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EL CABALLERO DEL APOCALIPSIS

Por Rafael Alarcón Herrera

 

Un ejemplo de los misteriosos caballeros que aplastan a un monstruo que aparecen en numerosas fachadas de iglesias medievales. Imagen de la parroquia de Surgéres (Francia). 

 

    Durante la Edad Media se esculpieron en algunas iglesias unas enigmáticas estatuas que representan a un caballero cuyo corcel aplasta a una figura monstruosa. En ocasiones aparece una dama, de pie, ante ellos. Los cabalistas medievales, que conservaban la memoria de su auténtico significado, llamaron a este jinete el "Caballero del Apocalipsis". El origen de estas figuras se remonta a los viejos dioses germanos y nórdicos y su simbolismo corresponde a la profecía del final de los tiempos: durante el reinado del Anticristo, causante del Apocalipsis final que asolará a la humanidad, aparecerá un caballero que combatirá a la Gran Bestia, la Serpiente Antigua que representa a las fuerzas oscuras.

 

      A las puertas del año 2000, cuando de nuevo nos invade los terrores milenaristas, conviene volver los ojos a las viejas piedras románicas de ciertas iglesias medievales. Busquemos en ellas una misteriosa representación escultórica que los cabalistas bautizaron como el inquietante nombre de "Caballero del Apocalipsis" y fue colocada allí mientras el temor al primer milenio inundaba el mundo mágico y terrible de la Edad Media. Ya sean grandes estatuas en la fachada, altorrelieves del pórtico o pequeñas figuras en los capiteles, todas ellas nos interrogan con su silencio.

Se trata de la imagen de un jinete, en actitud serena, cuyo corcel pisotea con la pata delantera una deforme figura humana. A veces se coloca ante el caballo una dama de pie, con el brazo en alto, portando un ramo, parece agasajar al caballero, quien le devuelve el saludo. Algo aparentemente inocente, pero que como todo símbolo medieval, esconde un mensaje en clave esotérica. Porque, ¿Quién o a qué representa este enigmático grupo, del que conocemos no menos de cuarenta ejemplares en Francia y diez en España? Si se trata de santos ¿porqué estas esculturas han sido bárbaramente destruidas durante siglos? Y si no lo eran ¿Para qué fueron colocadas en lugares sagrados? ¿Estamos ante un símbolo cristiano o pagano?

NI REYES NI EMPERADORES

   A partir de Renacimiento (Siglos XV y XVI) las gentes han dado a este jinete personalidades. Se trataba de identificarlo con alguien conocido, precisamente porque tras el Medioevo su identidad original se había diluido y sólo unos pocos estudiosos de la perseguida Cábala cristiana sabían de qué se trataba. Este pueblo sencillo, perdía ya la magia del símbolo, dio en ver allí nobles feudales, emperadores romanos, reyes medievales, santos apóstoles o ángeles vengadores. Así, en Francia, las gentes de Parthenay (Poitou) dicen que es el Duque de Aquitania, mientras que los de Oloron (Gascogne) ceen que se trata de Gastón IV de Bearn. En España, en Toro (Zamora) lo identifican con Pedro Robera, el maestre provincial del Temple en Castilla-León, aunque para los habitantes de Vallejo de Mena (Burgos) sería el maestre de los Hospitalarios de San Juan.

En otros lugares con mayores aspiraciones históricas no se trata ya de nobles sino de emperadores. En toda Francia es asegurar que estamos ante el emperador Constantino el Grande mientras vence a Magencio en presencia de la santa Elena; o, lo que es igual: el Cristianismo venciendo al paganismo en presencia de la Iglesia.

Pueblos con un chauvinismo más acentuado prefieren ver estos jinetes a sus propios reyes. Los franceses de Civray (Poitou) ven en el Caballero a Carlomagno, mientras los de Bordeaux (Guyenne) creen estar viviendo a Pipino el Breve. Los españoles tienen también identificaciones para todos los gustos locales. En Armenia (Alava) se trata de Sancho VII, en Sanguesa (Navarra), de Teobaldo I, el León de Ramiro I y en Lérida de Alfonso I. Todos ellos estarían en el acto de vencer a los musulmanes hispanos y de ser recibidos por sus reales esposas.

EL CREPUSCULO DE LOS DIOSES

  La opinión más común es que el precedente del caballero se encuentra en las estatuas imperiales tardo-romanas, que glorifican a los emperadores, presentándolos como héroes ecuestres que aplastan a sus enemigos. Es el caso de las efinges de Marco Aurelio (Siglo II) o Juliano el apóstata (Siglo IV). Este modelo, con un componente religiosos más obvio, se repite en la Persia acádia del siglo V. Allí, el rey Yazdayird I aparece a caballo pisoteando al armenio Artabán, mientras el dios de la luz, Ahura Mazda, le entrega la corona sobre un corcel que aplasta al dios de la Oscuridad, Arimán.

Sin embargo, no es necesario ir tan lejos para encontrar el modelo que buscamos, pues dicho jinete divino de la "Luz" que aplasta al diablo de las "sombras" es prácticamente idéntico al que celtas, germanos y nórdicos hicieron cabalgar por Europa muchos siglos antes. Estos caballos y caballeros paganos ya estaban allí cuando llegaron los ejemplares romanos, bizantinos y persas.

En la religión nórdico-germánica, Thor, dios benévolo de los fenómenos atmosféricos a la par que terrible guerrero contra los gigantes que amenazan a la humanidad, es representado como un jinete cuyo caballo pisotea al monstruo de Midgard, Este es un gigante cósmico metamorfoseado en serpiente marina, cuyos anillos rodean las tierras y sacuden los océanos para desencadenar tempestades y terremotos. Por ello era simbolizado, indistintamente, como una gran serpiente, un gigante o mitad una cosa y mitad otra. Al final de los tiempos, cuando llegue el combate del crepúsculo de los Dioses o Ragnarok, Thor vencerá a la serpiente, aunque ésta lo matará antes a él con su venenoso aliento, provocando el hundimiento de la tierra en el mar. Mientras otros gigantes desplomarán el cielo ardiente sobre las cabezas d los humanos. Tras el cataclismo retornará la "Edad de oro"; nueva tierra y nuevos cielos renacerán de las cenizas para acoger a la humanidad y a los dioses supervivientes.

En esta religión cosmológica, las imágenes de Thor a caballo, venciendo al diabólico gigante-serpiente de "Midgard", además de su carácter sagrado tenían un valos como amuleto protector. Podemos encontrarlas en cascos, escudos, copas, platos, broches de vestidos, arreos de caballerías, decoración de edificios o estelas funerarias. Se trata, genéricamente, de propiciar a la divinidad benévola para salir indemnes del "Crepúsculo de los Dioses", formando parte de los supervivientes elegidos para renovar la humanidad. Y, en un nivel más concreto, se pretendía tener un "amuleto" contra las catástrofes naturales cotidianas, tales como tormentas, inundaciones, incendios, plagas, etc.

El equivalente celta de Thor es el dios Taranis, personificación del Cielo y las tempestades, la luz, el bien y la civilización. Su emblema es la rueda celeste en forma de roseta, símbolo del rayo y la energía solar. Se representaba como un jinete cuyo caballo estaba parado sobre la espalda de un gigante tendido en tierra, que ocasionalmente podía ser "anguípedo: cuerpo humano y piernas como serpientes o colas de pez. Este monstruo, que nos recuerda al viejo gigante serpiente del Midgard, simbolizaba las fuerzas telúricas terrestres, las oscuras energías subterráneas sometidas por las luminosas energías celestes.

 PROTECTOR DE LOS CELTAS

  En la Galia céltica abundaron este tipo de estatuas de Taranis protector, levantadas para evitar que el cielo cayese sobre sus cabezas. Eran tan apreciadas por el pueblo que en las villas galo-romanas del siglo III E.C. todavía eran corrientes, a pesar del avance cristiano. Por el contrario, en la Hispania celtíbera las imágenes-amuleto de Taranis adquirieron su máximo desarrollo en forma de "fibulas". Estos pequeños broches metálicos, que servían para sujetar los vestidos, reproducen al dios a lomos de un caballo bajo cuyas patas se arrastra la diabólica serpiente con cabeza de gigante.

Sabiendo esto, no deja d resultar curioso que sea en Francia donde abundan las grandes esculturas medievales del Caballero, mientras que en España la mayoría de ellos están sobre pequeños capiteles, salvo la escultura de Carrión de los Condes (Palencia) y los altorrelieves de Armentia (Alava) y la Catedral de León.

Pero si admitimos que nuestro caballero es copia de un dios muy popular entre los paganos ¿cómo es posible que entrase a formar parte, junto con los santos y el mismísimo Jesucristo, de la familia mitológica cristiana esculpida en las iglesias románicas medievales? La respuesta se encuentra, precisamente, en el empuje de su popularidad.

Cuando el Cristianismo fue adoptado por los poderes políticos del mundo antiguo, pasando de ser oposición a ser clase gobernante, la Iglesia comprendió que para atraerse a los fieles de la Antigua Religión no bastaban los decretos imperiales. A las costumbres, tradiciones, ritos, devociones, personajes y figuras sagradas se les dieron funciones parecidas a las que tenían en el mundo pagano, pero referidas a la fe cristiana. Respetando sus atributos y símbolos básicos, ahora puestos al servicio del nuevo dios.

Los cabalistas cristianos aprovecharon esta práctica de la Iglesia para salvar muchos símbolos de la antigua religión, haciéndoles un hueco en la teoría mítico doctrinal católica. Aquellos esoteristas medievales lo tenían fácil, puesto que los inicios del mundo medieval estaban imbuidos de creencias catastróficas. La propia Iglesia entendía la historia humana de la forma cíclica: "Edad de oro", en el paraíso terrenal. Donde la humanidad hablaba con Dios de tú a tú; "Edad de Plata", con la expulsión del Edén y el desarrollo de la civilización que pereció en el Diluvio; "Edad de Bronce", con la elección del Pueblo de Dios y la promesa de redención; "Edad de Hierro", con la llegada del Mesías y la propagación de la nueva Ley, que culminará con el reinado del Anticristo causante del Apocalipsis final, tras el cual vendrá una nueva "Edad de Oro" para los supervivientes.

Además, en ese Apocalipsis se habla del Jinete del Caballo Blanco, que combatirá a la Gran Bestia de Satán, la serpiente antigua que desde el inicio de los tiempos ha representado las fuerzas oscuras, terrestres, opuestas a las fuerzas luminosas y celestiales. ¿No estamos acaso ente el jinete solar y el reptil telúrico de germanos galos y céltiberos antes citados?

SABIDURIA HERMETICA

  Estos razonamientos fueron decisivos para que la Iglesia admitiese de buena gana que aquellos paganos, empeñados en seguir depositando su confianza en el dios Taranis aunque no fuese más que en forma de amuleto, podían ser cristalizados fácilmente. Solo había que encausar sus devociones desde el "Caballero del Crepúsculo de los dioses" hacia el "Caballero del Apocalipsis".

Claro que si bien a nivel esterico teológico esto era así a nivel popular aquel caballero colocado en las fachadas y capiteles románicos seguía siendo simplemente el "Divino Protector", aunque ya no se llamase Thor ni Taranis y aunque el "Ragnarok fuese ahora denominado Apocalipsis. Prueba de ello, y de su continua función de amuleto ante más o menos cercanos cataclismos, es que tales esculturas siguieron teniendo un acusado aire pagano. Generalmente permanecieron fieles al modelo germánico-céltico. Basta fijarse en el turbador ejemplar de Santa María de Sanguesa (Navarra): su Caballero cabalga un corcel que se apoya sobre la espalda de un gigante, desnudo y de sexo explícito, tendido en el suelo, mientras que ante él aparece una figura femenina en cuclillas, desnuda, enseñando el sexo y sus grandes senos.

Esta mujer, tan distinta de la recatada Dama que habitualmente acompaña al misterioso jinete, es la "Sheela-na-gig" de la mitología celta, el símbolo de la Diosa-Madre –Tierra, uno de cuyos ciclos está centrado en la lucha del caballero con el gigante. Una composición similar, ya más cristianizada, aparece en el capitel del Vallejo de Fens (Burgos) y, en Francia, en la escultura de Oloron (Gascoña).

Fulcanelli, ese gran iniciado en la sabiduría hermética o Cábala cristiana. Se fijó en tales esculturas, relacionándolas con el cataclismo del Apocalipsis y la historia cíclica, aunque no llegó a hablar de sus antecedentes y paralelos germánicos y nórdicos: es el Caballero Místico, el Rey de Reyes, el eterno enviado para imponer al mundo pervertido la última prueba y para segar implacablemente a la humanidad vergonzosa, madura para el castigo supremo. Pero nosotros esperamos otros cielos y otra tierra nueva, en la que tiene su morada la justicia... la Edad de Oro, donde el hombre renovado ignora toda religión y admira las obras divinas de una tierra rejuvenecida, sin manifestaciones exteriores, sin ritos y sin velos. Contemplativo, ignorando la necesidad, el deseo y el sufrimiento. (*)

 

Caballero que aplasta al monstruo en colegiata de Santa María, en Alava, España. Arriba, acompañando texto, izquierda: caballero, con su cabeza arrancada, aplastando al monstruo en iglesia de santa María la Real (Navarra), y derecha,  jinete en colegiata de Santa Juliana (Cantabria).

 

(*) Fuente: Rafael Alarcón Herrera, "El caballero del apocalipsis. Guardián del eterno retorno", publicado en Revista Año Cero, Madrid, número 110, pp. 50-53. 

 

 

 

 

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