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       LOLA MORA: LA NEREIDA DEL PLATA 

                                                                                               Fotos y texto Andrés Manrique

 

                                    

     Lola Mora (1867-1936): escultora con un estilo de especial singularidad. No sólo fue particular su talento, su vigor creador. También fue singular el contexto histórico donde se plasmó su creación: la Argentina de comienzos del siglo XlX, donde la mujer no era reconocida en sus dotes creadoras. Lola Mora debió entonces manifestar un doble poder: la fuerza específica de la creación y su temple o fortaleza psicológica para arremeter contra prejuicios y obstáculos. En ambas playas de su existencia, Lola fue ígnea, resplandeciente. Hacedora de una obra solar. Los fulgores de su magia rebullen en sus estatuas que actualmente laten en la provincia argentina de Jujuy, o en el Cementerio de la Recoleta. Y también en su grupo escultórico más célebre: Las nereidas, en la ciudad de Buenos Aires.  En este  momento de la Obra Solar de Temakel, los invitamos a explorar el legado artístico de una mujer esencial. Para ello, en este item se encontrarán con una galería con  imágenes de algunas de las creaciones más significativas de Lola y luego un texto sobre su historia y obra por Andrés Manrique. También, en Temakel, pueden visitar una galería fotográfica de Las Nereidas, la encantadas estatuas de la escultora argentina impregnada de resonancias mitológicas. 

      ( Todas las fotos pueden ser ampliadas mediante un clic )

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 Imagénes de obras: Arriba, portada: Mujer pensativa en bóveda de la tumba de Ramón A. López Lecube en el Cementerio de la Recoleta en la Ciudad de Buenos Aires. Y luego, en galería, (de izquierda a derecha), primera fila, foto única: 1: Detalle de Las Nereidas, el grupo escultórico más famoso de Lola Mora; segunda fila 2: Mujer pensativa y mujer con cruz flanqueado tumba de Lecube; 3: Estatua de Hermes en la provincia de Jujuy, Argentina; 4: Mujer con cruz en tumba de Lecube; tercera fila: 5:  Las dos mujeres, de perfil, en tumba de Lecube; 6: Estatua La justicia y, 7: La libertad, ambas en provincia de Jujuy.

 

 LOLA MORA: LA NEREIDA DEL PLATA 

                                                                             Por Andrés Manrique

  Discutida, innovadora, contestataria, de avanzada. Rasgos que transformaron a “la tucumanita” Dolores Mora De La Vega en La primera escultora Argentina. Mujer que a fines del siglo XIX se abrió el camino a martillazos, empuñando el pincel que trocaría por cincel, escandalizando a la sociedad, pero más fatalmente a su clase tradicional-machista. Otro genio artístico que murió marginado por la mentalidad que no admitía la expresión de la mujer en público. Pintora y escultora inmortalizada en su obra. Afortunadamente descubierta por unos pocos, aprovechó las oportunidades de una beca que ganó para estudiar en Roma, donde abriría las puertas del gran salón de artistas hacia la cima del arte. Adelantada a su época, la popularidad le llegaría póstuma y varias generaciones tendrían que pasar para que se le reconociera el indubitable peso que tuvo y tiene para el arte argentino y mundial. 

Aclaraciones históricas

 Recién hoy, gracias a su sobrino bisnieto, biógrafo que desde hace 29 años investiga, busca y archiva todo lo concerniente a su bisabuela, comienzan a esclarecerse algunas escenas de su vida que el correr del tiempo y la envidia e incomprensión de los hombres se habían empeñado en deformar. Las diversas biografías escritas se contradicen y las fechas de la vida privada de la artista son ambiguas y confusas. Por un error repetido en el tiempo, en memoria de la escultora, el Congreso de la Nación Argentina ha instituido por ley 25.003/98, la fecha falsa de su natalicio –17 de noviembre de 1866–, en el “Día Nacional del Escultor y las Artes Plásticas”. No se conoce con seguridad el sol exacto que la vio nacer, sin embargo, resulta más veraz observar los documentos de la Parroquia en que fue bautizada para establecer una fecha más próxima a su nacimiento. En su acta bautismal observamos que Dolores Mora recibió el sacramento en la iglesia de San Joaquín, localidad de Trancas. Allí, avalado por una documentación ajada y amarillenta, el cura José Torres la bautiza el 22 de junio de 1867, declarando que la criatura tiene dos meses de edad.          Florecimiento

  La valva se abre el 22 de abril de 1867. De ella surge Dolores Mora De La Vega, quien trascendería como Lola Mora. En medio de reyertas interprovinciales, Lola es el cuarto hijo de los siete que Regina De La Vega, terrateniente boliviana de la región de Tarija, tiene con Romualdo Mora, abogado y estanciero. Ve la luz en una inmensa casa colonial de Trancas, zona limítrofe entre las provincias de Tucumán y Salta. Todas las fuentes (documentos y declaraciones de la artista) prueban que es tucumana. Sin embargo, el amor y orgullo de los salteños la siguen reclamando. De su infancia poco ha quedado, tan sólo que creció en "(..) el Jardín del universo, en cuanto a la grandeza y sublimidad de su naturaleza."(1), donde asiste al Colegio del Huerto, sólo para chicas de clase alta y con atención casi exclusiva. Sus calificaciones en los boletines la destacan, y en su último año obtiene 20 sobre 20 en todas las materias. Mientras Lola mantiene sus inquietudes puertas adentro, como pasatiempos, la oposición de sus comprovincianos no resuena. Pero pronto, demasiado rápido, las críticas y los rumores llegan. Lola tiene dieciocho años. Sus ojos negros brillan de inquietud, necesita expresarse; transmitir más que lo que puede conversar con sus hermanos y hasta con su predilecto, Alejandro. Está en la búsqueda de un lenguaje cuando muere su madre de neumonía. Todavía con lágrimas en las mejillas, apenas dos días después, un infarto mata al padre. Corre el año 1885 y, en menos de una semana, los siete Mora han quedado huérfanos; dueños de tierras administradas por su padre, que ellos ni siquiera conocen. Solos, sin una persona mayor a su lado y sin apellido de linaje, los buitres empiezan a arrancarle pedazos. 

La incursión artística

 En 1887, llega a la provincia su primer maestro, el pintor de retratos Santiago Falcucci, que enseña en el colegio de hombres. Lola empieza a tomar clases particulares. Las sospechas de la relación entre la joven y el pintor dan que hablar, y los rumores comienzan a difundirse. Pero Lola pinta, dibuja, dibuja y pinta, absorbiendo de su maestro el estilo neoclasicista y romántico, corrientes que navegará toda su vida. El retratista no le cobra, y en 1894 la Sociedad de Beneficencia, bajo la dirección de Falcucci, organiza una exposición. La sociedad se opone a que el pintor exponga las obras de una mujer, pero él sabe que es su mejor alumna. Finalmente, Lola logra imponerse con algunos paisajes, retratos y naturalezas muertas. La calidad técnica la hace brillar entre los expositores. Esto le trae un sinnúmero de críticos que relegan la sensibilidad expresiva de la mujer, al bordado doméstico. Sólo un año después, gracias a la insistencia de su maestro, expone 25 retratos de gobernadores firmados Lola C. Mora e impresionan tan bien que, a regañadientes, la provincia no puede más que comprárselos a $5000. 
 Con el pincel por Europa

  Falcucci la empuja del nido provinciano, la impulsa para que abra sus alas y le recomienda que viaje a Buenos Aires. Lola Mora y su hermano Alejandro, venden las tierras que han heredado y se dirigen a Buenos Aires. Allí, la ley 3411 del 29/09/1896 le otorga, por concurso, una subvención de $100 oro durante dos años para perfeccionar sus estudios de pintura en Europa. Con una carta de recomendación de Dardo Rocha (el fundador de La Plata que conocía a Romualdo Mora), llega a Roma a los 30 años para seguir con la pintura. En Italia, instada por Falcucci, busca a Francesco Paolo Michetti, uno de los más destacados y herméticos pintores italianos. Éste la rechaza, pero ella le dice que el gobierno de su país la ha becado para estudiar con él y que si se niega, romperá la beca y retornará a Buenos Aires. En ese momento, saca la beca y comienza a partirla. El pintor, impresionado por el gesto, le contesta que si ella es tan tesonera en el arte como lo es en la vida, va a llegar a grande. No obstante, le pone dos meses de prueba como límite para que le demuestre su capacidad. Así, se convierte en el primer y único discípulo de Michetti. La subvención vence, pero el 20 de septiembre de 1898, Lola recibe una carta de puño y letra del presidente argentino Julio A. Roca dirigida al ministro de Italia, que dice: "Con el placer de siempre correspondo a su muy atenta última. Los deseos que usted me manifiesta, referentes a que la Señorita Dolores Mora, continúe percibiendo la subvención que tiene actualmente, para continuar sus estudios en esa capital, serán satisfechos(...)" Michetti le sugiere tomar algunas clases de escultura para que perfeccionara el manejo de perspectivas y sombras en la pintura. Lola se acerca a las miniaturas esculpidas por Costantino Barbella. Entonces, la cerámica y el mármol despiertan su vocación auténtica. Se presenta ante Michetti que escucha boquiabierto la fascinación que la escultura ha despertado en su alumna. Durante seis meses alternará la pintura con la escultura. Barbella, impactado por los rostros y torsos que su alumna modela, decide hacerle una exposición. Allí acude Julio Monteverde, el famoso escultor que no bien conoce la obra de la tucumana, ofrece convertirse en su maestro.  Monteverde la introduce en la perfección armónica del arte clásico y seis meses después, se convierte en Su alumno: La Alumna. 

 El despertar de la vocación

  Las emociones de la nueva técnica que reemplazan la quietud del retrato y las posibilidades restringidas del plano bidimensional, la envuelven en la lucha con la materia. Indistintamente, se relaciona con la nobleza del mármol, el bronce, la arcilla, la cerámica, el yeso y la piedra. Cambia el pincel por los cinceles. No pintará más. 

 El reconocimiento
 
Con el busto de una campesina obtiene el primer premio en el “Palacio de Bellas Artes de Roma”. Meses después, gana el concurso “La Promotice” que la convierte en el primer artista no italiano que triunfa en dicho certamen. Sigue cosechando éxitos durante 1899 y, casi a fin de año, obtiene la medalla de oro en la exposición de París. Su nombre se impone en Europa y el debut postergado por la clase conservadora tucumana, lo goza en la pomposa corte italiana. Trabaja febrilmente por encargo de familias nobles europeas. Su trabajo es bien remunerado y comienza a amasar su fortuna, pero Lola desea el triunfo en su país, donde su obra escultórica aún era desconocida. Disconforme con la sujeción a lo estrictamente clásico, insatisfecha, desea expresar sus inquietudes y con el producto de las primeras ventas viaja por los talleres de escultores franceses, españoles y alemanes. Conoce la obra de Delacroix, de Ticiano, de Rubens. La belleza helénica la cautiva. En 1900, a través de algunas notas que publican los periódicos y revistas de la época, comienza a difundirse su nombre por el Río de la Plata. El ministro de Obras Públicas de la Argentina le encarga dos bajorrelieves para adornar la casa histórica de Tucumán. Llena de entusiasmo, vuelve a Buenos Aires y le ofrece una fuente, por la que no cobraría honorarios, al intendente Adolfo Bullrich, quien la acepta sin mayores expectativas. De regreso a Italia, mientras se documenta para modelar los bajorrelieves con motivo de las fiestas patrias del 25 de mayo de 1810 y del 9 de julio de 1816, Lola rememora sus paseos por Europa. Como en calidoscopio, acuden a su fantasía las innumerables fontanas que había recorrido. Mientras sus pequeñas manos modelan el rostro de Laprida y los hombres de mayo para el bajorrelieve, distintos personajes de la mitología cobran fuerza en su interior, y boceta la fuente que haría historia: la primera obra pública de autora femenina inaugurada en Buenos Aires. Poco a poco, los pedidos van colmando sus horas de trabajo y tiene que ampliar su taller romano. Sigue ganando importantes sumas de dinero con los bustos y obras que realiza por encargo de las clases acomodadas de Europa. Con el estímulo económico, en los momentos en que sus manos descansan del cincel, proyecta su casa que construirá en la calle Dogali nº 3 en Roma. Su infatigable inspiración creadora dibuja desde el detalle de los pisos hasta el intrincado artesonado de los techos y molduras. Pegado a la casa, construye el taller en el que albergará a tres ayudantes.   
Las paradojas

