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 EL MITO DE LA EDAD, SÍMBOLO DE LA SABIDURÍA EN AFRICA

Por Joseph-Marie Awouma 

 

Un anciano africana del pueblo dogon junto a un niño. Los dos extremos de la vida donde la ancianidad, para el África ancestral y las culturas antiguas, supone el lugar de la sabiduría (Imagen aquí, y resto texto en web crystalinks.com)

  

En el África ancestral como en otras culturas de antiguas tradiciones, la ancianidad se vincula con la sabiduría. El anciano es el que sabe, por su experiencia, y por ser el depositario más lúcido de un conocimiento sobre la vida, y los astros, las cosas naturales o los espíritus, heredados de los antepasados. Pero en el África contemporánea la identificación ancianidad-sabiduría se halla en una profunda crisis. La influencia de la cultura occidental, la formación de la juventud en el ámbito universitario, rompe con la tradición de la transmisión del saber desde los ancianos hacia los jóvenes. Y esta situación ya estaba en plena consumación hace más de treinta años. Así lo testimonia un artículo olvidado que recuperamos en esta sección de Textos Olvidados de Temakel. El intelectual africano Joseph-Marie Awouma traza una intensa y profunda recreación del conflicto entre la gerontocracia tradicional y el ascendente poder de la juventud impregnada de modernidad y formación académica.

Este artículo, que aquí presentamos en una versión parcial, fue publicado originalmente en la olvidada Revista Diógenes, editada en su momento por ed. Sudamericana con el auspicio de la Unesco.

Más allá del contexto africano, la desaparición de la atribución de sabiduría a la ancianidad subraya uno de los aspectos más endémicos del mundo contemporáneo: la vinculación del anciano con lo no productivo, y no ya con un conocimiento de lejanas raíces.

E. I

 

 

 EL MITO DE LA EDAD, SÍMBOLO DE LA SABIDURÍA EN LA SOCIEDAD AFRICANA

Por Joseph-Marie Awouma 

 

    Desde hace milenios hay en el pensamiento humano dos nociones que siempre han estado, con el consenso universal, íntimamente unidas: la de ancianidad y la de sabiduría. La sabiduría de los viejos, mito común a toda la Humanidad, responde seguramente a una necesidad del hombre, a su seguridad y también a cierta actitud fundada en el criterio intelectual denominado experiencia. Entonces, ¿por qué llamarla mito? Aquí se puede entender por mito una representación conceptual o una idea, cuyo valor -conferido por un grupo, o una sociedad, y aun la Humanidad- orienta cierto modo de pensar o comportarse. De donde resulta que la edad avanzada, o ancianidad, es un hecho apodíctico que el consenso de los hombres atribuye y adjudica a la noción de sabiduría. Esta, a su vez, determina, la actitud del individuo frente a sí mismo y a su ambiente, lo que se refleja en su conducta, motivaciones y arte de vivir.

 A primera vista, la sabiduría parece ser un complejo de soluciones debidas a la observación y la prueba, es decir, a la experiencia, que, por su parte, la ancianidad resulta de un fenómeno biológico: la medida del tiempo vivido, cuya longitud es el factor determinante, A estos fenómenos se agregan otros del ámbito físico, psicológico, intelectual y moral, sin que podamos preferir a uno en detrimento de los otros. El problema consiste en saber sí, en medio de las transformaciones socio-económicas y políticas, en medio de las variaciones de los hechos científicos y de sus consecuencias sobre el pensar y vivir de los individuos y, a pesar del gran desarrollo de los medios de comunicaciones, en especial, los mass media, este mito de la edad avanzada como símbolo de la sabiduría puede mantenerse aun hoy en su integridad e inmutabilidad, aceptando la clásica numeración de los años, el valor que les confiere la experiencia y el que, generalmente, le conferimos a ésta.

   El pasado histórico de las civilizaciones, la literatura escrita u oral de los pueblos, atestigua esta situación privilegiada de la ancianidad. La tendencia de las sociedades antiguas insistía en confiar a los viejos del gobierno de la comunidad, o directa o indirectamente. Asimismo, la justicia - culminación de las instituciones sociales- se mantuvo casi siempre en manos de la gerousia y los gerontes. Podemos leerlo en Glotz:

"La constitución de Atenas...que permite a todos los ciudadanos ingresar en la ekklesia desde que son mayores de edad, no les abre la bouleia ni la heliea sino después de los treinta años, ni los admite a administrar justicia arbitral como diaitetés ante de los sesenta".

  Por tanto, toda decisión que repercuta en la vida del grupo o de la sociedad debe ser tomada por hombres a los que la edad ha puesto en situación de dar dictámenes sabios; es decir, que se descarta la precipitación, la prisa y el apasionamiento y el amortiguamiento de toda pasión. Hermes, a quien suele representarse con espesa barba, es el personaje típico del mito griego del intelecto; con sus sandalias aladas, además de ser mensajero de Zeus, simboliza la fuerza de la elevación. También los viejos, por su habitual delgadez, tienen formas menos pesadas, y en ellos el espíritu se eleva por encima de la materia. Este mito invade las civilizaciones de todos los tiempos, sin exceptuar a la Europa medieval y moderna, en las que se mantiene el prestigio de los viejos, y hasta el poderío gerontocrático, todo lo cual se refleja en las respectivas literaturas, espejo de las sociedades, con múltiples ejemplos.

   Los escritores moralista, que han querido dar forma de sabiduría práctica y eterno a los hombres, suelen poner en el haber de los viejos la buena conducta y las palabras ejemplares. Y son precisamente los filósofos del Iluminismo los que encuentran totalmente cómodo exponer sus ideas de mejoramiento humano y buena organización de la comunidad por intermedio de sus ejemplares viejos. 

 En las sociedades sin escritura, los viejos eran la garantía de conservación y continuidad de las tradiciones, así como de la estabilidad social; y todo ello tanto por sus palabras como por su ejemplos. Es que la transmisión de la herencia del pasado en beneficio del presente y del porvenir sólo podía estar asegurada por quienes habían oído a otros viejos, a la vez que había vivido los hechos más notorios y susceptibles de aportar cierta vitalidad y virtudes morales eficientes para la edificación del grupo social, pues los problemas de la vida se resuelven con ejemplos y consejos. Quienes habían oído mucho y bueno eran los más indicados para mantener bien el ambiente social, y nadie mejor que los viejos, que podían, si llegaba el caso, citar su ejemplo personal o las soluciones que habían visto o aprendido oyendo a los mejores ancianos desaparecidos. Además, casi siempre, los jefes de familia se preocupan de designar, poco antes de morir, a quien había de continuarlos en la protección intelectual y moral de la generación siguiente; lo que significa que, para servir de símbolo de la sabiduría, había que poseer no sólo cualidades físicas -de las que ya habrían dado pruebas durante su juventud y edad madura-, sino también dotes morales y palabra persuasiva, para hacer de todo ello el ejemplo de los jóvenes.

    Si en las civilizaciones que gozaron del don de la escritura, los ciudadanos prefirieron normalmente rendir su homenaje y acatamiento a los ancianos, con más razón habría de ocurrir todo eso y en mayor grado en las sociedades carentes de escritura, donde resultaba indispensable la presencia y palabra de los ancianos para asegurar la buena marcha del grupo social, el buen funcionamiento de las instituciones y la estabilidad de la moral. En este caso, los viejos tenían que ejercer con más razón las funciones de inspiradores, jueces, jefes religiosos y hasta poetas para subsiguientes conjuntos de personas en las que no solía darse la evolución rápido como fenómeno característico. De este modo, los ancianos resultaban partícipes, tal como los veían sus sucesores, del mundo presente y del mundo del más allá. Así lo dicen los antropólogos: 

   "La ancianidad es, para los bantúes, símbolo de sabiduría, pues los viejos conservan las tradiciones de la tribu y son responsables de su continuidad. A los que ya son muy viejos se los asimila con los antepasados" (J.Rouméguére-Eberhardt, Pensée et societé africaines, París, 1963, pag.31) 

  De aquí que entre esas gentes sea común la creencia de que los ancianos pueden interpretar el sentido exacto de los sueños y de los presagios, ya que todos creen que los ancianos se comunicaban con los muertos y los espíritus. Siempre es un viejo el que preside las ceremonias rituales o iniciativas para conservar su mejor aplicación, la liturgia y el sentido de las palabras y los gestos; su función desborda el cuadro de las actividades cotidianas, sin limitarse al simple proceso de aportar soluciones inmediatas a los problemas de la vida diaria. Es que el anciano es el depositario de la cultura, y a él le corresponde explicar a los jóvenes el sentido de las adivinanzas y los enigmas, el esoterismo y simbolismo de los personajes de los cuentos y fábulas, así como el contenido sentencioso de los proverbios. Como jefe espiritual que es, tiene que explicar los mitos y sus valores idealizantes y extraer la sustancia contenida en las leyendas y epopeyas, que son relatos destinados a mantener la fuerza espiritual y la cohesión del grupo social. Este conjunto de responsabilidades confiere al anciano una aureola que le atrae el respeto y sumisión de todos; así, aunque sea débil físicamente, siempre resultara fuerte al manejar esa arma tremenda que es su palabra, por lo que todo temerán la maldición que ocasionalmente lance el anciano contra alguien o algo, y tanto si es un individuo como si es un grupo entero. Es que pasa por vidente y profeta, ya que se comunica permanentemente con los antepasados, los espíritus y Dios...

   Ahora bien, los tiempos cambian; por lo que tenemos que preguntarnos si las sociedades africanas actuales prestan a sus ancianos análogo respeto y aun veneración. El hecho de que ahora se adquieran con más rapidez y precocidad ciertos conocimientos y ciertas experiencias, ¿no estará bajando a los ancianos de su clásico pedestal? La escritura y los libros han socavado la imagen del anciano sabio, prudente, ponderado y fundamento del grupo social, pues la instrucción ha reducido el gran abismo que existía entre los conocimientos de la edad avanzada y los de la juventud. Ahora hasta es posible preguntarse si los ancianos no habrán confundido su saber moral con el auténtico saber reflexivo y conceptual; quizá podemos conciliar la frase de Pascal que decía: "La humanidad se asemeja a un solo hombre que existe y piensa", con la de La Bruyére que confirma: "Todo está dicho, y hace más de siete mil años que resulta tardío y excusado asegurar que hay hombres y que piensan". 

  (...) Las características preferidas en el anciano son: la experiencia (que da la sabiduría), la inteligencia, la equidad, la abnegación y mucha serenidad, es decir, que debe tener reacciones lentas y pesar bien sus palabras, ya que sus consecuencias sobre el ambiente social son incalculables. El retrato del viejo Oundjo en Kocoumbo, el Ake Loba, resume el conjunto de ideas que la sociedad tradicional tenía acerca de su anciano: es tribuno y protector; es moderado y pilar de buenos ejemplos; es el guardián de las costumbres y la encarnación de la ciencias de los muertos; debe su longevidad al hecho que ha vivido sin excesos ni odios, y por todo ello es apto para conducir a sus sucesores.

 "Tal patriarcas no interviene sino para dilucidar algún debate difícil, sobre todo cuando se trata del interés general de la tribu. Sus decisiones son entonces infalibles, y nadie puede dudar de sus palabras. Todo lo que diga será producto maduro de sus experiencias, juicios y comprobaciones "(Jomo Kenyatta, Au pied du mont Kenya, Maspero, París, 1960)

  Sin embargo, la edad avanzada no ofrece por sí sólo, garantía suficiente para asegurar la protección del grupo social o hacerse obedecer por él. Es que la sociedad africana disponía también de un sistema de elección "natural", que se hacía estimando los méritos de un hombre joven sin que él se enterase; se observaba su prontitud de espíritu, sus reacciones ante los problemas familiares y su energía para conducir bien sus propios negocios; los ancianos se ponían "a prueba" encargándole comisiones cada vez más importantes, como ir a llevar víveres o animales a las tribus vecinas, o acompañar a los viejos que tenían que viajar; después, cada vez que el grupo deliberada sobre algún problema de cierta gravedad, el joven debía asistir a las sesiones y a sus consecuencias públicas. Así es como aprendía a conducir los debates, a la vez que el arte de velar sus pensamientos mediante proverbios o cuentos significativos...aunque rara vez participaba de las deliberaciones propiamente dichas.

 Esta lenta formación aseguraba el relevo; y no sólo para la tribu en general, sino que, por similar procedimiento, cada jefe de familia podía descubrir, entre sus hijos varones, al que sería capaz de reemplazarlo. 

    (...) El prestigio y consiguiente poder del anciano se basa en su conocimiento del mundo visible y del invisible. Aunque no se presente como curandero ni adivino, se supone que tiene amplio saber sobre la naturaleza del cuerpo humano, de los animales y vegetales; por tanto, todo respetarán las advertencias que dicte como oportunas para conservar mejor la salud de su grupo. A su vez, él está por encima de tales reglas, ya que su cuerpo es aguerrido y se ha templado en mil experiencias, por lo que ya se considera al margen de las leyes biológicas y exento de ciertas obligaciones sociales como lo es, por ejemplo, la procreación, tan importante para el porvenir del grupo.

 Gozan casi siempre los ancianos de una situación ambigua, pues lo mismo tiene que descifrar los presagios concernientes a su grupo social, que explica los sueños, cuando estos afectan a la comunidad. Evidentemente, el equilibrio y la estabilidad de sus grupos sociales dependen de ellos. Cuando hay que acudir a ceremonias rituales, para purificar, por ejemplo, a sus convecinos de una epidemia (que siempre presupone un pecado), el más anciano de la aldea debe intervenir en todo, para que se realice correctamente cada liturgia, para que se reciten lo más exactamente posible las fórmulas de encantamiento o exorcismo, con los cánticos, bailes, etc, que deban acompañarlas. Él comunicará a la concurrencia las intenciones de los muertos, con los que está, según creencia general, en comunicación permanente.  

 (...) Tales tradiciones de respeto y aun de veneración se están perdiendo en la vida africana moderna, probablemente por el contagio de las civilizaciones europeas y las transformaciones exigidas por las nuevas estructuras económicas, políticas y sociales. Ya nuestra literatura antigua nos muestra casos de viejos libidinosos que abandonaban el "Consejo de Ancianos" para precipitarse hasta las murallas de Troya, con el afán de ver pasar a la bella Helena; y también tenemos narraciones según las cuales ciertos viejos ansiaban postergar su muerte, a similitud de lo que ocurre en el cuento de Abstemius, retomando por La Fontaine en La Mort et le Mourant. En efecto, la situación social de estos ancianos se ha ido desmejorando desde que llegó a África la revolución industrial, con los nuevos problemas económicos y los medios masivos de comunicación. A los ancianos se los considera ya como poco rentables, como antieconómicos, pues resultan demasiados y duran demasiado tiempo; con esto y con el creciente aumento de la población, se agravan los problemas de alimentación, vestido, alojamiento, etc, pues cada vez hay menos muertes y más nacimientos. 

(...) La gerontocracia vigente en otro tiempos se ve desalojada por nuevos "mandones o por "superiores", que ya no son los más viejos, sino los que hacen mayores aportes económicos. Tales conflictos entre padres e hijos se han reflejado ya ampliamente en la literatura africana; por el sólo hecho de que estos hayan concurrido a las escuelas de los blancos, toman inmediatamente conciencia de su superioridad y desprecian a sus antepasados. En este sentido es característica la obra de Mongo Beti, en la que el padre es el símbolo del pasado, que equivale a lo decadente e inservible para afrontar las nuevas situaciones. Los viejos resultan así representados de manera grotesca y son el hazmerreír de los jóvenes. 

 (...) Dicho de otro modo, la tensión entre la juventud y la edad avanzada se debe a las transformaciones sociales que se han impuesto sin tener en cuenta los íntimos problemas de tal convivencia; creemos que tales tensiones sería menos patológicas si jóvenes y viejos vivieran dentro de un sistema que ya hubiese resuelto semejantes problemas; en tal caso, se le acordaría a la ancianidad las cualidades que le son afines; la inteligencia, la equidad, la serenidad, la abnegación, etc. El astuto Ulises, o Néstor, el de abundante barba, refrenarán con sus sabios consejos los movimientos impulsivos de los guerreros, en el largo asedio de Troya, y sobre todo los del inquieto Aquiles. La tradición africana adjudica generalmente a los ancianos lugar privilegiado en la vida social, por considerarlos como intermediarios entre los vivos y los antepasados. 

  (...) En África, donde la prevalencia del poderío económico es fenómenos reciente, sus consecuencias se complican tremendamente con la política. Los más astutos y precavidos son generalmente los que tienen el poder, o los que más influyen sobre las decisiones políticas: estos personajes son realmente decisivos. Frente a ellos están los jóvenes, que casi siempre son meros técnicos o tecnócratas, y a los que se utiliza para resolver los problemas de su especialidad en las diversas actividades nacionales. Ocurre que suelen chocar las opiniones de estos jóvenes con las de los citados personajes superinfluyentes, en especial por las consecuencias sociales que tiene la aplicación de ciertas técnicas; entonces, los de mas edad - que se aferran a su poder de decisión aunque no siempre tengan la necesaria capacitación intelectual ni comprendan las profundas metamorfosis que las nuevas técnicas y concepciones ocasionan en los diversos miembros de las sociedades modernas- dan preferencias a aquello en lo que ya tienen ventaja; la expansión y administración de los benéficos materiales, con todas sus secuelas de honores, cargos oficiales, prebendas, etc. 
  Vuelven entonces las acusaciones de los jóvenes a tildar a esos viejos e influyentes de intrigantes, acaparadores y cosas peores. ¿Para qué sirve el saber y el progreso, si con ellos siguen medrando desproporcionadamente tan anticuados amos? Además, la política merece tener en un ungüento lentificante que impide que sus ancianos se sientan viejos: no es raro que falsifiquen sus actas de nacimiento, que se aferren con todas sus fuerzas a la dulzura de la vida privilegiada que detentan y que aplasten sin piedad los obstáculos materiales o personales que los estorben, con la consiguiente burla de toda justicia y sin querer aceptar la declinación de sus facultades.

 ¿De dónde recibirán los jóvenes, en tales circunstancias, consejos e instrucciones para resolver los problemas actuales? No olvidemos que la generación joven tiene los dientes largos y que su formación técnica ha suscitado en ella multitud de ilusiones acerca de los hombres y las cosas. Estos jóvenes recién salidos de su época colonial, creen que su formación y sus diplomas deben bastarles para lograr sus ideales: conseguir muchos bienes materiales y gran poderío. Como la juventud es impulsiva, quiere llegar a eso urgentemente, prescindiendo del clásico y lento trabajo de maduración y sin considerar que los escaladores de montañas solo "hacen cumbre!" sanos y salvos cuando ascienden con lentitud y firmeza. Ya se ha visto, lamentablemente, que muchos de esos jóvenes, tras alcanzar sus "cumbres", se han abandonado a increíbles bajezas, han dejado decaer su rentabilidad profesional y hasta han preferido su interés particular, en desmedro del interés público a su cargo. Caen así en el círculo de los "viejos privilegios" a los que antes criticaban y con los que ahora coinciden en normas, hechos y modos de pensar. Desaparece así toda noción de prudencia y sabiduría frente a los contrastes de las realidades modernas.

 ¿Volverá mañana tal sabiduría? Todo depende del momento en que las sociedades actuales recobren su equilibrio. Si las bases morales se han fijado sólidamente y las estructuras que se establezcan funcionan con normalidad tras las sacudidas y ajustes que les tocara sufrir, quizá reaparezcan las características estables que preconizó Aristóteles en su Retórica (II, 12), a saber; que los jóvenes son violentos, volubles, y coléricos, pero buenos y repletos de alentadoras esperanzas, porque

 "la esperanza mira hacia el porvenir como los recuerdos hacia el pasado; para la juventud el porvenir es largo y el pasado es corto, como, al comienzo, los recuerdos no son nada mientras que la esperanza lo es todo".  Los jóvenes son fáciles de engañar, valientes y puntillosos en cuestiones de honor; es que tienen el alma llena de vuelos; por eso,

"prefieren el bien a lo útil, pues se manejan más bien por instintos que por cálculos; durante la juventud se aprecia la amistad y la camaradería más que en cualquier otra edad de la vida; los jóvenes creen saberlo todo y en todo se mezclan: razón suficiente para que sean desmesurados".

 Su inconducta viene de su arrebato más bien que de su malicia. Finalmente, son propensos a reír y buenos compañeros; tal amabilidad es su ardor disciplinado. El carácter de los viejos es todo lo contrario, pues suelen ser desconfiados, maliciosos, tacaños y aferrados a los bienes materiales; casi todos son amigos del pasado, charlatanes y calculadores; también son piadosos, pero esto es más bien por retorno egoísta sobre sí mismo que por auténtico impulso de generosidad. La verdadera sabiduría, la de la edad madura, se coloca, según Aristóteles, a igual distancia de esos extremos, reuniendo las ventajas de ambos y eludiendo sus inconvenientes.

 Tal clase de hombres es lo que queremos encontrar: los que, cargados de experiencia, nos aseguren la prevalencia de los mejores valores humanos, dejando su huella en el mapa de la Humanidad y en las incesantes metamorfosis de las sociedades. (*) 

 

 (*) Fuente: Joseph-Marie Awouma, "El mito de la edad, símbolo de la sabiduría en la sociedad y en las literaturas africanas", en Revista Diógenes, octubre-diciembre 1972, número 80, Buenos Aires, editada por ed. Sudamericana con auspicio de la Unesco.

 

 

 

 

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