Postmodernidad y juventud

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    Los medios de comunicación poseen, de forma innegable, una gravitación esencial en la cultura contemporánea. Una acción de influencias que supone a su vez una historia previa de mutaciones tecnológicas. El Prof. Eduardo Daniel Esarte es graduado con el título de Posgrado Universitario de Especialización en prácticas, medios y ámbitos educativo–comunicacionales, en Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), República Argentina. 

    En el ensayo que sigue a continuación recorre un camino que confluye en una reflexión sobre la cultura moderna y sus posibles trasformaciones culturales posmodernas. Un devenir de cambios en el que la juventud, los medios y la innovación tecnológicas son las diversas aristas de un único proceso cultural.

Esteban Ierardo

 

 

LOS MEDIOS, EL CAMBIO Y LA CRISIS DE LA MODERNIDAD
Reflexión epistemológica sobre el campo de la comunicación
Por Prof. Eduardo Daniel Esarte

Introducción:

  ¿Estamos presenciando el ocaso de la Modernidad?

  ¿El nuevo siglo inaugura una nueva época de la humanidad?

  Lo que ya nadie puede negar es que la modernidad está en crisis. Las teorías de la modernidad no tienen respuestas para las nuevas problematizaciones que plantea el nuevo siglo. Muchos autores sugieren que la modernidad está agotada. La ruptura de los grandes relatos, nuevos enunciados teóricos, grandes espacios vacíos, sin respuestas para los nuevos paradigmas.

  ¿Entonces, estamos frente a una nueva revolución?

  A diferencia de otras revoluciones de otras épocas de la humanidad, ésta no es una revolución signada solamente por la tecnología, como muchos creen, sino que se trata de una revolución del conocimiento. Es una revolución que atañe a las más profundas convicciones y creencias del ser humano.

    En este nuevo escenario, ya nadie duda que los medios de comunicación tienen una influencia extraordinaria sobre la forma de actuar o de pensar de las personas, y como logran modelar la forma en que los hombres conocen y comprenden la realidad que los rodea.

    Los medios electrónicos modificaron definitivamente, no solo la historia de las comunicaciones, sino la vida privada y pública de las personas. Ellos ayudaron a reconfigurar modelos familiares, sociales y hasta políticos.

  Lo que originalmente se imaginó como un instrumento pedagógico se convirtió en una fábrica de ficción y entretenimiento, de reproducción de estereotipos sociales, control ideológico y construcción de identidades culturales.

  Entonces cabría preguntarse: ¿Cuál es el nuevo rol que les cabe a los medios en esta nueva etapa?

  Este trabajo se propone abordar esta problemática, con una mirada crítica sobre las relaciones, los efectos, las oportunidades y los interrogantes que plantea esta nueva revolución del conocimiento y su relación con los medios, y con las distintas situaciones de dominación y resistencia que se juegan en el campo de la comunicación y la cultura.

  En las conclusiones, sin el ánimo de disminuir las expectativas, sólo queda abierto un gran espacio para nuevas discusiones.

  Quizás queden planteadas más preguntas que respuestas, más incertidumbres que certezas. Estoy convencido que éste es el punto de partida para un necesario ejercicio crítico y reflexivo, para poder empezar a entender lo que nos está pasando.

 

      La tecnología, la comunicación, y la evolución de la sociedad

     Desde siempre, el hombre ha tenido la necesidad de comunicarse con los demás, de expresar pensamientos, ideas, emociones; de dejar huella de sí mismo. Así también se reconoce en el ser humano la necesidad de buscar, de saber, de obtener información creada, expresada y transmitida por otros. La creación, búsqueda y obtención de información son pues, acciones esenciales a la naturaleza humana. Tal vez por eso en la historia del mundo, los saltos evolutivos de la humanidad han estado signados por los grandes avances que se han dado en la capacidad de comunicación del hombre.

    La historia de la humanidad es un proceso largo y complejo que se ha desarrollado a través de muchos miles de años. Dicho proceso no ha sido lineal sino que, por el contrario, ha pasado por grandes revoluciones, que han transformado completamente la forma en que los seres humanos se relacionan con el universo.

  Cada una de estas revoluciones, ha estado caracterizada por una invención o nueva tecnología, a su vez relacionadas con alguna nueva forma de comunicación.

    Alvin Toffler (1) lo ha planteado en su esquema de “olas” refiriéndose a cada uno de los hitos importantes de la humanidad que han determinado estas revoluciones.

  La primera, fue la Revolución Agrícola, a partir del año 8000 a.C. cuando el hombre inventa la agricultura e inicia una nueva forma de vida: deja de ser nómada, abandona su etapa primitiva, comienza a formar comunidades estables y aparecen las primeras aldeas.  El hombre hace de la agricultura su principal forma de sustento y, con ella, aparece también la ganadería y un poco después el comercio.  La necesidad de contar obliga a la invención de los números, los cuales evolucionan hasta dar origen a la escritura (cuneiforme y jeroglífica).  Hacia el año 1000 a.C. los fenicios inventan el alfabeto, un conjunto de grafías que permite la representación de sonidos.  Así, se conoce a la escritura como el hecho más trascendental de la revolución agrícola y además de ser inclusive el punto de inicio de la historia misma de la humanidad, representa el primer gran avance tecnológico logrado por el hombre en su proceso de comunicación.

  La segunda gran revolución de la humanidad, es la Revolución Industrial, que precisamente marca su inicio a partir de la invención de la imprenta de Johannes Gutenberg en los años 1400 d.C.  Con la imprenta se inicia una nueva etapa caracterizada por la masificación del conocimiento, porque crece el número de personas con acceso a la información escrita. Además comienzan a plasmarse los nuevos conocimientos teóricos y surgen nuevos desarrollos tecnológicos: la máquina sumadora, el reloj mecánico, la máquina de coser. Se dieron en esta etapa también importantes descubrimientos en biología, electricidad, química, medicina; todos con posibilidades de perdurar y darse a conocer gracias a la imprenta, que se trasforma así en el segundo gran paso tecnológico del hombre en la evolución de su proceso comunicativo.

    La tercera y más grande revolución de la humanidad, en la cual aún nos encontramos inmersos todavía, es la Revolución del Conocimiento. Esta última revolución, a diferencia de las otras, se centra en el ser humano, en su capacidad de comunicarse y transformarse a si mismo. Si la revolución industrial fue la expresión del músculo, de la maquinaria, ésta lo es de la mente. El trabajo, la tierra y el capital, que eran elementos clave de las épocas previas, están siendo hoy reemplazados por la información y el conocimiento, como la base de la economía. Hay mayores exigencias sociales internacionales y mayor individualismo y libertad.

    Más allá de las visiones que muchos analistas tengan sobre la era postmoderna, e independientemente del nombre que diferentes autores han preferido, (Revolución de la Inteligencia, del Conocimiento, de la Información) ciertamente el hombre en la actualidad protagoniza una verdadera revolución. Una etapa de cambios rápidos y constantes que se inició con los grandes pasos de la computación y la informática y que tiene como hito a la Internet, que se reconoce como una nueva forma de comunicación humana, un nuevo salto en el proceso comunicativo.

  Queda claro que la evolución de la tecnología siempre ha significado un avance en los procesos de comunicación humana y, por supuesto, ambos elementos relacionados Tecnología y Comunicación, en un proceso dialéctico, han soportado uno a uno los escalones de la evolución natural de nuestra sociedad.

La Modernidad, la Postmodernidad y la crisis de un modelo agotado

    La época de la modernidad se ubica a principios del siglo XX principalmente y su lugar protagónico es Europa. Tal como lo comenta José María Sbert (2).  “ Europa tuvo mayor influencia en el mundo, la Belle Époque de principios del siglo XX fue más bien la culminación del largo período de ascenso triunfal de la modernidad...”

   Muchos avances filosóficos y tecnológicos se consumaron antes y al principio de este siglo. En el siglo XIX se habían aportado los primeros medios de comunicación instantánea: el telégrafo por cable (Samuel Morse en 1844) y el telégrafo sin hilos (Guillermo Marconi en 1895). El ingeniero Alexander Graham Bell aportó el teléfono en 1876.  La máquina de vapor, la producción en serie, la entrada vigorosa del libro, y algunos otros inventos fueron los que marcaron pauta para el desarrollo que tenemos ahora.

    La Ilustración, época del nacimiento de la enciclopedia encabezada por Rousseau, fue el impulso principal para abrirle el horizonte racional a muchísima gente. El nacimiento del libro amplió las posibilidades de la comunicación y la difusión de la lectura y de la escritura: ya en el siglo XVI las imprentas producían miles de libros en diversos idiomas. En el siglo XVII, la publicación de periódicos era común en varios países de Europa occidental y se generalizó extendiéndose luego a las colonias americanas. Sobre todo a partir de los inicios de siglo XX, los periódicos, revistas y libros leídos en el mundo produjeron cambios en el modo de actuar y sentir de los hombres. La eficacia de la letra impresa fue contundente, es así como poco a poco se fue esparciendo tal gusto por conocer un poco más de lo que la historia nos ha dejado. A través de la lectura de hechos históricos la gente iba gustando y desarrollando el agrado por la lectura y por el aprendizaje que los escritos nos dejan.

   La Revolución Industrial por su parte mostró a la gente la importancia de facilitar las distintas actividades laborales. La  manufactura iba perdiendo terreno ante las máquinas que el hombre inventaba. Las jornadas laborales se redujeron posibilitando más tiempo de ocio.

   En una impecable descripción de la modernidad, dirá Marshall Berman (3): “Es un paisaje de máquinas a vapor, de fábricas, vías férreas, nuevas y vastas zonas industriales; de ciudades rebosantes que han crecido de la noche a la mañana, frecuentemente con consecuencias humanas pavorosas; de diarios, telegramas, telégrafos, teléfonos y otros medios de comunicación de masas que informan a una escala cada vez más amplia; de Estados nacionales y acumulaciones multinacionales cada vez más fuertes; de movimientos sociales de masas que luchan contra esta modernización desde arriba con sus propias formas de modernización desde abajo; de un mercado mundial siempre en expansión que lo abarca todo, capaz del crecimiento más espectacular, capaz de un despilfarro y de una devastación espantosos, capaz de todo, salvo de ofrecer solidez y estabilidad”.

  La ruptura de los paradigmas de la Modernidad sobreviene para los años 60’s y 70’s y algunos autores mencionan que la era posmoderna viene forjándose desde entonces con este concepto, que al principio fue la crisis de modelos y la sensación de haber llegado a una encrucijada de callejones sin salida. Las guerras entre naciones, el fracaso de los modelos económicos, políticos y culturales fueron moneda de cambio. Estos últimos ejemplos suele citar José María Sbert en su escrito de la postmodernidad: “Lo más destacado de los años sesenta, junto con la prosperidad cada vez mayor, fue la presencia de los jóvenes nacidos poco después de la guerra, que dieron la tónica revolucionaria del ambiente de la época [...] Los miembros de esa generación  eran tantos que parte de ellos formó una verdadera cultura aparte. Quizás el desahogo económico contribuyó a una especial disposición a la generosidad, así como permitió también una mayor libertad.”

  Por su parte José Rubio Carracedo (4) afirma que la posmodernidad “es una actitud de indignación moral ante los excesos y desastres provocados por el programa de la modernidad”

   La posmodernidad es una época de contrastes y de cambios continuos que enajenan al mundo. Según Levario Marco Turcott (5) en su artículo publicado en el semanario Etcétera establece que “La posmodernidad sólo puede apreciarse como una expresión de la crisis de la modernidad [...] el posmodernismo es una expresión que dramatiza los problemas acarreados por la modernidad inconclusa.”

   En la posmodernidad se presentan características reveladoras que nos muestran sus diferentes facetas y perspectivas. Por ejemplo, el posmoderno desconfía de las instituciones y afirma su independencia. Se muestra indiferente a las cuestiones de la vida colectiva y prefiere retirarse a su vida privada. Es una actitud que lleva a la soledad y a la insolidaridad. Se destaca por su falta de utopía, de esperanza en conseguir un futuro mejor que el presente. La persona postmoderna no cree en la posibilidad de cambio y transformación, prefiere sacar el máximo provecho del presente, vivir al día y pasarlo bien. Pero sobre todo desecha las normas y valores para entregarse al disfrute de lo inmediato siguiendo los impulsos y las pasiones. En la posmodernidad no manda la razón sino el sentimiento.
 La influencia de los medios:

  Muchos sociólogos han tratado de explicar los grandes procesos de transformación cultural que vivió la sociedad a lo largo de su historia, detectando amplios cambios en los valores, en las creencias y en las actitudes e inclinaciones personales de los actores sociales.

  En este sentido, John Thompson (6) aporta otra mirada diferente y esclarecedora de cómo se producen las transformaciones en el dominio cultural cuando dice: “Si en un primer momento nos centramos no tanto en los valores, actitudes y creencias, sino más bien en las formas simbólicas y en sus modos de producción y circulación en el mundo social, entonces deberíamos darnos cuenta de que, con el advenimiento de las sociedades modernas a finales de la edad media y principio del período moderno, tuvo lugar una transformación cultural sistemática. En virtud de una serie de innovaciones técnicas asociadas con la impresión y, posteriormente, con la codificación electrónica de la información, se produjeron, reprodujeron y pusieron en circulación, formas simbólicas a una escala sin precedentes. Las pautas de comunicación e interacción empezaron a cambiar de manera profunda e irreversible”.

   Se produce así lo que el propio Thompson llama la “mediatización de la cultura” tomando como base el desarrollo de las organizaciones mediáticas que aparecen en la segunda mitad del siglo XV.

   Refiriéndose a la importancia de la invención de la imprenta dice Luciano Sanguinetti (7): “Considerada la imprenta como una tecnología de comunicación, su gravitación será tan importante como la aparición del lenguaje. La invención de la imprenta marcó el fin de un largo aprendizaje de la escritura en occidente limitado a las élites [...] tuvo que llegar este invento para que, de la mano del Renacimiento, volviera la cultura letrada a occidente”.

  Desde entonces, los medios de comunicación han cobrado cada vez mayor protagonismo en los cambios sociales, y mayor influencia en el comportamiento de las personas.

  Hemos recorrido un largo camino desde aquella concepción de los mensajes de los medios que provocan efectos en las audiencias, conductas observables y medibles, la teoría de la aguja hipodérmica, pasando por toda la doctrina de la sociología y la psicología conductista, donde la pregunta predominante era: ¿Qué hacen los medios con sus audiencias?.

Como contrapartida, en los más recientes estudios de investigación  de la corriente latinoamericana (Martín-Barbero (8), González (9) interesa más conocer los diferentes modos como la sociedad se relaciona e interactúa con los medios. En definitiva qué es lo que hace la sociedad con los medios, más que lo que estos hacen con aquella.

   En este sentido, al analizar este proceso de recepción de los medios Guillermo Orozco Gómez (10) plantea lo que llama la emancipación de la audiencia: “Esta emancipación adquiere una especial relevancia en una época como la actual, donde por una parte estamos presenciando una creciente privatización de la cultura y, en última instancia de lo “público”. Y por otra, estamos siendo testigos de un salto rápido de la cultura oral (lógica del relato) hasta la cultura electrónica (lógica mercantil), sin haber asumido y recreado cabalmente la cultura escrita (lógica del argumento). [...] La TV cada vez más se constituye en referente de lo público, al captar y proponernos lo que es relevante de ese ámbito que nos rebasa en el espacio y en el tiempo, pero que paradójicamente nos posiciona en el aquí y ahora, al ser mostrado en la pantalla e introducido en nuestra propia casa donde invade los espacios de intimidad.”

   Nicholas Negroponte (11) por su parte valora que en la era de la información, los medios masivos se volvieron, a un mismo tiempo más grandes y más pequeños. “Nuevas formas de emisión llegaron a audiencias cada vez mayores [...] mientras que las revistas especializadas, las videocasetes y los servicios de cable fueron ejemplos de la sectorización”.

   En su trabajo Negroponte pone énfasis en la disociación que se produce entre la búsqueda desenfrenada de la evolución tecnología de soporte de los medios de comunicación y la poca calidad de los contenidos, y comienza a preguntarse por la sobreabundancia de información de nuestra época. Setenta canales y nada para ver dirá el cantante Bruce Springting.

   Por su parte, los medios de comunicación en Latinoamérica han tenido un particular protagonismo en el proceso de incorporación a la modernidad, tal como lo describe José Joaquín Brunner (12): “La irrupción de los nuevos medios de comunicación en América Latina, sobre todo de la televisión, está en la base de una completa reorganización de nuestras culturas y sus estructuras tradicionales de sustentación. Mientras otras sociedades accedieron a la modernidad sobre la base de la palabra escrita y su correlato en la educación universal y obligatoria, en América Latina estamos incorporándonos a ella conjugando imágenes electrónicas con analfabetismo; escuela incompleta y atrasada simultáneamente con una intensa internacionalización del mundo simbólico de masas”.

  En tanto en la Argentina desde los inicios de la década del ’50, cuando ya se tenía conciencia de la enorme influencia que tenían los medios de comunicación en la sociedad, el Estado Nacional comenzaba a establecer un marco regulatorio sobre los mismos, cuando todavía no se habían instalado las ideas del desarrollismo en América Latina, que prevalecerían en los 60’s y 70’s , y que lejos de cuestionar o pretender modificar esta situación, la acabarían celebrando.

  En los años posteriores, cuando las corrientes del pensamiento crítico, se fortalecían en América Latina, en nuestro país, de la mano de la Dictadura Militar, vendrían las intervenciones a las radios y los canales de TV, que dejaron en manos del Estado prácticamente la totalidad de los medios, reafirmando las  distintas situaciones de dominación y resistencia que se jugaron en el campo de la comunicación y la cultura.

  En la década de los 90’s en consonancia con la aplicación de las políticas neoliberales en la Argentina, se privatizaron los medios, se conformaron los grandes grupos multimedia, y quedaron plantadas las bases para la progresiva extranjerización de las empresas periodísticas.

  Simultáneamente, aparecían las primeras emisoras de FM alternativas, que más tarde se convertirían en uno de los fenómenos más conflictivos de la radiodifusión de nuestros días, como lo es el fenómeno de la clandestinidad de los medios, avalados por la inacción de un Estado ausente que no cumple con sus deberes básicos de ofrecer un marco regulatorio adecuado.

  Como contrapartida, esos fueron los años en que los medios se erigieron como la principal tribuna de denuncia frente a la corrupción generalizada, engendrada –paradójicamente- desde la matriz ideológica que los había habilitado en su nueva visión de corporaciones altamente concentradas, conformadas mayoritariamente por capitales extranjeros.

  El alto nivel de legitimación que gozan los medios frente a la sociedad, llevó que a fines de los 90’s una encuesta revelara la credibilidad de la prensa en 55.1%, muy por encima de otras instituciones tradicionales como la iglesia, los sindicatos o el propio gobierno. Si bien estas cifras se fueron debilitando después de la crisis institucional que sacudió nuestro país en los inicios de la década actual, frente al nuevo escenario político, los medios siguen gozando de la confianza de buena parte de nuestra sociedad. 
Conclusiones:

En un artículo publicado en el año 1988, recuerdo haber leído un reportaje a Warren Bennis, Presidente de la Universidad de Cincinati, que me llamó la atención por el sentido apocalíptico del mismo. En un tramo del reportaje Bennis aseguraba: “La fábrica del futuro tendrá sólo dos empleados, un hombre y un perro. El hombre estará ahí para alimentar al perro. El perro estará ahí para que el hombre no toque las computadoras”. Indudablemente Bennis se equivocó, y sus pronósticos no se cumplieron ni se cumplirán jamás.

  La búsqueda del hombre por mejorar su forma de vida -proceso comunicativo incluido- es lo que ha empujado la emergencia constante de nuevas y mejores tecnologías. Asimismo, cada avance en el proceso comunicativo, acompañado de evolución tecnológica, permiten que existan hoy definiciones como las de Sociedad de la Información y Sociedad del Conocimiento, ambos referidos a una era mundial donde aparentemente, las posibilidades de comunicación humana ya son ilimitadas, donde la transmisión y transferencia de información se desarrollan en cantidades infinitas, desde cualquier rincón del mundo y con una rapidez increíble.

   No obstante la humanidad sigue creciendo, evolucionando y, mientras el hombre exista, su búsqueda por vivir,  y comunicarse más y mejor no se detendrá. La evolución de la comunicación humana, y con ella la del hombre y su tecnología, siguen en marcha. Seguramente, nuevas revoluciones vendrán, y también nuevas formas de comunicarse.

  Para finalizar, quiero dejar este párrafo de José Joaquín Brunner: “Pues allá adelante, inevitablemente, volveremos siempre a encontrarnos con la gran cuestión de la cultura de masas y la manera de convertirla a ella en la condición de nuestro propio desarrollo, de la democracia a que aspiramos y de la modernidad que nos invade por su intermedio”. (*)

Agosto de 2004

(*) Fuente: Esarte, Eduardo D., Los Medios, el cambio y la crisis de la Modernidad, Buenos Aires, Argentina, 2005

 

Citas:
[1] Avin Toffler - “La Tercera Ola” - 1980
[2] José María Sbert ¿Fin de época, y nueva era? - 2000
[3] Marshall Berman – “Todo lo sólido se desvanece en el aire” – 1988
[4] José Rubio Carracedo - “Educación moral, postmodernidad y democracia” - 1996
[5] Levario Mario Turkott - “Crítica al Postmodernismo” - 1997
[6] John B. Thompson – “Los Media y la modernidad” -
[7] Luciano Sanguinetti – “Comunicación y medios” –
[8] Jesús Martín-Barbero – “De los medios a las mediaciones”- 1986
[9] Jorge González – “Los frentes culturales” - 1987
[10] Guillermo Orozco Gómez – “La audiencia frente a la pantalla” 1996
[11] Nicholas Negroponte – “Ser Digital” - 1996
[12] José Joaquín Brunner – “Medios, modernidad y cultura” - 1989

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  Acerca del autor:

El Prof. Eduardo Daniel Esarte es Argentino y nació en el año 1955 en la Ciudad de Buenos Aires.

Recientemente graduado con el título de Posgrado Universitario de Especialización en prácticas, medios y ámbitos educativo–comunicacionales, en Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

  Profesional de la Radiodifusión con más de 25 años de experiencia en los medios, sus áreas de interés son el mejoramiento de las operaciones de las emisoras y la optimización de los Recursos Humanos y tecnológicos, mediante la implantación de metodologías proactivas, el cambio organizacional, la aplicación de técnicas de mejoramiento de la calidad y la capacitación permanente.

  En la actualidad es Gerente de Tecnología de una de las más importantes emisoras de la Argentina, AM 910 - La Red de Buenos Aires, y es Consultor en ámbitos privados y nacionales.

  Fue diseñador gráfico y publicista. Durante diez años dirigió una agencia de publicidad y producciones radiales. Es miembro del Consejo Directivo y de la Comisión Técnica de ARPA (Asociación de Radiodifusoras Privadas Argentinas) y vocal titular de la Comisión Directiva de la CCMA (Cámara de Control de Mediciones de Audiencia de Radio y TV)

  En el área de la Educación, destinó gran parte de su actividad profesional a la Capacitación de RRHH para la radiodifusión, siendo promotor de la Educación Permanente como único motor del cambio organizacional y el compromiso profesional en el proceso del hecho comunicacional y los medios de difusión.

  Desde hace 25 años ejerce la docencia en el ISER (Instituto Superior de Enseñanza de  Radiodifusión). Actualmente es Coordinador Pedagógico, y Profesor Superior titular de 2 cátedras. Habitualmente dicta conferencias y seminarios de capacitación en todo el país y en el extranjero. Es autor de numerosos ensayos y publicaciones referidos al campo de la comunicación, la pedagogía y los medios.