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"La anunciación" de Leonardo, revelación o apertura hacia el conocimiento de una realidad fundamental.    

 

EL GUARDADOR DE REBAÑOS: UN POEMA DE FERNANDO PESSOA.

 

 

   Fernando Pessoa: poeta portugués (188-1935). Ser solitario y reservado. En vida publicó solo una obra: Mensagem, que participó en un concurso literario sin fortuna. Pessoa se inventó varios nombres, identidades paralelas, que llamó heterónimos: Caerio, Reisi, Alvaro de Campos. Entre sus grandes obras relucen:  El libro de desasociego; Odas de Ricardo Reis; Poesías de Fernando Pessoa; Poesía de Alvaro de Campos.

    Aquí, en traducción de Graciela Volco, le ofrecemos el poema El guardador de rebaños donde un niño cuidador de ovejas recibe la visita de otro nino: el niño Jesús. Y a través de él adquiere una sabiduría distinta a la que la tradición y milenarios dogmas se empecinan en atribuirle al hijo de un gran poder del cielo.

 

El guardador de rebaños

En un medio día de fin de primavera

Tuve un sueño como una fotografía.

Vi a Jesucristo descender a la tierra.

Vino por la ladera de un monte

Tornado otra vez niño,

A correr y a revolcarse por la hierba

Y a arrancar flores para tirarlas luego

Y a reírse  de modo que lo escuchen de lejos.

 

Había huido del cielo.

Era  demasiado nuestro para fingirse

La segunda persona de la Trinidad.

En el cielo era todo falso, todo en desacuerdo

Con flores y árboles y piedras.

En el cielo había que estar siempre serio

Y de vez en cuando tornarse otra vez  hombre

Y subir  a la cruz, y estar siempre muriendo

Con una corona toda alrededor de espinas

Y los pies  atravesados por un clavo con cabeza,

Y hasta con un trapo alrededor de la cintura

Como los negros de las ilustraciones.

Ni siquiera lo dejaban tener padre y madre

Como los otros niños.

Su padre era dos personas:

Un viejo llamado José, que era carpintero.

Y que no era su padre;

Y el otro padre era una paloma estúpida,

La única paloma fea del mundo

Porque no era del mundo ni era paloma.

Y su madre no había amado antes de tenerlo.

No era mujer: era una valija

En la que había venido del cielo.

Y querían que él, que solo naciera de madre,

Y nunca tuviera un padre para amar con respeto,

Pregase la bondad y la justicia!

 

Un día que Dios estaba durmiendo

Y el Espíritu Santo andaba volando,

Él fue a la caja de los milagros y robó tres.

Con el primero hizo que nadie supiera que había huido.

Con el segundo se hizo eternamente humano y niño.

Con el tercero creó un Cristo eternamente en la cruz

Y lo dejó clavado en la cruz que hay en el cielo

Y sirve de modelo a las otras.

Después huyó hacia el sol

Y descendió por el primer rayo que encontró.

Hoy vive en mi aldea conmigo.

Es un niño de risa bonita y natural.

Limpia la nariz con el brazo derecho,

Chapotea en los charcos de agua,

Recoge flores, las disfruta y después las olvida.

Les tira piedras a los burros,

Roba fruta en  las plantaciones

Y huye llorando y gritando por los perros.

Y, porque sabe que a ellas no les gusta

Y que a todos les causa gracia,

Corre atrás de las muchachas

Que van en grupo por los caminos

Con tinas de agua en las cabezas

Y les levanta las polleras.

 

A mi me enseñó todo.

Me enseñó a observar las cosas

Me señala todas las cosas que hay en las flores.

Me muestra como son graciosas las piedras

Cuando uno las tiene en la mano

Y las observa lentamente.

 

...  Él vive conmigo en mi casa en  medio de la colina.

Él es el Niño Eterno, el dios que faltaba.

Él es lo humano que es natural,

Él es lo divino que sonríe y juega.

Y por eso es que yo se con toda certeza

Que él es el Niño Jesús verdadero.

 

Y el niño tan humano que es divino

Es esta mi cotidiana vida de poeta,

Y es porque él anda siempre conmigo que yo soy poeta siempre.

Y que mi más mínima mirada

Me llena de sensación,

Y el más pequeño sonido, sea de lo que sea,

Parece hablar conmigo.

 

El Niño Nuevo que habita donde vivo

Me da una mano a mi

Y la otra a todo lo que existe

Y así vamos los tres por el camino venidero,

Saltando y cantando y riendo

Y gozando de nuestro secreto común

Que es el de saber por todas partes

Que no hay misterio en el mundo

Y que todo vale la pena.

 

El Niño Eterno me acompaña siempre.

La dirección de mi mirada es su dedo señalando.

Mi oído atento alegremente a todos los sonidos

Son las cosquillas que él me hace, jugando, en las orejas.

 

Nos llevamos tan bien el uno con el otro

En compañía de todo

Que nunca pensamos el uno en el otro,

Pero vivimos juntos los dos

En un acuerdo íntimo

Como la mano derecha con la izquierda.

 

Al anochecer jugamos a las cinco piedritas

En el escalón de la puerta de casa,

Graves como corresponde a un dios y a un poeta,

Y como si cada piedra

Fuese todo un universo

Y fuera por eso un gran peligro para ella

Dejarla caer al suelo.

 

Después yo le cuento historias de las cosas de los hombres

Y él sonríe, porque todo es increíble.

Se ríe de los reyes y de los que no son reyes,

Y siente pena al oír hablar de las guerras,

Y de los negocios, y de los navíos

Que dejan humo en el aire de altamar.

Porque él sabe que todo eso falta a aquella verdad

Que una flor tiene al florecer

Y que anda con la luz del sol

Modificando los montes y los valles

Y haciendo doler los ojos por la claridad de los muros.

 

Después el se adormece y yo lo acuesto.

Lo llevo a upa para dentro de casa

Y lo acuesto, desnudándolo lentamente

Como siguiendo un ritual muy limpio

Y todo materno hasta que queda desnudo.

 

Él duerme dentro de mi alma

Y a veces despierta de noche

Y juega con mis sueños.

Los da vuelta patas para arriba,

Pone unos encima de los otros

Y aplaude solo

Sonriéndole a mi sueño.

 

Cuando yo muera, hijito,

Sea yo el niño, el más pequeño.

Alzame vos a upa

Y llevame adentro de tu casa.

Desviste mi ser cansado y humano

Y acostame en tu cama.

Y contame historias, si despierto,

Para volverme a adormecer.

Y dame sueños tuyos para jugar

Hasta que nazca algún día

Que vos sabés cual es.

 

   Esta es la historia de mi Niño Jesús.

¿Por que razón que se perciba

No ha de ser ella mas verdadera

Que todo lo que los filósofos piensan

Y todo lo que las religiones enseñan? (*)

 

(*) Este poema fue escrito por  Pessoa bajo su heterónimo de Alberto Caeiro y pertenece al libro El yo profundo y los otros yos. La traducción es de Graciela Volco.

 

Ojo que atraviesa el cielo. Apertura, desde lo terrestre, hacia el centro del movimiento

 

 

©  Temakel. Por Esteban Ierardo

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