrollar también lo más alto, encender, alimentar, en una palabra: formar. Y si lo más alto no estuviese capacitado para una formación deliberada, dejadnos entonces renunciar inmediatamente a toda exigencia para cualquier arte de ideas, pues en otro caso se convertiría en un nombre vacío.

La mitología es tal obra de arte de la naturaleza. En su tejido está realmente formado lo más alto. Todo es relación y metamorfosis, introducida y transformada, y es precisamente esa creación y transformación su peculiar proceder, su vida interior, su meta, si es que así puedo decirlo.

Veo ahí una gran similitud con el gran Witz de la poesía romántica, que no se manifiesta en ocurrencias aisladas, sino en la construcción de conjunto, y que nuestro amigo expuso varias veces de mano de obras de Cervantes y Shakespeare. Su confusión artificiosamente ordenada, la incitante simetría de contradicciones, el maravilloso cambio continuo de entusiasmo e ironía que vive hasta en los miembros del conjunto, son, a mi parecer, una mitología indirecta. La organización es la misma, y seguro que es el arabesco la forma más antigua y original de la fantasía del hombre. Ni este Witz ni una mitología pueden surgir sin que primero exista algo originario e inimitable, lo decididamente indisoluble, lo que deja traslucir la antigua naturaleza y fuerza tras todas las transformaciones, allí donde el ensimismamiento naif deja traslucir el brillo de lo errado y loco o de lo ingenuo y tonto. Pues este es el comienzo de toda poesía, abolir el funcionamiento y las leyes de la razón que piensa razonablemente, y trasladarnos de nuevo a la bella confusión de la fantasía, al caos original de la naturaleza humana, para el que hasta ahora no he conocido símbolo más hermoso que el abigarrado hervidero de los dioses antiguos.

¿Por qué os resistis a alzaros a revivir esas figuras magníficas de la Antiguedad? Intentad observar la antigua mitología del lado de Spinoza y de aquella visión que la física actual tiene que despertar en todo ser reflexionante, como se os parecerá todo en nuevo esplendor y nueva vida.

Mas también han de ser convocadas las otras mitologías en orden a su sagacidad, belleza y cultura, para apurar el surgimiento de la nueva mitología. ¡Si los tesoros de Oriente nos fuesen tan accesibles como los de la Antiguedad! Que fuente nueva de poesía podría manar desde la India si unos pocos artistas alemanes, con la universalidad y la hondura de sentido, con el sentido de la traducción que le es propio, contasen con esa oportunidad que no cree necesario ofrecer ni necesitar una nación que cada vez se vuelve más soez y más brutal. En Oriente debemos buscar lo romántico más elevado; y, si surgen creaciones nuestras de su flujo, quizá vuelva a ser occidental y ahorrativa la traza de ardor meridional que hoy nos es tan cara en la poesía española.

Ante todo debemos abrirnos paso hacia el objetivo por más de un camino. Que cada uno siga el suyo, con alegre confianza, del modo más individual, pues los derechos de la individiualidad carecen en cualquier parte de similar vigencia - si es realmente lo que la palabra misma indica: unidad indivisible, viva conexión interior-, ya que aquí hablamos de lo más alto, un punto de mira desde el que no vacilaría en afirmar; el auténtico valor, es más, la virtud del hombre es su originalidad.

Y, si he subrayado de tal manera la figura de Spinoza, no ha sido ciertamente por una preferencia subjetiva -cuyos hitos me he ocupado de apartar expresamente, o con el fin de alzarlo en maestro o monarca solitario-, sino en razón a que con ese ejemplo podía mostrar del modo más vistoso y más obvio el valor y la dignidad de la mística en relación a la poesía. Lo escogí por su objetividad, considerándolo representante de todo el resto. Pienso así al respecto: del mismo modo que para aquellos que no han percibido la infinitud y la abundancia imperecedera del Idealismo es este, al menos, una forma perfecta, y la Teoría de la Ciencia un esquema general para todo cientifismo, es también Spinoza la base universal y el recipiente de toda forma de misticismo, cosa que reconocerán de buena gana, pienso, incluso aquellos que apenas entienden algo de misticismo o de Spinoza en particular.

No puedo poner punto final sin volver a invitar al estudio de la física, cuyas dinámicas paradojas arrancan ahora aquí y allá las revelaciones más sagradas de la naturaleza.

...que cada uno anticipe según su sentido el gran progreso al que estamos llamados. Sed dignos de la grandeza de vuestra época y el velo se desprenderá de vuestros ojos, la niebla aclarará ante vosotros. Todo pensar es un adivinar, mas el hombre comienza precisamente ahora a ser consciente de su poder adivinatorio. Qué aumento inconcebible le sobrevendrá todavía; e incluso ahora. Se me trasluce que quien entendiese la época -esto es, ese gran proceso de rejuvenecimiento universal-, los principios de la revolución infinita, habría de contar con la posibilidad de percibir los polos de la humanidad, de reconocer y asegurarse el obrar del primer hombre, así como el carácter de la Edad de Oro que aún ha de llegar. Entonces se terminaría el parloteo y el hombre sería por dentro lo que es, y comprendería la tierra y comprendería el sol.

Eso es lo que entiendo por nueva mitología. (*)

 

 

(*) Fuente: Friedrich Schlegel, "Alocución sobre la mitología", en Fragmentos para una teoría romántica del arte, Madrid, Tecnos, pp.109-204.