 Una latinoamericana, tucumana, escultora profesional -que vive de eso-, amiga de artistas, independiente, radicada en Italia y habitualmente rodeada de hombres: una perfecta prostituta para la ceguera intolerable del conservadurismo rioplatense. Así, mientras Europa la aplaudía, Buenos Aires escribía las cosas más ofensivas contra ella. A su taller se acercan artistas y nobles, como la Reina Elena y la Reina Margarita, mientras la Buenos Aires puritana, sigue lanzando sus diatribas contra la tucumanita presumida que con bombachas de campo sueltas y bajo una boina trabaja con sus ayudantes en la gran fuente. 
   Desde Filadelfia le ofrecen una importante suma de dinero por la fuente, pero la rechaza porque la quiere en su país, que apenas le había pagado la materia prima y el trabajo de sus operarios. Mientras, prepara el boceto de un monumento a la reina Victoria organizado en Melbourne, Australia (aún colonia británica). Gana el concurso, pero le imponen la condición de que se haga ciudadana inglesa si quiere esculpirlo. Lola Mora, fiel a su ciudadanía Argentina, rechaza el premio. El 21 de mayo de 1903 se descubre en el Paseo de Julio (actual Leandro Alem) "La fuente de las Nereidas". La escultura, símbolo femenino en medio del machismo porteño. Escultura que inaugura el desnudo en la estatuaria porteña. Ejemplo que paulatinamente irá levantando la barrera del sometimiento que pesaba sobre la mujer. Obra que instala a su creadora entre los más grandes artistas que en la historia de occidente habían representado a la diosa del amor y la belleza; ocupando un lugar entre Boticelli, Velásquez y Cabanel. Al año siguiente, con el seudónimo de Tupac-Amaru, gana el concurso para el monumento al Zar Alejandro I, en la ciudad de San Petersburgo. Pretenden que se haga ciudadana Rusa, pero la artista, fiel a su ciudadanía, rechaza la obra. El gobierno de Buenos Aires le cede una sala del Congreso, aún en construcción, para que esculpa las figuras que lucirían al frente del mismo. Allí, dentro de un salón vacío y frío, sin descanso, cobran forma “La Libertad”, “La Justicia”, “La Paz”, “El Progreso”, entre otras alegorías que gesta y desea terminar antes de la inauguración del edificio parlamentario en 1906. Los estandartes diseñados por el arquitecto Víctor Meano son temporalmente ocupados por las grandiosas figuras. De este modo, tres años después del escándalo que provocaran los desnudos de la fuente, Lola Mora vuelve a insistir, manifestando la muy sugestiva anatomía de “La Paz”, con un pecho al descubierto, mientras el resto de sus figuras son apenas tocadas por un fino velo que transparenta la plasticidad del cuerpo. Pocos años después, las discusiones partidarias de la oposición ganan sobre el oficialismo y las figuras calificadas por el ministro de Obras Públicas como: “(...)esos mamarrachos que (...) encuentro tan malas como los señores diputados; pero ese inconveniente proviene de que se han encargado a artistas que no estaban a la altura de los trabajos que se les había encomendado.”, son trasladadas a unos galpones municipales, dejando hasta la actualidad el vacío que sostienen los pedestales. 

El fugaz casamiento

  Por esos años, conoce a su futuro esposo: Luis Hernández Otero, joven de 27 años e hijo del Senador de Entre Ríos. Regresa a Europa y cosecha amigos en el “Caffé Greco”. Allí conoce al dramaturgo y poeta D´Annunzio, quien la introduce en el mundo de la intelectualidad de Italia, Francia, España y Alemania. En 1909, Lola Mora vuelve a Buenos Aires y se casa con Luis Hernández, quince años menor que ella. Tal es la vergüenza para los Hernández, que el Senador y su mujer no concurren al casamiento. Lola, de 42 años, coqueta y orgullosa, se saca diez años y declara 32 para el registro. Viajan a Europa de luna de miel e introduce a su marido en la bohemia intelectual. Al poco tiempo, encontramos a la escultora trabajando sola en Buenos Aires. El matrimonio, incompatible con los ambiciosos e indoblegables anhelos de Lola, fracasa. Corre el año 1915 y el golpe de la muerte de Paula, su hermana mayor, casi madre, se suma a la infidelidad de Luis Hernández, quien la engaña con otra mujer. Dos años después, muere su gran maestro, Julio Monteverde. Lola Mora se despide de Roma para siempre. Y para siempre deja a su marido, bien instalado con su amante en el palacio de la vía Dogali, el hogar que ella había diseñado íntegramente.

 Vuelve a sus tierras
 
Las discusiones sobre la fuente vuelven a retumbar en Buenos Aires. Políticamente se decide el traslado. Lola Mora quiere hacerlo porque es la única que sabe desarmarla sin que se rompa en pedazos. Además, paga el traslado hasta la Costanera Sur, donde se encuentra actualmente. En 1919, un nuevo cachetazo. Muere Regina, otra de sus hermanas.     

   Experimentaciones
 
Dolorida, triste y marginada, el ostracismo porteño la vence por cansancio y abandona la escultura, pero incurre en otros campos. Proyecta un túnel subfluvial que comunicaría las inmediaciones de la casa de gobierno hasta el balneario Municipal y la avenida Costanera Sur. Planos diseñados para el tránsito de tranvías y peatones. El proyecto no se lleva a cabo. Compra una casa en la calle Rincón 344 y al año siguiente la encontramos asociada con Domingo Ruggiano, embalada en la proyección de películas al aire libre. Para ello, instalan el proyector detrás de una pantalla a la que le agrega elementos químicos fluorescentes para realzar el brillo y contraste de la imagen para que no tuvieran que oscurecer el ambiente. Este proyecto sienta los antecedentes del tubo del televisor, pero siguiendo su mala racha, también fracasa. Su último proyecto, tal vez el más ambicioso, lo realiza en Salta. Investiga las tierras de la provincia con los principios de minería que manejaba desde sus estudios como escultora. En busca de petróleo, dilapida los restos de su fortuna en las tierras que obtiene para la exploración, convencida de que encontrará fluirá el oro negro bajo las rocas bituminosas del norte.

 Directora de Parques y Paseos
  
Es el año 1924 y el gobernador de Jujuy, Benjamín Villafañe, viaja a Buenos Aires. Ahí, a la busca de fondos para su provincia, le pide al gobierno Nacional alguna obra que les sobre, para embellecer su provincia. Le dejan revisar los galpones y se encuentra con las figuras de Lola Mora. El gobierno se las cede y las carga en un tren a Jujuy. El gobernador se entera de que su autora está por esas tierras, haciendo exploraciones. La convoca y Lola dirige el emplazamiento de sus esculturas en los alrededores de la gobernación jujeña. El gobernador, encantado por su trabajo, la nombra Directora de Parques y Paseos, primero y único cargo político que desempeña durante un año, en el que aprovecha para diseñar algunas plazas de la ciudad.

 La epopeya
 
Vuelve a Salta y durante tres años invierte hasta el último centavo en operarios que agota en vano. En 1927, sin dinero para pagarles el trabajo, el último obrero la deja. Soberbia y obsesionada, se queda sola, convencida de que logrará exprimirle a la montaña el chorro de petróleo añorado. No tolera el fracaso. Pasan los días y sigue excavando. Está sola. No come ni bebe. Consigo misma, en la aridez de la montaña. Los sesenta años le surcan la cara. Tres días después, un arriero la encuentra al borde de una senda. Está inconsciente. El hombre la lleva hasta la capital de Salta, donde el médico de guardia escribe en el diagnóstico: “Tiene hambre”. Se recupera y malvende las tierras perforadas. 

 La vejez
 
Vive diez años en el “Plaza Hotel de Salta”, trabajando como maestra de italiano y francés. Un buen día, se encuentra por las calles salteñas con Juan José de Soiza Reilly, sensible periodista que ha llegado con una delegación artística para la inauguración del museo de Bellas Artes de Salta. Conversan durante horas y ella le confiesa la pérdida de todo su capital en la actividad minera, le describe un proyecto hidráulico que estaba elucubrando y le muestra un boceto de una fuente colonial para construir allí con mármoles de la región. Mientras, con gesto altivo, el rostro cruzado de arrugas que los soles y vientos norteños le han excavado, recordando las cuentas impagas de tantos mausoleos que jamás le han pagado, le dice: “No cuente usted nada. No escriba usted nada. Van a creer que me quejo. Nunca me he quejado, ni me doblé jamás.” Como buen periodista, indiscreto relator, Soiza Reilly escribe una hermosa crónica pocos meses después, pidiéndole disculpas a la artista por su osadía. En 1934 vuelve a Buenos Aires con su equipaje: un bolso de manos en el que trae algunos planos y proyectos. Arrastra la soberbia de 67 años de lucha entre los hombres de su tierra que han hecho lo imposible por marginar su obra. Saturada por las frustraciones de los últimos años, se instala en el hotel “Italia-América” de la Avenida de Mayo. No avisa a nadie, pero como no paga las cuentas, el hotelero contacta a una de sus sobrinas, hija de Paula. En contra de Lola, que no quiere vivir de la caridad, se la lleva a su casa de la Avenida Santa Fé 3026. Vive un año de tranquilidad, rodeada por sus sobrinas. El 11 de enero de 1935 va hasta la Costanera Sur a visitar la fuente, una de las pocas criaturas que ha gestado su capricho. El calor del verano despierta una lluvia torrencial. Lola se queda embelesada frente a su obra. Mojada, como sus nereidas, fuera de sí, tal vez con ellas, un policía que pasa la saca de esa ensoñación. Son las 3.30 de la mañana y vuelve a su casa, sola. Sus sobrinas ya han dado parte a la policía, cuando Lola llega empapada. En mayo, el primer ataque cerebral la deja hemipléjica. Pasa unos meses en cama, atendida diariamente por Axel Bunzow, un médico vecino y amigo de la familia. Por las noches es cuidada por Adela Vega, una enfermera del Hospital de Clínicas. Un día, toca la puerta Luis Hernández Otero, su primer y único marido. Quiere verla. Una de sus sobrinas le avisa y, entre balbuceos, Lola le contesta: “Tírenlo escaleras abajo.” El 4 de junio de 1936 tiene un segundo ataque cerebral que, insólitamente, no logra fulminarla. Lucha, fiel a su historia, implacablemente, hasta el dolor de los huesos. Tres días después, el 7 de Junio de 1936, la muerte apaga su última chispa de pasión.  

Bibliografía consultada:

 Haedo, Oscar Félix. Lola Mora. Vida y obra de la Primera Escultora Argentina, Ed. Universidad Nacional de Buenos Aires (EUDEBA) Año 1.974.
[1] Guía de Tucumán. Edición Universidad Nacional de Tucumán; 1970. 

 

      

                                              

©  Temakel. Por Esteban Ierardo