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  LA ANDARIEGA Y EL TITIRITERO

Homenaje a Javier Villafañe

 

 

 

Javier Villafañe con Maese Trotamundos en Buenos Aires en 1984

 

 

Por los caminos de arcilla, por Esteban Ierardo

"El títere obedece, pero a veces se sale...", entrevista a Javier Villafañe por Yanina Kinicsberg

El caballo que perdió la cola, cuento de Javier Villafañe

Algunas recomendaciones de obras de Javier Villafañe

 

POR LOS CAMINOS DE ARCILLA

Por Esteban Ierardo

 

 En Necochea, Argentina, en 1962, el mago titiritero con el carro El barrilete, uno de sus teatros ambulantes de marionetas.

 

    Un leve torbellino de polvo va ascendiendo en el camino. Y, dentro de las hilachas polvorientas, lentamente una mano de magia esculpe la carreta de ruedas ágiles, el caballo de crines que danzan con el viento; y el hombre de abigarrada barba alba. Y de la nube polvorosa emerge al fin La Andariega conducida por Javier Villafañe, por el ambulante mago titiritero.

  En 1909, en un barrio de la Ciudad de Buenos Aires, nace Javier Villafañe. El niño pronto conoce los rigores y tristezas de la vida escolar. En cambio, ante el escenario poblado por los títeres halla una voz de luna que salta dentro de sus oídos. Junto con su hermano, asiste con frecuencia a las representaciones del teatro de marionetas que actúa en el Jardín Zoológico de Buenos Aires y que, durante treinta años, dirige Dante S. Verzura. En aquellas funciones adquiere fantástica vida el Fausto y Margarita de Goethe, y otros personajes procedentes de los cuentos, de origen popular, recreados por Andersen, Grimm y Perrault.

   Aquí, el niño Villafañe comienza a respirar las brisas encantadas de los muñecos vivientes. El segundo fósforo que enciende el caldero del amor de Javier por las marionetas es el encuentro con los títeres de La Boca. Estos pesan entre 20 a 30 kilos y son animados por Don Bastián de Terranova y su mujer Doña Carolina Ligotti, descendientes ambos de una antigua familia de marionetas. El niño Villafañe, futuro titiritero feérico, confiesa "el recuerdo imborrable de estos dos pioneros italianos que despertaron en mí la pasión más perdurable por el teatro de muñecos". 

    La hierba dorada del ensueño crece fértil en el pecho del niño Villafañe. En la escuela lo deslumbra ante todo los recreos. A veces, en aquellos intervalos del tedio escolar, alimenta a los pájaros y se detiene largamente en la observación de sus alados movimientos. Es entonces que la voz ronca de un maestro estalla en sus tímpanos: "¡Hay que ser tontos! ¡Mirar los pájaros!" Aquel mismo personaje gris quiere, en un instante especialmente soporífero de la clase, pegarle a Javier con una regla por no prestar la debida atención a las explicaciones. El niño Villafañe no duda entonces en arrojarle un tintero como respuesta a tan amable trato.  

  El aburrimiento de la escuela es luego reemplazado por el llamado al servicio militar obligatorio. En este tiempo, el ya joven Villafañe decide empapar su piel con el sudor creativo de la literatura y la poesía. Su calor de poeta tendrá una primera oportunidad para empezar a trastocar el orden de los anaqueles del mundo. En el cuartel, advierte que muchos de sus compañeros son analfabetos. Propone así a sus superiores enseñarles a leer. Su propuesta es aceptada. Crea entonces la biblioteca de la Base de El Palomar. Al poco andar, Villafañe se sorprende: "¡Cómo leían los muchachos! ¡Se enloquecían con la lectura". 

   El soldado-bibliotecario lee a sus compañeros de armas cuentos y poemas y crea una primera pieza teatral titiritera: Don Juan Farolero, un diálogo entre un caballo, un capitán y un sargento que luego será publicada, en su versión definitiva, en el libro Títeres de La Andariega, en 1936.

    Y cuando el joven poeta Villafañe cumple 24 años, el arcoiris de su destino de poeta andariego se asoma al fin entre una rendija de tiempo: "un día estábamos en el balcón de la casa de mi hermano, Oscar, en la calle Azcuénaga con Juan Pedro Ramos, poeta y amigo, y pasó un carro conducido por un viejo, y sobre el heno que llevaba iba un muchacho mirando el cielo mientras masticaba un pastito largo y amarillo. Pensamos en ese momento con Juan qué hermoso sería poder viajar toda la vida en un carro y que el caballo nos llevara adonde quisiera".

   Es así como surge el primer vislumbre de lo que llevará a Villafañe y sus títeres a los caminos de arcilla...

   Vendiendo sus escasas pertenencias, Villafañe consigue lo suficiente como para comprar una carreta: La Andariega; y su primer impulso animal: la yegua La Guincha. Luego, el 26 de junio de 1933 Javier crea a su compañero emblemático: el títere Maese Trotamundos.

   Por esta época, Villafañe conoce a Federico García Lorca, que se halla de paso por Buenos Aires, y se aboca a los preparativos para un largo viaje con La Andariega. La carreta es alojada en un baldío del barrio de Belgrano. La noticia del fantástico proyecto del poeta titiritero se extiende veloz en el universo culto y artístico de la ciudad bañada por el ancho Río de la Plata.

  En la preparación del teatro ambulante, en los decorados, muñecos, y pinturas, intervienen pintores como Emilio Pettoruri, Mauricio Lasansky, Horacio Butler, Raúl Soldi, Héctor Basaldúa, y Líber Fridman (personaje éste esencial luego en nuestra interpretación del sentido del andar de La Andariega).

  En 1935, ante un público ansioso, se realiza la primera función del teatro ambulante de marionetas de La Andariega. El escenario se extiende en la parte trasera de la carreta. En la noche, se ahuyenta la oscuridad mediante faroles de querosén colgados de las ramas de los árboles. Luego, se inicia el primer viaje. Con La Andariega, Javier Villafane llega a Luján. A la sazón, cuenta con 26 años y comienza a publicar cuentos en el diario La prensa de Buenos Aires. Su pluma plasma cuentos infantiles, historias habitadas por animales, niños y títeres. Así se inicia una larga saga de cuentos para chicos; algunos de su propia imaginación; otros, producto de recopilaciones de miles de cuentos que le fueron narrados por niños durante sus múltiples viajes. Travesías distintas, numerosas, frondosas como las ramas enmarañadas de un árbol serán las del maestro titiritero.     

   Primero recorre largamente las rutas de Argentina. Visita las escuelas. Revela la vida de sus títeres mediante obras protagonizadas por los mágicos actores. Luego le solicita a los niños que encuentren el dibujo que  su imaginación les sugiera para acalorar con colores e imágenes lo que han visto y escuchado.

   En 1958, comparte una gira en la carreta La Berlina con Ariel Bufano, su principal discípulo.

   En una librería de Gualeguaychú, conoce a Carolus Gunge, pintor alemán, ex-combatiente de la primera guerra mundial, que vive en una canoa. Su principal preocupación es alimentar los peces del Río Paraná. Durante un tiempo, Villafañe habita con Gunge la casa-canoa y realiza funciones de títeres para las gentes de las riberas.

   Al recuperar tierra, las ramas del trotar con La Andariega, y luego con otras carretas que protejen en su seno el iridiscente teatro de títeres, se extienden por caminos de Venezuela, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia. Y en Europa:  la ex Unión Soviética, Alemania, Bélgica, Suecia, Finlandia y España.

  En la tierra de los antiguos Reyes Católicos se cristaliza uno de sus viajes más singulares. Con un carromato de fines del 1700, y junto a un par de mulas, sigue las huellas del Rocinante de Don Quijote a lo largo de la Mancha. Y en plazas, calles, escuelas, atrios de iglesia, siempre desnuda la vida y fantasía de Maese Trotamundos y otros de sus compañeros. 

   En 1984, luego de diecisiete años de ausencia, regresa a la Argentina. En su patria, crea nuevos libros de cuentos: El caballo celoso, y obras titiriteras inéditas: El vendedor de globos y El panadero y el diablo. Y los viajes continúan después por Marruecos, Grecia y Turquía. Regresa una vez más al país de las vastas llanuras del gaucho. En sus últimos días palpita junto a plantas y títeres de una casa en Buenos Aires. Pero la quietud del mago titiritero sólo es aparente. Porque, cada nueva exhalación de sus pulmones es un regreso al continuo andar por los caminos de arcilla...

  El andar por los caminos de arcilla

   En 1940, Villafañe se encuentra con el pintor Líber Fridman. Juntos, durante tres años, realizan numerosos viajes a Misiones, Paraguay y Brasil. El viaje que comparten "era hermoso y lo hacíamos con mucha lentitud; buscábamos el trópico, nos atraía sobremanera el litoral. A mí por lo exuberante y agresivo, por el colorido, que me daba muchos elementos para mis creaciones; a Líber, que era pintor, le llenaba los ojos, las manos, el alma de imágenes, de color, de ritmo".

  Luego se separan. Pero una íntima identidad espiritual mantendrá ligada la vibración de sus historias creadoras. Villafañe recuerda después que Líber "es mi hermano hecho de la fragua de la vida"; y "él fue mi compañero más constante". 

   En su pictórica, Líber desarrolla una poética americana inspirada en motivos andinos. En sus obras suelen vivir personajes de atuendos o rasgos indígenas, junto a seres aéreos a la manera de Marc Chagall. En su pintura refulge la mística precolombina de lo ascensional y la intuición de la omnipresencia de una fuerza divina. Una de sus obras se titula "Y los mitos se hicieron presentes en la arcilla".

 

Y los mitos se hicieron presentes en la arcilla, 1982; óleo s/tela de Líber Fridman

   Desde un escondrijo secreto esta imagen del entrañable compañero  de viaje del mago titiritero, quizá exprese algo del sentido hondo del andar de La Andariega. En el lienzo de Fridman el indio andino abraza la arcilla. El abrazar es un proteger y, a la vez, un saludar y celebrar lo que en lo abrazado se manifiesta o irrumpe. Dentro de la arcilla protegida  y celebrada borbotean imágenes de seres ancestrales. Son las siluetas de protagonistas de míticas historias que eclosionan desde una realidad sutil donde los dioses existen; las piedras y las montañas son capaces de volar, o los bosques hunden sus raíces en el cielo. El mito narra un mundo que late antes o con independencia de cualquier mirada humana. Narra el origen y la realidad donde bullen ráfagas y susurros de una vida siempre creadora; siempre deviene allí un aire donde bailan nuevas flores de existencia, nuevos relatos sobre los dioses o el mundo, nuevos reflejos del cielo.

  A este universo atravesado por el mito y lo creador lo llamaremos Comarca de Fantasía o el Mundo de la Inicial Magia Creadora.

  En la pintura de Líber, la Comarca de Fantasía es gobernada por el pájaro que, con sus vivaces alas desplegadas, se alza tras el indio que abraza la arcilla. El pájaro es la fuerza alada capaz de volar gozosamente dentro del mundo donde con el aire se mueve un continuo hervor creador.  

  ¿Pero cómo puede mostrarse a los humanos el aire y las figuras radiantes de la realidad de la creación continua, del Mundo Inicial de la Magia Creadora?

   Para que todo aquello se muestre, es necesario algo que retenga lo mostrado. La arcilla es lo que retiene; la arcilla es la tierra de arena donde la vida como mar creador anuncia sus formas y poderes. 

   La arcilla es la materia con la amable tersura de lo maleable, es blandura húmeda, dispuesta a acoger, retener y regalar permanencia a nuevas formas. Por la potencia alquímica o transformadora de la arcilla la brisa de vida que se mueve en el espíritu, o en una dimensión mítica y honda de la realidad, se manifiesta en el mundo de los días humanos y adquiere un rostro de tiempo. 

    Los mitos se hacen presentes así en la arcilla.

   Y para manipular la arcilla, que es receptiva a la afloración del río de la creación constante, hay que ser mago, poeta, alquimista, o un sujeto que venera y se asombra. Distintas variantes de la sensibilidad humana que se comunican con el perdido Mundo de la Inicial Magia Creadora.

  Para manipular, llevar y abrazar la sustancia arcillosa, hay que ser, por ejemplo, un mago titiritero capaz de andar por caminos de arcilla...

  En cada uno de sus viajes, el compañero de Maese Trotamundos lleva la arcilla de la mágica y receptiva blandura. Las marionetas que irradian movimientos en el ambulante teatro de títeres son los primeros orfebres de la arcilla. Los muñecos vivientes escuchan con naturalidad la música de la Magia Creadora. Cada uno de sus gestos, hacen presentes en la arcilla algo del hechizo y vitalidad continua del Mundo de la Magia Creadora.

  Y el maestro titiritero lleva también la arcilla, generosa y maleable, de húmeda frescura, a los niños, los otros mensajeros de la Comarca de Fantasía, de la realidad del hálito creador sin fin. En los arcillosos altares que el mago de los títeres despliega en las escuelas, los niños escriben con letras de arcilla las historias que escucharon de labios humanos o del pájaro guardián del Mundo de la Magia Creadora. En la arcilla llevada por el poeta andariego, los niños también escriben cartas o poemas sobre las funciones de títeres presenciadas. Y, asimismo, urden colmenas de líneas y colores. Dibujos. Dibujos con los que expresan otras briznas de la realidad de la continua y olvidada creación.

  El niño es capaz de concentrar el universo mágico de la Comarca de Fantasía en un puñado de espacio. En 1985, Villafañe obtiene el Premio Austral infantil, con su libro La vuelta al mundo. Santiago, el protagonista del cuento, sale a dar una vuelta alrededor del mundo con un triciclo. Invita a los animales a que lo acompañen. La vasta caravana animal se detiene cuando el niño anuncia: "Hemos dado la vuelta al mundo". Allí se despiden y Santiago regresa a su casa. Había dado sólo una vuelta a la manzana.  Sin dejar de habitar su diminuto rincón de espacio, el niño puede convocar a la vida distinta y misteriosa de todos los animales del orbe, de todos los seres que viven y entienden el Mundo de la Magia Creadora custodiado por el pájaro de los vuelos altivos.

   El niño posee a su vez la llave para invertir la legalidad habitual de las cosas. En términos lógicos, la causa precede al efecto. Pero, en la mente infantil, mediante los efectos podemos regresar al reino de la magia gobernada por las aves. Así, Villafañe recuerda que, una vez, en "un día de lluvia, dos chicos jugaban dentro de una casa de campo. Se habían llevado tierra en una caja y plumas. Les pregunté: ¨¿Qué hacen?¨ Y me contestaron: ¨Plantamos plumas para que crezcan pájaros¨. Lo sentí tan mío que lo usé más adelante en un libro de poemas".

   Plantar el efecto, plantar plumas para que crezcan pájaros. Apelación infantil al versátil plumaje del ave, para que éste, mediante una mágica germinación, cree el completo pájaro ausente. Un ser alado parecido, tal vez, al que vuela en los cielos del Mundo de la Magia Creadora.

   Y la Comarca de Fantasía que los niños hacen presente en la arcilla, es también un fluir creador sin puntos de detención o descanso. En la realidad como Magia Creadora, todo se integra y entrelaza sin gramáticas divisorias. Allí la creación es todo y, a su vez, no es de nadie en particular. Así, Villafañe explicaba que "en un libro de poesía, Cuentohistoriapoema...he eliminado las comillas. Cito versículos de la Biblia, textos del Popol Vuh, versos de Discépolo, de Tomas Elliot, todo unido y sin comillas. El lector podrá jugar reconociéndolos".

  Pero para llevar la arcilla hasta el niño y la marioneta, es necesario primero cruzar el tiempo. Y esto lo asegura la inscripción del carro, de La Andariega, de las ruedas que se mueven y avanzan: "Rumbo al norte, sin descanso, cruza el tiempo La Andariega".

     En este cruzar el tiempo hacia la realidad siempre creadora, el animal es compañero y guía. Así acompañan los animales a Santiago en su vuelta al mundo; así, los sucesivos caballos que impulsaron a La Andariega, u otros carros que albergan el teatro de títeres, acompañan al maestro titiritero. Para muchas tradiciones míticas, el animal es psicopompo, guía del alma hacia  el más allá, hacia el otro mundo. El animal regala su fuerza y calor para que el poeta andariego y titiritero atraviese el tiempo y lleve la arcilla hasta el niño y el títere. 

  Y los caminos se convierten entonces en caminos de arcilla. La arcilla donde se hace presente el incansable milagro creador. (*)

(*) Todas las citas pertenecen a:  Javier Villafañe. Antología. Obras y recopilaciones. (Biografía y selección literaria Pablo Medina; ilustraciones y guardas Nicolás Rubió), Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1990.

 

"EL TÍTERE OBEDECE, PERO A VECES SE SALE...", entrevista a Javier Villafañe por Yanina Kinicsberg (*)

 

   Izquierda: Javier empieza a vestirse de teatro, en el Teatro Cervantes, en 1988; derecha: ya vestido de teatro, el mago titiritero representa "El panadero y el diablo"

 

   Javier Villafañe presentó la semana pasada Historiacuentopoema, "un libro de viajero". A los 82 años, el escritor, poeta y titiritero no deja de crear y tener planes, "me gusta hacer lo que tengo ganas, sin hacer cálculos", asegura. Vive en su casa del barrio de Almagro, con su octava mujer y dos sapos que comparten el jardín. Villafañe, el vagabundo, recorrió todo el mun-do sobre una carreta, La Andariega, mientras presentaba a sus amigos los títeres y recogía historias para contar. Amante del buen vino, el mate y las medialunas, de barba blanca y voz pausada, el autor, declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires, confiesa que sus ojos celestes están gastados. Aunque aclara: "Pero me quedan otros con los que veo más lejos".

¿Qué siente cuando se acusa a los políticos de actuar como títeres?

-Una vez le escribí una carta a Alfredo Palacios, que en ese momento era rector de la Universidad de La Plata, socialista, romántico, un tipo extraordinario. La carta era porque él había insultado a un conservador de que estaba actuando como un títere porque obedecía. Yo le decía que equivocaba terriblemente el término porque no se podía utilizar la palabra títere como una expresión peyorativa, denigrante, sino que significaba dignidad y que compararlo con un hombre iba en beneficio de ese hombre. El títere obedece pero a veces no, a veces se sale.

-¿Cuál es su relación con los títeres?

-Yo les he hecho muchos reportajes a los títeres. Me han hablado, o al menos yo les hago preguntas y si uno pregunta es porque tiene la certeza absoluta de que hay eco. A veces los espío adentro de la maleta. Cada títere no puede dejar de ser el personaje que es, no como pasa con los actores de carne y hueso. Siempre trato de agarrar a María y Juan, que son dos títeres enamo-rados, haciendo el amor, y aunque todavía no los pesqué, estoy seguro de que lo hacen.

-El libro Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote es una selección de sus reportajes con los títeres, ¿qué descubrió de su primer títere, Trota-mundos?

-Trotamundos es un personaje muy particular, a veces un poco intelectual, tanto como loes el personaje del diablo. El diablo no deja de recordar que fue un ángel y el primer revolucionario; repite siempre que si aquella vez él hubiera ganado, entonces sería Dios y Dios sería el diablo. Trotamundos está un poco disconforme porque toda su vida fue un querer viajar y yo -titiritero vagabundo- no he viajado. Viajar para Trotamundos es irse y no volver al punto de partida.

-¿Por qué siempre insiste en que es vagabundo?

-Vagabundo es el que anda, el que camina. Da la sensación de uno que no hace nada, o que camina por caminar, pero el vagabundo es el que va por los caminos y no sabemos qué pasa adentro de él, cuál es el motivo de esa huida. A lo mejor huye de sí mismo. O existe el vagabundo que da la vuelta a la manzana todos los días. O aquel que se va y anda y no sabe que es vagabundo. Todos lo son.

-¿En qué cree?

-Sigo creyendo en el amor, en la unión. Se comprueba que el hombre no quiere compartir las cosas, quiere el árbol propio, el perro propio, la pared propia, y uno debería querer a un árbol porque es árbol y no porque sea de uno. Ese árbol -señala uno del patio- es mío pero también es tuyo.

-Eso se relaciona con la idea que usó en el libro Historia-cuantopoema de no poner comi-llas cuando cita textos...

-Cuando leés algo que te impresiona y lo repetís y lo repetís, y eso te impresionó tanto, ya es tuyo. Porque el que lo escribió lo sacó de algo que para él fue impactante y lo comunica tan bien que te lo da a vos como una cosa tuya. La labor de uno es ir escuchando cosas, soy como una gran oreja, pero nada es de nadie, las palabras andan por el aire y hay que tender una mano, tomarlas y pasarlas a máquina; las comillas son la cárcel de las palabras.

-¿El escribir sobre un lugar o una situación le surge de la memoria o de la imaginación?

-A veces conozco después de haber escrito. Pero en general las conozco y no las conozco. Por ejemplo, en el secundario yo siempre contaba a mis amigos sobre la relación que había tenido con un capitán de barco; era mentira, pero ellos se entretenían con la historia. Y una vez conocí a un capitán que me invitó a hacer un viaje largo, y lo hice. Miraba el mar, leía. Lo increíble era que el capitán de barco, imaginado en cuentos, apareció en la realidad.

-Leí que una vez iba en barco y le tiró a las sirenas su reloj, documentos y pasaporte, ¿cree en las sirenas?

-Por supuesto. ¿Vos no? Quería sorprenderlas con el reloj, pero ya lo conocían y no se asustaron del tiempo. Pero a las sirenas las conocí mucho antes... en una Ilíada y una Odisea contadas por mi madre.

-En esa Navidad en la que viajaba de Gualeguaychú a Paysandú sobre una canoa y se dio vuelta por la tormenta, pasó toda la noche en una boya y al día siguiente salió publicado en los diarios que había muerto, ¿qué sintió?

-Me asusté mucho, es que uno le cree a los diarios. Mis amigos me miraban y creían que era un fantasma o una aparición.

-¿Qué cosas tienen magia?

-¡Hay tantas cosas con magia! Afortunadamente sigue viviendo conmigo ese ser que tiene la fortuna de asombrarse. Una vez yo pensaba sobre lo que es el asombro. Sólo basta con asombrarse de poder asombrarse; parece una paradoja pero no lo es. Mucha gente pone paredes, redes, para no asombrase, como si el asombro nos apartara un poco de la realidad; esa gente que cree que la realidad no es el asombro, esa no entra adentro de él. Si cuando vas a poner la cabeza en la almohada antes de dormir hacés un recuento de lo que ocurrió en el día, las cosas que prevalecen, las que recordás con más entusiasmo son las que no te imaginabas que iban a pasar. Y no sólo para el tipo que camina por la calle buscando cosas, sino también para el que está todo el día en su casa. A veces hay días tan huecos que querés recordarlos y no podés.

El hombre que engañaba a la muerte

"Una vez descubrí que vivía un poco engañando a la muerte. Estaba yo con mucha fiebre, una pulmonía tremenda, un estado moribundoso, ya en las últimas. Un médico amigo venía a verme tres, cuatro y hasta cinco veces por día. Una tarde le grité al oído: Estoy bien, además tengo que firmar un contrato para unos espectáculos dentro de tres años, tengo que hacer... Empecé a enumerar cosas y el tiempo que me iban a llevar, tres, cinco y diez años. El médico pensó que estaba sordo por cómo levantaba la voz. Cuando se iba le di un abrazo y le dije al oído, en voz baja: Vos sabés que la muerte está detrás de todas las paredes, las puertas y es muy probable que esté aquí también. Entonces cuando escuche que este caballero de la tercera edad tiene planes y libros para hacer y que va a tardar un montón de años, la muerte va a pensar: « ¿Cómo lo voy a llevar? Hay tanto joven con ganas de suicidarse, hay tanta gente que no tiene planes», que decide: ¡vamos a dejarlo! Cuando el médico se fue, me dio la mano y había bajado la fiebre." Javier Villafañe cumplirá 83 años el 24 de junio. 

(*) Fuente: Entrevista de Yanina Kinicsberg editada originalmente en revista La Maga, Ciudad de Buenos Aires, EL 20 del 5 de 1992.

 

EL CABALLO QUE PERDIO LA COLA, por Javier Villafañe


  
Esta es la historia de un caballo que perdió la cola. Era un caballo blanco con una larga cola blanca. Un día, al cruzar un arroyo, vio en el agua su belfo mojado, sus orejas puntiagudas, sus cuatro patas, y no vio su cola. Entonces, se detuvo; miró hacia atrás, y la cola no estaba.
  -¿Dónde olvidé mi cola? -se preguntó el caballo blanco.

   Retrocedió. Fue a buscar la cola. La buscó entre unos tréboles; después fue a buscarla donde había comido flores de cardo. Reconoció sus huellas, y a cola no estaba.

   Y volvió a preguntarse:
   -¿Con qué espanto las moscas en verano?

   Y agregó:
 -Quizás la olvidé en el agua.

   Regresó al arroyo. Miró hacia el fondo, abajo. Vio unas piedras limpias; vio pasar el agua; vio raíces, unos troncos; vio unos peces, un botón; vio un pez largo, delgado, y la cola no estaba.

  -Estuve ... -trató de recordar-. ¿Dónde estuve? Recuerdo que esta mañana al despertar tenía mi cola. Recuerdo -añadió- que tenía también mi cabeza, mi cuello, mi lomo. Y había un perfume a yerbabuena. Después...

   (La pampa es larga, ancha. Ni el cielo la limita, ni unos postes con alambres de púa. El ojo ve donde se juntan cielo y tierra; pero la pampa va más lejos. Siempre hay un pájaro, una nube, un molino, un hombre caminando que no llega.)

   -Quizás -se dijo el caballo- nunca tuve cola. Quizás llevaba atrás la rama de un árbol, la rama de un sauce.

   Se puso triste. Lloró unas lágrimas redondas, espesas. Y se tendió en la hierba sollozando.
   -Un caballo sin cola no es nada-dijo.
   Y se quedó dormido.
   Esa noche soñó el caballo blanco. ¡Chas! ¡Chas! ¡Chas! Sus patas en el agua. ¡Chas! ¡Chas! ¡Chas! Su cola en el agua.
   Y vio en un trebolar su cola alta y su cabeza abajo, su belfo abajo, sus dientes masticando. Y vio entre los cardos su cola arriba, alta, y sus dientes mordiendo espinas, tronchando tallos que crujían, y el belfo a ras de tierra.
    Y vio el campo que se abría como un abanico. Y él sintiendo unas espuelas, un látigo, unas riendas, un hombre, y atrás su cola en el viento que lo iba llevando por una luz altísima.
   Y vio en el sueño su cola enorme, su cola de caballo bajo la lluvia. Su cola y un hombre arriba, sudando, con un mensaje entre la camisa y el pecho.
   Y vio en el sueño su larga cola mansa, y un hombre silbando que lo llevaba lentamente, y un llegar donde hay fuego, y donde una voz canta y suena una guitarra.

   Y vio en el sueño su cola luminosa, inmensa, colgada entre un árbol y la luna, y él subía detrás, buscándola.
   Al día siguiente despertó el caballo blanco y se preguntó:
   -¿Cómo puede caber en un sueño una cola tan larga?

   Miró hacia atrás y...

   (Señoras, caballeros, niños; hay que darle fin al cuento. Tengo un papel, una lapicera; puedo escribir -éste es mi oficio-: "Al despertar, el caballo blanco no tenía cola; la había perdido entre unos tréboles; fue a buscarla, y no la encontró". O bien, escribir: "Al despertar, el caballo blanco encontró su cola; se le había perdido y la halló al pie de un cardo, o a la orilla del agua, y fue feliz").
    (Le ponemos la cola; es mejor. Pero no esa cola inmensa, luminosa como la de un cometa, que llegaba desde la copa de un árbol a la luna. No, le ponemos una cola razonable y útil; la cola de un caballo, y puede ser larga, puede llegarle hasta la corva o más abajo, a los garrones. Una cola que a moje la lluvia, que se llene de abrojos o que a veces se le enreden esos hilos sedosos de una flor de sapo o algunas mariposas muertas o la baba del diablo. Una cola que pueda espantarle las moscas en verano

   (Además, ¿quién ha visto un caballo sin cola?) (*)

 (*) Fuente: Javier Villafañe, "El caballo que perdió la cola", en Los sueños del sapo, Hachette, Buenos Aires, 1963.

 

ALGUNAS RECOMENDACIONES DE OBRAS DE JAVIER VILLAFAÑE:

-Títeres de La Andariega, Edición Asociación Ameghino, Buenos Aires, 1936.

-Teatro de Títeres, obras que presentó en el tablado de La Andariega por pueblos y ciudades para diversión de los niños. Ed, Tiritrimundo, Buenos Aires, 1943.

-El gallo Pinto, canciones ilustradas por niños argentinos, Edit, Universidad Nacianal de La Plata, La Plata, 1944.

-Los sueños del sapo, cuentos y leyendas ilustrados por niños, Edit, Hachette, Buenos Aires, 1963.

-Cuentos con pájaros, Ed Hachette, Buenos Aires, 1979.

-La vuelta al mundo, ilustraciones de Juan Ramos Alonso, Espasa Calpe, Madrid, 1986.

-Los cuentos que me contaron por el camino de Don Quijote, Edit. Alfadil LAIA, Caracas, Venezuela, 1987.  

 

Javier Villafañe, poeta y mago titiritero

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo