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 LA GUERRA DESNUDA

Por Jean Lartéguy

 

 

    En una noche de tibias y lejanas estrellas, o en una mañana plena de luz, la metralla comienza. Los cañones vomitan su fuego metálico. Algunos seres, hombres o mujeres, no tienen tiempo siquiera de despedirse de sus cuerpos antes íntegros y, ahora, perforados, desmembrados. A través de las gargantas, o quizás también a través de los vientres, los cerebros o las piernas, la ráfaga sin compasión de la guerra pasa. Pasa el silbido enamorado de los quejidos, del dolor que desparrama la sangre y apabulla el aliento.

   Pasa la guerra de carros que llevan cuerpos sin luz, y ruinas de antes erectos edificios. 

  La guerra exige mostrar quién sé es. Y también destruye aquello que sé es. Impone una respuesta. Imposible la indiferencia entre el bombardeo atroz y la tempestad hiriente de los proyectiles. Algunos responden con el grito heroico, con el deseo del propio sacrificio para que vivan los de la propia tierra; otros, buscan el refugio más seguro; otros, dejan que el río fatal de la violencia disponga de ellos como el viento dispone de los leves granos de arena del desierto.     

    Heroísmo, cobardía o resignación propicia la guerra. Y la guerra destruye, o aspira demoler, todo aquello que propicia. 

    La guerra es cataclismo y alud de puñales que el humano debe superar. Injusto o torpe es no reconocer el heroísmo que a veces puede cintilar entre el tumulto bélico. Pero los relámpagos heroicos o gloriosos en la contienda no justifican los tornados de odio y destrucción. 

   Quizá, el guerrero sea quien mejor puede abogar por la paz. Y esto porque quien tembló entre las mandíbulas rojas de la guerra sabe que no se debe convocar al dragón destructor en cuyas escamas se agolpan medallas, cañones y masacres.

   Y el guerrero puede ser sincero defensor del pacifismo porque su motivación no es una secreta cobardía ante el estrépito de la batalla o un perezoso apego a las comodidades del orden. El combatiente que, por propia experiencia, conoce los taladros de la muerte, no puede olvidar ya el superior sonido de una mañana bella.

  Jean Lartéguy combatió en la Segunda guerra mundial. Se enroló en los comandos. Luego de un arduo entrenamiento, luchó en Italia, en los Vosgos, en Belfort. Estuvo entre las tropas que ocuparon la Alemania derrotada. Después, batalló en Corea. Y fue periodista de guerra en Indochina, Vietnan, en el Medio Oriente, el África negra y América del sur. 

  Lartéguy escribió Los centuriones y Tambores de bronce. En su olvidada obra La guerra desnuda, recuerda días de batallas y sangre para recuperar la verdad de los huracanes de balas y granadas. La guerra desnuda, verdadera, es la del despedazamiento de los cuerpos, del miedo, la soledad y la vejación cruel del llamado enemigo. Esa guerra que Lartéguy recuerda: soldados franceses incendiándose en un pastizal en Vietnam y uno de ellos que eleva un brazo para trazar un último adiós ante una cámara que los filmaba; una niña violada en la Francia de la segunda guerra; el miedo y la resignación en los combates. 

   En este texto olvidado de un antiguo escritor guerrero que le presentamos ahora en Temakel, el viejo soldado nos recuerda que la primavera de las flores es una vida más alta. Es una música más esencial que aquella que fraguan los látigos de fuego del cañón.

  Esteban Ierardo

    

 

 LA GUERRA DESNUDA

Por Jean Lartéguy

 

     La lucha contra la guerra requiere un trabajo lento, difícil, y mucha habilidad. No creo que los intelectuales, con su fragilidad y su petulancia, puedan encargarse de eso. Ellos tratan solamente de conjurarla a la manera de los sacerdotes, mediante algunas fórmulas verbales, o se dejan atrapar por ella, porque la conocen mal, porque ignoran que la guerra es como Proteo y puede tomar incluso la apariencia de la paz.
    Los utopistas te dirán: es necesario comenzar por prohibir la guerra y  ponerla fuera de la ley. ¿Y por qué no prohibir la vejez, la enfermedad y la muerte? Tendría el mismo efecto. Se ha pensado en crear una fuerza internacional que intervendría en todos los conflictos, y que mediante la guerra prohibiría la guerra. De eso resultó la guerra de Corea, que algunos de nosotros hemos hecho bajo el pabellón azul de la O.N.U., supuesta representante de la paz en el mundo. No sé quién ha propuesto que todos las gobiernos, antes de declarar una guerra, deban consultar mediante referendums al conjunto  de la población. Parecería, en efecto, normal y justo que aquellos que van a sufrir las consecuencias de una guerra decidan con respecto a ello. Desgraciadamente, esta sugerencia no tenía en cuenta una de las grandes mutaciones de nuestro tiempo: la importancia adquirida por los medios de comunicación de masas en nuestra vida cotidiana y su impacto sobre nuestro comportamiento. La televisión y la radio permiten a cualquier gobierno que las controla realizar, digamos, la violación de las multitudes, el condicionamiento de toda una nación, y hacerle aceptar y aun exigir la guerra.

    ¿No se podría intentar, como en la Edad Media, limitar los costos de la guerra, codificándola, recortándole las alas? Pero ¿quién podría hacerlo? ...Prohibir los filmes de guerra, los libros con temas guerreros y eliminar de los manuales de historia toda referencia a la guerra. Eso la haría aún más fascinante. Y de nuestros libros de historia no quedaría gran cosa.

    El único resultado obtenido hasta ahora lo ha sido mediante el terror. Sólo el temor a la bomba atómica ha impedido la guerra nuclear. La guerra no se ha atrevido a hacer saltar nuestro planeta. ¿A dónde iría, entonces, a instalarse?
   Yo no veo más que un remedio: no hacer trampas jamás con la guerra, contarla tal como la hemos conocido, como espectadores, sin embellecerla.
    Tú habrás notado lo fácil que es hacer trampas con el pasado, cómo se oculta bajo la alfombra, igual que una mala doméstica con el polvo, el recuerdo de sus residuos penosos, sus fracasos y sus culpas, para no presentar más que sus éxitos. Actúas a menudo de la misma manera con tus recuerdos de guerra, no recuerdas sino los momentos de amistad de las grandes farras, de las borracheras, de las ciudades tomadas de las muchachas que se ofrecían. Pero ocultas bajo la alfombra los heridos que claman con el vientre desgarrado, la fatiga, las marchas agotadoras, las órdenes idiotas, las contraórdenes más estúpidas aún, la confusión, el desorden, el tiempo perdido, las energías desperdiciadas. Y esa desesperación que se apodera de ti a veces, al contemplar esa inmensa estupidez que nada resuelve.

   Recuerda. ¿Tu miedo, tu pánico, lo olvidas? Tú has apoyado tu cabeza en una piedra, mal abrigado por tu poncho. Sabes que dentro de tres horas deberás salir al asalto y que no tienes muchas probabilidades de volver sin daño. Tienes un nudo en el estómago, transpiras, tienes ganas de orinar, incesantemente. Tu cuerpo se niega a ser maltratado y torturado. Él sólo desea una cosa, dejarte en la estacada y enroscarse en un agujero. Él te detesta. Tú tratas de sobreponerte a esa debilidad que te avergüenza. Y, desde luego, lo logras, porque estás atrapado dentro de un sistema, de un engranaje bien regulado, en el que el sentido del honor se complementa con el miedo al gendarme. Pero no podrás evitar ese amargor de tu boca, y tu estómago continuará rebelándose hasta el punto que aunque revientes de hambre no lograrás tragar bocado. 

  ¿Y el otro miedo, el peor, el del espíritu, lo recuerdas? Cuando te dices: dentro de pocas horas voy a ser quizás arrojado lacia la nada. No tienes nada a qué aferrarte. La fe, hace mucho tiempo que la has perdido, la fe en Dios o en los hombres. Vas a desaparecer, junto con el pequeño universo que te has fabricado a tu medida y de acuerdo a tus gustos, tanteando, torpemente, penosamente. Tienes veinte, o treinta años, tienes unas ganas locas de playas, de montañas, de muchachas, de amistades; tienes tus pequeñas ideas acerca de la manera de rehacer el mundo y de organizar tu futuro. Pero no hay más tiempo, los últimos granos de arena se han deslizado en el reloj. Vas a poner tu bien más preciado, tu vida, en manos... del azar, para ir a destriparte con otros seres semejantes a ti, que en general tienen tu misma edad, sienten los mismos terrores y soportan las mismas penas. Hasta que concluyes diciéndote, porque no tienes otra cosa: "Mierda, después de todo. Adelante".

    Olvida esas muchedumbres que te aclamaban en Alsacia porque eras el vencedor. Olvida ese viejo campesino que te abrazaba porque le habías liberado sus pocas hectáreas de tierra. Recuerda, en cambio, esos instantes que preceden al alba y al inicio del ataque. Son las cuatro de la mañana, la hora en que te metes en tu refugio a la espera que pase la tormenta, o cuando vuelves de un gran peregrinaje, por los bares, donde gracias a la magia del alcohol, lograste los asombrosos encuentros que atesoras como los frutos de una pesca milagrosa. O es la hora en que acabas de dejar a una muchacha que has amado por primera vez y en la que has creído reconocer el verdadero, el eterno, el cambiante rostro del amor.

   Tú no puedes saber cuántos recuerdos te asaltan en ese momento. Siempre son imágenes de paz. Pero, repentinamente, brutalmente, la guerra te empuja por la espalda. Adelante, pobre andrajo. La noche está a punto de terminar, pero el día no ha llegado. Todo es borroso, todo está turbio; las sombras se mueven, los arbustos son enemigos que se arrastran, el peligro está en todas partes. Es la hora cuando se despierta a los condenados a muerte, y tú eres uno de ellos. Tú no saltas hacia adelante a paso de carga y al son del clarín como en las estampas de los libros.

   Arrancas lentamente, pesadamente, después de haber arrojado tu último cigarrillo. Avanzas al comienzo por una zona defendida por tropas amigas. Todo va bien. Pero repentinamente  la artillería enemiga comienza a bombardearte. Estás alerta, listo para buscar refugio, para saltar  dentro de un foso. Llegas al área de los morteros que producen un ruido muy particular, un suave silbido cuando pasan sobre tu cabeza, un horrible estrépito de vajilla rota cuando caen sobre ti. Tú te hallas ahora al alcance de las armas de infantería, te aplastas donde puedes, te deslizas de refugio en refugio, llegas al "contacto". Te amontonas en tu hoyo de donde será necesario arrancarte para ofrecerte a las balas y las  granadas de los otros. Y esos otros, que tú repentinamente comienzas a odiar, no son más que siluetas que apenas logras entrever, o la breve luminosidad de un arma automática que te deja clavado contra el suelo, o esa granada de fusil que te busca. Cuando la cosa ha terminado, cuando has ganado o perdido, cuando no estás ni muerto ni herido, cuando sientes la exaltación de haber salido ileso; cuando tú crees, como un guerrero azteca, que en toda esa sangre derramada has ayudado a que renazca el sol, cuando recuperas tu razón y vuelves a ser un hombre, comprendes súbitamente cuánto te has hecho embaucar. La guerra, la que debo recordarte, es ésa.

   ¿Quieres otra historia? Yo no la he vivido, pero me la contó Pierre Schoendorfer, quien incluso la ha filmado. Ese filme no lo podrás ver jamás, lástima. Está soterrado en el fondo de un bunker del fuerte de Ivry, donde se halla cuidadosamente oculto todo lo que podría dar la imagen verdadera, la imagen cruel y repugnante de la guerra. Pierre era entonces camarógrafo en Indochina, por cuenta del Servicio Cinematográfico de las Fuerzas Armadas. Acompañaba a una unidad de infantería en operaciones en la jungla del país thaic, entre la hierba de elefante. Estaba en avanzada con relación al grueso de la columna. Repentinamente los viets  comenzaron a disparar sobre la retaguardia obuses incendiarios de fósforo, incendiando el pastizal. Los soldados empezaron a arder como antorchas. Schoendorfer, que unos instantes antes filmaba el avance de la columna, se dio vuelta y tuvo frente al visor de su cámara a los soldados envueltos en llamas. Sin tomar plena conciencia del horror de la situación, filmó, hasta que uno de los muchachos que tuvo fuerzas para ello, levantó su mano en un signo de adiós.
    La guerra es también los ojos vidriosos de esa niña de quince años que dos bestias acaban de violar. Eso ocurría en Alemania, en la Selva negra. Yo llegué demasiado tarde. Ella ni siquiera lloraba. Era como un animal acorralado que espera que terminen con él. ¿Sabes dónde la guerra se complace, dónde ella va a soñar? En los osarios, en esos alineamientos uniformes de cruces de madera, en esos montones de cadáveres, en esos monumentos a los muertos que afean hasta la más pequeña de nuestras aldeas.

   La guerra es ese sargento de veinte años, tan bello, herido de bala en la columna vertebral, que en Val-de-Grace, estaba amarrado sobre una tela extendida sobre un armazón de hierro que oscilaba sobre un eje. Cada dos horas se lo cambiaba de posición, cabeza arriba y cabeza abajo, alternativamente, para evitar la necrosis de sus tejidos mientras se pudiera conservarle la vida. Hasta que él ya tuvo bastante de eso y pidió que lo dejaran morir. Me lo dijo a mí.

   Si tú lo prefieres, hablemos de otra cosa, no de la guerra. ¿Quieres que te diga cuán bello es el otoño en el Aigonal, cuando los hongos surgen de entre el musgo y el bosque adquiere todos los tintes desde el púrpura al oro viejo, y se escuchan los primeros trinos de los tordos? O las primaveras en Provenza, cuando todavía es frágil, todavía vacila, y florecen los almendros y los perales. Y entonces se expande un potente aroma de savia que hace cambiar la risa de las muchachas. Ellas se demoran paseando junto a las terrazas de los cafés donde los muchachos, súbitamente distraídos, las siguen con la mirada, mientras juegan a los naipes torpemente y les importa un rábano que Béziers le haya ganado al rugby a Montferrand. ¿Quieres que te diga, además, cuál es el placer y la calma que se siente al esperar el comienzo del día en alta mar, solo, en el timón de un velero, fijo entre el mástil y la barra de flecha el lucero del alba que te sirve de guía, el primero en aparecer y el último en desvanecerse, y escuchar el silbido del viento y ver detrás de ti largas olas grises que parecen perseguirte?

    Si todos comenzáramos a olvidarnos de la guerra...¿No podría quizás, ocurrirle lo mismo que a los antiguos dioses, que dejaron de existir cuando los hombres no quisieron más creer en ellos y adorarlos?  (*)

Jean Lartéguy

(*) Fuente: Jean Lartéguy, La guerra desnuda, Buenos Aires, Emecé, 1979, pp. 325-330.