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 LOS RIOS METAFISICOS EN RAYUELA

                                                                    

   El gran escritor argentino Julio Cortázar esculpió un universo de estilos y perplejidades estéticas y filosóficas en su novela fundamental: Rayuela. En ella, en el capítulo 79 de Rayuela, se plasma una nueva teoría de la novela, la fe literaria de que a través de un nuevo escribir puede cristalizarse el nacimiento de un nuevo hombre. En Rayuela hierve también la aspiración a lo absoluto. Horacio Oliveira es un cazador, fatídico y compulsivo, de la idea de totalidad. Pero su escalera hacia una realidad vivaz, plena, sin vacíos lugúbres, es el intelecto, el abrazo de la lógica y la especulación filosófica sobre las irregularidades del mundo. Frente al Oliveira angustiado por la trascendencia ausente, entre lienzos de bruma se delínea la silueta grácil, femenina, de la Maga. La Maga: hechicera de la intución espontánea, buceadora sin escafandras teóricas de ríos metafísicos, torrentes de vida fresca, primaria. Que humeden los labios de todo.  

   Aquí recordaremos las músicas disímiles de Oliveira, ser del asalto, el asedio intelectual a lo absoluto, y la Maga, nadadora graciosa de lo viviente, libre de los agobios de la duda. En este instante narrativo de la novela de las múltiples lecturas, eclosiona una poética del fracaso, el autodesmadejamiento del intelecto. El pensamiento del logos que más que constructor del altar de la verdad razonada, prefiere, secretamente, ser brisa tenue. Brisa confundida con el agua invisible de una vida sin espinas.     

  Esteban Ierardo

 LOS RIOS METAFISICOS EN RAYUELA

Pasaje del capítulo 21 de Rayuela de Julio Cortázar

   Entre la Maga y yo crece un cañaveral de palabras, apenas nos separan unas horas y unas cuadras y ya mi pena se llama pena, mi amor se llama mi amor... Cada vez iré sintiendo menos y recordando mas, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos y Jano es de golpe cualquiera de nosotros. Todo esto se lo voy diciendo a Crevel pero es con la Maga que hablo, ahora que estamos tan lejos. Y no le hablo con las palabras que sólo han servido para no entendernos, ahora que ya es tarde empiezo a elegir otras, las de ella, las envueltas en eso que ella comprende y que no tiene nombre, auras y tensiones que crispan el aire entre dos cuerpos o llenan de polvo de oro una habitación o un verso. ¿Pero no hemos vivido así todo el tiempo, lacerándonos dulcemente? No, no hemos vivido así, ella hubiera querido pero una vez más yo volví a sentar el falso orden que disimula el caos, a fingir que me entregaba a una vida profunda de la que sólo tocaba el agua terrible con la punta del pie. Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con
el impulso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese deseorden que es su orden misterioso,  esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en prejuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juz ga sin saberlo. Ah, dejame entrar, dejame ver algún día como ven tus ojos.
    Inútil. Condenado a ser absuelto. Vuélvase a casa y lea a Spinoza. La Maga no sabe quién es Spinoza. La Maga lee interminables novelas de rusos y alemanes y Pérez Galdós y las olvida en seguida. Nunca sospechará que me condena a leer a Spinoza. Juez inaudito, juez por sus manos, por su carrera en plena calle, juez por sólo mirarme y dejarme desnudo, juez por tonta e infeliz y desconcertada y roma y menos que nada. Por todo eso que sé desde mi amargo saber, con mi podrido rasero de universitario y hombre esclarecido, por todo eso, juez. Dejate caer, golondrina, con esas filosas tijeras que recortan el cielo de Saint-Germain-des-Prés, arrancá estos ojos que miran sin ver, estoy condenado sin apelación, pronto a ese cadalso azul al que me izan las manos de la mujer cuidando a su hijo, pronto la pena, pronto el orden mentido de estar solo y recobrar la su ficiencia, la egociencia, la conciencia. Y con tanta ciencia una inútil ansia de tener lástima de algo, de que llueva aquí dentro, de que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas. (*)

 

Ojo que atraviesa el cielo. Apertura, desde lo terrestre, hacia el centro del movimiento

 

(*) Fuente: Julio Cortázar, Rayuela, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, pp. 107-108.

 

 

 

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