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LAS POTENCIAS TRASCENDENTES DEL PAISAJE EN LAS LITERATURAS DE HUDSON Y SARMIENTO

Por  Esteban Ierardo

 

Paisaje patagónico, la geografía de un singular influjo en la sensibilidad humana tal como lo testimonia la literatura de Guillermo Enrique Hudson (foto página stud.ifi.uio.no)

 

   En este año 2002, en el Espacio Y, un centro cultural de la Ciudad de Buenos Aires, dicté una conferencia en torno al paisaje y su efecto profundo en la sensibilidad humana. Las obras que nos guiaron en esta exploración son las de Guillermo Enrique Hudson, un gran naturalista poeta, y Domingo Faustino Sarmiento, emblemático y controvertido escritor argentino. Mediante estos dos senderos narrativos nos aproximamos a la fusión entre la geografía y la conciencia. En el caso de Hudson, es el efecto del paisaje patagónico una de las dimensiones que más recorrimos; en cuanto a Sarmiento, es el influjo de la Pampa, patria del gaucho y de lo ilimitado, la esfera de sentido que más nos ocupó.

    La tierra y sus vestidos de rocas, suelos y plantas crecen también en la piel y mente de los hombres.

E.I

   Aclaración: Dado que el texto que les presento a continuación nació como una conferencia, he conservado ciertos giros e inflexiones coloquiales propios de un lenguaje de transmisión oral.   

  Para quienes deseen informarse sobre las actividades culturales en Espacio Y... Lugar Cultural, en la Ciudad de Buenos Aires, pueden enviar un email a: espacioylc@yahoo.com.ar

 

I

    Buenas noches a todos. Les agradezco que me hayan convocado. He tratado de pensar algo que esté próximo al espíritu que estimo Uds. están desarrollando en este espacio, vinculado a la búsqueda de lo ético. Personalmente cultivo con más frecuencia la senda estética; de todos modos, no hay estética que no presuponga algún tipo de ética y es en ese sendero del posible pensamiento que los voy a invitar a que realicemos una exploración. Exploración que tiene como horizonte la geografía, el paisaje, porque desde esa dimensión es de donde pienso acercar algunas excitaciones para el pensar mediante la obra de Guillermo Enrique Hudson y de Domingo Faustino Sarmiento. Exploraremos las posibles repercusiones espirituales en los pueblos del paisaje. Esto implica que la naturaleza debe ser dignificada; debe ser sustraída de la idea de paisaje como escenario pasivo para los acontecimientos humanos. Es decir: la naturaleza como una suerte de gran escenario sobre el cual el hombre, único gran protagonista, desempeña su drama.
   La segunda idea para hablar del paisaje desde Hudson y desde algunos aspectos de Sarmiento, consiste en recuperar la naturaleza ya no como aquéllo que está ordenado según leyes científicas, o según la posibilidad de convertirla en fuente de materias primas. La naturaleza estudiada por la ley científica, con sus ecuaciones o mediciones, o la naturaleza como aquello que es explotado por el capitalismo en la época moderna, son otras dos formas de naturaleza que dejaremos de lado en este momento. Porque la naturaleza que recuperaremos es aquella que puede existir con independencia del hombre y sus valores. Es la tierra o el paisaje que en sí mismo tiene ya un sentido, una significación, antes de que el hombre le proyecte sus propios sentidos. Esta otra idea de tierra, de paisaje, de geografía, que estoy intentando transmitirles, se relaciona con la geografía tal como fue percibida en las culturas arcaicas o antiguas. En la antigüedad existió la experiencia de la tierra como geografía sagrada; es decir, la tierra posee una significación propia, trascendente, que el hombre intenta percibir y venerar. La recuperación de la dignidad de la tierra y el paisaje es lo que nos permitirá acercarnos primero a la obra de Hudson, y luego a Sarmiento.
   El paisaje del que  hablaremos a propósito de Hudson se entronca con el paisaje de La Pampa y con el de la Patagonia. Guillermo E. Hudson nos conducirá a una valoración estética del paisaje argentino; pero esta valoración tal vez pueda después convertirse también en una propuesta ética.
   Primero acerquémonos al paisaje argentino, según como lo testimonia Hudson en su obra; y, ante todo, empecemos a transmitir quién fue Hudson en cuanto a su personalidad y, luego, cómo ésta se propaga en su obra.
   Guillermo Enrique Hudson, este naturalista escritor y pensador, nació en una estancia llamada "Los 25 ombúes " el 4 de agosto de 1841, ubicada en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Pertenecía entonces al partido de Quilmes; hoy forma parte de la localidad de Florencio Varela. En la actualidad existe una casa que oficia como Museo, como Monumento Histórico Nacional y como Parque ecológico y evocativo de la obra de Hudson. Hudson era hijo de una familia de inmigrantes norteamericanos que habían llegado en 1828. Su madre, llamada Carolina Augusta Klimbe, era una mujer que, aunque no había realizado estudios formales, poseía una gran sensibilidad poética, literaria; trajo consigo una biblioteca personal con 500 títulos de buena literatura. Fue la madre quien genera en el hijo una inclinación hacia la poesía y hacia la valoración estética de la naturaleza. 

   Ya desde niño, Hudson mostró algunas rarezas. Tal vez los grandes destinos siempre dan señales desde las primeras palpitaciones de su existencia en esta tierra. Unas primeras señales o augurios de un futuro destino de brillo y esplendor artístico. Señales que, en el caso de Hudson, quizá se manifestaron de esta manera: en muchos ocasiones, el niño Hudson misteriosamente interrumpía sus juegos infantiles. Permanecía entonces largo tiempo abstraído en la contemplación de algún lugar del suelo o de algún lugar distante del horizonte. Luego, cuando crece, muestra otra rareza: es capaz de permanecer en silencio durante toda una mañana escuchando pájaros. Cuando ya el niño Hudson podía hablar, su madre le pregunta el porqué de su actitud. Hudson le contestó que quería entender el lenguaje de los pájaros y, por eso, debía permanecer inmóvil intentando escuchar, porque si se movía los pájaros se dispersarían y suspenderían su canto. Así, ya en el decir, en el explicar de un niño de 7 años, se vislumbra todo el proyecto del naturalista poeta, de aquel que quiere entender el canto de las aves y la realidad natural. 
   Al poco tiempo de su vida en Quilmes, el niño Hudson acompañó a su familia a un nuevo destino a causa de una mala economía, de malos negocios. Se trasladaron a las afueras de lo que hoy sería Chascomús, a un lugar que se llamaba "Las Acacias", donde sus padres comprarán un negocio de Ramos Generales.
  Hudson creció sin educación formal. Nunca estudió en una Universidad. No tuvo maestros formales. Su verdadera maestra  fue su madre. Con ella, en una oportunidad, visitó la ciudad de Buenos  Aires, donde contrajo una enfermedad: la fiebre tifoidea. Luego regresó y, al poco tiempo, participó en un arreo de ganado con algunos de sus hermanos y otros paisanos. Llegó un aguacero, un pampero. Y esto le provocó otra dolencia: una fiebre reumática que lo aquejará toda su vida y que le causará problemas al corazón. Esta dolencia le impedía hacer esfuerzos. De ahí le iba a venir el mote de "gauchito haragán", porque no era muy predispuesto a los trabajos físicos. Hasta los 33 años Hudson vivió en la Argentina, y se entregó a múltiples viajes, que lo llevaron al Chaco, a Uruguay, Brasil y a la Patagonia. Cuando se trasladó a Inglaterra a los 33 años, los médicos le habían augurado una muerte cercana que afortunadamente no se cumplió.
   Antes de su viaje a Inglaterra hay otros hechos interesantes para destacar. Hudson nunca recibió instrucción formal; sin embargo, producto de sus lecturas autodidactas sobre el mundo de la naturaleza, sobre el mundo de los pájaros, en una de sus visitas a Buenos Aires, tiene la oportunidad de entrevistarse con Burmeister, el sabio naturalista alemán que fue el primer director del Museo de Ciencias Naturales. Este insigne personaje se quedó muy impresionado por los conocimientos de este gauchito que hablaba inglés. Entonces, lo ayudó a ponerse en comunicación con instituciones científicas del extranjero. Y es así como algunos de los escritos sobre los pájaros de Hudson llegaron hasta Estados Unidos; y luego arribaron también a Londres. A los 30 años, Guillermo E. Hudson, sin nunca haber pisado una universidad, fue nombrado miembro honorario de la Real Academia de Zoología de Londres, lo cual es otro hecho que habla de su predestinación para lo singular.
  Entonces, como les decía, por la fiebre reumática que lo aquejaba con cierta periodicidad, los médicos le dicen que su muerte estaba próxima. Decidió trasladarse a Inglaterra para conocer una tierra donde se hablara su lengua materna. Por suerte iba a vivir mucho tiempos más. Murió recién en 1922. Cuando vivió en la Argentina, cuando conoció y estudió el canto de los pájaros, las costumbres de los animales, la singularidad de la geografía argentina, Hudson no escribió. Escribió sólo en Inglaterra y en inglés. Pero, aún traducida, su obra conserva  la vívida evocación de los paisajes argentinos. Sus obras esenciales son: La tierra purpúrea, una novela que transcurre en la Banda Oriental; Un naturalista en el Río de la Plata es otra de sus obras fundamentales sobre la cual después hablaremos; Días de ocio en la Patagonia nace a consecuencia del viaje que hizo a Río Negro, en el norte de la Patagonia, cuando tenía 31 años; y otra de las obras esenciales la escribió en 1918, cuando concluía la terrorífica primera guerra mundial. Un Hudson que ha superado los 80 años, convaleciente, se entregó entonces a la escritura de su autobiografía, Allá a lo lejos y hace tiempo, en la que palpitaban las evocaciones de su infancia. Sus días infantiles no son recordados como un eco lejano, oculto en una honda niebla. No. Su infancia es rememorada por Hudson como algo que perdura, como un continuo y puro presente. Entonces, mágicamente, se suprime la distancia entre Inglaterra y la Pampa. Y el hombre que escribió Allá a lo lejos y hace tiempo revivió las percepciones infantiles de la Pampa, sólo que con el agregado de la lucidez de la mente adulta. El resultado de esta simbiosis entre el hombre adulto y sus vividos recuerdos de su infancia en la Pampa es una obra fundamental, estimo, de nuestra literatura.  
  La obra de G.E. Hudson puede tener distintas aristas. Una de las obras fundamentales que se escribieron sobre su grandeza poética es la obra que le dedicó Ezequiel Martínez Estrada: El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson. Uds. saben de la importancia de Ezequiel Martínez Estrada como ensayista a partir de esa obra fundamental que es Una radiografía de la pampa. Una obra que vale la pena ser releída en la búsqueda de comprender ese tal vez esquivo Ser que es la identidad nacional.
   Martínez Estrada, además de ensayista, era poeta. Al leer El mundo maravilloso de G.E.Hudson de E.M.E., uno siente que es un poeta que habla de otro poeta; uno lee las líneas de un poeta creador que, quizá por eso, puede comprender desde qué lugar percibió el mundo ese otro poeta que fue Hudson. Es un libro que le hace justicia a la riqueza sensitiva de Hudson. Y esta riqueza vamos a intentar recuperarla en alguna de sus principales palpitaciones, pero vinculada siempre con el modo como el paisaje, la tierra, puede transformarse en movimientos del espíritu, en cierta forma de la percepción de la realidad. 
   Seguiremos un sendero dentro de la obra de Hudson que comienza con Un naturalista en el Río de la Plata. De todos modos, el momento en que más nos detendremos es en el viaje que Hudson hace a la Patagonia. Antes de plasmar este recorrido breve, les comento que algunas obras de Hudson, como por ejemplo Un naturalista en el Río de la Plata o Días de ocio en la Patagonia, fueron reeditadas hace 3 ó 4 años por un sello editorial argentino, que creo que vale la pena recomendar y difundir. La editorial de la que hablo es El elefante Blanco; una editorial que, actualmente, desarrolla una política de publicaciones muy valiosa. 
   En Un naturalista en el Río de la Plata Hudson distingue dos niveles en el arte. Nosotros estamos habituados a entender el arte como la poiesis, como la creación de objetos bellos por parte del hombre. Arte como esa suerte de nueva realidad que el ser humano genera a partir de sus obras. Sin embargo, Hudson intentó recuperar una noción más amplia de arte. Arte también es la biodiversidad, el polimorfismo de la naturaleza, es esa inaudita complejidad que hay en la vida de cada especie y en la relación entre las distintas especies. Esa vida que existe en la forma de la geografía, es esa vida creadora que existe en las nubes, que recorren el cielo; es esa vida que hay en el murmullo musical de las aguas del arroyo y de los ríos. Es decir: la naturaleza es expresión de una potencia artística y creadora. Acá se puede ver de manera clara a qué me refería con esto de dejar de lado la naturaleza vista sólo como aquello que responde a las leyes que la ciencia explica. O la naturaleza como aquello que provee materias primas para la producción. Está claro a qué otro tipo de naturaleza nos queremos referir. Una naturaleza más vinculada a lo estético y a la creación. Esta es una naturaleza que se mueve, que es actividad. Que es devenir. Que es creación. Naturaleza concebida como arte. Por lo tanto, cada especie es una obra de arte. Y la desaparición de una especie sería una desaparición equivalente a lo que puede ser la destrucción de una obra de arte humana en algún museo. Este tipo de comparación, que para algunos es un tanto molesta, entre las más insignes obras que pueden encontrarse en Roma o en el Vaticano o en los museos europeos y las especies naturales como obras de arte naturales, es el primer momento del espíritu de Un naturalista en el Río de la Plata. Aquí hablamos de un naturalista poeta que quiere escuchar ese arte, ese arte natural previo al arte humano.
  Una de las experiencias más significativas que Hudson recuerda en esta obra, es la siguiente:  cuando cabalgaba por la Pampa, se encontró con un solitario rancho habitado por un gaucho y su chinita. Producto de la proverbial amistad de los habitantes de la llanura, lo invitaron a hospedarse en la humilde vivienda. Cuando Hudson se hallaba departiendo con sus amables huéspedes, empezó a escuchar una especial música que llegaba de afuera. Intrigado, salió rápido afuera. Y lo que descubrió fue una imagen que quedó grabada, indeleble, en el sensible naturalista poeta. Era la imagen de medio millón de cantantes dispersos por la llanura. Medio millón de coreutas. Cantantes de un coro. Sólo que no eran los cantores de una insigne orquesta europea. Eran medio millón de chajás. Los pájaros emblemáticos de nuestra pampa y uno de los animales simbólicos de la Argentina junto al yaguareté. Al escuchar el canto armonioso y coordinado de ese medio millón de gargantas, Hudson sintió el deleite de una gran creación musical. Ahí tienen otro ejemplo de la naturaleza concebida como una espontánea creación artística.
    Cabalgar a través de la pampa era otro de los modos por los que Hudson hallaba una experiencia de especial comunicación con la naturaleza. Al caballo le dedicó varias líneas memorables en esta obra. Hudson afirmaba que cabalgar a caballo es una experiencia que hace que el hombre se aproxime a la condición del pájaro, porque al cabalgar se pierde la relación directa con el suelo. Se desliza así el ser humano por una suerte de umbral, por un lugar intermedio entre el cielo, que es la verdadera patria de los pájaros, y la tierra. En ese lugar intermedio, a través del caballo, el jinete se hace próximo al espíritu de libre expansión y propagación del ave cuando vuela en las rutas del firmamento. El caballo nos permite así elevarnos, no sólo trasladarnos. Observen la diferencia. Gracias a la unión con el caballo, el hombre deja de ser terrenal y se convierte, por lo menos por un momento y de manera discreta y tímida, en ser alado. 

   Esta percepción del cabalgar es afín al simbolismo ancestral del caballo. Los chamanes sacrificaban caballos antes de sus famosos vuelos, porque el caballo, por su indómito vigor, por su libre expansión, les servía como montura para poder volar hasta lo más alto del cielo. El caballo es aquello que nos restituye algo de las alas que, según pitagóricos y platónicos, alguna vez tuvimos. Alguna vez tuvimos alas y las perdimos en el barro de esta existencia. Entonces, al cabalgar, Hudson percibía esta condición alada incipiente del hombre. 

   Y al cabalgar una vez le ocurrió que se internó en un gran pajonal en la llanura.... Nosotros, seres urbanos, tenemos una idea muy pedestre de la llanura. Suponemos que la llanura es un lugar vacío, un lugar monótono sólo matizado por las figuras de algún ganado cimarrón o de algunas arboledas. Esta es una idea muy pobre de la geografía pampeana. Y esto lo podemos comprobar, nuevamente, mediante otra experiencia narrada por el naturalista poeta: una vez, Hudson se encontró con un gran pajonal en la pampa. Su delgado cuerpo era acicalado por los dedos del viento. Recorrió lentamente con su caballo esta región. Y sintió entonces que atravesaba una llanura que se había convertido en un mar. Porque el movimiento del pajonal simulaba el movimiento de las olas. Lo cual habla también de ese efecto que muchos poetas han sentido, incluido Esteban Echeverría, al contemplar la pampa como si se tratara de la líquida y ondulante extensión del océano.
   Y el otro momento de Hudson es el que vamos a desarrollar básicamente a propósito de Días de ocio en la Patagonia. Les comentaba antes que, a los 30 años, Hudson hizo un viaje a la Patagonia. Llegó a la localidad de Carmen de Patagones. En el momento de su arribo,  no hacía mucho tiempo que había acontecido el hecho histórico fundamental de esa localidad, que fue el único intento de invasión de una potencia extranjera de nuestro territorio. ¿Cómo fue aquella historia? Durante la guerra de Argentina con el imperio de Brasil, en 1827, en la famosa batalla de Ituzaingó, Carlos María de Alvear encabezó el ejercito argentino que logró derrotar a las fuerzas brasileras y un contingente de dos mil mercenarios alemanes. Al mismo tiempo, Brasil había buscado alguna estrategia sorpresiva para intentar la ocupación de Buenos Aires. La estrategia consistía en sorprender a la capital argentina mediante un movimiento terrestre desde el sur. Para esto, primero había que conquistar una cabeza de playa. El lugar elegido para este movimiento fue Carmen de Patagones, en Río Negro. Cuando Hudson llegó allí hacía poco que habían ocurrido estos hechos. Es por eso que le dedica un capítulo de Días de ocio en la Patagonia a recrear con una gran fluidez narrativa todos aquellos acontecimientos.

  No puedo resistir comentarles un hecho para que Uds. observen que muchos acontecimientos de la historia están atravesados por un misterioso simbolismo. Al llegar Hudson a Carmen de Patagones escuchó, por parte de los lugareños, la siguiente historia: cuando los brasileros desembarcaron la noticia se expandió rápidamente. ¿Qué tipo de maniobras podrían acometer los lugareños para repeler la invasión? Lo único que se les ocurrió a esta gente habituada al ganado, era arrear el ganado para lanzarlo a la carrera sobre las tropas brasileras que estaban desembarcando. Los hombres que cabalgan en los flancos, o en la parte delantera de la tropilla que avanzaba frenética, comenzaron a disparar. Y el primer disparo le dio directamente en la cabeza al jefe brasilero del desembarco. Cuando el resto de los soldados vio que su jefe cayó con la primera bala, se desbandaron. Los brasileros regresaron a los barcos y, de esa manera, se conjuró el único intento de invasión territorial de nuestro país.
  Bueno, Hudson recreó todo esto pero lo que nos interesa ahora es, un lugar, un momento, de Días de ocio en la Patagonia que aflora en el capítulo llamado "Las llanuras de la Patagonia"; es un capítulo que, en lo personal, estimo que tal vez sea el máximo momento de percepción sensitiva del paisaje patagónico en nuestra literatura. Todos Uds. conocen seguramente la singularidad  del paisaje patagónico. Es un espacio monótono, desprovisto aparentemente de una vegetación que le dé algún matiz de diversidad. Se puede transitar por una ruta patagónica y observar ese paisaje plano de una simétrica horizontalidad que nunca se quiebra, donde no aparece nunca ninguna elevación en el terreno; ni tampoco siquiera dispersas arboledas o ganado. Ese sentido o esa extensión plana, casi perfecta de la estepa patagónica, produjo efectos en distintos viajeros anteriores a Hudson. Uno de ellos fue Darwin. Es por esto que el capítulo  "Las llanuras de la Patagonia" comienza recordando aquel célebre momento de su diario de viajes donde Darwin habló de la Patagonia. Uds. seguramente recuerdan que Darwin llegó a nuestras costas en un buque científico de la armada británica: el Beagle.
   El Beagle estaba dirigido por el capitán Fitz Roy, quien dio nombre a una montaña fundamental de la provincia de Santa Cruz. Que los tehuelches antes llamaban el Cerro Chaltén. Esta elevación se halla cerca del Cerro Torre; otro cerro emblemático para los alpinistas en el mundo. Ahora, cuando Darwin llegó a la Patagonia se encontró con el paisaje estepario. Con el Beagle, Darwin recorrió el mundo; hizo la circunnavegación del planeta; estuvo en las islas Galápagos donde maduró su teoría de la evolución. Y luego regresó a Inglaterra. Y escribió La teoría de la evolución de las especies, en 1859, lo que provocó una controversia entre religión y ciencia. Se propagó la figura iconoclasta, controvertida pero genial, de Darwin como científico. Después publicó sus memorias que incluían sus recuerdos de su viaje a la Argentina, al Río de la Plata y a la Patagonia.
   Uds. tengan en cuenta que Darwin conocía todos los paisajes. Había recorrido todas las geografías; sin embargo, hacía ya mucho tiempo que había dejado de ser el científico navegante. Y ya era un Darwin longevo, senil. Y entonces escribió: "He recorrido muchos lugares, he conocido toda la diversidad de las geografías; sin embargo, sólo el paisaje patagónico es el que continuamente vuelve a mi memoria."¿Por qué este continuo volver de la estepa patagónica? Y Darwin intenta una explicación; asegura que la estepa patagónica, con su llanura perfecta, induce una sensación de infinito, la sensación de percibir algo que nunca puede ser abarcado. Un infinito que ya no es la idea metafísica de infinitud, sino que es lo inacabable mostrado en la tierra. Es el infinito que se hace corpóreo en una experiencia sensible. En una experiencia visual. Este impacto de lo ilimitado en la geografía hace de la Patagonia un paisaje extremadamente singular. Y a su vez induce algo así como una suerte de vacío en la mente. El hecho de no ver nada en el paisaje, hace que la mente no tenga recuerdos, que no asocie esto que ve con algo ya conocido. Este encuentro con la extensión de la Patagonia provoca una suerte de vaciamiento del pensamiento. Una suerte de olvido de la propia persona. Lo que hace que el infinito no sea algo que se ve afuera, sino algo que se derrama dentro de la propia persona. Es una experiencia metafísica del infinito ver la Patagonia: sólo que es una metafísica que brota del paisaje, de lo visible. Viene desde afuera, del exterior. No es una forma de iluminación interior. 

  Hudson conoce esta interpretación de Darwin. Pero dice que es insuficiente, que debe haber algo más...

  Veamos entonces  cómo Hudson percibe la Patagonia. Lo que yo les voy a leer, creo que es uno de los momentos más trascendentales de lo que puede ser la historia de la espiritualidad sensitiva en nuestra cultura literaria. Tal vez esto los sorprenda y verán después de qué manera esta dimensión también aflora en Sarmiento. 

  Espiritualidad sensitiva: ya no lo espiritual que busca relacionarse con ideas que entiende el intelecto, ideas racionales o con cierto acercamiento teológico-racional a la metafísica. Espiritualidad sensitiva como una expansión del espíritu pero a partir de percibir el espacio. Es una forma de lo espiritual que surge a partir de la percepción corporal del paisaje, del afuera. 

   Un ejemplo de la percepción sensitiva del paisaje, del paisaje de la tormenta en este caso, podemos hallarlo en un momento de la obra del piloto-artista: Saint-Exupéry.

  Saint Exupéry fue el que prácticamente inauguró la navegación aerocomercial en la Argentina. Seguramente conocen la historia; estuvo año y medio en nuestro país (1931-1932).
  Cuando hacía sus numerosos viajes, entre Buenos Aires y los aeródromos de Comodoro Rivadavia y de Río Gallegos, en una oportunidad fue sorprendido por una poderosa tormenta patagónica, a la altura, más o menos, de Península de Valdés en la Costa Atlántica. Imagínense un avión de la década del ‘30, un monoplano, sin cabina sellada...Se sumergió entonces Saint Exupéry en el corazón de la tormenta. Esta experiencia la narra en "El piloto y las potencias naturales"  en el  libro El sentido de la vida que fue publicado por la desaparecida editorial Troquel. Desde su espiritualidad sensitiva,  Saint Exupéry percibió en la tormenta no simplemente un evento meteorológico que nos inspira temor, sino la expresión de otra forma de la sensibilidad humana, de otra forma mediante la cual el cuerpo puede explorar y entender lo que es la realidad física.  Saint Exupéry, el piloto-artista, rodeado por el paisaje tormentoso, descubrió una sabiduría dormida en su cuerpo, una capacidad de sus músculos para encontrar los mejores movimientos para dirigir su avión sin mediación de la conciencia o los instrumentos. En su encuentro con la tempestad, Saint Exupéry atravesó una experiencia de transformación, de profundización de su sensibilidad. 

   A una experiencia de este tipo puede guiarnos Hudson. A los 30 años, realizó un viaje a la Patagonia. Como ya sabemos, llegó a Carmen de Patagones, llegó al Valle de Río Negro, y luego durante un tramo de su viaje, de manera solitaria, acompañado por su caballo y por un perro, se adentró en la vasta soledad de la estepa patagónica. Y ahí se producirá esta experiencia que quiero leerles que se halla en "Las llanuras de la Patagonia". La espiritualidad sensitiva que encontraremos aquí, quizá podría ser parte de otra ética.
   Así dice Hudson en Días de Ocio en la Patagonia: 

   "El silencio, tan profundo, tan perfecto, era siempre muy agradable. Allí no había insectos; el único ruido era un débil gorjeo de alarma emitido por un pajarillo de una especie semejante a la ratona, el que se oía muy de vez en cuando. Y mientras cabalgaba, sólo el golpe sordo de los cascos del caballo, el choque de alguna rama contra mis botas y el jadeo del perro, interrumpían la tranquilidad. Cuando por fin llegaba y me sentaba, me parecía un alivio librarme también de esos ruidos, porque a los pocos minutos el perro se echaba a dormir y ya no se oía nada, ni una hoja que se moviera. Porque, a menos que el viento sople fuerte, las pequeñas hojas rígidas no se agitan ni susurran y los arbustos están tan quietos que parecen esculpidos en piedra. Un día, mientras escuchaba el silencio, se me ocurrió preguntarme qué efecto produciría un grito fuerte. Lo juzgué en ese momento una ridícula sugestión de la fantasía, “un pensamiento desordenado” que casi me hizo estremecer, y traté de desecharlo en seguida de mi mente. Pero durante esos días solitarios eran muy raras las ideas que cruzaban por mi espíritu; cada vez veía menos animales y eran más escasos los cantos de los pájaros que llegaban a mi oído. En ese nuevo estado de ánimo era imposible pensar. Además, siempre lo había hecho más libremente sobre el caballo; en las pampas, aun en los lugares más solitarios, mi mente se activaba mucho más cuando avanzaba al galope. Es indudable que esto llegó a convertirse en una costumbre; pero ahora, montado en un caballo, me sentía incapaz de reflexionar: mi mente, que era antes una máquina de pensar, se había transformado repentinamente en una máquina para un fin desconocido. Para pensar, me parecía que necesitaba poner en movimiento todo un ruidoso engranaje en mi cerebro, y había algo allí que me ordenaba no moverlo, por lo que me veía obligado a permanecer inactivo. Sólo estaba en suspenso..." (1).  

   Piensen en un hombre que está inactivo. Detenido. Rodeado por el silencio y la vastedad de la estepa patagónica. Un hombre que sólo estaba en suspenso y atendía. 

   Y prosigue el naturalista poeta:  

  "Sin embargo, no esperaba encontrar ninguna aventura y me sentía tan libre de temores como me siento ahora, en una habitación de Londres. El cambio producido en mí era tan grande y maravi1loso que me parecía haber convertido mi identidad en la de otro hombre o animal; pero en aquellos momentos no me hallaba capacitado para meditar sobre él. Ese estado no me resultaba extraño, sino más bien familiar, y aunque se encontraba acompañado por un poderoso sentimiento de júbilo, no lo advertí; no me di cuenta de que algo se había interpuesto entre mi persona y mi inteligencia, hasta que lo perdí, volviendo a mi primitivo yo pensante y a la antigua e insípida existencia. " (2).
    Ahora , ¿qué es lo que acontece entonces en esta experiencia ? Cuando se encuentra con el paisaje patagónico, Hudson fue inesperado protagonista de una experiencia de transformación antropológica. ¿Cuál es esta transformación? Es la que se da entre la antigua identidad del hombre civilizado Hudson y una nueva e inesperada identidad que aflora en él. ¿Cuál es la antigua identidad? A pesar de toda su sensibilidad poética, Hudson no deja de ser un hombre occidental, racional, un hombre vinculado a la idea de que lo humano se vincula con el yo, con lo invariable de nuestro yo personal. Cada uno de nosotros hemos sido educados para suponer que somos un yo diferente de otros "yoes" y diferentes de los "yoes" del mundo animal. Mi yo es único, intransferible, nunca se puede convertir en otra cosa, nunca se puede convertir en la identidad de otro ser humano o de otro animal. Esta idea del yo invariable en la cual hemos sido formados, es lo que se pierde en el encuentro con el paisaje. Pasamos de una identidad rígida, individual, única, a una identidad que adquiere así el poder de la metamorfosis. Esta es una identidad que puede metamorfosearse y convertirse en otra cosa. Fluidez del devenir. Si la realidad es devenir, el hombre vive lo real cuando puede fusionarse con ese devenir. El hombre que sólo vive en un yo rígido que nunca cambia, que siempre es prisionero de los recuerdos del pasado que lo obligan a repetirse, está fuera de este devenir. Ese hombre es la estática sin vida de la piedra. Es el yo estático y pétreo que se repite a sí mismo. Por lo tanto está fuera del devenir que hay en la naturaleza. Afuera hay devenir, cambio; dentro del yo rígido hay permanencia. Una permanencia sin cambios y, por lo tanto, cercana a la muerte.
    Hudson pierde el yo de la permanencia, el yo invariable y, por el contrario, adquiere ahora otro yo, el yo de la metamorfosis. Una nueva identidad que puede ser varios "yoes" al mismo tiempo; un yo que puede ser otro yo humano u otro yo animal. Cuestiones muy profundas y ancestrales laten en esta experiencia. 
  Hudson, un hombre que leía textos científicos de la naturaleza, un hombre bilingüe, culto, civilizado, siente y recuerda que "...al encontrarme con la estepa patagónica ahora sentí que yo pude haber sido en ese momento un animal...". Situemos esta afirmación en el contexto de la educación civilizada de aquel entonces. Desde esta posición, estaríamos ante un sujeto racional que se autodenigra al afirmar que, alguna vez, sintió que era un animal. Pero Hudson reconoce esta experiencia desde su autenticidad y sensibilidad de poeta. Reconoce que un posible efecto de la tierra o de la geografía es la transfiguración del sujeto humano; e incluso su eventual y momentánea conversión en animal. 

   El naturalista poeta cristaliza así un cambio de morada ética. Ética procede de ethos, lugar donde se habita. Ética es el sitio desde el cual se construyen e irradian valores y criterios de vida. La experiencia de Hudson es, en primer lugar, estética, sensible. Es una modificación de la percepción del propio yo y del espacio. Pero esta experiencia sensitiva también es el candil de otro modo de habitar la realidad. Acaso el principal sentido de esta nueva morada o casa ética donde habitar se exprese en un concepto plural de la afirmación del yo. Si el yo es metamórfico y puede devenir muchos "yoes", entonces conservar y proteger el propio yo es preservar muchos otros "yoes" a la vez. Si mi yo no es únicamente mi yo sino que puede ser otros, entonces la dignidad, la satisfacción en la realización, no sólo debe ser para mi yo. Debe socializarse. Porque cada yo es otros "yoes".

  Por otra parte, el segundo sentido de la nueva morada ética que surge de la experiencia de Hudson ante el paisaje patagónico es el recuerdo del subyacente ser animal del hombre. Si mi yo puede transformarse porque mi verdadera identidad es la metamorfosis, el devenir, el cambiar, entonces aunque yo sea humano, puedo en algunos momentos ser animal. Humanidad y animalidad así se compenetran como dos pliegues de una única tela purpúrea. 

   Un gran artista que intentó igualar la dignidad del hombre y del animal fue el pintor Franz Marc. Un pintor sobre el cual escribí un ensayo recientemente (La torre de los caballos azules). Marc buscó pintar la realidad tal como el ojo de un animal puede verla. Pero no a partir de un juego imaginativo humano. Yo puedo imaginarme que me convierto en un animal e imaginar o jugar a imaginar cómo podría ver entonces la realidad. No. Lo que ambicionaba Marc era devenir animal. Y entonces pintar la naturaleza tal como el animal la ve. Esto es transformarse en lo otro de lo humano. Pero es una otredad que duerme en la leve espesura de nuestra piel. Así, en esta mutación lo otro, lo animal, deja de ser lo otro como algo opuesto o enfrentado. 

  De alguna manera animales y humanos somos habitantes de una misma casa. Y si humanos y animales somos habitantes de una misma morada hay un mismo compromiso de preservación de esa casa y de su dignidad.

ll

   Ahora, viraremos el timón de nuestra meditaciones hacia Sarmiento. Hacia su Facundo, su obra máxima.
  La lectura que fugazmente propondré de Sarmiento es atípica. La lectura corriente del Facundo la presenta como una obra inscripta en la filosofía política argentina, como emergente de la famosa lucha entre unitarios y federales. Por otro lado, la obra cumbre sarmientina es leída como la presentación de un proyecto de nacionalidad que tenía su principal eje en la concentración del poder político en la ciudad y en la construcción de un vasto sistema de educación pública.
  Ya en el comienzo del Facundo Sarmiento destaca algo digno de meditación: uno de los problemas de la Argentina es la extensión, lo vasto de la llanura, de los bosques, de las pampas, de los ríos. El paisaje argentino es lo ilimitado.
   Creo que en Sarmiento hay un interpretación doble de este carácter ilimitado de nuestra geografía. Es posible una interpretación poética, metafísica, y una interpretación política de esta amplitud. Desde la lectura política, el paisaje de la gran extensión ilimitada se vincula con la crítica que hace Sarmiento a la vida rural, a la vida en la campaña, a la dispersión de las estancias, a los pequeños pueblos o municipios que tienden a responder únicamente a las autoridades locales. Es decir, la extensión conduce al peligro de una vida política fragmentada, a una diversidad de localismos indiferentes a un poder central y a una idea única de nacionalidad.  La extensión del territorio argentino puede dar lugar a un falso federalismo sustentado en una extrema autonomía de las distintas localidades. Esta desmembración del poder en autonomías locales es lo que se superaría mediante la concentración del poder en un estado nacional. Cuya identidad se nutre de un proyecto de desarrollo de la civilización. Parte de esta dinámica civilizatoria depende de la educación pública. 

   Otra consecuencia de la extensión es que la población, dispersa en grandes extensiones, en muchos casos no pueden acceder a la educación. Así, la amplitud territorial propicia el barbarismo político. Y esta imposibilidad de la educación obstruye entonces la plasmación de la civilización en la realidad política argentina.
   Ahora bien,  la otra interpretación que podría llegar a encontrarse en Sarmiento respecto al paisaje ilimitado se engarza  con algunos pasajes del Facundo que son poco meditados habitualmente. Me refiero, por ejemplo, al segundo capítulo, donde se alude a los caracteres argentinos. ¿Cuáles son estos caracteres? ¿cómo surgen? Estos caracteres de los cuales habla Sarmiento son esencialmente el rastreador, el baquiano, el gaucho malo y el cantor. Estos caracteres del mundo rural cimientan una teoría explícita de Sarmiento: hay una correlación entre las geografías y el espíritu de los pueblos. Paisajes iguales o semejantes en distintas partes del mundo provocan costumbres similares. De ahí que Sarmiento observe similitudes entre las costumbres de los habitantes de las llanuras y los bosques norteamericanos descritos en las novelas de Cooper (El último de los mohicanos y La Pradera), y muchas costumbres de los gauchos nativos de nuestras pampas. Estas coincidencias se explican por algunas semejanzas entre las geografías de América del norte y del sur.

  Así, no hay una división entre una cultura y la geografía sobre la cual se construye esa civilización. Por el contrario, existe una integración. Una continuidad. Ahora bien, siendo que esto es así para Sarmiento, ¿de qué modo la geografía argentina produce los caracteres típicos de la cultura argentina?

    Atendamos al rastreador como un posible ejemplo.
   El rastreador es aquél que tiene capacidad para determinar hasta la más imperceptible huella sobre el terreno; y puede precisar a qué animal corresponde, cuándo fue producida, qué dirección tomó el animal que produjo la huella. El rastreador posee un ojo de increíble poder sensitivo para encontrar lo más imperceptible. El rastreador era indispensable para poder encontrar ganado perdido, para poder rastrear a bandidos, para poder ocultar las propias huellas si se era perseguido. Y cuando termina su reconstrucción del rastreador, Sarmiento dice algo así como "qué sublime criatura ha creado Dios". Observen esta suerte de idealización religiosa respecto a los poderes sensitivos del rastreador. Porque el saber del rastreador no es esencialmente racional. Es cierto que el rastreador puede deducir, lo cual supone inferencias lógicas. Pero la base de su razonamiento no son axiomas o principios lógicos sino la percepción sensorial de lo más insignificante. Lo mismo ocurre con el baqueano, que no es tanto aquel que determina huellas, sino que es el topógrafo, es aquel que tiene en su mente un mapa exhaustivo, muy preciso, de cientos de kilómetros cuadrados. Aún el más pequeño arroyo, la más diminuta elevación o colina, aún el más pequeño de los árboles, puede ser recordado y ubicado en ese mapa mental del terreno que tiene en su mente el baquiano. Y estos personajes, según Sarmiento, son consecuencias de la interacción con el paisaje, con la pampa.
   Pero hay otro modo por el cual la geografía pampeana provoca un tipo humano, un carácter que representa una cultura. Curiosamente Sarmiento lo relaciona con la poesía. Afirma que el hombre de la campaña, el hombre rural, el gaucho, está predispuesto naturalmente a la poesía y hasta incluso a la metafísica, a una suerte de metafísica popular, a una creencia, incuestionable, en un poder superior. En Dios. Y todo esto como consecuencia de la llanura. Pero yo quisiera, por lo menos en este caso, que sea el propio Sarmiento, quien exprese esto, ¡y de qué manera lo expresa!... Porque sin duda el Facundo puede ser leído también como una de las máximas glorias del romanticismo literario argentino. 

  En el capítulo dos del Facundo sobre los caracteres argentinos podemos escuchar la música de la expresión y la sensibilidad románticas: "Existe pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales del país y de las costumbres excepcionales que engendra. La poesía, para despertarse, (porque la poesía es como el sentimiento religioso, una facultad del espíritu humano), necesita el espectáculo de lo bello, del poder terrible, de la inmensidad, de la extensión, de lo vago, de lo incomprensible, porque donde acaba lo palpable y vulgar, empiezan las mentiras de la imaginación, el mundo ideal. Ahora yo pregunto: ¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina, el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver.., no ver nada; porque cuanto más hunde los ojo en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se le aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en la contemplación y la duda? ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? ¡La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte! He aquí ya la poesía: el hombre que se mueve en estas escenas, se siente asaltado de temores e incertidumbres fantásticas, de sueños que le preocupan despierto. De aquí resulta que el pueblo argentino es poeta por caracter, por naturaleza. ¿Ni cómo ha de dejar de serlo, cuando en medio de una tarde serena y apacible, una nube torva y negra se levanta sin saber de dónde, se extiende sobre el cielo, mientras se cruzan dos palabras, y de repente, el estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío al viajero, y reteniendo el aliento, por temor de atraerse un rayo de dos mil que caen en torno suyo? La obscuridad se sucede después a la luz: la muerte está por todas partes; un poder terrible, incontrastable le ha hecho, en un momento, reconcentrarse en sí mismo, y sentir su nada en medio de aquella naturaleza irritada; sentir a Dios, por decirlo de una vez, en la aterrante magnificencia de sus obras. ¿Qué más colores para la paleta de la fantasía?  Masas de tinieblas que anublan el día, masas de luz lívida, temblorosa, que ilumina un instante las tinieblas, y muestra la pampa a distancias infinitas, cruzándola vivamente el rayo, en fin, símbolo del poder (...) Añádase que, si es cierto que el fluido eléctrico entra en la economía de la vida humana y es el mismo que llaman fluido nervioso, el cual, excitado, subleva las pasiones y enciende el entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de la imaginación el pueblo que habita bajo una atmósfera recargada de electricidad hasta el punto que la ropa frotada, chisporrotea como el pelo contrariado del gato." (3)

   Este es el momento donde Sarmiento piensa como una de las posibles repercusiones espirituales del paisaje, la predisposición hacia la poesía y cierto sentimiento intuitivo de religión. Es decir, el nativo de la llanura percibe  que la naturaleza, la materia, está atravesada por un poder superior al hombre. E inagotable. Y ese poder inspira cierto temor. Cierta aceptación de la propia finitud. Cierto saber respecto de nuestra condición limitada. Cierto habitar en una casa atravesada por fuerzas que siempre rugen por encima de nuestro nombre. (*)

(*) Fuente: Esteban Ierardo, "Las potencias trascendentes del paisaje en las literaturas de Hudson y Sarmiento", conferencia pronunciada en ESPACIO Y ...Lugar Cultural, en la Ciudad de Buenos Aires, en el año 2002.

   CITAS:

(1) Guillermo Enrique Hudson, Días de ocio en la Patagonia, Ed. Elefante Blanco, Ciudad de Buenos Aires, 1997, p.177.

(2) Ibid., pp.177-178. 

(3) Domingo Faustino Sarmiento, Facundo, Buenos Aires, Clásicos Huemul, pp.100-101.

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo