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  EL EGIPTO PERDIDO

Texto anómino del Corpus hermeticum 

 

  Los textos que hoy se conocen como el Corpus hermeticum comenzaron a ser escritos por plumas anónimas, seguramente de origen griego, en Alejandría, gran faro de la cultura helenística, en el siglo I d.C. En ese entonces, mucho antes de la mirada romántica moderna,  surge una visión nostálgica por el Egipto perdido, el Egipto de la sabiduría, los templos y los profundos ritos. Nace entonces una corriente de pensamiento hoy conocida como filosofía hermética que intentó fundir supuestas enseñanzas del sacerdote egipcio Hermes Trismegisto con la especulación filosófica helena.  Los tratados Poimandrés y Asclepios están entre los fundamentales momentos de esta antigua doctrina. En el último tratado mencionado se encuentra el apartado denominado "El Apocalipsis", en el que, con palabras inspiradas y desgarradoras un antiguo amante de la sabiduría egipcia perdida exalta las ya lejanas grandezas del Egipto misterioso. Religioso y hechizado por lo sagrado.

E.I  

  EL EGIPTO PERDIDO

  ¿Acaso ignoras, ¡Oh Asclepios!, que Egipto es la copia del cielo o, mejor dicho, el lugar desde el que se transfieren y se proyectan hacia abajo todas las operaciones que gobiernan y ejecutan las fuerzas celestes? Es más, si decimos toda la verdad, nuestra tierra es el templo del mundo entero.

    Así pues, puesto que conviene a los sabios conocer de antemano todas  las cosas futuras, hay una que es necesario que sepáis. Vendrá un tiempo en el que parecerá que los egipcios hayan adorado en vano a sus dioses con corazón piadoso y con un culto continuado.

   Toda su santa adoración se revelará ineficaz y será privada de su fruto. Los dioses abandonarán la tierra y volverán a ganar el cielo; abandonarán Egipto. Ese lugar que en otro tiempo era la morada de santas liturgias, viudo ahora de sus dioses, ya no gozará de su presencia. Los extranjeros llenaran este país, esta tierra, y no solo se olvidará el culto sino que, peor aún, por pretendidas leyes y bajo amenaza de duros castigos será obligado a abstenerse de toda práctica religiosa, de todo acto de piedad o de todo culto hacia los dioses.

   Entonces, esta santa tierra, patria de los santuarios y de los templos, será totalmente cubierta de sepulcros y de muertos. ¡Oh, Egipto, Egipto!, de tus cultos tan sólo quedarán fábulas, y tus hijos ya no creerán ni siquiera en ellas; tan sólo sobrevivirán las palabras grabadas sobre las piedras narrando tus piadosas hazañas. El escita, o el indio, u otro parecido, cualquier vecino bárbaro, se establecerá en Egipto. Y he aquí que la divinidad ascenderá al cielo; los hombres, abandonados, morirán y entonces, sin dios y sin hombres, Egipto tan sólo será un desierto.

   Es a ti a quien hablo, río santo, es a ti a quien anuncio las cosas futuras; olas de sangre te hincharán hasta las orillas y tú las desbordarás, y no sólo tus divinas aguas serán contaminadas por esa sangre, sino que abandonarán su lecho y habrá más muertos que vivos. En cuanto a aquél que sobreviva, sólo por su idioma podrá reconocérsele como egipcio, pues por sus modos de obrar parecerá un hombre de otra raza.

   ¿Por qué llorar. ¡oh Asclepios!? Egipto aún se humillará mucho más, y aún peor: será mancillado con gravísimos crímenes. El, en otro tiempo santo, que tanto amó a los dioses, el único país de la tierra en el que los dioses moraban como premio a su devoción, Él, que enseñó a los hombres la piedad y la santidad, dará muestras de la crueldad más atroz. Entonces, hartos de vivir, los hombres dejarán de mirar al mundo como un objeto digno de su admiración y de su reverencia.
   El Todo, que es algo bueno, lo mejor que puede haber en el pasado, en el presente y en el futuro, estará en peligro de muerte, los hombres lo considerarán una carga; se despreciará y no será ya amado este conjunto del universo, obra incomparable de Dios, gloriosa construcción, creación absolutamente buena, construida con una infinita diversidad de formas, instrumento de la voluntad de Dios que, sin envidia, prodiga su favor en su obra, en donde reúne en un mismo todo, en una armoniosa diversidad, todo lo digno de reverencia, de alabanza y de amor que puede ofrecerse a la vista.

   Las tinieblas serán preferidas a la luz, se juzgará más útil morir que vivir; nadie volverá a elevar su vista hacia el cielo; el hombre piadoso será tenido por loco, el impío por sabio; el frenético será tenido por valiente y el peor criminal por hombre de bien. El alma y todas las creencias sobre ella, según las cuales el alma es inmortal por naturaleza y aspira a esa inmortalidad, serán burladas y no se verá en todo ello sino vanidad. Y, creedme, según la ley será tenido por un crimen capital practicar la religión del espíritu. Será creado un nuevo derecho y nuevas leyes. Ninguna cosa santa, ninguna cosa piadosa digna del cielo y de los dioses que lo habitan, será comprendida ni será creída por el alma. 

  Los dioses se separarán de los hombres. ¡Que deplorable divorcio! Solo permanecerán los ángeles malignos que se mezclarán con los miserables hombres obligándolos por la violencia a cometer los más criminales excesos, impulsándolos a mezclarse en guerras, a comer latrocinios, engaños, y todo aquello que es contrario a la naturaleza del alma. 

   Entonces la tierra perderá su equilibrio, el mar dejará de ser navegable, el cielo ya no estará repleto de astros y los astros detendrán su ciclo en el cielo; toda voz divina será condenada al silencio  y se callará; los frutos de la tierra se pudrirán, la tierra dejará de ser fértil y el mismo aire será enrarecido en un lúgubre sopor.

  He aquí como será la vejez del mundo: irreligión, desorden, confusión de todos los bienes. Cuando todas esta cosas sean cumplidas, ;oh Asclepios!, entonces el Señor y el Padre, Díos, primero en poder, demiurgo del Dios uno, tras considerar estas costumbres y estos crímenes voluntarios, impulsado por su voluntad, que es bondad divina, cerrará todos los caminos a los vicios y a la corrupción universal; enderezará el error, anulará toda maldad, y deshará de ellos por un diluvio, o los consumirá por el fuego, o los destruirá a través de enfermedades pestilentes que esparcirá por diversos lugares. 

  Después de ello reconducirá al mundo a su bondad primordial, para que este mundo sea digno de nuevo de toda reverencia y admiración, y también para que Dios, creador y restaurador de tan eran obra, sea glorificado por los hombres que vivirán en ese tiempo con permanentes himnos de alabanza y de bendición. (*)

 

Ojo que atraviesa el cielo. Apertura, desde lo terrestre, hacia el centro del movimiento

 

 

(*) Fuente:  "El Apocalipsis", en Libro sagrado dedicado a Asclepios, parte de El Corpus hermeticum, Barcelona, Ediciones continente, pp.222-226.

 

©  Temakel

 
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