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  EL VASTO VUELO  DE LAS AVES MIGRADORAS

Por Esteban Ierardo

 

Aves durante su migración

   

  Las alas reciben la voz del viento. El pájaro acomoda su historia sobre el nido. Tímidamente, de entre terciopelos del aire, comienzan a emerger las primeras puntas de lanza del frío. El invierno pronto llegará. Entonces, entre las aves nace un coro  de voces. Cantos. Gorjeos que acompañan las miradas de los seres alados que se orientan hacia espacios remotos de la tierra. 

  El invierno viene y es preciso vivir con el calor. Es oportuno volar hasta lo caliente. El corazón creado para la altura quiere siempre descubrir un mar de calidez.

     Y para hallar la estación que regala un nuevo calor, es preciso atravesar distancias troqueladas por sucesiones de montañas, ríos, bosques, mares. Para que el ave se libere del frío y conquiste un nuevo hogar veraniego es necesaria una repetida osadía: la migración, el viaje imponente, los aleteos continuos, que surcan millares de kilómetros. Un espacio tan vasto como los continentes.  

  Y la humanidad ensimismada persevera en su mundo sin ventanas. Grita de continuo la superioridad del hombre. Así, ni tú ni yo podremos sorprendernos por el inminente inicio de una maratón superior a todos los eventos atléticos de la clásica antigüedad griega o del mundo de las competiciones modernas. El mamífero soberbio que construye ciudades no podrá celebrar y acompañar el nuevo comienzo de un viaje heroico y multitudinario: el vuelo de las aves migradoras.

  Y  ya, ahora, una orden atávica, imperceptible para el oído del hombre, se propaga veloz a través de plumas  y alas. Y miles de ligeros pájaros inician la travesía.

   Y el nuevo vuelo de las aves migradoras comienza.   

    Atraviesan las aves altares flotantes del cielo. Y componen un río de fosforescencia que incendia la altura. La altura del firmamento que es tan vieja como el origen secreto de tus ojos y el murmullo resonante de las olas. 

   Y el torrente de las alas que viajan por los techos de la tierra son una historia y una emoción desconocida para tu vida de pantallas. Casas. Edificios. Y paredes.

  Y podría correr por las azoteas, por las llanuras del caballo salvaje, o sobre el volumen espumoso de la nubes, para ser un pensamiento que acompaña. Ser pensamiento que corre. Y ve, imagina, ausculta y experimenta la polifonía de aleteos de las aves en vuelo. Es llama digna para el pensar el viaje de las pequeñas creaturas, jinetes del aire, que pueden domar las prepotentes distancias del cielo...

 

  Cientos de especies de aves realizan dos grandes migraciones anuales. La mayor parte de las aves necesitan de los climas templados. Esto les permite conseguir alimentos abundantes y entregarse a la procreación, la cría y la construcción de sus nidos. El momento de la partida le es señalado por un llamado "reloj biológico". Ciertos indicios ambientales también le señalan el momento de iniciar su travesía hacia un hábitat más adecuado. Estas señales consisten en el descenso de la temperatura y el debilitamiento de la vegetación. A la vez, la disminución de los periodos de luz de los días generan en los seres alados cambios hormonales con importantes efectos corporales. Aumentan su volumen y el vigor de sus músculos, e inician la acumulación de nuevas reservas de grasa que consumirán durante el vuelo. El almacenamiento de grasa, ocasionado por la intensificación del ritmo alimentario, es especialmente decisivo para las criaturas aéreas que, por atravesar mares y desiertos, no podrán detenerse para aprovisionarse.  Algunas especies renuevan sus alas y, otras ya están en condiciones para la gran travesía a las pocas semanas de su nacimiento. 

   Cuando los preparativos para el viaje se han completado, comienza entonces el gran vuelo migratorio que conducirá a millones de pájaros hacia lejanas regiones. Hacia el otro lado del mundo. Como en el caso del charrán ártico. Al final del verano, en la árida y bella geografía alaskeña, principia su aventura en las rutas celestas el charrán de las regiones árticas, quizá el máximo viajero del planeta azul. Este gran ser migrador no supera un cuarto de kilo y el color que ostenta su plumaje es blanco-plateado (foto izquierda). Durante los meses de junio, julio y agosto, vive en el Ártico. Y, luego, vuela hacia el sur, sobrevuela Europa y África para arribar a la Antártida en la época estival. Todos los años, el charrán recorre 30.000 kilómetros  para realizar el viaje de ida y vuelta entre los dos polos.

     Algunas aves vuelan mediante el planeo y, otras, a través de un aleteo continuo. Los pájaros planeadores principian su vuelo algunas horas después del amanecer. El sol calienta la tierra y, de esa manera, genera corrientes de aire ascendentes. Mientras duran estas corrientes térmicas, las aves avanzan con facilidad. Pero, al desvanecerse la tarde, el cálido aire de la elevación se amortigua y, entonces, los viajeros alados deben interrumpir su marcha. Y esperar el regreso de una nueva corriente ascencional. Las aves planeadoras no pueden recorrer así grandes distancias. Este es el caso de las cigüeñas, grullas, y el albatros (1).

  Las aves que se desplazan por medio de un aleteo constante pueden volar durante el día o la coche. Las especies que atraviesan el océano deben volar muchas horas sin detenerse porque no siempre hallan una isla o barco donde posarse para descansar. De todos modos, en casi todos los casos, los nómadas del aire deben interrumpir su marcha para alimentarse y reponer energías. Pero el descanso no altera la celeridad del viaje. Los machos desean arribar cuanto antes a la región de cría para alojarse en los territorios más pródigos en alimentos y unirse con las hembras más agraciadas.

  La mayoría de las aves vuelan entre los 1000 y 6000 metros. La mayor altura la alcanzan los ansares de nuca barreada. Cada año, estos pájaros se deslizan desde los lagos de las montañas del centro de Asia hasta el Valle del Indo. En su travesía migratoria, traspasan el Himalaya a mas de 9 mil metros. 

  La cantidad de pájaros que migran dos veces al año, entre Alaska y Europa y el Norte de Asia y el África Central, son alrededor de 5.000 millones de individuos. Una cifra aproximadamente equivalente a la de los seres de rostro humano que reciben los rayos solares en la tierra.

   Cuando el hombre se halla en una ciudad o un lugar extraño debe apelar a un mapa o brújula para evitar extraviarse. Las aves que migran, y las palomas mensajeras, no necesitan de ningún instrumento de orientación. Su poder de elección de la dirección correcta es asombrosa. En muchas ocasiones, reaparecen sobre el mismo nido, árbol o torre de iglesia en el que habitaron el año anterior luego de la ultima migración. 

   Las teorías sobre su capacidad de orientación suponen un cúmulo de variables relacionadas con el sol, las estrellas, las señales del terreno, los campos magnéticos, los sonidos y los olores. Como los navegantes primitivos, las aves podrían guiarse mediante el disco solar y los astros nocturnos. Durante el día, algunas reconocen la posición solar en relación a su punto de partida. Las aves que migran durante la noche se valen de las titilantes antorchas de las estrellas. (como los cucus, chipes y otras paserinas). 

  El vuelo mediante las señales del terreno consiste en la detección de grandes faros o referentes visibles, como valles, praderas, montañas y ríos. Algunas especies escucharían los infrasonidos generados por las colisión del viento sobre las montañas lejanas. Desde su nacimiento, las aves también pueden reconocer el centro de rotación de la bóveda celeste. Este lugar de la cúpula actúa como guía porque nunca se desplaza y se muestra siempre, por tanto, en el mismo sitio.

  El magnetismo terrestre seria la otra gran vía de orientación. Las aves poseerían una brújula interna que las hace sensibles a los campos magnéticos. Cuando las nubes inundan el firmamento, hallan su camino mediante la detección de las líneas del campo magnético que atraviesan en el planeta y que señalan al sur en el norte y al norte en el sur. El hallazgo de magnetita en la cabeza de las palomas mensajeras avalaría la presunción de la "sensibilidad magnética" de las criaturas aéreas.

   Ciertas especies voladoras se orientarían a través de olores característicos como son los aromas que irradia un prado o una colonia de aves marinas.   

    El profesor italiano F. Papi, de la Universidad de Pisa, descubrió que algunas palomas mensajeras se orientan mediante un mapa olfativo determinado por los olores que se propagan en el viento. Pero este descubrimiento no pudo ser convertido en un principio suficientemente demostrado para la orientación de las palomas de otras regiones.  

    A pesar de algunas teorías con ciertos asideros, el método de orientación y navegación de las aves migratorias continua siendo un misterio...

   Y la orientación de las aves es tan enigmática como el origen de su vuelo. Existen dos teorías muy difundidas en esta materia. La primera es la llamada "teoría del origen arbóreo del vuelo". Esta afirma que, en la era mesozoica, las plumas arropaban el cuerpo del ave con el propósito de regular su temperatura corporal. Pero estas alas también poseían la suficiente longitud y vigor como para efectuar planeos. Estas primeras aves tenían dedos y garras y alas. Mediante los dedos que brotaban de las alas, estas prehistóricas aves embrionarias podían trepar y luego dejarse caer de las ramas. Así, consumaban breves planeos que les permitían escapar de depredadores y capturar presas. El planeo les otorgaba una ventaja cualitativa en el duro arte de la supervivencia. Y estos arcaicos pájaros  ensayaron planeos cada vez más extensos hasta poder volar sin necesidad de descolgarse desde las ramas.

  La segunda teoría, denominada "del origen cursorial", asegura que existieron aves primitivas corredoras. A fin de equilibrar su cuerpo en las carreras, estos pájaros desarrollaban el área superior de sus extremidades. Este desarrollo dio como resultado el poder de elevarse mediante el impulso de la carrera y los brazos. Sin embargo, a pesar de algunos rasgos aparentemente convincentes, ninguna de las dos teorías poseen los suficientes hallazgos que avalen o demuestren definitivamente sus postulados. 

  Y, otra vez, el origen del vuelo, como el poder de orientación de las aves exuda, en silencio, el vapor del misterio...

 2. Los claros laberínticos del aire

   El laberinto suele imaginarse como arquitectura de la confusión, como un infierno subterráneo, o un bosque de profusos senderos. Ocultar, confundir, extraviar, son sus principales funciones (2). El laberinto clásico por excelencia, el laberinto de Cnossos, construido por Dédalo, por mandato del Rey Minos, buscaba ocultar en su centro el Minotauro, nacido de la perversa relación entre Pasifae, esposa del monarca de Creta, y el toro blanco obsequiado por el dios Posidón (3).  Teseo, el héroe matador del Minotauro, luego de su hazaña y su instante de gloria, se despeña en la perversidad y la necedad al aceptar la propuesta de su amigo Piritoo de bajar al Hades para secuestrar a Perséfone, la hija de Démeter, la de la rubicunda cabellera. En el mundo subterráneo del Hades se extravía en laberintos corredores hasta que, al detenerse a descansar, se queda petrificado en una roca letal (4).

   Lo laberíntico divide, complejiza y enreda el espacio. Y en el laberinto de senderos inmanejables, el humano descubre su finitud, su imposibilidad para ser dueño de una verdad quieta, sumisa, de amables y tranquilizadores brillos. 

  Así, la imagen mítica del laberinto es una expresión exacerbada de la incapacidad humana para comprender y dominar la totalidad del espacio.  

   El espacio y su vastedad ofrecen incalculables caminos para ser recorridos, explorados. La suma de todos estos senderos posibles es el laberinto. Frente a las múltiples vías de movimiento en el espacio, el humano puede extraviarse fácilmente. El hombre se pierde en el laberinto porque es incapaz de comprender e imaginar a la vez todos los caminos posibles hacia un centro que quizá sea la verdad (5). El humano necesita de la simplificación: de un solo camino que lo oriente hacia la meta deseada. Pero hacia todo, y en especial hacia ese centro simbólico donde vive la verdad, existen, al menos potencialmente, inacabables sendas. Desde esta perspectiva, el laberinto se compone  de todos los senderos posibles y paralelos hacia el centro profundo de la existencia universal, o hacia la revelación de un destino personal.

  Pero los muchos caminos posibles no niegan que halla uno especial que sea el "más corto" o eficaz para arribar al centro.

  Entre los muchos caminos posibles hacia un destino, el mamífero humano se extravía fácilmente. Es lo que ocurre en una gran ciudad. Cuando buscamos una meta o destino dentro de la intrincada urbe moderna, rápidamente podemos perdernos. La ciudad deviene así una especie particular de laberinto que nos condena a la confusión y el extravío. Experimentamos así nuestra incapacidad para elegir el camino más corto hacia la meta. Para hallar entonces el sendero adecuado, necesitamos retahílas de señales observables: números y nombres de calles, edificios o carteles (6). Esta misma búsqueda de señas visibles conducía al cazador primitivo hacia su esquiva meta: el cuerpo libre y apetecido del animal (7).

  ¿Pero qué ocurre cuando el mamífero pensante no puede apelar a las señas visibles, cuando para arribar a su meta, debe atravesar bosques o llanuras que carecen de marcas que lo guíen?  La sola biología humana, es incapaz de elegir el camino correcto. Entonces, la insuficiencia de los propios sentidos es compensada con instrumentos, aparatos, brújulas magnéticas.

  El bosque,  y las vastas planicies terrestres o marinas, pueden extraviarnos. Lo mismo que el espacio aéreo. Lo mismo que en los laberintos de la tierra, el agua o la ciudad, podríamos perdernos en laberintos de aire.

  Pero el laberinto aéreo es siempre vencido y sojuzgado por el ave viajera. Sin necesidad de instrumentos, por el poder misterioso y natural  de su propia biología, el ave percibe los campos magnéticos imperceptibles para nosotros, débiles mamíferos pensantes. El ave migratoria no vuela entonces en un laberinto de aire de amenazante amplitud. Por el contrario, el cielo para el ave es el transparente reino del magnetismo que guía un viaje seguro y feliz.

  El ave vence el peligro del laberinto del aire con el poder de sus alas y la secreta invocación a una divinidad. Cuya voz habla, guía y atrae mediante palabras cargadas de atracción magnética. 

  2. Filípides, y la resistencia triunfante del pájaro

 

 

 

 

 

               Dos vencejos en vuelo 

   En el norte de Grecia surge una densa nube de polvo. Entre la polvorienta nubosidad, avanzan  miles de guerreros. Su jefe es un rey: Jerjes, el monarca persa que ambiciona la tierra helena y que imagina ya el fasto de su ingreso triunfal a Atenas. Pero, a escasos kilómetros de la ciudad de la Acrópolis, decididas y abroqueladas huestes griegas proponen una última batalla. El aire intimidante e invencible del expansivo imperio persa no puede eludir este desafío. Entonces, los dos ejércitos se confunden en la danza ríspida y caótica del combate. 

  Y los griegos, alimentados por la pasión que motiva el defender la propia tierra, quiebran la lanza invasora.     

  Los persas se retiran. 

   La victoria es ya una certeza. 

  Con extrema angustia, en Atenas todos aguardan el desenlace de los hechos. El general ateniense vencedor, Milcíades, envía a un soldado, Filípides, para que, a toda carrera, marche hasta Atenas para anunciar el triunfo.

  Filípides inicia su marcha veloz. Sus piernas estremecidas, sudorosas, atraviesan llanuras y colinas. Los latidos de su corazón siembran en su pecho un vértigo cada vez mas retumbante. A pesar de que sus tobillos ya vacilan, a pesar de un vapor neblinoso que deforma su visión, llega a la ciudad de los filósofos, al Ágora y el Partenón. Reconoce a su alrededor un ansioso y expectante enjambre  humano que lo rodea. Esperan una palabra de su garganta estrangulada de fatiga.

  Y, entonces, anuncia:

  "¡Alegraos, atenienses, hemos vencido!", e inmediatamente después el mensajero se desmorona. Muerto. Su carrera entre Maratón y Atenas fue de 40 kms. 

  En la Olimpiada de 1896 se organiza la primera Maratón, la prueba por excelencia de la resistencia atlética. La distancia a recorrer es la misma que hace muchos siglos atravesó el soldado corredor anunciador de la victoria griega.

   En el hombre, el caminar es rítmica y sosegada sucesión de una pisada tras otra. Cuando un pie se alza, el otro acoge todo el peso corporal y mantiene la fijación en la tierra. En el caminar, siempre algún pie cultiva una permanente adhesión al suelo terrestre. El correr, en cambio, es la imitación del avanzar aéreo del pájaro. En la agitación de rodillas alzadas, de piernas expansivas y músculos tensos, se suceden breves instantes, en que ambos pies flotan en el aire. Con sus brazos arqueados, batientes, el corredor simula el aleteo raudo del ave. 

   Pero aun el mas veloz atleta humano es pálido pájaro terrestre. 

    En su vuelo-carrera el humano debe prepararse especialmente para resistir la distancia de 40 kms. El atleta que se prepara en estas lídes se distingue de los otros miembros de su especie. Es especialmente resistente. Es ejemplo de una resistencia soberana. Para conseguir esta condición excepcional no basta con su propio esfuerzo o tenacidad. Son precisas también las pistas o caminos donde entrenarse; son necesarios entrenadores, especialistas en nutrición y competición profesional y eventuales estímulos psicológicos o monetarios.

  El atleta  profesional es una excepción de su especie. Es la máxima expresión de un atípico poder de resistencia.

  En las aves migratorias, la resistencia extrema es un atributo repetido y difundido por igual entre todos sus miembros. No es una aristocrática excepción.

  Ya hemos mencionado el caso del charrán ártico, el mas poderoso viajero de nuestro planeta. Pero son muchos otros los ejemplos de la travesía heroica de las aves. El chorlito americano recorre 4000 kilómetros sin pausas entre Alaska y  Hawaii; un colibrí rubí vuela 800 kilómetros diarios a razón de 80 kms por hora; el papamoscas de vientre sulfuroso viaja de 3000 a 4000 millas para llegar a la cuenca del Amazonas luego de iniciar su travesía en montañas próximas al Río San Pedro. Las cigüeñas, por su parte, construyen sus nidos en el nordeste de Europa y, en el otoño, vuelan hasta 10.000 kilómetros para arribar al sur de África. La parela pichoneta es un ave marina que vive el verano en las rocas de las islas del oeste de Europa; y, durante la estación otoñal, recorre el Atlántico hasta alcanzar las costas de Brasil y Uruguay. Lo mismo que que las cigüeñas, sus gotas de sudor empapan alrededor de 10.000 kilómetros.

  Pero un caso singular es el del vencejo. El vencejo es un magnifico prodigio volador (foto arriba izquierda). Se alimenta mediante la caza de insectos. ¡Puede dormir y copular durante el vuelo! Y anidan por tres meses en el Norte de Europa y luego viven en el cielo. Día y noche. Sin regresar a la quieta y firme tierra para descansar.  

   Numerosas aves de gran porte se disponen en una formación de "V" para recorrer grandes distancias. Esta disposición geométrica responde a fines aerodinámicos. El batidos de las alas de los pájaros que vuelan delante produce torbellinos y corrientes de aire ascendente en los costados que son aprovechados por los alados viajeros que aletean detrás. La "V" del vuelo colectivo de las aves se nos ocurre algo mas que un atributo instintivo o mecánico. En aquella "V" una arbitrariedad poética sospecha una señal de la victoria, de la heroica resistencia en vuelo de los únicos señores de las alturas.

  

   Las aves y el otro mundo.

El alma del difunto, transformado en pájaro, inicia su vuelo al otro mundo. Antigua imagen egipcia.

 

   El aire no ama las cavidades. Prefiere expandirse como viento y recorre amplitudes del cielo. Lo aéreo que visita los pulmones del hombre lo hace a condición de un rápido regreso al espacio abierto. En la tierra, el mamífero humano solo se funde con el torrente aéreo, sólo vive plenamente las riquezas del aire, en el momento de la inhalación y la retención pulmonar. Vivimos con el oxígeno únicamente de manera fugaz, discontinua, intermitente.

  Sólo el pájaro fue misteriosamente creado para ser continua vida en el aire. Recordemos al vencejo y sus nueve meses de suspendida existencia en el cielo. 

   Y el ave es también el ser que mantiene una constante comunicación entre este mundo y el más allá, el otro mundo.  

   Para la antiguas culturas, el otro mundo es el reino de los muertos, la morada de los dioses, o una tierra o isla de eterna abundancia (8). La magia geografía del otro mundo siempre se halla en los confines, en finis terre. Entre los egipcios, el prototipo de tierra fabulosa situada en la lejanía del otro mundo es el País del Punt (también llamada Tanetjer, "la Tierra del dios"). Allí arribo la famosa expedición de la reina Hatshepsut (XVIII dinastía), quien trajo "las maravillas del Punt", que se distinguían por sus aromas o fragancias, signos de una tierra fértil especialmente bendecida por los dioses. Sólo una expedición encabezada por un faraón, por un dios en este mundo, podría arribar hasta la remota otredad del Punt (9).    

    Entre los sumerios existió Dilum, la tierra que algunos mitos del Sumer identificaban con el Edén o Paraíso, con un sitio donde moran y habitan los dioses, "el lugar donde el sol nace" (10).

  Las tierras míticas situadas en la lejanía del espacio geográfico son numerosas entre los griegos y romanos. La vida sosegada, feliz, acontece en lugares como la Isla Esqueria, la patria de los feacios;  la Tule de Piteas, la tierra ubicada en el extremo septentrional del mundo; los Campos Elíseos, el paraíso que, en la Odisea, Proteo predice a Menelao como destino final de las almas justas; las Islas de los Bienaventurados, sitio donde los héroes vivirán felices exentos de dolores y colmados de abundancia; el Jardín de las Hespérides, donde las manzanas entregan frutos de oro durante todo el año; o la Tierra de los Hiperbóreos, donde sus habitantes viven en la continua alegría, entregados a la danza, a la contemplación y la veneración de su dios preferido: Apolo. Entre los romanos, además de las creencias en los Campos Elíseos y las Islas de los Bienaventurados, existió también una exaltada admiración por las Islas Afortunadas (11).

  En todos los casos, la lejanía y el dificultoso acceso hacen de estas islas y tierras maravillosas  moradas o estancias que trascienden la existencia humana corriente. Estos sitios extraordinarios carecen de una ubicación geográfica precisa. Son el otro mundo, aunque siempre situados en los confines de nuestra propia realidad habitual. Esta inclusión de las tierras míticas fabulosas en los extremos de la geografía conocida hace que tanto el mundo corriente y el otro mundo se hallen bajo un mismo cielo. Todas las tierras, humanas o divinas, palpitan bajo el único cielo. Cielo constante. Espacio sin divisiones. Y sólo las aves que vuelan, migran, reinan en el cielo indiviso. En el espacio celeste sin escisiones. 

  Nada perturba el cielo único. En la cúpula pueden surgir aéreos tapices de nubes. Cúmulos de vapores que cambian lentamente sus formas y exhiben rostros con distintos colores. Blancas nubes a veces y, otras, nubes tiznadas de tinturas plomizas o de negras tonalidades sombrías. Nubes que corren como corceles y alteran sus tonos y figuras. Y crean bellos y rosados valles en ocasiones, y coléricas tormentas en otras. Y, en especial durante la tempestad, la bóveda parece desgarrada, triturada por distintos enjambres nubosos. Y por rayos. Y por lluvias. Y vientos de ásperos susurros. Pero los follajes de nubes siempre se desvanecen, y revelan entonces el cielo que, tras la agitación y multiplicidad nubosa, permanece constante. Único. El cielo sin divisiones. La cúpula constante donde brilla el reino de las aves. 

   Pero nuestro espacio es páramo de lo dividido, de lo fracturado y separado. Las culturas y países han impuestos fronteras, banderas y lenguas diversas. Las divisiones de la humanidad fragmentan la geografía. Pero también dos elementos nutren las divisiones: el agua y la tierra.  

   El agua y la tierra dividen. El vasto suelo de los continentes y las amplitudes del mar, se excluyen, se mantienen separados, divididos.  

   Pero el cielo es continuo. No es espacio dividido por los continentes y los grandes mares separados entre si. Y el pájaro es el único ser que habita el cielo constante. El espacio no dividido. 

  Las aves vuelan por el cielo único. Son los únicos seres orgánicos que lo habitan. Sólo las aves existen en el mundo de arriba, ajenos a las divisiones entre la tierra y el agua. Entre los estados y las banderas.

   Caso paradigmático de la vida en el cielo continuo es, otra vez, el vencejo. Y, a través del firmamento sin divisiones, podemos arribar a todas las regiones, y unir los dos mundos distantes. Así lo hace el charrán ártico, héroe de desmesurada resistencia que ya conocemos. Mediante dos viajes al año. El charrán une su hogar de nacimiento con el otro extremo del mundo. El charrán vive entonces en dos mundos, asociados a los dos polos. La realidad desdoblada de estos dos mundos separados por una gran distancia se corresponde con la creencia mítica entre el hogar de los mortales y el más allá, el segundo mundo, ubicado siempre en los confines, en la máxima lejanía.

  Y la mejor vía para unir los dos mundos es el aire, las rutas celestes. Porque el cielo es materia sutil, es espacio vacío que permite contener y proteger los dos mundos de la imaginación mítica y todos los mundos posibles. En el movimiento a través del cielo respira el secreto de la comunicación entre todos los mundos. De ahí que el ala y el vuelo es el medio para unir nuestro pequeña realidad conocida con las islas o tierras míticas en los confines, en el más allá.   

  El vuelo de pájaro es vuelo al más allá. Quizá, las más antigua intuición de los poderes místicos del vuelo de ave es la que dimana el hombre pájaro en una de las paredes de la cueva prehistórica de Lascaux (12). Un chaman siberiano evenki se vale de cuatro pájaros de madera tallada para asegurarse el paso al otro lado. Primero, el águila para protegerse de los malos espíritus; luego, el cuervo que vela por su integridad durante el trance; tercero, el cisne que lo guía y conduce al más allá; y, por ultimo, el pájaro carpintero que le otorga poderes curativos. Para arribar al mundo espiritual los chamanes siberianos nganasanos se convierten en Gavia Stellata, una especie de ave buceadora ártica cuyos ásperos sonidos conmocionan el espíritu. (13)

  Para viajar hacia el mundo de los muertos, luego de su muerte el alma de un navajo se transforma en búho. Entre las tribus amazónicas, el difunto deviene colibrí.  Los chamanes de los inuits canadienses se convierten en un oso polar para arribar hasta el otro lado porque, al nadar en las aguas transparentes, el fornido animal pareciera volar (14). Entre los egipcios antiguos, el alma era representada por un pájaro posado sobre el sarcófago de la momia (15).

  El vuelo del pájaro, la travesía de las aves migradoras, nos revelan partes de las posibilidades del cielo. 

  Lo celeste es camino abierto hacia los diversos mundos. Comprender la geografía sutil del cielo y sus fuerzas como lo hace el pájaro, es traspasar la puerta abierta hacia todos los pliegues de la realidad. Volar en la altura es el más alto poder de proyección hacia todo lo que pueda existir en el espacio. Es la negación del laberinto terrestre, de la arquitectura intrincada que castiga con el alejamiento y la incomunicación, con la confusión y el no avanzar, el no proyectarse ya hacia ninguna parte.

  En sus vuelos en el cielo, para evitar el extravío, el pájaro es receptivo a figuras de la tierra, a sonidos, olores, las posiciones de los cuerpos celestes, y las invisibles líneas magnéticas. Esta intensidad perceptiva revela una abertura al espacio sensible que vibra y habla y dice mediante señales. El cielo del ave es espacio vivo que comunica. Una forma de la percepción del mundo natural en las antípodas de la indiferencia, el no decir o comunicar nada del cielo para el hombre moderno y urbano.

  Y el vuelo eleva los ojos de  las aves hasta la altura. La mirada del ave es la que más se acerca a la contemplación del mundo físico real. Solo desde lo alto la geografía revela la continuidad entre las tierras y los mares bajo el cielo único que los ampara y les obsequia las renovadas corrientes de la luz diurna y nocturna. Apreciadas desde arriba, las regiones diversas son una sola exhalación donde viven los bosques y las especies numerosas, los nacimientos y las muertes, los resplandores de los metales, de las aguas, y de los rostros de los animales, y, entre ellos, el del hombre. 

  Solo un ojo suspendido en la cima celeste descubre el cuerpo vasto y circular del planeta; sólo el ojo que vuela y migra a través de las rutas de la bóveda, sabe descubrir la plenitud del espacio. 

 

  

CITAS:

 (1) El albatros es un ave marina que, mediante sus alas alargadas y finas, realizan planeos bajos para aprovechar el viento que recorre la superficie del mar,

 (2) Ver por ejemplo Luis Miguel Martínez Otero, El laberinto, Biblioteca de los símbolos, Ed. Obelisco,  Barcelona, 1991.

 (3) Posidón, dios del mar, le envío a Minos un bello y radiante toro blanco para que le fuera sacrificado. Al advertir la belleza del obsequio de la deidad del océano, el rey de Creta ocultó el toro entre sus establos y sacrifico otro animal en su lugar. El toro de Posidón atrajo luego a Pasifae, la esposa de Minos. Pasifae le ordenó a Dédalo, el arquitecto constructor del laberinto, que le construyera una vaca de madera. Pasifae se colocó dentro de la vaca artificial y se unió con el toro de Posidón. Producto de esta unión perversa fue el Minotauro. 

 (4) Junto con Piritoo, Teseo descendió al Hades para raptar a Perséfone una vez en el mundo subterráneo. Lograron burlar a su guardián, el perro Cerbero, y se lanzaron entonces a la búsqueda de la hija de Démeter. Pero entonces se adentraron en un laberinto de penumbras pasadizos. Extenuado, Teseo se sentó en un roca para descansar. El castigo a su arrogante osadía entonces se le impuso. Teseo, el héroe trunco, el sujeto perverso, se convirtió en piedra.

  (5) En las culturas arcaicas el centro siempre es símbolo del ser esencial. Desde un centro, surge el mundo creado por los dioses; desde un centro simbólico se levantan los templos o las ciudades; y, allí se halla también la abertura hacia todos los planos de la existencia. Ver Mircea Eliade, Imágenes y símbolos.

  (6) Guillermo Enrique Hudson, genial escritor y naturalista argentino, analiza el extravío del hombre en las ciudades o en los vastos territorios. En algunos condiciones de extrema necesidad, el hombre civilizado, puede recuperar un viejo instinto de orientación que duerme en su primitiva biología animal. Ver Guillermo Enrique Hudson, "Un cierva en Richmond Park", en Páginas luminosas, Ed. Orión, Buenos Aires, 1983, pp.183-204.

 (7) El historiador italiano Carlo Ginsburg estudia las diversas modalidades de un "paradigma indiciario" como comprensión de la verdad o lo oculto a través de señales e indicios empíricos. El comportamiento del cazador prehistórico es uno de los máximos ejemplos de esta modalidad de conocimiento. Ver Carlo Ginsburg, Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia, Barcelona, Ed. Gedisa, pp. 144 y ss.

  (8) Un muy recomendable estudio sobre las tierras e islas míticas y fabulosas de la antigüedad clásica situadas en los confines puede consultarse:  Tierras fabulosas de la antigüedad, Servicios de Publicaciones de la Universidad de Alcalá, España.

  (9) Cf. Ibid.

  (10) Cf. Ibid.

  (11) Cf. Ibid.

  (12) El hombre pájaro en la cueva francesa de Lascaux muestra a un misterioso personaje antropomorfo, recostado, y con cabeza de ave. A un costado, se distingue lo que parece un bastón, quizá un emblema de la condición mágica de un primitivo sacerdote.

  (13) Ver Nicholas J. Saunders, Los espíritus animales. Simbolismo y mitología de los animales a través de diversas culturas y épocas, Ed. Debate, 1996.

  (14) En la clásica obra de Mircea Eliade sobre el chamanismo pueden encontrarse muchos ejemplos de la identificación del hombre con los pájaros y la adquisición así de los poderes mágicos para volar al otro mundo. Ver Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, México, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1986.

  (15) Luego de la muerte del egipcio y de su momificación, su alma devenía el pájaro Ba. Con esta condición emprendía su vuelo hacia la morada de Osiris como parte de su viaje hacia la inmortalidad. Ver Fernando Schwarz, Gegrafía sagrada del Egipto Antiguo, Buenos Aires, Errepar, pp.276-279; y Henri Frankfort, La religión del antiguo Egipto, Ed. Laertes, Barcelona, pp. 174-176.

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo