Martín Bresler, por Alejandro Finzi

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Representación de Martín Bresler, obra de Alejandro Finzi    Alejandro Finzi es uno de los más destacados autores teatrales de la Argentina. Nace en Buenos Aires, en 1951. En este momento de la sección Teatro de Temakel, les presentaremos Martín Bresler, uno de los radiantes cristales de su dramaturgia.

   Veinticinco de los textos de Finzi para la escena han sido estrenados en la Argentina, y en países latinoamericanos y europeos. Entre ellos, la ópera "Albatri" (regie de Fernando Aragón Escudero y música de Daniel Costanza, Camping Musical Bariloche, 1991), guiones de teatro danza y obras teatrales. Entre las que más difusión han tenido se encuentran "Viejos Hospitales", "Molino Rojo", "Nocturno o el viento siempre hacia el sur", "Aguirre, el Marañón, "Benigar",´"Chaneton", "Bairoletto y Germinal", "La Isla del fin del siglo" y "Patagonia, corral de estrellas o el último vuelo de Saint-Exupéry". Sus obras teatrales han sido traducidas y publicadas en el país y el exterior. Entre otras distinciones internacionales, nacionales y regionales recibió el premio del Concours National de l'Acte (Metz, Francia, 1982/83),  iberoamericano al mejor programa cultural (radioteatro "Territorios", Bogotá, 1992), el patagónico Marcelo Fassan (1996) y el 2º premio nacional de teatro (1997-2001).

Es director del grupo de teatro "Rio Vivo", de Neuquén y docente de la Universidad Nacional del Comahue. Está radicado en Neuquén desde 1984. 

Presentación de Martín Bresler

    Martín Bresler nació en Sudáfrica en 1889. A comienzos del siglo sus padres se afincaron en San Martín de los Andes y el joven creció en la estancia Quechuquina, en el paso cordillerano de Hua Hum. En 1915 fue apresado, acusado de un delito menor: su responsabilidad nunca fue probada fehacientemente. Al año siguiente, Bresler encabezó la fuga de la Unidad Penitenciaria 9 de Neuquén, que culminó en la matanza de Zainuco.

Único, entre quienes se escaparon, que logro cruzar a Chile, Martín Bresler viajó a los Estados Unidos y de allí a Inglaterra país para el que combatió durante la primera guerra mundial, siendo condecorado por su valor.

De regreso al país, fue detenido pocos días antes de que su pena prescribiera. Murió en el Hospicio de las Mercedes (hoy Hospital Borda) en 1942, luego de más de veinte años de internación.

 

MARTIN BRESLER

Personajes:
MARTÍN BRESLER
SOLANGE, la araña

Indicaciones para una puesta en escena:
-Debe presentarse particular atención al campo sonoro indicado a lo largo de la obra.
-La voz del juez, en off.

 

Una celda, en la semioscuridad. Entre la penumbra puede reconocerse un catre y su gran respaldar de barrotes de bronce.
Bresler busca en la pared, la recorre con sus manos, con avidez.
Se oye el río, lento, caudaloso, terrible.

-No cruce el río, Bresler.
-¿Por qué, Juez?
-Los que cruzan el Collón Cura no viven para contarlo, Bresler.
El invierno llega y no hay bestia ni cristiano que aguante esa agua enferma.

-Voy a cruzar.
-Entréguese, Bresler.
-Cruzo, Juez.
-Escuche. Véalo usted mismo, ¿quiere?: la policía lo esta esperando. No sea iluso. Nadie escapa.
¿No oye?: es la caballada de la policía.
Desde Neuquén han dado la orden a todo el territorio. Se largaron desde Zapala: el comisario Staub; Blanco, desde la Confluencia. ¿Quiere algo más, todavía?: la partida, ahí la tiene, de San Martín de los Andes.
Ya lo encontró.

Bresler continúa buscando, hace sonar sus nudillos para comprobar la resistencia de la pared. El sonido del río pareciera desbordar y se escuchan disparos y galope, cada vez más próximos, entre el silencio de la prisión. Bresler da un grito, ha sido herido en una pierna.

Muestre, Bresler. ¿Qué le ha pasado?
-Nada.

-Nada, ¿eh?. No va a llegar a ningún lado, así. Ya no hay caballos en las postas. Ahí tiene, límpiese, le digo.

Bresler encuentra un trapo en un rincón. Con cierta dificultad, lo recoge.

