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SERPIENTE DEL ARCO IRIS

   Por Esteban Ierardo

 

        

  

      Negum, un aborigen de la tribu australiana Unambal, mira un lugar sagrado desde lo alto de una colina. Al sitio le llaman Niat o El Gran Cruce. Es necesario traspasarlo para llegar hasta la Serpiente del Arco Iris, la máxima divinidad de su pueblo. La Gran Serpiente se mueve con sus misterios y poderes mágicos al final del arco de los siete colores. Cuando al término de una lluvia se ve este fenómeno de la naturaleza, y cuando ese hecho coincide con un época ritual del año, un candidato a chamán parte en busca del reptil. Se debe llegar hasta él, para ser devorado por sus fauces y resurgir luego al ser escupido de su boca como hombre de conocimiento. Sólo en el vientre de la serpiente se encuentra la sabiduría. Pero, desde hace tiempo, ningún aprendiz de chamán logra traspasar el Gran Cruce. Siempre, raros monstruos, que pasan con la velocidad del rayo, chocan con los iniciados. Negum, el próximo candidato que mira desde la altura el Niat, confía en una mejor suerte.
    En su aldea se prepara con sus maestros. Se instruye en los secretos del cuarzo, en los viajes al cielo o el infierno, o en las fórmulas mágicas para curar a los enfermos. La última fase de su preparación consiste en un retiro de algunos días con los tres maestros ancianos más venerados de la tribu. Estos son los únicos que, en su momento, cruzaron el Niat y llegaron hasta el final del Arco Iris para ser directamente consagrados como chamanes por la Gran Serpiente. 
   Junto con esos maestros, Negum se interna en un bosque y en la profundidad de una cueva. Allí, su preparación se profundiza. Nuevos secretos le son revelados. Cuando regresa a la aldea, pasa dos días dentro de una choza en absoluta soledad y silencio. No debe hablar con nadie. No debe ser visitado ni acompañado para habituarse a las largas jornadas de soledad que le aguardan. Al reintegrarse a su comunidad, ya no es visto como antes. Todos saben que Negum es el próximo candidato a chamán, y que ya está listo; todos saben que es el que buscará sortear el escollo del Gran Cruce. Es por eso que si bien sus acciones son semejantes a las del resto, su presencia irradia una aureola mágica. 
El período del año para el viaje ritual se inicia. Negum espera el Arco Iris. Se suceden los días. El sol, desde la mañana hasta el atardecer, surca un cielo descubierto. En un mediodía, el candidato ve un águila sobre la región del Gran Cruce. Va hasta allá. Divisa el Niat nuevamente desde una colina. Le sorprende la cantidad de monstruos colisionadores que pasan de un lado al otro. Retorna a su aldea; y, en la noche, observa una estrella fugaz. A los pocos minutos, los astros desaparecen: un ejército de nubes irrumpe. En el amanecer, una lluvia besa el cuerpo desnudo de Negum. La danza de agua baila sobre la aldea. Cuando las gotas se acaban, el Arco iris se dibuja en el horizonte. Negum se emociona. Es el momento de partir.
   Se despide de sus maestros y de las gentes de la tribu. Va sólo y desnudo en busca de la Gran Serpiente. Camina un par de horas y llega hasta la cumbre de la colina desde la que vio el Gran Cruce en varias oportunidades. En esta ocasión, debe ir hacia el paso y no sólo contemplarlo desde la distancia. Antes, ve hacia el norte; ahí perdura el Arcos Iris. Se encamina luego en pos del Niat, el Gran Cruce.
   En su caminata, rememora a muchos candidatos a chamán que intentaron el cruce. Conoció a alguno de ellos; otros nacieron y murieron mucho antes que él. Sus cuerpos despedazados por los monstruosos colisionadores se pudrieron a la intemperie; sus huesos se transformaron en polvo arrastrado por el viento. Ahora ha llegado el turno del intento de Negum; éste bien sabe que todo depende de la voluntad de los antepasados y de los dioses más que de su preparación y sus deseos. 
   Llega entonces hasta unos escasos cinco metros de la zona a cruzar. Se oculta detrás de unas piedras para que los veloces monstruos colisionadores no se den cuenta que él está ahí. Ya lo tiene bien pensado: cuando aparezca en su mente una luna que ocupe todo el cielo, correrá hacia el Gran Cruce. Buscará traspasar la estrecha región de los monstruos con la mayor rapidez posible. Antes de esto, Negum mira el Arco Iris por última vez. Confía en que la Gran serpiente, con sus poderes secretos, lo esté esperando entre los siete colores encantados. La luna que cubre todo el firmamento ya se aparece en el pensamiento del aborigen. Y éste se lanza entonces sobre el Gran Cruce. Los monstruos colisionadores pasan y pasan. Negum siente una tremenda sacudida. La luna de su mente se parte en mil pedazos; su sangre se esparce por el aire. Y, mientras los automóviles pasan y pasan, su cuerpo sin vida queda a un costado de la ruta australiana.

                            

 

©  Temakel. Por Esteban Ierardo