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LA EDUCACION DEL DERVICHE

 

                                      

      Los derviches ejecutan una danza sagrada. Sus movimientos circulares desean la proximidad con lo divino. Pero para que la danza sea puente hacia el caliente pulso de la divinidad, el derviche debe seguir un camino de ascetismo, de meditación y ampliación de su espiritualidad. Esta educación del derviche, plasmada a través de leyendas y historias de sabiduría aparece aquí en este momento de Textos de simbolismo, mitología y religión de Temakel.

 

LA EDUCACION DEL DERVICHE

Por Sheikh Muzaffer Ozak Al-Yerrahi Al-Halveti.

    El gran santo sufí Ibrahim Ad’ham (que su alma sea santificada) fue una vez Sultán de Belkh, pero abandonó la realeza de este mundo para convertirse en rey del Más Allá...Quería ser un derviche, consagrar su vida a encontrarse a sí mismo y a Dios pero tenía que renunciar a muchas cosas, entre ellas un reino y la posición de sultán. La invitación estaba allí: Dios estaba preguntando por él. Pero él ni estaba preparado para decir: "Aquí estoy, Señor". Pues esto es todo lo que hay que decir: "Aquí estoy; ante Ti, a tus órdenes". El recuerdo de Allah (dhikr) es uno de los fundamentos de las práctica sufíes. Recordar es simplemente decir: "Aquí estoy. Yo soy". En aquel momento Ibrahim Ad’ham era aún incapaz de recordar. Pero Dios le llamaba. 

     Una noche, cuando el sultán estaba durmiendo en su cama de plumas, cubierto con sábanas de seda y las más finas mantas, surgió en su corazón un sentimiento: "Debo irme; tengo que dejar todo esto; tengo que hacerlo". De pronto se oyeron ruidos extraños en el tejado del palacio. Abriendo la ventana, Ad’ham gritó: "¿Quién está ahí arriba? ¿Qué estáis haciendo ahí?". Una voz respondió: "Estamos arando el campo". "Pero, ¿qué respuesta es esa? ¿Cómo váis a arar un campo en el tejado del palacio?, dijo el sultán". De nuevo se escuchó la voz: "Bueno, si crees que puedes encontrar a Dios en la cama, debajo de tus sábanas de seda, ¿por qué no vamos a poder arar sobre el tejado del palacio?"... 

     Dios está más cerca de ti que tú lo estás de ti mismo. El ha dicho: "Hay setenta mil velos entre tú y Yo, pero no hay ni uno solo entre Yo y tú". Si no piensas en Dios de esta manera, puedes buscar por todo el Universo sin encontrarle nunca. 

    Un día, varios peces pequeños se acercaron a un pez grande y le dijeron: "Hemos oído que hay un océano en algún sitio. ¿Nos lo podrías mostrar?" El pez grande les contestó: "Para eso tendríais que salir de él". ¿Tienes entonces que salir de la Verdad para ser capaz de verla? La respuesta es no. Ocurre que no existe nada excepto la Verdad, así que de la misma forma que el pez no puede salir del agua para ver el agua, tampoco nosotros podemos salir de la Verdad. Allah dice: estoy más cerca de ti que tu vena yugular. En efecto, El está dentro y fuera de ti, envolviéndote completamente. Todo lo que hay a tu alrededor es Dios. Eres como un pez en el mar. Así que no puedes ver a Dios, a no ser que Dios quiera hacerse visible. Y en ese caso Le conocerás de una forma diferente a la de cualquier otra persona, de tal manera que nunca serás capaz de comunicarle plenamente tu experiencia a otro. 

    En otra ocasión, Ibrahim Ad’ham se fue a comer al campo. Cuando se le hubo servido la comida, una urraca se precipitó sobre ella y se llevó el pan. El sultán ordenó a sus hombres que siguieran a la urraca, así que éstos subieron a sus caballos y persiguieron a la ladrona hasta llegar a la altura de un hombre que estaba atado a un árbol. Entonces, asombrados, los jinetes vieron como la urraca le ponía al hombre el pan en la boca. Cuando le contaron al sultán lo ocurrido, éste fue donde el hombre se hallaba atado y le preguntó: "¿Quién es usted? ¿Qué le ha pasado?". El hombre contestó: "Soy un mercader y los bandidos me han robado todo lo que tenía. He estado aquí durante varias semanas. Todos los días este pájaro negro me ha estado trayendo comida y me la ha puesto en la boca. Cuando tengo sed, aparece una pequeña nube y llueve justo encima de mí". Como dijo Jesús (que la paz de Allah sea con él, mira a los pájaros. Cada día salen por la mañana y Dios les da de comer y de beber hasta que por la noche, regresan a sus hogares. No hacen nada para ganarse el sustento. De esta forma demostró a Ibrahim Ad’ham que no necesitaba permanecer atado a su sultanato. Dios lo sostendría. Jesús renunció al mundo. Se divorció completamente de él. Al final, todo lo que poseía eran dos cosas: un peine, que usaba para arreglarse la barba, y una copa, que usaba para beber. Un día vio un viejo que estaba peinándose la barba con la mano, así que se deshizo del peine. Luego, vio a otro hombre que, estaba bebiendo agua con sus manos, así que le dio la copa. Mientras que no te divorcies del mundo y de lo mundanal, no encontrarás a Dios. Pero hay que tener cuidado. Jesús es un arquetipo de esa completa renuncia al mundo material. Pero por otro lado se halla, por ejemplo, el gran profeta y rey Salomón (que la paz de Allah sea con él), el hombre más rico y poderoso tanto de este mundo como del otro. El profeta Salomón era el rey de los hombres, los jinns, los animales y los elementos. El mundo se vuelve un velo entre tú y Dios si tu corazón está apegado a tus posesiones, pero si tienes todo lo que se puede desear y puedes prescindir de ello, entonces va todo bien. Por otro lado, si tienes sólo una cabeza de pescado y estás apegado a ella, lo cierto es que permaneces apegado a este mundo. Es un problema de divorcio del corazón. No es necesaria la pobreza material. Ibn Arabi (que su alma sea santificada), considerado el "Sheikh más grande" (Sheikh al -Akbar) del Sufismo, conoció a un pescador devoto y ascético en sus viajes por Túnez. El pescador vivía en una choza de barro. Todos los días salía con su barco a pescar y distribuía toda la captura entre los pobres. Tan sólo se guardaba para él una cabeza de pescado, que cocinaba para la cena. El pescador se hizo derviche de Ibn Arabi, y al final también él llegó a ser sheikh. Cuando uno de sus derviches se disponía a salir de viaje para España, el pescador le pidió que visitara a Ibn Arabi y le rogase que le enviara algún consejo espiritual, pues sentía que no había hecho ningún progreso desde hacía muchos años. Cuando el derviche llegó a la ciudad de Ibn Arabi, preguntó dónde podía encontrar al gran sheikh sufí. Los lugareños le indicaron una mansión suntuosa encima de una colina y le dijeron que ésa era la casa del sheikh. Al derviche le sorprendió lo mundanal que debía ser Ibn Arabi, especialmente en comparación con su querido sheikh, un simple pescador. De mala gana se puso en marcha hacia la mansión. El camino estaba bordeado por campos de cultivo, hermosos huertos, y rebaños de ovejas, cabras y vacas. Cada vez que preguntaba, le decían que los campos, los huertos y los animales pertenecían a Ibn Arabi. El derviche se preguntaba como un sheikh podía ser tan materialista. Cuando llegó a la mansión, al discípulo se le confirmaron sus temores. Aquí había más riquezas y lujo de lo que el más atrevido podía soñar. Lo muros eran de mármol con taracea. Los suelos estaban cubiertos de lujosas alfombras. Los sirvientes llevaban vestidos de seda. Sus ropajes eran más finos que los de los hombres y mujeres más ricos del pueblo del derviche. Cuando éste preguntó por Ibn Arabi, le dijeron que el maestro estaba visitando al Califa y que estaría de vuelta al poco rato. Después de una corta espera, el discípulo vio un cortejo que avanzaba hacia la casa. Primero llegó la guardia de honor de los soldados del Califa, con armaduras y armas relucientes, montados en hermosos caballos árabes. Entonces llegó Ibn Arabi, vestido con magníficas ropas de seda y un turbante digno de un Sultán. Cuando llevaron al derviche a ver a Ibn Arabi, hermosos sirvientes le trajeron café y pasteles. El derviche le transmitió el mensaje de su sheikh y reaccionó con indignación, cuando Ibn Arabi le dijo: "Dile a tu maestro que su problema es que está demasiado apegado al mundo". Cuando el derviche volvió a su casa, su sheikh le preguntó ansiosamente si había visitado al maestro. De mala gana el derviche admitió que sí. "Y bien, ¿te ha dado algún consejo para mí?". El derviche intentó evitar repetir los comentarios de Ibn Arabi, que resultaban totalmente incongruentes considerando la opulencia de éste y el ascetismo de su sheikh. Además temía que su maestro pudiera ofenderse. Pero el pescador siguió insistiendo y al final el derviche tuvo que contarle lo que Ibn Arabi le había dicho. El pescador se puso a llorar. Su discípulo, atónito, preguntó cómo Ibn Arabi, viviendo en medio de semejante lujo, se atrevía a decirle que estaba demasiado apegado al mundo. "Tiene razón", dijo el sheikh. "A él verdaderamente no le importa nada de lo que tiene, pero cada noche, cuando yo me como mi cabeza de pescado, desearía que fuese un pescado entero"... 

    Cada profeta tiene una misión específica que cumplir. El papel de Jesucristo fue el de exhibir la ausencia de posesiones y preocupaciones mundanales. Las palabras y acciones de los profetas y amados de Allah, no son las suyas. Ellos ya no tienen voluntad propia, sino que expresan la voluntad de Allah. Incluso santos menores llegan a un estado similar. Lo que ven lo ven por los ojos de Allah; lo que oyen lo oyen con los oídos de Allah: lo que dicen lo dicen con la lengua de Allah. Andan con los pies de Allah y toman las cosas con Sus manos. Así es como Jesús no tenía voluntad propia. El fue la expresión de la voluntad divina para una función y un propósito específicos. Y esto es posible incluso para personas corrientes – bueno, no tan corrientes – que aman a Dios y son amados por El. En el caso de Salomón, la voluntad divina se manifestó con la propiedad y el poder. Jesús llegó a ser el Sultán del corazón y el espíritu, mientras que Salomón combinó el gobierno mundano y el espiritual. Si eres un Sultán de este mundo, la gente no estará contenta o de acuerdo con tu gobierno. Es muy difícil. Moisés (la paz de Dios sea con él) se quejó ante Dios: "Estoy intentando trabajar para Ti, pero todos hablan en mi contra". Dios respondió: "Moisés, tú sólo eres carne y sangre. Yo soy su Creador y su Sustento: ¡Y ellos también hablan en contra de Mí!" Por eso Dios permanece escondido, por lo menos para la mayoría de nosotros. 