Agarre, es suyo. Se lo doy yo: con confianza, vamos. Pásese. Tranquilo. ¿Está mejor?.
Cuénteme, ahora.
-Qué.
-¿Vamos a tener que empezar de nuevo, Martín?.¿Qué piensa hacer ahora, malherido, sin caballo fresco?
Venga para aquí, no puede hacer mas que regresarse para que le saquen esa bala. Hable. Yo puedo hacer que lo atiendan bien. Las heridas se desparraman hasta que después hay que cortar la pierna. No tengo apuro, pero, en su situación... Míreme.
-Dónde. Donde está. Y claro que le contesto: !nombre!. Daniel Martín Bresler. ¿Lugar de nacimiento?: Sudáfrica. En una granja, cerca de la Ciudad del Cabo...

Bresler se ocupa de su herida.

¿Era mi granja, era mi madre, era el África del Sur?. ¿Y dónde queda todo eso, aquí adentro?

Martín limpia su herida.
¿En la huella de un disparo de bala que se pierde entre el pinar, ahí?
¿Si mi pierna fuese un pedazo de lenga, el fuego se llevaría nuestra granja, padre?
No. No es nada, ya va a pasar.

Bresler vuelve a buscar entre la pared. Algo acaba de encontrar: un sitio preciso.

-Ahora te venís para acá.

Bresler trata de ocultar su descubrimiento.

Te vas a poner la chaqueta, esa.
-¿Juez?
-La chaqueta, dije.
-No la necesito.
-La hora de las visitas.
-Todo esto es una confusión, Juez. ¿No me entiende?
-Claro. Y como no te entienden te traen de San Martín, nada más que para que te vengas a conocer la penitenciaría nueve. Lo linda que es.
Ahí está tu defensor. Esperando. apurate.
-¿Mi defensor?. ¿Para que quiero un defensor, yo?
-Ya sabe para cuanto tenés acá adentro. Tengo que volver con mi mujer. Mis hijos.
-Seguro, esto se aclara y te volvés. Mientras tanto, termina de vestirte. Y si no te apuras no hay comida hasta mañana. Que querés que haga, es el penal.

Una puerta que se abre, pesada y sorda, deja entrar, un solo instante, un hilo de luz matinal. Enseguida se cierra, con un lento ruido.

-Sargento!. Guardia!.

Silencio.

¡¡Guardia!!
¡De que se me acusa, de que!
¡De qué: tengo trabajo en el campo: preparar la esquila, abrir una zanja. Limpiar monte. ¡Por que me tienen acá!. Hay que ir a juntar el grano. Guardia. Edelman!!

Un plato de comida es empujado adentro de la celda.

Edelman, usted me conoce. De que me va a defender. Usted me lo dijo: que lo mío se aclaraba.
Que esto se aclaraba, que el papeleo, que eran unas firmas que iban y venían. Que no había para mucho. Explíqueme entonces. Se me fue el verano y el campo no me espera. Hay mucha tarea.
Edelman, ¿qué pasa?. ¿Por qué no me explican? Me está escuchando. No entiendo nada. Edelman, usted me dijo que ya salía y míreme.
¡Sargento!

Silencio. El ruido de una puerta, a lo lejos.

Cuantos días perdí. Estos, no entienden. El viento que llega. Viento blanco. ¿Y el alimento para los animales, de donde quieren que salga, conmigo aquí? La bestia sin alimento no tira el surco. El surco vuelve a ser piedra y la piedra lastima la luna cada vez que aparece en el cerro.
Te hacen hablar solo, Bresler. Pasan los días y cuando les perdés el nombre, las palabras te secan la lengua para atar la memoria.

Puertas que se abren y se cierran. Bresler trata de ocultar su descubrimiento.

-A ver, Bresler.
-¿Me voy, ya?
-Capaz, nomás.
-Ah, ya sabía, yo, que no podía pasar mas tiempo. Por fin se aclara la cuestión. Era hora.
-La autoridad lo espera.
-Tenía que ser, ¿no?

Bresler encuentra su morral, pone en el algunas tristes pertenencias. Se prepara para partir.

-¿Bresler, Daniel Martín?
-Sí, soy yo.
-Muy bien.
-Sí, ya sabía...

Silencio.

-Le han dado condena.
-No entiendo.
-¿Qué es lo que no entiende?. Simple, es.
-¡No!.
-¿Y este expediente, que, Bresler. A la primera denuncia se lo detiene, se lo trae de San Martín De los Andes a Neuquén. Y se lo deja en libertad condicional. Pero, enseguida, hay una segunda denuncia por el mismo delito. ¿Coincidencias?: dígame. Enero, 1916.
-¿Cúal es el delito?. ¡La acusación?.
-"...Expediente 3268, folio 3:...sin esperar sentencia, el sospechoso, Bresler, Daniel Martín, de 27 años de edad, en libertad provisoria, deja el territorio del Neuquén, desconociendo toda autorización, dándose aviso a la autoridad policial de todo el país, a fin de que proceda a su captura. "¿Sigo?
Enero de 1916. De Neuquén usted escapa a Buenos Aires. ¿O usted se cree que de Buenos Aires se desaparece, que Buenos Aires se traga a la gente?

Bresler busca en su morral, encuentra un papel que despliega: es un pedido de captura, con su fotografía y abajo la palabra "buscado":
-Renovar el pasaporte, ¿para dónde?
-Europa, Inglaterra, señor.
-¿Por...?
-Cuestión de negocios.
-Ah, ja. "Cuestión de negocios" Permítame su documento. Ah, ja. Un momento. Espere, ahí.

Silencio.

-Ese es el hombre, espósenlo. Negocios, habrase visto. Aquí
"los negocios" son de la policía. ¡Una escolta y me llevan al detenido, por el ferrocarril del sur de vuelta al territorio!
-¿Sigo?
-Muestren de que me acusan!
-Esto es de lo que se te acusa!

Bresler muestra su papel:

-Nada de eso es cierto. Una infamia para quitarme la tierra. Que me lo digan en la cara!

Bresler tira su morral, acorralado:

-No me van a dejar adentro!
-Tranquilícese, Bresler!
-¿Edelman?. Edelman, usted era mi defensor ¿no?. Usted me dijo que yo estaba libre. Que me hacían una acusación sin fundamentos. Que los elementos probatorios eran muy flacos, contradictorios.
-Se está haciendo lo imposible. Lenta, la justicia. Pero hay novedades alentadoras, cuestión de tiempo Hay que tener fe y no perder la esperanza.
¿Esperanza?: no la necesito. No hice nada, abogado.
¡Abogado!

Entre el sonido del cerrojo que cierra la puerta, una voz, por los pasillos: "turno noche...".
Bresler vuelve al sitio ubicado en la pared. Silencio: Martín escucha ruidos que provienen del otro lado. Le contesta un susurro irreconocible:

-Eh.
-Qué.
-Gringo.
-Qué, León.
-Hay que poner una fecha. Ya.
-Estamos a cuanto.
-22 de mayo.
-Qué hay de los demás?
-Están todos.
-Todos?
-Ciento setenta. Esperan, en las barracas. El plan paso de uno a otro. Cada cual sabe lo suyo. Falta que des la señal, Bresler.

Silencio. El viento que llega, de lejos.

-León. Están todos, dijiste.
-La colonia entera, Gringo. El plan está como arreglamos.
-Será mañana, de madrugada. A dormir a medio ojo.

Silencio. Entre el viento se oye. "...Cambio de guardia...". Bresler se tira en el catre, no puede dormir. Se oyen ecos, algún ladrido, sonidos irreconocibles.
Una lenta oscuridad.

-Martín.
-¿Eh?
-Martín.
-¿Dónde?
-Aquí estoy.
-Quién?. Quién es?
-Soy yo.
-¿Quién?: no veo a nadie..
-Aquí, te digo: al pie del catre.

Bresler busca entre la penumbra.

-¿Qué hacés?. ¿Dónde crees que vas?
-¿Quién habla?. ¿Dónde estás?
-Sin ruidos. Mas abajo. Al pie del catre, te dije.
-Al pie del catre no hay...
-Si que hay. Me estás viendo: frente tuyo.

Bresler no puede dar crédito a lo que tiene delante de su cara: un cuerpo diminuto que nadie mas que él puede advertir en la semioscuridad: pone la mano en el suelo, luego se levanta y sostiene la pequeña criatura:

Soy yo. Solange. La araña.
-¿Solange, la araña?. ¿Qué pesadilla es esta?
-No grites. Ninguna pesadilla. Soy la araña más vieja de la unidad penitenciaria 9: un belga con cadena perpetua, que murió acá hace tres años, me puso el nombre de su primera novia.

Bresler no sabe que hacer con Solange en su mano:

Vine a decirte algo, Martín.
-¿Cómo?
-Que vine a decirte algo, te digo. Lo supe ayer a la tarde en la oficina del director, pero para llegar hasta aquí me lleva bastante tiempo, tengo que cruzar el patio.
-Ah...
-Me vas a escuchar? Bueno. Tu padre nunca creyó en la acusación de Urquiza, tu vecino. Sabe que sos inocente. Se entrevistó con el cónsul inglés: tu detención no conviene: te han dado el indulto. Mañana te dejan libre: se terminó la cárcel para vos. Tu padre te espera, afuera, en el portón de la unidad, y se vuelven juntos a San Martín de los Andes.
-Hoy es la fuga.
-No. No hagas nada: hoy recuperás la libertad.

