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  LAS NOCIONES RELIGIOSAS DEL BIEN Y EL MAL EN EL LENGUAJE CHINO

 

                                                                                                       Por Gustavo Cazachkoff


                                    

  En la antigua China no había una noción de dios tal como se la concibiera entre las distintas religiones de occidente, esto es, como eje moral, como juez. A partir de allí, la construcción del universo fue también muy distinta, en todo sentido; o sea, fundamentalmente, desde el lenguaje chino y su modo de representarlo. Según Bataille en su Théorie de la religion la construcción de un ser supremo lo ubica mas allá de los sucesos y las cosas mundanas. Hay una distancia y una diferenciación marcada entre el ser supremo y su creación. La concepción de la divinidad, deja trazada la división del mundo en uno profano y otro sagrado. Lo sagrado se halla envuelto por el misterio, lo fascinante (R Otto, Das Heilige), lejos de lo terrenal y cotidiano atinente al hombre. El hombre se halla de algún modo abrumado por la pureza de lo santo, en contraste con su propia imperfección. Los lenguajes, en tanto vía de relación del hombre con su entorno, que cohabitaron con esta forma de insertarse en él, fueron siendo añadidos con cada vez más niveles de detalle que otorgaran la posibilidad de describirlo (comprenderlo) desde una perspectiva más completa y cercana al ideal sagrado.

   Hasta la irrupción del confucianismo como religión, o mejor dicho del neoconfucianismo, ya que la casa Confucio, no era religiosa en los términos ya descriptos, la relación del hombre de China con el universo se daba a través de un lenguaje cargado de contradicciones y sumamente impreciso. A pesar de ello, era la palabra y su iconización del mundo circundante lo que brindaba respuestas a los interrogantes más profundos y esenciales. En uno de los libros fundamentales del pensamiento confucianista, Los Analectas o lun yu, la palabra dios no aparece, ya que, como dijimos, el mundo estaba dado, y no había tal construcción sagrado – profano, o dios – juez. Las referencias en tales sentidos se expresaban en la convivencia de las personas entre sí, su relación con la naturaleza, y aquellos con alguna carga de poder o jerarquía (un sabio, un rey, o el padre). En la antigua China, la institución preponderante era la familia. Aquí el lenguaje chino se delata a sí mismo: toda la falta de precisión y detalle que posee para casi la totalidad de lo que expresa, contrasta sustancialmente con la extensa clasificación de los vínculos familiares. El nivel de detalle de estos lazos, y su carga representativa es muy notoria. Pero veremos esto in extenso en otra oportunidad.

   La construcción del mundo es dual: impone al hombre la búsqueda de su ubicación como sujeto en relación con los objetos. Hay en occidente una larga tradición que llega a uno de sus puntos más salientes con Kant al referirse a la relación sujeto-objeto, así como en Platón se hace presente la forma y la sustancia como dilemas de la representación del mundo para el hombre. En la filosofía china no hay tal distinción. No se concibe al hombre sino como una parte del todo (ver El Tao y la multiplicidad). En la generación de un mundo fragmentario, con el hombre como observador-sujeto del mundo-objeto, la construcción del lenguaje juega un rol fundamental. Los lenguajes occidentales tienden a la especificidad, a poseer gran cantidad de referencias principalmente abstractas y arbitrarias (el ideal semiológico, según Saussure), que llevan al hombre a dividir el continuum, el devenir, en mundo real y mundo aparente. Mundo real surgido de las palabras con que se menciona, abstracto y racional, mundo aparente, el irracional y onírico. Hasta que llegó Nietzsche con su martillo (ver Götzendämmerung) donde la revolución en este aspecto converge en el nacimiento de la semiología saussureana, la lingüística y el psicoanálisis, corrientes que, entre otras cosas, se ocupan de destrabar las dicotomías presentes en el vínculo hombre - mundo. En China, el lenguaje se aprende de otra manera. Se divide las palabras en radicales (agua, fuego, palabra, corazón, mano, pie, etc). A partir de allí se construye el lenguaje. Éste pasa a tener un vínculo icónico con aquello a lo que se refiere. No hay dos mundos, hay sólo uno (el gran logro de occidente es quizás el poder concebir que no haya ninguno), y éste se halla vinculado directamente con el lenguaje que lo describe y lo hace visible a la vez que racional, lo muestra a los ojos y al intelecto. La pintura, una de las máquinas abstractas deleuzianas de un devenir creador o devenir Dios en occidente, no son más que textos en China. Los chinos pueden leer literalmente un cuadro. Todo lo que allí está no son sino letras, palabras. Siguiendo a Deleuze, el lenguaje de occidente es un space strié, es decir, un espacio limitado, con barreras, límites y formas. El lenguaje chino es un space lisse, es decir, abierto, infinito. Las palabras en occidente llevan consigo la carga de la precisión. En chino, las palabras sólo manifiestan un flujo de intensidades.

   El bien y el mal en occidente se fueron delimitando a través de leyes expresadas en lenguajes precisos enfrentados con un mundo lleno de ambigüedades, trazando líneas demarcatorias entre lo que se aceptaba como uno u otro. La estructura rizomática del continuum, lo intrincado de su forma hace casi imposible tales delimitaciones. A partir de este tipo de concepciones y de sujeciones, se hacen necesarias superestructuras como religión o estado. Es función tanto de uno como de otro el juzgar y decidir el resultado de una acción para definirla como bien o como mal. Son las leyes y sus lecturas de la experiencia, interpretativas, estáticas y rígidas contrapuestas con la lectura vivencial, dinámica e individual de cada persona lo que dispara las castraciones y la construcción de mundos paralelos y aparentes.

   Según Boye de Mente, la sabiduría china es "amoral". Vale decir que a diferencia de la concepción filosófica occidental, que ponen al sujeto y su relación con el universo en sentido axial hacia el lugar del hombre, en la filosofía china la mirada es más vasta y abarcativa. "Para los chinos, el hombre es sólo un elemento menor, sin un valor diferente al resto de lo existente en el cosmos".

   Las cosas, los actos, tenían aspectos positivos y negativos, pero sin el valor inherente de bien o mal, correcto o incorrecto. La moralidad en China se basaba en el mantenimiento de relaciones armoniosas con el resto de la comunidad, entre reyes y súbditos, entre hombre y mujer, padre hijo, etc. Esto no supone una igualdad en los derechos o en las obligaciones, según los términos de occidente, sino que se reconoce como natural las cargas desparejas de poder, y se actúa en consecuencia. Conceptualmente, el sometimiento a una autoridad no era vivida como tal, sino como la forma armoniosa y equilibrada del súbdito para con la autoridad. Es por eso que el yin yang son los elementos más significativos de la Weltanschauung china.

   El yin yang son los dos polos de un imán (el Tao). El equilibrio entre ambos determina el equilibrio armónico de la vida china. Si bien no había una ley escrita en China, tenían ciertas normas de conducta orientadas al Tao. Las leyes occidentales están mayormente basadas en la protección de los derechos individuales de las personas, en tanto las chinas se centraban en la restitución de la armonía colectiva. No es importante el derecho de un individuo en relación con la sociedad, sino de la sociedad en sí misma, apartada de los intereses individuales (apartada en el sentido de no concentrada , no focalizada).

  Al revisar las palabras que manifiestan el bien o shan y el mal o e, esto se pone en relieve. Éstas se escriben de la siguiente manera:

   Ambas se relacionan con unidades de significación distintas dentro del arco paradigmático de la determinación de sentido en chino: vamos caso por caso. En lo que hace a shan, se divide en yan o palabra y yang, becerro.

    Palabras suaves y calmas como un becerro. Eso es el bien. Se emparenta directamente con la noción de justicia antes mencionada, y aparece en lun yu (entre otros) en el capítulo 1:13: "Tzu Yu dice: Cuando la confiabilidad está de acuerdo con la rectitud, entonces la palabra puede ser expresada...". De este modo, el bien se halla expresado con lo justo, lo equilibrado.

   Por su parte, el mal, se compone de ya, deforme y xin, corazón.

    Como ya lo hemos visto, el corazón interviene directamente en la asignación de sentido en el idioma chino (recordar yisi, ver El lenguaje icónico). Esto es, el mal no es sino la incapacidad de otorgar sentido del mismo modo que el común de la sociedad, provocando un desajuste en la armonía, en el equilibrio. O sea, la asignación deforme o con diferente forma que la de la comunidad. Sin embargo, hay un equilibrio que surge de aquellos con diferente mirada e interpretación del mundo circundante. Al igual que en occidente alguien que comete un delito es castigado. Sin embargo hay diferencias en el plano de la forma y del contenido entre la motivación y el resultado de uno y otro castigo. En occidente será el fruto de la decisión de un juez que determina la gravedad en términos de interpretación de la ley de un acto cometido. En China es la restitución del equilibrio armónico y no se lo vive como un acto cruel o con una carga afectiva negativa. Esto mismo sucedía con los pueblos donde se practicaban sacrificios rituales (ver Bataille, Théorie de la religion). En Occidente, además, se vincula con un código rígido (los lenguajes occidentales), en tanto en China surge de uno flexible, multifacético y lleno de metáforas.

Bibliografía

Bataille, Georges, Théorie de la religion, Gallimard, 1973

Deleuze Gilles y Guattari Felix, Mille Plateaux, Éditions de minuit, 1980

De Mente, Boye, The chinese have a word for it, Passport books , 1996

Feng Youlan, Breve historia de la filosofía china, Ed en lenguas extranjeras Beijing, 1989

Kong Fu Zi, Lun Yu, edición de World Affairs Press, Beijing

Otto Rudolf, Das Heilige, Taschenbuch, 1987

  Para más datos e intercambios de opiniones sobre el lenguaje chino pueden comunicarse con Gustavo Cazachkoff:

gustavoc@fibertel.com.ar

 

 

                                           

©  Temakel. Por Esteban Ierardo