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EL DÍA QUE LLOVIÓ PARA SIEMPRE

Por Ray Bradbury

 

 

 

 

   El universo podría ser desierto y la poesía podría haber sido olvidada bajo secas dunas de polvo. Pero si sólo la pluma del autor de Crónicas marcianas estuviera allí, con precisas y poéticas palabra crearía un mundo de urbes y cohetes, de soñadores solitarios y evocadoras mareas de imaginación. Caracterizar a Bradbury como representante problemático de la ciencia ficción es tema seguramente secundario y pueril. Lo que importa no es identificar el género de una escritura sino su potencia para resaltar la extraña presencia humana, rodeada por misteriosos anillos de espacio. El modo más poderoso para frotar la presencia del hombre y el mundo, y para cristalizar una comunicación entre ambos, es tal vez la poesía. Blandir palabras o sonidos poéticos es confraternizar con el universo y despertar respuestas muchas veces inaceptables para la lógica. "El día que llovió para siempre", en Remedio para melancólicos, es quizá un texto poco recordado de Bradbury. En este relato, la lluvia es la respuesta poética a la poesía liberada por unas manos de mujer recorriendo las delicadas y resonantes cuerdas de un arpa. Los habitantes de un hotel padecen una larga sequía, la agobiante aridez de un cielo sin gotas. En el mundo antiguo, para obtener el alivio de la húmeda liquidez de las alturas, el hombre desesperado por la fiebre de la tierra reseca apeló a la danza, la invocación a los dioses, la pronunciación de palabras mágicas. En la bellísima ficción de Bradbury, una anciana profesora de música, la señorita Hillgood, hábil musa del arpa, acaricia con poesía el espacio. Y el cielo responde... 

Esteban Ierardo

 

EL DÍA QUE LLOVIÓ PARA SIEMPRE

Por Ray Bradbury

 

El hotel se alzaba en el desierto como un hueso descarnado y hueco, bajo el cenit donde el sol calcinaba el tejado, todo el día. Toda la noche, el recuerdo del sol se movía en los cuartos como el fantasma de un viejo bosque incendiado. Muchos después del crepúsculo, pues la luz era calor, las luces del hotel permanecían apagadas. Los habitantes del hotel preferían andar a ciegas por los corredores, buscando un aire fresco.

 Esa noche el señor Terle, el propietario, y sus dos únicos huéspedes, el señor Smith y el señor Fremley, que se parecían, y olían a dos viejas hojas de tabaco curado, se quedaron en la larga galería hasta muy tarde. Jadeaban a oscuras, en las chirriantes mecedoras, tratando de abanicar un viento.

-¿Señor Terle..? ¿No sería agradable, realmente...algún día...si pudiese comprar un equipo de aire acondicionado...? El señor Terle se recostó un momento, cerrando los ojos.

-No tengo dinero para esas cosas, señor Smith.

 Los dos viejos huéspedes se sonrojaron; hacia ventiún años que no pagaban una sola factura.

 Muchas tarde el señor Fremley lanzó un suspiro doloroso.

- ¿Por qué, por qué no salimos de aquí, y nos vamos a una ciudad decente? Dejaríamos de achicharrarnos, de cocinarnos, de sudar.

-¿Quién compraría un hotel muerto en un pueblo abandonado?-dijo tranquilamente el señor Terle-. No. No, nos quedaremos aquí y esperaremos el gran día, el 29 de enero.

 Lentamente, los tres hombres dejaron de mecerse.

29 de enero.

 El único día del año en que llovía realmente.

-No tenemos mucho que esperar.

 El señor Smith sostuvo en la palma de la mano el reloj de oro, como una caliente luna de estío.

-Dentro de dos horas y nueve minutos será 29 de enero. Pero no veo una miserable nube en diez mil kilómetros a la redonda.

-¡Siempre llueve el 29 de enero! ¡Siempre, desde que nací!-. El señor Terle se detuvo, sorprendido. Había hablado con una voz estridente-. Si este año se atrasa en un día, no iré a tirarle a Dios de los faldones.

 El Señor Fremley tragó saliva y miró de este a oeste por encima del desierto, hacia los cerros.

 -Me pregunto...si habrá alguna vez por aquí otra fiebre del oro.

-Nada de oro -dijo el señor Smith-. Y más aun, apuesto que tampoco nada de lluvia. No lloverá mañana, ni pasado, ni más adelante. No lloverá en todo el año.

 Los tres viejos contemplaron, inmóviles, la luna inmensa, amarilla como un sol, que quemaba un agujero en la alta calma del cielo.

 Al cabo de un rato, dolorosamente, empezaron a mecerse otra vez.

  Las primeras ráfagas de la mañana enroscaron las páginas del calendario como la piel seca de una vívora contra la fachada descascarada del hotel.

 Los tres hombres, ajustándose los tiradores a la desnuda percha de los hombros, bajaron descalzados, y miraron con ojos entornados el cielo idiota.

-29 de enero...

-Y ni una gota miserable.

-El día es joven.

-Yo no.

El señor Fremley dio media vuelta y se fue.

  Tardó cinco minutos en encontrar su camino a lo largo de los pasillos delirantes, hasta la cama caliente, recién horneada.

A mediodía, el señor Terle asomó la cabeza.

 -Señor Fremley...

-Malditos cactos del desiertos, eso somos- jadeó el señor Fremley, acostado, sintiendo que la cara, en cualquier momento, se le desprendería en cenizas calientes sobre el piso de madera-. Pero hasta el más maldito de los cactos tiene derecho a un sorbo de agua antes de volver por otro año a la misma hoguera maldita. Le diré algo: no puedo moverme más, me quedaré aquí, acostado, y me moriré si no oigo otra cosa que esos pájaros que repiqueteaban en el techo.

-Rece sencillamente y tenga el paraguas a mano- dijo el señor Terle, y se alejó en puntas de pie.

 Al atardecer, resonó en el tejado un leve golpeteo...

 La voz del señor Fremley cantó doliente desde la cama.

 -Señor Terle, eso no es lluvia. Es usted con la manguera del jardín que arroja agua del pozo sobre el tejado. Gracias de todos modos.

 El golpeteo cesó. Desde el patio se oyó un suspiro.

 Al volver, un momento después, por la parte lateral del hotel, el señor Terle vio que el calendario volaba y caía en el polvo.

 -Maldito 29 de enero -gritó una voz-. Doce mes meses más. ¡Tendremos que esperar otros doces meses!

El señor Smith estaba de pie en el umbral. Entró, tomó dos maletas estropeadas y las arrojó al porche.

-¡Señor Smith! -exclamó el señor Terle-. ¡No puede irse así después de treinta años!

 -Dicen que en Irlanda llueve veinte días por mes- dijo el señor Smith-. Me buscaré un empleo allí y saldré sin sombrero y con la boca abierta.

 -¡No puede irse!-. El señor Terle trataba de pensar, frenéticamente, chasqueando los dedos-. ¡Me debe nueve mil dólares!

 El señor Smith retrocedió. Le asomó a los ojos una expresión de resentimiento, tierno e imprevisto.

 -Discúlpeme. - El señor Terle desvió la mirada-. No era lo que quería decir. Mire, vaya a Seattle. Allí llueve cinco centímetros por semana. Págueme cuando pueda, o nunca. Pero hágame un favor: espere hasta medianoche. De todos modos, siempre refresca. Será un agradable paseo nocturno.

-Nada pasará, entre ahora y la medianoche.

-Debe tener fe. Cuando ya no queda nada, hay que creer en algo. Quédese aquí conmigo; no es necesario que se siente, quédese de pie y piense en la lluvia. Es la última cosa que le pido. 

En el desierto, unos súbitos remolinos de polvo se levantaron, y volvieron a caer. Los ojos del señor Smith escudriñaron el horizonte crepuscular.

-¿Qué tengo que pensar? ¿Lluvia, oh, lluvia, ven? ¿Cosas así?

-Cualquier cosa. Cualquier cosa.

 El señor Smith permaneció largo tiempo de pie, inmóvil, entre sus dos maletas sarnosas. Cinco, seis minutos trascurrieron. No se oía ningún sonido, salvo la respiración de los dos hombres en la tarde.

 Entonces, al fin, el señor Smith se agachó para tomar las maletas.

 En ese preciso instante, el señor Terle pestañeó. Se inclinó hacia adelante, con la mano ahuecada sobre la oreja.

 El señor Smith se quedó inmóvil, con las manos siempre en las maletas.

Desde la distancia, entre las colinas, venía un murmullo, un rumor suave y trémulo.

-Llega la tormenta-susurró el señor Terle.

 El ruido fue creciendo, una especie de nube blanca se levantó entre las colinas.

 El señor Smith se enderezó en puntas de pie.

 Los ojos del señor Terle se agrandaban y se agrandaban cada vez más, para ver mejor. Se aferró a la baranda del porche como el capitán de un navío que zozobra en la calma, sintiendo las primeras ráfagas de una brisa tropical que olía a tilo y a la pulpa helada y blanca de los cocos. 

 Un viento ínfimo le goleaba las doloridas fosas nasales como campanas de una chimenea al rojo.

-¡Allí!-exclamó el señor Terle-. ¡Allí!

Y por encima del último cerro, levantando plumas de polvo ardiente, llegó la nube, el trueno, la tormenta ruidosa.

En lo alto del cerro el primer automóvil que había pasado en veinte días se lanzó cuesta abajo por el valle con un alarido, un golpe, un lamento.

 El señor Terle no se atrevía a mirar al señor Smith.

 El señor Smith miraba hacia arriba pensando en el señor Fremley encerrado en su cuarto.

 El señor Fremley, desde la ventana, miraba hacia abajo y vio el automóvil que expiraba frente al hotel.

 Porque el sonido que había hecho el automóvil era curiosamente definitivo. Había recorrido un largo camino ardiente y sulfuroso, cruzando planicies salitrosas, abandonadas por las aguas diez millones de años atrás. Ahora -las hilachas de cable le brotaban entre las costuras como la cabellera de un caníbal, y un párpado de lona había caído fundiéndose en pastillas de menta sobre el asiento trasero- el auto, un Kissel modelo 1924, se estremeció como exhalando el espíritu.

 La anciana, sentada en el asiento delantero del coche, aguardo pacientemente, mirando a los tres hombres y el hotel como si dijese: "Perdónenme, mi amigo está enfermo; hace mucho que lo conozco, y ahora debo acompañarlo en su hora postrera". Se quedó sentado en el coche, esperando a que las ligeras convulsiones cesarán y que los huesos se aflojaran; los signos del proceso final. Estuvo así sentada más de medio minuto escuchando al coche, y había algo tan sereno en ella que el señor Terle y el señor Smith se inclinaron lentamente. Por último, la mujer los miró esbozando una grave sonrisa y alzó una mano.

 El señor Fremley se sorprendió al ver que su propia mano salía por la ventana y contestaba al saludo.

 En el porche, el señor Smith murmuró:

-¡Qué raro! No es una tormenta. Y no me siento decepcionado. ¿Qué será?

Pero el señor Terle bajaba ya por el sendero, hacia el automóvil.

-Creíamos que era-...es decir...-Se contuvo.-Terle es ni nombre. Joe Terle.

 La mujer le tomó la mano y lo miró con ojos azules límpidos y trasparentes, como nieve fundida que ha recorrido millares y millares de kilómetros, purificada por el viento y el sol.

-Blance Hillgood-dijo en voz baja-. Graduaba en el Grinnel College, soltera y profesora de música; maestra, treinta años, de un club de canto en la escuela superior y directora de la orquesta estudiantil, en Green City, Iowa; veinte años de profesor particular de piano, arpa y canto; jubilada hace un mes, con una pensión vitalicia, y ahora, con mis raíces a cuestas, camino a California.

-Señora Hillgood, no me parece que vaya a ninguna parte desde aquí.

-Tuve un presentimiento.

Observó a los dos hombres que rodeaban cautelosamente el automóvil. Parecía está sentada, como una niña indecisa, en el regazo de un abuelo reumático.

-¿No se podría hacer nada?

-Sí, un cerco con las ruedas, un gong para la cena con los tambores del freno. El resto, podría ser un bonito jardín de rocas.

 El señor Fremley gritó desde el cielo.

-¿Muerto? Quiero decir, ¿está muerto el coche? ¡Lo siento desde aquí! Bueno...ya pasó la hora de la cena.

 El señor Terle tendió la mano.

-Señorita Hillgood, este el hotel El desierto, de Joe Terle, abierto veintiséis horas por día. Se ruega a los monstruos y salteadores de caminos anotarse en los registros, antes de subir. Duerma tranquila esta noche, gratis; luego sacaremos nuestro Ford de sus cuarteles y la llevaremos a la ciudad mañana por la mañana.

 La mujer les permitió que la ayudaran a bajar del coche. La máquina gruñó como protestando por ese abandono.

 La mujer cerró cuidadosamente la portezuela.  

-Mi compañero ha muerto, pero hay una amiga que todavía me acompaña. Señor Terle, ¿quisiera tener la bondad de librarla de la intemperie?

-¿Librarlas, señorita?

-Perdóneme, nunca pienso en las cosas como cosas. Para mí son siempre personas. El coche era varón, supongo, porque me llevaba a distintos lugares. Pero un arpa es mujer, ¿no le parece?

 Señaló con la cabeza el asiento trasero del automóvil. Allí, mirando el cielo, cortando el viento, por encima de cualquier posible conductor, se alzaba un estuche como la encorvada proa de cuero de un antiguo navío.

-Señor Smith-pidió el señor Terle-, déme una mano.

Desataron el estuche enorme y lo alzaron cuidadosamente.

-¿Qué llevan ahí?-gritó desde arriba el señor Fremley.

 El señor Smith tropezó. La señorita Hillgood jadeó. El estuche se balanceó entre los brazos de los hombres.

 Del interior brotó un débil canturreo.

 El señor Fremley, allá arriba, lo oyó. Era toda la respuesta que necesitaba. Boquiabierto, observó a la mujer y a los dos hombres que sostenían a la amiga encajonada. Al fin se metieron en el porche cavernoso.

-¡Cuidado!-dijo el señor Smith-. Algún condenado imbécil dejó aquí sus maletas-...-Se interrumpió.-¿Algún condenado imbécil? ¡Yo!

Los dos hombres se miraron. Ya no traspiraban. De algún lado llegaba un viento, un viento suave que movía los cuellos de las camisas y arrastraba lentamente las hojas del calendario, desparramadas en el polvo.

-Mi equipaje...-dijo el señor Smith.

Todos entraron.

 

-¿Quiere más vino, señorita Hillgood? No hemos tenido vino en la mesa desde hace años.

-Sólo una gota, si es tan amable.

Estaban sentados a la luz de una sola bujía. La habitación era un horno y la platería y la vajilla intacta centelleaban. Todos hablaban, bebían vino caliente, y comían.

-Señorita Hillgood, cuéntenos más de su vida.

-Toda mi vida -dijo la mujer- he estado tan atareada corriendo de Beethoven a Bach y a Brahms, y al fin descubrí que ya tenía veintinueve años. Cuando miré otra vez, tenía cuarenta. Ayer, setenta y uno. Oh, hubo hombres; pero habían renunciado al canto a las diez y al vuelo a las doce. Siempre pensé que habíamos nacido para volar, de una u otra manera, y yo no soportaba que la mayoría de los hombres se arrastrase con todo el hierro de la tierra en la sangre. Nunca conocí a ningún hombre que pesara menos de cuatrocientos kilos. Rodaban todos como coches fúnebres, en trajes negros de faena.

-¿Y entonces usted voló?

-Sólo con la imaginación, señor Terle. Tarde sesenta años en soltar las últimas amarras. Durante todo ese tiempo viví aferrada a piccolos, flautas y violines, que son verdaderas corrientes en el aire, como los ríos y torrentes de la tierra. Recorrí todos los afluentes y gusté todos los vientos acuáticos, y frescos, desde Haendel hasta toda una estirpe de Strausses. Fue ese largo rodeo lo que me trajo aquí.

-¿Cómo fue que al fin se decidió a irse?-preguntó el señor Snith.

-La semana pasada miré a mi alrededor y me dije: "Bueno, mira, has estado volando sola! A nadie en toda Green City le importa si vuelas, ni a qué altura vuelas". Era siempre: "Magnífico, Blanche", o "Gracias por el concierto en el té de la PTA, señorita Hillgood". Pero en realidad nadie escuchaba. Y cuando yo hablaba, hace mucho tiempo, de Chicago a de Nueva York, la gente me palmeaba el hombro y se reía. "¿Por qué ser una ranita en un estanque cuando se puede ser la rana más grande de toda Green City?" Y entonces me quedaba mientras la gente que me daba consejos se iba o se moría o las dos cosas. Los otros tenían taponados los oídos. Hace una semana me desperté, de pronto, y me dije: "¡Vamos! ¿Desde cuándo las ranas tienes alas?"

-¿Así que ahora se va al Oeste?-dijo el señor Terle. 

-Sí, quizá para actuar en películas o en esa orquesta a la luz de las estrellas. Pero, y sobre todo, necesito tocar para alguien que oiga y escuche realmente...

Estaban sentados ahí, en la penumbra cálida. La señorita Hillgood había terminado de hablar, lo había dicho todo, aunque pareciera absurdo, y se reclinó en silencio en la silla.

 Arriba alguien tosió.

 La señorita Hillgood lo oyó, y se puso de pie.

 El señor Fremlely tardó un momento en despegar los párpados y distinguir la figura inclinada de la mujer, que ponía la bandeja junto a la cama revuelta.

 -¿De qué hablan ustedes abajo?

-Volveré más tarde y se lo contaré todo palabra por palabra- dijo la señorita Hillgood-. Ahora coma. La ensalada es excelente.

 Fue hacia la puerta.

 -¿Piensa quedarse?- preguntó apresuradamente el señor Fremley.

 La señorita Hillgood se detuvo a mitad de camino y trató de descifrar la expresión de aquel rostro sudoroso en la oscuridad. El hombre, a su vez, no podía ver la boca y los ojos de ella. La señorita Hillgood se quedó allí un momento, en silencio, y luego bajo las escaleras.

-No me habrá oído-dijo el señor Fremley.

 Pero sabía que lo había oído.

 La señorita Hillgood cruzó el vestíbulo de la planta baja y buscó a tientas el cierre del estuche de cuero vertical-

-Debo pagarle mi cena.

-Va por cuenta de la casa-dijo el señor Terle.

 -Debo pagarlo-dijo ella, y abrió el estuche.

 Hubo un repentino destello dorado.

 Los dos hombres revivieron en las sillas. Miraron de reojo a la anciana menuda, de pie junto al objeto tremendo que se alzaba como un corazón sobre un pedestal reluciente, y allá arriba un sereno rostro griego de ojos de antílope que los miraba serenamente, como la señorita Hillgood.

 Los dos hombres se lanzaron la más rápida y las más sorprendida de las miradas, como si los dos adivinasen lo que iba a ocurrir. Cruzaron rápidamente el vestíbulo, respirando con dificultad, para sentarse en el borde mismo del caliente diván de terciopelo, enjugándose los rostros con pañuelos húmedos. 

 La señorita Hillgood acercó una silla, apoyó dulcemente el arpa dorada en el hombre y puso las manos en las cuerdas.

 El señor Terle aspiró una bocanada de aire abrasador y agurdó.

 El viento del desierto corrió de pronto por el porche, inclinando las sillas, que se mecieron como barcas en un lago nocturno.

 La voz del señor Fremley protestó desde arriba.

 -¿Qué pasa ahí abajo?

Y entonces la señorita Hillgood movió las manos.

 Empezando en el arco que estaba junto al hombro, hizo correr los dedos por el simple tapiz de alambre hacia la columna donde miraba la diosa, y luego de vuelta. Hizo una pausa entonces, y dejo que el aire caliente del vestíbulo llevará los sonidos a los cuartos vacíos.

  Si el señor Fremley gritó, arriba, nadie lo oyó. Porque el señor Terle y el señor Smith estaban tan ocupados, poniéndose de pie en las sombras, que no oyeron nada excepto los propios latidos tormentosos, y las ráfagas de aire en los pulmones.

 Boquiabiertos, en una  especie de absoluta demencia, miraban a las dos mujeres, la musa ciega y orgullosa en la columna de oro, y la mujer sentada, de ojos dulcemente entornados, y de manos abiertas en el aire.

 Como una niña, pensaron los dos locamente, como una niñita que saca la mano por la ventana, ¿para sentir qué? Bueno, por supuesto, por supuesto.

 Para sentir la lluvia.

 El eco de la primera lluvia se apagó, a la distancia, en empedrados y desagües.

 Arriba, el señor Fremley se incorporó en la cama como si lo hubiesen levantado por las orejas.

 La señorita Hillgood tocó. 

Tocó, y no era una música que ellos conociesen, pero una música que había escuchado mil veces en sus largas vidas, con o sin palabras, con o sin melodía. La señorita Hillgood tocaba, y cada vez que movía los dedos la lluvia caía repiqueteando por el hotel oscuro. La lluvia caía fría en las ventanas abiertas y empapaba los tablones calcinados del piso del porche. La lluvia caía sobre el tejado, caía en una arena silbante, caía sobre el automóvil herrumbrado y en el establo vacío y en los cactos muertos del jardín. Lavaba las ventanas y depositaba el polvo y colmaba los barriles de agua de lluvia y tapizaba las puertas con hilos de perlas que se abrían y murmuraban. Pero, y sobre todo, el tacto suave y la frescura cayeron sobre el señor Smith y el señor Terle. El peso delicado entró en ellos, más y más, y los dos se sentaron. Sintieron en la cara los pinchazos y las agujas, y cerraron los ojos y las bocas y alzaron las manos, protegiéndose. Reclinando lentamente las cabeza, hacia atrás, dejaron que la lluvia cayera donde debía caer.

 El repentino diluvio duró un minuto. Los dedos descendieron por las cuerdas, dejaron caer unos últimos lamentos y explosiones y luego se detuvieron.

 El acorde final quedó en el aire como la fotografía de un relámpago que golpea y congela el vuelo descendente de un millón de gotas de agua. Luego el relámpago se apagó. Las últimas gotas cayeron en silencio, en la oscuridad.

 La señorita Hillgood apartó las manos de las cuerdas, con los ojos todavía cerrados.

 El señor Terle y el señor Smith abrieron los ojos y miraron a aquellas dos mujeres milagrosas, allí, en el otro extremo del vestíbulo, que de algún modo había atravesado la tormenta intactas y secas. 

El señor Terle y el señor Smith se estremecieron. Se inclinaron hacia adelante como si fuesen a hablar. Parecían impotentes, sin saber qué hacer.

 Y entonces oyeron un sonido que venía de los corredores altos del hotel.

 El ruido bajo flotando débilmente, revoloteando como un pájaro cansado que bate las alas antiguas.

 Los dos hombres alzaron la mirada y escucharon.

 Era el sonido del señor Fremley.

 El señor Fremley, en su cuarto, aplaudiendo.

 El señor Terle tardó cinco minutos en darse cuenta. Entonces le dio un codazo al señor Smith y empezó, también él, a aplaudir. Los dos hombres se golpeaban las manos en poderosas explosiones. Los ecos resonaban en las cavernas de hotel, arriba y abajo, conmoviendo las paredes, los espejos, las ventanas, tratando de dejar los cuartos.

 Entonces la señorita Hillgood abrió los ojos, como si esta nueva tormenta la hubiese sorprendiendo a la intemperie, desprevenida.

 Los hombres dieron su propio recital. Batían palmas fervorosamente como tuviesen fuegos de artificio en las manos, y los aplastaran unos contra otros. El señor Fremley gritó. Nadie lo oyó. Las manos volaban, se entrechocaban una y otra vez hasta que los dedos se hincharon. Al fin los hombres se quedaron sin aliento y dejaron las manos sobre las rodillas, y un corazón quedo latiendo dentro de cada mano.

 Entonces, muy lentamente, el señor Smith se incorporó, y, mirando el arpa, entró las maletas. Se detuvo al pie de la escalera contemplando largamente a la señorita Hillgood. Miró en el suelo la maleta de la mujer que descansaba en el primer peldaño. Miró la maleta, y luego a la señorita Hilllgood y alzó las cejas.

 La señorita Hillgood miró el arpa, la maleta, al señor Terle y por último al señor Smith.

 Asintió una sola vez.

 El señor Smith se inclinó y con sus propias maleta bajo un brazo, y la de la señorita Hillgood en el otro, subió lentamente las escaleras en la dulce oscuridad. Mientras subía, la señorita Hillgood apoyó de nuevo el arpa en el hombro y tocó acompañando los paso del señor Smith, o el señor Smith subió acompañando la música. Nadie lo supo bien.

 A mitad de camino, el señor Smith se encontró con el señor Fremley que trataba de bajar lentamente, envuelto en una bata descolorida. 

Pero  allí se quedaron, mirando el vestíbulo; el hombre solitario en el extremo de las sombras, y las dos mujeres algo más allá, solo un movimiento y un destello. Los dos hombres pensaron los mismos pensamientos.

 El sonido del arpa, el sonido del agua fresca que caería todas y todas las noches. Ya no era necesario regar el techo con la manguera del jardín. Bastaba sentarse en el porche o tender en la cama de noche y escuchar la lluvia...la lluvia..la lluvia...

  El señor Smith siguió subiendo las escaleras. El señor Fremley bajó.

  El arpa, el arpa. ¡Escuchen, escuchen!

 Los cincuentas años de sequía habían quedado atrás.

 Había llegado la temporada de las lluvias. (*)

 

 

(*) Fuente: Ray Bradbury, "El día que llovió para siempre", en Remedio para melancólicos, Barcelona, Minotauro, pp.200-212. 

 

 

 

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