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  KOEK KOEK: LA LUZ ENTRE LAS SOMBRA

 

                                                                                    Presentación por  Andrés Manrique

 

Este espacio de Temakel reverbera entre los destellos de un genio de la pintura, de un artista insobornable que desdeñó las fórmulas seguras.  De uno de esos superhombres que acompañó con su vida, en la medida que pudo, la desmesura de su harte (como lo escribiera Cortázar) y que eligió nuestra tierra para vivir sus aventuras.  

Riqueza, muerte y pobreza giraron en torno de Stephen Robert Koek Koek, pintor y poeta de principios de siglo. Los excepcionales ribetes de su vida abarcaron desde la extravagante bohemia hasta la demencia. Su intimidad quedó entre las sombras, quizás replegada bajo una toga, sumergida en aguas de alguna marina holandesa o tras algún altar que fraguó en su pintura. Sin embargo, sus más de 4000 óleos se difundieron por el mundo entero.

Gran parte de sus cuadros, como arrebatos de luz, incendian las atmósferas oscuras y brumosas que surgen de su compulsiva creatividad (a la izquierda, puede verse su paleta salpicada con sus pinceladas). No se sabe de que haya realizado ningún estudio oficial. Tal vez  no lo necesitara, ya que por sus venas corría el pasado de 14 generaciones de pintores destacados en Holanda. Tal vez, también, porque en su vida rezumara la luz y el color.    

La exuberante vitalidad lo arrojaba sobre los lienzos hasta que no le quedaba tela para pintar. Entonces, imparable, destrozaba los muebles que lo rodearan, y, sobre la puerta de un ropero o en el cabezal de la cama seguía batiendo el pincel con el que resucitaba a la madera muerta. Decía: “Yo avancé siempre con mi profunda ensoñación de artista dominado por la excelsitud de la emoción, del color, de ese tesoro adorable que es la luz.” Y ya tarde, al borde del agotamiento, dejaba de empuñar sus pinceles para transmitir su yo más íntimo, inspirado por palabras de alado vuelo, como podemos ver en estas líneas que dejó:

El hombre del destino:
Con soberbia y arrogancia,
mis pinceles magistrales
dejan huellas en el suelo,
de mis pasos inmortales.

Así, los dejamos frente al artista que vivió y obró de acuerdo con la estrofa -de Rubén Darío- que citaba cuando le preguntaban sobre el arte.

“Y la vida es misterio; y la luz ciega, y la verdad, inaccesible, asombra.

La adusta perfección jamás se entrega y el secreto ideal duerme en la sombra.”

                     ( Todas las imágenes pueden ser ampliadas mediante un clik )

 

 

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ESCUETA BIOGRAFÍA DE KOEK KOEK

Nació en Londres, en 1887. Su padre fue el pintor holandés Hermanus Junior Koek Koek, quien acostumbraba firmar sus obras con el seudónimo J. Van Couver y se había radicado desde 1869 en dicha capital.

Los primeros pincelazos conocidos de Koekkoek, (fusión del apellido que realiza el inglés en la Argentina) son a sus catorce años.

En 1910, llega con su familia a Lima y comienza su nomadismo. Desde ahí a Chile, donde pide un permiso para recorrer, armado, el sur de ese país y la Patagonia Argentina. Se casa con una mujer argentina y al año siguiente tiene un hijo. Al poco tiempo desaparece su familia: la mujer y el bebé.

Para 1916, lo encontramos de nuevo en Chile, donde conoce a Carlos Orero, quien será su mejor amigo y "marchand" personal. En Bahía Blanca Orero le organiza una exposición exitosa. 

La carrera de exposiciones, producción pictórica desmesurada, mechada con escándalos, comienza.

En 1919 Orero organiza otra exposición en una galería de la Avenida Corrientes de Buenos Aires. Julio Navarro Monzó,  crítico de renombre del diario La Nación lo enaltece. La crítica lo aplaude y pega el salto a la fama.

Durante esos años realiza varias exposiciones y en 1922, enamorado de una uruguaya, abandona el proyecto de viajar a Estados Unidos. En Montevideo, en menos de un mes, realiza treinta y cinco telas que, con los auspicios de Pedro Figari, expone en Galena Moretti.

Termina su romance oriental y viaja para exponer en Lima ochenta obras en el sótano del Palais Concert que tienen que acondicionar especialmente para que entrara la muestra. Vuelve a Buenos Aires y se instala en un departamento de la Av. Córdoba 850, que será la segunda y última casa en la Argentina, ya que el resto de su vida, deambula por pensiones y hoteles.

En 1923 remata ciento cincuenta y ocho cuadros en el Banco Municipal de la Ciudad de Buenos Aires y en junio realiza una exposición en Río de Janeiro.

Al año siguiente, sus prelados, marinas, costas y barcos recorren el interior: Paraná, Córdoba, Salta, Rosario, 25 de Mayo y Chivilicoy.

Por su fama, el gobierno le encarga un cuadro para regalarle al Príncipe de Gales, que visitaría el país al año siguiente. La pintura que originalmente le había destinada al Príncipe, Koekkoek la vendió unos días antes de que Ilegara porque todavía no se la habían abonado. Por lo tanto, se cree que "Veleros en Sol de Mayo", el óleo que fascinó al noble, fue realizada doce horas antes de que llegara, luego de que le pagaran los diez mil pesos que le habían prometido.

En 1925, pasa seis meses pintando en el campo de su amigo Navarro Lobeira, en Chivilcoy. Se organiza una exposición de sus obras y como ahí no había aún galerías, se le presta una de las aulas del Colegio Nacional para que la realice. Un señor se interesa en una y la adquiere por ochocientos pesos, el destino de la obra no es conocido, pero sí su comprador: el entonces capitán Juan D. Perón.

Un amanecer de 1926, es detenido por la policía en la Plaza Lavalle. Koek koek está borracho y drogado con morfina. Lo internan en el Hospicio de las Mercedes (hoy Hospital Borda) y cuando Orero se entera, lo visita y logra una autorización para que lo dejen pintar durante su internación. Los doctores que lo atienden compran sus obras. Koekkoek tiene delirios megalómanos y creyendo que es Napoleón le otorga distintos cargos militares a los enfermeros y doctores. Gracias a él, algunos llegan a Mariscales.

Luego del esplendor, la cuesta abajo comienza. La mayor parte de las obras de ese período, después de la internación, las realiza sobre tablas y tablones arrancados de los muebles y puertas de las distintas pensiones.

En 1927, su amigo Estanislao De Urraza, le organiza una exposición en La Plata.

Dos años después, una exposición cargada de misticismo recorre las salas de la Cooperativa Artística. El pintor se aloja en una pensión de la recova de Once, frente a plaza Miserere, en la que el dueño usa el patio para colgar los enormes cuadros que acopia en calidad de pago por los alquileres vencidos.

Luego de exponer en Bahía Blanca, en “Ungaro y Bárbara”, en 1933 se radica en Rosario. Emprende numerosas actividades y comienza a escribir una obra de teatro -inconclusa- con su amigo Parravicini.

Al año siguiente, desde Montevideo, viaja a Chile.

El 20 de diciembre muere en una pieza de hotel. Corren rumores de que es asesinado, pero jamás se confirman porque Alessandri, presidente chileno y viejo amigo suyo, se interesa en esclarecer su muerte. Los médicos diagnostican un paro cardíaco, producto de una mezcla de alcohol con barbitúricos.

 

TORMENT

                                                                        Por Andrés Manrique

   ¿En cuál de las tormentas se habrán perdido su mujer e hijo? ¿Qué tormenta se llevaría a su mejor amigo? El 6 de marzo de 1918, Koek Koek volvía a su casa en Banfield, después de una noche de fiesta, saturado de alcohol y tabaco. En ésta, la única casa que compró en Buenos Aires, albergó a Jorge Escobar Uribe, un poeta colombiano que había conocido cinco años atrás (1913) en la ciudad de Valparaíso, en Chile. -Aquí tienes una habitación y árboles -le dijo Koek Koek.Un mismo espíritu rebelde, nómade e indoblegable parece haberlos guiado al poeta como al pintor y el paralelo entre la vida de ambos, justifica pasar, aunque sea sintéticamente, por la vida de su amigo. El poeta, conocido por el seudónimo de Claudio de Alas, después de haber actuado en las luchas civiles de Colombia, deambuló por Ecuador, Perú y Chile. En Santiago vivió 10 años de diversas amistades y sin ganar lo necesario contó con el apoyo de las personas que lo admiraban y lo querían. Allí, hizo trabajo de periodista para comer y escribió versos para poder hacer periodismo a su manera. De espíritu inquieto, seducido por una Buenos Aires floreciente, cruzó a la Argentina, con la idea de que triunfar ahí, sería la gloria más grande a la que podía aspirar. Sin embargo, al llegar, sólo encontró puertas cerradas y derrotas. Un día, ya sin ilusiones, hablando con Juan José de Soiza Reilly, le dijo: "¡Cómo! (...) ¿Este es el periodismo millonario del Río de la Plata? Pero, entonces, el público y toda América viven engañados. Ven grandes palacios y creen que dentro debe haber millonarios. ¡Qué error! Sólo hay pobres lacayos, víctimas del estómago." Meses más tarde, luego de frustrados intentos en periódicos y revistas, quedó a la intemperie, espiritual y físicamente. Durmió como un vagabundo en los bancos de todas las plazas y vivía en la más desamparada miseria cuando Koek Koek lo encontró errando por la calle Florida. En principio, la dignidad del poeta no le permitió recibir ayuda, hasta que Koek Koek le pidió que cuidara, en su ausencia, al perro galgo que había comprado en cuotas aún no saldadas. Sólo bajo esas condiciones aceptó.-Aquí tienes una habitación y árboles -le dijo el pintor-. Vivirás acá hasta que encuentres quien te pague mejor. Los meses pasaron y mientras el pintor exponía con éxito, Claudio escribía, soñaba y leía acompañado por el galgo que lo seguía como una sombra. El 5 de marzo, Koek Koek lo invitó a festejar el éxito que en el diario "El Día" habían anticipado a la inauguración de la exposición en Montevideo. En la nota del 17 de enero decía: "El público montevideano (...) advertirá en la exposición que se inaugurará en la casa Moretti, Catelli y Mazzuchelli, óleos que expresan un temperamento vibrante, de luchador afortunado, y un talento que se ha afirmado en plena juventud y promete llegar en breve a la cumbre reservada para los maestros." La crítica de “El Día” no se equivocó. Fue un éxito rotundo en ventas, y en los primeros días, los treinta lienzos expuestos fueron vendidos. Sin embargo, Claudio no quiso desplegar las alas y decidió quedarse en compañía del perro.         Aprovechando la soledad del atardecer, se encerró en su habitación para llorar sobre los versos desparramados. Después, abandonó la traducción del teatro de Oscar Wilde y rasgó tres cartas con su pluma. Las metió en sobres, dejó la habitación y salió al jardín seguido por el perro. Apoyó una almohada bajo el laurel junto al tronco. Se sentó, miró al animal y, tal vez temeroso de encontrar allá la misma soledad que en la tierra, adivinó en él deseos de acompañarlo. El perro, sumiso, se echa a su lado, brindando la frente al holocausto. Claudio empuña el revólver. El perro lo mira, Claudio a él. Frente a frente. Claudio apoya el metal en medio de los ojos de su amigo y el percutor revienta la primera carga. Los vecinos que oyeron las dos detonaciones declararon no haber oído ni un lamento. El perro, sin un ladrido, cae de lado. Muerto. No ha sufrido. Solo, reacomoda la almohada, se apoltrona y apunta al medio de su frente, en el mismo lugar por dónde la vida se le ha ido al perro. La descarga le abre la cabeza. Koek Koek vuelve tambaleante a su casa, la noche pesa con todo el exceso sobre él y la aurora delinea el mundo reblandecido que se cuela dentro suyo. Se detiene y mira el cielo, lo inquiere, se ciega mirando el color profuso. Poco a poco, las diversas tonalidades van a hacerse más escasas. Troca todo al borravino mientras el sol se despereza. La luz está plena en el mundo cuando Koek Koek entra al jardín y encuentra a sus amigos muertos; suicidados por la sociedad, como dijera Antonin Artaud de otro gran pintor
   Tres cartas yacen sobre el escritorio. Una, dirigida a su hermano Alfredo Escobar Uribe; otra, a un amigo y Koek Koek lee la suya:
Stephem Roberto Koek-Koek: 
   ¡¡¡Salud, hermano único de mi corazón y mi cerebro!!! Es demasiado asquerosa la Vida para que pueda seguirla sufriendo..... Mi patria está en los astros. Oscar Wilde me ha de recibir en el azur..... Siento en el alma no dejar concluido mi último libro. Me anticipo a mi destino, porque estoy en su casa; es decir, sabiendo que usted cumplirá lo siguiente: buscar a Juan José de Soiza Reilly y a mi hermano de padre y madre, Alfredo Escobar Uribe, y con los dos (imponiéndolo usted, el único hombre igual a mí), quemar mi cadáver a la orilla del mar.... A nadie más que a mi hermano comunicarle que una mujer también se ha muerto en Chile y por su propia mano. En fin, yo no quiero hoy a nadie, porque no he hallado a nadie digno de mi cariño. Pero usted es mi hermano querido en arte. CLAUDIO DE ALAS  A su hermano, en cambio, le escribe demandante, despojado de sentimiento y en forma telegráfica: A mi hermano Alfredo Escobar Uribe: Yo te mando, yo, un muerto, te mando obedecer a Koek Koek, el único hermano mío. Y te digo adiós. A Juan José de Soiza Reilly pídele que lea todos mis papeles inéditos y que con ellos haga un libro, que lo llame así: "El cansancio de Claudio de Alas". Quiero que se me queme. ¿Para qué más putrefacción? Primero mato al perro de Koek Koek, mi amado amigo. ¡Pobre! También está cansado y su alma me acompañará. Quise morir fuera de Chile, y eso es todo. Quiero dormir. Tu hermano. 1918 años. Buenos Aires, marzo. Por último, despide a otro amigo, y con la intención de escribir largamente, toma un amplio pliego de papel, pero la urgencia por llegar pronto apresura su pluma en una esquela de dos oraciones: A Tomás Gabriel Chazal Santiago (Chile) Llegó la hora. Como usted, un predestinado. CLAUDIO DE ALAS. 1918      
   Una vez que hubo leído su carta, Koek Koek deambuló por Banfield antes de contactar a los otros destinatarios. Caminó la mañana calurosa, lleno de humo y cansancio y volvió a su casa al mediodía. Encerrado, más solo que nunca, sacudió sus lienzos con brumas y sombras. Pintó y pintó hasta que la criada llegó e hizo público el desastre. El humo de la cremación no se estaba aún disperso, cuando los periódicos se hicieron eco de la muerte del poeta. "La Defensa Nacional", en homenaje, le encargó una nota a Juan José de Soiza Reilly. Por él nos llegan palabras del pintor y nos cuenta que cuando meditaba sobre las posibles causas del suicidio, Koek Koek llamó a su puerta y le dijo: -Vengo a suministrarle algunos datos sobre Claudio. Sé que estudia usted los papeles inéditos de mi amigo para encontrar el móvil de su muerte. No analice usted más... -¡Cómo! -respondió admirado el encargado de la nota mientras el pintor agregaba hiératico, con la intención de asegurar, por lo menos, la justicia póstuma a su amigo.-He leído todo cuanto se ha escrito sobre la muerte de Claudio. Casi todos afirman que se ha matado desesperado al no lograr imponerse en Buenos Aires. Pues bien -enfatizó-, ¡eso es mentira! Claudio se mató en Buenos Aires como hubiera podido matarse en Calcuta o en Tokio. Yo lo conocía bien adentro, Claudio sentía por el mundo tal desprecio que no era hombre para acobardarse ante un obstáculo. Había vencido ya tantos inconvenientes que uno más ya no podría intimidarlo.-¿Entonces? -respondió sin entender Soiza Reilly. -¡Entonces! -tronó el pintor- ¿Sabe usted por qué se mató Claudio? -que entre sollozos volvía a clavar el verbo-, se mató sencillamente porque sabía mucho. Sabía demasiado... Se mató porque su cerebro había profundizado de tal modo la vida y poseía tan hondos conocimientos psicológicos, que se aislaba de la multitud para no hacer notar su diferencia de estatura... Vivía muy por encima de las gentes. Vivía en los libros... Y se mató porque le faltó el carácter que le era menester para soportar lo que sabía... Cuando por el contacto de los libros o por el contacto de los hombres, se sabe más de lo que nos exige el apetito, entonces para poder vivir en paz, hay que forjarse un carácter de hierro, que no se doble de aburrimiento ni de esplín. Se puso de pie y tendiendo su mano, agregó: -¡Claudio sabía demasiado!, y no olvide usted de decir que fue siempre un caballero orgulloso de su propia dignidad. Por eso yo lo admiraba y lo quería. Cuando supe que vivía en Buenos Aires con dificultades le ofrecí mi casa. No quiso. Insistí hasta que por fin me contestó: "Un hogar. Pero conste que eres el primer amigo al que hago honor de vivir en su casa..."Y Koek Koek, con lágrimas que aclararon sus ojos azules, terminó:-Tener a Claudio en mi casa fue para mi un honor, porque yo admiraba a Claudio como a un maestro y lo quería como a un hijo.El pintor le estrechó las manos a Soiza Reilly, se calzó el Stetson, tomó el bastón y se fue riendo a carcajadas, para ocultar la sombra que proyectaba su alma. La admiración era recíproca. Claudio de Alas, poco tiempo antes de su muerte, había escrito un texto apoteótico sobre el pintor publicado el 17 de junio de 1918 (póstumamente) por el diario "La Defensa Nacional", donde el poeta describía la pintura de su amigo de la siguiente manera: "Ha hecho de su arte una ´escuela` y su ´escuela` puede resumirse en dos palabras: su alma. (...) Es en su arte lo que sería en literatura: un estilista; es decir, una personalidad fuera del servilismo vergonzoso de las imitaciones: un creador. (...) Es un poeta panteísta de los colores. (...) Las tinieblas de la muerte tienen la magna compensación de la luz."  
Los lectores que hayan llegado a estas páginas, interesados exclusivamente en la vida del pintor, quizá se planteen como excesiva la atención prestada a su amigo, pero si se piensa que mediante las letras, el poeta se expresó como Koek Koek a través de sus lienzos, su espacio queda justificado. Como dirá Adolfo Maeder en Resurrección de Koek Koek, única biografía escrita sobre el pintor: "Un artista ha pintado con la musicalidad de la palabra. Otro con la musicalidad de los colores, de la pintura. Uno hizo vibrar su nota sobre una hoja de papel. El otro sobre una tela. Ambos vibran y viven."Las notas de los periódicos de la época dedicadas al poeta, son análogas a las que le dedicarán, mucho tiempo después, al pintor. Juan José de Soiza Reilly describe al poeta así: "Claudio era bueno y puro. Muchas mujeres lo adoraron. ¡Que cartas, mi Dios! ¡Qué fuego! Prosa y poesía. Mucha sinceridad, mucha hermosura. Cumplo la sagrada misión de reunir en este libro (...) todos los trabajos inéditos bajo el título que él mismo indica en su disposición testamentaria: El cansancio de Claudio de Alas, es un libro de confesiones dolorosas (...) Hay tanta sugestión, tanta belleza oculta en el alma de esos papeles amarillos, llenos de borrones y de manchas! ¡Sugieren tantas cosas sutiles esas huellas de lágrimas en los versos de amor...!" Las mismas palabras, aunque sin "borrones", podrían emplearse para referirse a la pintura de quien nos ocupa. Y más adelante, premonición a la muerte del pintor, Soiza Reilly añade: "Koek Koek tenía razón... Claudio no pudo suicidarse porque se acobardara de vivir. Se suicidó por exceso de luz. Su desdén por las cosas terrenas le incitó a desdeñar la gloria misma."  
   La falta de documentación sumada a la errancia de Koek Koek, hacen que lo que reste de 1918 sea imposible de reconstruir. Inmerso en etapas de oscuridad, el pintor siguió, pincel en mano, plagando de claroscuros sus lienzos y tablas que destellaban con uno u otro brochazo de claridad. Sus obras, nunca inconclusas, eran elaboradas de una sentada, sin bocetos previos y con precisa seguridad. En los períodos más negros, el pintor se sumergía en los colores. Jamás pintaba al aire libre, como los impresionistas, sino encerrado en su taller, que podía ser una pensión, un cuarto prestado o la estancia de un amigo; jamás el exterior, nunca frente al modelo natural, siempre arrancando los destellos más potentes que reverberaban en sus apesadumbrados recuerdos. Gracias a Adolfo Maeder, nos podemos acercar al momento de creación: "Muchas veces lo hemos visto pintar, pero nunca trazar un bosquejo con carbonilla. De pronto en la tela, en cualquier parte una mancha de color, después otras, muchas, incesantemente. Trabajo febril, como el de un poseído en estado de gracia. Así se transformaba en un ser temperamental, impulsivo, casi violento, agresivo, hasta irascible. Pintaba sin detenerse un instante, sin tregua ni respiro, como queriendo adelantarse a sus propios pinceles. Para él no tenía validez ninguna socorrida pausa por abulia ni el pretexto displicente: ´Continuaré mañana`. Después del esfuerzo, sólo después, caía en un estado de relajamiento y sopor, de quietud y ensimismamiento. Así, parecía invadido por una profunda tristeza." El pintor retenía dentro suyo las imágenes que los viajes le brindaban, pero frente al esplendor natural, luego de absorberlo, cerraba los ojos en un esfuerzo de memorización que después, distanciado en el tiempo y en el espacio, lo descargaría con vehemencia en una de sus pinturas. Koek Koek, escapista del academismo, es inclasificable. Es siempre él mismo. Y aunque los capítulos previos lo acercan al post-impresionismo, la clasificación sirve para refutar ese estilo en el pintor. ¿Expresionismo, entonces? Quizás esté más cercano. No estaba interesado en las formas, sino en lo que los colores generaban. Todos sus impulsos plásticos son revolucionarios, lo que hace que cualquier clasificación caiga al vacío. Sus templos, marinas, procesiones y calles son masas de volumen, exuberante óleo que por su abundancia parece ser más una talla que una pintura. Los monjes, cardenales, feligreses y el resto de sus figuras están compuestas de luz, del color inmanente que ilumina desde adentro. Todas parecen querer escapar de las penumbras, arrancarse de las sombras corpóreas, palpables y dramáticas, de las sombras ciertas. Imbuido por un fuerte misticismo, trabajó con vehemencia y se lo vio muy poco, vagando por la Corrientes angosta, a veces en el café Los Inmortales o en sus alrededores.En 1919 Carlos Orero, a quien había conocido en Santiago de Chile dos años antes, ahora amigo íntimo y "marchand" personal, consigue lucir los lienzos de Koek Koek en la Cooperativa Artística de la avenida Corrientes 647. Las cincuenta y tres obras son vendidas en pocos días y, apenas con 32 años, Koek Koek entra por la puerta principal al círculo de pintores. Recibe comentarios favorables en Uruguay y en Argentina, Julio Navarro Monzó realiza una elogiosa crítica para el diario "La Nación" que le da un empuje complementario.El inseparable sombrero Stetson, de color ceniza y ribete gris perla, vuelve a brillar. Se lo ve al pintor, paseándose altanero, de paso firme y mirada inquisidora detrás del humo espeso del Eduardo VII, marca de su puro predilecto, apoyado sobre su grueso bastón de malaca, mientras observa cómo los espectadores danzan en la fiesta de color que su pasión ha gestado. Adolfo Maeder recuerda la exposición y al pintor con su prosa vívida: "Era la exaltación del pintor-filósofo-poeta. Porque Koek Koek, de gracioso acento británico, electrizaba con la muda clamorosa expresión de su mirada dominante. En su mundo interior, henchido, algo bullía y le brotaba por los poros. Como yo, todos intuían que ese debía ser Koek Koek, un hombre aparentemente despótico, omnipotente pero humilde en el fondo, profundamente humilde y solitario, triste, tan solitario y triste como un misántropo o un anacoreta..." Algunas actitudes de Koek Koek pintan sus primeros destellos de megalomanía, como cuando Carlos Delcassé no quería atenderlo y, enojado, el pintor le decía: "Me voy ofendido. Todavía nadie ha dejado de atenderme. Todas las puertas se me abren francamente. Hasta el presidente del Banco de La Nación me recibe en el acto. ¡No volveré más!" No obstante, al día siguiente, volvía con más óleos bajo el brazo.  Corre 1919. El pintor despide a la criada, abandona Banfield y alquila el primer piso de una casa señorial en Florida. Allí instala su estudio que comparte con un conocido fotógrafo, pintor y escultor, llamado Zuretti. Su único medio publicitario consistía en una pequeña vitrina a la calle en la que exhibía "Día de lluvia": un cuadro sacudido por el viento que levantaba las polleras de unas figuras femeninas, descubriéndole algo más que las piernas; una imagen muy provocativa, casi escandalosa en aquel tiempo. Antes de instalarse hizo desalojar los muebles del salón para llevar todo lo que poseía: un pesado caballete con una base de madera rústica y maciza que atrás soportaba un barril de jerez provisto de una canilla, un martillo, una caja de tachuelas y un vaso para su bebida. El martillo lo usaba para clavar las tachuelas en las extremidades de las tablas, con el fin de que sus cuadros, recargados de óleo, no se pegotearan cuando los apilaba. Dicen los que lo vieron que cuando pintaba, entraba en una especie de ensueño. Y Maeder, testigo presencial, nos lleva a otro momento creador: "Colgaba su bastón de la manija de alguna puerta. Se quitaba los zapatos y las medias. Sacaba de los bolsillos sus pocas monedas. Las arrojaba dentro del calzado. Se quitaba el saco, el chaleco y los pantalones. Necesitaba estar cómodo, sin que nada le impidiera sus ágiles movimientos, instintivamente naturales. En ese trance se descubría y dejaba el sombrero sobre el casco. Y el cigarro seguía humeando, en cualquier parte, hasta apagarse. Lo que no se apagaba eran sus exclamaciones, sus interjecciones después de cada pincelada. Luego tomaba distancia, contemplaba con ceño adusto lo hecho y volvía a su caballete que debía resistir embates implacables y que con cada brochazo vibraba como diapasón al conjuro de cosas inseparables marcando el compás y la altura de su trascendental vuelo pictórico.” Eufórico, con cierta impostura, imitaba la pose del corso y decía: -¡Napoleón me ha insuflado su espíritu!Y continúa Maeder: "En ese instante se transfiguraba. Imaginativamente creía estar en Rusia, frente a las puertas de la antigua capital, ante una inmensa hoguera. Eso era apoteótico. Se iluminaba como se iluminó en viva llamarada aquel acontecimiento histórico, para desembocar después en una estentórea, casi histérica carcajada. Chorros de pintura cubrían su paleta. En su mente sabía lo que iba a pintar; pero luego de los primeros brochazos, fuertemente vigorosos, podía advertirse su pensamiento puesto sobre la tela que rápidamente coloreaba, trazo tras trazo."Y así lo imaginamos frente a sus cuadros, golpeando el lienzo a brochazo limpio mientras hiende el silencio con imprecaciones. Fuera de quicio, quizás hasta fuera del tiempo, terminaba sus obras en una sola sesión, sin pausa. Terminada, bebía con ímpetu hasta que el cansancio lo invadía y ya no podía más que descansar. Pintaba febrilmente, no admitía que se le insinuara un tema, porque las imágenes fluían de recuerdos mezclados con su inconsciente. Toda su vida fue un ególatra y un avaro de su pintura. Si bien pertenecía a una estirpe de artistas plásticos neerlandeses, ya que 14 ilustres pintores figuraban entre sus ancestros, él había aprendido a pintar solo, y pensaba: "¡Que otros aprendieran también solos!"Varios años después, cuando habitaba un cuarto en una vieja pensión de la recova de Once, tuvo unos alumnos, si es que así se los puede llamar. Recuerda Maeder que una vez fue allí y le tocó la puerta. Contestó que no estaba, pensando que era alguno de los aprendices. Maeder abrió la puerta: "La escena era impresionante, dolorosa, desoladora. Sobre la cama -posiblemente mirando al techo, su cielo deprimido-, no había estado ´descansando a cuenta de futuras fatigas`, como solía decirle su viejo amigo Delcassé, sino meditando (...) Ya se había puesto los pantalones sujetados con un grueso piolín a manera de cinturón. El torso sin ropaje. Era pleno verano. Poco a poco llegaban sus alumnos en cierne. ¡Ingenuos! El recinto era chico. Ingenioso, arbitró un socorrido procedimiento: abrió la ventanilla, sacó por ella algunos cajones vacíos -su único mobiliario-, los colocó sobre el techo de zinc caliente de la casa vecina y amablemente invitó a sus ilusos pseudo alumnos a tomar asiento. Uno tras otro, todos pasaron acrobáticamente por esa abertura, más que ventanico, un boquete (...) de aquella vieja recova de la plaza Miserere..." Koek Koek necesitaba de la pintura así como del agua y el aire. Tanto, que cuando se quedaba sin bastidores y madera terciada, desarmaba los muebles que tuviera alrededor y las mesas de luz, el armario, la cabecera de una cama recobraban la vida y el color, recobraban la luminosidad que habían tenido cuando por ellas corría la savia viva del árbol. Transformados nuevamente en materiales sensibles, le brindaban al pintor el espacio para canalizar el exceso de creatividad que lo agobiaba de luz, color, forma y sombra. En 1920, nuevamente su nomadismo desconcierta a la investigación biográfica, pero es un año en el que su nombre se expande por el país y el continente. Julio Figueras lo aclama desde el diario "La Gaceta": "El señor Koekkoek tiene personalidad propia. Es un temperamento altamente enérgico, tanto en la factura como en el colorido. Nervioso, con esa nerviosidad de concepción que llega a veces hasta la fiebre, el artista ha ido modelando, ya con el pincel, ya con la espátula, esas masas que nada dicen de cerca y que a distancia conveniente dan un sello de realidad perfecta a sus obras." En mayo de ese año, desde Santiago de Chile, "Las últimas noticias" publica un artículo de Armando Zegri en el que describe a Stephen Koekkoek como a "un pintor cuyos cuadros son estrofas aisladas, versos sueltos de un incalculable poema no escrito." El 26 de setiembre, Zegri vuelve a la carga con su poética volátil, acicateada por los óleos huracanados del pintor: "En sus cuadros hay algo como ese estremecimiento que uno ha sentido, cuando niño, al tener que atravesar el largo corredor oscuro de una vieja casa, hasta llegar a una habitación donde por la puerta entornada se filtra un haz de luz." En el párrafo final, Armando Zegri roza la fuente inspiradora del pintor y es el único que se aproxima a la depresión que Koekkoek vivía desde el suicidio de su amigo, cuando escribe: "Y así como hay una evocación muy íntima a fuerza de subconsciente, del pasado colonial, también se puede observar allí el dejo amargo de esa inconsolable tristeza de las razas autóctonas, las de Bolivia, especialmente, que mueren sin remedio, encerradas en su mutismo." Al poco tiempo, sin embargo, nos enteramos de su recuperación a través de la prosa de Juan José de Soiza Reilly que reanima su figura: "(...) los que crean en la otra vida de las sombras; los que sepan que detrás de las estrellas anda Dios escuchando; los que disfruten la suprema conciencia de que la vida no termina en la vida, esos hallarán en Koekkoek la encarnación de un espíritu que ha venido a la tierra para dignificarla." La ansiedad insaciable de estar y no estar en un lugar complica mucho acompañarlo en su existir. En 1921 su fama se extiende más cuando el diario "La Nación" publica el 8 de agosto una nota en la que se lo destaca como a un "...pintor puramente subjetivo, de fantasía y de recuerdos, o de recuerdos transformados por la fantasía, dando forma a sus ensueños por unos cuantos colores sencillos, que parecen oscuros y que parecen pobres, pero que combinados por la magia de su arte, se transforman en otras tantas figuraciones que se nos imponen por su cálida vibración." A pesar de toda la andanada de elogios, ningún laurel lo conforma ni parece importarle: Koekkoek no se detiene. Falto de energías para canalizar su mundo tortuoso, se sumerge cada vez más en el alcohol y la morfina que le proveen más fuerza que la que un ser humano es capaz de sostener. No se detiene. No pide sosiego. Se vuelca apasionadamente sobre cada una de sus actividades. No hace nada sin pasión y así todo se hace vicio. Su espíritu, más allá de los comentarios favorables, inmutable a las glorias o penas, sigue exprimiéndolo. Carlos Orero organiza una exposición en la galería Witcomb. Otro éxito absoluto. Los cuadros, todos vendidos. Los miles de pesos son escasos para satisfacer su excesiva existencia, y empieza a organizar un viaje a Estados Unidos. El año 1922 lo encuentra encaramado en su pintura. Auspiciado por Pedro Figari, en menos de un mes, realiza treinta y cinco telas en el Hotel Colón de Montevideo y las expone exitosamente en la galería Moretti. Cancela el viaje a Estados Unidos cuando se enamora de una dama de la sociedad uruguaya, cuyo nombre, así como casi toda su vida íntima, queda en el anonimato, tal vez oculto entre las brumas de alguna de sus obras. Como todos sus fogonazos crepusculares, el noviazgo termina y el pintor viaja a Perú. Ya en Lima, ochenta obras nuevas lucen en el Palais Concert, donde tienen que acondicionar el sótano para que quepa la cuantiosa muestra. La exposición se inaugura y le cedemos la palabra a uno de los testigos que hipnotizado, describe en "El Hogar" su impresión: "El de hoy es un caso raro: es nuestro huésped un enorme artista. Exhibe sus obras en el sótano del Palais Concert, y en ese ambiente iluminado y severo, hundido bajo la plebeya sonoridad de la calle y de la música lenta de los violines; en la sala baja, silenciosa y profunda, la humanidad se aprieta en ochenta lienzos maravillosos. Son visiones, paisajes, fantasías que se meten dentro de nuestra alma, que la estremecen y la derrumban. Este mago del impresionismo exige ojos perspicaces por donde fulgura la llama sagrada del espíritu. (...) Cada tela cuenta una tragedia. En cada cielo gime un dolor infinito. En cada figura humana palpita una fatalidad horrenda. En cada uno de sus mares imponentes, grandiosos y pensativos, se esconde la muerte. La misma muerte que presiente en todos esos terroríficos paisajes nocturnos. Pintor insigne, pocos como tú para contarnos cómo en el fondo de nosotros mismos, en nuestra alma pecadora y divina, todas las artes se confunden y todas las bellezas se hermanan. Pintor, antes que nada, saludamos en ti a un egregio y magnífico poeta."Koek koek vuelve a Buenos Aires con muchísimo dinero y se instala en un departamento de la Avenida Córdoba 850, la segunda y última vivienda que compra en la Argentina. El resto de su vida había deambulado y seguirá habitando hoteles, posadas, pensiones y, a veces, "de prestado". Maeder cuenta que ese año encontró al pintor tomando sol en una plaza del centro, con su clásica apostura y arrogancia vestida con el Stetson, detrás de su habano y ostentando su bastón. Caminaron juntos hasta la calle Sarmiento, donde increpó a un vigilante que no lo había reconocido ni saludado. Recuerda Maeder que le dijo, enfáticamente, "Voy ahora a la embajada inglesa a denunciar este caso. ¡Hay que romper las relaciones diplomáticas con la Argentina y pedir que se le envíen las naves de guerra!"Era el principio de su ocaso; los delirios de grandeza se hacían cada vez más comunes y manifiestos. La pintura lo absorbe, pero los intervalos le dejan tiempo para consumir en gustos excéntricos y excesivos la enorme suma de dinero obtenida en la exposición de Perú.El nuevo año comienza. Koek Koek, sin un peso. Se conjetura que lo gastaba en gustos estrambóticos, sin embargo, resulta difícil creer en dicha hipótesis y puede que no se sepa jamás el destino de su dinero. Lo cierto es que en el Banco Municipal de la Ciudad de Buenos Aires se realiza un "Remate especial de cuadros el 21 de febrero de 1923, a las 21.00, en el local de la Avenida de Mayo 1073." Son rematadas ciento cincuenta y ocho pinturas firmadas Koek Koek, con la única excepción del lote 95 que era un baúl. Este, de los llamados "mundo" (que se utilizaban para viajes transatlánticos), había servido para llevar hasta allí los cuadros. Se cree que algún apremio económico lo obligó a rematar esa enorme cantidad.En junio, sus pinturas llegan a Río de Janeiro, pero lo único que se sabe de la exposición es por una nota del periódico "O Brazil", que se hace eco de lo que los críticos vienen destacando desde hacía años: "Koek koek tiene técnica sin ser técnico. Su pincel nervioso y vibrante no se esclaviza al dibujo. Es un mago del colorido; sugiere y sugestiona por el poder maravilloso del color; es el color, la sangre de la belleza..."Conversando con Adolfo Maeder, en una de las pocas entrevistas que concedió, el pintor le da forma a eso contra lo que luchó, consciente o inconscientemente, hasta su muerte: "El individuo se nutre hasta el hartazgo de sentimientos afectivos. Es cuando se lo despoja insidiosamente de su libertad e independencia. Cuando intenta reaccionar, casi siempre tardíamente, no puede imponer su albedrío perdido. Ya no hay miramiento para nada ni por nadie. Sobreviene la decadencia. Entonces los lobos esteparios hambrientos asedian su presa, la husmean primero y la devoran después." Llegamos al año 1924, año en el que Carlos Orero, más activo que nunca, organiza exposiciones en las principales capitales del interior y en algunas ciudades de la provincia de Buenos Aires. El arte del maestro se abre paso en la diáfana pampa, geografía distinta y lejana a las brumosas costas bretonas y molinos holandeses pintados por su fantasía. Así, Paraná y Córdoba; Salta y Rosario; 25 de Mayo y Chivilcoy también, son visitadas por las procesiones de cardenales y prelados, por los templos y flameros alrededor de los que circulan, encapuchados y silenciosos, los monjes y monaguillos. Las ciudades se van poblando con los cuadros que dimanan destellos de solemnidad. Promediando el año, se le encarga una obra para el Príncipe de Gales que al año siguiente visitaría el país. El precio fijado era de diez mil pesos, toda una fortuna para la época. La aventura que Koek koek vivió entorno a éste óleo, fue narrada de varias formas. Aquí tomamos la que su amigo Maeder rescata, "... se acercaba el día de arribo del príncipe. Pero Koek koek, no obstante enésimas exhortaciones para que de una buena vez diera comienzo a la obra, no tenía apresuramientos ni preocupaciones. Ya había gastado todo el dinero recibido a cuenta de precio para comprar la tela, el bastidor, pinturas, pinceles y accesorios... Por supuesto otras cosas más que contribuirían a excitar sus impulsos, a sublimar y poner clima y matiz en su fecunda inspiración... ´Señor, ya está llegando el príncipe`, le dijo algún miembro de aquella comisión. (...) ´No tengo plata para comprar pinturas. No puedo pintar sin pinturas` Compró todo lo que necesitaba en una pinturería artística y en la cigarrería más lujosa de Buenos Aires, ubicada en Florida -esquina Lavalle- compró una gran caja de cedro con los mejores habanos, la abrió, encendió uno y salió a la calle, jovial y contento, con la caja sin envolver bajo el brazo, a tributar silencioso homenaje personal al augusto soberano, su majestad el Rey Jorge V. (...) ´Veleros en Sol de Mayo`, rugió con voz de trueno. Después, cuando aún no había repercutido el eco sonoro, puso sus últimas pinceladas sobre el lienzo; Stephen R. Koek koek. Luego, salió del albergue bajo la recova de once, con el cuello levantado del saco y su inseparable Stetson y bastón. Entró a la vieja rotisería-restaurante Podestá que existía en la esquina de Rivadavía y Jujuy. Se sentó a la mesa. Pidió el mejor vino blanco y langostinos. Después, un coñac y un Rey Eduardo (...) Un cuadro pintado en pocos minutos le había brindado satisfacciones, por lo menos en ese instante: no tener privaciones de boca ni estómago..."Al día siguiente, el óleo húmedo brillaba frente a los ojos del Príncipe de Gales emocionado, "Los veleros..." lo llevaban a su tierra, ahora perdida en los mares del norte. Los cuadros de esta etapa, sobre todo los expuestos en Rosario, eran muy grandes y cuando los fue a cargar en el vagón del ferrocarril, como no entraban por la puerta, le serruchó los bastidores. Después, al llegar al destino en Santa Fe, los volvió a tensar con unos listones que le aplicó sobre las partes cortadas. Venta total. Éxito absoluto. Koek Koek, esta vez más desmesurado que nunca, hizo cerrar un prostíbulo para el festejo. Lo clausuraron después de "depredar lo que me incomodaba", como le contó a Maeder muerto de risa. La aventura terminó cuando, sin miramientos, pagó todos los daños. En la única entrevista extensa, que realizó el diario "La razón" en 1925, nos llegan las palabras del pintor desde la estancia de Navarro Loveira, en Chivilcoy. Koek koek tiene su atelier en una pequeña habitación desordenada, donde la luz que entra por una única ventana ilumina el desorden de unos viejos envases de conservas transformados en paletas. Allí, se presta a esta entrevista que destaca su coherencia de vida y obra, y en la que su voz manifiesta la claridad de su pensamiento: -He trabajado sin cesar durante toda mi vida (se explica así que en nuestro país tenga más de cinco mil cuadros distribuidos). Siendo aún un niño irreflexivo e inerme, las mudanzas de la fortuna me echaron a la calle, de casa de mis padres, sin más recursos que mis brazos ni más herencia que mi ambición y mi esperanza. Algo debí heredar artísticamente de mis mayores, pues en todas las familias de mi rama ha habido un pintor célebre. Yo soy el último descendiente... Creo que desde entonces, sin preocuparme del mundo exterior que me rodeaba, obsesionado solamente por el punto incierto de mi porvenir, me entregué a la fascinación de mi espíritu impresionista y de mi fantasía ardorosa pintando conforme sentía y pensaba, sin atenerme nunca al giro exitista de ninguna escuela. La fecundidad llegó a ser bien pronto una sencilla consecuencia de mis facultades y de mi continuado esfuerzo, sin que jamás hubiera tratado de conquistarla. De acuerdo con estas tendencias y estos puntos de vista mi estilo se hizo personalísimo y ello fue la piedra de toque de la respuesta que puedo darles; los académicos y los arribista me combatieron duramente durante muchos años, hasta hacerme una verdadera guerra sin cuartel. Yo avancé siempre con mi profunda ensoñación de artista, dominado por la excelsitud de la emoción del color, de ese tesoro adorable que es la luz, la tonalidad y la sombra, sin cuyas vibraciones ningún motivo de la naturaleza tendría el valor de una obra de arte. En ese sentido creo que no soy de este siglo... Algunos críticos más veraces o más generosos que mis adversarios dijeron alguna vez que yo como artista soy un incomprendido. Rubén Darío hubiera dicho que soy un raro... Después de esta reaparición mía no sé lo que pensarán de mí los que juzguen mis obras; pero como no he cambiado de objetivos, lo más natural es que me sigan combatiendo. Y el gran colorista prosigue cuando se le pregunta si espera adeptos para su tendencia: 
-Yo creo que mi aspiración y mi acción artísticas están llamadas a promover una revolución en las ideas pictóricas de las nuevas generaciones sudamericanas (...) No me preocupa mayormente el asunto de cada cuadro, como no me preocupa el dibujo que otros cuidan con amorosa dedicación. Yo le infundo vida a mis obras por el dinamismo intenso del color. En el color está todo el realismo, el movimiento, la suprema verdad. Sin la sinceridad vigorosa del color, cualquier obra dominada por el dibujo será siempre una obra lineal. Es verdad también que me encanta saturar mis cuadros de misterio, de mi vida interior, como se dijo una vez. Leí hace tiempo una estrofa de Rubén Darío que para mi tiene el valor de la cristalización de mi obsesión artística: ”Y la vida es misterio; y la luz ciega, y la verdad, inaccesible, asombra. La adusta perfección jamás se entrega y el secreto ideal duerme en la sombra.” El verdadero arte es misterio que prolonga indefinidamente la culminación de todas las obras maestras. Leonardo no quiso terminar nunca su obra maestra, la Gioconda, y sin embargo, el rostro de esa admirable mujer de la pintura clásica, sus ojos cansados, al decir de Wilde, han hecho pensar y filosofar a la humanidad... De este modo, poeta en el habla, el pintor se despide para proseguir su creación pictórica.

 

               

 

© Temakel. Por Esteban Ierardo