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LA PROFESIÓN DE FE DE HENRY DAVID THOREAU  

 

           Henry David Thoreau nació en 1817 en Concord, Massachussetts. En 1845 se construyó una cabaña de troncos. Durante dos años vivió cerca de las orillas de un lago. De esa experiencia nacería una de sus obras más recordadas: Walden. En 1848 se negó a pagar los impuestos porque esos fondos compulsivos eran derivados a la guerra de Estados Unidos contra México. Entonces, fue encarcelado. La compasión de algunos amigos, pagó después la fianza. Thoreau entonces dictó una célebre conferencia que, en lengua castellana, se divulgó como el Ensayo sobre la desobediencia civil. Texto de exaltada defensa de la libertad individual frente a las injerencias del Estado. 

    Y  Thoreau siempre disfrutó de la soledad y la naturaleza. Era un místico de la contemplación de la belleza y misterio de los bosques, y las montañas, las llanuras y los lagos. Gustaba caminar por vastas extensiones; gustaba meditar a través de la incitación de los sonidos y las formas de la naturaleza. Muchos conocieron su prosapia de artista singular mediante el famoso film La sociedad de los Poetas Muertos, donde es invocado como figura oracular por un grupo de jóvenes idealistas. Una de sus obras menos conocidas, es un diario llamado Elogio de la vida salvaje, una narración de la vida como amorosa audición de los ritmos naturales. La comprensión del hombre y la cultura a través de la veneración del poder de la naturaleza en Thoreau nos hace recordar a Guillermo Enrique Hudson, escritor creado por la Pampa Argentina. 

   La actitud de Thoreau nos impulsa a percibir la Naturaleza dentro del propio aliento, la Naturaleza replegada en la intimidad de las retinas y dentro de la dureza de los huesos. 

   Aquí, en este nuevo momento de Aperturas de Temakel,  presentaremos la Profesión de fe del solitario escritor. Un texto donde Thoreau manifiesta sus crenecias poéticas en busca de un "cuerpo naciente" y donde asegura que "el ser humano es incapaz de concebir un estado de cosas que no sea realizable".

     Para una ampliación sobre la vida de Thoreau y una guía bibliográfica presentamos también  La obra de Thoreau, de Elizabeth Witherell.

E.I

PROFESIÓN DE FE

Por Henry David Thoreau


  
Creo que existe una íntima relacion entre la vida exterior y la vida interior; creo que si alguien lograse superar su vida, el mundo seguirla ignorándolo; creo que diferencia y distancia se identifican. Ansiar una verdadera vida es como emprender un viaje a un lejano país, y verse poco a poco rodeado de ignorados paisajes y de gentes nuevas. Envuelto en mi pasado, comprendo que estoy muy lejos de vivir una vida mejor y más bella, en su pleno sentido. El mundo externo no es sino lo inverso de lo que está en nosotros. Las costumbres no ocultan a los hombres; por el contrario, los muestran sin aparencias, como realmente son. En realidad las costumbres forman su vestimenta. Poco me importa el curioso razonamiento que invocan quienes siguen fieles a las costumbres. Las circunstancias no son rígidas ni irreductibles como nuestros actos. ¡Cuántas veces nos expresamos con vaguedad, como si una vida divina pudiera injertarse o construirse en nuestra vida presente, a modo de apropiado cimiento! Para transformar nuestra vida debiéramos rehacer la antigua, excluir todo el calor de nuestros afectos; quizás sea imposible. El mirlo construye su vivienda sobre el huevo del cuclillo, y allí incuba sus huevos. Pero la separación es leve, e incube también el ajeno. El cuclillo lo aventaja en un día, y, al nacer su cría, expulsa a los pichones del mirlo. No hay otra solución entonces: destruir el huevo del cuclillo o construir un nido nuevo.

   El cambio es siempre cambio. Ninguna vida nueva ocupa viejos cuerpos. Los cuerpos viejos se pudren. La vida es lo que nace, crece y florece. Los hombres intentan reanimar patéticamente lo antiguo, y por eso lo toleran y soportan. ¿Por qué limitarnos a embalsamar? ¡Abandonemos ya los ungüentos y los sudarios, y vayamos en busca de un cuerpo naciente! En las antiguas catacumbas de Egipto podemos comprobar el resultado de tal experiencia. No ignoramos su fin. 

    Creo en la simplicidad. Es asombroso y triste ver cómo hasta el hombre más sabio ocupa sus días en asuntos triviales, creyéndose obligado a relegar a último término cuestiones más importantes. Si un matemático desea resolver un problema difícil, comienza por despojar a la ecuación de toda dificultad, reduciéndola a su más simple expresión. Simplifiquemos el problema de la existencia, y distingamos lo necesario de lo real. Sondeemos la tierra para ver dónde corren nuestras raíces-madres. Yo quisiera basarme siempre en los hechos. ¿Por qué no ver, por qué no servirnos siempre de nuestros propios ojos? ¿O es que los hombres no saben ni conocen nada? Sé de muchas personas, difíciles de ser engalladas en asuntos comunes, muy recelosas de una mala jugada, que disponen mesuradamente de su dinero y saben como gastarlo, que gozan fama de cautos y listos, y que sin embargo consienten en pasarse gran parte de su existencia como cajeros entre las cuatro paredes de un banco, hombres que hoy brillan un poco, para enmohecerse mañana y finalmente desaparecer. Si son realmente capaces, ¿por qué hacen lo que están haciendo? ¿Saben bien lo que es el pan, y para qué sirve? ¿Tienen noción del valor y significado de la vida? Porque si supieran algo, ¡qué pronto olvidarían lo que ahora les interesa! 

   Esta vida, nuestra respetable vida de todos los días, tras de la que firmemente se apuntala el hombre de buen sentido, el Inglés del mundo civilizado, y sobre la que reposan todas nuestras insignes instituciones, no deja de ser una ilusión que se desvanece como la trama inconsútil de una visión fugaz. En cambio, el más leve resplandor de realidad que suele iluminar días oscuros para todos los hombres, nos revela algo más consistente y durable que el bronce fundido, algo que es en verdad la piedra angular del mundo.El ser humano es incapaz de concebir un estado de cosas que no sea realizable. ¿Podemos consultar honestamente a nuestra conciencia y afirmar que es así? ¿Qué hechos invocamos al afirmar que nuestros sueños son prematuros? ¿Han oído hablar alguna vez acerca de un hombre que haya luchado consecuentemente durante toda su vida por una finalidad, y que no la lograra en cierta medida? Un hombre en estado de continua ansiedad, ¿no se siente ya elevado en virtud de ella? ¿Quién que haya ensayado la menor acción de heroísmo, de magnanimidad, o tendido hacia la verdad y sinceridad, no halló cierta ventaja, algo más que no fuera perder el tiempo? Es natural que no esperemos a que nuestro paraíso sea un jardín. Ignoramos lo que pedimos. Observemos la literatura. ¡Qué bellos pensamientos concibió cada uno de nosotros, y qué poco bellos pensamientos fueron expresados! Y sin embargo, no hay ningún sueño, por más sutil o etéreo que fuere, que el simple talento, secundado por cierta resolución y constancia, después de mil fracasos, no logre fijar y grabar en palabras distintas y duraderas. Nuestros sueños son los hechos más positivos que conocemos. Pero ahora no hablamos de sueños. 

    Lo que se puede expresar con palabras, puede igualmente expresarlo nuestra vida. Mi vida actual, es un hecho del que no debo congratularme, pero respeto mi fe y mis aspiraciones. De ellos hablo ahora. Nuestro estado es demasiado simple para describirlo. No he prestado juramento alguno. No he trazado nlngún pan sobre la sociedad, la Naturaleza, o Dios. Soy simplemente lo que soy, o más bien, comienzo a serlo.

    Vivo en el presente. El pasado no es en mí sino un recuerdo, y el porvenir una anticipación. Amo vivir. Prefiero una reforma antes que un programa. No puede hacerse historia de cómo el mal se ha vuelto lo mejor. Creo, y nada existe al margen de mi creencia. Sé que yo soy. Sé que otro existe, que sabe más que yo, que por mí se interesa, del que soy su criatura, y en cierto modo también progenitor. Sé que la empresa vale la pena, que las cosas van bien. No he recibido ninguna noticia adversa.

      En cuanto a las posiciones, a las combinaciones, a los detalles, ¿qué pueden significar? Si contemplamos el firmamento, cuando el tiempo es claro, ¿qué apercibimos sino el cielo y el sol?

    ¿Quieres convencer a un hombre de que hace mal? Haz el bien. Pero es inútil convencerlo con palabras. Los hombres creen en lo que ven. Hay que procurar que vean. Prosigue tu vida, obstínate en vivirla, y como un perro en torno del coche de su amo, gira en torno a tu propia vida.

   Realiza aquello que más amas. Para conocer bien tu hueso, hay que roerlo, enterrarlo y desenterrarlo para roerlo más aún. No es preciso demasiada moral. Sería trampearse a sí mismo con un exceso de vida. Ve más allá de la moralidad. No te contentes con ser bueno; hay que serlo a toda costa. Todas las fábulas encierran su moral, pero los inocentes que escuchan hallan placer sobre todo por la historia que narran. Nada se interpone entre tú y la luz. Respeta a los hombres, respeta a tus hermanos, y nada más. Cuando emprendas viaje a la Ciudad Celeste, no lleves carta de recomendación. Cuando llames, pide ver a Dios, y nunca a los lacayos. En esto, que es lo que más te conviene, no se te ocurra pensar que tienes camaradas. Haz de cuenta que estás solo en el mundo... (*)

Ojo que atraviesa el cielo. Apertura, desde lo terrestre, hacia el centro del movimiento

   

(*) Fuente: Henry David Thoreau, "Profesión de fe", en  Elogio de la vida salvaje, Buenos Aires, Editorial Rinzai, 1989, pp. 25-26.

 

 

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