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EL SIMBOLISMO DEL PILAR EGIPCIO DJED

O el sexo sagrado como " feliz encuentro" entre el cielo y la tierra

Por Sergio Fuster

 

 

  

Imagen de Artemisa de Efeso; obsérvese la multiplicad de sus senos, señal del poder generador y protector de la vida por parte de la diosa.

 

   El erotismo y la sexualidad, plasmados en los mitos, las creencias y las representaciones de los obeliscos y los pilares djed, presenta en el Antiguo Egipto elementos simbólicos relativos a los rituales de la fertilidad y de la vegetación similares a las religiones semíticas, pero con una significativa originalidad; producto de su sociedad, su entorno físico y su particular concepción del cosmos en la constante búsqueda de la verticalidad.

 

    El hombre arcaico, dentro del desarrollo sistemático de su pensamiento religioso, dio atributos, funciones y personalidad a las oscuras fuerzas de la naturaleza para tratar de comprender los misterios que le rodeaban. A pesar del tremendo temor que le producía sus avatares, estas no podían dejar de fascinarle. Pronto todo su mundo se pobló de seres ambivalentes, genios, dioses y demonios que influían en su vida y controlaban su destino.

En otras palabras, desde esta mentalidad mítica, diversas experiencias estremecieron al pensamiento humano, entre ellas la subsistencia (caza, recolección y agricultura), el misterio de la muerte (enterramiento y tratamiento del difunto) y el poder de transmitir la vida mediante la reproducción sexual (símbolos y ritos relativos a la fertilidad).

Aplicaciones y correspondencias:

Los procesos descriptos, se pueden aplicar sociológicamente de la siguiente manera: un individuo funciona como tal, individualmente, pero también como complemento de otro. En otras palabras, es un ser social y se desarrolla culturalmente en la concepción dual (en pareja). Vemos que se agrupa en clanes, adquiere mujer y al tener simiente, se reproduce en un ser igual a él (a imagen y semejanza). De esta forma, su sentencia dual pasa a desarrollarse en un terreno tripartito. De alguna manera, en sentido simbólico, tener un hijo es detener el tiempo, es lograr la trascendencia que la pareja por su naturaleza finita no puede, y el acto sexual es el rito mágico que lo produce.

El "homo religiosus" tiende a objetivar los sucesos de su propia experiencia en otros planos de la realidad, transfiriendo estas funciones básicas de toda sociedad a una dimensión simbólica, imaginativa y existencial.

En esta misma corriente, en la mayoría de los pueblos del Oriente Antiguo, por un lado el papel masculino lo asumía la hierofanía del cielo. Este funcionaba como símbolo uránico de trascendencia e inmutabilidad; guardián del orden y de las leyes que regían y controlaban el universo. Por el otro, la tierra pasaba a cumplir el papel femenino, activo, de gestar vida en su interior y dar lugar al crecimiento de las cosechas y los frutos estacionales; esta se fecundaba por las precipitaciones, o aguas seminales, que eran provistas desde "arriba".

Esta teovisión, se puede observar en los ciclos míticos de las principales religiones orientales, donde el cielo (lo que esta arriba), como elemento masculino y generador de vida, fecunda y fertiliza a la tierra (lo que esta por debajo de él). En el ´Satapatha Brahmana, donde se describe el ritual del fuego sagrado, se ponían dos leños, uno sobre el otro, y una jarra de mantequilla clara (ghí)en medio de ellos. El leño superior representa al Dios Pururavas y el inferior a su esposa, la diosa Urvasí; siendo la mantequilla el semen fecundador.

Los textos Ugaríticos de Ras Shamra (siglo XVI a. C.), nos devela el ciclo de la muerte, resurrección y reproducción del Dios demiurgo Baal (hijo activo del Dios uránico El). Estos concluyen la dramática rueda con la unión sexual, orgiástica, lasciva, de la pareja divina en donde la tierra es fertilizada en temporada de primavera. Esta madre, la antigua diosa Aserá (hebreo asche-ráh, poste sagrado), en tiempos posteriores fue personificada antropomórficamente con la Diosa Astoret. La misma deidad, que en Efeso era conocida como Artemisa, donde proveía alimento a sus hijos por medio de sus múltiples pechos.

En la Teogonía de Hesíodo, es Urano, el cielo, quien preña constantemente desde su posición superior a Gea, la tierra, dando a luz una serie de titanes herreros. Interesantes estudios acerca del simbolismo obstétrico de las cavernas y la metalurgia se han hecho en torno a las religiones antiguas. Las profundidades transforman y gestan los cambios, son él "anima mundi" de todo proceso simbólico. En mesopotamia, Istar desciende a rescatar a su amado Tammuz de las fauces de la muerte para darle un nuevo nacimiento. Su resurrección es una especie de mutación alquímica. También los rituales Sirios, dedicados a este Dios (Adonis-Tammuz) nos muestran como las doncellas vírgenes después de lamentar la muerte del Dios, se entregan a desenfrenadas orgías para apoyar mágicamente su renacimiento a otro aspecto de su vida.

Sin embargo, en la tierra de Egipto, si bien encontramos sistemas simbólicos relativos a la fertilidad y la sexualidad divina, se dan variantes interesantes. Veamos a continuación cuales son estas diferencias, a que factores se deben y como esto fue plasmado en los enigmáticos emblemas de los pilares.

 

La Concepción cosmogónica de la fertilidad en el Antiguo Egipto

Al igual que en la mayoría de los pueblos antiguos, Egipto no escapó a las concepciones cosmogónicas que nos hablan de sistemas duales a partir de aguas primigenias, sus uniones y sus correspondientes reproducciones.

En los Textos de las Pirámides, encontramos una de las eneadas divinas llamada "la Grande", donde a partir de un principio neutro eclosionan parejas que dan lugar a otros seres. Tum, el autocreado, por medio de su masturbación eyacula a Shu y Tefnut. El "caos" y el "teos" dan lugar al "Kosmos". Vale decir que Shu, separa, o sirve de pilar, a otra pareja: Nut y Geb, el cielo y la tierra, que mediante su consecuente unión sexual dan nacimiento a otras dos parejas: Osiris-Isis (la pareja que procrea) y Seth-Neftis (la pareja infructífera por tener sexo contranatural); simbolizando los principios negativos y positivos respectivamente. Por último cabe mencionar que del acople de la mística-sexual entre Isis y Osiris, nacerá el vástago solar triunfante al amanecer, el remero Horus, el halcón sagrado.

A diferencia de las cosmologías orientales, en la visión egipcia el papel del cielo y de la tierra (principio masculino-femenino) está invertido. Es decir, que Nut, el cielo, en este caso es el elemento femenino (la palabra "pet", para cielo, es femenina) y Geb, la tierra, es el fecundador masculino. Aquel que engendra y reproduce los misterios de la vida desde una posición horizontal. Juntos cada mañana dan nacimiento al sol y a todos los demás cuerpos celestes.

En algunas versiones del mito, a Geb se lo representaba como un hombre acostado que a sus espaldas le crecía plantas. En otras aparece plasmado con cabeza de serpiente, por lo que muchos lo asocian con un antiguo proto-Dios del submundo. El cielo, en este caso, es visto como una Vaca ( Hat-hor de Denderah)con un disco solar entre sus cuernos, sostenida sobre sus cuatro patas o pilares del mundo, señalando así a los correspondientes puntos cardinales. En esta versión, Re en su tránsito ascendente levanta el vestido de Hathor y esta masturba al recostado Atum, quien de este modo mantiene el orden del mundo. En otras palabras, desde una postura pasiva, como "muerto", y desde esa condición, ocurría la fecundación hierogámica entre la geografía terrestre con la celeste.

Estudios sobre la sociedad egipcia muestran que las mujeres no eran pasivas en asuntos sexuales. A diferencia del arquetipo de Ovidio o Luciano, la mujer egipcia era extraordinariamente liberal, aunque quizá no tanto como lo describe Herodoto. Tenemos como muestra el papiro Turín quien certifica la conducta orgiástica, o el Papiro Orbiney (dinastía XIX) en la que relata los acosos sexuales por parte de mujeres, cuyo correlato lo tenemos en la Biblia(Génesis 39: 12). También es interesante mencionar la representación en un bajorrelieve de la tumba de un escriba durante el reinado de Tutmosis IV(1413-1403), donde encontramos la figura de una bailarina desnuda, que sin duda serían muy frecuentes.

 

El papel de la situación geográfica

Las diferentes posturas simbólicas del acto sexual entre el cielo y la tierra, puede que se deba en buena medida, aparte de la situación social, a la geografía y al entorno físico de cada pueblo.

Por ejemplo, el ciclo mítico de la muerte y resurrección de Baal (antes mencionado), se da en el seno de un pueblo cuyo territorio, como es el de Siriopalestina, posee dos temporadas climáticas bastante regulares y buen diferenciadas: una seca (marzo-noviembre) y otra lluviosa (diciembre-febrero). En Mesopotamia, para citar otro caso, los turbulentos e impredecibles ríos Tigris y Eufrates, daban una sensación de inseguridad y temor al devenir, por lo que la adivinación y la búsqueda de agüeros era una práctica muy difundida; "ciencia" que dominaba la clase sacerdotal y que le restaba hegemonía política al soberano de turno.

En cambio en Egipto, "la tierra donde casi nunca llueve", para su fertilización dependía de las aguas del Nilo. En otras palabras, la diosa del cielo era fecundada "desde abajo hacia arriba". Su estabilidad climática, dio además, una sensación de eternidad como en ninguna otra parte, lo que llevó a la creencia que el soberano era un Dios encarnado, guardián del orden ante el caos más allá de las fronteras.

Las diferentes concepciones de la monarquía entre Mesopotamia y Egipto, están a la vista, y su marco geográfico contribuyó mucho a ello. Se puede establecer una comparación interesante entre "la estela de los buitres"(estela mesopotámica donde Eanatum, gobernante de Lagash, celebra su victoria sobre Umma.). Aquí el Dios Ningirsu esta grabado de tamaño grande dominando la escena y el monarca, en cambio, en un tamaño similar al de sus tropas de asalto. Esto no ocurre con la concepción del Egipto dinástico, cuyo ejemplo clásico es la tableta votiva de Narmer (es posible que este personaje pueda relacionarse con el legendario Menes). En esta pizarra, se representa al faraón de gran tamaño, quien domina el motivo y se establece su importancia sobre la dualidad.

En este caso, el faraón es el eje o punto fijo de unión entre lo celeste y lo terrestre En el se conjugan los dos principios de la vida perfectamente asimilados. La semejanza iconográfica del faraón con animales o con personas del sexo opuesto, revela su condición de superioridad sobre los hombres. Muchos autores piensan que en la representación de Amenofis IV (Akenaton), la artística reúne estos aspectos andróginos complementarios para señalar su naturaleza divina. Para la época asiria, el faraón ya era representado del mismo tamaño que los dioses, si bien se ve la influencia cultural extranjera, en la ideología egipcia el monarca nunca deja de ser una deidad. En su arte, el cuerpo masculino era pintado de color rojo, mientras que el cuerpo del elemento opuesto, el femenino, era pintado de color blanco o amarillo claro, al igual que la dualidad Alto y Bajo Egipto reunidas en la doble corona.

Por lo tanto, la unión mística-sexual ocurría desde él acople del Dios como muerto, inerte, acostado, y la Diosa estaba por encima de él. Siguiendo este razonamiento, el levantamiento del pilar en las construcciones de los templos y como coronación de las fiestas y los rituales periódicos, tendrían una clara simbología fálica-centrista de la búsqueda de la verticalidad. El pilar, era la piedra enhiesta que servía de vehículo de unión entre los dos principios cósmicos creadores y productores del nacimiento de nuevas vidas todos los días y noches, hierofanizados en los ciclos biocósmicos y circuitos celestes.

Pilares y obeliscos: símbolos fálicos

Los obeliscos (tejen "protección") eran como agujas de piedra y granito que tenían por función la "penetración". En otras palabras, llegar a planos cósmicos para favorecer la unión. Su punta era en forma de pirámide, en algunos casos recubierta de metal para captar la solarización, transmitiendo la vida de Re al difunto y ayudando a su regeneración. No por nada, estos monumentos fueron conocidos también como "la carne de los Dioses".

Dobles principios tripartitos dominaron la concepción cosmológica Egipcia. Alto y Bajo, el Delta y las fuentes del Nilo; este y oeste, las dos orillas; arriba y abajo, el cielo y la tierra; como la experiencia misma de las relaciones entre lo masculino y lo femenino y su respectivo fruto, (trinidad) unión que cubría las tres dimensiones existenciales.

La idea egipcia era la de complementar no la de oponer, la de lograr armonía y unión positiva, reproductora y fecundadora del soplo vital divino; la vida misma y sus misterios. Por lo tanto, hallar los ejes o puntos de unión era su objetivo. Esto estaba plasmado en la constante búsqueda de la línea vertical.

La recta vertical, es el ideograma universal del hombre mismo. Esta profundamente entretejido en la mentalidad mágico-religiosa. Es árbol de la vida. Sobre su tronco erecto circula la energía generadora y transmisora del espíritu divino primigenio. Unir los opuestos por medio de la vertical y así transmitir la vida era lograr la participación unificadora con él propósito divino.

Engendrar vida mediante una unión sexual, física, era imitar a los dioses en la repetición del ritual originario, aquellos que se produjeron a partir de la colina escalonada primitiva, desde donde circula y asciende la barca solar. Por lo tanto, la hierogamia, era algo más que una imitación, era un rito cargado de operatividad. Cuando los dioses en le mito se unieron "algo se produjo", crearon. Cuando los hombres y las mujeres se unen transmiten esa vida, "algo se produce", procrean; es un ritual mágico y tremendamente efectivo.

Por ello en todas las culturas, las devociones fálicas figuran entre las más antiguas y perennes de la humanidad; comunes a todas ellas. Desde las piedras aserá fenicias o los lingam sagrados del culto Hindú al proto-Siva, pasando por las cruces Tau, estos ideogramas inundan los alfabetos arcaicos; objeto de culto y símbolos de imitación remisores a la pareja primordial. Signos que la humanidad ha heredado desde tiempos remotisimos y han sobrevivido en la heráldica, la magia y la liturgia.

Para la teología egipcia, el eje vertical es el falo de la momia de Osiris (este podía ser representado por ojos, bocas, manos, serpientes o flechas), en su descanso en el inframundo, aquel que hace nacer el sol y le otorga una nueva vida regenerada. La vertical mantiene los ejes orientativos de la arquitectura sagrada, tanto los obeliscos (elevaciones de piedra en punta, donde se pretendía captar la energía solar) como los pilares djed (otra clase de pilares en forma de poste coronado frecuentemente con cuatro capiteles, a veces con plumas o con cuernos sosteniendo el disco solar). Eran rectas verticales representadas en forma de hieroglifos que luego se usaron como amuletos. Estos nos retrotraen al emblema de la columna vertebral o poste de estabilidad, concentradores de la vitalidad natural, representados a veces como el concepto del Neter.

El pilar djed, desde épocas tempranas fue asociado al útero y a la vagina de las diosas. Su capitel, posiblemente represente al principio femenino y las cuatro direcciones cardinales del cielo. Esto podría tener alguna correspondencia con la configuración del templo hebreo y su concepción del cielo en sentido simbólico de lo cuadrangular, ya que el sanctasanctórum del templo de Yahvé era un cubo perfecto. Sin embargo, esta relación es muy difícil de establecer por la prohibición mosaica de levantar postes sagrados (Deuteronomio 12: 3). En tiempos posteriores, fue el culto a Osiris, su estabilidad y resurrección, que asociado con la veneración a Isis, fue desarrollando una clara correspondencia con la procreación, fecundidad y resurrección.

Los obeliscos (en piedra) y pilares (en iconografía), funcionaban en ocasiones como representación de Shu, aquel hombre de pie que separa a Nut de Geb. En los predios de los templos se los encuentra a la entrada frente a los pilonos simbólicos de la colina primordial, con mucha frecuencia en parejas, en emblema del nacimiento y muerte del sol en su transito diurno. Solo en el templo de Heliópolis había uno solo de estos monumentos, predicando el sol naciente y en complementación del unitario poste de Abu Gurah (templo construido por Niuserre, Rey de la V dinastía), el sol poniente. Estos dos extremos simbolizaban la unión sexual entre el cielo y la tierra como configuración microcósmica.

 

Osiris, el Dios muerto de la fertilidad

Desde el período protodinástico, las representaciones de obeliscos estuvieron presentes en las capillas primitivas. Por lo general, una estatuilla en representación de algún animal (quizá algún culto totémico), estaba guardada en un santuario doméstico que constaba de una tienda-templo con una piedra fálica o un poste a su entrada.

En un papiro de Abydos, se halló un interesante dato. Una inscripción que los egiptólogos dieron en llamar "La casa de la vida". El hieroglifo consta de cuatro ideogramas para casa, cada una en dirección a un punto cardinal, y en su centro el ideograma de la vida (la cruz Ankh). Posiblemente fue un edificio de cuatro habitaciones en forma de cruz y un patio intermedio, en cuyo centro se hallaba un tabernáculo conteniendo una figurilla de arcilla momificada dentro de una piel de carnero, soporte de la vida y encarnación de Re en el cuerpo de Osiris. El signo de la vida es Osiris y las cuatro casas simbolizan a Isis y Neftis, este y oeste, Nut y Geb, arriba y abajo, respectivamente. En el ideograma, los edificios que corresponden al cielo y tierra deben interpretarse en todas sus dimensiones, como que están por arriba y por debajo de Osiris.

La disposición cardinal, servia como un símbolo de captación astronómica, donde el Sol y la figurilla de la momia de unían a la mitad del día, encarnando la vida y reproduciéndola, "solo el disco solar penetraba en sus misterios". La consecuente alineación este-oeste encarnaba a las amantes Isis y Neftis quien frecuentemente en los mitos se ocupan del miembro viril de Osiris.

En el "Libro de los Muertos" a Osiris se lo representa en algunos pasajes como "el macho cabrío". Sus mitos arrojan mucha luz sobre este aspecto. Se cuenta que Osiris era un buen rey que libró a Egipto de todas sus privaciones y bestias salvajes, y al igual que el Mitra mistérico les dio a los hombres el conocimiento de la agricultura. Fue el único rey sobre todo Egipto durante la edad de oro. En tanto, su malvado y envidiosos hermano Seth, un gobernante del área sur, trama un maléfico plan para deshacerse de Osiris y apoderarse del poder. Manda a construir un ataúd y durante un banquete al que Osiris fue invitado, hace que cada uno de sus cómplices se meta en él para probarlo. Cuando le toca el turno a Osiris este es encerrado y arrojado al Nilo.

Existen variantes del mito, pero el motivo básico es que Isis rescata el cuerpo y Seth nuevamente se lo arrebata, descuartizándolo en catorce pedazos (dieciséis, según otras fuentes), Isis recupera las partes, pero como nos cuenta Plutarco, le faltó el falo. Mediante artes mágicas concibió con su esposo muerto un vástago, el niño Horus, que para protegerlo de Seth lo escondió en los pantanos del Nilo, cual el Moisés bíblico.

Del fruto de su unión sexual sagrada (post mortem), nace Horus, por artes mágicas, quien venga a su padre. En el combate, Horus pierde sus ojos y Thot logra recuperar solo uno sustituyéndolo por el ojo sagrado Udjat, el ojo del conocimiento. Osiris se convirtió así en el Rey de los muertos que a pesar de su horizontalidad en el Nilo inferior eleva cual obelisco su falo y hace renacer al Sol (Horus) cada mañana fructificando la gran casa de la dinastía real. Luego veremos este mito aplicado en el ritual anual de la fecundación y en el levantamiento del pilar de la vida.

Isis la madre virgen

Las diosas madres, conocidas también como las "Venus paleolíticas", engendran un vástago salvador. Este tema es corriente en casi todos los mitologemas del mundo antiguo, ya que nos hablan de antiquísimos cultos a la diosa madre. El tener un hijo que a su vez sea su esposo sobrepasa toda lógica. Pero los temas mitológicos, en su simbólica, lo plasman así. Por lo tanto, el fruto es producto de una unión mística y virginal.

Entre la religión de los antiguos egipcios se pueden entrever varias diosas madres, con asombrosas semejanzas con el mundo mediterráneo, simbolizadas en el drama nocturno y en las lunaciones y en sus visibles "cuernos de vaca". Excavaciones en Nahariya, al norte de Israel, llevaron a la luz a la Astarté cornuda, lo que muestra que este símbolo es universal. Hathor fue la diosa del cielo, vista como Nut, y representada iconográficamente como la Isis con cuernos, con el niño esposo en sus brazos. También podemos mencionar a Bastet y Ptoeris, como las diosas de los partos y las preñeces.

La representación del cielo como la Vaca era tema clásico en su cosmología. Como ya mencionamos sus cuatro patas (pilares que llegaban hasta Punt y Biblos) sostenían el firmamento y marcaban los límites del dominio de Apifis, la serpiente originaria del caos.

Esto explica él porque en los templos fronterizos se solían levantar santuarios a Hathor, como en Timna, en el este del Sinaí. Allí en el sitio Serahit el Khadim se halló un emplazamiento reedificado por los madianitas, que en su tiempo fue levantado en honor a la vaca sagrada. Posiblemente el emplazamiento date de la dinastía XI, reedificado en el Imperio Nuevo por Tutmosis III(dinastía XVIII). En Biblos, el otro límite del mundo, la diosa Baalat era asociada con Hathor y su hijo Ruti, el que tiene la apariencia de un león, quien fue asimilado con Horus. Vemos que el motivo de la herencia de la diosa cielo no fue exclusivo de Egipto, también se presenta entre los hititas. Arinna, el fuego femenino, fue hierofanizada en el sol y Tesud, las aguas, el elemento masculino era manifestado en la lluvia (por debajo de ella).

Aquí encontramos la clave de su cosmovisión, A diferencia de otras culturas contemporáneas, Isis no es la madre tierra, es la cúpula de los cielos estrellados y asociada con Nut, la mujer que conserva sincretismos con los cultos protodinásticos. Osiris es el suelo, el horizonte, donde mediante el pilar fecunda el cielo, y posiblemente presente elementos más tardíos. Los Egipcios no necesitaban de la lluvia seminal para la reproducción de la semilla. El Nilo, con su misterioso origen, era la sangre y el semen de Osiris.

El ritual de la fecundación

La erótica también fue llevada a la representación ritual. El cúmulo de festivales egipcios, habría que estudiarlos con relación a la visión astronómica y la confección de los calendarios antiguos; pero es una tarea muy basta para tratarla en tan poco espacio. Por lo tanto, nos limitaremos a algunas de las fiestas más ilustrativas.

En la fiesta Opet (abundancia), ocurría el encuentro estatuario entre el Dios Amon de Karnak con la diosa-esposa de Luxor, en la temporada de la inundación. La procesión era acompañada por el faraón y su reina. Este era un momento propicio, mientras los dioses se apareaban, para que también los reyes engendraran el heredero Horus. Además de la mística unión del Ka del faraón con el Ka de Amon, amalgama parecida a la que mencionamos anteriormente entre Re y la figurilla de Osiris en la "casa de la vida". Un dato interesante es que durante la procesión terrestre, los sacerdotes levantaban pequeños pilares fálicos primigenios, símbolos de la nueva creación donde ofrecían dádivas a los dioses celestes y como una especie de magia imitativa para favorecer la potencia y la fecundación de los próximos encuentros sagrados.

Los misterios de Osiris, eran las fiestas que continuaban al mes siguiente. Están representadas con todo detalle en la estela 1204 del Museo de Berlín, en los motivos de la tumba de Kareuef en Tebas y en el papiro de Remesaeum, además de las referencias de los viajeros de la época clásica. Los sacerdotes moldeaban un pastel de la forma de la estatua del Dios, con tierra negra, mezclada de incienso y agua del Nilo. Parece que esto se repetía de manera sistemática en los catorce nomos donde el mito narra que fue esparcido su cuerpo. Las estatuas eran reunidas y depositadas por cuatro días a la espera de su resurrección. Mientras tanto se inmolaba un toro consagrado a Min.

Diferentes fiestas contiguas, revivían las etapas del la muerte y el duelo de Osiris. Cuando la momia de tierra germinaba con brotes fecundos, al igual que crecían árboles en su tumba ocurría la mística resurrección. Acto segundo una guerra ritual se efectuaba entre los hombres de Seth y los hombres de Horus, cuando estos interrumpían la procesión encabezada por el Dios Up-Uayt "el que abre los caminos". La batalla simbólica fue mencionada por Herodoto (Libro II, Sec. 63) y Juvenal (Juv. XV). La festividad llegaba a su cenit cuando se levantaba un poste sagrado, el pilar djed, en Busiris, para simbolizar el regeneramiento de la vida y la erección del falo sagrado.

Conclusiones:

Los emblemas del pilar y de los obeliscos, guardan una asociación de semejanza simbólica: la de columnas de unión, física o iconográfica, entre el mundo de la sutileza y el de la realidad. A esta conjunción de los opuestos divinos y su singular fruto, denominamos sexo sagrado. Entre sus aspectos emblemáticos, los obeliscos como piedras verticales, quizá fueron los más representativos, sirviendo además como libros, ecos de un mundo perdido. Aquellos cuyas inscripciones y presencias oscuras, atribuidos a la ciencia de grifos, escribas y titanes, causaron perplejidad entre los gnósticos y cristianos de la nueva era. Inspiración de Eratostes para hallar los misterios de las medidas del cosmos, fue tema predilecto de la sabiduría hermética.

Cuando los dioses suspiraron el "verbo divino", palabra creadora y mágica, la vida llegó a manifestarse en múltiples formas. Cuando los principios duales se acoplan en feliz encuentro, en armonía, la vida sigue su curso eterno siendo el hombre solidario con el plan divino. En la antigüedad, el misterio de la transmisión de la vida y la procreación ocuparon uno de los principales enigmas del hombre en su búsqueda de lo trascendente; y hoy en muchos casos lo sigue siendo. Quizá por ello las piedras enhiestas, los obeliscos y la simbología erótica, hayan traspasado los límites del país bien amado para dejar una herencia secularizada, velada, en el basto mundo de las representaciones humanas. (*)

Obelisco del templo de Luxor.

 

(*) Fuente: Sergio Fuster, "El simbolismo del pilar egipcio Djed. O el sexo sagrado como 'feliz encuentro' entre el cielo y la tierra", editado aquí de manera original.

 

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