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EL TIEMPO EN EL ISRAEL BÍBLICO, EN EL CONTEXTO DE LAS CULTURAS DEL ANTIGUO ORIENTE MEDIO.

Marcelo Móttola (UNR)
Verónica Lazarte (UNR)

 

 

El Moisés de Miguel Ángel. La inspirada recreación de unos los máximos personajes del universo religioso del Israel antiguo.

 

  Aquí presentamos un elaborado trabajo sobre el tiempo en el contexto del Israel bíblico en el marco general de las culturas del Antiguo Oriente. Sus autores, Marcelo Móttola y Verónica Lazarte, que gentilmente nos han enviado su investigación para ser compartida en este espacio, pertenecen a la Universidad Nacional de Rosario, casa de altos estudios ubicada en la provincia de Santa Fé, Argentina. En este trabajo se exponen, mediante una intensa apoyatura documental, la oposición entre la temporalidad cíclica antigua y la linealidad temporal moderna; el ascenso de Yahvé y su relación con tradiciones asociadas a Canaán y particularmente a Baal; el particular monoteísmo judío; el  movimiento deuteronómico; la influencia de tradiciones zoroástricas sobre el pensamiento judío; el Génesis bíblico y la influencia babilónico-mesopotámica; el sentido de la serpiente en el relato del Génesis I; los textos apocalípticos, sus sentidos y fuentes.

  El texto es acompañado también por dos ilustraciones de uno de sus autores, Marcelo Móttola; en estas imágenes se intenta complementar la seriedad de la exposición académica con dibujos que dimanan un saludable humor.

E.I

  

Para quienes deseen entrar en comunicación con los autores de este artículo:

marcelomottola@hotmail.com

 

 

EL TIEMPO EN EL ISRAEL BÍBLICO, EN EL CONTEXTO DE LAS CULTURAS DEL ANTIGUO ORIENTE MEDIO.

Marcelo Móttola (UNR)
Verónica Lazarte (UNR)


    La Biblia es un conjunto de libros que se compilaron, corrigieron y/o escribieron en tiempos muy posteriores de las historias que relata en muchos de sus pasajes, con todo lo que esto representa, pues los relatos contribuían a fortalecer y dar forma a un discurso contemporáneo dado por la coyuntura y los intereses de sus artífices. De manera que, es muy probable que en muchísimos casos, se hable más de los transcriptores y sus necesidades que de los personajes a los que hacen referencia. Además, su narración es un testimonio de fe que no busca conservar la tradición en su figura originaria, puramente histórica, sino que la vincula con la actualidad, modificándola al mismo tiempo. Se podría decir "que tenemos que tratar con una historiografía autorreferencial, sin una verdadera y propia historia de referencia o de base"(1). Sin embargo, es necesario asumir que la Biblia constituye un objeto de estudio científico y como tal sujeto a crítica, como todo testimonio histórico, ya que, "La Biblia, más que ningún otro libro, ha sido campo propicio para una intensa y variadísima labor de exégesis…el intérprete creía encontrar en los viejos textos soluciones para sus propios problemas del pensar y del obrar y se empeñaba en adecuar las palabras de antaño a modos especulativos, y pragmáticos actuales…este proceso de adaptación a un ideal contemporáneo presente en la tradición post-bíblica se descubre asimismo en el seno de los libros integrantes de la Biblia. El examen de su formación revela al análisis un trabajo completivo de revisión y de compilación cuyo fin era también adecuar las palabras y los sucesos antiguos a un sentido nuevo. Los textos viejos figuran adaptados a los intereses de la edad en que vivía el historiador, editor, copista o compilador que puso mano en la redacción de los libros bíblicos…"(2) Tomando en consideración esto, intentaremos exponer los orígenes y la evolución que sufrió el concepto de tiempo y/o historia, en el relato veterotestamentario, para lo cual trataremos de dar cuenta de1 rico acervo simbólico del Antiguo Oriente Medio, y del proceso mediante el cual el pueblo de Israel elabora una visión temporal que le permitirá aproximarse a una idea de historia, sin dejar de lado los cambios y permanencias de los elementos que entran en juego en la construcción de un nuevo complejo simbólico. 
La dicotomía entre una visión cíclica y otra lineal del tiempo, tiene su origen, probablemente, en una doble visión que el hombre tiene de lo que lo rodea, por un lado los procesos cíclicos que parecen observarse en la naturaleza, como la sucesión de las estaciones, y por otro lado, el aspecto lineal que el hombre hace del transcurrir de su propia vida, con un nacimiento, un desarrollo y un final. Es decir una experiencia remite a la repetición, lo que pone de manifiesto los procesos reversibles, y la otra a la no-repetición, que proclama la irreversibilidad de lo afectado. Pero lo curioso es que estas dos posiciones antagónicas categoricen a una misma cosa, según Leach, "Es la religión, y no el sentido común, la que induce a los hombres a incluir oposiciones tan variadas bajo la categoría única de tiempo. Día y noche, vida y muerte, no son pares lógicamente similares más que en el sentido en que son un par de contrarios. La religión los identifica, nos hace pensar en la muerte como en la noche de la vida, nos hace pensar que los acontecimientos no repetitivos son en realidad repetitivos."(3) 
En las distintas culturas se desarrollaron conceptos y duraciones diferentes para el año, lo más importante es que estos pueblos compartían el aspecto simbólico del año, asociado con la muerte y la resurrección de la vida, completando la idea de un universo cíclico en permanente renovación, surgiendo de las cenizas. Una suerte de cosmogonía periódica que Eliade sintetiza en dos momentos, uno trata de la expulsión de los demonios, enfermedades y pecados, y el otro el que concierne a los rituales de los días que preceden y siguen al Año Nuevo. "Diversos en sus fórmulas, todos estos instrumentos de regeneración tienden hacia la misma meta: anular el tiempo transcurrido, abolir la historia mediante el regreso continuo in illo tempore, por la repetición del Acto Cosmogónico"(4).
En la trama de relaciones simbólicas de las culturas de Canaán, al igual que en muchas sociedades antiguas la preocupación por lo que hoy llamamos fenómenos naturales, estaba siempre presente. El discurso mitológico habla repetidas veces de inestabilidades cósmicas que desataban inundaciones, sequías y todo tipo de catástrofes. La naturaleza sagrada debía ser mantenida en orden a través de sacrificios a los dioses, encargados de mantener dominadas a las fuerzas destructoras, que presentaban una constante amenaza. Así es que crearon la idea del cosmos versus el caos, una especie de puja celestial, donde las fuerzas del orden, generalmente personificadas con un dios-guerrero, luchaban contra las fuerzas del caos, que intentaban desestabilizar la situación, y que el imaginario religioso asociaba con serpientes y dragones, tan comunes en diversas culturas de la antigüedad.
Según Eliade, la aceptación de la realidad cotidiana, en las concepciones de estas sociedades, estaba condicionada por los arquetipos celestiales, verdaderos modelos de los acontecimientos terrenales, y en donde las alternancias entre el caos y el orden cósmico, llevaban a soportar las dificultades de la vida del mundo, pues, al igual que lo ocurrido en el orden celestial, luego del caos sobreviene nuevamente el orden. 
En general, todas las culturas tienen un comienzo de naturaleza mítica, en donde el universo es formado por acción de una divinidad, y una edad dorada en donde el hombre vivía libre y sin apremios, luego de controlar un estado previo caótico, dominado por las fuerzas del mal. Así, el ciclo de la alternancia cósmica tiene su reflejo en lo que sucede en el mundo terrenal, de manera que lo celeste adquiere calidad arquetípica, de él se nutren todas las actividades y creencias del pueblo empeñado en esta tradición.
El antiguo pueblo de Israel logró pasar a una instancia superadora de la alternancia entre el caos y orden. Pero dicho proceso creemos está directamente relacionado con su devenir histórico-político, por eso es necesario observarlo detenidamente para comprender la instauración de un sistema religioso basado en la monolatría, donde la superioridad y la creencia en Yahvé fue vital para esta comunidad.
A comienzos del siglo XI (AC) el sistema regional del Mediterráneo Oriental se alteró por los movimientos de pueblos de origen balcánico produciendo marcados contactos cuyos efectos se plasman en un re-acomodamiento de las tribus que debieron adoptar algún rasgo estatal, un tipo de gobierno centralizado y una dimensión más amplia. Tal vez este proceso, el que refleja el Antiguo Testamento en su relato acerca del surgimiento del reino, a partir del colapso de los estados tradicionales, y el pedido de un rey, dirigido por las tribus a Samuel " para ser como las otras naciones", está especialmente motivado por la necesidad de resistir la presión de las ciudades-estado filisteas. El proceso encaja perfectamente en el desarrollo institucional del período denominado por los arqueólogos "Hierro Temprano", siglo XI (AC), y que Liverani ha recalcado sobre la novedad de los "estados étnicos, que no tiene paralelo en la Edad del Bronce y que en principio considera al parentesco y la descendencia, y ya no al territorio, como la raíz de la ciudadanía, y a la familia extensa como el modelo para la comunidad política".(5)
Con un estado monárquico de nuevo tipo con el rey David (c. 1000-960 AC.), se dan tres características que son de nuestro interés destacar: la primera es que se había instaurado una monarquía y una ideología real, según el modelo de otros reinos del Oriente Próximo, en donde el rey era el "ungido", considerado como hijo de Yahvé y que gobernaba en su nombre 
Voy a anunciar el decreto de Yahvé, él me ha dicho: "Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy.
Pídeme, y te daré en herencias las naciones, en propiedad los confines de la tierra"
Salmo 2:7. 
En segundo lugar, el reino eligió una capital en terreno neutral, que no pertenecía a ninguna de las doce tribus. David trasladó el arca, salvaguarda nacional de Israel a Jerusalén, convirtiendo a esta ciudad en el centro religioso de la nación. Y por último parece que se desarrolló un cierto sincretismo entre Yahvé y el dios de Jerusalén, El Elyon.
Cuando David y Salomón unificaron la región, la fundación del templo de Yahvé en Jerusalén, conllevó la elección de una divinidad como centro del panteón oficial del reino y como divinidad dinástica. Yahvé no debía ser nuevo en la religión, seguramente se trataba de una de las divinidades mayores y más cualificadas, más vinculada por tanto a un ambiente particular y a un patrimonio mitológico y cultural arraigado y parece que no era el dios ciudadano de Jerusalén. 
Algunos de los rasgos característicos de Yahvé que aparecen ya en la época davídica, son más propios de la topología nómada-pastoral que de la agraria: aniconismo, desmitificación, aislamiento familiar y vinculación con los antepasados genealógicos. Para M. Liverani "fue una opción política, relacionada con la dificultad de construir un estado nacional sobre una base fragmentada y diversificada."(6). 
En la época monárquica, la presencia de una divinidad dinástica no excluye otros cultos, aunque en este periodo el prestigio de Yahvé va en aumento.
Las luchas políticas y militares con los estados vecinos tienen sus consecuencias teológicas, que se acentúan al aproximarse el peligro asirio. La legitimidad y el buen gobierno del rey ya no son lo único que determina la actitud del dios, señal de que el prestigio de la realeza (antes única intermediaria entre la comunidad humana y el mundo divino) se ha debilitado; la causa potencial del desastre nacional es el comportamiento de todos y en vísperas del colapso final se imponen la monarquía, la monolatría, el templo central, la ley codificada y la responsabilidad colectiva.
Probablemente el origen de Yahvé, se deba a un dios de posición subordinada del dios cananeo El Elyon, que algunos asimilan al dios Baal, de los pueblos vecinos. En Deuteronomio 32:8 se puede ver como El Altísimo repartió las naciones entre sus hijos, y a Yahvé le tocó el pueblo de Israel. 

"Cuando El Altísimo repartió las naciones, cuando distribuyó a los hijos de Adán, fijó las fronteras de los pueblos, según el número de los hijos de Dios; mas la porción de Yahvé fue su pueblo. Jacob su parte de heredad"
Deuteronomio 32:8

El apelativo El Altísimo es una forma muy usada en las fuentes cananeas para designar al dios El Elyon. Por otra parte, y continuando con la idea de dios subalterno, Yahvé aparece muchas veces asociado a una actividad más bien específica, como administrador de las lluvias y tormentas, al igual que Baal en las fuentes ugaríticas. 
Baal estableció su supremacía luego de derrotar las rebeldes fuerzas cósmicas representadas por las aguas del caos primordial y por un monstruo primitivo llamado Yam, asociado con la imagen de una serpiente o un dragón. El ascenso de Yahvé también parece responder a las tradiciones asociadas a Canaán y particularmente a Baal, y al igual que él, tendrá que luchar con las aguas y con las serpientes fabulosas como Leviatán, para proclamarse rey de reyes.

"Oh Dios, mi rey desde el principio, autor de salvación en medio de la tierra, tú hendiste el mar con tu poder, quebraste las cabezas de los monstruos en las aguas; tú machacaste las cabezas de Leviatán y las hiciste pasto de las fieras; tú abriste manantiales y torrentes, y secaste ríos inagotables…"
Salmo 74

Al igual que Baal, Yahvé protegía constantemente el mundo ordenado, y tanto uno como el otro habían puesto cosmos donde antes había caos, lo que en términos temporales equivale a generar una alternancia de opuestos, pues siempre quedaba claro que estos monstruos serpentinos, capaces de desafiar el orden impuesto por estos dioses-héroes, por uno u otro motivo, nunca estaban totalmente muertos, pues desde su reclusión en un mundo subterráneo y oscuro, acechaban contra el nuevo universo organizado, y eran capaces de invertir la situación con períodos de tinieblas y confusión. 
Dijimos que la imagen de Yahvé, al igual que la de Baal, había crecido en importancia al poder instalar el orden en el universo, pero luego de esto, el dios hebreo da un paso más, pues como era frecuente, toda divinidad que se constituía en patrona de un pueblo, tendía a levantarse por encima de las demás. Eso es lo que sucedió, llegado el momento, Yahvé tomó los atributos del dios supremo El Elyón, El Altísimo, alias que resulta familiar a los lectores de la Biblia. En el salmo 82, puede apreciarse este politeísmo a que hacemos referencia y como Yahvé se impone por encima de un panteón, al igual que en su momento lo hiciera El Elyon.

"Dios se levanta en la asamblea divina, en medio de los dioses juzga...
...Yo había dicho: "¡vosotros, dioses sois, todos vosotros hijos del Altísimo!"
Mas ahora, como el hombre moriréis, como uno solo caeréis, príncipes.
¡Alzate, oh Dios, juzga a la tierra, pues tú eres el señor de todas las naciones! 
Salmo 82

Un grupo de profetas fue el que llevó adelante una postura monoteísta con gran decisión, a través del denominado movimiento conocido como "Sólo Yahvé" y cuyo primer activista de importancia fue el profeta Oseas que realizó su actividad a mediados del siglo VIII (AC).

"Pero yo soy Yahvé, tu Dios, desde el país de Egipto. 
No conoces otro Dios fuera de mí, ni hay más salvador que yo" 
Oseas 13.4

El Deuteronomio 12.2 se hace eco de este movimiento en el que se eliminan vestigios de otras divinidades, lo que consolida la postura de los seguidores de Yahvé.

"Suprimiréis todos los lugares donde los pueblos que vais a desalojar han dado culto a sus dioses, en lo alto de los montes, en las colinas, y bajo todo árbol frondoso" 
Deuteronomio 12:2

Pero, ¿cuál es el motivo de tanto esfuerzo por imponer un monoteísmo absoluto en un mundo dominado por ideas politeístas? Según parece este afán monoteísta estaba destinado a hacer frente a la inseguridad y sufrimiento del pueblo hebreo, que más que un alivio a los tormentos, requería una explicación que actuara psicológicamente sobre la gente. Entonces, Yahvé era un dios muy poderoso capaz de forjar el destino de las naciones y su forma de actuar era diversa, articulaba con igual facilidad plagas terribles como invasiones de imperios. Todas estas penurias manejaba Yahvé, con el propósito de castigar a su pueblo por su regular tendencia al politeísmo. De esta forma el pueblo de Yahvé aceptaba su merecido castigo por la apostasía y se abocaba a calmar la ira de su dios con una adoración exclusiva, y a esperar su recompensa. Es aquí donde el judaísmo adquiere un monoteísmo particular, sentado sobre una base moral, y en donde la responsabilidad recaía sobre cada uno de los integrantes del pueblo elegido, que lo distinguirá del resto de sus vecinos. Por lo demás se redactaron leyes que el pueblo debía observar para mantener la gracia de Yahvé, dictadas por miembros del movimiento deuteronómico. Este movimiento tuvo su auge a mediados del siglo VI, y se preocupó particularmente en darle cohesión a los relatos tradicionales del pueblo hebreo, además, puso énfasis en la noción de pacto. Las viejas historias de Josué, Jueces, Samuel y Reyes, recibieron así un nuevo marco conceptual, en el cual se explicaban los sucesos por caídas y alzadas, según que hubiese sido transgredida u observada la ley del pacto deuteronómico. Los deuteronomistas fueron quienes confirieron al Éxodo la importancia que tiene en la tradición judía. 

Es precisamente éste, el punto que venimos buscando y que produce una bisagra en la concepción temporal de los judíos. Las manifestaciones divinas, teofanías, únicas y señeras van moldeando la percepción del tiempo de los seguidores de Yahvé, de una concepción cíclica se estaría elaborando una lineal, ya que las intervenciones de Yahvé no podían estar condicionadas por una ciclicidad temporal, actuaba una sola vez para una cuestión puntual, que no se repetiría. Las teofanías a que tenía acostumbrado Yahvé a su pueblo, eran únicas e irrepetibles. Es así como aparece el concepto de historia, esto es, una permanente novedad, inconcebible para la visión cíclica, y que coincide con la llamada edad "axial"(7) de la historia mundial, en esta edad es donde aparecen importantes reformadores e innovadores. En el terreno religioso, Zoroastro en Irán (siglo VI) y en Israel los grandes profetas "éticos", Deutero-Isaías, Jeremías, Ezequiel, relacionados con el exilio babilonio (587-539) y precedidos por la sistematización del yahvismo. "Los fermentos de la edad axial dan origen a nuevas ideologías que reemplazan al politeísmo, nacido con la revolución urbana. Bajo las formas del monoteísmo judío o el dualismo iraní, se presenta un nuevo modelo divino, son religiones "morales", de dimensión individualista, mientras que las religiones anteriores eran "ceremoniales" y estaban dirigidas a mantener la estructura sociopolítica oficial."(8) Además de esto, la edad axial va a generar un tipo particular de pensamiento, respecto del tiempo, que caracterizará a los pueblos judío e iranio. 
Un desfile de teofanías va marcando el rumbo irreversible del pueblo de Yahvé, en palabras de Norman Cohn, "fue esta visión de su dios como Señor de la historia la que, en los aledaños del año 600(AC) impulsó a ciertos seguidores del movimiento "Sólo Yahvé" a alejarse de una concepción del cosmos que aceptaba el orden y el desorden como realidades permanentes y a esperar con impaciencia una consumación gloriosa en la que todo se arreglaría"(9) El tiempo comenzaba a experimentar una linealidad desde la instauración del orden, pasando por un período de caos, hasta llegar a un final en donde el tiempo sería abolido para siempre. La religión judía era la religión de la esperanza, es decir de la esencia misma de la escatología, este concepto "designa la doctrina de los fines últimos, es decir, el cuerpo de las creencias relativas al destino último del hombre y del universo."(10)
Todo este movimiento se da en tiempos en que se lleva a cabo la destrucción del templo y la deportación de los sectores más elevados de la sociedad judía a Babilonia, y es cuando se cambia el simbolismo de que el caos como fruto de la periodicidad, generaba catástrofes que los profetas habían predicho, por la concepción innovadora de tomar estas penurias como teofanías de Yahvé para castigar a su pueblo. En el período que va desde ca. 750 al 500 (AC) el crecimiento de los imperios produjo el fin de la independencia de la mayoría de las formaciones políticas locales en el Cercano Oriente y en el Mediterráneo Oriental: tanto los estados étnicos como las ciudades estado fueron víctimas de esa expansión. La cautividad babilónica fue de la mayor importancia para el desarrollo de la religión israelita, pues la influencia del zoroastrismo con sus premisas morales, favoreció, entre otros aspectos, al fortalecimiento de la idea de la responsabilidad individual, en concordancia con las reformas religiosas generadas en la "edad axial". 
La caída de Jerusalén (586 AC) supuso un duro golpe a Israel como nación. Cundió el sentimiento de que Yahvé había abandonado a su pueblo o de que era demasiado débil para protegerlo y por otra parte, los líderes que se hallaban en el exilio estaban decididos a salvar lo que pudieran de las tradiciones israelitas.
Probablemente gran parte del material que contiene el Pentateuco fue compilado y editado durante el exilio, donde Ezequiel y el Deutero-Isaías se destacaron. 

"Y sabrán las naciones que la casa de Israel fue deportada por sus culpas que, por haberme sido infieles, yo les oculté mi rostro y los entregué en manos de sus enemigos, y cayeron todos a espada. Los traté como lo merecían sus impurezas y sus crímenes, y les oculté mi rostro. Por eso, así dice el Señor Yahvé: Ahora voy a hacer volver a los cautivos de Jacob, me compadeceré de toda la casa de Israel, y me mostraré celoso de mi santo nombre."
Ezequiel 39: 23-29

Deutero-Isaías es un profeta que apareció a finales de la época del exilio y profetizó la caída de Babilonia a manos de Ciro y el regreso de los exiliados a su país, como un nuevo éxodo o como una procesión triunfal del rey Yahvé. Éste no había abandonado a su pueblo y no era demasiado débil pues era el creador y señor de todo el mundo. Nunca hasta entonces había sido expresado con tanta claridad el monoteísmo israelita.
Con la estadía en Babilonia de las elites sacerdotales israelitas, se produce este corrimiento hacia un monoteísmo de características absolutas; el tiempo del exilio y la cautividad permitieron la expresión de una religión de protesta y de identificación al mismo tiempo "…creando las bases del coraje de vivir y de la esperanza…"(11) 
A partir de la centralidad en Yahvé es interesante ver sus cambios y las dimensiones que adquiere como Ser Supremo, que es parte de las necesidades existenciales del hombre y que produce sentimientos de teofanía. Yahvé como Ser Supremo "es un dios distante, no es solo un poder, sino también una voluntad, no solo una persona, sino también una personalidad, un dios vivo que actúa sobre el hombre y siempre está presente para él, un dios celoso y hostil y al que no falta algo de demoníaco (…) además, esta capacidad de ver y conocer todo da lugar a las sanciones divinas cuando se la aplica a las acciones humanas".(12) 
En Babilonia los deportados encontraron culturas mucho más complejas y ricas que la suya, éstos solo contaban con el culto a Yahvé que se vio fortalecido por la vida fuera de Judá, pues declamaban que el gran dios liberará a su pueblo del exilio, al igual que lo hizo cuando estuvieron en Egipto, y los guiará triunfantes hacia Judá, en donde el templo será reconstruido. Entre otras cosas, esto deja bien sentado que el verdadero pueblo es el que está exiliado, no el resto de la población que se quedó. 

El contacto con las tradiciones zoroástricas, presentes por entonces en Mesopotamia, influenciaron el pensamiento judío. El profeta Zaratustra, percibía toda existencia como la realización paulatina de un plan divino, que culminaría en la consumación gloriosa a partir de la cual todas las cosas serían perfectas. Contemplaba la existencia de un creador supremo llamado Ahura Mazda, portador de la justicia infinita y de todo lo que se halle en armonía, esto está simbolizado por el concepto del asha, que tenía como contraparte a otro principio llamado Angra Mainyu, quien propagaba la falsedad y la distorsión a través del druj, el mal activo, la destrucción, el caos. Ambos estaban en permanente puja, aunque ésta no duraría eternamente, pues el conflicto se superaría en una batalla final, en donde el asha quedaría definitivamente establecido. De esta forma aparecen en el zoroastrismo dos concepciones simultáneas de tiempo, uno la eternidad, los ciclos, el tiempo ilimitado, y otro limitado y restringido, en el que se realiza la batalla con miras al desenlace final, en donde el druj quedará definitivamente neutralizado.
Los zoroastristas, al igual que los judíos, estaban involucrados directamente en el proceso, en todos los aspectos de la vida. Había comenzado un proceso de generalización de la religión hacia los diferentes sectores sociales, pues según esta doctrina, todos pueden acceder al cielo, el único requisito es el logro ético, al contrario de otras religiones en que los privilegios terrenales se manifestarían también en el reino divino. Al final del tiempo limitado el mundo se sometería a una suerte de prueba, en donde todos serán juzgados, y al cabo de la cual se producirá la "creación milagrosa", el final del tiempo. El libro sagrado del Zoroastrismo, el Zend-Avesta, toma los antiguos mitos relacionados con la eterna alternancia temporal orden-caos, y los reelabora, en un concepto que socava los cimientos de la idea cíclica del tiempo y transforma ésta en una fe apocalíptica, en donde los conflictos sociales, encontraban su sustento y su cierre en la lucha entre los dos principios fundamentales, y su inevitable final. 

"...por mucho tiempo permanece tú de esta suerte, para fomento de la renovación heroica, para perfección de todo progreso; así, hasta que llegue el tiempo milenario, heroico y bueno, en que esa renovación haya llegado a ser completa.."(13)
"A ese hombre puedes prometerle la felicidad del paraíso, como recompensa en el otro mundo"(14).

Con todo este atractivo y novedoso imaginario se encontraron los exiliados judíos, lo que sumado al empuje profético del movimiento "Solo Yahvé" llevaron a los eruditos judíos a considerar la posibilidad de replantear la historia sagrada. Es así entonces que se reelabora, entre otros, el primer libro del Génesis, que guarda similitudes con las tradiciones babilónicas, como ser la idea de un caos en forma de diluvio, citado en la tablilla XI de la Epopeya de Gilgamesh. 
Como vimos anteriormente, muchas de las culturas tradicionales elaboraron mitos de la creación del universo a partir de la organización y el dominio de las fuerzas del caos. Mircea Eliade, entre una multitud de ejemplos, nos muestra uno que habla de un mito hindú, sobre la creación. En el relato Indra hiere a Vitra, la serpiente, en su cueva, "la serpiente simboliza el caos, lo amorfo, lo no manifestado", (....) "Fulminarla y decapitarla equivale al acto de la creación, con el paso de lo no manifestado a lo manifestado, de lo amorfo a lo formal. Vitra había confiscado las Aguas y las guardaba en la cavidad de las montañas. Esto quiere decir que Vitra era el señor absoluto - al igual que Tiamat (15) o cualquier otra divinidad ofidia- de todo el caos anterior a la creación"(16). La materia no fue creada por el ser supremo, sino mas bien se trata de una organización y un control de lo que antes estaba en forma caótica, en este aspecto el Génesis también comparte este concepto, como puede apreciarse analizando su texto, la materia preexistía a la creación. En el ejemplo hindú, Vitra representa al caos anterior a la creación, y como no está totalmente muerta(17), acecha a cada momento, generando la alternancia en un tiempo confinado a un ciclo, que llevado a términos humanos, y considerando que lo terrenal solo tenía sentido si contaba con un arquetipo divino, se repetía año tras año en los rituales de un calendario religioso, que se veía fortalecido por la repetitividad en su ejecución, al reconstruir la creación cósmica en los términos espacio-temporales humanos. En la edad dorada, en donde el caos era dominado, el concepto cíclico del tiempo arquetípico traía permanentemente la posibilidad de volver a esos tiempos, una vez superado el período de caos, en el que se creían encontrar las comunidades en ese momento. El éxito de la concepción cíclica del tiempo entre los pueblos de la antigüedad se debe, quizá, al miedo a la historia, considerada como una sucesión de acontecimientos irreversibles, imprevisibles y de valor autónomo tal vez, pero también tiene que ver con la vivencia de la estacionalidad de la vida vegetal, animal y humana.
En algunos rituales de las festividades de Año nuevo hebreas aparecen reminiscencias de la lucha ancestral de Yahvé con el monstruo marino Rahab y con las aguas del caos, previos a la creación, por otra parte, como lo hacen notar Graves y Patai, en el relieve del arco de Tito puede apreciarse un Menorah, el candelabro sagrado hebreo, el cual tiene esculpido en su base, las imágenes de dos leviatanes; "probablemente, los monstruos del Menorah representan a los que venció Dios antes de iniciar su obra de Creación"(18) Sin dudas en el Antiguo Testamento pueden rastrearse múltiples elementos, hoy muchos de ellos transformados o enmascarados por la labor de exégesis, que hacen referencia a una idea cíclica de la temporalidad, similar a la que pueden observarse en los pueblos vecinos contemporáneos. 
Las nuevas ideas desarrolladas por los eruditos del exilio, en contacto con otras culturas presentes en Babilonia, sentaron las bases para una conciencia histórica, una visión escatológica, que marcaría el desarrollo posterior del pueblo de Israel. El mito de la creación dejó de ser un rasgo pintoresco de la religión para transformarse en un momento crucial, el de la primera teofanía de Yahvé.
Las marcas de este cambio en la concepción temporal, están aún presentes en los relatos del Génesis, el cual a pesar del empeño de los transcriptores al intentar presentarlo como un cuerpo monolítico, muestra rastros de estar hecho al menos en dos partes. El primer relato del Génesis fue reescrito en Jerusalén poco después del regreso del destierro, y en él puede verse la influencia de la astronomía babilónica, particularmente en lo referido a los siete días en que Yahvé creó el mundo, el mismo tiempo que expresa el Enuma Elish, para su relato de la creación. Los siete dioses planetarios también están presentes en los siete brazos del menorah, y se hace una mención en el libro de Zacarías, en el que Yahvé los invoca con el fin de quedarse con su poder. Por otro lado, el Génesis I se parece a las cosmogonías babilónicas en donde la Tierra surge de las terribles aguas caóticas primitivas. El relato de la creación que se contempla luego del Génesis II:4 es marcadamente diferente, presenta múltiples figuras contrapuestas con respecto al primer texto. La secuencia de los elementos creados es diferente a la del primero, y por otra parte da la impresión de haber efectuado la tarea en un solo paso, además al ir presentando las cosas que aún no existían, da la idea de un universo anterior en donde estaban presentes estas ausencias. Así mismo el Génesis II, refleja las condiciones climáticas y geográficas cananeas, y es uno de los textos más antiguos y recopilado en fuentes de tradición oral, para este relato la creación tuvo lugar en tiempos de otoño, a diferencia del primer texto que toma prestada la fecha de la creación de las tradiciones babilónicas, esto es, en la primavera.
Graves y Patai, reconstruyen un tercer relato de la creación, con referencias de otros textos bíblicos como Salmo 104:6-9; 74:13-14; Job 26: 10-12-13 ; 38:8-11; o Jeremías 5:22, y en el cual aparecen formas cananeas, babilónicas y ugaríticas, y en donde Yahvé se muestra dominando las aguas primitivas y luchando con los monstruos y serpientes. 



A esta altura de las circunstancias, y haciendo uso y abuso de la frase de Bachelard, "Sólo se puede estudiar lo que antes se ha soñado", nos preguntamos acerca del sentido que tendría la presencia de la serpiente en el relato del Génesis I. ¿Tendría alguna relación con el resto de los ofidios y monstruos del caos de los relatos cananeos y babilónicos? Y de tenerla, ¿podría tratarse de un elemento residual de los mitos sobre la ciclicidad temporal? Recordemos que luego de que Yahvé pone orden donde había caos, le ordena a Adán que no coma del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque si lo hace morirá. En la imagen de la serpiente que acecha la obra del creador desde el árbol prohibido, se nos figura la inquietante presencia de los monstruos que irrumpían con el caos al final de cada ciclo temporal, al cual le sucederá inevitablemente la victoria del ser superior al instaurar nuevamente el orden, de hecho, la caída del hombre del paraíso no puede ser otra cosa que una situación caótica, que se subsana por la acción de una comunidad primitiva que se desarrolla por medio del duro trabajo, y en donde reina una inestable armonía. Pero la cosa no termina ahí, sino que las sucesivas teofanías continúan por crear un avance de las aguas que inundan toda la tierra. Caos-cosmos-caos-cosmos-caos. ¿Podría tratarse esto de un fósil de una ciclicidad negada, por la necesidad de plantear una linealidad a partir de la creación? Pues es desde aquí en donde comienza a plantearse la cuestión de una escatología, al aparecer la promesa, que no es más que una proyección hacia el futuro, de Yahvé de una tierra donde corren leche y miel.
La experiencia del pueblo hebreo, llevaba la repetición de los ciclos a una sola fase que se daría en el final del tiempo, de manera que lo que sucedía entre la creación y la llegada del juicio era la historia, un tiempo de naturaleza irreversible, signada por teofanías únicas con que Yahvé marcaba el rumbo del plan divino. 
El regreso a Jerusalén, si bien se realizó según Lo vaticinado por el Deutero Isaías, no fue exitoso, ni mucho menos, pues gran parte de los exiliados, optaron por quedarse en Babilonia, y otros, deportados por los asirios, no aparecieron jamás. Por otra parte, la población local se había dispersado y confundido con otras culturas, por lo que se hizo muy difícil la tarea de los recién llegados de volver a establecer el culto a Yahvé. La diáspora no podía estar más presente.
A pesar de esto, los profetas siguieron vaticinando una consumación gloriosa, pero desde una perspectiva diferente. Las profecías de Ezequiel y del Deutero Isaías reaparecen pero con nuevos visos, pues son leídas, no ya en función del regreso triunfal a Jerusalén, sino con vistas a una nueva era gloriosa superadora del presente de pecado, una teofanía inconmensurable y definitiva.

"Tú, tú el terrible, ¿quién puede resistir ante tu faz, bajo el golpe de tu ira?
Desde los cielos pronuncias la sentencia, la tierra se amedrenta y enmudece cuando Dios se levanta para el juicio, para salvar a todos los humildes de la tierra
La cólera del hombre te celebra, te ceñirás con los escapados a la Cólera.
Haced votos y cumplidlos a Yahvé, vuestro Dios, los que le rodean traigan presentes al Terrible; el que corta el aliento a los príncipes, el temible para los reyes de la tierra."
Salmo:76

Se trata de la instauración de un nuevo orden, en donde, como expresa Cohn, "...el exterminio de los paganos equivale a la aniquilación de las fuerzas del caos, lo que a su vez constituye un preludio indispensable para el triunfo definitivo de Yahvé y la vindicación definitiva de su pueblo"(19) 
Durante el período helenístico, luego de las victorias de Alejandro frente a los Persas, y tras la muerte de éste, el imperio se dividió, y la zona de Palestina en donde se encontraba Judá, pasó a ser, durante el siglo III (AC), parte de los dominios de la dinastía de los Ptolomeos de Egipto, y luego, en el siglo II (AC), lo fue de la dinastía Seléucida, de Siria.
Los textos llamados Apocalípticos, surgieron durante estas dos dominaciones, y representan un tipo de literatura repleta de simbolismos muy complejos que hablan de ese momento final, en el que se decidiría el destino de los mundos. La audacia de los relatos entraba en conflicto con los conceptos del judaísmo oficial, elaborado durante el exilio babilónico. En cierta forma se retomaban algunos conceptos arquetípicos, pues se hacen permanentes referencias al conflicto celestial, que tiene su reflejo en la Tierra.
Los Apocalipsis son apócrifos, lo que no deja de ser un recurso que servía para legitimar su autenticidad, pues siempre se hace referencia a autores que vivieron durante el exilio o en tiempos arcaicos. Sus escritos reviven viejos mitos cananeos y reconocen la profunda influencia del Zoroastrismo.
Durante el helenismo se manifestó un profundo resentimiento hacia el gobierno extranjero, los apocalípticos marcaron la aparición del cosmos divino, frente al caos que les tocaba vivir. Como lo ocurrido en el año 167 (AC) en el que el monarca seléucida Antíoco IV saquea Jerusalén, destruye el Templo y prohíbe la religión judía. En este contexto es que se supone surgen algunos de los libros apocalípticos.
En Daniel capítulo 7, se relata un sueño en donde aparecen del mar, cuatro bestias, extrañas y distintas, a la que Daniel describe con mucho detenimiento. Pero es la cuarta bestia la que más le interesa, pues es la más temible de todas. En el relato puede verse, por un lado, la influencia de culturas cananeas, pues las bestias surgen del mar, antiguo símbolo del caos, enemigo de Yahvé, que amenazan sin descanso el mundo ordenado, y por otro, la cuarta bestia es identificada con el imperio Alejandrino, en la cual los diez cuernos son los distintos monarcas, y el décimo, el cuerno más pequeño, es Antíoco, opresor de los judíos. Como en los mitos antiguos, Yahvé deberá enfrentar a las bestias marinas del caos que ahora adquieren una connotación más terrenal, pues acusan directamente a los enemigos de Israel, y a los que se los solía representar con caras de reptiles. 
La diferencia fundamental entre los apocalípticos y los profetas bíblicos era que para los primeros el futuro ya estaba determinado, y nada de lo que hicieran los seres humanos, obediencias o desobediencias, tendría influencias en las decisiones de Yahvé. Por otra parte, para los apocalípticos Yahvé se había tornado más distante y desentendido de los asuntos humanos, a diferencia de su trato con los profetas a quienes hablaba directamente.
Sin embargo, las escatologías del Antiguo Testamento no toman distancia de los mitos cuya estructura es diferente: el mito remite al pasado y la escatología hacia el futuro "y se revela en la visión o en la profecía que ejecuta la trasgresión del relato: una nueva intervención de Yahvé es inminente, y esto cancelará lo precedente".(20) 
Esta fusión del mito y la escatología, es también "la gran fusión de los símbolos religiosos, cuya función es señalar más allá de sí mismos, en el poder de aquello a lo cual señalan, abrir niveles de realidad que de otro modo permanecerán cerrados y abrir niveles de la mente humana de los que, de otra manera, no tendríamos conciencia."(21) De este modo, el símbolo es capaz de revelar una perspectiva en la cual las realidades heterogéneas pueden articularse en un todo o aun integrarse dentro de un sistema, que permite al hombre encontrar una cierta unidad en el mundo y, al mismo tiempo, descubrir su propio destino como parte integrante de aquél. 
El progresivo ascenso de Yahvé y la idea de un tiempo de redención llevó a un cambio de la percepción temporal, que implicó la tarea de construir un nuevo complejo simbólico, capaz de reemplazar el efecto contenedor generado por la idea de una eternidad cíclica. Las escatologías judías no solo pusieron su marca en el final de los tiempos, sino que también lo hicieron en el pasado, desde el Génesis, los acontecimientos adquirieron un sentido de destino, con vistas a los tiempos profetizados. Así el presente está fuertemente condicionado tanto por el pasado como por el porvenir, los hechos mundanos se organizan formando un continuum pasado-futuro dentro de los extremos teofánicos, y en donde el individuo debía agradar a Yahvé para su salvación, soportando, bajo el peso de la fe, las teofanías positivas y negativas. Entonces la idea de futuro que impregnaba el pensamiento hebreo, remitía permanentemente a la Edad de Oro perdida en el paraíso. "En otras palabras, aunque transfirieron su propia Edad Dorada del pasado al futuro, estaba implicado un factor casi cíclico"(22)
De este modo el pueblo elegido por Yahvé pudo estar reunido por la cohesión forjada por el grupo sacerdotal para no perder su identidad y para enfrentar los avatares de los acontecimientos políticos. Creemos que la alternancia de las apariciones yahvísticas estarían reproduciendo una correspondencia con la ciclicidad temporal, que llevaría a extender el tiempo de espera para el juicio final. Aquí se pone de manifiesto lo difícil que es romper con un complejo simbólico que impregna una época o una cultura, pues podríamos suponer que por más energía que se ponga desde una elite para estatuir uno nuevo por medio, entre otras cosas, de la elaboración de un libro sagrado, el imaginario popular siempre encuentra una fisura por donde manifestar que no está muerto, la cual puede adoptar diversas formas, como ser ciertas festividades o la adaptación de ciertos mitos a la historia oficial que promueve la elite. Como lo plantea Frankfort, el pensamiento hebreo no llegó a superar por completo al pensamiento creador de mitos. Todavía hoy quedan vestigios de la antigua ciclicidad en muchos aspectos de la religión judía, como ser las festividades de los días llamados Rosh Hashana y Iom Kipur, que son los días, luego del año nuevo, en los que el Creador juzga a todas sus criaturas y realiza un balance de su creación, pues cada individuo es juzgado individualmente y la humanidad es juzgada como un todo. Son días de arrepentimiento, en donde los pecados son eventualmente perdonados por Dios, así entonces se está en condiciones de abordar el año que comienza. La ciclicidad anual recrea los tiempos del juicio final. Esto nos recuerda a los antiguos rituales tratados en el comienzo del trabajo, en donde cada año significaba la abolición del tiempo para poder comenzar un nuevo ciclo. 
Si bien la elite de Israel construyó la idea de un tiempo lineal de visos escatológicos con características propias, tengamos en cuenta que no se trató, en muchos aspectos, de algo original, pues como vimos las tradiciones zoroástricas ya habían trabajado sobre estos conceptos. Los efectos producidos por dichas influencias nos llevan a reflexionar sobre el mundo de las representaciones en las sociedades antiguas, cuyos elementos manipulados por la elite toman aspectos de dominación ideológica y de elección política; un verdadero andamiaje de supervivencia ante la dispersión y la pérdida de su territorio.
Los hebreos nunca trataron de analizar el problema del tiempo como tal. Tampoco parece que conceptualizarán su experiencia del tiempo, ni se formaran una idea abstracta de la historia. "La historia era el espacio en el que se desplegaba el drama de la vida individual y social según el propósito de Yahvé, y el tiempo cósmico simplemente atestiguaba las obras de Yahvé sobre el universo."(23) Fue el cristianismo el que elaboró una filosofía de la temporalidad en su preocupación sobre el tiempo por venir con la figura de Jesús como Mesías trascendental.

CITAS:

(1) Liverani, Mario: "Nuevos desarrollos sobre el estudio de la historia del Israel bíblico" en www.bsw.org/project/biblical/bib180/Comm12m.htm.

(2) Rosenvasser, Abraham: Fundamentación histórica del Código de la Alianza .pag.7-8

(3) Leach, E.: "Dos ensayos sobre la representación simbólica del tiempo" en Replanteamiento de la Antropología. Ed. Seix Barral, Barcelona. Pág. 196

(4) Eliade, Mircea. : op.cit. pág. 78.

 (5) Liverani, Mario: op. Cit.n°8

 (6) Liberan, Mario :op. Cit. Pàg. 532

 (7) Concepto tomado del filósofo alemán Karl Jasper (1883-1969)

 (8) Liverani, Mario: Historia de Oriente Antiguo. Ed. Crítica, Barcelona. 1995. "Epílogo", pág. 724.

 (9) Cohn Norman, El cosmos, el caos y el mundo venidero, Crítica, Barcelona, 1995, pg 164

 (10) Le Goff : El Orden de la Memoria. Cap. II pág. 26

 (11) Houtart, FranÇois: pag.147

 (12) Pattazzoni, Raffaele: "El Ser Supremo estructura fenomenológica y desarrollo histórico" en Mircea Eliade y Joseph M. Kitagawa Metodología de la historia de las religiones , pag 88

 (13) Zend-Avesta: Libro Sagrado de Oriente. Ed. Ver, Buenos Aires. 1963. pg 76

 (14) Zend-Avesta, Pgs. 68-69

 (15) Se refiere a el monstruo marino al que se enfrenta Marduk, en el poema de la creación akkadia, llamado Enuma elish

 (16) Eliade Mircea, El mito del eterno retorno, Ediciones Altaya, Barcelona, 1994, pg.27

 (17) Robert Graves y Raphael Patai, sugieren que cuando Isaías nombra a Leviatán como nahash bariah, puede significar que se está hablando de "la serpiente encerrojada, encerrada", o en todo caso "huidiza". Nosotros podríamos suponer que en estos términos se quiere expresar que el monstruo no está totalmente eliminado, sino que hay alguna posibilidad que se desencadene, lo que significaría el retorno de la condición caótica, y la alternancia del ciclo temporal.

 (18) Graves Robert, Patai Raphael, Los mitos hebreos, Losada, Buenos Aires, 1969, pg. 56

 (19) Cohn Norman, op cit, pg. 179

 (20) Le Goff…op.Cit. pág. 51

 (21) Tillich, Paul : "Theology and Symbolism" en Mircea Eliade…Metodología de la Historia de las Religiones.pag. 128.

 (22) Whitrow,G.J: El tiempo en la Historia. Ed. Crítica, Barcelona. 1990. pág. 76.

 (23) Gunnell: "Political Philosophy and Time", en Whitrow, op. Cit. Pag. 76.


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