    ...No te engañes a ti mismo diciendo que tú estás buscando y que tú encontrarás. Ibrahim Ad’ham fue llamado por la Verdad, pero tuvo que aprender del hombre que araba sobre el tejado de su palacio y de la urraca que daba de comer al prisionero. Mas no lo olvides: tienes que ver esos signos. Mirar no basta: tienes que ver. Escuchar no basta: tienes que aprender. Finalmente, un día Ibrahim Ad’ham salió de su palacio y se fue al campo. Encontró a un pastor con la ropa desgarrada. En su exterior sólo había harapos, pero el pastor había encontrado a Dios en la soledad del campo. Su interior se había vuelto rico y hermoso. Aunque el sultán vestía seda, su interior estaba desgarrado, porque no había encontrado la Verdad. Ibrahim Ad’ham le pidió al pastor que le cambiara ropa y así lo hicieron. El sultán le volvió la espalda al mundo. Su reino, riquezas y poder, su ropa y su rango, eran el velo entre él y Dios. Así que los arrancó de cuajo y los tiró. Pero, para poder dejarlas, tuvo primero que tener esas cosas. Entonces se fue adónde se le ordenó. Ibrahim Ad’ham fue llevado a un Sultán de la Verdad, su sheikh, su maestro. A las órdenes de su maestro, Ibrahim Ad’ham le dio la tarea de vagar por el mundo, para que viera de dónde había venido. En este tipo de entrenamiento, uno lee un libro por primera vez y entiende ciertas cosas. Luego lo lee otra vez y entiende algo más. Lo lee por tercera vez y encuentra todavía más. El sheikh envió a Ibrahim Ad’ham a leer el libro de su vida anterior para poder entenderlo desde un nivel más alto. El libro más grande es este mundo, esta vida. Léelo y vuelve a leerlo. Tu pasado es la mayor parte de ese libro. Al volver a leerlo, lo encontrarás cambiado y te encontrarás a ti mismo. Es un libro enorme, que llega desde esta tierra hasta el rincón más alejado de los cielos. Ibrahim Ad’ham volvió a Belkh una tarde fría de invierno. Hizo su oración nocturna en la Gran Mezquita que él mismo había construido cuando era sultán. La noche es muy importante para el buscador. El tiempo de la oración nocturna es una hora, más o menos después de la puesta del sol, y continúa hasta una o dos horas y media más tarde. Después de terminar sus devociones para con Dios, algunas personas se van a sus casas para estar con sus seres queridos y les miran a los ojos y les acarician el pelo. También esto es devoción: amar a la esposa y a los niños. Además, los grandes santos y profetas a menudo se dedicaban a la oración y a la devoción nocturnas. Cada noche, después de hacer la última oración, Ibrahim Ad’ham no tenía adónde ir. Entonces se dijo a sí mismo: "Esta es la casa de Dios; la construí para que estuviera abierta para todo el mundo. Encontraré un rincón para sentarme, meditar y descansar". Recientemente, un ladrón había robado una alfombra de la mezquita. Así que cuando el guardia encontró al ex-sultán, ahora derviche, dijo: "Ah! Tú eres el ladrón de alfombras y te escondes aquí para robar más!". Inmediatamente agarró a Ibrahim Ad’ham por los pies y lo arrastró escaleras abajo, sobre los cien escalones de la mezquita. La cabeza de Ibrahim golpeó todos y cada uno de ellos, pero, a lo largo de todo el recorrido, y con cada dolor, su corazón daba gracias a Dios. Cuando llegó al final de la escalera, se dijo a sí mismo: "¡Ojalá hubiera mandado construir más escalones!". Por su sumisión a la Voluntad Divina, y por cada momento de sufrimiento, su nivel espiritual se elevó. 

   ...Al final, Ibrahim Ad’ham había superado todas las pruebas que su maestro le había puesto y había vuelto a la ciudad en dónde éste vivía. Antes de que llegase, el sheikh habló con los otros derviches. Los sheikhs saben cuándo y cómo las cosas van y vienen, dentro y fuera de ellos. El sheikh les dijo a todos los derviches que se fueran a la puerta de la ciudad. "Cuando veáis a Ibrahim Ad’ham, no lo dejéis entrar: pegadle, pisadle, escupidle, golpeadle sin tregua". Así que cuando Ibrahim alcanzó la puerta principal de la ciudad, sus hermanos empezaron a maltratarlo cruelmente. Se fue a otra puerta y sus hermanos le atacaron y vapulearon. Entonces Ibrahim Ad’ham dijo: "Mirad, no importa lo que hagáis; podéis derramar mi sangre e intentar matarme, pero nadie va a impedir que llegue hasta mi sheikh". Cuando finalmente consiguió pasar por las puertas, todos los derviches continuaron pisándole los talones hasta que llegó a la casa del sheikh. Los derviches seguían dándole puñetazos y pateándole, pero Ibrahim Ad’ham no decía nada. Simplemente seguía avanzando hacia su sheikh. Entonces, un derviche muy joven le dio una patada tan fuerte que le arrancó la piel del talón. Volviéndose tranquilamente, Ibrahim le dijo: "¿Por qué me hacéis estas cosas? ¿No sabéis que soy vuestro hermano? Yo también soy derviche. ¿O es que todavía me tomáis por el sultán de Belkh?".  Cuando los derviches le contaron esto al sheikh, éste comentó: " Todavía no ha llegado al nivel más alto. Aún no ha olvidado lo que una vez fue. El sabor del sultanato, el sabor del poder del rey todavía perdura en el paladar de su mente y su memoria". 

    Durante muchos años Ibrahim Ad’ham siguió viajando, mendigando para comer, aprendiendo del mundo y predicando con el ejemplo. Una vez encontró a un hombre que quería darle algún dinero. Irahim respondió: "Si es usted rico, aceptaré su oferta; si es pobre no". El hombre respondió que, en verdad, era inmensamente rico. "¿Cuánto dinero tiene usted exactamente?" "Tengo cinco mil monedas de oro". "¿Y querría tener diez mil?". "¡Sí, por supuesto!". "¿Y preferiría veinte mil?". "¡Sería maravilloso!". "¡Usted no es rico en absoluto! En realidad, necesita ese dinero más que yo. Yo estoy satisfecho con lo que Dios me da. Me sería imposible aceptar algo de parte de alguien que siempre está anhelando más". 

    Un día Ibrahim Ad’ham intentó entrar en un baño público. El encargado del baño le detuvo y le pidió el dinero de la entrada. El, bajó la cabeza y admitió que no tenía dinero. El encargado contestó: "Si no tiene dinero, no puede entrar al baño". Ibrahim Ad’ham gritó y cayó al suelo, llorando amargamente. Algunos transeúntes se pararon para tratar de consolarle. Uno incluso le ofreció dinero para entrar al baño público. Ibrahim dijo: "No lloro porque no me hayan dejado entrar en el baño. Cuando el encargado del baño me pidió el dinero de la entrada, me acordé de algo que me ha hecho llorar. Si en este mundo no se me permite entrar al baño a menos que pague, ¿qué esperanzas tengo de que se me permita entrar al Paraíso? ¿Qué me ocurrirá cuando me pregunten: qué buenas obras traes contigo? ¿Qué has hecho para que merezcas entrar al Paraíso?. De la misma forma en que se me impidió entrar al baño por no poder pagar, ciertamente se me impedirá entrar al Paraíso si no tengo buenas obras en mi haber. Por eso lloro y me lamento". Al reflexionar sobre sus propias vidas y obras, todos los que estaban presentes se echaron a llorar con Ibrahim. 

    Cuando Ibrahim Ad’ham visitó la ciudad de Basora, los lugareños le preguntaron: "Aunque Dios dice: llámame y responderé a tus oraciones, nuestras oraciones nunca son respondidas". Ibrahim contestó: "Vuestros corazones están muertos por causa de diez malas cualidades. Dios no acepta las oraciones de aquellos cuyos corazones están muertos".     Entonces el santo enumeró los diez defectos: 

 1. Pretendéis reconocer a Dios, pero no Le dais lo que es debido. Intentad devolver lo que debéis a Dios, ayudando a los pobres y a los necesitados. 

  2. Leéis el Sagrado Corán pero no observáis sus enseñanzas. Practicad lo que leéis. 

  3. Proclamáis que Satanás es vuestro enemigo, pero le obedecéis. Negaos a seguir sus sugerencias. 

 4. Os llamáis a vosotros mismos miembros de la comunidad de Muhammad (saws), pero ni siquiera tratáis de seguir el ejemplo del Profeta.    5. Decís que deseáis entrar en el Paraíso, pero dejáis de llevar a cabo las obras, que sabéis, hacen falta para ganar la admisión. 

 6. Deseáis ser salvados del Fuego, pero continuamente os arrojáis a Él, empujados por vuestros pecados y malas obras.

 7. Sabéis que la muerte nos llega a todos, pero no os habéis preparado para ella.

 8. Veis todas las faltas de vuestros hermanos y hermanas de religión, pero no acertáis a ver vuestras propias faltas. 

  9. Consumís todo lo que habéis recibido de vuestro Señor sin dar las gracias y sin mostrar vuestra gratitud dando de comer al prójimo. 

 10. Enterráis a vuestros muertos sin aprender la gran lección de que el mismo fin os llegará a todos. Los profetas y los santos son como espejos; igual que el espejo nos muestra la suciedad de nuestros semblantes, así los hombres y mujeres santos nos muestran nuestras faltas. Un viejo refrán dice: "Límpiate la cara en lugar de culpar al espejo". Pero la mayoría de nosotros preferimos romper el espejo antes de abandonar nuestras malas costumbres. Las enseñanzas de Ibrahim Ad’ham tenían la virtud de abrir los ojos de los oyentes. También son válidas para nosotros hoy, y para todos los creyentes hasta el Día de la Resurrección. (*)

 (*) Fuente:  Versión parcial de El Amor es el Vino,del Sheikh Muzaffer Ozak Al-Yerrahi Al-Halveti.

 

                                                   

©  Temakel. Por Esteban Ierardo