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  EL LIBRO DEL FUEGO Y EL VACÍO

Dos momentos del clásico japonés El libro de los Cinco Anillos

Por Miyamoto Musashi  

 
 

Portada de El libro de los Cinco Anillos en la edición de Ladosur.

 

El libro del fuego

El libro del vacío

 

  Como el Bushido o el Hagakure, el Libro de los Cinco Anillos de Miyamoto Musashi es un clásico japonés del arte del combate samurai. Musashi (1584-1645) fue un famoso guerrero que en más de setenta duelos a muerte salió siempre airoso. A los trece años derrotó a Arima Kigei, un reputado samurai de la escuela Shinto de artes marciales. Su carácter gustó de las brisas de la soledad y la meditación. En sus últimos años se retiró a la cueva de Reigendo donde concluyó su célebre obra poco antes de morir. Su Libro de los Cinco Anillos es una serie de consejos sobre las artes marciales de la espada. En el arte japonés de la espada, el Kendo, la obra de Musashi siempre ocupa un lugar fundamental. Pero más que un código de combate, los preceptos de Musashi constituyen un forma de sabiduría, una lúcida inmersión en las aguas de una conciencia profunda. Musashi elabora así su método de la "Escuela de la dos espadas". Su arte alcanzó claridad conceptual mediante la identificación con los elementos naturales. De ahí la composición de la obra a través de un Libro de la tierra, el agua, el fuego y el viento. Y el Libro del vacío. El vacío: el trasfondo indefinible e infinito que, para el pensamiento japonés de raigambre budista zen, es la matriz enigmática del ser de la que proceden las formas y que sólo manifiesta su fuerza en un estado de absoluta espontaneidad.

Esteban Ierardo

 

  

El Libro del Fuego y el Libro del Vacío, perteneciente al Libro de los Cinco Anillos que presentamos en este momento de Textos olvidados de Temakel fue traducido especialmente por Sonia Baljau para su edición en la editorial Ladosur, abocada a títulos de resonancias trascendentes, y a la que agradecemos el envío del texto que sigue a continuación. 

Para comunicación con Ladosur: ladosur@inter.com.ar

 

 

El libro del Fuego

Por Miyamoto Musashi

    En nuestra escuela, que sigue los principios de la "Escuela de las dos espadas", acostumbramos a ver la lucha como un fuego. Por lo tanto, todo lo que tiene que ver con los distintos desarrollos de una batalla se trata en el Libro del Fuego.

Por lo general, la mayoría de las personas tiene una visión mezquina y estrecha sobre las cuestiones del arte marcial. Han aprendido alguna técnica especial y creen que con eso les basta. Están los que saben usar los dedos para golpear en una parte determinada del cuerpo, otros se especializan en usar el abanico. No faltan los adeptos a la velocidad, los que imaginan que usar algo liviano como una vara de bambú o las manos y los pies en forma rápida constituye una gran ventaja.

Mi manera de practicar el arte marcial ha sido el producto de numerosas horas dedicadas al entrenamiento y de muchos combates a muerte. Esa es la manera en que he aprendido el uso de la espada. Así adquirí el conocimiento necesario como para evaluar el poderío del enemigo, sus puntos débiles y sus virtudes, la habilidad para calcular las posibilidades del filo y del revés del arma del contrincante. Puedo afirmar que durante las decenas de duelos en los que me vi involucrado, jamás he cometido un error estúpido. No es muy difícil entender la importancia de estar concentrado cuando se pelea a muerte, embutido en una pesada armadura.

La esencia de mi arte militar es la adquisición del conocimiento su enemigos. Se trata del mismo procedimiento, he aquí algo que merece la más cuidadosa de las reflexiones.

Resulta muy difícil reunir un grupo grande de guerreros para practicar todos los días; pero por medio de la práctica individual con la espada es posible no sólo instruirse en los fundamentos del arte militar, sino también ejercitarse para distinguir con rapidez los puntos fuertes y débiles del enemigo y así diseñar una estrategia para derrotarlo. Esa es la manera de adquirir verdadera maestría en el camino del arte marcial.

La vía más rápida para convertirse en maestro del arte militar es la práctica en forma continua y obstinada. Nuestra mente tiene que estar completamente absorbida en el aprendizaje de los principios del arte, sabiendo que nuestra meta debe ser la perfección. Una vez que seamos capaces de realizar una práctica impecable, estaremos en condiciones de adquirir una libertad y una maestría que resultan difíciles de imaginar al neófito. El verdadero maestro logra adquirir por medio del conocimiento de las leyes cósmicas un poder que no parece humano.

La ubicación en el espacio

Cuando tomamos ubicación en un campo de combate, siempre intentamos colocarnos de forma tal que el sol quede a nuestras espaldas. Si eso no es posible, entonces hay que tratar de que la luz solar quede situada a la derecha.

Este principio debe mantenerse aun en lugares cerrados. La luz siempre estará atrás o a la derecha. Hay que estar consciente de los obstáculos que puedan existir atrás nuestro. Lo deseable es que el terreno que se extienda a nuestras espaldas esté despejado. Nos desplazamos intentando que la mayor parte del terreno libre quede a nuestra izquierda, y la menor a la derecha.

En caso de combate nocturno, procuramos que la luz de las hogueras queden atrás nuestro y las otras luces a la derecha, este principio es invariable.

Conociendo la ventaja de combatir desde una posición superior, intentamos situarnos en la parte más elevada de un terreno, aunque se trate de una diferencia mínima. En los lugares cerrados o llanos, el sitio privilegiado será considerado como el lugar más alto.

Lo ideal es que en la lucha podamos empujar a los enemigos hacia la izquierda. Es de fundamental importancia que los obstáculos del terreno queden a espaldas de los enemigos. Una vez conseguido este propósito, nos empeñaremos en empujarlos contra esos obstáculos, apelando a cualquier medio. Cuando los adversarios comienzan a retroceder, hay que empeñarse en redoblar el ataque para impedirles la observación del terreno circundante. Esto se aplica también cuando el combate se desarrolla en lugares bajo techo, entonces hay que obligarlos a desplazarse contra columnas, puertas, muros, pilares o cualquier otro obstáculo.

El principio básico siempre es desplazar al enemigo hacia un terreno que impida afirmar los pies con solidez, o que tenga alguna clase de impedimento. Hay que estar siempre atento a las particularidades del terreno del combate, para aprovechar sus ventajas. Esto es algo que merece toda nuestra consideración.

Tres maneras de apoderarse de la iniciativa

Hay tres maneras de tener la iniciativa. La primera es atacar sin considerar al enemigo. La segunda posibilidad consiste en tomar la iniciativa durante un ataque adversario. La tercera variante se produce cuando tanto nosotros como el enemigo nos lanzamos al combate en forma simultánea.

Estas son las tres maneras de tomar la iniciativa. No existen otras maneras que no sean estas tres. Para triunfar hay que obrar con rapidez, ser consciente de la importancia de adelantarse. Por eso el manejo adecuado de la iniciativa es algo fundamental.

No tiene sentido extenderse sobre los muchos detalles implicados en el arte de la iniciativa. Lo importante es que sepamos definir de manera rápida y concreta la situación en que nos vemos envueltos. Al poder caracterizar al adversario, estaremos en condiciones de emplear nuestros conocimientos para vencerlo.

La primera manera de obtener la iniciativa es partir del estado de acecho. Para atacar, mostramos una apariencia tranquila y relajada. En el momento que consideremos oportuno, descargamos el ataque de la forma más rápida y agresiva posible. Podemos ejecutar una embestida con mucha violencia y decisión, aunque internamente mantengamos reservas. También el ataque puede ejecutarse en el mismo momento en que se efectúa la aproximación al enemigo. Otra variante es atacar sin tener una idea acabada de las técnicas a las que apelaremos, confiando sobre todo en nuestra determinación de vencer. Estas son distintas variables posibles de usar partiendo del estado de acecho.

La segunda forma de la iniciativa se basa en un estado de espera. El enemigo se hace presente y nosotros no damos señales de reacción. Adoptamos una actitud vacilante y poco resuelta. Cuando el enemigo se pone a distancia, lo atacamos con toda nuestras fuerzas. No hay que darle tiempo a que intente golpearnos, debemos adelantarnos a su acometida. También es posible que durante la lucha, percibamos un cambio de ritmo en los movimientos del enemigo, motivado por nuestro contraataque. Es probable que este cambio nos indique el momento de descargar un golpe que permita alzarnos con el triunfo en ese preciso instante.

La tercera forma de apoderarse de la iniciativa es el estado de enfrentamiento mutuo. Como siempre, estamos muy atentos al ritmo del combate. Si nos atacan con rapidez, respondemos con tranquilidad y fuerza. Si el enemigo se acerca, afirmamos nuestra guardia; apenas percibimos alguna señal de debilidad, atacamos de inmediato. Si el enemigo combate con calma, nosotros apelamos a un ataque rápido y violento. Una vez que el enemigo está a una distancia suficiente, lo acometemos de repente, tratando de derrotarlo mediante una embestida a fondo. Todas estas variantes son difíciles de ser detalladas por escrito, y no son más que ejemplos para que vayamos apreciando los principios generales. No siempre nos hallaremos en condiciones de iniciar un ataque, pero de estar en igualdad de condiciones, hay que procurar ser el primero en atacar, y de esta forma obtener un triunfo seguro y rápido.

Agarrar la almohada

Agarrar la almohada significa tener el control de la situación. En la lucha, como en muchas otras actividades, no es bueno que el adversario disponga del manejo de los hechos. Hay que apelar a cualquier recurso para no perder las riendas de la situación. Nunca hay que perder de vista que el manejo y control de la lucha es un objetivo fundamental que todos los participantes de un combate quieren conquistar.

En un terreno práctico, agarrar la almohada significa que disponemos de la suficiente habilidad y conocimiento como para detectar los movimientos del enemigo antes de que los realice. Es decir, que bloqueamos los ataques en el inicio mismo. Podemos reducir el principio del arte marcial a la capacidad de sorprender al enemigo cuando intente atacarnos, neutralizando de esta forma sus intentos.

En esta cuestión, el manejo del tiempo es fundamental. No importa lo que hagamos, el hecho es que debe ser realizado con la anticipación suficiente como para anular los inicios mismos del movimiento del enemigo. Controlar y manejar de esta forma a los adversarios significa que estamos en posesión del arte de agarrar la almohada. Esto se consigue mediante la práctica y merece todos los esfuerzos que podamos dedicarle.

Cruzar un brazo de mar

Cuando el mar se extiende por lugares no muy grandes, se los denomina brazos de mar. El guerrero avezado sabe que su desempeño en los asuntos humanos es comparable al del capitán que está al mando de una embarcación. Un buen marino sabe adaptarse al estado y tamaño de su embarcación. Conoce los vientos, las corrientes marítimas, etc. Está en condiciones de llegar a buen puerto, aun sin la ayuda de otras embarcaciones. Al tratarse de un brazo de mar, el capitán se lanza a navegar sabiendo que si lo sorprende algún imprevisto cambio de los vientos, podrá apelar a los remos y alcanzar así el puerto.

De la misma forma, al involucrarnos en los asuntos del mundo, estamos prevenidos para actuar en caso de que se presente algún imprevisto, lo mismo que el capitán que cruza el brazo del mar. Los recursos de un guerrero para capear los obstáculos son el conocimiento del arte marcial, la capacidad de evaluar el estado del enemigo y maniobrar para colocarlo en un estado de inferioridad; la templanza del espíritu le permite afrontar los peligros con calma. Sin importar las dimensiones de los hechos bélicos en que podamos vernos involucrados, hay que tener presente que los principios necesarios para atravesar un brazo de mar son siempre los mismos.

Captar la situación

En la estrategia militar, captar la situación significa estar en condiciones de captar el momento del tiempo, los ciclos de aumento y de disminución, intuyendo las intenciones del enemigo, su estado de ánimo y su poderío bélico. También captar la situación apela a la capacidad de ejecutar nuestros planes, de prever con anticipación los movimientos que han de desarrollarse en el curso de la batalla, la habilidad de disponer las propias tropas; en definitiva, a la claridad en el manejo de los principios del arte militar que nos permita una victoria certera.

Todos estos principios aplicados en las batallas entre ejércitos son los mismos que se emplean en el combate individual. Cuando nos enfrentamos a un guerrero aislado también necesitamos conocer en forma rápida sus habilidades, su grado de determinación, las características de su personalidad. Es necesario imbuirse de los ritmos con que se desarrolla el combate, sus momentos de alza y baja, para poder maniobrar de tal forma que podamos sorprenderlo, sabiendo que lo esencial es poder efectuar el primer movimiento.

Si nuestro conocimiento es profundo, dispondremos de la intuición suficiente como para hacernos una composición rápida y precisa de todos estos factores. Esto significa que hemos alcanzado una comprensión del arte marcial que nos permite adivinar los cursos probables del desarrollo de la situación. Estamos en condiciones de ajustar nuestros movimientos para asegurarnos una victoria contundente, apelando a las tácticas más convenientes. Todo esto requiere de un trabajo constante y profundo.

Detener un golpe de espada

La detención del golpe de espada es una táctica empleada en el arte de la esgrima. Si observamos la manera en que se desenvuelven los enfrentamientos entre ejércitos, vemos que al ser atacados a distancia mediante el uso de arcos y armas de fuego, se nos hace difícil contestar las andanadas enemigas si nos vemos en la necesidad de cargar proyectiles en las armas de fuego o en los arcos, aunque el ataque enemigo esté momentáneamente detenido por el proceso de recarga de sus armas. El principio que debe guiar nuestro accionar es el de atacar antes de que el enemigo pueda descargar sus proyectiles contra nosotros. Tratamos de pasar al ataque con la mayor velocidad porque esa es la manera de dificultar el uso de arcos y armas de fuego. Para eso se precisa captar el ritmo con que se mueven las tropas enemigas y maniobrar de tal forma que consigamos bloquear todos sus intentos ofensivos.

Lo mismo sucede en el enfrentamiento individual. Si nos apuramos a golpear la espada del adversario al inicio del combate y sin un motivo preciso, la lucha degenera en un intercambio desordenado de golpes que no conduce a ningún lado. El guerrero experimentado intenta bloquear la espada del enemigo con su pie, para anular así la posibilidad de otro golpe. No sólo es posible bloquear con la espada, sino también con el cuerpo y con la mente.

El hecho de que asumamos la iniciativa en todas las fases del combate no significa lanzar mandobles al azar, con la esperanza de que un golpe de suerte nos permita concluir la lucha. Disponer de la iniciativa implica estar concentrado todo el tiempo y no ceder en nada. Todo esto debe ser apreciado en profundidad.

Reconocer la disolución

Todas las cosas están sometidas a procesos de disolución. Tanto se trate de un animal o un ser humano, vemos que tarde o temprano sufren una etapa de dispersión que los aparta del ritmo temporal.

En los enfrentamientos entre ejércitos, también es preciso determinar el ritmo del enemigo, captar el momento en que se insinúa un proceso de derrumbe para pasar al ataque y derrotarlo, sin concederle ninguna oportunidad de reagrupamiento. No saber definir el momento de desintegración nos impide efectuar contraataques exitosos.

Esto se aplica de la misma forma a los enfrentamientos individuales. Estamos siempre atentos ante cualquier asomo de pérdida de ritmo del adversario y su entrada en una fase de disolución. Si no aprovechamos estas oportunidades, el enemigo tendrá la posibilidad de reponerse y pasar a la ofensiva. Por este motivo, es imperativo multiplicar nuestro empeño apenas veamos señales de desmoronamiento en el enemigo, para terminar de anularlo y obtener la victoria. Esto requiere de una actitud decidida y contundente, que se aprecia en la forma en que manejamos la espada, en la violencia y la fuerza con que descargamos golpes que imposibilitan la recuperación del enemigo. Es necesario pensar en todo lo que se acaba de exponer y estar dispuesto a trabajar en ello.

Colocarse en lugar del enemigo

Para ampliar nuestra perspectiva del enemigo, es necesario que pensemos ubicándonos en su punto de vista, es decir que hay que estar en condiciones de apreciar el núcleo de cada situación particular en relación a un conjunto más amplio. Por ejemplo, si vemos a un atracador introducirse en una casa, todos lo consideramos como un elemento peligroso. Sin embargo, la situación del ladrón es la más débil, todos están en contra de él, necesita obrar con gran rapidez y en forma furtiva, huir con presteza antes de que lo arrinconen y lo atrapen, etc.

Si tenemos que enfrentarnos a un ejército poderoso, sentiremos la necesidad de tener precauciones especiales, de meditar en profundidad cada movimiento. El hecho es que si disponemos de buenos soldados, bien armados y entrenados, si estamos imbuidos de un conocimiento profundo del arte militar, no existe motivo alguno que justifique ese ánimo dubitativo y preocupado.

Si analizamos las cosas desde una perspectiva individual, también es necesario colocarse en la cabeza del enemigo. Imaginemos a alguien que debe enfrentarse con un maestro de artes marciales. No hay que pensar mucho para advertir que esta persona, aun antes de entrar en combate, se sentirá derrotada y sin esperanzas, por tener enfrente a un experto conocedor del arte marcial. Hay que meditar bien este tema.

Evitar las cuatro manos

Evitar las cuatro manos se impone al estar en una situación de igualdad en un combate. No encontramos el modo de volcar el resultado del combate a nuestro favor, y la lucha tiene todo el aspecto de terminar en un empate. Es necesario apartarnos con fuerza de esta perspectiva y volcar el esfuerzo en otra vía que permita alzarnos con el triunfo.

Lo mismo acontece en el enfrentamiento estratégico entre ejércitos. Si hay una situación de paridad y ninguno de los adversarios demuestra superioridad, se entra en una fase de desgaste. Se pierde gran cantidad de tropas, sin ninguna ventaja. Es el momento de volcarse a desarrollar una maniobra nueva e inesperada que sorprenda al enemigo.

También en el enfrentamiento individual, en caso de encontrarnos atascados en un escenario en que nadie consigue superioridad, hay que adoptar en forma rápida otra táctica, luego de caracterizar el estado del enemigo.

Amagar con la sombra

Esto se hace cuando nos resulta imposible averiguar la intención del enemigo. Cuando un jefe de ejército necesita saber la real disposición del enemigo, finge una maniobra y analiza la reacción de sus adversarios.

En el combate individual, puede suceder que un guerrero que está blandiendo su espada, de repente nos permite adivinar la intención de su golpe. Esto nos da una ventaja al permitirnos obrar sabiendo de su propósito y así nos da la oportunidad de poder anticiparlo.

Capturar las sombras

Se habla de capturar las sombras cuando reaccionamos ante una intención de agresión hacia nosotros, es decir, que se procura la anulación del ataque enemigo antes de que se efectivice. Aquí se trata, sobre todo, de mostrar al enemigo el conocimiento que tenemos de sus intenciones, y de esta manera amedrentarlo, obteniendo así la iniciativa que nos permita alzarnos con la victoria.

En el combate individual, se utiliza esta técnica para frenar el inicio del ataque del adversario. Una vez debilitada su determinación ofensiva, aprovechamos el momento de la pausa para tomar la iniciativa y derrotarlo. Hay que considerar este tema en profundidad.

Influjo

Todo se mueve en base a influjos. Podemos lograr que alguien se duerma por el influjo, el bostezo es por supuesto mucho más fácil de inducir. También se llega a hablar del influjo del espíritu de una época.

En la guerra entre ejércitos, a veces sucede que el enemigo se muestra presa de un gran entusiasmo, dispuesto a dar batalla lo más pronto posible. Entonces procedemos a actuar en forma dilatoria, como si estuviésemos totalmente calmos y relajados, sin ningún apuro por combatir. Es muy probable entonces que el enemigo se deje influir por nuestra manera de proceder y pierda gradualmente su empuje.

En el combate individual, es de gran importancia relajar cuerpo y mente, estar atento al momento en que el adversario se relaja y entonces proceder a atacarlo con la mayor energía.

Algo similar al influjo es el "emborrachar". Se trata de otra forma de contagio emocional. El tedio, el miedo o el nerviosismo son emociones que se transmiten con mucha facilidad. Hay que meditar a fondo sobre este tema.

El desconcierto

El desconcierto puede afectarnos de muchas formas. Una de las más comunes es cuando actuamos en un ambiente de tensión extrema. O cuando somos sometidos a una violencia inexplicable. Los hechos sorpresivos también suelen producir desconcierto.

Un jefe militar debe dominar el arte del desconcierto, por ejemplo, irrumpiendo en sitios enemigos mediante maniobras sorpresivas. Una vez sembrado el desconcierto, resulta fácil obtener la victoria.

En los enfrentamientos individuales, tratamos de infundir desconcierto mediante los cambios violentos de ritmo. Al principio nos mostramos calmos, de repente atacamos con gran violencia. Así desconcertamos al enemigo, impidiéndole una apreciación objetiva de la situación; de esta manera vamos generando posibilidades de encontrar una brecha en su defensa y vencerlo. Hay que meditar sobre esta cuestión con profundidad.

Intimidar

Hay muchas cosas que pueden llegar a infundir temor, es decir, que disponemos de una gran cantidad de variantes para intimidar al enemigo.

El general de un ejército puede intimidar de una forma sutil e indirecta. Se puede asustar mediante el sonido, exagerando la cantidad y la fuerza de nuestras tropas, o por desplazamientos inesperados. Todas estas son posibilidades de inducir miedo. Si podemos aprovechar este momento, se nos facilita mucho la victoria.

En los enfrentamientos individuales, se puede amenazar por la espada o por la voz. El procedimiento consiste en producir un movimiento inesperado y rápido, y una vez sembrado el miedo, aprovecharse a fondo de esta situación para obtener el triunfo inmediato. Hay que trabajar sobre esta cuestión.

Sujetar estrechamente

El sujetar estrechamente es posible cuando se combate a distancias cortas, desplegando una gran fuerza, y el resultado no nos favorece. Entonces, para capear el mal momento, nos agarramos estrechamente al enemigo, manteniendo siempre el objetivo de imponernos, aun en la lucha cuerpo a cuerpo.

No importa la magnitud de los enfrentamientos. En cualquier circunstancia, si los flancos están cubiertos y el enemigo está frente a nosotros, sin que ninguno de los adversarios pueda exhibir una superioridad significativa, entonces es el momento de sujetar estrechamente al enemigo, con la fuerza suficiente para que no podamos ser rechazados. Aprovechamos esta circunstancia para establecer una posición de superioridad, y así obtener una victoria rápida y definitiva. Se trata de una técnica fundamental, y como tal, merece ser estudiada con toda seriedad.

Atacar los flancos

Atacar los flancos es un recurso utilizado contra tropas fuertes, difíciles de derrotar mediante una embestida frontal.

En los movimientos de ejércitos, primero se observa el desplazamiento de las tropas enemigas, una vez que hemos determinado su ritmo, lanzamos un ataque contra un flanco del frente más poderoso, y así nos hacemos de una posición de superioridad. Una vez quebrado un flanco, entre las tropas enemigas no es raro que cunda un sentimiento de desmoralización. Hay que estar muy atento a esa oleada de abatimiento, pues así sabremos la manera y el momento adecuados para seguir profundizando nuestro ataque.

En los combates individuales, cuando golpeamos al enemigo en un mismo punto repetidas veces, no sólo le causamos dolor sino también vamos debilitando su cuerpo, y así preparamos el terreno para el ataque final que nos deparará la victoria. La elección del lugar en que hemos de descargar nuestro ataque merece una cuidadosa ponderación.

Confundir

Se llama confundir cuando logramos que el enemigo no pueda mantener la claridad mental sobre nuestros propósitos.

En las maniobras de ejércitos, el confundir presupone intuir el estado de la mente de los jefes enemigos, y utilizar nuestro conocimiento para desconcertarlos, impidiéndoles que logren tener pensamientos claros sobre nuestras intenciones. Es decir, que tenemos que encontrar un ritmo que logre confundirlos, y así colocarnos en una situación que nos permita obtener la victoria.

En los combates individuales, el guerrero hábil realiza diversas maniobras, con la intención de sembrar confusión sobre el propósito de sus movimientos. Hace una maniobra, luego otra totalmente inesperada, por fin una tercera que no tiene nada que ver con las anteriores; el enemigo comienza a ser invadidod por un estado de perplejidad y, en esos momentos comienza a deslizarse hacia su derrota segura.

Este es el principio fundamental para ganar una batalla, y difícilmente sea estudiado lo suficiente.

Los gritos

Los gritos son tres: inicial, medio y final. Se emiten de acuerdo a la situación del combate. El grito tiene gran poder, por eso se los emplea en situaciones peligrosas como los combates, los incendios y las tempestades. Por medio del grito se manifiesta la fuerza y la determinación de los que participan en esas situaciones. Los ejércitos emplean el grito inicial lo más fuerte posible. El grito medio, o sea el usado en el curso del combate, suele ser grave. El grito final o de la victoria es alto y fuerte.

En las luchas individuales, los gritos se usan junto con las fintas, para provocar el movimiento del adversario, y así encontrar la posibilidad de descargarle un golpe con nuestras armas. Si conseguimos derrotarlo, gritamos para festejar la victoria. Estos gritos son denominados grito preliminar y grito final.

Evitamos gritar en el momento de mover la espada. En los combates se usa el grito para aumentar el ritmo, empleando un tono grave.

Entremezclar

Esta táctica se emplea en los enfrentamientos entre ejércitos. Cuando consideramos que el enemigo está en una posición sólida, es aconsejable proceder a atacar por un flanco, haciendo que nuestros soldados se entremezclen con los enemigos. Una vez obtenida la victoria, reagrupamos nuestras tropas y procedemos a atacar el punto fuerte. Es preferible atacar mediante un desplazamiento en zigzag. Cuando nos vemos enfrentados a varios guerreros en forma individual, es importante aplicar esta técnica. Derribamos a uno y enseguida embestimos a otro que se destaque por su fuerza, siempre atentos al ritmo y yendo en zigzag de izquierda a derecha, manteniendo bajo control al resto del grupo atacante.

Una vez que nos hemos ubicado frente al enemigo, si queremos conquistar una posición de superioridad, debemos lanzarnos al ataque sin ninguna clase de titubeos, absolutamente decididos. Esto se aplica tanto a los combates entre ejércitos como al enfrentamiento individual. En esto consiste la técnica de entremezclar. Nos sumergimos en las filas enemigas con una completa resolución. Hay que considerar esta cuestión con atención.

Aplastar

Para ejecutar esta técnica, es necesario tener la absoluta determinación de aplastar. Sólo estaremos en condiciones de aplastar cuando nos sintamos claramente superiores a nuestro enemigo.

Si un ejército quiere efectuar una maniobra de aplastamiento, debe sentir que su adversario es muy inferior, sin importar su número. Una vez que se consigue desmoralizar al enemigo, es el momento de lograr el aplastamiento y la victoria.

El aplastamiento no puede ser hecho con debilidad, pues entonces hay posibilidades de que resulte contraproducente.

En los combates individuales hay que aprovechar cualquier disminución del ritmo del enemigo, cualquier muestra de debilidad o inferioridad, sin darle posibilidad alguna de recuperación. Así estaremos en condiciones de obtener una victoria rápida y segura. Hay que meditar sobre esto con suma atención.

La transformación de la montaña y el mar

La montaña y el mar nos hacen tener presente lo nocivo que es la repetición. No nos referimos a aquello que se repite ocasionalmente, sino a la acción hecha una y otra vez sin ninguna variante. Si ejecutamos una táctica y fracasamos, no tiene ningún sentido volver a ejecutarla. Se impone un cambio radical, hacer algo inesperado y diferente. En caso de que esto tampoco funcione, entonces habrá que probar otra cosa nueva.

Por eso se dice que el guerrero hábil tiene la capacidad de volverse mar cuando el enemigo es montaña y de ser montaña cuando el enemigo se transforma en mar. Esto demanda una consideración atenta.

Desmoralización

Puede suceder que en el combate contra un adversario, tengamos una clara superioridad y nos estemos imponiendo con facilidad. Sin embargo, vemos que nuestro enemigo sigue combatiendo con empeño, como si no pudiese reconocer su derrota. Ha llegado el momento de practicar alguna táctica de desmoralización. Es decir, necesitamos un cambio instantáneo de actitud para disolver las ilusiones que nuestro enemigo todavía sostiene. Un adversario es vencido cuando el sentimiento de derrota se instaura en lo profundo de su corazón. Las tácticas de desmoralización pueden hacer uso de distintos medios, como armas, el cuerpo o los recursos espirituales. Una vez que hemos logrado desmoronar el espíritu del enemigo, podemos dedicarnos a otra cosa. No obstante, es necesario permanecer siempre vigilantes. Nunca sabemos cuándo el enemigo puede sentirse con ganas de intentar un retorno a la lucha.

El arte militar en todas sus variantes emplea la táctica de desmoralización. No será necesario entonces insistir sobre lo valioso de su estudio y práctica.

Reanimarse

No es rara la sensación de estar empantanados durante un combate, de estar haciendo siempre lo mismo; nos repetimos y no conseguimos ninguna ventaja. Este sentimiento improductivo de agobio debe ser sustituido por otra emoción. Cuando esto suceda, entraremos en otro ritmo y estaremos cerca de la victoria. A esto se denomina reanimarse.

En cualquier situación de tirantez entre conocidos, existe la posibilidad de producir un cambio radical de nuestro ánimo en forma instantánea. De esta forma, se consigue un cambio de atmósfera de la que nadie puede sustraerse. Este es el efecto de reanimarse.

En el arte militar de la conducción de ejércitos es fundamental el conocimiento profundo de la táctica de la reanimación. Es uno de los principios básicos que involucra prácticamente todos los aspectos del arte marcial. Hay que considerar esta cuestión con suma atención.

Pequeño o grande

Puede acontecer que estemos envueltos en una lucha y que nos encontremos estancados, absorbidos por pequeñas maniobras que no parecen llevar a ningún lado. Probablemente, esto signifique que ha llegado el momento de apelar a uno de los grandes principios de la estrategia militar, es decir, el cambio de perspectiva; en este caso a una gran perspectiva.

Pasar de lo grande a lo pequeño, o viceversa, es una maniobra consciente del arte de la guerra, y puede ser aplicada con ventaja en los asuntos de la vida cotidiana.

Por ser esta técnica tan importante, empleada en toda clase de asuntos militares, merece todo la atención que podamos dispensarle.

El general y la comprensión de la tropa

Este método se usa en los combates, una vez que se han dominado todos los demás aspectos del arte marcial. Estando en posesión de todas las cuestiones relativas al arte de la guerra, nos encontramos en condiciones de pensar en las tropas enemigas como si fueran nuestras propias fuerzas. En consecuencia, tratamos de imponerles nuestros deseos y manipularlos de acuerdo a las propias necesidades, tal como haría un general que imparte órdenes a sus soldados. Esto es algo que demanda trabajo.

Soltar la empuñadura

Esta expresión tiene varios sentidos. Uno de ellos significa el triunfo sin espada. También puede aplicarse como fallar sin espada. No resulta posible describir los distintos significados, porque estos se aprenden por medio de una práctica continua.

El muro de piedra

Es la cualidad que tiene un maestro de artes marciales de asumir una postura que lo asemeja a la invulnerabilidad y a la inamovilidad de un muro de piedra. Esto se enseña en forma personal.

Conclusión

Todo lo que he escrito son situaciones y problemas que se repiten en forma continua a los practicantes del arte de la espada. Al intentar poner por escrito estos principios por primera vez, puede que estén en un orden alterado, y que su descripción sea un tanto confusa. Sin embargo, creo que pueden servir como fundamentos básicos para aquellos que practican esta ciencia.

He dedicado mi vida entera a la práctica de las artes marciales, entrenando cuerpo y mente desde mi juventud. He aprendido muchas técnicas y muchos estados distintos del espíritu. También he conocido muchas escuelas marciales. Debo decir que muchas de ellas se agotan en largos y pretenciosos discursos, mientras otras se esfuerzan en movimientos excesivamente sutiles y elaborados. Puede que al lego le parezcan excelentes, pero la triste verdad es que carecen de una verdadera base, de un corazón auténtico.

No importa que los adeptos a estas escuelas practiquen en forma ardua y continua. Toda la actividad que despliegan no los salva de convertirse en enfermos por la desviación del auténtico camino. Esta clase de práctica produce la decadencia de las artes marciales y su creciente relegamiento.

Yo sostengo que el arte marcial es una ciencia efectiva, probada en incontables situaciones de combate real. No hay ninguna razón que autorice a modificar los fundamentos de esta ciencia. Cuando se logra conocer en profundidad los principios de nuestra escuela, y se está en condiciones de llevarlos a la práctica sin errores, entonces se puede estar seguro de la victoria.

 

El Libro del Vacío

En la "Escuela de las dos espadas", cuando se habla del vacío se habla de una dimensión en que nada existe, que no puede ser aprehendida, que carece de forma.

El vacío no existe. Experimentar la existencia como vacío es conocer de la no existencia.

Cuando una persona no entiende o no distingue algo, lo juzga vacío. Pero esto no es el vacío sino apenas una ilusión de la mente. Aplicado este ejemplo al campo de las artes marciales, el desconocimiento de las leyes de la guerra no es vacío. Podremos denominar a la confusión como un estado de vacío angustiado, pero no se trata del vacío real.

Los guerreros aprenden que el arte de la guerra es una técnica precisa, al ejercitarse con perseverancia en las artes marciales. Esta práctica no tiene nada de misterioso o de confuso. Al permanecer con un espíritu atento, sin distraerse en ningún momento, afinando la percepción de la mente, concentrados en el ojo que observa y el ojo que ve, se llega al estado de vacío, donde no hay oscuridad ni es posible la confusión o el error.

La gente no conoce el verdadero camino, ya sea en los asuntos religiosos o mundanos y va por la vida creyendo que su vía es segura y correcta porque la mayoría sigue pautas similares. Pero al considerarlo desde el camino verdadero, se advierte que vive apartada de la verdad, confundida por las percepciones erróneas de la mente.

Al conocer el camino, nos esforzamos en ser honestos y claros en nuestra conducta y en nuestras palabras. Intentamos aprehender el verdadero espíritu y practicamos las artes marciales en la forma más amplia; tomando el vacío como camino, podemos sentir el camino como vacío.

En el vacío hay bondad, pero no maldad. Existe el conocimiento, existe la razón, el camino existe, la mente está vacío. (*)

 

(*) Fuente: Miyamoto Musashi, "El libro del fuego", y "El libro del vacío" en El libro de los cinco anillos, Editorial Ladosur, Buenos Aires, 2004 (traducción Sonia Baljau). 

 

 

 

 

 

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