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VIEJOS INSTANTES DEL PERÚ

A través de la obra fotográfica de Martín Chambi

 

"El indio y su llama" (también titulada "La llama y el llamero", 1930), viejo instante del Perú descubierto por Martín Chambi.

 

 

  La juventud de la vieja tierra, por Esteban Ierardo (texto de presentación general y a propósito de la relación de la obra de Chambi y el destino de la tierra inca)

  La obra de Martín Chambi, por Mario Vargas Llosa

 Viejos instantes del Perú. Galería fotográfica de Martín Chambi

 

   En este momento de Temakel queremos recordar y difundir el ojo de asombro y pasión de un olvidado artista, el fotógrafo peruano Martín Chambi. Para ello, les presentaremos un texto sobre su obra de su compatriota, el celebrado escritor Mario Vargas Llosa; también un escrito personal y, luego, varios de los viejos instantes del Perú que ya no son fucilazos del pasado sino luz  joven y continua. 

 

 

LA JUVENTUD DE LA VIEJA TIERRA 

Por Esteban Ierardo

 

    Hubo un tiempo en que en las montañas y tierras del Perú estallaban breves fogonazos. Era la luz de la cámara de Martín Chambi. Artista peruano de la fotografía, olvidado por varias décadas. En 1988, cerca de la explanada de Sacsayhuaman, en Cuzco, el fotógrafo español Luis de Toledo concibió el proyecto de recuperar su obra. Así se encendió el fósforo que, luego, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, encendería la exposición que rescataba 180 imágenes de Chambi, un genio de los Andes. La exposición se convertiría en itinerante. Durante cinco años, recorrería el mundo. Hoy, la obra de Chambi es más celebrada en España o Nueva York que en su propia patria.

    Chambi, y su mirada poderosa de artesano de la luz, dejó alrededor de 30.000 negativos.

    El fotógrafo peruano nació en una aldea del altiplano puneño en 1891. Se despediría de los soles y lluvias de este mundo en 1973. En Cuzco, a comienzos de 1920, se inició el resplandor del ojo de fotógrafo de Chambi. Todas las aristas del prisma de la sociedad cuzqueña habrían de ser traducidos en imagen por el artista de la tierra inca. Chambi retrató a la alta sociedad de su tiempo, pero, a su vez, se internó entre los caminos polvorientos y desamparados de los humildes, de los pobres de aldeas y pueblos. Llevó su deseo de inmortalizar el instante fugaz hasta donde los campesinos bailaban o se elevaban en sus ritos. Llevó también su observación sensible hasta las montañas, de alturas desnudas, o hasta donde el pastor, cuidador de rebaños. 

     Los escritores imaginan o describen el mundo. Chambi lo prolonga hacia el futuro.          Convirtió todo lo que vio en olas hacia la eternidad. Pero lo que Chambi vio no fue sólo lo que los paisajes o las escenas sociales entregaban sino las geometrías vivientes que el fotógrafo crea. Lo geométrico alude a las figuras y sus relaciones. En Chambi, la geometría nacía del modo cómo imaginaba la mejor pose de sus personajes, la mejor distribución de los cuerpos y los atuendos, o la más fosforescente combinación entre las figuras de las nubes ágiles y las montañas de firme permanencia. Lo geométrico del fotógrafo ya no es la de la estricta figura concebida por un intelecto matemático. La geometría de la imagen fotográfica es la que retiene la vida singular que crean la luz y las formas al combinarse.

    Las geometrías vivientes del Perú viven en los miles de negativos de Chambi que aún aguardan revelar, ofrecer, sus figuras secretas.

   A partir de la década del 50´ el candil creador del fotógrafo andino se fue desvaneciendo. Chambi se fue alejando entonces de sus mejores días de creación como un barco se aleja, para ya no volver, de una costa paradisíaca en la que alguna vez recaló.

    Las geometrías vivientes en el arte fotográfico, en la obra de Chambi, exuda un hálito joven. Es vitalidad juvenil. La juventud es el estar en la fuente primordial de la que brota lo vivo. En el caso de la vieja tierra incaica de Chambi ese manantial primero es el dios Wiraccocha. Divinidad que creó el mundo peruano a través de una matriz líquida, una fuente lacustre: el lago Titicaca. De entre sus aguas surgieron el sol, la luna, las estrellas y los primeros reyes incas: Manco Capac y Mama Ocllo. Luego de su primer acto de creación, Wiracchocha se alejó del mundo y delegó el perfeccionamiento de su obra en su mensajero Wiracchochan. Y Wiracchochan caminó a través de montañas y valles e hizo que salieran los pueblos andinos de las cuevas y los educó. Les transmitió el saber de lo divino. Al caminar, Wiracchochan expandió la divina vida de la fuente, de Wiracchocha. Y la recreó. 

   Luego de concluir su obra, Wiracchochan caminó sobre las aguas del mar, dejó este mundo. Su caminar podía cubrir grandes distancias, podía simular el alejarse que lo llevó más allá de esta tierra. Pero, aún después de su despedida de los Andes, Wiracchochan sobrevive en el mito. Allí, siempre repite su caminar a través de la fuente irradiadora de la vida. Por tanto, siempre avanza empapado por el jugo de la juventud. Juventud que es también constante recreación del manantial primero.

   El mensajero divino que camina es la juventud de la fuente que se desplaza y expande. Pero, luego, la tierra puede envejecer. La cultura que la habita puede palidecer y debilitarse, desplomarse. Es lo que ocurrió con el imperio inca que envejeció por la confusión. La conquista fue un alud de confusión, desorientación. La violenta conmoción de la invasión española obligó al inca a debilitar, suprimir o transformar su orientación hacia la fuente divina. Y lo que pierde la fuente envejece. Se hace tierra vieja. Sin juventud. 

   Tras el golpe de la confusión, la antigua cultura inca no puede, por sí sola, redistribuir los dones divinos de la fuente inicial. Debe ahora apelar a individuos en los que sobreviva Wirachochaan. Individualidades que, como el mensajero divino, puedan caminar por la tierra con aliento juvenil, poder creador, pasos resonantes de magia para verter nueva vida entre colinas, ríos y la andina cordillera ebria de alturas.

  Heredero de Wiracochaan es Chambi que, como el enviado de la fuente divina, camina entre las montañas y  las llanuras incaicas para liberar renovada vida a través de imágenes y de miradas de asombro. 

    En uno de sus autorretratos, el fotógrafo peruano aparece vestido a la usanza campesina, sosteniendo la rienda de su caballo. Se halla entre empinados cerros. Camina y cabalga entre aquellas alturas. Como el desplazarse de Wiracochaan, su avanzar nunca se aleja de la fuente de la que dimana vitalidad fresca, latidos de música joven. Que recrean, rehacen, la tierra que envejece.

   Y el artista que recrea lo envejecido, trae ríos.  Es pastor de ríos. Ríos que vienen de la fuente y que emborrachan de agua nueva los meandros cansados del suelo.

  Y el ojo de Chambi es ejemplo del ojo sensible, estético. Del ojo universal, arquetípico, que siempre repite la modificación de lo visto. El paisaje que es tierra o rostros humanos se muestra en sus fotografías más cercano a la fuente. Se confirma así el destino inevitable de toda empresa genuinamente artística. Ese destino que es un cavar que retira la arena oscura y vieja que sofoca los rostros y la tierra. Y que los acerca a un mirar especial. El mirar desde los truenos de la primera fuente. Siempre joven. 

 

LA OBRA DE MARTIN CHAMBI

Por Mario Vargas Llosa

  El remoto país en el que Martín Chambi nació ha producido no más de una media docena de creadores cuyas obras puedan ser admiradas prescindiendo del patriotismo (que infla los prestigios artísticos hasta traumatizar por completo las tablas de valores) como productos de una visión ancha, sin orejeras, de lo humano, que enriquecen la experiencia universal.

   Este maestro de la fotografía es uno de ellos. A diferencia de otros miembros de ese club, el Inca Garcilaso de la Vega o César Vallejo, por ejemplo, cuyas obras se gestaron sobre todo en el extranjero, en medio más ricos y estimulantes que el propio para el trabajo literario y artístico, Chambi realizó su obra monumental (de la que al parecer -pues no está catalogada-, la familia conservaría unos treinta mil negativos) en una provincia de la sierra peruana supliendo con su esfuerzo, su imaginación y su destreza-con su genio- las limitaciones que ello significaba.

  Decir que fue un pionero es cierto, pero insuficiente. Pues la obra que dejo vale como resultado, por su coherencia interna, su originalidad, su penetración en las entrañas de un mundo y su riqueza visual, más que por ser una obra fundadora gracias a la cual el arte de la fotografía de su país adquirió ciudadanía internacional.

  Nacido en 1891, en una aldea del altiplano puñeno, en el seno de una familia campesina, un azar feliz lo llevo a trabajar cuando era aún niño, a una mina de las alturas de Carabaya, donde sin duda vio por primera vez (en manos de un empleado de la empresa) una cámara fotográfica. El encuentro tuvo consecuencias impagables, para la la vida del muchacho y para la historia de la fotografía de su patria, que hasta entonces, había sido sobre todo un oficio, una técnica, y que con él comenzaría a ser investigación e inspiración, intuición y ambición, es decir creación, es decir arte.

     En Arequipa, en el estudio del gran fotógrafo local -el estudio Vargas del que salieron retratadas todas las familias de clase media y alta de la blanca ciudad-, hizo Chambi su vela de armas profesional. Pero su carrera comenzaría a todo fuego en el Cuzco, donde se instaló a comienzos de 1920 y donde, hasta los años cincuenta, en los que su actividad se fue apagando (aunque él viviera hasta 1973), desarrollaría su fecundo talento.

    De su codiciosa mirada se puede decir que lo vio todo. De su curiosidad, que era inagotable y que lo llevó a explorar de pies a cabeza y de cabo a rabo esa provincia pequeña e intensa cargada de historia y de drama social,
sobre la que disparó incansablemente los fogonazos de su viejo armatoste, esa cámara de placas con la que hizo verdaderos prodigios en su estudio, en las calles, los jardines de recreo, los pueblos, las comunidades nativas, las ferias, los valles, las montañas.

    Es arriesgado insistir demasiado en el valor testimonial de sus fotos. Ellas lo tienen, también, pero ellas lo expresan a él tanto como al medio en que vivió y atestiguan, más aun que sobre lo pintoresco, lo cruel lo tierno o lo absurdo de su tiempo y del mundo andino, sobre la sensibilidad, la malicia y la destreza del modesto artesano que cuando se ponía detrás de la cámara se volvía un gigante, una verdadera fuerza inventora, recreadora de la vida.

    Sin duda, en sus imágenes Martín Chambi desnudó toda la complejidad social de los Andes. Ellas nos instalan en el corazón del feudalismo serrano, en las haciendas de los señores de horca y cuchilla con sus siervos y sus concubinas, en las procesiones coloniales de muchedumbres contritas y ebrias y en esas tiznadas chicherías que otro cuzqueño ilustre de esos años, Uriel García, llamó "las cavernas de la nacionalidad". Todo está en ellas: los matrimonios, las fiestas y las primeras comuniones de los pudientes, y las borracheras y miserias de los humildes, y los públicos actos que unos y otros compartían, los deportes,

los paseos, los bailes, las corridas, las novísimas diversiones y los solemnes ritos que los campesinos venían repitiendo desde la noche de los tiempos. De Martín Chambi cabe decir que en esos más de treinta años de labor no dejo un rincón del universo cuzqueño sin apropiárselo e inmortalizarlo.

   Pero a ese mundo que fotografiaba sin descanso también lo transformó. Le impuso un sello personal, un orden grave, una postura ceremoniosa y algo irónica, una inmovilidad que tiene algo de inquietante y de eterno. Triste y duro, pero también, a veces, cómico, cuando no patético, bello, el mundo de Martín Chambi  es siempre bello, un mundo donde aun las formas extremas de desamparo, la discriminación y el vasallaje han sido humanizadas y dignificadas por la limpieza de la visión y la elegancia del tratamiento.

  "Madrastra de sus hijos", escribió del Perú el Inca Garcilaso. Con Martín Chambi, uno de los más grandes artistas nacidos en su suelo, lo ha sido. Una madrastra ingrata, olvidadiza, al extremo de que pocos de sus compatriotas saben quién fue y por qué se lo debe recordar y admirar. Menos mal que en el resto del mundo -ahora y también en España, gracias al empeño de Luis de Toledo- se le va descubriendo y haciendo justicia. No tengo la menor duda de que un día se le reconocerá como uno de los más coherentes y profundos creadores que haya dado la fotografía en este siglo. (*)

(*) Fuente: Martín Chambi, 1920-1950. El círculo de Bellas Artes, Lunwerg Editores SA, Barcelona, pp.9-10.

 

VIEJOS INSTANTES DEL PERÚ. GALERÍA FOTOGRÁFICA DE MARTÍN CHAMBI (*)

 

(Todas las fotografías pueden ser ampliadas mediante un clic)

 

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Vista parcial de Huaina Picchu

 

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Autorretrato, 1923

 

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Autorretrato en los altos de Carabaya (Puno). Hacia 1930

 

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Niño muerto. Cuzco, 1930

 

 

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   Indígena mascando coca, 1930

 

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Muro de las cinco ventanas, de Wiñay Wayna. 1941

 

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Cargador de chicha en Tinta. 1940

 

 

 

 

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Organista en la capilla de Tinta. Canchis, 1935

 

 

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           Peregrinos a Q'Olloriti. 1931

 

 

 

 

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 Grupo de teatro con su director, Luis Ochoa. Cuzco, 1930

 

 

 

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 Campesino masticando coca. Cuzco, 1939

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Descanso en Q'Olloriti. 1935

(*) Fuente de todas las fotografías: Martín Chambi, 1920-1950. El círculo de Bellas Artes, Lunwerg Editores SA, Barcelona.

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo