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EL PODER DE LA DANZA 



   Las hogueras ríen dentro de la pasión de la noche. Noche que rezuma tenues gotas. Y el viento llega. De su cuerpo volátil emergen decenas de brazos de aire. Que se unen y giran. Y dentro del torbellino, en la proximidad del fuego, bajo la lluvia y sobre la tierra, baila el hombre y la mujer. Un sudor lento barniza la piel de los danzarines. Relámpagos de voces ancestrales restallan en su aliento. Divinidades de fuerza y calor eligen a los seres que bailan como un cielo encarnado. Donde danzar, tronar y suspirar. Los antiguos dioses bailan en los bailarines. En los humanos que danzan retumba un poder superior, extraño. Que inventa la alborada y la plena exuberancia de las selvas.
Para las culturas milenarias, en la danza el hombre se une con lo sagrado. Bailar con veneración es divinizarse. Ese fervor místico y danzante se manifiesta en célebres cultos que ligan el baile con el anhelo de trascendencia: es el caso de los derviches persas, de los pueblos africanos, de la danza hindú, árabe, balinesa o de los indios norteamericanos de la ghost dance. Numerosos relumbres de la unión de la danza con lo divino.
En este momento de Aperturas deseamos recordar, experimentar, un acercamiento al fuego extático del baile. Lo haremos mediante tres senderos: 1) la danza de Siva, el dios hindú de la danza. En aquel dios el danzar es crear. Suprema potencia de creación de todo lo que hay; 2) otra danza divina de la creación: la de Ixbalanqué y Hunahpú, los dos héroes gemelos protagonistas del Popol Vuh, la más célebre obra de la literatura precolombina perteneciente a los mayas quichés. A través de su danzar, los héroes gemelos pueden trascender la muerte, derrotar a los Señores de la Muerte y resucitar a cualquier forma o ser que antes albergara la fragua de la vida. Y, luego, un poema de Diop David, un poeta africano que canta poéticamente a una danzarina negra, una danzante mujer del continente donde el baile es aún invocación ritual y reunión con lo divino. 
                                                                                                                 Esteban Ierardo


LA DANZA DE SIVA 

    La danza es una antigua forma de magia. El danzarín se agranda en un ser dotado de poderes supranormales. Su personalidad se transforma. Como el yoga, la danza provoca el trance, el éxtasis, la experiencia de lo divino, la realización de la naturaleza secreta de uno mismo y, finalmen­te, la fusión con la esencia divina. Esto explica que en la India haya flo­recido la danza al lado de las terribles austeridades del bosquecillo de la meditación, los ayunos, los ejercicios respiratorios, la introversión absoluta. Para hacer magia, para hechizar a alguien, uno tiene antes que hechizarse a sí mismo. Y esto se realiza tanto con la danza como con el rezo, el ayuno y la meditación. Siva, por tanto, supremo yogi entre los dioses, es también necesariamente señor de la danza. 
   La danza pantomímica pretende transmutar al danzarín en el demonio, dios, o existencia terrena que interpreta. La danza de la guerra, por ejemplo, convierte en guerreros a los hombres que la ejecutan: despierta sus virtudes guerreras y los transforma en héroes intrépidos. La danza imitadora de la cacería, que anticipa y asegura mágicamente el éxito de la partida de caza, convierte a los participantes en cazadores infalibles. Para sacar de su letargo las fuerzas naturales que coadyuvan a la fertilidad, los danzarines remedan a los dioses de la vegetación, de la sexualidad y de la lluvia. 
   La danza es un acto de creación. Provoca una situación nueva e infunde en el danzarín una personalidad superior. Tiene una función cosmogónica en el sentido de que despierta las energías dormidas que a continuación pueden modelar el mundo. A escala universal, Siva es el Danzarín Cósmico; en su ¨Manifestación Danzante¨ (nrtta-murti), encarna en sí mismo y da expresión a la Energía Eterna. Las fuerzas acumuladas y proyectadas en su girar frenético y sempiterno son las fuerzas de la evolución, conservación y disolución del mundo. La naturaleza y todas sus criaturas son efecto de su danza eterna.¨ (1) 

(1) Fuente: Mitos y símbolos de la India, de Heinrich Zimmer, Ed. Siruela, pp.147-148. 

LA DANZA DE LA CREACION 
   

   El milagro de la danza y su capacidad de regenerar la vida son fundamen­tales en la historia de los Héroes Gemelos del Popol Vuh,  Ixbalanqué y Huanahpú. Los Héroes Gemelos enfrentaron una serie de pruebas y juegos de pelota con los Señores de la Muerte, y tras superar­ cada una de sus trampas, permitieron que se les diera muerte en los hornos en que preparaba el atole de maíz. Sus huesos se molieron y se arrojaron al río. Esta es la parte de la historia en que la danza y la actuación como espectáculo desempeñan un papel decisivo. Cinco días después de autoinmolarse, los gemelos reaparecieron en el agua con aspecto de hombres pez y, al día siguiente, emergieron como va­gabundos vestidos de harapos. Aunque los tomaron por palur­dos del campo, los de Xibalbá pronto se sintieron cautivados por la habilidad de los gemelos como danzantes y magos. Los Héroes Gemelos bailaron entonces la danza de la lechuza, la danza de la comadreja y la danza del armadillo. También obraron milagros, como prender fuego a una casa para luego devolverla a su estado anterior. Sobre todo, demostraron su habilidad para sacrificarse entre sí y volverse el uno al otro a la vida. Su fama pronto llamó la atención de los Señores de la Muerte que, ni tardos ni perezosos, los conminaron a dar una representación. Fingiendo gran humildad, los gemelos dijeron a los señores que no tenían hogar y que nunca habían conocido a sus padres. Los señores les ordenaron actuar, razón por la cual cantaron y bailaron ante toda una multitud de habitantes de Xilbalbá. Mientras hacían esto, los señores pusieron a prueba sus poderes indicándoles que sacrificaran a un perro. Para sorpresa de todos, el perro muerto se levantó y se alejó moviendo la cola de felicidad. 
   Como siguiente tarea, los señores les ordenaron quemar una casa llena de señores. Por milagro, nadie en la casa resultó quemado cuando ésta se desintegró a su alrededor. Los gemelos lograron reconstituir la casa como si nunca se hubiera quemado. Asombrados, los señores les ordenaron sacrificar a una persona. Ellos extrajeron el corazón de la víctima, lo mantuvieron en alto para que pudieran verlo los señores y, acto seguido, resucitaron al hombre. Igual que el perro, el hombre se alejó contento de estar vivo. 
   En seguida, creyendo que pedían algo difícil, los señores ordenaron a los gemelos sacrificarse el uno al otro. A mitad de su danza, Ixbalanqué le pidió a su hermano que se tendiera sobre el altar de sacrificios. Ixbalanqué cortó la cabeza de Hunahpú, que rodó a lo lejos, luego de lo cual le arrancó el corazón. Ixbalanqué quedó solo bailando ante la concurrencia extasiada. Al cabo de un rato el gemelo gritó: “¡Levántate!”, a lo que su hermano resucitó y se le unió en la danza.¨ (*)

(*) Fuente: El cosmos maya, Tres mil años por la senda de los chamanes, de David Freidel, Linda Schele y Joy Parker, ed. Fondo Cultura económica. 

 

  A UNA DANZARINA NEGRA
   
 

     Negra, mi cálido rumor de África,

 Mi tierra enigmática y mi fruto de razón, 
Eres danza por la desnuda alegría de tu sonrisa, 
Por la ofrenda de tus senos y tus secretos poderes, 
Eres danza por las leyendas de oro de las noches nupciales, 
Por los tiempos nuevos y los ritmos seculares. 
Negra, triunfo multiplicado de sueños y de estrellas, 
Amante dócil al abrazo de los “koras” (1), 
Eres danza por el vértigo, 
Por la magia de las caderas que recomienzan el mundo. 
Eres danza, 
Y los mitos a mi alrededor queman 
Las pelucas del saber 
Con grandes fuegos de alegría en el cielo de tus pasos. 
Eres danza 
Y arden los dioses  bajo tu llama vertical, 
Eres el rostro del iniciado 
Que sacrifica la locura junto al árbol guardián, 
Eres la idea del Todo y la voz del Pasado. 
Lanzada gravemente al asalto de las quimeras 
Eres el verbo que estalla 
En haces milagrosos sobre las costas del olvido. (*) 

Ojo que atraviesa el cielo. Apertura, desde lo terrestre, hacia el centro del movimiento

(*) Fuente: Poesía africana de hoy, Buenos Aires, 1968, Editorial Sudamericana. Guitarra de veintiuna cuerdas.

 

 

                                                        

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