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EL CRISTAL DEL AMOR Y EL YUNQUE DE LAS FUERZAS

Por Antonin Artaud

 

 

Portada de El arte y la muerte y otros escritos, de Antonin Artaud en la edición de la Caja Negra Editora, de Buenos Aires.

 

   Presentación

   El cristal del amor

   El yunque de las fuerzas

 

  Presentación

   Artaud siempre evoca la apertura artística a fuerzas sutiles. Con los Manifiestos del Teatro de la crueldad, rompió el modelo tradicional del teatro occidental, anclado en la psicología de los personajes y el valor de la escritura dramática, en favor de la gestualidad corporal y de las fuerzas físicas desatadas en el escenario.

 Desde sus inicios surrealistas, hasta su famoso poema Estar harto del juicio de Dios, que recitó en la Radio Nacional francesa en 1946, poco antes de su muerte, Artaud pensó el grito de la vida adormecida por la conciencia y la razón. El arte y la muerte integra un conjunto de artículos que permanecía inédita en español. Esta situación ha cambiado gracias a la iniciativa de Caja Negra Editora, que ha realizado una cuidadosa edición de aquellos artículos y de otros textos que aún no habían sido transcriptos en la lengua de Cervantes. La traducción es de Víctor Goldstein, y el prólogo de Esteban Ierardo. Se recuperan así varios textos olvidados del artista de Van Goch, el suicidado por la sociedad.

 En este instante de Temakel incluimos dos textos que componen la obra recién comentada. Primero el muy poco conocido cuento "El cristal del amor", donde narración, poesía y "un pensamiento oblicuo" se entrelazan en la historia de un joven. Un joven estudiante enamorado de una bella criada de una taberna, un personaje inspirado por los cuentos de Hoffmann, el autor de El hombre de arena. El joven en cuestión sufre un amor no consumado. Compensa su deseo insatisfecho con ensoñadoras idealizaciones de la mujer deseada. El amante ve así "pequeños volcanes" enganchados en sus axilas; y la contempla rodeada por el espesor sutil del cielo. La visión ensoñadora del estudiante se repite como un ver a la mujer de su deseo a través del cuarto que habita, o de sus ex-amantes, o del cabello amarillo de su madre. El joven construye así una búsqueda apasionada. Busca encontrar a la mujer que hierve en el vientre de sus sueños. Pero Hoffmann irrumpe en su ensoñación para advertirle sobre la inutilidad de este proceder. "No la busques ahí", le advierte. Gerard de Nerval y Lewis acuden también para auxiliar al amante desesperado. Y Lewis le entrega la clave del secreto: el encuentro con lo femenino sólo ocurrirá "transversalmente". La unión con lo que se busca será cuando el buscador ya no piense en lo que busca. Será cuando el buscador ya no piense en Ella. El camino no es la captura frontal de un bien deseado. El camino no es una búsqueda. Sólo por un acontecer oblicuo, lateral, espontáneo, un trasfondo de hierba podrá ascender hasta los ojos y la piel. No hay entonces caminos frontales. Sólo inmanejables sendas laterales, oblicuas. El amante antes buscaba para poseer; ahora comprende "que el amor es oblicuo, que la vida es oblicua, que el pensamiento es oblicuo, y que todo es oblicuo".

  Y luego, "El yunque de las fuerzas", donde Artaud, con su visionario aliento poético, explora la tierra concebida como lugar de preservación del fuego y lo secreto; sobre ella, los secretos son superficies. Mediante un camino de símbolos, los Tres Rayos y el Doble caballo, Artaud intuye en el devenir un espesor que siempre debe ser recorrido en sus pliegues más escondidos.  

Esteban Ierardo

 

  

Caja Negra Editora ha editado recientemente, además del El arte y la muerte y otros escritos, ya comentado, Acéphale, la coleccion completa de la leyendaria revista fundada por Bataille (traducción y prólogo Margarita Martínez), y de Martínez Ezequiel Estrada, Nietzsche, filosofo dionisíaco (prólogo Christian Ferrer). 

   Para comunicación con la editorial:  cajanegra@gmail.com

    www.cajanegraeditoria.com.ar

 

 

 

 

EL CRISTAL DEL AMOR

Por Antonin Artaud

Yo la deseaba resplandeciente de flores, con pequeños volcanes enganchados en las axilas, y especialmente esa lava como almendra amarga, que se hallaba en el centro de su cuerpo erguido.

También había una arcada de cejas bajo las cuales todo el cielo pasaba, un verdadero cielo de violación, de rapto, de lava, de tormenta, de rabia; en suma, un cielo absolutamente teologal. Un cielo como un arco erguido, como la trompeta de los abismos, como la cicuta bebida en sueños, un cielo contenido en todos los frascos de la muerte, el cielo de Eloísa sobre Abelardo, un cielo de enamorado suicida, un cielo que poseía todas las furias del amor.

Era un cielo de pecado protestatario, un pecado suspendido en el confesional, de esos pecados que recargan la conciencia de los sacerdotes, un verdadero pecado teologal.

Y yo la amaba.

Ella era una criada, en una taberna de Hoffmann, pero una criada lamentable y crapulosa, una criada crapulosa y mal lavada. Llevaba los platos, ponía las cosas en su lugar, hacía las camas, barría los cuartos, sacudía los doseles de las camas y se desvestía delante de su tragaluz, como todas las criadas de todos los cuentos de Hoffmann.

En esa época yo dormía en una cama calamitosa cuyo colchón se tendía todas las noches, se abarquillaba ante ese avance de ratas vomitadas por los reflujos de los malos sueños, y que se achatan al salir el sol. Mis sábanas olían a tabaco y orgullo, y a ese olor nauseabundo y delicioso recubierto por nuestros cuerpos cuando nos preocupamos por olerlo. En suma, eran verdaderas sábanas de estudiante enamorado.

Yo empollaba una tesis espesa, torpe, sobre los abortos del espíritu humano en esos umbrales agotados del alma hasta donde no llega el espíritu del hombre.

Pero la idea de la criada me trabajaba mucho más que todos los fantasmas del nominalismo excesivo de las cosas.

La veía a través del cielo, a través de los cristales hendidos de mi cuarto, a través de sus propias cejas, a través de los ojos de todas mis ex amantes, y a través del cabello amarillo de mi madre.

Ahora bien, estábamos en la noche de San Silvestre. El trueno tronaba, los rayos avanzaban, la lluvia seguía su camino, los capullos de los sueños balaban, las ranas de todos los estanques croaban; en suma, la noche hacía lo que tenía que hacer.

Ahora necesitaba encontrar una manera de abocarme a la realidad… No era suficiente estar abocado a la resonancia oscura de las cosas, y por ejemplo oír hablar a los volcanes, y vestir al objeto de mis amores con todos los encantos de un adulterio anticipado por ejemplo, o con todos los horrores, basuras, escatología, crímenes, engaños que se relacionan con la idea del amor; simplemente necesitaba encontrar la manera de llegar directamente a ella, vale decir, y ante todo, de hablarle.

De pronto se abrió la ventana. En un rincón de mi cuarto vi un inmenso juego de damas sobre el que caían los reflejos de una multitud de lámparas invisibles. Cabezas sin cuerpos hacían rondas, tropezaban, caían como bolos. Había un inmenso caballo de madera, una reina de morfina, una torre de amor, un siglo venidero. Las manos de Hoffmann empujaban los peones, y cada peón decía: NO LA BUSQUES AHÍ. Y en el cielo se veían ángeles alados y holgazanes. Por lo tanto, dejé de mirar por la ventana y de tener la esperanza de ver a mi criada querida.

Entonces sentí unos pies que terminaban de aplastar los cristales de los planetas, justo en el cuarto superior. Unos suspiros ardientes atravesaban el piso, y oí el aplastamiento de una cosa suave.

En ese momento, todos los platos de la tierra se pusieron a rodar y los clientes de todos los restaurantes del mundo partieron en persecución de la criadita de Hoffmann; y se la vio corriendo como una condenada; después pasó Pierre Mac Orlan, el remendón de botines absurdos, empujando una carretilla por el camino. A continuación venía Hoffmann con un paraguas, luego Achim d’Arnim, luego Lewis, que caminaba transversalmente. Por último se abrió la tierra y apareció Gérard de Nerval.

Él era más grande que cualquier otra cosa. También había un hombrecito que era yo.

–Pero tenga muy en cuenta que no está soñando –me decía Gérard de Nerval–, por otra parte aquí está el canónigo Lewis, que de esto sabe un montón: Lewis, ¿se atrevería a sostener lo contrario?

–No, por todos los sexos barbudos.

Son estúpidos, pensé, no vale la pena que se los considere como grandes autores.

–Por lo tanto –me decía Gérard de Nerval–, todo eso está relacionado. La metes en una ensalada, te la comes con aceite, le sacas la cáscara sin vacilar, la criada es mi mujer.

Ni siquiera conoce el peso de las palabras, pensé.

–Perdón, el precio, el precio de las palabras –me sopló mi cerebro, que de eso también sabía un montón.

–Silencio, cerebro –le dije–, todavía no estás lo bastante vitrificado.

Hoffmann me dijo:

–VAYAMOS AL GRANO.

Y yo:

–No sé cómo abocarme con ella, no me atrevo.

–Pero ni siquiera tienes que atreverte –objetó Lewis–. Lo conseguirás TRANSVERSALMENTE.

–¿Transversalmente, pero a qué? –repuse yo–. Porque por el momento la que me atraviesa es ella.

Pero desde el momento en que te dicen que el amor es oblicuo, que la vida es oblicua, que el pensamiento es oblicuo, y que todo es oblicuo. LA TENDRÁS CUANDO NO PIENSES EN ELLA.

Escucha, ahí arriba. ¿No oyes la complicidad de esos puentes de indolencia, el encuentro de ese montón de inefable plasticidad?

Yo sentía que mi frente estallaba.

Al final comprendí que se trataba de sus senos, y comprendí que se reunían, y comprendí que todos esos suspiros se exhalaban del propio seno de mi criada. También comprendí que ella se había acostado en el piso de arriba para estar más cerca de mí.

La lluvia siguió cayendo.

En la calle se escucharon unas coplas de una estupidez espantosa:

 

Con mi chica es un chiste

Cuando comemos alpiste (bis)

Porque somos pájaros

Porque somos pájaras

Con mi chica es un chiste

Palomita en su balcón

Todo el sudor de la damisela

No vale lo que la ciruela

De su amorosa adoración.

 

Cerdos estúpidos, me puse a gritar mientras me incorporaba, están ensuciando el espíritu mismo del amor.

La calle estaba vacía. Sólo estaba la luna, que seguía con sus murmullos acuáticos.

¿Cuál es el mejor colgante, cuál la joya más bella, cuál la almendra más sabrosa?

Ante esa visión sonreí.

Ya ves, ¡no es nada del otro mundo!, me dijo.

No, no era nada del otro mundo, y mi criadita estaba en mis brazos.

–Desde hace tanto tiempo, tanto tiempo –me dijo–, que te deseaba.

Entonces fue el puente de la noche total. La luna volvió a subir al cielo, Hoffmann se escondió en su sótano, todos los comensales recuperaron su lugar, no hubo más que el amor: Eloísa el abrigo, Abelardo la tiara, Cleopatra el áspid, todas las lenguas de la sombra, todas las estrellas de la locura.

Fue el amor como un mar, como el pecado, como la vida, como la muerte.

El amor bajo las arcadas, el amor en el estanque, el amor en una cama, el amor como la hiedra, el amor como una oleada.

El amor tan grande como los cuentos, el amor como la pintura, el amor como todo lo que es.

Y todo eso en una mujercita tan pequeña, en un corazón tan momificado, en un pensamiento tan restringido, pero la mía pensaba por dos.

Desde el fondo de una embriaguez insondable se desesperaba repentinamente un pintor atacado de vértigo. Pero la noche era más bella que todo. Todos los estudiantes volvieron a su habitación, el pintor recuperó sus cipreses. Una luz de fin del mundo llenó poco a poco mi pensamiento.

Pronto no hubo otra cosa sino una inmensa montaña de hielo sobre la cual colgaba una cabellera rubia. (*)

(*) Fuente: Antonin Artaud, "El cristal del amor", en El arte y la muerte y otros escritos, Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2005, pp. 63-68.

 

EL YUNQUE DE LAS FUERZAS

Por Antonin Artaud

Ese flujo, esa náusea, esas correas, precisamente en esto comienza el Fuego. El fuego de lenguas. El fuego tejido en canelones de lenguas, en la reverberación de la tierra, que se abre como un vientre en floración, con entrañas de azúcar y miel. Con toda su herida obscena bosteza ese vientre blando, pero el fuego bosteza por encima en lenguas torcidas y ardientes que en su punta llevan tragaluces como sed. Ese fuego torcido como nubes en agua límpida, con la luz a su lado que traza una regla y unas pestañas. Y la tierra, por todas partes entreabierta y mostrando áridos secretos. Secretos como superficies. La tierra y sus nervios, y sus soledades prehistóricas, la tierra de geologías primitivas, donde se descubren lienzos del mundo en una sombra negra como el carbón. — La tierra es madre bajo el hielo del fuego. Vean el fuego en los Tres Rayos, con el coronamiento de su melena donde hay un hervidero de ojos. Miríadas de miriápodos de ojos. El centro ardiente y convulsionado de ese fuego es como la punta desmembrada del trueno en la cima del firmamento. El centro blanco de las convulsiones. Un absoluto de resplandor en la escaramuza de la fuerza. La punta espantosa de la fuerza que se quiebra en una batahola totalmente azul.

Los Tres Rayos hacen un abanico, cuyas ramas caen en picada y convergen hacia el mismo centro. Ese centro es un disco lechoso recubierto por una espiral de eclipses.

La sombra del eclipse hace un muro sobre las sinuosidades de la alta mampostería celeste.

Pero por encima del cielo está el Doble Caballo. La evocación del Caballo se baña en la luz de la fuerza, sobre un fondo de muro gastado y exprimido hasta los hilos. Los hilos de su doble pecho. Y en él, el primero de los dos es mucho más extraño que el otro. Él es quien recoge el brillo, y el segundo no es más que su pesada sombra.

Todavía más abajo que la sombra del muro, la cabeza y el pecho del caballo producen una sombra, como si toda el agua del mundo elevara el orificio de un pozo.

El abanico abierto domina una pirámide de cimas, un inmenso concierto de cumbres. Una idea de desierto planea sobre esas cumbres, sobre las cuales un astro desmelenado flota, horriblemente, inexplicablemente suspendido. Suspendido como el bien en el hombre, o el mal en el comercio entre los hombres, o la muerte en la vida. Fuerza giratoria de los astros.

Pero detrás de esa visión de absoluto, de ese sistema de plantas, de estrellas, de terrenos cercenados hasta el hueso, detrás de ese ardiente precipitado de gérmenes, de esa geometría de búsquedas, de ese sistema giratorio de cumbres, detrás de esa reja plantada en el espíritu y de ese espíritu que libera sus fibras, descubre sus sedimentos, tras esa mano de hombre, en suma, que imprime su duro pulgar y dibuja sus tanteos, detrás de esa mezcla de manipulaciones y de cerebro, y esos pozos en todos los sentidos del alma, y esas cavernas en la realidad, se yergue la Ciudad de murallas acorazadas, la Ciudad inmensamente alta, y que no le alcanza con todo el cielo para hacerle un techo donde las plantas crecen en sentido inverso y con una velocidad de astros despedidos.

Esa ciudad de cavernas y muros que sobre el abismo absoluto proyecta arcos plenos y cuevas como puentes.

En el hueco de esos arcos, en la arquería de esos puentes uno querría insertar el hueco de un hombro desmesuradamente grande, de un hombro donde diverge la sangre. Y colocar su cuerpo en reposo y su cabeza, donde hormiguean los sueños, sobre el reborde de esas cornisas gigantes donde se escalona el firmamento.

Porque un cielo de Biblia, donde corren nubes blancas, está por encima. Pero las suaves amenazas de esas nubes. Pero las tormentas. Y ese Sinaí del que dejan horadar las pavesas. Pero la sombra transportada de la tierra, y la iluminación amortiguada y arcillosa. ¡Pero esa sombra en forma de cabra, finalmente, y ese chivo! Y el Sabbat de las Constelaciones.

Un grito para juntar todo eso, y una lengua para colgarme de ella.

Todos esos reflujos comienzan en mí.

Muéstrenme la inserción de la tierra, la bisagra de mi espíritu, el espantoso comienzo de mis uñas. Un bloque, un inmenso bloque falso me separa de mi mentira. Y ese bloque es del color que uno quiera.

En él, el mundo babea como el mar rocoso, y yo con los reflujos del amor.

Perros, habrán terminado de rodar sus guijarros sobre mi alma. Yo. Yo. Giren la página de los cascotes. Yo también espero la grava celeste y la playa que no tiene más bordes. Es necesario que ese fuego comience en mí. Ese fuego y esas lenguas, y las cavernas de mi gestación. Que los bloques de hielo vuelvan a encallar bajo mis dientes. Tengo el cráneo grueso pero el alma lisa, un corazón de materia embarrancada. Tengo ausencia de meteoros, ausencia de sopapos inflamados. En mi garganta busco nombres, y como el cilio vibrátil de las cosas. El olor de la nada, un resabio de absurdo, el albañal de la muerte en su totalidad… El humor leve y rarificado. Tampoco yo espero otra cosa que el viento. Ya se llame amor o miseria, casi no podrá encallarme sino sobre una playa de osamentas
.(*)

 

(*) Fuente: Antonin Artaud, "El yunque de las fuerzas", en El arte y la muerte y otros escritos, Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2005, pp. 53-56.

 

 

 

 

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