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 MONSIEUR LAUTREC

Por Julio Cortázar

 

 

JuJulio Cortázar, el escritor argentino, percibió la realidad como dimensiones paralelas o simultáneas. No existe un solo espacio y tiempo. Lo real es una red desplegada de muchos tiempos y espacios paralelos. Un hombre de bolsa de Buenos Aires deambula por una galería, e irrumpe en la realidad simultanea de la Francia de la segunda mitad del siglo XIX (en el "El otro cielo"); un triángulo sentimental en el París contemporáneo se enlaza con otra triangularidad amorosa paralela de la Roma Imperial ("Todos los fuegos el fuego"); una mujer agobiada por contradicciones internas siente que existe paralelamente en Budapest (Alina Reyes en "Lejana"). Los caminos paralelos atraviesan el espesor de todas las cosas. Este recurrente proceso ficcional cortazariano posee afinidades con la visión del universo de la física cuántica o de las geometrías no euclidianas. Este parentesco puede extenderse también hasta "El jardín de los senderos que se bifurcan" de Borges.

A través de dos tiempos paralelos se construye la aproximación de Cortázar a Touluse Lautrec, y el festivo ambiente prostibulario del Moulin Rouge. Cortázar imagina un paralelismo entre la Mireille, deseada y radiante mujer pública del Moulin Rouge, y la rubia Mireya, emblemática presencia femenina en numerosos tangos de Buenos Aires. La distancia geográfica e histórica se suprimen: el París de Lautrec y las melodías tangueras de la capital argentina en el siglo XX, fulguran como dos dinámicas imágenes femeninas nacidas de un solo prisma.

Este nuevo momento de Textos olvidados de Temakel, presentamos una versión parcial (casi completa) de este texto poco difundido del inspirado narrador de Bestiario. En su edición original Monsieur Lautrec fue ilustrado por Hermenegildo Sabat.

Mediante este texto, los admiradores de Cortázar y demás lectores, encontrarán un ejercicio de imaginativa fusión entre los universos de la pintura y la música.

Esteban Ierardo

 

MONSIEUR LAUTREC

Por Julio Cortázar

 

Lautrec y nosotros

 

No vino nunca a la Argentina. Los franceses de su tiempo viajaban poco, se había acostumbrado que la gente fuera a verlos; sin moverse de París podían encontrar todo lo que les diera la gana, y les daba poco. Más todavía un Lautrec con sus patitas mermadas, esa fiaca de gran señor que tan temprano lo llevó a vivir en los prostíbulos porque allí todo estaba al alcance de la mano, modelos, salones con espejos, camas propicias, fiestas, temas pictóricos, mujeres madres, mujeres hermanas, mujeres mujeres; él, que un día le dijo a un amigo que un cuerpo de mujer era algo demasiado hermoso para hacer el amor, como si las servidumbres de esos muslos y esas nalgas y esos tremendos senos que se usaban entonces le parecieran por debajo del esplendor esencial que tantas veces su lápiz y sus pinceles fijaron para siempre fuera del tiempo.

De manera que no vio nunca a la Argentina no fue a ninguna parte más allá de Inglaterra, le bastaba Montmartre para sentirse en el centro del mundo, en una ubicuidad de burdel cotizado o de Moulin Rouge hacia donde convergían los viajes nostálgicos, las bailarinas, los poetas, las estrellas de circo y los potentados de la Tierra. De nosotros conoció a los hijo de viejos o de nuevos ricos rioplatentes que desembarcaban en Francia para completar su educación sentimental y preparar ese regreso que les daría un diploma no escrito, pero más prestigiosos que el de las universidades. Casi no debía reparar en ellos, porque le tocó vivir antes sino para entrar vencedora en el ambiente, tirar manteca el techo y copar la parada con una armada arrolladora, el tango.

  Lástima por él y por nosotros; pero los juegos del tiempo y el destiempo son infinitos, y hoy entrevemos otros lazos entre Lautrec y nosotros, entre su mundo y el de Buenos aires. Extrañamente, bellamente, el tango es puente entre los dos, un puente por el que pasan mujeres y poeta y trágicos destinos. Hay dos maneras de acercarse a Lautrec; la de los que miran su cuadros en los museos y la de los que silban viejos tangos sin pensar para nada en él. De la primavera se ocupan las gentes cultas; aquí nos gustaría a la otra, mitad imaginada y mitad de veras. 

Mireille se va a la Argentina

En el museo de Albi hay uno de los cuadros más hermosos de Toulouse Lautrec, Le salon de la rue des Moulins, pintado en 1894 en el prostíbulo donde el artista pasaba largas temporadas. El primer plano muestra a una de las pupilas sentadas en un sofá rojo y mirando más allá del cuadro, el perfil un poco perdido en la distracción o la espera del próximo cliente, una pierna tendida y la otra replegada. El pelo rubio rojizo, el cuello poderoso, la masa del cuerpo adivinable bajo un vestido que más parece un camisión transparente, las medias de un verde casi negro, toda ella responde a los cánones del tiempo. El perfil es agudo, cortante. Esa mujer se llamaba Mireille y fue una de las buenas amigas de Toulese Lautrec.

Tan buena amiga que acaso despertó celos en el pequeño mundo cerrado del quilombo, donde en algún momento las otras pupilas empezaron a inventar pretextos cada vez que Lautrec buscaba a Mireille. Por eso, y para encontrarse a solas con ella, Lautrec decide pagarle a la madama para que Mireille pueda salir durante un día entero. Así se lo cuenta a un amigo, y agrega: "Estuvo ayer conmigo. Mira, ese ramo de violeta me lo trajo ella".

  Nada hay en todo esto que se parezca demasiado al amor, pero Lautrec defiende su amistad con Mireille, una confianza más honda en ella que en las otras pupilas. Hasta el día en que todo acaba a un amigo en una carta: "Mireille se va a la Argentina. Unos comerciantes de carnes la han convencido de que allá hará fortuna. Traté de disuadirla, pero ella cree firmemente en todas esas falsas promesas. De todas las que parten en esas condiciones, ninguna vuelve. Al cabo de dos años están reventadas."

  Esto, desde otras variantes múltiples, es lo que entonces se dio en llamar "el camino de Buenos Aires, y Lautrec lo resume con un seco trazo de lápiz. Mireille, claro, tomó un barco, y no volvió jamás. No more violets for Mr. Lautrec.

 

Mireille en la Argentina

Lo de "comerciante en carnes" da que pensar porque se presta a una doble interpretación, pero mis amigos franceses me dicen que jamás Lautrec hubiera usado esa expresión si hubiera querido referirse a cafishos en tren de reclutar materia prima para la vida galante de los porteños. Pienso que realmente eran ricachos que habían venido a venderles el baby beef a los franceses, que se constituyeron como correspondía en Pigalle y sus aledaños, y después de decidir que Mireille estaba para lo que dijo Cejas (aunque jamás se sabra lo que dijo, pero da igual) se la trabajaron dentro de los términos sucinta pero elocuentemente apuntados por Lautrec en la carta a su amigo. Como tantas otras muchachas iniciadas o por iniciar, Mireille subió esperanzadamente al paquebote que la llevaría a Eldoroado del Plata; su historia del lado francés termina ese día, pero acaso se continúa de nuestro lado, y yo, que creo en la verdad de toda buena invención, estoy convencido de que años más tarde Mireille entraría en nuestra historia, por obra de un tal Manuel Romero. Estoy hablando de Tiempos viejos, y también de Tiempos viejos, un tango de Romero y Canaro; estoy hablando de una mujer que los muchachos de antes conocieron como la rubia Mireya.

 ¿Te acordás hermano? ¡Que tiempos aquellos!

 Eran otros hombres más hombres los nuestros

No se conocían cocó ni morfina,

los muchachos de antes no usaban gomina.

 

En 1925, Romero habla nostálgicamente de "aquellos tiempos, y aquellos tiempos eran el año cinco, el año diez, la época en que Mireille vivió su efímera carrera que acaso duró m´ss que los dos años vaticinados por Lautrec, mantenida por los comerciantes en carnes, resbalando poco a poco cuesta abajo como la mina de Flor de fango (que también pudo ser ella, que me prueben lo contrario aunque Pascual Contursi diga que nació en un conventillo alumbrado a kerosén). Porque a Mireille también pudieron pasarle las mismas, tristes cosas:

  Después fuiste la amiguita

de un viejo boticario,

y el hijo de un comisario

todo el vento te sacó...

Empezó tu decadencia,

pasaste ratos extraños

y a fuerza de desengaños

quedaste sin corazón

 

Por eso, cuando Romero la evoca en los años veintincio, la rubia Mireya anda ya por los cincuenta y es un harapo viviente; pero él la había conocido joven y hermosa en la milonga de Laura, en lo de Hansen, y su tango cuenta cómo se la quitó al loco Cepeda. De Mireille a Mireya hay el suave resbalón de una lengua criolla que no se preocupa demasiado por nombres extranjeros, de Mireille a Mireya no hay ninguna diferencia esencial, son una sola rubia, una sola mujer de la vifda, un solo destino tristemente previsto por una gran pintor francés y meramente alargado por la suerte, por una salud de fierro y los buenos bifes criollos.

  ¿Te acordás hermano, la rubia Mireya

que quité en lo de Hansen al loco Cepeda?

Casi me suicidio una noche por ella

y hoy es una pobre mendiga harapienta.

¿Te acordás, hermano, lo linda que era?

Se formaba rueda pa' verla bailar...

Cuando por la calle la veo tan vieja

doy vuelta la cara y me pongo a llorar...

 

Nada de todo eso pudo saberlo mosieur Lautrec por razón geográficas y necrológicas obvias, y desde luego fue mejor para él porque el ramo de violetas debió seguir perfumando hasta el final en alguna repisa de su memoria. Pero resulta irónico pensar que tampoco los argentinas saben nada de eso cuando entran como turistas en el museo de Albi y se detienen admirativos ante Le salon de la rue des Moulins y ven a la rubia en el sofá rojo, la muchacha anónima que sin embargo late en algún rincón de nuestra memoria colectiva; quién no oyó, quién no silbó alguna vez Tiempos viejos, quien no recuerda pedazos de su letra:

 ¿Te acordás, hermano? ¡Que tiempos aquellos!

 ¡Veinticinco abriles que no volverán!

Veinticinco abriles, volver a tenerlos,

si cuando me acuerdo me pongo a llorar...

  Inocente, ignorante, Mireille en su doble salón dorado de burdel y de museo no sabe que del otro lado del mar la está esperando el destino de la rubia Mireya, que un poeta de la ciudad la rescatará de la insignificancia para ponerla en la mesita de luz del recuerdo popular, cerca de la Virgen de Pompeya, del retrato de Gardel, del panteón porteño con flores artificiales y flecos de macramé. Aun hoy, en las charlas de amigo, cada tanto asoma con valor de metáfora de referencia irónica o nostalgia, la imagen fanstasmal de Mireya la rubia.

  A la sombra de las pibas en flor

Si lo que sigue no tiene ya nada que ver directamente con Lautrec, prolonga en cambio el paralelismo de su vida parisiense con la del mundo del tango a principios de siglo, y los eslabones de esa cadena florida siguen siendo las tantas Mireilles "que un sueño de novela trajo al arrabal", como canta José González Castillo en el perfecto tango de Enrique Delfino. En realidad si Lautrec hubiera decidido venirse a Buenos Aires con Mireille (peores cosas se hacen en la vida) se hubiera llevado la agradable sorpresa de contrar más de un salón como el de la rue des Moulins, y hubiera podido mantener sin grandes cambios el tipo de vida que le gustaba. Uno la imagina como a Figari en Montevideo, pintando los bailes de nuestro Moulins Rouges, incluso los que se citan en la evocación de Mireya, el de Laura, el de Hansen, el Palé de Glás que recuerda Enrique Cadícamo en el tango de ese nombre. ¡Qué pinturas tendríamos de esas milongas que solo podemos evocar hoy a través de poemas y de malas fotografías! Lástima.

Porque en ese Buenos Aires del centenario y de los años que siguen, no sólo la rubia Mireya le hubiera dado dique a Lautrec. El camino de Buenos Aires había traído legiones de muchas promovidas literal o figurativamente a una gloria póstuma por tangos casi siempre hermosos, casi siemepre perdurables. Incluso el hecho de que la mayoría fueron escritos dos o tres lustros después de lo que evocan es la prueba irrefutable del prestigio y el aura que envolvió a las francesitas y las puso en la leyenda junto con los taitas y los malevos de ese tiempo. 

(...)

Sus tan bonitos nombres

Por todo esa vale quizá continuar un rato más este juego de espejos (siempre los espejos en el mundo de Lautrec) que a lo largo de carambolas en el espacio y en el tiempo se lanzan los reflejos centelleantes de la vida nocturna, se devuelven los ecos de tanto destino cruzado, de argentinos en París y francesitas en Buenos Aires. Y todo eso que la historia no se hubiera dignado recoger, porque la historia está demasiado ocupada en registrar los hechos que considera importante y que no siempre lo son, el tango porteño lo atesora poco a poco y no lo vuelve puro presente, nos muestra una parte de lo que somos para bien y para mal, anula la temporalidad y nos pone mano a mano con Lautrec y con Mireya en un salón rojo o verde, en Montmartre o en Retiro. Basta escuchar lo que se canta entre nosotros; de los tangos va surgiendo nuestro pasado subconciente por el encima del cual vocifera ese otro que nos enseñan en las escuelas. 

  En muchos de esos tangos, los nombres propios y las palabras son claves que hoy no tiene ya sentido, pero que Lautrec y los argentinos de su tiempo debían recibir como signos de una complicidad por encima del mar, juego de resonancias que daba a la música un valor a la vez popular y esotérico en la medida en que los cantores y el público la sentían como pura emoción mientras que los iniciados reconocían similitudes, simetrías y afinidades. Mi memoria no alcanza a registrar todos esos nonbres y palabras, pero me basta andar solitario por la calle, me basta ese momento tan argentino (tan italiano a la vez) en que nace el primer silbido entre los dientes, un tanteo que se resuelve en una elección casi siempre inconciente, de  golpes es Ciruja o Flores negras, se va pasando de Malevaje a Mi noche triste, y por detrás están las palabras, el lunfardo afilado y amargo, la poesía buena o mala pero siempre nuestra, y cada tanto asoma un tango que me junta mis dos mundos, me mezcla el centro porteño con el barrio latino o Montparnasse. Y eso viene como de nada, un simple nombre de mujer que basta para llenar un tango de esa nostalgia inocente de los porteños frente a la lejana luminaria en la que imaginaban las consagraciones, los amores tumultuosos y el chaché, esa palabra que todo lo resumía a la hora de las ilusiones. He dicho un simple nombre de mujer y pienso en la Ivette de Pascual Contursi, sus versos para el tango de Berto en los que sin embargo no hay nada de francés y que hubiera dejado indiferente a Lautrec. Ahí se entera uno de que la tal Ivette era una chica suburbana, y qué china:

 En la puerta de un boliche

un bacán encurdelado

recordando su pasado

Que la china lo dejó...

...esta preciosidad se llamaba Ivette, señores, y desde luego alguien tan experimentado como monsieur Lautrec hubiera advertido sus similitudes canallas con muchas de las pensionistas de sus hogares preferidos. Pero aquí, de silbido en silbido (los parisienses me miran un poco escandalizados porque el francés no es hombre que silbe en la calle ni en ninguna parte, eso lo compartimos con italianos nada más), me viene otro nombre postizo, la margot de Celedenio Flores que también es una china de barrio como Ivette y que, al igual que ella, repite el monólogo apogeo y decadencia de su antigua profesión:

  Se te embronca desde lejos,

pelandruna abacanada

que naciste en la mugre

de un convento arrabal...

Celedonio la tiene bien manyada, en dos versos que más de cuatro llamarían lapidarios define lo que a los sociólogos les llevaría un capítulo:

 Ya no sos mi Margarita,

ahora te llaman Margot.

Y esta Margot, cuyas nociones de Francia y París me hubiera gustado conocer, hace todo lo que puede para ajustarse a su nuevo y elegante nombre,

entre el humo de los puros

y el champán de Armenonville,

y su programa nocturno contiene en sus "ersatz" toda la nostalgia porteña de eso que brilla, inalcanzable, al otro lado del mar:

 Te la vas con los otarios

a tirarte de bacana

a un lujoso reservado

del Petit del Julién...

Que diferencia con madame Ivonne, que ya salude antes; ésta si llevaba el nombre bien puesto, con el pasaporte en regla:

Era la papusa del barrio Latino

que supo a los puntos del verso inspirar,

pero fue que un día llego un argentino

y la francesita la hizo suspirar...

Ya lo sabíamos, siempre es igual: "..se va a la Argentina, unos comerciantes en carnes lo han convencido de que allá hará fortuna". Y Mireille, Mireille-Ivonne llega a Buenos Aires, y Lautrec guarda en vano el ramo de violetas mientras noche a noche, como lo cantara Gardel,

la milonga entre magnastes con sus locas tentaciones

donde triunfan y claudican milongueras pretensiones

quiebra una a una las esperzanas, complica los problemas de alquiler, inicia el lento horror de las arrugas, y un poetga lo sabe y lo dice:

 Han pasado diez años que zarpó de Francia,

"Mamuasel" Ivonne hoy es sólo "Madam",

la que al ver que todo quedó en la distancia

con ojos muy tristes bebe su champán...

Ya no es la papusa del Barrio Latino,

ya no es la mistonga florcita de lis,

ya nada le queda, ni aquel argentino

que entre tanto y mate la alzó de París.

 

Sí, todo eso Lautrec lo hubiera comnprendido y compartido, él que vio irse a su mejor amiga y declinar, en el recurrente juego de repeticiones de los burdeles siempre iguales a sí mismos en cualquier rincón del mundo, a las que se quedaban a su lado. A veces me da bronca que no se haya tomado un barco el petiso, a la final tenía plata para hacerlo (en realidad parece que no tenía plata pero sus padres siempre le hubieran pagado ese capricho, eran unos ricachos de provincia como los papas de los argentinos que abordaban París en tren de conquista, ya se ve que la simetría se mantiene, escalera a dos puntas en el póker de la vida). 

La Soborna canyengue

La cosa no se quedaba siempre en meros nombres o palabras sueltas sino que muchas veces invadía todo el cuerpo del tango para imponerle la presencia de lo francés. Así, en ese juego del tiempo que todo lo acerca y todo lo separa, Lautrec hubiera podido escuchar entre otros ese tango donde la nostalgia y la envidia de París terminan por hacerse música y poesía para celebrar, de una manera que maldigo si tiene algo que ver con nosotros, nada menos que la mismísima dama de las camelias, estoy hablando del tango de Nelson y Mora que se llama previsiblemente Margarita Gauthier, y que vamos a silbar de arribar abajo aunque la gente del bulevar de Sébastopol me mire como si yo fuera un dinosaurio engripado:

 Hoy te evoco emocionado, mi divina Margarita.

Hoy te añoro en mis recuerdos,

oh mi dulce inspiración.

Soy tu Armando el que te clama,

mi sedosa muñequita,

el que llora, el que reza, embargado de emoción.

 

El idilio que se ha roto

me ha robado paz y calma

y la muerte ha profanado

la virtud de nuestro amor;

para qué quiero la vida 

si mi alma destrozada

sufre una angustia suprema,

vive este cruento dolor.

 

Hoy de hinojos en la tumba

donde descansa tu cuerpo

he brindado el homenaje que tu alma suspiró.

He llevado el ramillete de camelias ya marchitas

que aquel día me ofreciste

como emblema de tu amor.

Así ponerlas junto al lecho donde dormías tranquila,

una lágrima muy tierna de mis ojos descendió,

y rezando por tu alma, mi divina Margarita,

un sollozo entrecortado en mi pecho se anidó.

Nunca olvido aquella noche

que besándome en la boca,

una camelia muy frágil de tu pecho se cayó.

La tomaste trsitemente, la besaste como loca,

y entre aquellos pobres pétalos

una mancha apareció...

Era sangre que vertías, oh mi pobre Margarita,

eran signos de agonía, eran huellas de tu mal.

Y te fuiste lentamente, vida mía, muñequita,

pues la parca te llamaba con su sorna tan fatal.

 

-Hágame el favor- hubiera dicho Lautrec estupefacto-, pero si eso yo ya lo conozco, sacre mom d'un chien.

Claro que lo conocía, como también iba reconociendo tanta palabra francesa que resbalaba en los tangos, por ejemplo en los primeros ocho versos de Manuel Romero para Aquel tapado de armiño, de Delfy:

Aquel tapado de armiño

todo forrado en lamé;

que tu cuerpito abrigaba

al salir del cabaret.

Cuando pasaste a mi lado,

prendida a tu gigoló,

aquel tapado de armiño,

¡cuántas penas me causó!

 

A veces Lautrec se hubiera sobresaltado porque los tangos iban lejos en este tipo de contaminaciones, y se metían hasta las cachas en referencias literarias de las que lo menos puede decirse es que eran inenarrables, como sucede en Cuartito azul, producto de Mario Batistella para la música de Mores:

Aquí viví toda mi ardiente fantasía

y al amor con alegría le canté,

aquí fue donde sollozó la amada mía

recitándome los versos de Chénier.

-Nom de Dieu de nom de Dieu- hubiera gemido Lautrrec, sabedor de que los versos de Chénier estaban lejos de ser recitables en ningún cuartito azul, y que su presencia en el tango sólo obedecía a algún párrafo del manual de historia de Malet que nos fue infligido en la escuela secundaria (donde también la historia nos la enseñaban a la francesa) y que cuenta patéticamente la muerte de André Chénier en la guillotina. Pero Lautrec se hubiera repuesto enseguida de esa efusión cultural poco esperable en un tango, al comprobar una vez más que the French way of living era la Meca, con permiso del Ayatollah Khomeini, de todo porteño milonguero, como bien pudo probárselo la primera estrofa de Muñeca brava:

Che madam, que parlás en francés,

y tirás ventolín a dos manos,

que brindás con champán bien frapé

y en el tango enredás tu ilusión...

Sos un biscuit de pestañas bien arqueadas,

muñeca brava, bien cotizada,

sos del Trianón, del Trianón de Villa Crespo,

che vampiresa, juguete de ocasión.

En verdad, más de una vez Lautrec hubiera podido preguntarse, al igual que ese filósofo chino al que tanto jugo le sacaría Jorge Luis Borges, si él era un pintor francés soñando que escuchaba tangos en Buenos Aires, o un cantor de tango soñando que era un pintor francés en París. Sobre todo si hubiera conocido esa obra maestra de Arolas que se llama, como quien no quiere la cosa, El Marne. Y de yapa, puesto que estamos en plena evocación bélica, ese otro tango increíble que emocionó a los porteños del año cuarenta y cuyo tema es nada menos que la historia de cinco hermanos franceses que sonaron como fierro en la primera guerra mundial y dejaron a la madre, viejecitas de canas muy blancas, con cinco medallas que por cinco héroes la premió la patria. Gardel dixit, y contra eso no hay tu tía, monsieur Lautrec. (*)

(*) Fuente: Julio Cortázar, Monsieur Lautrec, Madrid, Ed. Ameris, 1980 (obra con ilustraciones de Hermenegildo Sabat).

 

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo