Inicio  Volver Textos sobre mitologia simbolismo y religion  Mapa del sitio

 

 

   

 

  

LA CRUZ EN LA AMÉRICA INDÍGENA

Por Adán Quiroga 

 

Detalle de un vaso ceremonial de los Sias para implorar la lluvia donde se advierte una cruz, un ejemplo del valor de la cruz en la América indígena.

 

    La cruz muchas veces es asociada casi exclusivamente con la tradición religiosa cristiana. Sin embargo, en la América indígena, la cruz se presenta de manera masiva, difundida en multitud de culturas y complejos y variadas significaciones simbólicas. La obra de Adán Quiroga, La cruz en América, es un estudio esencial en esta materia. Aquí presentamos parte de uno de sus capítulos donde la cruz se relaciona con las divinidades del aire y la atmósfera, y en especial la lluvia, como forma proveedora de fertilidad.

   E.I

 

   

  LA CRUZ EN LA AMÉRICA INDÍGENA

 

Por Adán Quiroga 

 

    En América, la cruz aparece portada por los dios del Aire y los mitos de la atmósfera, llevándola como cetro, como emblema, como insignia o como adorno en sus manos, sobre su pecho o en sus flotantes y sutiles vestiduras.

 El temor al rayo y al huracán ha hecho nacer vivos sentimientos religiosos en el espíritu de los pueblos americanos; como que los fenómenos meteorológicos desempeñan un gran papel en la historia primitiva de las religiones; y es natural la divinización por parte del salvaje del espantable desencadenamiento de las fuerzas de la naturaleza, antes las cuales se presenta débil y desarmado. Este temor religioso concluyó por transformarse en veneración piadosa al viento y la atmósfera, siendo convertidos en fetiches el rayo y el huracán. Pero los fenómenos del huracán no fueron posteriormente adorados por sí mismos, por cuanto el rayo parecía  la manifestación de un ser viviente, considerándole como el hacha terrible y centelleante de un genio encarnado en las nubes, las cuales, a su vez, se presentaban a la fantasía india como volátiles o pájaros de alas inmensas, que sacudían en lo alto de los cielos; y de aquí las aves míticas, como el Piguerao de la leyenda preincaica, cuya voz es el estampido del trueno y cuyas alas nerviosamente batidas producen el viento del huracán. Estos pajarracos a la vez son ofídicos, y suelen tener cola y aún cuerpo de dragón y de víbora, como la "serpiente emplumada", o el Quetzalcoatl mexicano, porque el relámpago ardiente se aparece a los ojos del hombre primitivo como un gran dragón de fuego, animado de vida, de rabia y de terrible poder.

 El culto a la lluvia, que muchas veces se confunde con el del cielo mismo, es el culto al elemento agua, como el efecto fecundo de la acción combinada del viento y la tormenta.

 El viento, la tormenta y el rayo, se vuelven personajes míticos vivientes, a los que el politeísmo concluye por dar formas antropomorfas; y de que aquí Los Dioses del Aire, de la Tormenta, del Rayo, objeto de culto universal en las agrupaciones americanas, convertidos aquellos en los genios fecundadores de la tierra por el fenómeno de la lluvia en nuestro continente de grandes extensiones sin agua, para el cual es este líquido la vida de la tierra, que hace nacer, crecer y fecundar a los hombres y los animales y a las plantas. La serpiente-rayo, portada en sus manos por el Aticci Viracocha peruano y sirviendo de cetro o de báculo a Tláloc, se vuelve el emblema de la humedad, del calor, de la fertilidad, de la primavera, de las estaciones, y figura en primera línea, por tanto, en las cosmogonías de todos los pueblos agricultores.

 Pasemos ahora a consignar breves noticias del culto universal a los fenómenos atmosféricos, para que nos demos a la vez cuenta exacta del valor de la cruz como símbolo meteriológico.

 Desde las extremidades del Norte, o desde la Sillan Innua, o casa de los vientos de los esquimales, aquellos soplan sobre el mundo. En las razas septentrionales el culto al cielo no es menos grande que el culto a la tierra. Las divinidades del cielo son generalmente masculinas y epicenas o andróginas, y obran sobre el universo por medio de los fenómenos meteorológicos.

 En los Estados Unidos, bajo formas de monstruos o de aves míticas, son adorados los dioses del Aire, bajo el nombre de "Espíritus del Viento".

 Las representaciones de estos seres míticos aparecen en un interesante trabajo inserto en el Rapport del Smithsonian Institutuion, del año 93, titulados Miths and Mythic animal (en Tenth annual report of the bureau of ethnology to the secretary of the Smithsonian Institution, J. W. Powel, Washington, 1983). 

  Las tres figuras representan animales mitológicos. Las más pequeña se distingue de las otras dos en no tener garfios; y por la figurilla representando un ser humano, en posición horizontal, es, según los pieles rojas creyentes, el Espíritu del Viento (Wind Spirit), un monstruo o demonio llamado Skana, que quiere decir "genio del mal". Este demonio (tal cual sucede con la Huayrapuca calchaquí), según Judge Svan, ateniéndose a lo que le han contado, es susceptible de transformarse de todas maneras, y varias leyendas se le atribuyen. Las dos representaciones restantes son también monstruosas, genios del mal. Estas dos figuras fueron conseguidas de algunos indios Haida que visitaron el puerto de Townsend (Washington) en el verano de 1884. La primera lleva el nombre de Orca Haida, y las otras dos, las de Wasco and Mythic Raven Haida, y quien escribe sobre tales figuras es Albert P. Niblac, que ha podido descifrarlas.

 No obstante las inmensas distancias que separan a los pueblos, es conveniente comparar estas representaciones míticas de Estados Unidos con el dios del Aire de Squier, de rostros humanos con corona plutónica, cuerpo y cola ofídicos, la primera; de cabeza monstruosa con boca dentada, cuerpo y cola también ofídicos, del valor mítico de los cóatl mexicanos.

 Asimismo, adoraban al viento o a la tormenta los crecks, los dakotas y pieles rojas.

 Huracán, el dios de las tempestades de las Antillas, es "el alma del cielo", para los quichés de Guatemala, el que desempeña un papel importante en sus cosmogonías. Avilix y Hacavitz son el relámpago y el rayo.

 En Nicaragua , para que lloviese, ofrecíanse grandes sacrificios al dios del huracán Quiatéotl. Pero la gran divinidad del cielo en México y la América Central es Tláloc, el de un solo ojo, quien rige las nubes y las lluvias y guía los rayos, y en honor del cual se celebran dos fiestas anuales, lo mismo que cuando sobrevenía calor o seca, en cuyo caso sacrificábanle cuatro niños de cinco o seis años, a los que se dejaba morir de hambre, o colocándolos en una canoa se les hacía hundir con ella en el lago sagrado. Otros genios atmosféricos denominábanse los Tláloc, figurados por serpientes de madera, y por ídolos de aspectos humano las montañas, o los Echecatotontin (checatl, "aire", en mexicano antiguo). Cuando a fines de diciembre comenzaba a tronar, los indios decían: "¡los Tláloc vienen!", Calchihuitlicué, la compañera de Tlaloc, según Torquemada, es la diosa del huracán y de los fenómenos metereológicos, o está íntimamente ligada a ellos. Tlazolteotl, la lúbrica, la de los placeres obscenos, es otra compañera de Tláloc,  representando a los elementos como generadores.

 El señor de Tlalocán, Tlalocatecutli, el más alto de los Tlálocs, imperaba sobre la lluvia y el huracán, y era venerado por toltecas, chichimecas y aztecas. Figuraba como un dios antropomorfo, cuya estatua de blanca piedras aparecía pintada con los colores del agua, verde y azul, y portaba un cetro adornado de oro.

 El dios de la América Central, parcialmente de los mayas, fue Ahulneb, el de la Cruiz. Los cuatro vientos que producían la lluvia denominábanse los cuatro Bacabs.

  Nicaragua adoraba al dios del Aire Chiquinau; y Oviedo cita a Ecalchatl, mito interesante de esta cosmogonía. 

 Mixcoalt, es la nube-serpiente, antiguas divinidad chichimeca, tenida en gran honor por los nahuas y los nicaraguenses, la que según Brinton, portaba por rayos un haz de flechas en las manos, pareciéndose a Tonante.

 Quetzalcóatl, el "papagayo-serpiente", la nube serpiente emplumada, aparece como una divinidad atmosférica máxima, la que, bajo el nombre de Nanihehecatl, es "el señor de los vientos", y bajo el de Tohíl, "el que ruge".

 El gran Itzamna yucateco figura como el dios nacional de la raza maya. Su carácter atmosférico resulta de sus propias palabras, respondiendo a quienes le interrogan sobre su origen (Itzencaan, Itzenmuyal, rocío del cielo, rocío de las nubes). Itzamna se da por hijo del cielo. Él se aparece como un sabio hechicero: cura enfermos, resucita muertos, reparte la tierra entre sus fieles, funda pueblos e inventa la escritura. Sus adoradores venéranle en Izamal. Los naturales de la América Central consideran a Itzamna como un solo dios con Cuculcán, el aparecido del oeste, que llegó con diecinueve compañeros, todos barbados y vestidos de largas túnicas, y que vive en Chichen Itza. Su nombre, como el de Quetzalcóatl, compónense de las voces mayas: cuc, "papagayo", y can, "serpiente".

 Los quichés de Guatemala tenían su Gucumatz, el "papagayo-serpiente", -de guc, "pájaro verde", y matz "serpiente"-. Es un cuaternión o cuaterno que se transforma en un período dado de días en serpiente, en áquila, en tigre y en sangre coagulada. Aparece como un dios dominador y engendrador según la biblia quiché o Pol Vuh. Gucumatz hace surgir la tierra de en medio de las aguas, invocando a ese Hurakán, el "corazón del cielo", según este libro sagrado.

 Los nahuas veneraban a otra divinidad de la atmósfera y de la tempestad, al cruel Hitzilopochtli, dios de la guerra, que M. Tylor creyó identificar con Mextli, guerrero de cuyo nombre quiere derivar el de México. Huitzilin, significa "colibrí", y es sin duda este irisado pájaro-mosca el emblema de la naciente primavera. Aquél al salir del vientre de su madre Coatlicue y cuando sus hijos, los Centzunhuitnahuas, y su hija Coyolxauhqui, intentan matarla a causa de su preñez, tírales con una serpiente de fuego, a cuyos golpes caen exánimes, por lo que desde entonces viénele bien el nombre que lleva de Tetzauhtostl , "el dios terrible". Coaticlue, la mujer de las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube tempestuosa preñada de rayos; una bola de blancas plumas, flotante en el aire, que fecundó su seno, es la nubecilla blanca que al entrar en el seno de la gran nube, parece iniciar la tempestad; los hijos que quisieron matarlas, son las nubes que suben el cénit, impulsadas por el viento precursor del huracán, y que parecen oponiéndose y encontrando a la nube principal; una voz que a las madre habló de defensa desde su sueño, es el trueno. Bernal Díaz cuenta de un paje de Huitzilopochtli, dios de las alarmas, mensajero "rápido", llamado Paynaltón, y que parécenos que debe ser el viento que sopla.

 (...) Pillán, el Trueno, es la divinidad suprema de los araucanos, el que vive en las eminencias de la cordillera fraguando la tormenta. Sus hachas son los rayos, que cortan de un golpe los viejos robles. Esto parece resultar de la leyenda del Viejo Latrapai, referida por un distinguido americanista chileno ( Lenz. R, De la literatura araucana), según la cual Latrapai resolvió un día dar sus hijas en matrimonio a sus sobrinos Cónquel y Pedin, pero siempre que derribasen un bosque de robles, volteando cada árbol de un solo golpe, lo que consiguieron cuando bajaron las armas del Pillán, que ellos pidieron "llamando hachas" cuatro veces, en estos términos: -"¡Bájate, hacha del Pillán! ¡Bájate, hacha del Pillán! Favorécenos, soberano de los hombres; bota dos hachas que corten un árbol con cada golpe"-. Dicho lo cual, bajaron hachas por las copas de los árboles; y con ellas, cortando cada árbol de un golpe, satisficieron al viejo Latrapai, cansado con sus hijas. Y es de advertir, a propósito de hachas, que las de piedra, obras del hombre primitivo, son tenidas como hachas del rayo por los pueblos indígenas que las desentierran; y es por eso que en los Valles Calchaquíes, por ejemplo, se conjura a la tormenta de piedra o al granizo presentándoles durante un rato los filos sagrados de aquéllas. 

  (...) Esta breve reseña de las divinidades atmosféricas continentales nos ha sido necesaria para dejar así establecido que, no sólo no nos extraña la existencia de la Cruz venerada entre los Pieles Rojas y demás pueblos del norte, y entre los toltecas, los aztecas, los nahuas, los quichés, los muyscas, los aymarás, los quichuas, los araucanos y los calchaquíes, sino que la existencia del sagrado símbolo debió precisamente ser un hecho entre ellos, desde el momento en que los cuatro palos de la cruz no son otra cosa que la gráfica, sencilla y natural representación de los cuatro puntos cardinales de donde soplan los cuatro vientos, de los cuatro vientos mismos, de los cuatro antepasados, las fuerzas creadoras de la naturaleza, o de los cuatro genios de las cosmogonías primitivas; por como observa Brasseur respecto a este último punto, los navajos de México nacieron de cuatro espíritus; los mayas de cuatro genios antepasados; y en todas las historias aztecas y toltecas aparecen cuatro caracteres, ya sean como sacerdotes o enviados de los dioses o majestad oculta o disfrazada, ya como guías y caudillos de tribus durante sus migraciones, ya como reyes y mandante de monarquías después de su fundación; y aun en los tiempos de la conquista siempre encontramos cuatro príncipes que forman el supremo gobierno, ya en Guatemala o ya en México. Nosotros añadiremos en el Perú a los cuatro de la cueva de Pacaritambo, que tiraban piedras a los cuatro rumbos, y que volaban al cielo cuando morían, repitiéndose este ejemplo de los cuaternos en otros pueblos.

 Donde hay, pues, dioses de la atmósfera, del huracán, de la tormenta, del trueno y del rayo, seguramente existirá el símbolo complementario de la Cruz, teniendo como emblema de alta veneración.

 (...)  Sin lugar a duda alguna, sabemos que el emblema de las lluvias en la América Central, especialmente entre nahuas, mayas, era la Cruz. Las Casas, obispo de Chiapa, recuerda su veneración en estros pueblos, y refiere que en el principal de los manantiales vertientes de agua los nativos erigían cuatro altares, en las formas de una Cruz. La Cruz, que los misioneros no supieron admirar o atribuir a Satanás, fue el objeto central en el gran templo de Cozumel, preservado en los bajorrelieves del antiquísimo pueblo de Palenque. Fr. Alonso Ramos cuenta la gran veneración a la cruz de parte de los yucatecos. "Apenas -escribe, los españoles acercaron al Continente de América, en 1518, desembarcando en Cozumel, junto a Yucatán,  hallaron muchas cruces, dentro y fuera de los templos y en su patio almenada puesta una cruz grande, en cuyo contorno hacia procesión los indios pidiendo a Dios lluvia, y a todas las veneraban con gran devoción ", lo que prueba que era el símbolo de un gran dios atmosférico.

 Desde tiempo inmemorial la Cruz aparece siendo objeto de plegarias y sacrificios de parte de nahuas y mayas, la que se suspendía como un emblema augusto en los templos en Popayán y Cundinamarca, significando "Árbol de Nuestra Vida" en lengua mexicana. Los de Yucatán imploraban a la Cruz cuando demandaban agua en tiempo de seca. La diosa azteca de las lluvias llevaba una Cruz en su mano, y en su fiesta primaveral en su honor víctimas humanas eran sacrificadas en cruces atravesados sus cuerpos de flechas. Quien sabe si esto mismo significase los sacrificios humanos en cruces, o los niños crucificados que se hallaron en casi todos los templos del Perú, y especialmente en los de Pasao, de lo que recuerdan el P. de la Calancha, Zárate, Miguel Estete y especialmente Cieza de León, quien compara estos crucificados con los que vio en Cali.

 El dios del templo de las isla de Cozumel, venerado especialmente por los mayas, se llamaba Ahulneb, divinidad de la lluvia y de los vientos, representado bajo la forma de un gigante monstruoso que llevaba una flecha en la mano. Su emblema era la Cruz, a la que imploraban para que hiciera llover, los peregrinos venidos de los países secos, donde el agua se aguardaba en preciosas represas.

 Los cuatro Bacabs de la naturaleza; las cuatro corrientes invisibles del aire; los cuatro seres míticos; los cuatro vasijas de arriba", que en Yucatán se suponían columnas del cielo que lo sostenía en las cuatro partes del mundo, como grandes cariátides, estaban distribuidos en Cruz. Estos cuatro Bacabs, Kan, Muluc, Ix y Cauac, correrspondientes a los puntos cardinales N. , S. , E., y Oeste, eran dioses de la lluvia, y arreglaban el calendario maya. Su representación por cuatro vasijas de arriba, es sin duda una alusión a los vasos del Trueno. Los cuatro Bacabs, o los cuatro viejos, escaparon en tiempo en que los seres se ahogaron en el diluvio americano. 

(...) De todo cuanto dejamos escrito...resulta plenamente confirmada la afirmación que hicimos de que la Cruz es el símbolo de los dioses americanos del Aire y del os mitos de la Tormenta; en otros términos: el símbolo sagrado de los fenómenos metereológicos del cielo.

 Ahora bien: ¿por qué ha de ser precisamente el signo de la Cruz el emblema o el símbolo de los cambios metereológicos producidos como fenómenos de la atmósfera? ¿por qué ha de serlo la Cruz, y no otra de las figuras geométricas tantas veces repetidas en la escritura indiana, como el círculo, el triángulo, el cuadrilátero, la greca, el arabesco, el meandro u otra combinación ideológica o simbológica cualesquiera?

(...) Los brazos de la Cruz meteorológica apuntarán hacia los puntos cardinales, para indicar que de los cuatro ámbitos de la tierra de donde vienen los elementos aéreos que forman la tormenta. En el punto de intersección de estos palos el fenómeno de la lluvia se producirá. Y es por aquel motivo, sin duda, que la Cruz de Calchaquí, como casi todas las americanas, tiene sus palos del mismo largo, de modo que figura exactamente una roseta sencilla de vientos, lo que no pasaría con la Cruz latina.

 "Los brazos de la cruz, escribe Brinton, tenían por objeto apuntar hacia los puntos cardinales, para representar los cuatro vientos portadores de la lluva. Para confirmar la explicación que aquí se da, ocurramos a las ceremonia más sencillas de tribus menos civilizadas, para convencernos del significado que se advierte a través del símbolo, como ellos lo empleaban. "Cuanto el hacedor de la ruina (rain maker) de los Lenni Lenap solía ejerce su poder, se retiraba a un lugar solitario y dibujaba en la tierra una figura de la cruz, con los brazos hacia los puntos cardinales, colocando sobre ella un poco de tabaco, mate, un pedazo de género colorada, y empezaba a llamar a gritos al espíritu de las lluvias. Los pieles negras tenían por costumbre ordenar cantos rodados de los ventisqueros en las praderas en forma de cruz, en honor, como decían, de Natose, el viejo que manda los vientos. Los creeks, en la fiesta del Busk, que se celebraba, como se ha visto, en honor de las cuatro vientos, y de acuerdo con las leyendas instituidas por estos mismos, empezábanla sacando fuego de nuevo. Esto lo hacían colocando cuatro rajas de leña en el centro del cuadro, con las puntas hacia adentro en forma de cruz, mientras que las de afuera se dirigían hacia los puntos cardinales: en el centro de la cruz sacaban el fuego nuevo. La cruz, precisamente de esta forma, según Las casas era objeto de culto en la América del Sur, cerca de Tumaná, cuando llegaron los cristianos, y por mucho tiempo anterior".

 Nosotros  manifestamos nuestra plena conformidad a cuanto escribe Brinton explicando el porqué de los cuatro gráficos elementos de la Cruz, la razón del trazado de esta figura geométrica, cuyos cuatro palos constitutivos son, en efecto, correspondientes a las cuatro líneas que indican las direcciones de los cuatro puntos cardinales, de los cuatro vientos. Pero, ¿deberá decirse, en conclusión, que la Cruz será precisamente el símbolo de los cuatro puntos cardinales de los cuatro vientos? 

No, contestaremos, disintiendo de las afirmaciones de Brinton en tal sentido. Los cuatro palos de la cruz, aparecen expresando efectivamente que cuatro cosas como cuatro estrellas en la lámina del Yamqui Pachacuti, o que cuatro elementos de la naturaleza se combinan para formar la figura geométrica; pero de aquí no ha de deducirse forzosamente que el indio se propuso santificar o magnificar estas cuatro estrellas o cuatro elementos por la combinación de la Cruz.

 Las cuatro líneas, o si se quiere cuatro elementos que constituyen el signo, si lo referimos a los mitos de la tormenta, pueden igualmente representar al viento, a la nube, al trueno y al rayo, y no es difícil que así sea. Puede asimismo la Cruz, como símbolo indiscutible de la fecundación, ser también una alusión al acto de la cópula, en el cual el indio, sin duda, ha creído ver tomar parte a cuatro cosas: al príapo, a los dos apéndices que de él penden y a la vulva u órgano femenino.

  ...Si el viento, si la nube, si el trueno, si la tormenta y si el rayo tienen representaciones simbólicas distintas y típicas en la escritura sagrada de los pueblos americanos; si en Calchaquí, por ejemplo, el viento es un monstruo-dragón, la nube el ave-suri, el trueno la espiral, la tormenta una mano abierta de dedos alargados, y el rayo una zigzag de cabeza ofídica, nos vemos con que propósito el hijo de la tierra habría introducido la confusión en su escritura simbólica, con la adaptación de un nuevo signo del mismo valor de otro, al cual ya fijó su equivalencia de antemano.

 El motivo de los cuatro palos de la Cruz, habría sido sin duda la figuración de los cuatro vientos; pero la cruz nos es por ello el símbolo de esos cuatro vientos, porque estos por sí mismo poco llamaría la atención al espíritu del indio, con prescindencia del fenómenos que producen.

 Esos cuatro vientos olvida Brinton que traen las nubes de las cuatro partes del horizonte, y que esas nubes concluyen por convertirse en cataratas del cielo, dando lugar al fenómeno anhelado por los pueblos sedientos, que demandábanlo de la atmósfera levantando en alto sus cántaros vacías; la producción de ese fenómeno vivificante era lo que se pedía a esos dioses del aire y de la tormenta; a esos cuatro genios que habitaban los cuatro rincones de la tierra; a esos Tláloc del Norte, Sur, Este y Oeste, como reza el exordio de la invocación azteca, que tenían  imperio sobre el tiempo, que alimentaban la tierra, que favorecían la caza y que se relacionaban con la vida humana, al decir de Sahagún (en Historia de la Nueva España); la producción de este fenómeno era lo que se imploraba de un extremo al otro del continente a Haokah, a Ahulneb, a Tláloc, a Quetzalcóatl, a Mixcoatl, a Wixepecocha, a Batchue, a Tupa, a Catequil, a Contici, a Pillán, a Huayrapuca.

  Ese fenómeno es la Lluvia, y la Cruz su símbolo. (*)

 

(*) Fuente: Adán Quiroga, La cruz en América, E. Castañeda, Estudios antropológicos y religiosos, Buenos Aires, 1977. 

 

 

 

 

   ©  Temakel