Se oye un gallo, a lo lejos.

-Yo puse el día, 23 de mayo, de madrugada.

Bresler deposita a Solange en el catre:

Cada preso está esperando que de la señal. Se acabo la cárcel, hay que huir. Basta de encierro. Un desierto afuera, un desierto adentro, ¿de dónde somos?
-A las nueve viene el director, te entrega tu ropa, el reloj, tus documentos. Te dan un desayuno caliente y abren la puerta.

Bresler, abatido, se deja caer. Un lento silencio. De nuevo el canto del gallo.

-Solange...¿Solange?

La luz matinal. Bresler busca su morral, lo ordena.
Comienza a simular una enfermedad; se queja, grita dolorido, pide auxilio:

Ayuda. Por favor, guardia. Guardia no puedo más. Llévenme a la enfermería. Por favor, estoy enfermo. No puedo más. No puedo más...!

Bresler se detiene, expectante. En un instante se oye el cerrojo de la puerta:

-Sáquenlo.

De inmediato una ola de voces inunda la atmósfera: órdenes, insultos, advertencias, llamados. Bresler, entre ese griterío:

-A apurarse; rápido; que hacen; que hemos dicho: encierren al subteniente y los suyos.
El sargento, que no se escape. Sin maltrato. Los milicos a desarmarlos. No lastimen. Para el portón...!

Entre la marea de gritos, ahora ahogada por la metralla, se escucha:

"Buenos Aires, 20 de mayo de 1916.
Ministerio de Justicia de la nación.
El director de Seguridad Interior abajo firmante, habida cuenta que las acusaciones sobre el expediente 3268 de identidad Nº 981.518, vista la carátula de la mencionada Martín Bresler documento de identidad Nº 981.518, vista la carátula de la mencionada actuación se procede a otorgar el favor del indulto a partir de las cero horas del día de la fecha.

La voz se pierde entre el descomunal vocerío.

-Avancen en dos columnas: al ferrocarril. Ustedes al ferrocarril, dije!: agarren un vagón y la locomotora. Cuantas carabinas son, León. Y ustedes, del correo, corten el telégrafo y al tren. Enseguida. ¿Que esta pasando? Sigan, por las vías, hay que hacerse de caballos, por allá.
Paralelos a las vías. No se dispersen. Más abajo dejamos las vías y hacemos rumbo hacia el Limay. Para dónde va. Síganme. Avancen. Continúen, así. Hagan lo que les dije en el plan.
Por las bardas: sigan...!!!

El griterío y la metralla decrecen.

El río: ahí lo tienen: no es una herida abierta en el cielo, es la agonía del verano. Habrá que separarse, ¿me escuchan? Cada cual con su montura. La policía esta viniendo detrás nuestro y ahora habrá que seguir en dos grupos. El paso más cercano, por el norte. Pino Hachado; el otro, mas lejos, mas tiempo para alcanzarlo y más peligro: ir ladeando para San Martín.
¿Cuantos somos, León? ¿Sesenta? ¿Y los que se entregaron? ¿Quién viene conmigo?
¿Treinta o cuántos?

Entre el viento, se oye el galope.

Los que se quedan con el hambre, me siguen. Los otros, por donde andarán, ya?
-¿Cuándo llegamos a la frontera, Bresler?
-Estamos en camino.
-Hace horas que andamos y el camino te lo dibuja el miedo, a vos. ¿No te habrás equivocado?. No será que decís que sos baqueano cuando no sos más que un peón de campo?
-Tendríamos que haber ido con los otros. Pino Hachado está ahí nomás. Los otros se quedaron con el mapa. Bresler dice que lo tiene en la cabeza.
-A callarse. Empieza la nieve. Por allá están los pinares.

Entre el viento, gritos, disparos. Galope de policía.

-Caímos!. Bresler nos traicionó. Es una trampa!
-Esperen. Hay que permanecer juntos. No se desbanden. Un poco más y ya estamos.

Disparos.

Adonde creen que van. Pobres infelices.

Silencio. El viento lento que se lleva los disparos, las voces "...Alto, en nombre de la autoridad...".Comienza el frío. Bresler trata de protegerse:

-Te quedaste solo, Bresler. Seguro que los otros cruzaron, ya. Cruzaron mientras la noche iba cubriendo monte. Hua Hum.
Es así la cordillera. El paso no esta lejos. Cosa de unas leguas y ya estamos en Chile, matungo. Que la nevada no nos trague.
No hacerme caso: si les dije: y ahí está la frontera. Para vos y para mí.

En el morral Bresler encuentra algo de abrigo.

Nada con que cubrirse. Poncho de estrellas.

También en el morral Bresler encuentra una soga, se la ata al cuello y la sujeta a un barrote de su catre:

-Entréguese, Bresler.
-No Juez, no me voy a entregar.
-¿Adónde cree que huye?. No puedo andar más, ya.
-Ah, sí?. Vea, Juez, estoy en la frontera.
-Entréguese. Le conviene. Los otros han caído.
-No le creo: los de Pino Hachado ya están del otro lado. Es tarde, Juez.
-No estoy mintiendo. Ahora le toca a usted.
-No, Juez.
-Le toca a usted, el último fugitivo.

Bresler va hacia su lugar, en la pared, rasca el muro. Finalmente, encuentra un cuchillo. Se oye la respiración del caballo:

-La noche hace su nido, sabés, caballo. Para vos y para mí. Mira el precipicio: de tan oscuro me hizo pezuñas los pies y ya no puedo andar.
¿Que hago, amigo?. Qué hago, compañero. Sos mi caballo, vos.
¿Te mato?

Bresler juega con el cuchillo sobre su vientre.

¿Te dejo ir, en libertad?
Vos o yo. ¿ Te dejo ir o te saco las entrañas y me meto adentro tuyo para no morirme congelado?
Te doy mi vida o me das la tuya. ¿Quién preña una vida que no sea ni tuya, ni mía, sino la de una bestia en fuga?
¿Y que es sobrevivir sino ir dividiéndose, de a poco, en pedazos, hasta que un día ya no te encuentran más?

Bresler hunde el puñal en su vientre y lanza un grito agónico que se diluye lentamente en el ronco sonido de un barco que anuncia la partida. Bresler esta en la cubierta, saca de su morral una gorra. Está feliz, saluda:

-Adiós, Valparaíso. Adiós! Miren el puerto con sus lucecitas de río que roba el nombre prohibido al corazón de los marinos. Aire de océano.

Bresler entona una canción. Se detiene, bruscamente:

-¿Me parece que nos hemos visto?. ¿No es del Neuquén, usted?. De cruzar la patagonia en algún lado nos hemos encontrado.
-Conmigo? Se confunde.
-Me parece, fíjese. ¿Y a qué se dedica?
-Yo? Algún negocio que tengo.
-Esa cara, tan familiar. ¿Y para dónde es que va?
-California.
-Ah, si? Fíjese.
-Los que viajamos en tercera, supongo que vamos todos para lo mismo: trabajo.
-Trabajo. En el pacifico sur, en alta mar, uno diría que las olas rezan y repiten los nombres de los forajidos. Esos, digo, que la policía busca. Esos, los que tienen pedido de captura, pero que de la captura hacen un destino.
¿No es cierto, Martín?
-¿A mí me habla?
-Sí, Bresler. Te conozco bien. Por donde vayas, todos reconocen a un fugado.
Mirá, mirá allá: mira bien ese: ése es el Canal de Panamá. Hace dos años que se termino de construir; casi cuarenta, de trabajos forzados. Todavía queda cemento por cuajar, si te interesa. Ahí no te preguntan de donde venís, el sol del trópico quema nombres e historias: un verde oscuro que se te mete en las venas y de tu patagonia hace una canción amarga. Saludá, mirá, te llaman, te han reconocido y las palmeras mastican desdicha mientras esos desgraciados vuelven al martillo.

El ronco llamado del barco, otra vez. Bresler algo acaba de descubrir en el horizonte:

-Y aquello, qué es.
-No te hagas el inocente, esa es tu California, tierra dorada: barcos en una niebla hurtada donde los contrabandistas se hacen tatuajes antes de emborracharse con azufre.
-Allá, quienes...!
-Más desesperados, más fugitivos. Nadie que te espere. ¿O qué te creías, que una travesía es un encuentro?: la vida no es otra cosa que una delación, Bresler.
-Pero, son ellos, ahí, entre la multitud, sí...!

Bresler busca entre sus pertenencias el papel que dice "buscado": lo muestra, impaciente.

-Cada cosa a su tiempo. Tenes razón. Esa es tu mujer, tus hijos. Llegaron para encontrarse con vos. Para reanudar la vida. Pero para bajar de un barco, hay que identificarse, vienen los tramites: se trata de un procedimiento sencillo, te voy a explicar.
Hay que mostrar, prestá atención, hay que mostrar el sello de la policía con el país de origen, control sanitario, profesión y destino. Busca todo eso. Podés quedarte hasta que terminan de descargar. Buscá. ¿El origen y el destino te caben ahí?

Y Bresler busca, ávido en su morral. No encuentra nada.

Entonces?. ¿Por qué no desciende, Bresler? Esa es la rampa y al pie está su esposa y los niños. Muestra los papeles y empieza la libertad. California, tierra del oro.

Bresler se precipita, va a dejar el barco.

-¿Dónde cree que va?
El viaje no terminó.

Un tambor de guerra:

Por aquí, señores, de dos en fondo, los que no tienen permiso de trabajo.

Bresler muestra su papel.

Ese no es un permiso de trabajo, es un certificado de huérfano, ¿Qué me muestra?

Bresler vuelve a buscar en su morral:

Ese, un billete de barco adulterado!
¡Por la izquierda, de dos en fondo, ustedes los desheredados, aventureros y tuertos; los criminales, vagabundos y hambrientos: de ustedes es el reino de la guerra!
-No vine a California a hacer la guerra. Vine....
-Voluntarios!!
...A reunirme con mi familia.
-El sueño de los héroes!

El silbato del tren.

-¿Adónde vamos?
-Hacia el este. A Nueva York. Del gran puerto un barco bonito como una rata te dejará en Inglaterra. La guerra, Bresler. La Gran Guerra es tu familia: para tu mujer, collar con dientes de oro de cada alemán muerto; para tus hijos, un muñeco de miseria, hecho con guantes de hielo: el imperio británico listo para vencer la soberbia germana.

Cañones. Artillería. Bresler en la trinchera, en plena batalla:

-¿De dónde viene soldado?
-De la patagonia, señor!
-Cuáles son sus ordenes, soldado!
-Tercer escuadrón, frente turco alemán!

La batalla arrecia.

-Aquí no hay ni turcos, ni alemanes: hay fugitivos que abandonan sus líneas. Esa es su trinchera soldado. Los que no han muerto, agonizan. Los que no agonizan venden la razón por unos cuantos segundos de sueño: segundos de sueño por donde escapar.

El sonido de la batalla que crece, sombrío:

-A qué hora será la ultima batalla!

La artillería decrece. Silencio.

-Los alemanes están fuertes del otro lado del Merik. Están aislados, sin aprovisionamiento. Van a resistir.
-¿Qué harás cuando la guerra termine?
-Recomenzar la vida.

Tambor de batalla.

-Al ataque! Por la gloria del imperio británico. En nombre de su majestad, el rey!

La artillería está en su apogeo mortal. Entre ella se oyen voces de agonía y el viento.

-¿Cuántos teutones mataste, Bresler?. El sólo: miren su fusil y su vaina: cambia acero por luto, cambia luto por gloria.
Nadie ha visto a alguien pelear así esta guerra. Un profesional.

El ruido de la batalla cesa por completo. Pasos.

-Me han matado mi caballo, sargento.
-¿De qué me habla, soldado?. Póngase de pie, ¿quiere?. La guerra terminó. Germania está vencida.
-Mi caballo, sargento. Está muerto.
-¿Quiere comportarse, Bresler?
-Mírelo.
-¿Sabe dónde está, soldado?
-Es tu vida y la mía, caballo...
-Bresler, basta de papelones. Póngase de pie y arréglese el uniforme, que ya no está en el frente, sino en la plaza de armas de su batallón: es un héroe, soldado.
-Duerme?
-Silencio!: ¡Soldado Martín Bresler, dos pasos al frente!. Uno y dos. Descanso!. En nombre de su majestad, Jorge V , por su valor en el frente del río Merik y las acciones heroicas de Tekirdak, se le otorga la medalla al valor militar en el grado de subteniente del cuerpo de lanceros!

Se oye el himno ingles. Bresler trata de colocarse una medalla en el pecho, luego de hacer un saludo militar. Pero no puede, esa medalla se le cae. El himno desaparece cuando se oye:

!Ay...!

-¡Qué pasa!

-Aquí, idiota: no soy una medalla, soy Solange. ¿Qué estás buscando, atravesarme con un alfiler con cabeza de patria?.Con la patria hacen creer a los obreros que la sangre tiene escarapelas. La sangre es trabajo, amigo.

Bresler recoge su morral.

-¿Qué hacés?
-Me voy.
-Martín...
-La guerra se acabó, Solange. Me vuelvo a San Martín de los Andes, a mi campo, a trabajar. Con mi mujer y los hijos.
-No vas a poder.
-¿Por qué?
-Te buscan por asesino, Martín. Comandaste una fuga en Neuquén. Mataste a muchos inocentes en la huida.
-¡No es verdad!
-La policía mató a los que sobrevivían, en Zainuco.
Sin defensa. Y los que se salvaron, cambiaron el perdón, denunciándote.
-¡No!. No es cierto...
-Que es cierto y que no es cierto en la patagonia, Martín.
Te buscan.
-No es cierto y tengo que decirlo.
-¿Adónde vas?
-Me vuelvo.
-Te vas a California. Que allá te espera tu mujer y tus hijos. La guerra te dio papeles, te devolvió tu nombre y apellido. Ese es el Támesis, mira, te sonríe, por allí se llega a Norteamérica...

El viento patagónico, que regresa. Llega Bresler a la cordillera. Luego de un silencio, llama con las manos:

-¿Hay alguien en el puesto?

Silencio.

¿No atienden, aquí?. De tan grande la cordillera, amanece sola.
-¿Quién anda ahí?
-Voy al Neuquén.
-Extranjero, parece.
-No neuquino. Vengo de lejos, nomás.
-Papeles.

Bresler extiende su pasaporte, impecable.

-Como, no. Aquí tiene.
-Muy bien. Le vamos a dar entrada al territorio argentino. ¿Nombre?
-Está escrito. Daniel Martín Bresler.

Silencio.

Bresler, sí. ¿Qué pasa?
-¿Y hace cuánto, dice, está ausente del país?
-Será para cinco años.
-Claro, cinco años. Cinco años que me tienen castigado en la frontera, poniendo sellos y firmando ordenes de comerciantes sin escrúpulos. Cinco años para que me llegue un ascenso y me den la jefatura de una comisaría en el Alto Valle. Tenía que ser. ¿Adónde dice que va, Bresler?

Bresler retrocede, temeroso.

-No si andaba para Valdivia, en realidad.
-Ahí, nomás! Usted es mi ascenso, forajido. Queda detenido, Bresler. El fugado más célebre de la patagonia. El asesino conocido por la prensa de todo el país. Un criminal que tuvo a raya a la policía y la marina, venidos para apresarlo. Detenido en la frontera por este modesto pero valeroso servidor publico, luego de una lucha desigual.
-¿Qué dice?
-Digo que el cargo de comisario general me lo gané luego de seguirle el rastro, seguirle las huellas hasta aquí, Bresler. Y pude detenerlo vivo. Se imagina. Lo más importante. !Vivo!
Ahora me lo llevo a Neuquén.

Bresler con su soga se ata las manos.

-Déjeme ir.
-Déjeme ir, "comisario" Así se dirige a mi, ¿entiende?

El sonido metálico de una puerta que se cierra. Silencio.

-¿Bresler?
-Un poco de luz. ¿Quién es?
-El juez.
-Déjeme salir.
-Quería saber si le cicatrizo la herida. Para qué volvió. Su pena prescribía en un mes. Unas semanas más y era hombre libre. Para siempre. Solo con esconderse unos días.
-No necesito esconderme.
-Asesino.
-No. No soy asesino y voy a demostrar que soy inocente.
-Eso ya paso. Hubo un juicio.
-Dónde están los que escaparon conmigo? Qué fue de ellos?
-Los muertos tienen labios de hormiga para que la noche deje de llamarte; los vivos repiten tu nombre, para que la maldición no cruce Neuquén trayendo niños deformes.
-Los que están conmigo saben que no soy culpable. ¡León!
!León!
-Los que se salvaron, te señalan: culpable. Mataste como una fiera para ganar la frontera. Siendo el único que podía guiarlos a Chile, los abandonaste a su suerte.
-Que me lo digan. Dónde están?
-Están aquí, allá, ¿quién lo sabe?. Tendrás sentencia.

El sonido de la puerta que se cierra, pesada y lenta:

-¿Mujer?. Cubrí bien los críos. El frío esta por bajar y me han quitado abrigo.

Bresler apenas si entona su canción:

schh...que los chicos no despierten. Ellos me creen. !Juez!. Venga. Tengo que hablarle!

Silencio.

¿Me oye?

Silencio.

Yo no maté esa vaca.
No maté ninguna vaca, Juez. Ninguna. Soy criado en San Martín: todo el día llevando animales al pastoreo, para Junín. Mi vecino, fue, que metió esos cueros en mi campo. Ese que me quiere mal y me acusa de cuatrero.
¡Juez...!

Lo que responde es una marea de voces inarticuladas y oscuras que repiten "Bresler", órdenes de fuga, pedido de comida. Bresler recoge el plato, come.

Yo no maté esa vaca. Un hombre de trabajo, ¿qué necesidad tengo de ir a carnear el animal de un campo de al lado?

La marea de voces crece. Entre ellas se oye: "el hospicio, a ver, los internos, galleta e inspección médica..."

¿Qué es este lugar? Por que me han quitado la luz. Quiero volver a Neuquén.

Las voces inundan la atmósfera:

Tengo que salir para el sur, temprano. La vaca, yo no la maté. Así que deme mis papeles, mi ropa. Tengo que ir por los animales dispersos, hay que contar los alumbramientos, marcarlos, reunir los capones al fondo, ahí, por el corral. Tempranito salir, antes que nadie despierte. Hagan silencio. Por favor.

Las voces desaparecen.

Salir de madrugada. Cuando todos duermen, todavía. En mi campo hay trabajo para todos. Mucho que hacer allá, mucho bosque y fruta y monte que limpiar. Yo no maté la vaca.
Silencio. Eso. Vamos a ir despacio. Cuando la guardia sueña, vamos a abrir el portón y llegamos a la estación del tren.

Se vuelve a escuchar tiroteo, entre la fuga.

Vamos a tomar la sala de máquinas y enganchamos un vagón y la locomotora que sople hasta Zapala. En un vagón entramos todos.
Y nadie va a matar una sola vaca. Que quede bien claro. Ni en San Martín, ni en Neuquén. Salimos por el portón y cada uno a su trabajo, como buenos peones. Que en el campo de Martín Bresler tienen asegurado el jornal.

Bresler trata de imponer su voz entre el tiroteo. Enseguida se incorpora y con toda su voz:

¡Dije que no maten animales! Dejen las bestias del campo vecino. No cuelguen los cueros del alambrado. No lastimen la cría. No les arranquen la lengua...!!!

Bresler ha sido alcanzado por una bala. Su herida vuelve a sangrar. Se oyen órdenes persiguiendo los fugados:

Yo no maté esa vaca, juez. Déjeme ir. Vienen las heladas a una pedrera y pierdo la cosecha. Heladas mudas que hacen perder los animales en la cordillera.
Mañana al alba es que me voy, ¿sabe?

Se oyen las voces de los locos del hospicio: "...una dosis para la 17; electroshock; sácame el cadáver de la trece; a la ducha sin golpes...!!!".

¿Me oye?. Nos vamos todos. Aquí adentro no queda nadie, ni la guardia ni el sargento.
No queda absolutamente nadie. La barda entra en las celdas, los pasillos, el patio rastrillado por el viento y el techo de lata con su sueño colgado con un canto, que nadie va a repetir.

Bresler se arrastra hacia un lugar descubierto en la pared:

No hay mas presos, se acabaron. Andan por ahí, colgando cencerros al ganado silvestre.

Oscuridad.
Entre la semipenumbra llega Solange. Se desplaza con enorme lentitud. Por uno solo de sus gestos, apenas un segundo, se podría haber pensado que es el mismo Bresler. Al avanzar muestra sus colgajos deformes y apenas mueve su mandíbula devoradora:

Solange - Se han ido todos y me han dejado sola. A mi, Solange, la mas vieja de la unidad nueve. Se fueron todos, me quede yo. ¿Pero dónde puede ir una araña que no hizo otra cosa, durante toda su vida, que conversar con los presos, de noche, para que, por un rato, el corazón se transforme en un camino sin retorno?.
En la cocina me dejaron media bolsa de harina; no esta mal, viene el invierno.
Se hace lento recorrer la cárcel, vacía como esta, pero por mas que quisieran, nadie me saca de acá. Por la tarde cuando llevaban a todos una hora, al patio, para ver el sol cuando se acaba, me iba a la pared, a este rincón y empezaba el trabajo.

Solange, muy lentamente se dirige dónde Bresler había encontrado su lugar secreto. Consigue abrir un hueco, por el entra la luz:

De a poco, despacio, tan despacio como la paciencia. Un agujero aquí, así va a estar bien. Por si vuelve. Por si vuelve.

Oscuridad.  (*)

FIN

(*) Fuente: Alejandro Finzi, "Camino de Cornisa", "Martín Bresler", Universidad Nacional del Comahue, 1993.