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LA MUERTE HEROICA EN LA GRECIA ANTIGUA

 

Por Jean-Pierre Vernant

 

Aquiles con Patroclo a cuestas luego de que éste fuera ultimado por Héctor. Imagen en antigua ánfora griega.

  
     La épica es una forma de acceso a la trascendencia. En la antigua Grecia homérica la "bella muerte" (kalos thánatos) es la muerte gloriosa (eukleés thánatos). En un texto de intensa precisión erudita y comprensión analítica el gran investigador de lo griego Jean-Pierre Vernant examina los distintos sentidos del camino heroico a través de héroes como Aquiles o Héctor en el contexto de la guerra de Troya narrada por la Ilíada. La muerte gloriosa y valerosa en la lucha impregna al héroe con cualidades que le permitían trascender su finitud y perdurar en los hombres de las distintas épocas. La vida heroica se muestra como tal cuando es digna de ser cantada por los poetas.

    El texto que le presentamos ahora en esta sección de Textos sobre mitología, simbolismo y religión de Temakel, nos fue facilitado por la Revista cultural Contratiempo, dirigida por Zenda Liendivit, que le invitamos a visitar  http://www.revistacontratiempo.com.ar

E.I 

 

LA MUERTE HEROICA EN LA GRECIA ANTIGUA (capítulo "La bella muerte y el cuerpo ultrajado", El individuo, la muerte y el amor en la Antigua Grecia)

Por Jean-Pierre Vernant

Los preferidos de los dioses mueren jóvenes
(Menandro)

 

    Ante los pies de unos muros de Troya que le han visto huir, derrotado frente a Aquiles, Héctor se detiene por unos instantes. Es consciente de que pronto va a morir. Atenea se la ha jugado; los demás dioses le han abandonado. El destino funesto (moira) ha puesto ya sus ojos sobre él. Pero, aunque ahora vencer o sobrevivir no esté en sus manos, sólo de él depende el cumplimiento de eso que exige, según la opinión general y la suya propia, su condición de guerrero: hacer de su muerte una forma de gloria imperecedera, convertir esa carga común a todas las criaturas sujetas a la mortalidad en un bien que le sea exclusivo y cuyo brillo le pertenezca para siempre. "No, no puedo concebir morir sin lucha ni sin gloria (akleios), sin realizar siquiera alguna hazaña cuyo relato sea conocido por los hombres del mañana". (Ilíada, XXII)

Para aquéllos a quienes en la Ilíada se denomina anéres (ándres), los hombres en la plenitud de su naturaleza viril, tan varoniles como valientes, morir en combate en la flor de su vida confiere al guerrero difunto, tal como haría cualquier rito iniciático, cierto conjunto de cualidades, virtudes y valores por los cuales, a lo largo de su existencia, compite la élite de los áristoi, los mejores. Esta "bella muerte" (kalos thánatos), para llamarla del mismo modo en que lo hacen las oraciones fúnebres atenienses, confiere a la figura del guerrero caído en la batalla, a manera de una revelación, la ilustre cualidad de anér agathós, de hombre valeroso, osado. Aquellos que hayan pagado con la vida su desprecio al deshonor en combate, a la vergonzosa cobardía, tienen de seguro garantizado un renombre. La bella muerte implica a la vez la muerte gloriosa (eukleés thánatos). Mientras el tiempo sea tiempo, persistirá la gloria del desaparecido guerrero; y el resplandor de su fama, kléos, que en lo sucesivo adornará su nombre y su figura, representa el último grado del honor, su punto más álgido, la consecución de la areté. Gracias a la bella muerte, la excelencia (areté) deja por fin de ser mensurable sólo en relación a un otro, de necesitar comprobación por medio del enfrentamiento. Se ha realizado de una vez y para siempre gracias a la proeza que pone fin a la vida del héroe. (…)

Sobrepasando cualquier honor ordinario o dignidad de Estado, tan efímeros y relativos, aspirando al absoluto del kléos áphthiton, el honor heroico presupone la existencia tradicional de una poesía oral, depositaria de la cultura común y con funciones, en lo que se refiere al grupo, de memoria social. Dentro de eso que se ha dado en llamar, en pocas palabras, el universo homérico, el honor heroico y la poesía épica resultan indisociables: sólo existe el kléos si es celebrado y el canto poético, además de celebrar la estirpe de los dioses, no tiene más objeto que evocar los kléa andrón, los acontecimientos gloriosos más excelsos llevados a cabo por los hombres de antaño, perpetuando su recuerdo para hacerlos más vivos a oídos de su auditorio de lo que puedan llegar a ser los hechos ordinarios de su existencia. (Hesíodo, Teogonía) La vida breve, la proeza y la bella muerte solamente tienen sentido en la medida en que, encontrando su sitio en un tipo de canto presto para acogerlas y magnificarlas, confieren al héroe mismo el privilegio de ser aoídimos, objeto de canto, digno de ser cantado. Gracias a la transposición literaria del canto épico, el personaje del héroe adquirirá esa estatura, esa densidad existencial de una duración tal que, por sí sola, basta para justificar el extremo rigor del ideal heroico y los sacrificios por él impuestos. En las exigencias de un tipo de honor por encima del honor se encuentra, por lo tanto, un ideal "literario". Eso no significa que el honor heroico consista en una mera convención estilística y el héroe en un personaje por entero ficticio. La exaltación de la "bella muerte" en Esparta y Atenas, durante la época clásica, pone de manifiesto el prestigio que el ideal heroico conservara y su influencia sobre las costumbres hasta en ciertos contextos históricos tan alejados del universo de Homero como es el de la Ciudad. Pero para que el honor heroico continuara estando vivo en el corazón de esa civilización, para que el sistema de valores en conjunto permaneciera marcado con su sello, era preciso que la función poética, más que una forma de divertimento, conservara su papel en la educación y en la formación, que mediante y gracias a ella se transmitiera, se enseñara, se actualizara en el alma de todos esa serie de saberes, creencias, actitudes y valores que sirven para conformar cualquier cultura. Solamente la poesía épica, en virtud de su estatuto y funciones, podía conferir al deseo de gloria imperecedera de la cual el héroe está poseído esa base institucional y esa legitimación social sin las que tal aspiración se asemejaría a una especie de fantasía subjetiva. Puede sorprendernos a veces que semejantes ansias de supervivencia se redujeran, al parecer, a una forma "literaria" de inmortalidad. Pero eso supondría tanto como soslayar las diferencias que separan a los individuos y a la cultura griega de nosotros. Para el individuo de la Antigüedad –cuyo sentido de individualidad se configuraba a partir del otro, se basaba en la opinión pública-, entre la epopeya, con funciones de paideia gracias a la exaltación del héroe ejemplar, y la voluntad de sobrevivir tras la muerte, en virtud de la idea de "gloria imperecedera", existen las mismas relaciones estructurales que para los individuos de la actualidad –con su yo interiorizado, único, separado- hay entre la aparición de géneros literarios "puros" como la novela, la autobiografía o el diario íntimo y la esperanza de una vida ultraterrena en forma de un alma singular inmortal. (…)

La hébe que Patroclo y Héctor pierden al mismo tiempo que sus vidas y que poseían con mayor plenitud que otros kouroi, de menos edad sin embargo, es la misma que Aquiles ha preferido al optar por una vida breve, la misma con lo que, en virtud de su muerte heroica, de su muerte a edad temprana, estará para siempre investido. Si la juventud se manifiesta en la figura viva del guerrero por el vigor, bíe, la potencia, krátos, o la fortaleza, alké, en el cadáver del héroe caído, ya sin el menor vigor ni vida, su esplendor sigue compareciendo gracias a la excepcional belleza de ese cuerpo ya para siempre inerte. El término sóma designa precisamente en Homero al cuerpo del cual se ha retirado la vida, a los despojos de alguien difunto. En tanto que el cuerpo está vivo, es entendido como una multiplicidad de órganos y de miembros animados por las pulsiones que les son propias: es el espacio donde se despliegan y a veces se enfrentan los impulsos, las fuerzas contrarias. Será con ocasión de la muerte, cuando se encuentra desierto, cuando el cuerpo adquiera su unidad formal. De sujeto y soporte de diversos tipos de acciones, más o menos imprevisibles, se convierte ahora en puro objeto para el otro: si antes fue objeto de contemplación, espectáculo para la mirada, ahora pasa a ser objeto de atenciones, lamentos, ritos funerarios. El mismo guerrero que en el curso de la batalla podía mostrarse amenazador, terrorífico o consolador, provocando el pánico y la huida o incitando al ardor y al ataque, desde el momento en que cae en el campo de batalla se ofrece a las miradas como una simple figura cuyos rasgos sólo a duras penas resultan reconocibles; se trata de Patroclo, se trata de Héctor, pero reducidos ya a mera apariencia exterior; al aspecto singular de sus cuerpos reconocible para el otro. Ciertamente, entre los vivos la prestancia, gracia y la belleza juegan un papel importante como elementos de su personalidad; pero en la figura del guerrero en acción esos aspectos quedan en cierto modo eclipsados por los que la batalla deja en primer plano. Lo que resplandece en el cuerpo de los héroes no es tanto el brillo fascinante de la juventud como el bronce de que están revestidos, el destello de sus armas, su coraza y su casco, el fuego que emana de sus ojos, la irradiación de un ardor que les abrasa (Ilíada XIX). Cuando Aquiles aparece de nuevo en el campo de batalla tras su larga ausencia, un atroz terror se adueña de los troyanos al verle "reluciente en su armadura" (Ilíada XX). Ante las puertas Esceas, Príamo gime, se cubre el rostro, suplica a Héctor que se esconda a su lado al abrigo de las murallas: es el primero que ve a Aquiles "brincando sobre el llano, resplandeciente como el astro que llega a finales del otoño y cuyo fuego cegador brilla entre estrellas sin nombre, en el corazón de la noche. Es llamado el perro de Orión y su destello resulta incomparable. (…) El bronce resplandece con parecida intensidad alrededor del pecho del agitado Aquiles" (Ilíada XXII). Y, cuando el mismo Héctor contempla a Aquiles, cuyo bronce reluce "semejante al resplandor del fuego que arde o al sol que asciende", se siente transido de terror; por eso emprende la fuga (Ilíada XXII). Es necesario distinguir entre este resplandor activo que emana del guerrero vivo provocando el terror, entre su sorprendente belleza, entre el brillo mismo de su juventud –una juventud que la edad no puede marchitar- y el cuerpo del héroe abatido. Apenas la psykhé de Héctor ha abandonado sus miembros, "dejando atrás su vigor y juventud", Aquiles le despoja de las protecciones de los hombros. Los aqueos acuden en tropel para poder ver a ese enemigo que más que ningún otro les había herido y de seguir golpeando todavía por algunos momentos su cadáver. Acercándose al héroe que para ellos ya no es más que sóma, mero cadáver insensible e inerte, lo contemplan: "Admiran la estatura y la envidiable belleza de Héctor" (Ilíada XXII), una reacción para nosotros sorprendente si el anciano Príamo no nos diera la clave, al oponer la muerte lamentable y horrorosa de los viejos a la bella muerte del guerrero acaecida en su juventud. "Al joven guerrero (néoi) muerto por el enemigo, desgarrado por el agudo bronce, todo le sienta bien; incluso muerto, todo lo que de él aparece es bello". (Ilíada XXII) (*)

(*) Fuente: Jean-Pierre Vernant, "La bella muerte y el cadáver ultrajado", en El individuo, la muerte y el amor en la Antigua Grecia, Barcelona, Paidós. (En internet, editado con anterioridad en http://www.revistacontratiempo.com.ar )

 

 

 

 

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