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 HEBDÓMEROS

Por Giorgio de Chirico 

 

"Héctor y Andrómaca", una de las obras emblemáticas de la pintura metafísica, del período surrealista, del genio creador de Giorgio de Chirico.

 

  Giorgio de Chirico (1888-1978) es el gran precursor del arte surrealista. Desde 1911 a 1919 cultivó su período artístico más influyente, la pintura metafísica. Las plazas italianas, de Turín y Ferrara, sus construcciones, sus geometrías, y la irradiación de los ocasos, lo impresionaron vivamente. De Chirico se sintió embriagado por sensaciones fuera de las deducciones o recuerdos lógicos. Mediante construcciones de espacios mágicos y fantásticos su pintura fue expresión de la intución no racional de la existencia. La percepción del carácter mágico, no lógico, metafísico, de las cosas es plasmado también por Giorgio de Chirico en su poco conocida, notable y olvidada novela Hebdómeros, escrita en 1929; es decir, su escritura ocurre luego del apogeo del estadio metafísico de su pintura. Mediante la palabra y la evocación verbal de especiales estados sensitivos, el artista ahonda la experiencia de la salida del objeto lógico y conocido.

En este momento de Textos olvidados en Temakel incluimos la última parte del valioso relato de de Chirico. Aquí Hebdómeros recorre diversos descubirmientos: la condición ilógica de la realidad, la presencia de la eternidad en lo temporal, las revelaciones de la mujer de la inmortalidad. El tono narrativo es siempre poético, propenso al salto hacia la ensoñación y un romántico lirismo. Lo mismo que en su pintura, en su escritura, de Chirico nadó en los ríos profundos y extraños del devenir.

Esteban Ierardo

 
   

En Temakel, pueden visitar también un ensayo, con una galería paralela, sobre la valoración estética de las cosas en la pintura de de Chirico, y de Bekcmann y Léger:

 Lo real y el poder de las cosas. La percepción artística del objeto en Léger, Beckmann y de Chirico.

 

 

 

 HEBDÓMEROS

Por Giorgio de Chirico

 

 ...Hebdómeros fue a acostarse y no despertó al día siguiente hasta muy tarde. Aun despierto no podía decidirse a levantarse; entonces permaneció unas cuantas horas más en su cama meditando y por fin se decidió a mirar qué hora era en el reloj que siempre dejaba sobre una silla, junto a su cama; eran las cinco de la tarde. La hora, pensó Hebdómeros, que en los doce meses del año corresponde a septiembre. Entonces comprendió que hubiera sido lógico por su parte de cerrar, al concluir ese mismo día, su ciclo metafísico. Prefería el orden y la lógica a la armonía; desde el momento en que el azar (u otra cosa) le había llevado a consultar su reloj justo en el minuto en que las agujas marcaban la hora correspondiente al mes de septiembre, más valía aprovechar ese afortunado azar y no buscar, como se suele decir, tres pies al gato. Comprendió que lo que esperaba, no era la felicidad, tal como suponen en general los hombres; no se trataba en absoluto de sentir ese frío en el estómago, esa sensación de malestar e inquietud, esa imposibilidad de quedarse tranquilamente sentado en su sitio, ese afán de locuacidad y expansión, ese deseo de contar, incluso al primero que llegara, el acontecimiento que nos turba, esa especie de abandono y endeblez inconmensurables, en fin, todos esos síntomas que se dejan notar cuando una felicidad repentina nos sorprende en el monótono desarrollo de la vida. Hebdómeros, igual que todo el mundo, había pasado por momentos similares, no muy violentos, no hasta el punto de morirse de gozo, como el perro de Ulises, o de volverse loco, como el pintor Frank Shysko, que sufrió un ataque de demencia el día que supo que había ganado un millón en una lotería, pero, de todos modos, bastante importante y significativos. No obstante sintió, y rara vez le engañaba el sentimiento, sintió que, esta vez, no se trataba tanto de felicidad como de seguridad; le iba a invadir un sentimiento de seguridad y se dispuso a recibirlo dignamente, con recogimiento, de la misma manera que el creyente se dispone a recibir en su bajo forma de hostia o de lo que sea, al Dios en quien cree. Hebdómeros abrió la ventana de su habitación pero evitó respirar a fondo el aire de fuera, y tampoco quiso poner cara de preso liberado, de enfermo que se siente mejor, etc...; además, no tenía motivo para hacerlo, y la naturaleza, o mejor dicho los propios elementos le ayudaron a evitar esas actitudes comprometedoras para un hombre serio como él, de modo que, con relación a las actitudes, podía jactarse a medias de ser un pícaro en el sentido metafísico de la palabra. En efecto, el aire de fuera no era ni más puro, ni más fresco, que el aire de su habitación; eso no significaba que aquel aire de fuera se le parecía totalmente, como una gota de agua se parece a otra gota de agua, su hermana. Ni una racha; un equilibrio absoluto; en ese sitio, las casas de la ciudad aparecían diseminadas aunque bastantes cercanas unas de otras; era día semifestivo y en cada persona se habían introducido las esperanzas de un semidios. Ahora había varios semidioses vestidos como todo el mundo, paseándose por las aceras y esperando en los cruces de las calles a que pasaran los coches. Si la quinta hora de la tarde es la que se encuentra entre el atardecer y la segunda parte del día, el mes de septiembre es el que se encuentra entre dos estaciones: verano y otoño. Eso corresponde, en un enfermo, al momento que precede a la convalecencia y que, naturalmente, es al mismo tiempo el que marca el final de la enfermedad propiamente dicho. En efecto, el verano, es la enfermedad, es la fiebre y el delirio y los sudores externos, los tedios sin fin. El otoño es la convalecencia antes de que empiece la vida (el invierno).

  -Sí -pensaba Hebdómeros-, es algo que parece extraño, algo que me obliga a discutir con mis semejantes. A riesgo de pasar por un desequilibrado y de sentir luego a mis espaldas las burlas de los lógicos, de los que creen poseer las claves de las causas y los efectos, y la tabla de valores para cada cosa en este bajo mundo. Y sin embargo, estoy seguro de que la cosa no va así; esas malas costumbres, esos falso movimientos que la humanidad, de su infancia acostumbra a hacer, es lo que ha falseado el camino de la verdad o lo que, mejor dicho, ocultándolo, rodeándolo de niebla y vaho, lo empaño, le confirió el color de los objetos que lo circundan en la tierra, de modo que se confunde con el ambiente hasta el punto de que el hombre distraído pasa por su lado sin reconocerlo, junto a la codorniz inmóvil sin advertir su presencia porque el color de su plumaje se confunde con el del terreno en que se halla.

  Hebdómeros, esta vez, sabía al menos a qué atenerse y pensaba con razón que si, en otras ocasiones, había temido la felicidad y, ante su constante amenaza, había, en señal de exorcismo, rotó unos cántaros, esta vez sus temores eran absolutamente inadecuados y completamente injustificados; no le gustaba hacer cosas inútiles a menos que no se tratara de lo que él llamaba la inutilidad necesaria, aunque en este caso ya no se hubiera tratado de una inutilidad. Sus teorías sobre la vida variaban según su bagaje de experiencias,. ¿Qué conclusión podía sacar, en tal caso, sino que el secreto de la felicidad, ese inestimable secreto que la mayoría de filósofos se agotan en buscar teóricamente y que la inmensa mayoría de hombres se esfuerza prácticamente en descubrir, consistiría en no admirar nada, en no amar ninguna cosa? ¿Escepticismo, entonces? No, pues lo que sus adversarios, en momentos particularmente delicados o graves, estaban dispuestos a creer, solo era cierto a medias, ¡y aún! Que se jactara, no cabe duda, pero ¿acaso jactarse no suele ser algo necesario y hasta indispensable? ¿Y no es mejor jactarse, aun a riesgo de irritar a nuestros contemporáneos, que hacer como aquel célebre cortesano cuya memoria al final se resintió de manera enojosa por la práctica demasiado prolongada de su profesión de cortesano? Lo que sí era seguro, demostrado por Hebdómeros cada vez que se presentaba la ocasión, es que era infinitamente menos riguroso en la aplicación de su regla de conducta cuando se trataba de su propia personalidad. De hecho, hubiese sido algo verdaderamente muy original declararse superior a los demás sin serlo primero con respecto a sí mismo. De todos modos y a pesar de ese gran deseo de justicia que siempre había predominado en cada uno de sus actos, no envidiaba para nada a los que lograban jugar ese doble juego. Más bien hubiese intentado decir que los enemigos son necesarios. Sin ellos, la existencia amenazaría con volverse bastante insípida y de una monotonía exasperante; pensaba que los enemigos tienen su función importante en la organización de la vida social y en las manifestaciones de la vida humana, similares en eso a ciertos animales más o menos desagradables, a menudo incluso bastante repugnantes, y cuya utilidad no se manifestaba al primer instante, aunque sin embargo tienen un sitio destinado con toda justicia en el plan de la creación. Y además, ¿cabe concebir así a sangre fría una existencia en donde no hubiera elección más que entre no admirar nada, no ilusionarse incluso por nada, o guardar celosamente para sí las ilusiones y admiraciones propias? Eso explica que Hebdómeros dejara de seguir defendiendo ante sus contemporáneos, sin hacer excepción de sus amigos más próximos ni siquiera de sus más fervientes admiradores, las circunstancias atenuantes, y no se esforzó en buscar otros rodeos para reivindicar el derecho a elogiar. Por otra parte esperaba, y eso durante mucho tiempo y hasta en épocas de transición que le permitieron abrir nuevas puertas a los espectáculos más inesperados, que los que le siguieran no le acusaran por usar, con una discreción conciente, en la presentación de lo que él llamaba modestamente sus Maravillas, un lenguaje que, en cualquier otra ocasión, le hubiese valido, no sólo los sarcasmos de la muchedumbre, que con mucha frecuencia son necesarios para las mentes de gran envergadura, sino también los sarcasmos de la élite, de esa misma élite a la que con razón se jactaba de pertenecer, pero de la cual muy a pesar suyo estaba obligado a renegar, como el profeta renegado de su madre. Eso sucedía cada vez que una creación de índole especial le forzaba a aislarse completamente y a situarse más allá del bien y del mal, aunque sobre todo del bien. Tarea por lo demás de las menos fáciles.

   Lo que decía, lo que hacía, estaba dicho y hecho con objeto de fascinar muy naturalmente a los más diversos gustos. Poseía más que suficiente para complacer a los niños, a los niños de verdad que suelen ser jueces temibles, y que también suelen tener voz para complacer a los aficionados y coleccionistas de cromos e incluso y sobre todo a esos niños mayores y falsos que son los artistas. ¡Ah! Es que el arte de ver y de decir lo que se ha visto, anterior como todos saben a la invención de la poesía propiamente dicha, había recorrido orgullosas distancias desde sus primeras tentativas. Y a pesar de eso (y eso era una de las cosas que mas le entristecían) siempre había gente dispuesta a reprocharle que sobrepasara el marco que parecía haberle asignado su propia naturaleza, gente que se extrañaba ante las hazañas realizadas y ante el sinfín de dificultades vencidas. Por todo ello había adquirido una situación privilegiada de donde en vano procuraba desalojarle sus antagonistas. Sus cualidades particulares y el talento que iba perfeccionado sin cesar, le preservaban a bueno seguro de las vicisitudes de la moda. El sistema que utilizaban tenía unas ventajas ciertas e innegables. Era particularmente rápido y respetaba con rigurosa fidelidad el carácter, y hasta lo que en general es más difícil, el color de la inspiración original. Original y no original; Hebdómeros desconfiaba de la originalidad tanto como de la fantasía:

 - No conviene excederse en galopar a lomos de la fantasía..., lo que conviene es descubrir, pues, descubriendo, hacemos posible la vida en el sentido de que la reconciliamos con su madre la Eternidad; descubriendo pagamos nuestro tributo a ese minotauro que los hombres llaman el Tiempo y que representan bajo el aspecto de un anciano alto y enjuto, sentado con expresión absorta entre una guadaña y una clepsidra.

   Una vez más, Hebdómeros se sintió amarrado a las encrucijadas, mientras el suave chapotear del agua chocaba con los bloques del muelle. Entonces le asaltaron la elocuencia y una especie de nueva inspiración romántica, y, dirigiéndose a los amigos que le acompañaban, habló así:

  -Nada puede sustituir esta inefable dulzura, resultado de veinte años de experiencias y constantes esfuerzos, ni nada tampoco puede superar en poder evocador esa divina serenata en la que se mezclan nuestra propia ignorancia, el gozo misterioso, el temblor o mejor dicho los latidos del corazón a la luz de la luna, mientras los rítmicos acordes de las guitarras caen una y otras vez como el agua que cae en el agua. De nuestras disposiciones, de nuestras debilidades, de las inconmensurables tensiones en que el arte que, al fin y al cabo, no es más que una invención de  los hombres, nos había sumido desde la pubertad, los recuerdos, atenuados por el velo de los años, pasan con un aleteo silencioso. Fuente fecunda de fracasos y decepciones, para luchar contra tu ignorancia, oh poeta, sigue los sabios consejos de tu musa; ahí la tienes, apoyada pensativa en ese fuste de columna por donde se desliza el lagarto y trepa la hiedra...¡Oh flores de ternuras! ¡Tesoros! ¡Lamentos! ¿Estancias infinitas a las estrellas! ¡Aleteos! ¡Albadas de los segadores! ¡Encantadores interludios! ¡Ofrendas! ¡Fiestas de los benditos caseríos bajo el cielo azul! ¡Oh Pastorales! ¡Oh hojas que caen! ¡Escucha la lenta confesión del viejo violoncelo, oh corazón que nunca cambiaste! ¡Acuérdate del beso de Eunice! ¡Acuérdate del adiós de las rosas! ¡Escucha la canción del nido por el camino en flor! ¿Oh sinfonía inacabada en esos eternos voglio amarti! ¡Cantos sin palabras quedamente murmurados! ¡Tristes ensueños! ¡Rememoraciones! ¡Recuerdos! ¡Oh noche estrellada! ¡Juanita! ¡Juanita! ¡Canta el agua y canta aún bajo los floridos parques de los hogares polacos! ¡Olas del Ródano y olas del Rin! ¡Tristeza de las geografías, a ratos grises, a ratos verdes, pero siempre azules cuando se abren los lagos y se extienden los vastos mares! ¡Las falenas de la noche quemaron sus alas en las lámparas de acetileno! ¡Las hojas del otoño, húmedas de lluvia, cayeron girando sobre la podrida madera de los balcones de nuestras villas! ¿Qué dicen tus ojos? ¿Siempre o jamas! ¿Abrid de par en par las cancelas de vuestros jardines, amigos de corazón oprimido! Os secundaremos en vuestras tareas; estudiaremos con vosotros, fraternamente, amistosamente, cordialmente todas las propuestas que querías hacernos.

 No obstante, había que volverse a casa. Así lo comprendió Hebdómeros y una gran tristeza le invadió el corazón. Las transfirmaciones fatales reflejaban al infinito las más locas esperanzas y las decisiones jerárquicas se instalaban triunfales, impresas en caracteres negros y solemnes sobre la blancura del papel. Los propios generales, los altos funcionarios y los altos dignatarios de rictus obsceno bajo sus grasientos bigotes, se inclinaban con la falsedad de una humillación protocolaria que no tenía más objetivo que salvar las apariencias, apariencias por lo demás dudosas, de las que fácilmente hubieran podido prescindir. Hebdómeros conocía el resto. Conocía tan bien esas tardes interminables en el cuarto de las cartas geográficas (lado jardín). Sin, después de comer se retiraban ahí a descansar, digamos, pues hacía calor, un calor implacable desde las primeras horas del día. Pero una vez ahí dentro, ¿dónde estaba el descanso? Sí, ¿dónde se había metido, ese dios tan dulce, hermano del sueño? Nostalgias, nostalgias sin fin, manos tendiéndose en la punta de los brazos fuera de las ventanas cuyas blancas cortinas con diseños de extrema trivialidad, se agitaban, un poco bajo el soplo intermitente de una cálida brisa procedente de los campos, de esos campos que se extendían alternando, todos iguales, salvo muy leves variaciones de color que no contaban apenas en la monótona sinfonía de los grises, grises verdosos, ocres grises, verdes, ocre, etc...Y encima, ¿por qué había que pararse de repente? Y renunciar a las oportunidades y posibilidades de una empresa por lo demás muy costosa pero que prometía gozos y descansos inesperados e inolvidables aunque no fuera una empresa para descansar de lleno, como decía el propio Hebdómeros sonriendo irónico. Pero nadie da nada por nada; dar por dar; en las puertas de las ciudades orientales, bajo la apabullante cúpula del cielo rojizo, los traficantes disentéricos gesticulaban en torno a las mercancías arrojadas entre el polvo caldeado y sobre las que moscas de trompas tanatóforas, es decir portadoras de muerte, se obstinan con el minúsculo zumbido de sus alitas iridiscentes, aleteando a toda velocidad.

 -Sí -decía Hebdómeros- el comercio, el tráfico, los negocios, los trueques, los especulaciones, las valoraciones, la confianza, el crédito, los beneficios, los negocios que son los negocios, y luego, al anochecer, muertos de cansancio y con las manos sucias por la vil moneda, ¿qué recibimos por toda recompensa? Un puñado de dátiles podridos y un trago de agua tibia y emporcada por los pájaros del cielo, bebida en una escudilla que apesta a madera mojada...¡Pero la gran recompensa, esta noche eres tú, oh Cornelia! ¡Tú, pastora de piernas ceñidas por cintas y con manos de madre! ¡Tú, sólida gacela, tu madrecita de los Gracos! Aunque, en las calles sórdidas y oscuras, la plebe enfurecida lapidara a tu hijo, oh conmovedora y desnuda como un borriquillo sin albarda, el que haya adivinado el fulgor de tu mirada se arrojará sólo contra la multitud delirante, monómaco ante quien todo retrocede, y te traerá en sus brazos a tu hijo, un hijo ensangrentado, pero a salvo, tu hijo desmayado pero vivo, a fin de ver, después del milagro de tus lágrimas, como se deslizan esas perlas primero despacio y luego más aprisa por tus mejillas tan bellas, para caer en tus manos tan puras, ¡oh, Cornelia!

  Una trasposición mágica de la plaza de Turín de de Chirico que refleja la coexistencia de objetos heterogéneos entre sí en un espacio común. Esta composición de imagen será adoptada luego por el surrealismo.

 Volvió a camibar el ambiente. Se había extendido el crepúsculo. Los sórdidos callejones, de donde subía el hedor de las basuras en fermentación, se hallaba ya muy lejos; se acabaron las matanzas. La madre de los Gracos había evolucionado, si es que vale expresarse así...

 Afligidos transeúntes, llevando sus niños de la mano, regresaban a sus lares con esa vaga melancolía procurada por la sensación de una dicha terminada, de una felicidad concluida. Hebdómeros abrió de par en par su ventana al espectáculo de la vida, al escenario del mundo. Con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza alta, como un navegante erguido en la proa del barco ante la aparición de una tierra desconocida, esperó. Pero estaba obligado a esperar, pues de momento todo se limitaba al sueño, e incluso al sueño en el sueño. En el horizonte, el cielo se encendía por los últimos fulgores del crepúsculo. Varias humaderas, rectas como columnas, subían y subían sin cesar...Hebdómeros se dio vuelta en el lecho...

- ¿Qué hora es? -y siguió hablándose en voz alta- ¿Cuánto falta aún?...Pronto saldrá la luna y con ella el viento y las estrellas...; las pulgas me devoran y la enteritis me retuerce las entrañas. ¡Me he bebido las últimas de belladona y de beleño! ¿Qué debo esperar? ¿En que he de seguir creyendo? Los dioses emigrados; las alegrías juguetonas que se ocultaban detrás de los arbustos y desde ahí te mandan señas para que te acerques, cosa que te guardarás muy mucho de hacer, pues con que de dos pasos hacia ellas, ya se te ponen más lejos, muchos más lejos, por desgracia...Los asesinos alejados de las ciudades; la paz y la justicia reinando por doquier. ¡Y tú, a quien vislumbre antes de mi sueño diurno; tú, visible para mí solo, tú cuya mirada me habla de inmortalidad!

...Desconfiando como siempre se acercó con precaución, guardando una mano en el bolsillo del pantalón y la otra libre, dispuesta a parar el golpe. Algunos destacamentos de hoplitas pasaban por su lado con cierta expresión obstinada y taciturna. Subían cohetes al cielo pero sin ruido; todo ruido había muerto. Todo lo que revista una dureza en el mundo; las piedras de la tierra, los huesos de los hombres y de los animales, todo parecía haber desparecido para siempre; una gran ola, grasienta e irresistible, de infinita ternura, lo había sumergido todo y, en medio de ese nuevo Océano, la nave de Hebdómeros flotaba inmóvil, con todas sus velas flojas. Pero entonces, despacio, de manera enigmática, una nueva y extraña confianza comenzó a renacer en su alma. Al principio tuvo miedo; hasta tembló, como tiembla el anciano valetudinario en su sillón, sólo en el castillo vacío, durante una noche de invierno, viendo que el pomo de la puerta se abre lentamente, movido desde fuera por una mano misteriosa. Luego, de golpe, barridos por un soplo irresistible, el miedo, la angustia, la duda, la nostalgia, el descontento, las alertas, las desesperaciones, los cansancios, las incertidumbres, las cobardías, las debilidades, los ascos, la desconfianza, el odio, la ira, todo, todo despareció en una formidable vorágine, detrás de aquellas tapias de ladrillo semiderruidas, a cuyo alrededor crecían zarzas y ortigas como una enfermedad tenaz. Olas cuyas glaucas profundidades tenían en su superficie bordados de espuma irrumpieron al revés e inmensos rebaños de cábalas salvajes, de cascos duros como el acero, desparecieron en un desenfrenado galope, en un alud de grupas rozándose, chocando, empujándose hasta el infinito...

   Y una vez más volvió el desierto y la noche. Todo dormía de nuevo, inmóvil y silencioso. De golpe Hebdómeros vio que esa mujer tenía los ojos de su padre; y comprendió.

   La mujer habló de inmortalidad, en la noche grande sin estrellas.

   -...Oh Hebdómeros -dijo-, soy la Inmortalidad. Los nombres poseen su género, o mejor dicho su sexo, como ya dijiste una vez con mucha astucia, y los verbos por desgracia, se declinan. ¿Jamás pensaste en mi muerte? ¿Jamás pensaste en la muerte de mi muerte? ¿Alguna vez pensaste en mi vida? Un día, oh hermano...

  Pero ya no hablo más. Sentada en un fuste de columna rota, la mujer le apoyó suavemente una mano en el hombro y, con la otra, apretó la derecha del héroe. Hebdómeros, con el codo apoyado en el vestigio y la barbilla en la mano, había dejado de pensar...Su pensamiento ante la purísima brisa de la voz que acabada de oíir, cedió lentamente y terminó abandonándose del todo. Se abandono al oleaje acariciador de las palabras inolvidables y, a través de ese oleaje, navegó hacia playas extrañas e ignotas. Navegó bajo la tibieza de un sol que declina, sonriendo en su declieve a las soledades cerúleas...

  Entretanto, entre el cielo y la vasta extensión de los mares, islas verdes, islas maravillosas fueron pasando despacio, como pasan los buques de una escuadra ante la nave almirante, mientras largas teorías de aves sublimes, de inmaculada blancura, volaron cantando. (*)

 

 

(*) Fuente: Giorgio de Chirico, Hebdómeros, Barcelona, Ediciones del Cotal.

 

 

 

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